lunes, 18 de mayo de 2020

¿CÓMO PUEDE EL HOMBRE NACER SIENDO VIEJO?

Juan 3:1-7
            Esta pregunta que Nicodemo hizo a nuestro Señor Jesucristo fue resultado de la declaración del Señor en el versículo 3, qué el que no naciere otra vez no puede ver el reino de Dios." La declaración de Cristo en el versículo 5 que "el que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios" en parte contesta esta pregunta, esto quiere decir que el nuevo nacimiento se diferencia en­teramente en carácter a nuestro primer nacimiento, no siendo físico sino “de agua y del Espíritu". Algunos en verdad mantienen que el agua aquí es natural, la cual se usa en el bautismo; empero Romanos 6: 3, 4 lo hace claro que el bautismo es un símbolo, no del nacimiento, sino de la muerte y el entierro. Hay muchas Escrituras que enseñan que el agua aquí simboliza la Palabra de Dios (Véase Efesios 5:26), y que por el Espíritu y la Palabra de Dios que los hombres pueden ser re­nacidos (Véase 1 Pedro 1:23-25: Stg. 1:18; Juan 1 12, 13). El bautismo en agua puede ser "de voluntad de carne" como dice en juan 1:13, pero el nuevo nacimiento nunca puede ser por la voluntad de la carne.
            Cuando Cristo contestó esta otra pregunta de Nicodemo en ver­sículo 9, "¿Cómo puede esto hacerse?" nunca mencionó el bautismo, sino que dio una contestación plena y clara. Escuche, mi lector, si va a recibir el nuevo nacimiento, esta es la manera de obtenerlo. "Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado; para que todo aquel que en Él creyere, no se pierda, sino que tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en el cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque no envió Dios a Su Hijo al mundo para que condene al mundo, más para que el mundo sea salvo por ÉL. El que en Él cree, no es condenado; más el que no cree ya es condenado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios" (Juan 3:14-18).
            El "nacer otra vez" de versículos 3, 5, 7 equivale exactamente a la adquisición de la vida eterna de versículos 15 y 16. Este es el resultado inmediato de creer en el Señor Jesús, y es el fruto de la obra del Espíritu como se ve en versículo 8, y del uso de la Palabra de Dios como dice el versículo 14.
C.J. Baker,
Verdades Bíblicas, N°351-352, 1978 

LAS COSAS QUE EL PADRE PUSO EN SU MANO.


«Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiere revelar». Lucas 10:22.


«Todas las cosas» que fueron dadas por el Padre al Hijo no se enumeran aquí, pero Juan, que escribió tan llanamente del Hijo que fue dado (3:16), habla de muchas cosas que el Padre dio en su mano (3:35). No solo fueron la obra de la creación (1:3), y la obra de la salvación dadas en su mano (17:4), sino que todo juicio le ha sido encomendado a Él (5:22), y «como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo» (5:26). Las obras que Él hizo le fueron dadas por el Padre (5:36), y aquellos que creen en Él son el don del Padre a Él (6:37, 39). Son llamados las ovejas que el Padre le dio (10:29), y los llama «los hombres que del mundo me diste» (17:6). El Padre le dio las palabras que Él dio a los suyos (17:8), y la misma gloria que el Padre le dio a Él, Él mismo la da a ellos, pero hay también una gloria peculiar que el Padre le ha dado a Él y que Él ora que ellos la puedan contemplar (17:24). «Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre» es algo que se extiende desde el albor del tiempo hasta las edades eternas.
En ningún lugar de este Evange-lio llega Lucas tan cerca del énfasis del Evangelio de Juan como en esta porción. Cristo es visto aquí, como en Juan capítulo 17, hablando al Padre, apreciando a los bebés que conocen su salvación, y Él, Él mismo, como revelador del Padre, como en Juan 1:18.
El Hijo ha revelado al Pa­dre, Él es el camino al Padre, revela la verdad acerca del Padre, y da la vida del Padre a los suyos (Jn.14:6), pero hay un sentido peculiar en el que solo el Padre conoce al Hijo. Hay excelencias y glorias en su bendita Persona que solo el Padre puede apreciar en su plenitud. Cuando le veamos como Él es (1 Jn. 3:2), Él no nos ocultará su hermosura y gloria, pero están tan más allá de nuestra comprensión humana que, aunque aprendamos de Él para siempre, nunca llegaremos a un punto en aquel inmenso para siem­pre jamás cuando no habrá más y más de sus glorias inmarcesibles por contemplar. Aquí tenemos una bendita Persona acerca de quién es imposible exagerar. El más elevado pensamiento que hayamos jamás tenido acerca de Él y las más grandes palabras jamás dichas acerca de Él, nunca podrán agotar las maravillas de su gloriosa Persona.

Ni un ángel puede comprender
misterio tan veraz.
Solo el Padre puede conocer
el enigma de tu faz.
Norman Crawford.,. «LUCAS».

EL TIEMPO DE SU VENIDA



Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.  (1Ts 4:16-18)



"Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre” (Marcos 13:32). "No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en Su sola potestad” (Hch. 1:7). "Porque la venida del Señor se acerca” (Stg. 5:8). "En los postreros días vendrán tiempos peligrosos” (2 Tim. 3:1). "Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el Señor de la casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana” (Marcos 13:35). "Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo” (Marcos 13:33).
¡Con cuánta frecuencia se han señalado fechas para la venida del Señor y todas han resultado incorrectas! Guardémonos de fijar fechas para éste o cualquier evento futuro, curioseando en lo que el Padre ha puesto en Su poder. En la Palabra mucho se nos dice acerca de los "últimos días”. Si consideramos cuidadosamente lo que leemos y lo comparamos con el tiempo presente, llegaremos a la conclusión cierta de que Su venida "está cercana”. Nosotros creemos que no po­demos ir más allá de eso, y si lo hacemos es sólo especulación. Toda predicción contenida en las Escrituras relacionada con la naturaleza y la condición del mundo al tiempo del fin, no deja nada que no haya sucedido; puede decirse empero, que el presente estado impío de la humanidad no ha alcanzado su culminación. Sabemos que estamos cerca, muy cerca, del momento cuando la iglesia oirá la "aclamación”; por lo tanto, debemos velar y estar listos para ser traspuestos a cualquier momento.
Sin embargo, no debemos formarnos la idea de que no debemos atentar empresa alguna para Cristo porque Él va a regresar tan pronto. Al contrario; debemos poner nuevas energías y planear más servicio, con devoción creciente y llevar un andar con El más cercano y santo. "Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor ven­ga, le halle haciendo así” (Mat. 24:26). Dios ha fijado un día feliz, y nos ha dicho lo suficiente para indicarnos que el tiempo "está cerca”. Antes que el sol se ponga esta noche y se levante por la mañana nos podremos haber ido. ¿Qué sucederá con nuestras cosas y propiedades? Sin duda los mundanos se gozarán de ellas. Es bueno que no tengamos demasiado que dejar, sino que lo podamos mandar adelante, usando todo lo que podamos para Dios. Esto es hacer tesoros en el cielo.
Verdades Bíblicas, N° 299-300, 1973
 F. Ferguson

TRES HOMBRES REPRESENTATIVOS


Tomó Taré a Abram su hijo, y a Lot hijo de Harán ... y a Sarai su nuera ... y salió con ellos
de Ur de los caldeos, para ir a la tierra de Canaán, Génesis 11.31

Taré
            Estos hombres salieron de su tierra como peregrinos, pero Taré se paró a la mitad del camino, habiendo viajado probablemente unos mil kilómetros, y allí se quedó en Harán hasta morir. Taré es un tipo de los que emprenden la carrera cristiana con entusiasmo, pero nunca llegan a la meta. Se cansan, se desaniman y dicen, “Hasta aquí no más”.
            Es posible que Taré haya temido cruzar el gran río que le separaría de su pequeño mundo para principiar una vida nueva. Lo que tenía era entusiasmo sin fe en Dios y su promesa. Se dejó llevar por Abram hasta cierto punto, pero de allí no quiso pasar.
            Hay muchos que no quieren cruzar el lindero entre el mundo y la vida nueva en Cristo. Se acaba su entusiasmo y no les queda nada. Dijo nuestro Señor, “Muchos son llamados, más pocos escogidos”. Hay quienes empiezan cantando de voz en cuello, “Dejo el mundo y sigo a Cristo”, pero después dan la vuelta para dejar a Cristo y seguir al mundo. Así mueren perdidos, habiendo tenido la profesión en la boca, pero sin la posesión de la vida eterna.

Abraham
            Abram era creyente. “Siendo llamado, obedeció ... y salió sin saber a dónde iba”, Hebreos 11.8
            “Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra ... a tierra que te mostraré”. No leemos que Dios haya hablado así a Taré, pero su hijo oyó la voz de Dios y obedeció. Era la obediencia de la fe. Mientras su padre vivía, le era un estorbo; muerto éste, Abram siguió adelante, llegando a Canaán con su esposa y su sobrino.
            Su demora hasta la muerte del anciano le dio lugar al cananeo meterse en la tierra prometida, pero Abram no hizo parentesco con éstos, sino levantó su altar a Jehová. Era su testimonio a todos que él no adoraba a los ídolos ni seguía las prácticas de sus vecinos, sino que permanecería como peregrino en separación del mundo.
            La biografía de este hombre, inspirada por el Espíritu Santo, ocupa un lugar importante en el Antiguo y Nuevo Testamento. Se ganó el título de amigo de Dios; fue objeto de grandes bendiciones de lo alto y Dios prometió bendecir todas las naciones de la tierra por medio de él. Su nombre aparece en el primer versículo del Nuevo Testamento junto con los de David y de Jesucristo, encabezando la genealogía del Salvador. Las promesas a Abraham serían verificadas por medio de Cristo. En Gálatas 3.7 leemos que los que son de la fe, éstos son hijos de Abraham. Así vemos que por fe somos ligados con aquel ilustre hombre de Dios y heredamos las ricas bendiciones por medio de él y de nuestro Señor Jesucristo.
            Ojalá que los rasgos vistos en Abraham — fe, obediencia y separación — se vean también en nosotros. El mostró fidelidad en cuanto a su hijo; Génesis 22.16 dice, “No me has rehusado tu hijo”. Alcanzó buen testimonio por su honradez delante de los demás: “Eres un príncipe de Dios entre nosotros”, 23.6.

Lot
            Después de considerar la vida insigne de Abraham, no es muy agradable reflexionar sobre la vida de su sobrino Lot. Mientras éste acompañaba a Abraham, no se ve nada fuera de orden en su vida, pero llegó una crisis cuando tuvo que decidir. Su tío le dio la oportunidad de escoger primero una nueva localidad donde ubicarse con su mucho ganado, posesiones y pastores. Lot puso su mira en la llanura del Jordán e iba marchando “hacia el oriente” con su espalda hacia Canaán. Él fue poniendo sus tiendas hasta Sodoma y por fin abandonó la tienda de peregrino. Se acomodó en una casa como residente y ciudadano de aquella ciudad corrompida.
            No sabemos nada de su esposa y las hijas hasta el capítulo 19, cosa que nos hace pensar que él consiguió su mujer en Sodoma. Esto explicaría por qué ella echó una mirada hacia atrás a la ciudad y se volvió estatua de sal. También explicaría la desmoralización de las dos hijas contaminadas con la vida de Sodoma. El apóstol dice que Lot era justo, pero en Sodoma él “afligía cada día su alma justa viendo y oyendo los hechos inicuos de ellos”, 2 Pedro 2.7,8.
            ¿Cuál era la causa del fracaso de este hombre, quien por tantos años gozaba el privilegio de acompañar a Abraham en una vida de fe y separación del mundo? Creemos que fue su avaricia. Dios le había dado gran abundancia en lo material, pero él quería más. Muchos creyentes como Lot se han naufragado por dar el primer lugar a sus intereses materiales a expensas de las cosas del Señor.
            “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra”, Colosenses 3.2. Las riquezas y los bienes de Lot fueron quemados en Sodoma, y aquel hombre se ve al fin viviendo en desgracia en una cueva con un garrafón de licor y sus hijas corrompidas. Él es tipo del creyente que, como Demas, vuelve al mundo.
            Esta historia se ha inmortalizado para amonestarnos a no tomar semejante paso falso. “Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque, así como por fuego”, 1 Corintios 3.14,15.

S. J. Saword,

ÚLTIMAS SENTENCIAS DEL SEÑOR EN EL SERMÓN DEL MONTE


Mateo capítulo 7

  •     No es por la puerta ancha, sino por la puerta estrecha que se llega al cielo.  (Mateo 7:13,14)
  •       No es tanto el vestido, sino el mensaje del profeta, v. 15.
  •       No es tanto la apariencia del árbol, sino los frutos que da el árbol, vv. 16,17
  •       Mas no solamente el fruto, sino la calidad del fruto, v. 19
  •       No es el que dice, sino el que hace, vv. 20,21
  •       Más aun del que oye es el que hace, vv. 24,27
  •      No es el que emociona, sino el que convence, convierte y cambia los corazones, vv. 28,29.

            Ya era tiempo de hacer conocer a las gentes que para entrar en la vida era necesario un cambio de vida, un nuevo nacimiento, una decisión absoluta de abandonar el camino ancho y entrar por la puerta estrecha. El Señor no dio cabida a la neutralidad ni a la indiferencia; tampoco a las altas y bajas temperaturas, como ser santo en la iglesia y diablo en la casa. O se está en el camino angosto que lleva arriba, o se está en el camino espacioso que lleva a la perdición.
            En este cambio de vida, el Señor hace una alerta a guardarse de los falsos profetas. El creyente espiritual procura mantenerse en comunión con su Señor para no ser engañado. Siendo guiado por el Espíritu, no cree a todo espíritu, sino prueba los espíritus si son de Dios, porque muchos falsos profetas son salidos en el mundo. (1 Juan 4:1)
            Son muchas las advertencias de la Palabra de Dios a la vigilancia, para no ser llevados por las nuevas ideas de los hombres, las diversas doctrinas y las corrientes que contemporizan con los últimos tiempos. (Mateo 24:24,26; Hechos 20:28-30; Efesios 4:14; Hebreos 13:9; 2 Pedro 2:1-3; 1 Juan 2:18-23)
            El Señor no llama a ninguno en vano. Al ocuparle en su servicio, es para que lleve fruto, y su fruto permanece. (Juan 15:16) Como por los frutos es conocido el árbol, asimismo por los frutos de la nueva vida es conocido el discípulo de Cristo. ¿Qué mérito tiene un árbol de opulencia y lozanía, pero sin fruto? El Señor, teniendo hambre, fue a la higuera, pero no encontró fruto sino hojas solamente. (Mateo 21:18,19) Las plantas que nacen bajo los árboles umbrosos son canijas y se mueren; les falta la luz del sol que vivifica.
            El creyente que no da fruto no tiene ninguna influencia sobre los demás. “Ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí.” (Romanos 14:17) Tengo en mente un árbol de naranjas que conozco. Su tronco es viejo, feo y canoso; ya no da mucho fruto. Pero, haya verano o invierno, siempre se aparece con poca cara. ¡Pero qué dulces son! El Señor no va a recompensar a sus siervos por la cantidad, sino por la constancia y fidelidad. (Mateo 25:23)
            El Señor pide no solamente el fruto, más la calidad del fruto. “Todo aquel que lleva fruto, le limpiará, para que lleve más fruto.” (Juan 15:2) El Señor fue templando a su siervo Abraham por medio de las pruebas, a medida que le pedía más fruto como prueba de su amor. Abraham le iba complaciendo y agradando hasta la prueba final de conseguir su diploma: Amigo de Dios. Hay los que se acostumbran a una rutina, que pudiendo dar más o hacer más, no lo hacen, y se estrechan en sus propias entrañas.
            El Señor tiene más complacencia con la obediencia que con el sebo de los carneros. (1 Samuel 15:22) Promesas, protestas, propósitos y palabras no llegan a ninguna parte. El que hace la voluntad del Señor entrará en el reino de los cielos. Del Señor se dice: “Todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y enseñar,” (Hechos 1:1) y muchos han seguido su ejemplo. “Si soy Señor, ¿qué es de mi temor?” (Malaquías 1:6)
            Puede haber afectación de humildad en los que parecen oír, pero no están dispuestos a hacer lo que el Señor dice. Parece que Jonás oyó el mensaje del Señor, pero se fue por otro camino. (Jonás 1:1-3). Israel dijo: “Nosotros oiremos y haremos... ¡Quién diera que tuviesen tal corazón que me temiesen y guardasen todos los días todos mis mandamientos!” (Deuteronomio 5:27-29) Con todo esto, desobedecieron, y su casa vino a ser como edificada en arena.
            Pablo oyó y dijo: “Señor, ¿qué quieres que haga?” y de inmediato aquel hombre empezó a edificar su casa sobre aquel fundamento. “Cavó y ahondó.” Le costó, pero halló la Roca que le hizo perito arquitecto en el edificio; véase 1 Corintios 3:9-11.
            En fin: la doctrina que oyó el pueblo aquel día llegó muy profundo en sus almas:” Nunca ha hablado hombre, así como este hombre.” (Juan 7:46) Con razón el Sermón del Monte es llamado la regla de oro. Desde aquel momento hasta hoy no ha habido doctrina más elevada, que levante al hombre de su ruina moral y espiritual, y le ponga en parangón con los ángeles, con los hijos de Dios por la redención que es en Cristo Jesús. (Apocalipsis 5:8)
José Naranjo, Revista “La Sana Doctrina”

La cruz desde la eternidad hasta la eternidad

     La cruz en la eternidad. La cruz es un pensamiento eterno de Dios puesto que el Cordero fue “conocido ya, de cierto, antes de la fundación del mundo (1 P. 1:20).
     La cruz en el pasado. Es el hecho histórico llevado a cabo en la consumación de los siglos y asociado con los nombres de Getsemaní, Ga
     batha y Gólgota. (He. 9:26).
     La cruz en el presente. “Cristo crucificado” es el tema único y fundamental de la predicación del evangelio, como también norma para la vida del creyente muerto con Cristo” y que desea vivir “en conformidad con su muerte” (1 Co. 2:2; Gá. 2:20; 6:14; Fil. 3:10).
     La cruz en el porvenir. Será el Salvador que murió en la cruz coronado de espinas —colocando así la piedra fundamental de su propio reino— quién gobernará gloriosamente como Rey en el reino mesiánico visible (Fil. 2:8-11).
     La cruz en la gloria del cielo. El hecho de la cruz será el tema de las alabanzas de los redimidos, y “en medio del trono” se verá un “Cordero como inmolado”. Los apóstoles del Cordero tendrán su parte en el fundamento de la ciudad eterna (Ap. 5:6-10; 21:14).
Erich Sauer, Triunfo del Crucificado. Pág. 58

LA LEY Y LA GRACIA (3)


¿Dice el Nuevo Testamento que la ley sea la regla de vida del cristiano?



            Para no fatigar demasiado al lector a fuerza de argumentos, pregunto: ¿En qué parte del Nuevo Testamento se presenta la ley como regla de vida? Evidentemente el apóstol no tenía tal pensamiento cuando dijo:

“Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación. Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios” (Gálatas 6:15-16).

¿A qué regla se refiere? ¿La ley? No, sino la nueva creación. En el capítulo 20 de Éxodo, no se trata de “nuevas criaturas”; al contrario, ese capítulo se dirige al hombre tal como es, en su estado natural que pertenece a la vieja creación, y le pone a prueba para saber lo que verdaderamente está en condiciones de hacer. Por tanto, si la ley fuese la regla por la cual los creyentes deben andar, ¿a qué se debe que el apóstol pronuncie una bendición sobre los que andan según una regla totalmente diferente? ¿Por qué no dice: «A todos los que andan conforme a la regla de los diez mandamientos»? ¿No es, pues, evidente que, según este pasaje, la Iglesia de Dios tiene una regla más elevada conforme a la cual debe andar? Sin ninguna duda. Aunque, incuestionablemente, los diez mandamientos forman parte del canon de los libros inspirados, nunca podrían ser la regla de vida para aquel que, por la gracia infinita, ha sido introducido en una nueva creación y ha recibido una nueva vida en Cristo.
            Tal vez se pregunte: «Pero ¿no es perfecta la ley?» Y si la ley es perfecta, ¿qué más puede pedirse? La ley es divinamente perfecta. Es más, la ley maldice y mata a los que no son perfectos y pretenden medirse con ella precisamente a causa de su misma perfección. “La ley es espiritual; más yo soy carnal, vendido al pecado” (Romanos 7:14). Es absolutamente imposible formarse una idea justa de la perfección y espiritualidad de la ley. Mas esta ley perfecta, al ponerse en contacto con la humanidad caída, al chocar esta ley espiritual con “la intención de la carne”, no puede “obrar” más que “ira” y “enemistad” (Romanos 4:15; 8:7). ¿Por qué? ¿Porque la ley no es perfecta? Al contrario; porque la ley es perfecta, y el hombre es pecador. Si el hombre fuese perfecto, cumpliría la ley según toda su perfección espiritual; y asimismo el apóstol nos dice, tocante a los verdaderos creyentes, que a pesar de llevar todavía en ellos una naturaleza corrompida, “la justicia de la ley se cumple en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:4). “Porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley… el amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor” (Romanos 13:8-10; compárese Gálatas 5:14, 22-23). Si yo amo a una persona, no le hurtaré lo que le pertenece, antes, al contrario, procuraré hacerle todo el bien que pueda. Todo esto es claro y fácil de comprender para un alma espiritual, y confunde a los que quieren hacer de la ley el principio de vida para el pecador, o la regla de vida para el creyente.
            Si consideramos la ley en sus dos grandes mandamientos, vemos que ordena al hombre amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con toda su mente, y a su prójimo como a sí mismo. Tal es el resumen de la ley. He aquí lo que la ley pide sin disminuir lo más mínimo de ello. ¿Y cuál es el hijo caído de Adán que haya podido responder jamás a esta doble exigencia de la ley? ¿Cuál es el hombre que podría decir que ama a Dios y a su prójimo así? “La intención (lit.: la mente, esto es, la intención o deseo que tenemos por naturaleza) de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la voluntad de Dios, ni tampoco puede” (Romanos 8:7). El hombre aborrece a Dios y sus preceptos. Dios se ha manifestado en la persona de Cristo, no en su gloriosa majestad, sino con todo el atractivo y la dulzura de una gracia y condescendencia perfectas. ¿Cuál fue el resultado de ello? El hombre aborrece a Dios. “Si yo no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora han visto y han aborrecido a mí y a mi Padre” (Juan 15:24). Más se dirá: «El hombre debía haber amado a Dios.» Sin duda que sí; y si no le ama merece la muerte y la perdición eterna. Pero ¿puede la ley producir este amor en el corazón del hombre? ¿Es éste su objeto? De ninguna manera; “pues la ley produce ira”; “por medio de la ley es el conocimiento del pecado”; “fue añadida a causa de las transgresiones” (Romanos 4:15; 3:20; Gálatas 3:19). La ley halla al hombre en un estado de enemistad contra Dios; y sin cambiar nada este estado, porque no es este su objeto, le manda amar a Dios de todo su corazón, y le maldice si no lo hace. No pertenecía al dominio de la ley el cambiar o mejorar la naturaleza del hombre; no podía tampoco darle el poder para responder a sus justas exigencias. La ley dice: “Haz esto, y vivirás”. Ordena al hombre a amar a Dios, pero sin revelarle lo que Dios es para el hombre aun en su culpabilidad y en su ruina; y, no obstante, dice al hombre lo que él debe ser para Dios. ¡Qué terrible misterio! No se demuestra en esto el poderoso atractivo del carácter de Dios, que produce en el hombre un verdadero arrepentimiento hacia Él, fundiendo su corazón de hielo y elevando su alma a un afecto y adoración sinceras. No; la ley era un mandamiento perentorio a amar a Dios; y en lugar de crear este amor, la ley “obra” la “ira”, no porque Dios no deba ser amado, sino porque el hombre es un pecador.
            A continuación, leemos: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. ¿Ama el hombre natural a su prójimo como a sí mismo? ¿Es éste el principio, la regla que prevalece en las cámaras de comercio, en la bolsa, en los bancos, en los mercados y ferias de este mundo? ¡Desgraciadamente no! El hombre no ama a su prójimo como a sí mismo. Debería hacerlo; y si su condición fuese buena lo haría. La condición en que el hombre se halla, es totalmente mala, y a menos que no “nazca de nuevo” (Juan 3:3-5), por la Palabra y por el Espíritu de Dios, no puede “ver ni entrar en el reino de Dios”. La ley no puede producir este nuevo nacimiento. Ella mata al “hombre viejo”, pero no crea ni puede crear al “nuevo hombre”. Sabemos que el Señor Jesús ha reunido a la vez, en su gloriosa persona, a Dios y a nuestro prójimo; teniendo en cuenta que Él era, según la verdad fundamental de la doctrina cristiana, “Dios manifestado en carne” (1 Timoteo 3:16). Ahora bien, ¿cómo ha sido tratado Jesús por el hombre? ¿Le amó este último con todo su corazón y como a sí mismo? Todo lo contrario. El hombre crucificó a Jesucristo entre dos malhechores, después de haber preferido a un ladrón y homicida a este Ser bendito, el cual “anduvo haciendo bienes” por todas partes; el cual descendió de las moradas eternas de la luz y del amor, siendo Él mismo la personificación de este amor y de esta luz; cuyo corazón estaba lleno de la más pura simpatía para con las necesidades de la pobre humanidad y su mano siempre dispuesta a enjugar las lágrimas del pecador, aliviando sus sufrimientos. Así pues, al contemplar la cruz de Cristo, vemos la demostración irrecusable del hecho demostrativo de la impotencia del hombre para guardar la ley, porque tal poder simplemente no está en su naturaleza.
            Tales son los principios con los cuales termina el Espíritu Santo esta parte tan notable del libro inspirado. ¡Dios quiera que queden estos principios grabados en nuestro corazón, a fin de hacernos comprender de un modo más claro y cabal la diferencia esencial que existe entre la ley y la gracia!




NOTA

N. del E. — La Palabra no habla de la ley como abolida con respecto al gobierno moral de Dios en el mundo (como en 1 Timoteo 1:7-10), sino en cuanto a su aplicación a los cristianos. Para la salvación, para justicia, para la paz, para la vida, para la justificación, la ley ha sido totalmente abolida por la cruz.

LA SEGUNDA EPÍSTOLA A TIMOTEO (4)

 LAS CONSOLACIONES DEL PIADOSO EN EL DÍA DE RUINA
Capítulo 1



            (V. 11). Además, se nos ha dado a conocer este evangelio en toda su plenitud por medio de un instrumento especialmente designado - uno que viene a nosotros como Apóstol de Jesucristo a los Gentiles. Viene, por lo tanto, con la autoridad adecuada a través de un Apóstol que habla por revelación e inspiración.

         (V.12). Al mismo tiempo, fue a causa de su fiel testimonio que Pablo tuvo que sufrir. No fue ninguna maldad lo que le llevó al sufrimiento y al oprobio. Su celo como heraldo, su consagración como Apóstol enviado por Cristo, su fidelidad a la Iglesia como maestro, le permitió decir, "por causa de lo cual también padezco estas cosas." (V. 12 - VM). La prisión fue sólo una de "estas cosas" que este siervo fiel tuvo que padecer. Hubo otros sufrimientos sentidos de forma más penetrante por su sensible corazón, pues "estas cosas" incluyeron el abandono de aquellos que él amaba que estaban en Asia y entre quienes había trabajado por tanto tiempo. Además, también, él padeció por la oposición de profesantes que, como Alejandro, le causaron muchos males al Apóstol (4:14). No obstante, viendo que estaba sufriendo por su fidelidad como siervo de Jesucristo, él puede decir, "no me avergüenzo." Además, no solamente no se avergonzaba, sino que él no fue derribado, tampoco ninguna palabra de enojo resentido escapó de sus labios a causa de la injusticia del mundo, y el abandono, ingratitud, e incluso oposición de parte de muchos cristianos. Él es elevado por sobre toda depresión, todo resentimiento y todo rencor, ya que está persuadido de que Cristo puede guardar su depósito hasta aquel día. Cuando a Cristo "le ultrajaban, no respondía ultrajando; cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a aquel que juzga con justicia. (1 Pedro 2:23 - LBLA). En el espíritu de su Maestro, Pablo, en presencia del padecimiento, del abandono y los insultos, encomienda todo en manos de Cristo. Su honra, su reputación, su carácter, su defensa, su felicidad, todas estas cosas son encomendadas a Cristo sabiendo que, aunque los santos puedan abandonarle, e incluso oponérsele, con todo, Cristo nunca le faltará. Él está persuadido de que Cristo puede cuidar sus intereses, defender su honra y corregir todo mal en "aquel día". 
         En la luz de "aquel día" Pablo puede pasar triunfalmente a través del "día de hoy" con todo sus insultos, burla y vergüenza. Podemos preguntarnos por qué se permitió que el consagrado Apóstol fuera abandonado y recibiera oposición incluso de parte de los santos; pero nosotros no nos preguntaremos en "aquel día" cuando todo lo malo será corregido, y cuando se hallará que toda la vergüenza y el padecimiento y el oprobio resultarán en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo. Los fieles en el día de hoy pueden realmente ser una minoría pequeña e insignificante, como el Apóstol Pablo y los pocos que estaban asociados con él al final de su vida; no obstante, en "aquel día" se hallará que fue mucho mejor haber estado con los pocos despreciados que con la mayoría infiel.
         La vanidad de la carne gusta de ser popular y darse importancia a sí misma, y hacerse prominente ante el mundo y los santos, pero en vista de aquel día, es mejor tomar un lugar humilde no atrayendo la atención sobre uno mismo, que tomar un lugar público y hacerse notar, pues allí se hallará que los primeros serán postreros; y los postreros, primeros.
         De hecho, nosotros podemos padecer a causa de nuestro propio fracaso, y esto debería humillarnos. Sin embargo, con el ejemplo del Apóstol ante nosotros, hacemos bien en recordar que, si hubiéramos andado en fidelidad absoluta, nosotros habríamos padecido aún más, pues siempre permanece como una verdad que "todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, padecerán persecución." (3:12 - VM). Si somos fieles a la luz que Dios nos ha dado, y procuramos andar en separación de todo aquello que es una negación de la verdad, nosotros hallaremos, en nuestra pequeña medida, que tendremos que enfrentar persecución y oposición, y, en sus formas más dolorosas, de nuestros compañeros cristianos. Y que bueno es para nosotros, cuando viene la prueba, si podemos, como Pablo, encomendar todo al Señor, y esperar su vindicación en aquel día. Demasiado a menudo nosotros somos iracundos e impacientes en la presencia de males, y procuramos corregirlos en el "día de hoy", en lugar de esperar "aquel día". Si, en la fe de nuestras almas, la gloria de aquel día resplandece ante nosotros, en lugar de ser tentados a rebelarnos ante los insultos y males que puedan ser permitidos, nosotros nos gozaremos y alegraremos porque, dice el Señor, "vuestro galardón es grande en los cielos." (Mateo 5:12)

         (Vv. 13, 14). Contemplando, entonces, que este gran evangelio, con su salvación y su llamamiento, llega a Timoteo a través de una fuente inspirada, él es exhortado a retener "el modelo de las sanas palabras" (1:13 - RVR1977) que había oído del Apóstol. Las verdades comunicadas a Timoteo en "sanas palabras" tenían que ser sostenidas por él en una forma ordenada, o en un modelo, de modo que el pudiese declarar clara y ciertamente lo que él sostenía. Teniendo este modelo, las verdades transmitidas por las "sanas palabras" serían contempladas en relación correcta las unas con las otras. Para nosotros este modelo (o forma) se encuentra en la Palabra escrita, y muy especialmente en las Epístolas de Pablo. Así, en la Epístola a los Romanos, hay una presentación ordenada de las verdades concernientes a nuestra salvación, mientras sus otras Epístolas entregan un modelo respecto a la iglesia, la venida del Señor y otras verdades. En la Cristiandad este modelo se ha perdido en gran parte mediante el uso de textos aislados aparte de su contexto. Este modelo (o forma), presentado en la Escritura, debe ser guardado celosamente. Hombres sinceros pueden intentar formular su creencia en confesiones religiosas, artículos de religión, y credos teológicos: sin embargo, tales expedientes humanos, cualquiera sea el uso que puedan tener en su lugar, resultan siempre ser insuficientes para alcanzar la verdad y no pueden tomar el lugar del modelo inspirado presentado en la Escritura.
         Por otra parte, este modelo de sanas palabras recibidas del Apóstol, debe ser sostenido, no como un mero credo al cual podemos otorgar nuestro asentimiento, sino en fe y amor en Cristo Jesús, la Persona viviente de quien la verdad habla. No es suficiente tener un modelo (o forma) de sanas palabras. Si la verdad ha de ser efectiva en nuestras vidas, ella deber ser sostenida "en la fe y amor que es en Cristo Jesús." La verdad que cuando es presentada por primera vez al alma es recibida con gozo, perderá su frescura a menos que sea mantenida en comunión con el Señor. Además, si la verdad debe ser sostenida en comunión con Cristo, solamente puede ser en el poder del Espíritu Santo. Por lo tanto, toda la extensión de la verdad contenida en el modelo (o forma) de las sanas palabras que había sido dado a Timoteo, debía ser guardada por el Espíritu Santo que mora en nosotros.

         (V. 15). La inmensa importancia de mantener el modelo de la verdad en comunión con Cristo, mediante el poder del Espíritu, es enfatizada por el hecho solemne de que aquel por medio del cual la verdad había sido revelada fue abandonado por el cuerpo principal de santos en Asia. Los mismos santos a quienes habían sido revelados el llamamiento celestial y toda la extensión de la verdad cristiana, se habían apartado de Pablo. No se trata de que estos santos se habían apartado de Cristo, o que habían renunciado al evangelio de su salvación; pero la verdad del llamamiento celestial revelada por el Apóstol no había sido sostenida en comunión con Cristo, y en el poder del Espíritu. Por lo tanto, ellos no estaban preparados para estar asociados con él en el lugar exterior de rechazamiento en este mundo que la verdad plena del cristianismo implica.
         Es evidente, entonces, que nosotros no podemos confiar en los santos más iluminados para el mantenimiento de la verdad. Es solamente del modo que Cristo ordena los afectos en el poder del Espíritu que nosotros guardaremos el buen depósito que nos ha sido encomendado.

         (Vv. 16-18). La referencia a Onesíforo y su casa es muy conmovedora. Demuestra que la indiferencia y el abandono de la mayoría no condujeron al Apóstol a pasar por alto el amor y la amabilidad de un individuo y su familia. De hecho, el abandono de la mayoría hizo que el afecto de los pocos fuese mucho más precioso. Cuando la gran mayoría afligía el corazón de Pablo, había por lo menos uno de quien él podía decir, "muchas veces me confortó." Los demás podían avergonzarse de él, pero de este hermano él podía decir que "no se avergonzó de mis cadenas." Cuando los demás le abandonaron aún había uno de quien él puede escribir, "me buscó solícitamente y me halló." Cuando los demás no se ocupaban de él, Pablo puede reconocer con placer a este hermano que "tantos servicios" le prestó "en Éfeso." (V. 18 - VM).
         Cuán gratificante debe haber sido para el corazón del Apóstol, en el día de su abandono, comprender la compasión y las consolaciones de Cristo hallando su expresión a través de este hermano consagrado. Si Pablo no olvida esta expresión de amor en el día de su abandono, el Señor no la olvidará en "aquel día" - el día de la gloria venidera.