miércoles, 29 de noviembre de 2023

Las últimas palabras de Cristo (1)

 JUAN 13


Introducción

El inicio de este capítulo trece nos introduce en los últimos discursos de nuestro Señor. Presenta ante nosotros la ocasión que hace suscitar estas palabras de despedida, la necesidad que tenían los Suyos de escucharlas y el motivo que indujo al Señor a expresarlas.

La ocasión fue que finalmente «su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre». En el transcurso del camino terrenal de nuestro Señor oímos hablar de otras horas. En Caná de Galilea había dicho a su madre: «Aún no ha llegado mi hora» (la hora de su manifestación en gloria al mundo). En Juan, capítulo 5, leemos: «Llega la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan vivirán» (la hora de su gracia a los pecadores). En presencia de la enemistad del hombre leemos en dos ocasiones: «Nadie puso sobre él la mano, porque aún no había llegado su hora» (la hora de sus sufrimientos). Pero la hora que introduce las palabras de despedida tiene otro carácter, y aunque no se trate de la hora de su gracia a los pecadores ni de la hora de sus sufrimientos por ellos tampoco es la hora de su manifestación en gloria al mundo, sino la de su regreso a la gloria con el Padre, al amor y la santidad de su casa.

Los discípulos, que iban a ser dejados en un mundo de corrupción que aborrecía al Padre y rechazaba a Cristo, tenían que ser guardados del mal y seguir gozando, no obstante, de la comunión con Cristo en el hogar de amor y santidad del Padre, por lo que necesitarían este último ministerio de gracia con el consuelo, las enseñanzas y las advertencias que conlleva.

Veamos cuál fue el motivo que indujo al Señor en este último acto de gracia a pronunciar estas palabras de despedida y a ofrecer la última oración. Si la ocasión era la partida al Padre, el motivo fue su amor por los suyos. Él se va de este mundo, pero se quedan en él los que el Señor se deleita en llamar «los Suyos». Ellos son una compañía de creyentes en la tierra, pero pertenecen a Cristo en el cielo. Son el fruto de Su obra, como aquellos que el Padre le ha dado. Pueden no ser muy valiosos a los ojos del mundo, más son tenidos en grande estima a los ojos del Señor. «Habiendo amado a los suyos… los amó hasta el fin». Al abandonarlos, Él no iba a dejar de amarlos. El amor humano suele ir a menos y en nuestros círculos solemos olvidarnos de unos, alejarnos de otros, y perdemos el interés por los demás. El profeta nos dice que una mujer puede incluso llegar a olvidar a su hijo, pero el Señor añade: «Pues, aunque estas lleguen a olvidar, yo nunca me olvidaré de ti» (Is. 49:15). Si el Señor deja este mundo, Él no olvidará a los suyos ni cesará nunca de amarlos. Nuestros corazones pueden llegar a albergar resentimientos hacia Él y nuestras manos flaquearán a la hora de querer hacer lo correcto, así como nuestros pies pueden llegar a descarriarse, pero de una cosa podemos estar seguros, y es que Él nunca nos fallará. Su amor nos llevará y nos cuidará hasta el fin, y al final este amor nos recibirá en aquel hogar eterno donde no habrá corazones fríos, ni manos caídas ni pies que se descarrían.

Así, al acercarnos a las últimas escenas del Señor en compañía de sus discípulos para contemplar el último acto, escuchar las últimas palabras y la última oración, acude a nuestra mente la ocasión que suscitó este último ministerio, la necesidad imperante que había de enseñarlo y el amor que permitió su puesta en marcha.

Antes de entrar en los detalles de los últimos discursos, pueden sernos de ayuda unos pensamientos que sugieren el carácter general de las verdades que se presentan y el orden en que nos son reveladas. Se verá que en el capítulo 13 los discípulos son puestos sobre una base de relaciones nuevas en las que deben lavarse los pies entre ellos y mostrarse su respectivo amor. En el capítulo 14, las relaciones que se establecen son entre ellos y las Personas divinas: el Hijo, el Padre y el Espíritu Santo. En el capítulo 15 son puestos en unas relaciones que ellos deberán mostrar al círculo cristiano, a fin de poder llevar fruto para el Padre y testificar de Cristo a un mundo del que Él estará ausente. En el capítulo 16, reciben instrucciones para lo venidero en un camino por un mundo hostil que los odia, no los comprende y los persigue.

Vemos que en Juan 13 son lavados los pies de los discípulos; en Juan 14 sus corazones reciben consuelo y en el capítulo 15 se abren sus labios en testimonio. En Juan 16 sus mentes reciben la instrucción para no desfallecer a causa de la persecución que pudieran sufrir.

Más adelante veremos que hay un carácter progresivo en esta enseñanza. La verdad contenida en un capítulo prepara la nueva revelación del capítulo siguiente. El servicio de Juan 13 prepara a los discípulos para la comunión con las Personas divinas, tal como se ve en Juan 14. La comunión con las Personas divinas en su esfera —la de un lugar íntimo— prepara a los discípulos para que den fruto y testimonio en el mundo (la esfera externa), tal como se aprecia en Juan 15. En consecuencia, el fruto y el testimonio de Juan 15 conducen a la persecución, sobre la que el Señor prepara a los discípulos en la verdad de Juan 16. La revelación de estas verdades a los discípulos, sin embargo, no es suficiente para mantenerlos en este mundo como los representantes de Cristo. Necesitarán la oración. Con la oración al Padre concluyen los discursos en Juan 17.

El lavamiento de pies Juan 13:2-17

Llegó un punto en que el Señor no podía continuar siendo el compañero de sus discípulos en su peregrinaje por la Tierra. En su nuevo lugar en el cielo, Él no dejará de servirlos. En las siguientes escenas de los versículos 2 a 17 tenemos un acto de gracia que, si bien da por concluido el servicio de amor del Señor hacia los suyos, predice Su futuro servicio hacia ellos cuando Él tome su nuevo lugar en la gloria. Si Él no puede tener ya parte con nosotros personalmente en el camino de la humillación, hará posible que tengamos parte con Él en su lugar de gloria. Este es el significado que juzgamos que tiene el acto de gracia del lavamiento de pies. Durante toda su vida perfecta la mente de Cristo Jesús se despojó de sí misma en el ser vicio de amor hacia los demás, y en este último acto, consciente de la negra sombra de la cruz, el Señor continúa despojándose a fin de servir a los suyos.

Los versículos 2 y 3 son introductorios de este humilde servicio, que por una parte nos muestran la profunda necesidad de que sea realizado y por otra la aptitud perfecta del Señor para acometerlo.

La necesidad del lavamiento de pies se manifiesta en que los discípulos serán dejados en un mundo en el que el diablo y la carne forman su combinación de una mortal hostilidad hacia Cristo. La referencia a la traición de Judas en esta escena del comienzo, así como la negación de Pedro poco después, muestra perfectamente que la carne, ya sea del pecador o del redimido, es solo material del que se vale el diablo. La indulgencia de dejar la carne sin juzgar abrió la puerta del corazón de Judas a las insinuaciones del maligno, lo que nos lleva a entender que la traición hecha a un amigo en virtud del amor sea algo compulsivo en el hombre natural, pero el deseo que se adueña del corazón para satisfacer su codicia le hace albergar pensamientos extraños a la propia naturaleza que provienen del maligno.

No es de extrañar que ante esta manifestación horrible del poder de la carne y del diablo, la perspectiva de ser abandonados en un mundo malo llenara de horror el corazón de los discípulos, con la carne dentro de uno y el diablo fuera. Pero enseguida nuestros corazones son sustentados al ser dirigidos de la carne y el diablo a Cristo y el Padre, para saber que «el Padre ha puesto todas las cosas» en manos del Hijo. Hay un gran poder en las manos del diablo, que nos odia, pero todo poder está en las manos de Cristo, que nos ama. No solo era que había sido dado a Cristo todo el poder, sino que además Él iba al lugar de poder —vino de Dios y se iba a Dios—.

Sintiendo con las más perfectas sensibilidades la traición de un falso discípulo y lo próxima que estaba la negación de otro, Él se condujo con la conciencia de que tenía en Sus manos todo el poder y que se iba a un lugar de poder. Y de la misma manera quiere que nosotros pasemos por un mundo de maldad siendo conscientes de que Él tiene todo el poder y que está en el lugar exacto para ejercerlo. No solo está el Señor en un lugar de poder pleno, sino que nos da a conocer, en la siguiente escena, que Él se deleita en utilizarlo por nosotros. Aquel que tiene todo el poder en sus manos es el mismo que tiene todo el amor en su corazón. Y el resultado viene a ser que, impulsado por un corazón amoroso, tomará en sus manos los pies sucios de sus cansados discípulos. El que es Señor de todos se convierte en sirviente de todos.

vv. 4-5. Para realizar este servicio de gracia se levanta de la cena pascual —que habla de su asociación con nosotros en las glorias del reino (Lc. 22:15-16)— para ir a hacer posible nuestra comunión con Él en las glorias del cielo. En la perfección de su gracia Él se ciñe para este último acto de servicio, y echando agua en el lebrillo empieza a lavar los pies de los discípulos y a secarlos con la toalla que llevaba ceñida.

vv. 6-7. «Llegó, pues, a Simón Pedro». Si hay quienes aceptan el servicio del Señor con un silencio atónito, Pedro, impelido por su fuerte carácter, verbaliza todos sus pensamientos. Tres veces habló y tres veces puso en evidencia su ignorancia de la mente del Señor, y sus primeras palabras no hacen sino menospreciar el servicio humilde de Jesús. A continuación, expresa un completo rechazo, y las últimas palabras que pronuncia se someten tan impulsivamente a este servicio que parecen querer restarle significado. Como alguien ha dicho: «si somos reprendidos por los errores de los discípulos también somos instruidos con las respuestas que los corrigen». En la respuesta del Señor vemos el profundo significado espiritual que tiene este último acto de servicio.

Pedro no podía comprender que el Señor de gloria se rebajara a lavar los pies de aquellos díscolos. Por ello, lo primero que pronunció fue: «Señor, ¿tú me lavas los pies a mí?» El Señor le contesta: «Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; más lo entenderás después». En aquel momento vemos que los discípulos no tenían la posibilidad de discernir el significado espiritual de esta acción. Pero a partir de ese instante, cuando hubiera venido el Espíritu, todo se aclararía. Este acto de humildad suprema del Señor no se hizo, como suele pensarse, para enseñar una lección de humildad. No pasaría más tiempo sin que Pedro pudiera discernir la sumisión de este acto, pues sus propias palabras dan a entender que lo que más ejercitaba su mente en aquel momento era la humildad del Señor.

v. 8. Inalterado por la respuesta de Jesús, que había querido avisarle que guardara silencio hasta recibir más luz, Pedro sigue adelante: «No me lavarás los pies jamás». El Señor, en su paciente gracia y pasando por alto este desaire corrige el impulso de Pedro: «Si no te lavo no tendrás parte conmigo». Ahora que el Espíritu nos ha sido dado, nos damos cuenta de que esta respuesta concisa presenta el significado espiritual del lavamiento de pies, y viene a simbolizar el servicio actual del Señor con el que quita de nuestros espíritus todo aquello que impide el tener parte con Él.

Observemos que el Señor no dice parte en mí. Desde luego que el servicio de lavarnos los pies es algo precioso, pero no puede nunca asegurarnos la parte en Cristo, ya que para ello se precisaba la gran obra de la cruz que, una vez que ha sido cumplida, no puede volver a repetirse. Por medio de esta gran obra el creyente tiene asegurada para siempre su parte en Cristo. El lavamiento de pies es la presentación simbólica, en la Tierra, de un servicio que continúa en el cielo y que permite a los creyentes mantener la comunión con Cristo en el cielo. ¿Acaso las palabras parte conmigo no significan poder tener comunión con Él en aquella escena de afecto santo en la casa del Padre? He aquí, pues, el hecho bienaventurado de que el Señor se acerca y tiene comunión con nosotros en nuestros hogares, como en aquella ocasión en que Él entró en la casa de Emaús; pero el tener parte con Él conlleva el pensamiento aún más bienaventurado de que podemos tener comunión con Él en Su casa, tal como sucedió con los discípulos de Emaús aquella noche que encontraron al Señor en medio de los santos reunidos en Jerusalén. ¿No presentan las palabras del Señor esta misma verdad con Laodicea: «Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo»?

Parece ser que el lavamiento de pies no es un símbolo exclusivamente del servicio de nuestro Señor como abogado, ni de su gracia intercesora, si bien participa en realidad de la naturaleza de ambos. La obra intercesora del Señor tiene presente nuestras debilidades y la abogacía trata con los pecados reales. El lavamiento despierta nuestra alma dormida y aviva los afectos apagados que se suscitan en medio de los quehaceres diarios y pueden enfriar la comunión con Cristo. El cansancio y la flaqueza del cuerpo pueden impedir que seamos testigos de Cristo. Por ello mismo, su gracia intercesora se muestra activa para apoyarnos en nuestras debilidades. Nosotros podremos venirnos abajo y pecar, dejar de ser aptos en el testimonio de Cristo, pero entonces el Abogado vendrá a restaurar nuestra alma. Si a pesar de todo (y aunque no haya nada que hable a la conciencia) nuestro afecto se enfría, se creará un serio obstáculo en la comunión con Cristo, por lo que entonces cobra sentido el servicio del lavamiento para quitarlo de en medio. Sin embargo, hay otra diferencia entre la abogacía y el lavamiento, y es que en tanto que la abogacía restaura nuestras almas a la posición en la que nosotros estamos, el lavamiento restaura nuestro espíritu a la comunión con Cristo en la posición en la que Él está.

Durante los días del peregrinaje de Israel incumbía a los sacerdotes lavarse los pies antes de entrar en el tabernáculo. Si bien ya eran aptos para el pueblo, el campamento y el desierto, una aptitud para estar ante la presencia del Señor solo podía conseguirse con el lavamiento de pies. Para este fin se encontraba la fuente frente a la puerta del tabernáculo (Éx. 30:17-21; 40:30-32).

vv. 9-11. ¿Cuál es, entonces, la naturaleza de este servicio simbolizado por el lavamiento de pies? La respuesta dada a Pedro en su primera réplica demuestra que tiene un significado espiritual. La respuesta a su segunda réplica nos habla de su finalidad, y con la respuesta a su última réplica se indica de manera más diáfana la naturaleza o la manera del servicio. Después de entender algo mejor la bendición que supone el lavamiento de pies, Pedro se echa atrás en su admisión de que el Señor no le lavará nunca, e inducido por el verdadero afecto que tiene por Él y su característica impulsividad, le dice: «Señor, no solo mis pies, sino también las manos y la cabeza». Pese a que este comentario pueda revelar cierta ignorancia, expresa en realidad un afecto que valora la parte con Cristo.

El Señor le responde: «El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio». El efecto purificador de la Palabra de Dios en las Escrituras se utiliza como símbolo frecuente del agua. En la conversión, la Palabra es aplicada por el poder del Espíritu, y produce un profundo cambio al impartir una naturaleza nueva que altera completamente los pensamientos, las palabras y las acciones del creyente (un cambio que el Señor explica con todos lavados). Este gran cambio no puede volver a repetirse, pero aquellos que están todos lavados sí pueden sentir desánimo en su espíritu. De la manera en que la suciedad del camino se adhiere a los agotados pies del viajero, del mismo modo el creyente, que está en contacto con la rutina diaria, las obligaciones de su hogar y las presiones de la vida laboral experimenta, en su continuo conflicto con el mal, el cansancio de espíritu y ve que la comunión con las cosas de Cristo es estorbada. No se trata de que haya hecho algo de lo que su conciencia le redarguya, instándole a la confesión y a la obra mediadora del Abogado, sino que su espíritu está cansado y necesita ser vigorizado con el mismo vigor que Cristo se complace en darnos si andamos cogidos de su mano. Al volvernos a Él, nos dará fuerzas para el alma presentándose ante nosotros en todas sus perfecciones por medio de la Palabra. Con las respuestas que el Señor, en su gracia, da a Pedro, conocemos el carácter espiritual de este servicio, su finalidad y el modo en que se lleva a cabo.

Pero había alguno allí presente para el cual no significaba nada, pues el Señor tiene que decir: «Vosotros estáis limpios, aunque no todos. Porque sabía quién le iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios». El traidor nunca había sido todo lavado. No estaba regenerado, y por ello nunca iba a sentir la necesidad ni a conocer el refrigerio del servicio del Señor manifestado en gracia.

vv. 12-17. Habiendo terminado el servicio y volviendo a tomar su asiento a la mesa, el Señor da más instrucciones en cuanto al lavamiento de pies. Aunque es en esencia un servicio propio, tiene no obstante tal naturaleza que Él puede realizarlo mediante la intercesión de otros. De esta manera nosotros estamos bajo una obligación, dado que lo tenemos como privilegio, de lavarnos los pies unos a otros. Un servicio bendito que se realiza sin ánimo de querer corregir al otro (por necesario que sea en ocasiones), y mucho menos por querer encontrar la falta ajena, sino que se realiza para ministrar a Cristo unos a otros, pues solo un ministerio de Cristo traerá vitalidad al alma cansada. Años después de la escena del aposento alto, Pablo nos cuenta que una de las virtudes de una viuda piadosa es la que ella muestra lavando los pies de los santos (1ª Tim. 5:10). Esto no quiere decir que al lavar los pies ella se limitaba a reconvenir el mal o a corregir las faltas de los demás, sino que ofrecía refrigerio a los espíritus desmayados de los santos que venían con un ministerio de Cristo. ¿No lavó Onesíforo los pies del apóstol Pablo y dice este de él que «muchas veces me confortó, y no se avergonzó de mis cadenas» (2ª Tim. 1:16)? ¿No cumplió Filemón con esta obligación para con sus hermanos, de modo que Pablo dijo de él «por medio de ti, oh hermano, han sido confortados los corazones de los santos» (Flm. 1:7)? ¿No estaba llevando a cabo este bendito servicio el mismo Señor cuando habló a su fatigado siervo Pablo de noche diciéndole «no temas… porque yo estoy contigo» (Hch. 18:9,10)?

El lavamiento de pies no solo administra el refrigerio al alma cansada, sino que además da regocijo al corazón del que realiza este servicio, pues el Señor dice: «Si sabéis estas cosas, dichosos sois si las ponéis en práctica».

La salida del traidor Juan 13:18-30

Para recibir comunicaciones espirituales se requiere tener una condición espiritual. Por ello se precisaba del lavamiento de pies para preparar a quienes querían escuchar las últimas palabras del Señor, tan ricas en verdades divinas y consuelo espiritual. Había uno que estaba presente, pero que sin embargo no había sido todo lavado y para quien el lavamiento de pies no produciría ningún efecto ni las enseñanzas del Señor iban a significar nada. La presencia de Judas, que urdía en el corazón la traición que estaba por llegar, arroja su negra sombra sobre la pequeña compañía. Antes de que el Señor pudiera comunicar las últimas instrucciones, antes siquiera de que pudieran ser recibidas por los discípulos, Judas debía salir del aposento alto y adentrarse en la noche.

vv. 18-20. La manera como fue quitado de su centro demuestra lo solícito que se mostró el Señor con los suyos. La traición de Judas, conocida largo tiempo por Jesús, es revelada con delicadeza a los discípulos. Durante el lavamiento de pies el Señor hizo una alusión a Judas que por lo visto había pasado desapercibida a los once. Pero entonces dice con más claridad: «No hablo de todos vosotros; yo sé a quienes he elegido». Había en aquel lugar un círculo íntimo de los compañeros escogidos por el Señor a los que Él iba a revelar los secretos de Su corazón. Pero se encontraba presente uno que no tenía parte en aquel círculo escogido, alguien de quien la Escritura dice: «El que come pan conmigo, levantó contra mí su calcañar».

Esta revelación hubiera sido, desde luego, como un golpe para los discípulos y una prueba para su fe. La razón incrédula podía haber alegado su ignorancia de que el traidor estuviese presente y que Jesús lo supiera, dudando así de que fuera realmente el Señor de la gloria. No obstante, el Señor desecha tales razonamientos y afirma la fe de ellos revelándoles con antelación la cercana traición: «Desde ahora os lo digo antes de que suceda, para que cuando suceda, creáis que yo soy». Y mediante la traición de Judas, ellos tendrían nuevas evidencias de que es, en realidad, el gran YO SOY para todos los que le conocen y saben que para Él el futuro es lo mismo que el presente. Por una parte, la presencia y traición del conspirador no vulnerarán la gloria del Señor, y por otra la baja de uno que se contaba entre los doce no invalidará la comisión del remanente de los once. Esta comisión permanecerá con toda su fuerza, y así el Señor dirá: «El que recibe al que yo envíe, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió». En vista del terrible pecado de Judas, la gloria del Señor no es apagada y la comisión de los once es intocable.

vv. 21-22. Se necesitará un recurso más para hacer ver a los discípulos la terrible realidad de esta revelación y expulsar a Judas de su centro. El Señor, entonces, les cuenta llanamente cuál es la naturaleza de este pecado y le revela finalmente al hombre que lo cometerá. Estas revelaciones acaban por conmover el espíritu del Señor: «Se turbó en su interior, y dio testimonio, diciendo: De cierto, de cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar». Los discípulos llegan a saber, en un lenguaje que no se presta al error, que uno de ellos está a punto de traicionarle. Deben hacer frente al hecho terrible de que aquella ocasión que un mundo hostil estaba buscando —y que no la hallaba por causa del pueblo— se estaba suscitando entre ellos en la persona de alguien que no temía a Dios ni al pueblo, de alguien que se había hecho pasar por discípulo del Señor, que había sido día tras día su compañero, que había visto realizar todas sus obras de poder y que escuchaba, sin aflorar ningún sentimiento en él, sus palabras de gracia y amor. Una revelación así perturbó el espíritu del Señor y dio origen a las preguntas que con mucha angustia hacían los discípulos mientras se miraban unos a otros, dudando de quién estaba Él hablando. Pero con mirarse no iban a conseguir solucionar esta solemne cuestión.

v. 23. El traidor está presente y se da cuenta al momento de que el Señor le descubre. Sin embargo, no manifiesta ninguna señal que le delate ante los demás, que se vuelven al Señor buscando el alivio en medio del suspense. El discípulo que le pregunta a Jesús es alguien muy cercano a Él. Aquel que está más cerca es descrito como «uno de sus discípulos, al cual Jesús amaba». Sabedor del amor con que le ama el Señor, Juan se inclina sobre el pecho de Jesús con absoluta confianza. El hombre cuyos pies habían estado momentos antes entre las manos de Jesús, reclina la cabeza sobre su pecho de amor en una posición de comunión íntima, como lícito resultado de un lavamiento realizado por unas manos amorosas.

vv. 24-25. Simón Pedro, el discípulo de acalorado corazón que parece insinuar constantemente con sus maneras «yo soy el discípulo que ama al Señor» estaba sentado algo lejos para preguntarle, y le hace señas a Juan para que le diga de quién podía tratarse. Juan le pregunta simplemente: «Señor ¿quién es?».

v. 26. El Señor enseguida responde: «Aquel a quien dé este pedazo de pan que voy a mojar en el plato» (NVI). Hay quien ha señalado que la fuerza de las palabras del Señor queda oscurecida en nuestra versión inglesa de la Biblia —como pasa con la versión Reina-Valera en castellano (N. del T.)—. No es este pedazo sino el pedazo, en referencia a un hábito determinado de ofrecer a un huésped distinguido el bocado más suculento de la fiesta, especialmente preparado para él. El Señor reafirma sus palabras al darle el bocado a Judas Iscariote, y así no solo queda vaticinada la traición, sino que el mismo traidor es puesto en evidencia.

v. 27. La codicia había abierto una vía en el corazón de Judas para las insinuaciones del diablo, y esta toma posesión de él. Si quedaba algún resquicio de vergüenza en la conciencia de Judas, algún sentimiento que le hiciera encogerse frente al pecado que iba a cometer, todo permanece bajo un manto de silencio. Satanás entra en él y a partir de ese momento, sin dudarlo, Judas viene a ser el instrumento impotente de sus designios, llegando a un punto sin retorno. El Señor tiene que decirle: «Lo que vas a hacer, hazlo más pronto».

vv. 28-30. Atónitos como quedaron los once, al parecer, por esta terrible revelación, no llegan a entender el significado de las palabras del Señor, pues al haberle confiado a Judas la bolsa para la fiesta, el juicio que ellos se forman es que Jesús le estaba diciendo que tenía que apresurarse para cubrir las necesidades para la fiesta o para el alivio de los pobres. Pero Judas sí le entiende, ya que la presencia del Señor se vuelve insufrible para este energúmeno, y tan pronto como prueba el bocado se levanta y, sin mediar palabra, sale al exterior, a la noche, para acabar de pasar momentos después a una noche aún más densa, de la que ya es imposible regresar.

Se suele observar en cuanto a esta escena solemne que no hay ninguna denuncia hacia Judas, ni recibe ningún reproche ni orden alguna de abandonar el lugar, y tampoco se le pide que se vaya de allí. La presencia del falso es puesta de manifiesto. Se vaticina el pecado que está a punto de cometer, se indica al autor, y luego, en medio de un terrible silencio, abandona aquella luz demasiado escrutadora, aquella Presencia santa insufrible y sale a la noche que no aguarda su alba. Recordemos que si no fuera por la gracia de Dios y la preciosa sangre de Cristo todos y cada uno de nosotros habríamos seguido a Judas en la noche.

Hamilton Smith

(continuará DM)