domingo, 16 de abril de 2023

¿Cómo es posible que haya tan pocas alabanzas?

 

Porque hay muy poca apreciación de Cristo y de su obra, de cómo su sangre nos ha purificado y nos ha dado un lugar en la gloria. ¿Por qué no hay diligencia en los santos a despojarse por Cristo, como hizo Jonatán con David (véase 1 Samuel 18:4)? ¿Por qué no los vemos bajo esta potente energía de amor que desborda en alabanzas, como fue el caso del apóstol Juan cuando salió de su corazón: “Al que nos amó” (Apocalipsis 1:5)? Cada vez que un santo se encuentre en comunión íntima con Cristo mismo y vea manar de él ríos de agua de vida, no pensará más en sí mismo.

El Evangelio de Juan y el Tabernáculo

 


La notable semejanza entre el plan del tabernáculo y el del evangelio de Juan es muy digna de considera­ción.

Todo el culto de Israel no era más que «la sombra de las cosas celestiales» y los capítulos 8 a 10 de la epístola a los Hebreos nos dan la clave de ello. Por lo tanto, no nos extrañemos de encontrar el mismo orden y la mis­ma estructura en el evangelio que nos presenta la rea­lidad de estas cosas celestiales (Juan 5:12).

Las diferentes ordenanzas del Éxodo y del Levítico ilustran la obra de la gracia de Dios al venir al encuen­tro del pecador para darle el medio de acercarse a Él y de poder entrar en su propia morada. Como el hombre no podía dar un paso hacia Dios, El, en Cristo, tuvo que hacer todo el camino para venir a nosotros. Por eso vemos que el evangelio de Juan empieza en el cielo, morada de la gloria de Dios, al cual corresponde el lugar santísimo del tabernáculo. «Y aquel Verbo (Pa­labra) fue hecho carne»: el Hijo de Dios aparecía fuera del santuario. «Y vimos su gloria», exclama el autor del evangelio (7:14). Como antaño la nube sobre el umbral de la Casa, la gloria de Dios se muestra en Cristo y viene a habitar en el atrio (patio exterior), en medio de los hombres. En aquel tiempo el israelita, consciente de sus pecados, penetraba en este atrio para ofrecer sacrificio sobre el altar de bronce. En este pri­mer capítulo del evangelio, los que se presentan al bau­tismo de Juan y confie san sus pecados, aprenden que Dios mismo ha provisto el cordero del sacrificio. Aquel que salió hacia ellos y que venía de Dios, será la santa víctima, la cual les era señalada por Juan: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (v. 29).

El capítulo 2 nos muestra este atrio profanado por un comercio vergonzoso (v. 14). A diferencia de Mateo, Marcos y Lucas — donde esta escena se sitúa al final del relato evangélico — aquí es al comienzo de su ministe­rio cuando el Señor pone orden en «la casa de su Padre» como para santificar el lugar donde se apresta a trabajar (compara con 2 Crónicas 29:5).

En efecto, hasta el final del capítulo 12 le encontramos en figura en el atrio, este lugar donde cada uno podía penetrar y encontrar al Salvador sobre el sacrificio ofrecido. Jesús está allí a disposición de todos: enseña, cura, invita... (7: 37). Tiene que tratar a toda clase de personas. La mayoría le rechaza y rehúsa creer en él, tal como lo afirma tristemente este capítulo 12 al finalizar (v. 37). A partir de este momento termi­na su relación con el pueblo. Pero algunos — los discí­pulos del capítulo 7, Nicodemo, la mujer samaritana, el paralítico de Bethesda, el ciego de nacimiento, la familia de Betania — llegaron a distinguir su gloria y creyeron en él. Forman parte de sus ovejas, de estos hijos de Dios que el Señor reunió, delante de los cuales anda y a los que introducirá con él en el lugar santo del santua­rio.

La obra cumplida a su favor en el altar de bronce les hace capaces de ello. Han lavado todo su cuerpo; son limpios por la eficacia de la sangre del Cordero (73:10). Han sido hechos sacerdotes para adorar al Padre en espíritu y en verdad, y en virtud de este título serán invitados a entrar con Jesús en el mismo santuario, a acercarse hasta el altar del incienso (4:23). Pero antes es preciso que conozcan la virtud de la fuente de bronce. Cada sacerdote del antiguo pacto tenía que lavarse en ella las manos y los pies antes de penetrar en el lugar santo para ejercer sus santas funciones. A este manda­miento corresponde la escena del lavamiento de los pies que introduce la nueva sección (cap. 13 a 16). Para poder tomar a los suyos con él en el santuario en que disfrutarán de su comunión, para poder darles una «parte con él», este lavamiento de agua por la Palabra es indispensable y es el mismo Jesús quien, en gracia, cumple este servicio a favor de ellos. Sólo entonces puede llevarlos con él al lugar santo, primera parte del tabernáculo, en el cual nos hacen pensar nuestros capí­tulos 14 a 16.

En espíritu, el Señor introduce ya a los suyos en esta casa de su Padre «donde hay muchas moradas»; les muestra el camino, el cual es él mismo (14:1 -6). Y hasta el final del capítulo 16 estará allí, solo con ellos en este santo terreno, al abrigo de todo extraño, de todo impor­tuno, para hacerles partícipes de sus más íntimas comunicaciones. En otro tiempo, era privilegio de Moisés poder entrar en el tabernáculo de reunión para escuchar allí la voz divina que se dirigía a él desde encima del propiciatorio y le hablaba (Números 7:89). Pero, ¡cuántas nuevas revelaciones, exhortaciones, consuelos y promesas pueden dirigir ahora el tierno Sal­vador a aquellos a quienes llama sus amigos!

El lugar santo del tabernáculo, separado del lugar santísimo por el velo, contenía tres utensilios: la mesa de los panes de la proposición, el candelero con sus siete lámparas y el altar de oro donde era presentado el incienso. Encontramos su equivalente en nuestros ca­pítulos. El Señor y los suyos están reclinados a la mesa para la última cena de la Pascua. Él es el huésped, pero también es el Pan de vida que descendió del cielo (6:33- 35). “La mesa pura y los doce panes representan a Cristo presentado continuamente a Dios en toda la excelencia de su pura humanidad y dado como alimen­to a la familia sacerdotal” (C.H.M.). Alimentarse de Cristo en el santuario, ¿no es la santa ocupación de los discípulos en estos tres capítulos en los que el Señor hace vibrar sus afectos al hablarles de él mismo?

Les habla también del otro Consolador, el Espíritu Santo, cuya luz y energía – “fundada en la perfecta eficacia de la obra de Cristo y ligada a ella (C.H.M.) – prefiguraban las siete lámparas del candelero.

Por último, podemos decir que él les conduce hasta el altar del incienso al enseñarles a «pedir en su nombre», a acercarse al Padre que también los ama, para esparcir delante de él el perfume de este dulce nombre de Jesús (76:26). La oración de ellos subirá delante de Dios como el incienso y la elevación de sus manos como la ofrenda de la tarde (Salmo 141:2).

De esta manera, los tres objetos de oro contenidos en el lugar santo nos recuerdan que el Espíritu Santo, la Palabra — alimento de nuestras almas — y la oración son los tres grandes recursos de los creyentes durante la ausencia del Señor, de los cuales no pueden disfrutar más que en la medida en que se mantengan en el san­tuario. Por otra parte, el candelero, la mesa y el altar de oro dirigen nuestros pensamientos respectivamente hacia el Espíritu Santo, el Hijo y el Padre en cuya comunión, por un favor sin precio, el Señor introduce a sus queridos rescatados.

Pero era preciso que él los dejara por un momento. «Todavía un poco, y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis», les anunció (76:16). Todos los sacerdotes tenían acceso al lugar santo del tabernáculo bajo ciertas condiciones. Pero en el lugar santísimo, únicamente podía penetrar el sumo sacerdote, como representante del pueblo, una vez al año, trayendo consigo la sangre de la expiación para colocarla sobre el propiciatorio del arca. Después salía a la vista de todos y su aparición pública, vivo, era la prueba de que el sacrificio había resultado agradable, que Dios estaba satisfecho. A este lugar santísimo corresponde el capítulo 77. Nuestro gran sumo sacerdote penetra allí solo, por cuenta de los suyos («aquellos que me has dado») y sobre la base de una obra cumplida (v. 4) después de haber satisfecho perfectamente la justicia de Dios.

El capítulo 76 del Levítico, el cual describe con detal­le la ceremonia del día de la expiación, nos muestra cómo Aarón, después de haber sido introducido dentro del velo con la sangre del sacrificio por el pecado, salía y se cambiaba de vestiduras y ofrecía el holocausto. En el evangelio de Juan, este carácter de holocausto lo encon­tramos en la cruz de Jesús y los capítulos 18 y 79, los cuales relatan las escenas de su pasión, nos lo muestran como aquel que se ofrece a Dios sin mancha.

En el capítulo 20 aparece vivo a las miradas de los suyos, con pruebas irrefutables de que les ha dado la paz. Para finalizar, el capítulo 21 prefigura la introduc­ción del reino, cuando Israel y la tierra entera serán beneficiarios de la obra cumplida en el altar de bronce y de la sangre colocada sobre el propiciatorio.

“Lugar de encuentro entre Dios y el hombre”, es el título que podríamos dar tanto al tabernáculo en el Antiguo Testamento como al evangelio de Juan en el Nuevo Testamento. Tanto en el uno como en el otro descubrimos a Aquel que vino del cielo para tornar al hombre capaz de acercarse a Dios y que después de ello vuelve al cielo acompañado de «hijos», es decir, de una familia de sacerdotes preparada para los cielos. Merced a esas porciones de la Palabra conocemos el camino que siguió el Dios de Gloria para venir hasta nosotros y el camino que ahora nos es abierto hasta la gloria de Dios.

J. K.


Jehová, la habitación de tu casa he amado, y el lugar de la morada de tu gloria. Salmo 26:8

Actores Principales en la Rebelión de Absalón

 La caída de David en el asunto de Betsabé está narrada en 2 Samuel 11, y en el capítulo siguiente Natán le advierte: “Por lo cual no se apartará jamás de tu casa la espada, por cuanto me menospreciaste ...” El primer cumplimiento de esta profecía se narra en los próximos capítulos. Veamos algunos protagonistas, comenzando con los rebeldes.


1. Ahitofel, hombre de inteligencia y sagacidad, pero de cabeza y no de corazón. No tuvo escrúpulo en traicionar a David, cosa que le causó a éste mucho dolor. “Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, alzó contra mí el calcañar”, Salmo 41.9. Ahitofel era el Judas del Antiguo Testamento.

Hemos conocido personas muy inteligentes y elocuentes como ese hombre que tenía la confianza de David, hombres que podían predicar y enseñar, pero dieron las espaldas al Señor y volvieron al mundo. Es notable que Ahitofel se ahorcó, como haría también Judas Iscariote.

2. Amasa, buscando la oportunidad de engrandecerse, no tuvo escrúpulo en juntarse con Absalón como general del ejército rebelde. Llegó a un triste fin: “Amasa no se cuidó de la daga que estaba en la mano de Joab; y éste le hirió en la quinta costilla, y derramó sus entrañas por la tierra, y cayó muerto sin darle un segundo golpe”, 20.10. Él nos proporciona una lección solemne a no actuar en la soberbia de la carne. El ejemplo de nuestro Señor es que Él fue manso y humilde de corazón.

3. Un joven no nombrado figura en el 17.18. Él quería congraciarse con Absalón, y le participó lo que habían hecho los mensajeros de David, Jonatán y Ahimaas.

4. Siba, criado de Mefiboset, fue un oportunista que por mentira le puso en contra de su amo. Logró que el rey le diera lo que correspondía a Mefiboset. La codicia es una abominación delante de Dios, y fue el motivo que impulsó a Judas vender al Salvador. La Palabra nos amonesta: “Teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición, porque raíz de todos los males es el amor al dinero”, 1 Timoteo 6.8 al 10.

5. Simei; 16.5. Este aborrecía a David, maldiciéndole y echándole piedras y tierra. El rey no permitió a sus siervos matarle como merecía, sino aceptó las injurias como por mano de Dios. Dios tenía su día para arreglar la cuenta: “Dijo además el rey [Salomón] a Simei: Tú sabes todo el mal, el cual tu corazón bien sabe, que cometiste contra mi padre David; Jehová, pues, ha hecho volver el mal sobre tu cabeza. ... lo hirió, y murió. Y el reino fue confirmado en la mano de Salomón”, 1 Reyes 2.36 al 40. “Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor”, Romanos 12.19.

Había también los fieles ayudadores de David que le acompañaron en su rechazamiento.

6. Itai geteo fue un desterrado de los filisteos. Su noble respuesta a David cuando tenía la oportunidad de volver con toda su gente y estar con Absalón, fue ésta: “Vive Dios y vive mi señor el rey, que o para muerte o para vida, donde mi señor el rey estuviere, allí estará también tu siervo”, 15.21. ¡Qué ejemplo de devoción cuando tantos habían abandonado a David para seguir a su hijo impostor!

Cuando nuestro Señor Jesucristo estuvo aquí hubo una crisis y muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él. Entonces dijo Jesús a los doce: “¿Queréis acaso iros también vosotros?” ¡Cuán admirable fue la respuesta de Simón Pedro! “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, Juan 6.67 al 69.

La historia se repite. Se presenta alguno con grandes pretensiones de sanidades, que despierta las emociones con su elocuencia y sus muchas profesiones de fe (que desaparecen como espuma), pero no faltan algunos descontentos con el lugar donde Cristo ha puesto su nombre. Lo abandonan por una ilusión.

7. Sadoc, los levitas y Abiatar vinieron a David cargando el arca del pacto; 2 Samuel 15.24 al 29. David no quería ver el arca fuera de su lugar y mandó a aquella gente volver a la ciudad y a un ambiente muy contario, para ser sus representantes fieles. A veces nuestro Señor coloca a sus seguidores en situaciones desagradables, porque allí pueden servirle mejor. Así fue el caso con Daniel en Babilonia.

8. Husai arquita, quien fue llamado el amigo de David, salió para juntarse con él, rasgados sus vestidos y con tierra sobre la cabeza. Leemos de él en los capítulos 15 al 17 de 2 Samuel. David le aconsejó con franqueza volver a la ciudad donde podría ser de mayor ayuda para él. Sucedió que Husai fue la clave para la victoria del rey. El consejo perverso de Ahitofel cayó delante del consejo acertado de Husai porque así lo ordenó Dios. David y su compañía ganaron tiempo, organizándose bien para enfrentar al enemigo, mientras Absalón estaba reuniendo a todo Israel.

9. Ahimaas, hijo de Sadoc, y Jonatán, hijo de Abiatar, 15.35,36 fueron dos jóvenes que se prestaron para llevar las últimas noticias de Jerusalén a David. Arriesgaron sus vidas porque se trataba de un servicio peligroso, pero cumplieron bien su ministerio. Dijo el apóstol: “Decid a Arquipo: Mira bien que cumplas el ministerio que recibiste del Señor”, Colosenses 4.17 ¿Estamos haciendo lo que Él ha puesto en nuestras manos?

10. Barzilai fue un anciano de ochenta años. Fue conmovido, diciendo, “El pueblo está hambriento y cansado y sediento en el desierto”. Este es una inspiración para nosotros en su generosidad, por cuanto se sacrificó primero en aportar comida, camas, etc. y luego en transportarlos al desierto.

11. Sobi, de los hijos de Amón, practicó la ley divina en devolver bien por mal, junto con Barzilai. En el 12.31 leemos del rigor de David en castigar a los hijos de Amón, pero la gracia de Dios triunfó en el caso de Sobi.

12. Maquir también estaba en ese grupo de bondadosos. Vivía en Lo-debar, que significa “lugar sin pasto”. Estaba acostumbrado a la escasez de comida, pero con grande abnegación ese buen hombre contribuyó de buena voluntad para alimentar a los miles que estaban con David.

“Cada uno, según el don que ha recibido, adminístrelo a los otros como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios”, 1 Pedro 4.10. Los soldados de David no tenían que entrar en batalla con estómagos vacíos, gracias a Sobi, Maquir y Barzilai. Hubo una gran victoria para ellos. Ahora, ¿qué contribución estamos aportando nosotros con el fin de ganar la victoria sobre las fuerzas de maldad?

Santiago Saword


Los Profesantes hipócritas

 

Los hipócritas, los incrédulos y los inconformes

Pablo es llamado el apóstol de la fe, Pedro es llamado el apóstol de la esperanza, Juan es llamado el apóstol del amor, Santiago es llamado el apóstol de las obras y pienso que Judas debería llamarse el apóstol de los juicios, ya que nos introduce en siete juicios que iremos descubriendo por artículos.


Ahora empezaré con los profesantes hipócritas.

“Algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo”. (Judas 4)

Aun antes de la formación de la Iglesia se introdujeron los hipócritas empezando por el mismo Judas el traidor. No es extraño que hoy más que nunca abunda la simonía. (Hechos 8:18-20, 24:26) Abundan los “milagreros y curanderos”. (Mateo 7:21-23) Abundan los russellistas llamados Testigos de Jehová, que niegan la divinidad y deidad de nuestro Señor Jesucristo. (1 Juan 2:22)

Hay los incrédulos voluntarios.

Estos ocupan el segundo lugar en los juicios que Judas describe. “Quiero recordaros, ya que una vez lo habéis sabido, que el Señor, habiendo salvado al pueblo sacándolo de Egipto, después destruyó a los que no creyeron”. (Judas 5)

Se equivocan grandemente los que llaman incrédulo a Tomás; las experiencias de Tomás dieron lugar a las evidencias que quitan toda intriga, sospecha o temor. Tomás no era el incrédulo inveterado que después de ver reacciona diciendo que eso es apariencia, sugestión, artificio. (Juan 20:28) Convengo en dudar si alguno me dijera que los árboles van a tener las raíces arriba y el follaje debajo de la tierra, o que Dios va a perdonar al diablo, como dijo Papini. Pero dudar de las cosas hechas, y millares de ellas hechas en nuestros propios ojos, es sólo la acción del necio. Aquel pueblo insensato había visto, oído y palpado la demostración del poder de Dios entre ellos, y esta familiaridad y honor concedido de parte de Dios los llevó a despreciar y poner en tela de juicio las misericordias de Dios.

Así hicieron sus descendientes con nuestro Señor Jesucristo, y así somos nosotros. Los beneficios de ayer pronto se nos olvidan, y en una pequeña prueba pronto estamos dispuestos a murmurar y a quejarnos de mal humor. Hay un principio dañoso cuando el creyente empieza a olvidar los favores que Dios le dispensa; así se puede llegar a olvidar “la purificación de sus antiguos pecados”, llegando a la incredulidad y negar al Señor que nos rescató. (2 Pedro 1:10, 2:1) Una joven que parecía muy humilde y que gozaba de todos los privilegios de un miembro activo, cuando la visitamos nos dijo: “¿Quién sabe que podemos ser salvos?”

Hay los inconformes estando en dignidad.

Que el Señor nos haya salvado y dado lugar con “los reyes y sacerdotes” es dignidad incomparable, pues “él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros”. (Efesios 4:11) Si servir al Señor es uno de los mayores privilegios para nosotros, ¿qué llevó a los ángeles que pecaron a esa inconformidad? “S los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día”. (Judas 6).

La envidia es del diablo, y cuando la siembra lo que brota es “raíz de amargura, por ella muchos son contaminados”. (Hebreos 12:15) Hace unos meses un visitante a la casa de unos creyentes nos dijo del pueblecito de Estado Monagas donde nació. Cuando muchacho hubo de trabajar duro en el campo, y al fin se vino a Caracas sin tener preparación alguna. Después de algún tiempo se le ocurrió aprender una mediana profesión y se aplicó a ellos. Fue surgiendo, y hoy está ganando Bs 1200 mensual y con las prestaciones alcanzadas por el gremio sale con casi Bs 1700 mensual. Pero el jefe nos dijo: “Se lo lleva todo; nosotros somos los que tenemos que trabajar; yo creo que pronto lo he de suplantar y las cosas serán mucho mejores”. Este es el retrato auténtico del inconforme; se olvida de su origen, de su principio y de todos los beneficios alcanzados.

A veces se levantan en la iglesia hombres así; murmuran de los ancianos porque quieren ser principales como Diótrefes, o lisonjeros como Absalón. Se sienten incómodos con el don o la prosperidad de otro hermano.

Por envidia el Señor fue entregado a la muerte. Lamentar por no tener lo que otro tiene es envidia, y eso ha conducido a muchos hasta el crimen y la ruina para obtener lo que no pueden. La envidia es uno de los pecados que no se ve; en el silencio elabora a su programa. La envidia conduce a la avaricia; los ojos de Giezi no admiraron el milagro que Dios hizo en Naamán, sólo miraban los diez talentos de plata. ¡Ah hermanos, guardemos sobre toda cosa el corazón! Detengámonos como Asaf. Entremos en el santuario en oración, para que el Señor nos libre de la envidia y nos muestre la ruina de los arrogantes e impíos. (Salmo 73:1-24)
José Naranjo

¿Qué es el Evangelio? (10)

 Es el mensaje de la salvación que Dios ofrece 


10 ¾ La decisión


¿Es preciso decidir?

Los temas de las secciones anteriores son de cosas personales. No podemos evitarlos. La salvación para la vida eterna es de tanta importancia que conviene a cada cual recapacitar bien. El dejar de decidir es de hecho optar por rechazar.

Pilato preguntó: “¿Qué, pues, haré de Jesús llamado el Cristo?” Mateo 27.22. Él se lavó las manos delante de todos como inocente del rechazamiento de Cristo, pero su neutralidad le condenó. Cristo había dicho: “El que no es conmigo, contra mí es”, Mateo 12.30. Al no haber pasado por la puerta que es Jesús, estamos en el camino ancho; al no tomar el paso de fe, vamos rumbo a la condenación.

¿Cuándo debe uno decidir?

Agripa contestó a Pablo, después de oir su presentación del evangelio: “Por poco me persuades a ser cristiano”, Hechos 26.28. Luego él aplazó la decisión y nunca llegó a ser cristiano. Otro gobernador romano, Félix, dijo: “Ahora vete; pero cuando tenga oportunidad te llamaré”, Hechos 24.25 al 27. Pero, a pesar de haber conversado con Pablo durante dos años siguientes, nunca llegó a ser salvo. “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones”, Hebreos 3.15. El Diablo siempre dice Mañana, pero ese mañana no llega nunca. Dios dice Hoy: “He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación”, 2 Corintios 6.2.

Cristo dice en Apocalipsis 3.20: “Estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”. Está claro que Él no habla de la puerta de la salvación que estudiamos en la sección 7. Elocuentemente las Escrituras emplean figuras para que entendamos con facilidad: Cristo espera a “la puerta” de cada individuo. La proclama de Isaías 1.2 fue: “Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; porque habla Jehová…” y en seguida, 1.18: “Venid, luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”.

¿Cómo se puede decidir?

Si uno reconoce la verdad de la evaluación divina del ser humano, y ve el peligro que corre, ya está cerca del reino de Dios. Sin embargo, falta la cosa principal: apropiarse de la salvación. Por ejemplo, el médico receta el remedio apropiado para el enfermo, pero de nada vale hasta que el enfermo siga la indicación y se valga de la solución a su alcance. El hambriento puede tener el pan en la mano sin dudar que le saciaría, pero sigue con hambre hasta comérselo. Jesús dijo: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás”, Juan 6.35.

Por esto, cada uno tiene que apropiarse de la oferta para sí mismo. Es de balde. “La paga del pecado es muerte, más la dádiva [el regalo] de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”, Romanos 6.23”. A todos los que le recibieron … les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”, Juan 1.12.

La decisión se hace, pues, con sencilla fe en Cristo: “Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que, si confesores con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”, Romanos 10.8,9. Bueno es doblar la rodilla en oración a Cristo, pero no delante de imagen alguna, para darle las gracias por su salvación.

¿Qué será el resultado?

Si la decisión es negativa, Hebreos 2.3 pregunta: “¿Cómo escaparemos nosotros si descuidamos una salvación tan grande?” A su vez, Pedro pregunta: “¿Cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios?” 1 Pedro 4.17. Si bien “el que en él cree, no es condenado”, Juan 3.18, el resto de la cita es: “el que no cree, ya ha sido condenado”.

Para quienes toman el gran paso de fe son las palabras: “Habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios”, 1 Corintios 6.11. Las tales personas dirán con el apóstol Pablo: “No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree”, Romanos 1.16.

La victoria es segura, con todo y que Satanás ruja y los incrédulos se opongan. “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”, dijo Jesucristo en Juan 16.33. “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” Romanos 8.31.

ASPECTO FINAL DE LA IGLESIA

 Efesios 2:19-22; Apocalipsis 2:2-3 


El aspecto final de la Iglesia como la casa de Dios en la tierra es el presentado en esta Escritura; — a saber, el del templo. De 1a. Corintios capítulo 6 nosotros sabemos que el cuerpo de los creyentes es el templo del Espíritu Santo, y de 2a. Corintios capítulo 6 que los creyentes, en su conjunto, son el templo del Dios viviente; pero el templo en Efesios capítulo 2 difiere de estos en que no está aún completo. El apóstol dice que los santos son "edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas (del Nuevo Testamento, obviamente), siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu." (Efesios 2: 19-22). Ellos eran edificados así juntamente como la morada de Dios, pero el templo estaba en el proceso de edificación — estaba creciendo.

Esto muestra muy claramente que el templo, en este aspecto, incluye a todos los santos de Dios de esta época de la gracia, desde el día de Pentecostés hasta el regreso del Señor; mientras que la casa o la morada de Dios, tal como ha sido explicado anteriormente, es considerada como completa en cualquier momento dado. Así es también, de hecho, con respecto a la Iglesia como el cuerpo de Cristo. En Efesios 1: 22, 23, nosotros leemos que Dios ha puesto todas las cosas bajo los pies del Cristo resucitado, y Le ha constituido cabeza sobre todas las cosas, con respecto a Su Iglesia, la cual es Su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. En otras Escrituras, donde el cuerpo de Cristo es mencionado, este está compuesto de todos los creyentes que existen en cualquier momento dado; pero en este lugar el cuerpo de Cristo es visto como compuesto de todos los santos de esta época de la gracia — la Iglesia en su totalidad y compleción (cualidad de completa). Por consiguiente, el templo "crecien-do" nos recuerda que Cristo está edificando aún Su Iglesia, y que Él continuará edificando hasta que el tiempo de Su paciencia finalice al levantarse Él de Su asiento, cuando Él, habiendo ahora terminado Su obra como edificador, traerá a Su esposa, y se la presentará a Sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tiene mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que ha de ser santa y sin mancha.

Si volvemos ahora una vez más a Apocalipsis 21 encontraremos los mismos dos aspectos — la Iglesia como la esposa de Cristo, y como el tabernáculo (no aquí el templo de Dios). "Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios.” (Apocalipsis 21: 2, 3). El primer cielo y la primera tierra no existían ahora, y un cielo nuevo y una tierra nueva asumen existencia por la palabra de Dios; una escena en la que la justicia podía morar eternamente. En una palabra, la nueva creación, tanto interior como exterior, había sido consumada. La Iglesia, la Esposa, la esposa del Cordero, que había estado asociada con Él en los cielos en el perfecto disfrute de la intimidad de Su amor, desciende ahora sobre la tierra nueva, y en relación con esto es que es hecha la proclamación, "He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres.” En la tierra ella había sido Su morada en el Espíritu, y ahora, completada como el templo, ella ha llegado a ser Su tabernáculo por la eternidad, un privilegio especial que a los santos de otras épocas — es decir, los "hombres" de esta Escritura, bendecidos al máximo y de manera perfecta como ellos lo serán — no se les permite compartir. Ellos rodean el tabernáculo, y Dios morará así con ellos, y los traerá al disfrute de la relación con Él como Su pueblo, y Él estará con ellos de manera manifiesta, y será su Dios.

La pregunta puede ser planteada en cuanto a la significancia de los diferentes apelativos que hemos mencionado — casa, templo, y tabernáculo. El término "casa", como será evidente para el lector más sencillo, lleva siempre con él la idea de una morada, una habitación. La Iglesia como la casa de Dios es, por tanto, Su morada — Su morada en la tierra, como no se puede dejar de recordar muy frecuentemente. El pensamiento conectado con "templo" en los tres lugares en los que se encuentra (1a. Corintios capítulos 3 y 6; 2a. Corintios capítulo 6), es el pensamiento de santidad; como, por ejemplo, "el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es." Pero lo que constituye la santidad del templo es el hecho de la presencia divina, y por otra parte, juntamente con eso, quizás puede ser asociado el pensamiento adicional de lo que es debido a Aquel de quien es el templo. Dios, el cual reside en el templo, es santo, y aquellos que lo forman deben ser santos, tal como, de hecho, leemos en los Salmos, "La santidad conviene a tu casa, Oh Jehová, por los siglos y para siempre." (Salmo 93:5). Y, además, "Adorad a Jehová en la hermosura de la santidad." (Salmos 29:2; 96:9). Por tanto, hay sin duda un motivo muy especial para el uso de la palabra tabernáculo en Apocalipsis 21. El lenguaje usado proporciona la clave. Retrocediendo al libro de Levítico leemos, "Y pondré mi morada en medio de vosotros, y mi alma no os abominará; y andaré entre vosotros, y yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo." (Levítico 26: 11, 12). Este fue el deseo del corazón de Dios — un deseo frustrado por el pecado y la iniquidad de Su pueblo. Él "dejó, por tanto, el tabernáculo de Silo (véase Josué 18:1), La tienda en que habitó entre los hombres, Y entregó a cautiverio su poderío, Y su gloria en mano del enemigo." (Salmo 78: 60, 61). Y después que el templo de Salomón había sido edificado, Jehová habló por medio de Jeremías con respecto a él, "(Yo) pondré esta casa como Silo, y esta ciudad la pondré por maldición para todas las naciones de la tierra." (Jeremías 26:6 - LBLA). Jehová fue fiel a Su palabra, porque Su pueblo se mofaba "de los mensajeros de Dios, y despreciaban las palabras de él, y hacían escarnio de sus profetas, en grado que subió de punto la ardiente indignación de Jehová contra su pueblo, hasta no haber remedio. Por lo cual él trajo contra ellos al rey de los Caldeos, que mató a espada sus guerreros escogidos en la Casa de su Santuario; ... Y todos los vasos de la Casa de Dios, así grandes como pequeños, con los tesoros de la Casa de Jehová, y los tesoros del rey y de sus príncipes, lo hizo llevar todo a Babilonia. Incendiaron también la Casa de Dios,” etc. (2°. Crónicas 36: 16-19 - VM). Después de setenta años el remanente que regresó de Babilonia edificó de nuevo la casa de Jehová; pero cuando Él vino súbitamente a Su templo (Malaquías 3:1), Su pueblo Le rechazó y Le crucificó, y finalmente este templo, juntamente con Jerusalén, fue destruido por los Romanos.

Por lo tanto, Dios no pudo morar en medio de Su pueblo, tal como Él deseó. En consecuencia, encontramos al profeta Ezequiel hablando de una época futura, cuando Israel habrá sido restaurado en su propia tierra, y cuando el David verdadero será rey sobre ellos, entregando este mensaje, "Estará en medio de ellos mi tabernáculo, y seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo" (Exequiel 37:27); y esta promesa no fue más que parcialmente cumplida. Por lo tanto, es evidente que el término tabernáculo en Apocalipsis 21 se refiere a estas Escrituras; es evidente que, de hecho, la primera expresión externa del propósito de Dios de tener Su eterna morada en medio de Su pueblo es vista en el campamento de Israel; que Su tabernáculo en el desierto, rodeado por las doce tribus, fue tanto un tipo como una profecía, y que una vez más la morada más perfecta del milenio llega a ser también una figura de Su perfeccionado tabernáculo en la eternidad.

Por consiguiente, la escena en Apocalipsis 21 es la consumación de los eternos propósitos de gracia de Dios, y, por tanto, el resultado pleno de la eficacia de la sangre preciosa de Cristo. Juan el Bautista había anunciado a nuestro Señor como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; y aquí encontramos que la obra está hecha. Por eso leemos, "Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron." (Apocalipsis 21:4). Una vez quitado el pecado, su amargo fruto, con todos sus dolores, ha desaparecido también; y así Dios ha enjugado para siempre las lágrimas de Su pueblo. Además, una consecuencia adicional es que Él puede morar ahora de esta manera perfecta en medio de los redimidos. Él es ahora todo en todo; Él mismo en todo lo que Él es, como Padre, Hijo, y Espíritu Santo, llena la escena, la fuente eterna de la felicidad eterna de sus santos glorificados.

Esta es la revelación final de la Iglesia como la morada de Dios. Pero durante los mil años, después que la Iglesia ha sido arrebatada a las nubes, al encuentro del Señor, en el aire, Jehová morará una vez más en la tierra. Primero el templo será reconstruido en incredulidad, y no será reconocido por Jehová (véase Isaías 66: 1­6); pero este será sustituido por uno edificado por medio de instrucciones divinas, y según medidas divinas. (Véase Ezequiel capítulos 40 a 42). A este templo Dios regresa, como es visto en visión por el profeta: "y he aquí la gloria del Dios de Israel, que venía del oriente; y su sonido era como el sonido de muchas aguas, y la tierra resplandecía a causa de su gloria. Y el aspecto de lo que vi era como una visión, como aquella visión que vi cuando vine para destruir la ciudad; y las visiones eran como la visión que vi junto al río Quebar; y me postré sobre mi rostro. Y la gloria de Jehová entró en la casa por la vía de la puerta que daba al oriente. Y me alzó el Espíritu y me llevó al atrio interior; y he aquí que la gloria de Jehová llenó la casa." (compárese con Éxodo 40:35; 2°. Crónicas 5:14; Hechos 2:2). "Y oí uno que me hablaba desde la casa; y un varón estaba junto a mí, y me dijo: Hijo de hombre, este es el lugar de mi trono, el lugar donde posaré las plantas de mis pies, en el cual habitaré entre los hijos de Israel para siempre; y nunca más profanará la casa de Israel mi santo nombre," etc. (Ezequiel 43: 2-7; véase asimismo Ezequiel capítulos 44 y 45).

Vemos por tanto que Dios ha tenido, y tendrá, Su morada en la tierra en cada época o dispensación sobre la base de la redención. Habiendo sacado a Su pueblo de Egipto, Él habló a Moisés, diciendo, "que hagan un santuario para mí, para que yo habite entre ellos." (Éxodo 25:8 - LBLA). De allí en adelante, tal como hemos trazado de la lectura de las Escrituras, Él continuó morando en la tierra. El templo tomó el lugar del tabernáculo, la Iglesia sustituyó al templo, el templo será reedificado una vez más en el milenio; y al final de todo, cuando las primeras cosas hayan pasado, y todos los propósitos de Dios en gracia y redención hayan sido cumplidos, la Iglesia es vista en la tierra nueva como el tabernáculo de Dios. En un aspecto, el mismo pensamiento es expresado por la casa en cada época o dispensación; a saber, el gozo de Dios rodeándose Él mismo de Su pueblo redimido, y el deleite de Dios por ser Él la fuente del objeto del gozo de ellos y el objeto de la adoración y alabanza de ellos. Sin embargo, Sus moradas en la tierra no son más que las anticipaciones de Su casa perfeccionada en el estado eterno — de ese templo que está creciendo silenciosamente incluso ahora, cuando piedra tras piedra es colocada en su lugar señalado sobre el Fundamento viviente, y que, cuando dicho templo sea completado, después de la finalización de todas las dispensaciones terrenales, llegará a ser Su tabernáculo por toda la eternidad.

E. Dennett

Disfrute su Biblia (16)

 TRES CLAVES IMPORTANTES

William Macdonald

ISRAEL Y LA IGLESIA

En este último capítulo me gustaría enfocarme en lo que con­sidero las tres claves más importantes para el correcto entendi­miento de las Escrituras. Estas son: La diferencia entre Israel y la iglesia; las dispensaciones; y la interpretación literal de la Biblia.

Una de las claves más importantes para entender correcta­mente la Biblia es la distinción entre Israel y la iglesia. Dejar de reconocer dicha diferencia lleva a todo tipo de contradicciones y confusión.

En 1 Corintios 10:32, Pablo separa a la raza humana en judíos, gentiles, y la iglesia de Dios. Claramente separa al judío (incrédulo) y a la iglesia. Santiago también marca una línea entre la iglesia e Israel en Hechos 15 (la iglesia — un pueblo para su nombre, v. 14; Israel — el tabernáculo reedificado de David, v. 16).

Israel era el pueblo terrenal escogido por Dios. La nación comenzó con Abraham (Gén. 12), y uno era parte de la misma mediante el nacimiento natural. A causa de su incredulidad, Israel fue apartado por Dios por un tiempo (Rom. 11: 15a).

La iglesia es el pueblo celestial escogido por Dios (1 Ped. 2:9). Comenzó el día de Pentecostés y uno es parte de la misma por el nuevo nacimiento. No es una continuación de Israel sino una sociedad completamente nueva, una que nunca había exis­tido antes. Cuando el Señor Jesús estuvo en la tierra, habló de Su Iglesia en futuro (“Edificaré mi iglesia”, Mt. 16:18). En el tiempo que Pablo escribió su primera carta a los Corintios, la iglesia ya había sido formada (1 Cor. 12:13).

El sacerdocio de Israel estaba confinado exclusivamente a una tribu, la de Leví (Deut. 18:1, 5), y a una familia, la de Aarón (Éx. 28:1). En la iglesia todos los creyentes son sacerdo­tes - tanto santos como reales (1 Ped. 2:19; Heb. 10:19-22).

“Israel” no fue un “misterio”, es decir, una verdad descono­cida para el hombre, imposible de conocer excepto mediante revelación divina, pero que ahora es dada a conocer a los hijos de los hombres. La iglesia es un misterio, un plan secreto que no se menciona en el Antiguo Testamento pero que es dada a cono­cer por los apóstoles y los profetas de la era neotestamentaria (Ef. 3:5, 9; Col. 1:25-26; Rom. 16:25-26).

Estando bajo la ley, era preciso marcar una estricta separación entre judíos y gentiles. Los gentiles eran los que no tenían Mesías, forasteros en la comunidad de Israel, ajenos a los pactos de promesa, sin esperanza y sin Dios (Ef. 2:12). En la iglesia, el creyente judío y el creyente gentil son como uno solo en Cristo (Ef. 2:13-17). Son compañe­ros, coherederos, comparten la promesa de Dios en Cristo a través del evangelio (Ef. 3:6). Tal unidad era impensable en el Antiguo Testamento.

Aunque los creyentes judíos que estaban bajo el antiguo pacto tenían una esperanza celestial, las bendiciones prometidas a ellos eran mayormente bendiciones materiales en lugares terre­nales (vea, por ejemplo, Deut. 7:12-16; 8:79; 28:1-14). Los miembros de la iglesia son bendecidos con toda bendición espi­ritual en los lugares celestiales (Ef. 1:3)

Israel continuará en la tierra hasta la culminación del reina­do de Cristo, cuando los nuevos cielos y la nueva tierra sean establecidos. La iglesia continuará en la tierra hasta el rapto, cuando Cristo venga y lleve a Sus miembros a la casa del Padre (Jn. 14:13; 1 Tes. 4:13-18).

Existen muchos otros contrastes entre Israel y la iglesia, pero estos son suficientes para mostrar que nunca deberían confundirse.

Hay uno o dos versículos que han sido usados para sugerir la identidad de Israel y la iglesia, por tanto, agregaremos los siguientes comentarios.

En Gálatas 6:16, Pablo dice,

A todos los que anden conforme a esta regla (es

decir, la regla de la nueva creación en el v. 15), paz y mise­ricordia sea a ellos, y al Israel de Dios.13

En este pasaje los judíos creyentes son señalados como con­traste de aquellos falsos maestros que estaban intentando mez­clar la ley y la gracia para justificarse. Los falsos maestros afirma­ban ser los verdaderos israelitas, pero el apóstol dice, “No es así. Los verdaderos israelitas son aquellos judíos que fueron salvos por gracia a través de la fe, no por las obras de la ley.”

Esteban se refirió a Israel como la iglesia o congregación en el desierto (Hechos 7:38). La palabra traducida “iglesia” (ekklésia) quiere decir cualquier compañía, asamblea o reunión de personas. ¡En Hechos 19:32 también describe a una turba de paganos! El contexto determina cuándo se refie­re a la iglesia de Dios.

La iglesia no se encuentra en ningún momento en el Antiguo Testamento, excepto en forma de figuras, imágenes, o símbolos. No se encuentra en el Sermón del Monte de los Olivos, como se explicó bajo el título “La Clave para el Sermón del Monte de los Olivos” en la parte dos. Y la iglesia no se ve en la tierra en ningún momento después del capítu­lo 3 del libro del Apocalipsis.

La última trompeta en 1 Corintios 15:52 suena para la iglesia; es una trompeta que anuncia el rapto de la igle­sia. La séptima trompeta de Apocalipsis 11:15 señala el fin de la Tribulación y el inicio del reinado de Cristo sobre la tierra.

Los elegidos en Mateo 24:22 son los judíos escogidos por Dios durante la Tribulación. No son los mismos elegidos que constituyen la iglesia (1 Ped. 1:2; 2:9).

LAS DISPENSACIONES

También es necesario distinguir las dispensaciones. Aunque es verdad que Dios nunca cambia, Sus métodos y políticas relacionadas al ser humano lo hacen con frecuencia. El hecho de que no se nos encomienda ofrecer sacrificios de animales nos muestra que ha habido un cambio de dispensaciones. Podemos obtener provecho de todas las cosas escritas en la Biblia, pero no todo fue escrito para nosotros. La vieja canción “Cada promesa del Libro es mía, cada capítulo, cada versículo, cada línea,” suena piadoso y a la vez alegre. Sin embargo, tiene una falla: ¡No es verdad! No todas las promesas están dirigidas a nosotros. Por ejemplo, la tierra que Dios le prometió a Abraham desde el Mediterráneo hasta el río Éufrates, fue para el pueblo de Israel, no para la iglesia.

En diferentes épocas, Dios ha probado al hombre bajo dife­rentes condiciones. Nos referimos a estas diferentes administra­ciones como dispensaciones. (La palabra traducida dispensa­ción es el origen de la palabra economía.)

Es similar a lo que ocurre en la familia promedio. Cuando una pareja se casa, se establece cierto programa. Luego se añade un bebé y se establece un nuevo programa completamente dife­rente al anterior. Pero esto vuelve a cambiar cuando el hijo cumple cinco o seis. Y aparece una diferencia radical cuando ese niño se vuelve un adolescente, como todos sabemos.

Aquí mostramos las siete dispensaciones más enseñadas:

1.  INOCENCIA

Antes de que Adán - el primer hombre — pecara, él cami­nó en comunión con Dios sin ningún problema. Hubiera seguido viviendo en el huerto todo el tiempo que hubiese permanecido inocente. Pero la rebelión de Adán y Eva puso fin a esta idílica dispensación.

2.   CONCIENCIA

Con la entrada del pecado, comenzó a prevalecer una nueva situación. La comunión se había roto y Adán y Eva fueron expulsados del huerto del Edén. Ellos aprendieron que un peca­dor sólo puede acercarse a un Dios santo únicamente en base a un sacrificio substitutorio.

3.   GOBIERNO HUMANO

Luego del gran diluvio mundial, Dios estableció un gobier­no humano, cuando ordenó la pena capital para un homicida. Aunque la Biblia no es específica en cuanto a eso, este castigo no era impartido como una vendetta familiar, sino como resultado de un juicio gubernamental apropiado donde la culpa pudiese ser probada.

4.   PROMESA

Empezando por Abraham, el Señor inició un período durante el cual hizo suntuosas promesas a los patriarcas de Israel.

5.   LEY

Luego, desde Éxodo 20 hasta el final del Antiguo Testamento, el pueblo terrenal de Dios fue probado bajo la ley. Los Diez Mandamientos fueron diseñados para mostrar al hombre su incapacidad para merecer o ganarse el favor de Dios con sus propias fuerzas, para convencerlo de pecado, y para acercarlo al Señor para salvación.

6.   LA IGLESIA

Es cierto que “la ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo’ (Jn. 1:17). En el presente, la iglesia es la nueva sociedad de Dios, ya no bajo la ley y sus consecuencias, sino con Cristo como nueva regla de vida.

Luego del rapto de la iglesia, Dios derramará Sus juicios sobre el mundo que crucificó a Su Hijo. Esta administración, conocida como la Tribulación, durará siete años. La última mitad será la Gran Tribulación, el peor período de conflicto que el mundo haya conocido y conocerá.

7. EL MILENIO

El milenio, o reinado de Cristo durante mil años, será una dispensación caracterizada por la paz y la prosperidad. Es la era dorada de todos los tiempos. Algunos ven el estado eterno como la dispensación final de Dios. El pecado, el dolor, la enferme­dad, y la muerte serán abolidos y los creyentes estarán con Cristo en el cielo por la eternidad.

Caso contrario a las acusaciones populares, los dispensacionalistas no creen que exista un evangelio diferente para las diferentes épocas. La salvación siempre ha sido y será por la fe en el Señor, basada en la obra de Cristo en la cruz del Calvario. En el Antiguo Testamento Dios salvó a los hombres por la fe que tuvieron en las revelaciones que Él les daba. Hasta donde sabemos, ellos no sabían de la muerte sustitucional del Salvador; eso era algo futuro. Pero Dios lo sabía y puso todo el valor de la obra de Cristo a su favor cuando creyeron. Hoy en día ponemos nuestra fe en el Salvador que murió por nosotros hace casi dos mil años atrás.

El uso cuidadoso de la verdad dispensacional nos ayuda a explicar, por ejemplo, por qué nosotros no ofrecemos sacrificios de animales en el presente y por qué las leyes del Antiguo Testamento concernientes a alimentos puros e impuros no se aplican a nosotros. Pero el dispensa-cionalismo extremo, o “ultra”, puede llegar a robarnos porciones de la Palabra que están llenas de enseñanzas espirituales.

CONCLUSIÓN

Hemos visto varias claves: algunas generales, otras más espe­cíficas, que nos ayudan a descifrar la Palabra de Dios. Afortunadamente, ¡no todas son necesarias para cada pasaje!

PASOS LÓGICOS PARA USAR LAS CLAVES

Una escena cristiana común es la de un grupo de personas teniendo un estudio bíblico. Normalmente hay cierto número de traducciones y versiones parafraseadas. Se lee un texto, por lo general en círculo, con algunos otros textos relacionados al texto que se lee en voz alta. Luego, los participantes aportan sus ideas. “Para mí esto quiere decir que yo debería ser más cuidadoso con.”

Este no es un buen método para descubrir lo que la Biblia enseña realmente. El grupo hizo lo correcto desde el primer paso — observar (a menudo sin hacerlo muy profundamente), hasta el último paso, “lo que significa para mí”, o la aplicación. Debemos aplicar las Escrituras a nuestra vida diaria, por todos los medios, pero sólo después de haber descubierto lo que realmente signi­fica en contexto.

¡Oh, maravillosa, maravillosa Palabra de Dios!

Sus páginas develan verdadera sabiduría

Y     aunque podemos leerlas mil veces

¡Ellas nunca, nunca, envejecen!

Cada línea contiene un tesoro, cada promesa una perla,

Que todos, si lo desean, pueden obtener;

Y    sabemos que cuando llegue el tiempo y el mundo lle­gue a su fin

La Palabra de Dios permanecerá por siempre.


¿Qué significa ser un cristiano nacido de nuevo?

 

El pasaje clásico de la Biblia que responde a esta pregunta es el de Juan 3:1-21. El Señor Jesucristo está hablando con Nicodemo, un fariseo prominente y miembro del Sanedrín (el consejo gobernante de los judíos). Había venido a Jesús de noche para hacerle algunas preguntas.

Mientras Jesús hablaba con Nicodemo, Él dijo "...De cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios". Nicodemo le dijo, "¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?" Jesús contestó, "De cierto te digo, que el que no naciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo..." (Juan 3:3-7).

La frase "nacido de nuevo" literalmente significa "nacido de arriba". Nicodemo tenía una necesidad verdadera. Él necesitaba un cambio de corazón – una transformación espiritual. El nuevo nacimiento, el nacer de nuevo, es un acto de Dios por el cual la vida eterna es impartida a la persona que cree (2 Corintios 5:17; Tito 3:5; 1 Pedro 1:3; 1 Juan 2:29; 3:9; 4:7; 2:1-4, 18). Juan 1:12, 13 indican que "el nacer de nuevo" también transmite la idea de "volverse hijo de Dios" al confiar en el nombre de Jesucristo.

La pregunta viene de manera natural, "¿Por qué una persona necesita nacer de nuevo?". El apóstol Pablo en Efesios 2:1 dice, "Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados...". A los Romanos en Romanos 3:23, el apóstol escribió, "Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios". (Romanos 3:23). Los pecadores están espiritualmente "muertos"; cuando reciben vida espiritual a través de la fe en Cristo, la biblia lo compara con un nuevo nacimiento. Sólo aquellos que han nacido de nuevo tienen sus pecados perdonados y tienen una relación con Dios.

¿Cómo ocurre eso? Efesios 2:8,9 declara, "Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe". Cuando uno es "salvo", él (o ella) ha nacido de nuevo, ha sido renovado espiritualmente, y ahora es hijo de Dios por el derecho de este nuevo nacimiento. Confiar en Jesucristo, en Aquel quien pagó el castigo del pecado al morir en la cruz, es lo que significa "nacer de nuevo" espiritualmente. "De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es..." (2 Corintios 5:17). "Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios". (Juan 1:12-13)

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