domingo, 6 de abril de 2014

Doctrina. El Hombre (Parte IV)

IV. Constitución del hombre


Naturaleza física del hombre

El cuerpo, la carne (en griego soma),  fue la primera parte del hombre que fue formada. "Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente" (Génesis 2:7). El cuerpo es manifestado en las Escrituras como la habitación del hombre interior  (cf. 2 Corintios 5:1-4).
No sabemos cuál es el proceso mediante el cual Dios hizo al hombre. Esto es sólo es conocido por Dios. Los hombres pueden dar sus opiniones y presentar sus especulaciones, pero éstas no van más allá de lo que son. No imaginemos que la expresión “polvo” sea solo lo más común de la tierra, sino que  son los elementos más preciados de la tierra.
Si utilizamos los conocimientos de la ciencia o buscamos en la enciclopedia, podemos ver que está compuesto de elementos químicos que se encuentran en la naturaleza. El análisis químico detecta que el cuerpo humano tiene los mismos elementos que se hallan en la tierra; elementos como el sodio, el carbono, el hierro y cosas semejantes.
La misma tierra es la que sustenta al hombre. El cuerpo es alimentado por una variedad de productos que crece de la tierra. Es el cuerpo físico, y no el espíritu del hombre que se mantiene con los productos de la tierra. De hecho cualquier cosa que haga el hombre sobre la naturaleza afecta la producción de alimentos, y el cuerpo humano se ve afectado directamente por la falta de nutriente que lo mantengan.
Y en la  misma muerte podemos verificar este hecho que somos hechos de tierra. Es decir, al morir el cuerpo, producto de la corrupción que sobreviene,  el cuerpo del hombre vuelve al polvo de donde fue formado. Encontramos en las Escrituras lo siguientes textos que confirman lo anterior: "Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás." (Génesis 3:19)Y Salomón hablando sobre el ocaso de una vida dice:…y el polvo vuelva a la tierra,  como era,  y el espíritu vuelva a Dios que lo dio. (Eclesiastés 12:7)”

Naturaleza Espiritual del hombre.

El hombre no es esencialmente carne en su existencia, sino que existen una naturaleza que es inmaterial y que da razón de ser a este ser vivo.
En términos teológicos se define que la naturaleza del hombre como una tricotomía.  Este  término,  Tricotomía[1], significa una división en tres partes, y se aplica para referirse a la doctrina que dice que la naturaleza humana que está compuesta de tres partes: cuerpo, alma y espíritu.
La Biblia nos enseña claramente que el hombre es un ser tripartito: cuerpo, alma y espíritu  en I Tesalonicenses 5:23. Pero  es difícil para nosotros distinguir entre alma y espíritu, donde parte una y empieza la otra, puesto que ambos están en contraste con el cuerpo físico y el espíritu y el alma son la parte “espiritual” del hombre. La Biblia enseña que hay una diferencia. Una planta es un cuerpo que no posee alma ni espíritu. Un animal tiene cuerpo y alma pero no posee espíritu. En cambio,  el hombre es cuerpo, alma y espíritu, es en sí una creación especial y particular del mismo Dios. El alma distingue un ser viviente de uno muerto, pero el espíritu distingue al hombre de los animales. El espíritu del hombre hace posible para él tener comunión con Dios.
a)    Cuerpo
Se refiere a la parte material del ser, el cual contiene  al alma y el espíritu. Este cuerpo mientras tenga vida, le permite relacionarse con otros seres y hacer distintas actividades. Una vez que muere, los materiales que lo forman vuelven a la tierra (Eclesiastés 12.7).
b)    Alma
"Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento (espíritu) de vida, y fue el hombre un ser (alma) viviente" (Génesis 2:7 cf. I Corintios 15:45).
En su sentido más básico, la palabra hebrea nephesh significa “vida”. Designa al hombre originalmente creado como un ser viviente (alma) (Génesis 2:7) como también otras formas de vida (1:20–21, 24, 30; Levítico 17:11). Note también Éxodo 21:23 y Josué 2:13 habla del alma en sentido de la vida del hombre. Este es el sentido en el cual en español se hablaría de un individuo como un alma.
El Nuevo Testamento revela algunas similitudes y diferencias en su uso de la palabra (griega psyche). Denota la persona individual como un todo (Hechos 2:41; 27:37). Pero también puede referirse solamente a la parte inmaterial del hombre (Mateo 10:28). También designa a las personas en el estado intermedio entre la muerte y la resurrección del cuerpo (Apocalipsis 6:9).
El alma es el asiento de las emociones y los deseos humanos. Las plantas, los animales y el hombre tienen cuerpos; sólo los animales y el hombre tienen alma; pero únicamente el hombre tiene espíritu. El alma es esa vida consiente que está en los hombres y los animales. No obstante, hay una diferencia entre el alma de los animales y la de los hombres. El alma del animal está conectada con su cuerpo, mientras que el alma del hombre está conectada con su espíritu. El alma de un animal muere con su cuerpo, pero el alma del hombre no muere jamás, porque él fue hecho un "alma viviente" - un alma que nunca morirá.
Como se ha declarado, el alma del hombre es el asiento de sus emociones y apetitos, y los versos que siguen destacan los grados de los mismos:
(1) Tiene apetitos: "Con todo, podrás matar y comer carne en todas tus poblaciones conforme a tu deseo, según la bendición que Jehová tu Dios te haya dado; el inmundo y el limpio la podrá comer, como la de gacela o de ciervo" (Deuteronomio 12:15).
(2) Desea: "Y si el hombre le respondía: Quemen la grosura primero, y después toma tanto como quieras; él respondía; No sino dámela ahora mismo; de otra manera yo la tomaré por la fuerza" (I Samuel 2:16 Véase también en Deuteronomio 12:20; Salmo 107:18; Proverbios 6:30; Isaías 29:8; I Samuel 18:1).
(3) Odia: "Y dijo David aquel día: Todo el que hiera a los jebuseos, suba por el canal y hiera a los cojos y ciegos aborrecidos del alma de David. Por esto se dijo: Ciego ni cojo no entrará en la casa" (II Samuel 5:8)
(4) Se entristece: "Mas su carne sobre él se dolerá, y se entristecerá en él su alma." (Job 14:22) "Y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad" (Marcos 14:34).
(5) Se amarga: "...pero el varón de Dios le dijo: Déjala, porque su alma está en amargura y Jehová me ha encubierto el motivo, y no me lo ha revelado" (II Reyes 4:27).
(6) Se regocija: "En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia, como a novio me atavió, y como a novia adornada con sus joyas" (Isaías 61:10)
(7) Sufre: "Y decían el uno al otro: verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano, pues vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba, y no le escuchamos; por eso ha venido sobre nosotros esta angustia" (Génesis 42:21)

c)     El espíritu humano
El espíritu (del hebreo rauch y del griego pneuma) se refiere solamente a la parte inmaterial del hombre, no como el alma que puede denotar al hombre en su totalidad, material e inmaterial. El hombre es un alma, pero no se dice de él que sea un espíritu —él tiene un espíritu.
Aquí es donde el hombre difiere a todas las criaturas. En hebreos 12:9 dice que Dios es "el Padre de los espíritus." Esto no quiere decir "Padre de los ángeles," sino de los espíritus de los hombres hechos perfectos. Jamás dice la Biblia que Dios es el Padre de las almas.
"Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta" (Santiago 2:26). Cuando un ser humano muera, el alma y el espíritu se separan del cuerpo. Según la Biblia, el alma y el espíritu pueden separarse. "Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón" (Hebreos 4:12). No obstante, no existe ninguna prueba bíblica de que se han separado. El hombre rico de Lucas capítulo 16, después de morir, abrió sus ojos en el Hades, y es evidente que todavía era tanto alma como espíritu, aunque separados de su cuerpo (Lucas 16:19-31 Véase: Mateo 10:28).
El espíritu del hombre es la sede de su inteligencia. "Porque ¿quién de  los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así, tampoco, nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios" (I Corintios 2:11). Los animales no poseen inteligencia. "No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro, y con freno, porque si no, no se acercan a ti" (Salmo 32:9).
La palabra "espíritu", tanto en el hebreo como el griego, a veces, es traducida "aliento," o "viento." El contexto de cada texto debe determinar la traducción e interpretación.
El espíritu se origina de Dios, y todas las personas tienen espíritus (Números 16:22; Hebreos 12:9). Simplemente, no es bíblico decir que el hombre no tiene espíritu hasta que reciba el Espíritu Santo en la salvación (cf. 1 Corintios 2:11; Hebreos 4:12; Santiago 2:26).
Facetas del ser espiritual del hombre.
Alguna de ellas son:
1)     El “corazón” humano
El corazón es un concepto muy amplio tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Usado como 873[2]  veces, representa el centro y la base de la vida, tanto de la física como de la psíquica. Cuando hablamos del corazón, no queremos significar el músculo propulsor de la sangre de nuestro cuerpo, sino más bien, la sede de nuestra conciencia. "Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura" (Hebreos 10:22, cf.: I Juan 3:19-20; Hechos 2:26; 5:3-5; Mateo 22:37).
1.      El corazón es el asiento de la vida intelectual. Reconoce que Dios disciplina (Deuteronomio 8:5); obtiene conocimiento de la Palabra (Salmo 119:11); es la fuente de malos pensamientos y acciones (Mateo 15:19–20); tiene pensamientos e intenciones (Hebreos 4:12); puede ser engañoso (Jeremías 17:9).
2.      El corazón es el centro de la vida emocional. Ama (Deuteronomio 4:29); produce auto reproche (Job 27:6); se regocija y se alegra (Salmo 104:15; Isaías 30:29); puede estar afligido (Nehemías 2:2; Romanos 9:2); tiene deseos (Salmo 37:4); puede estar amargado (73:21).
3.      Es el centro de la vida volitiva. Busca (Deuteronomio 4:29); puede volverse contra alguien o algo (Éxodo 14:5); puede endurecerse (8:15; Hebreos 4:7); es capaz de escoger (Éxodo 7:22–23); puede ser incircunciso (Jeremías 9:26; Hechos 7:51).
4.      Es el asiento de la vida espiritual. Con el corazón el hombre cree para justicia (Romanos 10:9–10). Para el creyente el corazón es la habitación del Padre (1 Pedro 3:15), el Hijo (Efesios 3:17), y el Espíritu Santo (2 Corintios 1:22). El corazón del creyente debe ser puro (1 Timoteo 1:5; Hebreos 10:22) y circuncidado (Romanos 2:29).
Hay una advertencia de que uno puede hacer una profesión de fe en Cristo, sin poseer la salvación por tener un conocimiento mental sin un corazón confiado. "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos" (Mateo 7:21 cf. 22-23).
2)     Conciencia
La conciencia es un testigo dentro del hombre que le ordena hacer lo que él considera correcto y no hacer lo que cree incorrecto. No nos enseña lo que está bien o mal, pero nos estimula a hacer lo que se nos ha enseñado que es lo justo. Uno puede obrar mal en buena conciencia porque ha sido mal informado en cuanto a lo bueno y lo malo (Hechos 23:1).
La palabra conciencia aparece sólo en el Nuevo Testamento. Las funciones de la conciencia se le asignan al corazón en el Antiguo Testamento (por ejemplo en 1 Samuel 24:5; Job 27:6). En el Nuevo Testamento se emplea conciencia con más frecuencia en los escritos de Pablo (Juan usa la palabra corazón, como en 1 Juan 3:19–21).
La conciencia de una persona no salvada puede ser una guía buena (Juan 8:9; Romanos 2:15), o puede no serlo aunque parezca que está guiando correctamente (Hecho 23:1; 1 Timoteo 4:2; Tito 1:15; Hebreos 10:22). La conciencia se puede comparar a unos frenos defectuosos en un automóvil. Puede que hagan su trabajo en algunas ocasiones, pero no se puede contar con ellos.
La conciencia del cristiano lo estimula a hacer lo recto en las varias relaciones de la vida:
(1)  Lo anima a obedecer al gobierno bajo el cual vive (Romanos 13:5).
(2)  Le dice que tolere a un jefe injusto (1 Pedro 2:19).
(3)  La conciencia de un hermano débil, la cual no le permite comer carne sacrificada a los ídolos, debe ser respetada por el hermano más fuerte (1 Corintios 8:7, 10, 12).
(4)  La conciencia puede llamarse a testificar de la profundidad y realidad de una dedicación espiritual (Romanos 9:1; 2 Corintios 1:12; 4:2).
3)     Mente
Como la conciencia, la mente es un concepto más característico del Nuevo Testamento. En el Antiguo Testamento corazón es generalmente la palabra detrás de la traducción mente. La mente incluye tanto las facultades de percibir y entender como las de sentir, juzgar, y determinar. Las palabras griega “Phroneo” (pensar), “nous” (inteligencia) y “sunesis” (lt. unión, encuentro, confluencia – inteligencia general) son las palabras principales del Nuevo Testamento para este concepto. De la mente del no salvado se dice que es reprobada (Romanos 1:28), vana (Efesios 4:17), corrompida (Tito 1:15), cegada (2 Corintios 4:4), entenebrecida (Efesios 4:18). Además carece de esa facultad crítica representada por sunesis (Romanos 3:11).
La mente del creyente ocupa un lugar central en su desarrollo espiritual. Dios la usa para su entendimiento de la verdad  (Lucas 24:45; 1 Corintios 14:14–15). La vida dedicada tiene que incluir una mente renovada (Romanos 12:2). La mente participa en decidir sobre cosas dudosas (14:5), en procurar la santidad (1 Pedro 1:13), en comprender la voluntad del Señor (Efesios 5:17), y en amar al Señor (Mateo 22:37). Cada pensamiento tiene que ser llevado cautivo a la obediencia de Cristo (2 Corintios 10:5).
4)     Carne
Aunque la carne algunas veces se refiere a tejido (Lucas 24:39) o a la totalidad de la parte material del hombre (1 Corintios 15:39; Hebreos 5:7), cuando se usa de una faceta de la naturaleza inmaterial del hombre se refiere a esa disposición de pecar y oponerse a Dios (Romanos 7:18; 1 Corintios 3:3; 2 Corintios 1:12; Gálatas 5:17; Colosenses 2:18; 2 Pedro 2:10; 1 Juan 2:16). Tanto el creyente como el no creyente poseen ésta capacidad.
5)     Voluntad
En realidad, la Biblia dice mucho más acerca de la voluntad de Dios que de la del hombre, y lo que dice no es sistemático. Un creyente puede decidir hacer lo bueno o lo malo (Romanos 7:15–25; 1 Timoteo 6:9; Santiago 4:4). Voluntad puede ser más una expresión de uno mismo por medio de las otras facetas de la personalidad, en vez de una facultad en y de sí misma. Estas son las facetas de la parte inmaterial del hombre por las cuales él puede glorificarse a sí mismo o glorificar y servir a su Señor.

Conclusión.
Las tres partes que componen el Ser humano, tiene finalidades claras y precisas en un creyente (y en todo hombre, pero los no cristianos no las usan)
1)    El Espíritu: Por medio del espíritu el hombre puede conocer  a Dios y comunicarse con Él.
2)    El Alma: Es el asiento de las emociones y de los sentidos, y es el eslabón entre el espíritu y el cuerpo
3)    El cuerpo: Es el templo material en el cual mora el espíritu y el alma, y es lo que relaciona el hombre con la tierra.
El espíritu y el alma que son las partes inmateriales del ser humano, sobreviven a la muerte y entran a la región del más allá de la tumba.



[1] Del griego tricha, “en tres partes”;  temnein, cortar
[2] Contados en la versión Reina Valera 1960. Este número varía en otras traducciones.

"LOS QUE DUERMEN"

1 Tesalonicenses 4: 13-18



La espera del Señor Jesús era para el corazón de los tesalonicenses un hecho vital y práctico que imprimía su carácter a toda su manera de vivir. El mundo comentaba cómo ellos se habían convertido "de los Ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo" (1:9-10).
Por eso, en estas dos epístolas a los Tesalonicenses, todo gira en torno a ese hecho maravilloso: la venida del Señor. Sin embargo, en estos hermanos había una laguna acerca de la manera en la que ella tendría lugar v sobre la participación que en ella tendrían sus hermanos fallecidos. Les faltaba conocimiento; pensaban que aquellos que habían partido se verían privados del privilegio de participar, como ellos, en la venida del Señor. Pero su mismo error era una prueba del apego que sus corazones sentían por esta venida. Nosotros seríamos hoy capaces de enseñársela como doctrina pero ellos nos enseñarían, de manera muy humillante para nosotros, cómo esta venida es y debe ser una realidad práctica para el corazón y el andar de los hijos de Dios. Lamentablemente, lo que el mundo puede decir de nosotros hoy en día es cómo hemos perdido de vista este acontecimiento para identificarnos con el mundo v sus negocios, sus comodidades, etc., como si formáramos parte de "los que moran sobre la tierra", a quienes les sobrevendrá "la hora de la prueba" (Apocalipsis 3: 10).

Servir a Dios y esperar a su Hijo
Cada capítulo de la primera epístola a los Tesalonicenses proporciona una prueba de que todo converge hacia este acontecimiento maravilloso. El primer capítulo establece, por así decirlo, el motivo y el objeto de la conversión, el cual es "servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo" (1:9-10). El capítulo segundo presenta la venida del Señor como una esperanza para los santos vivientes en la tierra, pero privados, por razones de distancia, de hacer una realidad las relaciones fraternales que sus corazones deseaban. Habla sobre todo de las relaciones entre los obreros del Señor y de los santos que son objeto de sus atenciones. Pablo se veía privado de ver a los tesalonicenses, como su corazón lo deseaba. Desde entonces él aguarda la venida del Señor, la que le reuniría para siempre con ellos y en la cual ellos serían su gozo y su corona. Ello prueba que Pablo y los tesalonicenses se encontrarían en compañía los unos de los otros (2: 17-20).
Los últimos versículos del capítulo 3 exhortan al amor y a la santidad, andar que apunta, al fin de cuentas, a la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos. En el capítulo 4, sobre el cual volveremos, la venida es presentada como el consuelo para el sufrimiento causado por la separación de aquellos que nos han dejado (4: 13-18).
Los versículos 8-10 del capítulo 5 presentan la venida del Señor como un estimulante de la vigilancia. Ellos muestran que Dios destinó a los santos a esperar indefectiblemente ese momento glorioso, así se hallen velando o durmiendo, presentes en el cuerpo o ausentes de él.
Por último, el versículo 23 expresa el deseo —y el versículo 24 la certeza— de que el propio Dios de paz nos santifique por completo y que nuestro espíritu, nuestra alma y nuestro cuerpo entero sean guardados irreprensibles para la venida de nuestro Señor Jesucristo.

EI arrebatamiento de todos los santos
En 1 Tesalonicenses 4: 13-18 que deseamos examinar con cierto detalle, el apóstol rectifica el error de los tesalonicenses acerca de aquellos que habían dormido. Les aclara este punto y luego habla, en los ver-sículos 15-18, de la revelación del arrebatamiento del cual participarán sin restricción todos los santos que duerman y todos los santos que vivan en ese momento glorioso.
Puede parecer extraño que el apóstol no aborde esta cuestión antes del versículo 13 del capítulo 4, pelo él deseaba reconocer en primer lugar el apego que ellos, sentían por el retorno del Señor, y daba gracias por ello. A continuación, él les abre gradualmente la inteligencia para corregir el error en que estaban. El último versículo del capítulo 3 ("en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos los santos") les daba ya motivo para reflexionar. Si es con todos sus santos —debían decirse— ¡aquellos a quienes lloramos no faltarán!

El alma y el cuerpo
Entonces el apóstol dice abiertamente: "Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen" (4: 13). Detengámonos primeramente en estas palabras: "Los que duermen", y luego en las del versículo 14: "Traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él" (o por él). Ellos durmieron. Es un hecho, un acto que tuvo lugar en el momento en que sus almas fueron separadas de sus cuerpos. Ellos se han puesto a descansar, por así decirlo, en el seno de su Salvador y se han dormido en él, como al término de una jornada de fatiga se pone la cabeza sobre la almohada para dormir apaciblemente. Desde entonces duermen. Si dormirse es un acto, dormir es un estado en el cual uno entra al dormirse. Por eso, al pensar en aquellos que habían dormido, el apóstol les llama: "Los que duermen". Encontramos la misma expresión en el capítulo 5: 10: "Sea... que durmamos". En 1 Corintios 15: 51, el apóstol, al hablar del futuro, dice: "No todos dormiremos". No todos entraremos en ese sueño. La muerte es comparada a un sueño, pero —apresurémonos a decirlo— ello se refiere al cuerpo solamente y no al espíritu. El estado del alma que es separada del cuerpo nada tiene que ver con ese estado de sueño. Jesús, en la cruz, dice al malhechor que pedía que se acordara de él cuando viniera en su reino: "De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lucas 23: 43). Y ello no implicaba que fuera allí a dormir. Pablo dice: "Sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor... v más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor" (2 Corintios 5:6-8). Al hablar de sí mismo, Pablo dice además: "De ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor" (Filipenses 1: 23).
Así se expresa la Palabra para designar el bienaventurado estado de los rescatados que están junto al Señor, esperando la resurrección de vida. ¡No es cuestión de dormir en el paraíso!
Es preciso destacar aún que, si bien es el alma del rescatado la que está con el Señor, mientras su cuerpo está acostado en el polvo, la Palabra siempre nos habla de él como de una persona, cualquiera sea la fase por la que él atraviese. El Señor no dice al malhechor: « Hoy tu alma estará con la mía». En cambio le dice: "Tú estarás conmigo en el paraíso". El apóstol no dice: « Nos gustaría más estar ausentes del cuerpo para que nuestra alma estuviese presente con el Señor», sino "quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor". En Filipenses 1: 23 no dice: « Teniendo deseo de partir para que mi alma esté con Cristo », sino para que esté allí yo, persona espiritual.
Esta manera de hablar se aplica también al cuerpo. El Salmo 16: 10, al hablar de Cristo, dice: "No dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción", lo que el Espíritu Santo, por medio del apóstol Pedro, traduce así: "...que él no hubiese de ser dejado entre los muertos, ni su cuerpo hubiese de ver corrupción" (Hechos 2:31, V.M.). El propio Señor dice: "Todos los que están en los sepulcros oirán su voz" (Juan 5: 28). Y también: "Nuestro amigo Lázaro duerme". Y además: "¿Dónde le pusisteis?" (Juan 11:11 y 34). Asimismo, en nuestro pasaje: "Los que duermen" (1 Tesalonicenses 4: 13). Esteban, lapidado por los judíos, dice: "Señor Jesús, recibe mi espíritu... Y habiendo dicho esto, (él) durmió" (Hechos 7:59-60).
Esto nos lleva a las palabras que designan un estado: "Los que duermen".
La muerte tiene por efecto la separación de las dos partes que constituyen nuestra persona: el alma y el cuerpo. El espíritu está junto al Señor (hablo de los rescatados) y el cuerpo está en el sepulcro. Antes de partir, esta persona estaba viva, cuerpo y alma unidos. Ello lo encontramos en uno de los versículos de la referencia que encabeza estas páginas: "Nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor" y también en estas palabras dirigidas por el Señor a Marta: "Todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente" (Juan 11: 26).

La certeza de la resurrección
En la resurrección de vida, esta misma persona, cuyo cuerpo será resucitado en incorrupción, en gloria, en poder, cuerpo espiritual (1 Corintios 15:42-44), y haya sido revestida de la habitación celestial (2 Corintios 5:2), se encontrará de nuevo viva, cuerpo y alma reunidos. Por eso en numerosos pasajes vivir equivale a resucitar: "El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá" (Juan 11: 25). "Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán  todos  mueren,  también  en  Cristo  todos  serán  vivificados"  (1  Corintios  15:  21-22).  Por  último,  en Apocalipsis 20 se dice de los mártires del tiempo futuro que participarán en el último acto de la primera resurrección: "Y vivieron y reinaron con Cristo mil años”; y, en cuanto a los malvados que resucitarán para ser juzgados: "Los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años". Pero de los creyentes se dice: "Esta es la primera resurrección. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años" (Apocalipsis 20: 4-6).
Estas expresiones muestran que una persona no es llamada viva más que cuando el alma y el cuerpo están unidos, sea antes de la muerte, sea después de la resurrección. En el estado intermedio entre la muerte y la resurrección, esta misma persona existe, teniendo provisionalmente su cuerpo en tierra y su alma junto al Señor, como dice el Eclesiastés: "Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio" (Eclesiastés 12:7).
Volvamos ahora a la frase: "Los que duermen". Es una figura que se aplica, como lo hemos visto, al cuerpo y no al alma, pero la cual, en el Nuevo Testamento, nunca es empleada más que para los rescatados. Figura preciosa, que se refiere al reposo que sigue al trabajo y la lucha aquí abajo, pero que también indica la certeza del despertar en resurrección. ¿Cómo hablar de la muerte de un hombre que un instante después podría resucitar? Además, en ese momento, aquel que parte cierra los ojos a todo el universo visible, como una persona que se duerme, y permanece en ese estado hasta el despertar. Sin embargo, hay cierta diferencia: en el sueño terrenal se pierde más o menos la conciencia de uno mismo, mientras que en el « dormir », el alma siempre activa vive junto a Cristo gozando las realidades invisibles, en el reposo, esperando lo que es muchísimo mejor y que no puede ser experimentado más que en el hombre completo, cuerpo y alma, a saber, la gloria y verle tal como Él es, hechos semejantes a Él.
Este estado de sueño interrumpe las comunicaciones entre aquellos que han partido y los que permanecen. Sabemos que ellos están en la felicidad con el Señor, pero no podemos tener relaciones con ellos y pensamos con gozo en el momento en que ellas se reanudarán en resurrección.

La esperanza del creyente a través del duelo
Esta digresión nos lleva a los versículos 13-18 de 1 Tesalonicenses 4. El apóstol dice: "Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza". Él no dice: «Para que no seáis entristecidos en absoluto». La aflicción del duelo es reconocida en la Palabra y la ruptura momentánea de las relaciones mutuas es cruel para el corazón. No se espera de un cristiano que tome el duelo a la manera de los estoicos. Pero, por otra parte, el apóstol no quería que los cristianos de Tesalónica se afligiesen a la manera de aquellos que no tienen esperanza.
En efecto, ese sentimiento se expresa a menudo entre los incrédulos mediante esta exclamación desesperada: «¡No te volveré a ver nunca!». Pero los hijos de Dios tienen la certeza de que esta separación no es más que momentánea y esta esperanza es un bálsamo precioso sobre la herida de sus corazones. "Por tanto, alentaos (o consolaos) los unos a los otros con estas palabras" (v. 18).
"Creemos que Jesús murió y resucitó" (v. 14). Tal es la fe del cristiano en toda su sencillez y toda su verdad. Él cree, no sólo que su Salvador murió, sino también que resucitó: "El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación" (Romanos 4: 25). "Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras" (1 Corintios 15: 3-4).

La venida del Señor en gloria
A continuación el apóstol saca, del hecho que Jesús murió y resucitó, la conclusión de que es imposible que los rescatados que pasaron por la muerte no sigan el mismo camino que su Salvador. Deberán,  pues,  resucitar.  Aquellos  que  durmieron  en  Jesús  no  pueden  faltar  en  el  cortejo  glorioso  del Señor, cuando él vuelva a tomar todo en sus manos y a establecer su reino. El último versículo del capítulo 3 ya les decía: "En la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos". Dios,  quien  resucitó  a  Jesús,  no  dejará  de  recoger  con  él  a  aquellos  que  hayan  dormido  en  Jesús. ¿Cómo dejar atrás a los rescatados por quienes el acto de morir fue transformado en el de dormir en el seno de su Salvador? Notemos aunque el apóstol no podía decir: «Si creemos que Jesús durmió», pues nuestro adorable Salvador debió gustar la muerte, como juicio de Dios a causa de nuestros pecados, pero, al sufrirla, la anuló para sus rescatados, de manera que ellos pueden dormir en lugar de morir.
Es importante captar que el final del versículo 14 tiene relación con el retorno del Señor Jesús en gloria, acompañado por todos sus santos, y no con el arrebatamiento. Este versículo 14 respondía de una manera completa al error de los tesalonicenses acerca de sus hermanos que habían dormido. En adelante no estarían en la ignorancia al respecto; sabían que ninguno de ellos faltaría en el glorioso cortejo del Señor y que Dios les traería con Él. En los versículos 15-18, tenemos una revelación completamente nueva sobre lo que les acontecerá a todos los santos antes de su retorno en gloria con el Señor. Para ser traídos con él, es preciso que previamente sean levantados a lo alto por él.

El Señor mismo descenderá del cielo
La revelación contenida en estos versículos sin duda alude a lo que los tesalonicenses habían temido acerca de sus muertos, pero ella les enseña que ellos mismos, al igual que aquéllos, antes serán levantados a lo alto, a la gloria. "Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron". Ellos habían pensado que estos últimos permanecerían atrás; ahora saben que, por el contrario, los santos que durmieron les precederán. "Porque el Señor mismo con voz de mando (o de reunión), con voz de arcángel (o del arcángel, pues no hay más que un arcángel en la Palabra), y con trompeta de Dios, descenderá del cielo". Destaquemos primeramente que el Señor en persona —y no uno de sus agentes— viene al encuentro de sus amados. Se dice de otra categoría de rescatados: "Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro" (Mateo 24:31). Es la congregación de los elegidos del pueblo de Israel en su país a la venida del Hijo del hombre. Pero, cuando se trata del arrebatamiento de los santos, estando su querida Iglesia en medio de ellos, viene Él mismo, tal como lo había dicho a sus discípulos: "(Yo) vendré otra vez, y (yo) os tomaré a mí mismo" (Juan 14:3). Cuando un amigo me anuncia la hora de su llegada a la estación, puedo enviar a  otra persona por él, pero, si es mi esposa, voy yo mismo.
El Señor hará oír el grito de reunión, el arcángel transmitirá la voz de mando, sonará la trómpela y todos los santos partirán juntos. Sin embargo, diversos actos se suceden en ese momento glorioso: "Los muertos en Cristo resucitarán primero". En lugar de quedar demorados, precederán a los vivos, pues ellos habrán seguido el mismo camino que su Salvador, a través de la muerte, para alcanzar la resurrección, es preciso haber muerto en Cristo para participar de ella ellos saldrán de entre los muertos, dejándoles donde se encuentran hasta la resurrección de juicio. En ese momento, la gran mayoría de los santos, en estado de espíritus, estaban desde hacía tiempo con el Señor, pero es preciso aun que salgan de entre los muertos, como lo hizo su Salvador, y que, como Él, suban en persona de la tierra al cielo.
Queridos hijos de Dios que creen en el arrebatamiento de los santos, piensan equivocadamente que esta frase del versículo 14 ("traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él") tiene relación con su resurrección. Creen que sus almas volverán con el Señor para reunirse con sus cuerpos salidos del polvo. Si el apóstol se hubiera detenido en el versículo 14, nadie podría tener tal pensamiento. El hecho es que, según el versículo 14, Él les traerá a continuación consigo mismo.
"Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire". El Señor desciende del cielo, pero no precisamente sobre la tierra; al descender, nos llama; todos juntos subimos a su encuentro, el que tendrá lugar en el aire.
El lugar de la cita de los resucitados y los transmutados no es la tierra; ellos son raptados juntos, pero para ser reunidos con el Señor.

Los muertos en Cristo: 2 categorías
Puede  ser  útil  recordar  que  "los  muertos  en  Cristo"  que  serán  resucitados  incluyen  a  los  justos  del Antiguo Testamento que, desde Abel, han pasado por la muerte, al igual que aquellos que forman parte de la Iglesia. Hebreos 11:40 nos enseña que ellos nos esperan y .no llegarán a la perfección sin nosotros. La perfección es la resurrección de entre los muertos (Filipenses 3: 11-12). Los veinticuatro ancianos del Apocalipsis 4 y 5 representan a los santos del Antiguo y del Nuevo Testamento que serán arrebatados a la venida del Señor. Esos capítulos nos los presentan primeramente como un conjunto, pero, al celebrarse las bodas del Cordero (Apocalipsis 19), cada una de las dos clases que forman ese conjunto toma su respectivo lugar. La esposa del Cordero es la Iglesia, los bienaventurados convidados al banquete de bodas son aquellos que no han formado parte de ella. Desde entonces no se ve más a los veinticuatro ancianos.
"Y así estaremos siempre con el Señor". Una vez reunidos todos juntos con el Señor, nuestra dicha será completa; estaremos con él para siempre. Eso es suficiente; la revelación termina allí sin hablar de todas las glorias que seguirán. "Alentaos (o consolaos) los unos a los otros con estas palabras".

En un abrir y cerrar de ojos
En 1 Corintios 15, el mismo apóstol, después de haber dado muchos detalles sobre la resurrección de los muertos en Cristo, agrega: "He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados" (v. 51-52). No es necesario dormir para entrar en la gloria, sino que es preciso ser transformados. "Esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas" (Filipenses 3:20-21). Ese poder se ejercerá en los santos vivos para revestirlos de sus cuerpos gloriosos, sin que sus almas sean separadas de sus cuerpos ni por un instante. Lo que es mortal en ellos será absorbido por la vida. La muerte no será más el instrumento para liberarlos de lo que es mortal, sino que esto será absorbido por el poder de vida (2 Corintios 5: 4-5).
El apóstol dice: "A la final trompeta" (I Corintios 15: 52). Esa será la última señal de la trompeta de Dios de 1 Tesalonicenses 4: 16, la señal conocida en los ejércitos para levantar campamento y no, como lo piensan algunos, la última de las siete trompetas del Apocalipsis.
"Y los muertos serán resucitados incorruptibles". Aquí los detalles de la resurrección no se aplican más que a la de los rescatados; por eso no es necesario decir: "Los muertos en Cristo". Pero anteriormente el apóstol dice: "En un momento, en un abrir y cerrar de ojos". Esto es difícil de concebir, dada nuestra actual imperfección. Al considerar toda la sucesión de los hechos enunciados, nos es imposible pensar que ellos no se cumplan al menos en algunos minutos. El Señor desciende del cielo con tres cosas sucesivas: la "voz de mando", la "voz de arcángel", la "trompeta de Dios”; luego los muertos, precediendo a los vivos, resucitan primeramente, después los vivos son transmutados, y finalmente todos son raptados juntamente.
Sin embargo, estas seis cosas sucesivas pasan "en un momento, en un abrir y cerrar de ojos”: el tiempo para hacer un guiño. Para los muertos, un guiño y serán resucitados en gloria con el Señor en compañía de todos los santos; para los vivos, un guiño —el instante previo: el trabajo, la fatiga, el sufrimiento— y el instante posterior, teniendo apenas el tiempo de percatarse de ello, reunidos con todos los santos, junto al Señor, en la gloria.


Liberación completa y dicha eterna
¿Por qué, pues, nuestros corazones no brincan de gozo al pensar en ese momento maravilloso que será la respuesta final a tantos gritos, suspiros, necesidades y lágrimas, que comprenderá, al mismo tiempo, la completa liberación de todo el actual orden de cosas y la completa introducción en todos los resultados gloriosos y eternos de la obra de nuestro amado Salvador? Momento bendito, en el cual habremos terminado individualmente con todo lo que se relaciona con nuestra presencia en un cuerpo de humillación, en un mundo de pecado, y donde incluso reanudaremos nuestras relaciones en Cristo —pero en la gloria— con nuestros seres queridos que hayan dormido. Momento maravilloso, en el cual saborearemos, en su conjunto y en todos sus detalles, la dicha eterna en la radiante presencia de nuestro Salvador, cuyos rasgos adorables veremos con ojos capaces de contemplarlos, pues seremos semejantes a él y le veremos como él es. Si, ¡qué momento ése en el cual nuestro primer sentimiento será que Él es para siempre!
De esa felicidad no se verá privado ningún rescatado, así haya muerto hace 6000 años, o después del cumplimiento de la obra de la cruz o viva en ese momento. Todos se encontrarán en ese momento y subirán juntos de la tierra al cielo, así como subió su Salvador. "Ya sea que velemos —en el cuerpo— o que durmamos —ausentes del cuerpo— vivamos juntamente con él" (1 Tesalonicenses 5: 10).

Quiera Dios que podamos, con corazones apegados a la persona del Señor, realizar lo que dice el apóstol Juan: "Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro" (I Juan 3:3).

Jesús, en ti reposo

Jesús, en ti reposo,
en el gozo de quien eres;
y descubro la grandeza
de tu corazón clemente.
A ti pides que yo mire,
tu hermosura es mi contento,
pues tu poder que transforma
es de mi alma el fundamento.

Jean Sophia Pigott, 1882

El Hogar



Tú, que das de tu alegría
hasta que rebosa la copa,
copa de la que bebe el peregrino,
cansado, para la sed saciar,
no cerca de mí, sino en mi alma,
alienta tu gozo divino;
Tú, oh Señor, has hecho tu morada
en este corazón.

“Cumplido está” Pensamientos sobre el Salmo 22 (Parte IV)

«La humillación profunda, la completa obediencia»
Este cuadro en el que contemplamos a Jesús como el objeto central del odio del hombre tiene una grandiosidad que nos supera. Él está allí, en la cruz, sin responder a las burlas, a los sarcasmos, a las injurias de todos, incluidas las de los malhechores que están a cada lado de él. Sin embargo, pese a todo lo que los hombres puedan infligirle, sus pensamientos no se apartan de su Padre, a quien se dirige. No tiene nada que decir a los hombres, sino que habla a su Dios con entera confianza.
Desde el versículo 12 hasta el versículo 18, el Señor expresa ante Dios sus sentimientos en la terrible situación en que se encuentra: alzado de la tierra, en medio de malvados; y la expresión de su angustia le lleva, en el versículo 19, a gritar a Jehová: "¡fortaleza mía, apresúrate para socorrerme!"
Parece que en estos versículos se distinguen dos categorías de malvados. En el versículo 12 se trata de muchos toros y fuertes toros de Basán. Entendemos que se refiere a todos aquellos que recibieron una autoridad, los jefes del pueblo, los gobernantes, quienes asistían a la crucifixión y se mofaban de Jesús con el pueblo (Lucas 23:35). En el versículo 16, la expresión "perros me han rodeado; una turba de malhechores me ha cercado" parece designar, junto con los soldados romanos, al populacho, a la multitud anónima. Todos ellos estaban de acuerdo para consumar su crimen.
Al propio tiempo que describen la actitud de estas dos clases sociales, estos versículos nos presentan dos diferentes clases de sufrimiento para el Señor. Está, en primer lugar, lo que Cristo experimentaba de parte de aquellos que demostraban su fuerza y autoridad contra él, mientras que el segundo grupo (v. 16 y siguientes) nos presenta más bien lo que él sufría porque se le miraba en su vergüenza (v. 17 y 18). Experimentaba, por un lado, los sufrimientos debidos a la dureza despiadada, a la crueldad de aquellos que se aprovechaban de su debilidad; por el otro -lo que quizá era aún más penoso para él- sentía profundamente los sufrimientos que le infligían esos perros, símbolo de los animales impuros, quienes le contemplaban sin la menor reserva moral, no haciendo más que gozar de su vergüenza. Ante el Señor, que aceptaba verse sometido a esas miradas durante su sufrimiento, ellos daban rienda suelta a todo su desenfreno moral.
Es bueno que pesemos esas dos clases de sufrimientos que el Señor experimentó allí de parte de los hombres, cuando, en contacto con toda esta violencia y toda esta ignominia, buscó el consuelo de Dios al decir: "¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?". El hombre aprovechó esa ocasión para mostrar toda su maldad contra alguien que se ofrecía -dicho con toda reverencia- como blanco perfecto a la violencia y a la corrupción del corazón humano.
Por lo demás, si bien encontramos dos clases de personas en torno a la cruz, en realidad ellas abarcan a todas: al pobre y al rico, al hombre culto y al rústico, todos los peldaños de la escala social están allí. Pero Dios no tiene tiempo que perder con esas apariencias de las cuales nosotros hacemos tanto caso, y el mismo hombre es tan pronto como un toro o un fuerte toro de Basán, tan pronto como un perro que se regocija con la vergüenza de otro. Ello nos cubre de confusión, con justa razón. No hay millones de hombres diferentes para Dios; hay dos hombres y sólo dos: el primer hombre y el segundo hombre. Ambos están aquí uno frente a otro. La verdadera historia del mundo la tenemos en esas horas de la cruz. Allí tenemos los rasgos definidos de lo que es el mundo, de lo que es el hombre. No es necesario leer todo lo que el hombre escribió para saber lo que es el primer hombre; en ello no encontraríamos nada más que lo que tenemos aquí, en la presencia de una luz moral perfecta. La realidad de la historia del mundo y del hombre está aquí, en esta escena inaudita en la que el hombre perfecto es moralmente pisoteado, insultado por esos perros que le contemplan y se burlan de él en su vergüenza, públicamente, como ninguno de nosotros podría soportarlo ni un instante. Es ése un cuadro permanente: el corazón abierto de Cristo y el corazón abierto del hombre, uno frente al otro. Y podemos también ver allí la grandeza insondable del corazón de Dios, quien, conociendo todo de antemano, dio a Aquel cuya perfección fue así manifestada, para salvación de una humanidad cuya maldad toda era, al mismo tiempo, absoluta y definitivamente demostrada. Todo lo que vemos allí es inefable; la eternidad no alcanzará a agotar la meditación de ello.
Hay aquí una incomparable belleza moral frente a una fealdad total. En las comparaciones que hace el Señor acerca de todos esos hombres se puede advertir el estilo divino que nunca cae en el realismo trivial o fuera de lugar de los hombres y que describe esta escena con una justeza de expresión ligada a una perfecta delicadeza. La actitud del Señor, caracterizada por una debilidad total, una completa falta de energía, está en absoluta oposición con aquella de los toros y los fuertes toros de Basán. Se ve morir hombres mientras se defienden, en tanto que Cristo manifiesta una entera aceptación del sufrimiento sin intentar la menor resistencia.
Otra manifestación de la sumisión del Señor consiste en que no se fija en las causas secundarias. Ve todo eso, habla de ello, pero declara: "tú me has puesto en el polvo de la muerte" (v. 15). ¿No había tomado de manos del Padre, en Getsemaní, la copa que ahora bebía?
Otro rasgo ante el cual es también preciso detenerse es que el Señor no levanta la cabeza en medio de esta vergüenza y de este dolor. Un hombre puede reaccionar por orgullo y aun desafiar a otros; es una actitud defensiva; pero Cristo no apela a ninguna defensa; acepta, confiesa y proclama públicamente la situación en la cual se halla. La perfección absoluta brilla allí; sometida a la más terrible prueba, ella triunfa. Él no es ayudado por nada ni por nadie. Todo y todos están contra él; los principados, Satanás y los demonios están también contra él. Está crucificado, doliente, aparentemente reducido a la impotencia y, sin embargo, en ese momento despojó a los principados y a las potestades y les sacó a vista en público, triunfando sobre ellos en la cruz (Colosenses 2: 15). Todos los esfuerzos de Satanás y del hombre -de quien Satanás se valió para impulsar al Señor a protegerse y sustraerse del sufrimiento- todos esos esfuerzos fueron vanos, de manera que el ejemplo del Señor, evidentemente, es único. No ha habido ningún dolor como el suyo; nada se le aproxima. Por un lado, en efecto, todos los otros dolores humanos son dolores de pecadores y, de hecho, ellos a menudo y en gran parte son merecidos. Por otro lado, no ha habido jamás ninguna aceptación del dolor tan perfecta como ésta. El Señor no es admirable porque sea un héroe que desafía a sus enemigos; él lo es porque se somete absolutamente. Es la puesta a prueba de su perfección, pues se trataba de ver si esta perfección sería más fuerte que todo el sufrimiento que le estaba preparado, y éste estaba en relación con el arreglo de toda la cuestión del bien y del mal. Este arreglo fue absoluto y fue hecho según Dios. El problema no puede volverse a plantear; Satanás lo sabe bien.
Si la cuestión de la confianza estaba terminada, igualmente lo estaba la de la perfecta sumisión. Sabemos, en efecto, que en ese momento el Enemigo se presentó: "¡Si Hijo eres de Dios, desciende de la cruz!". El diablo se servía de los hombres para tentar a Cristo: "¡Sálvate a ti mismo!". Sólo podemos prosternamos ante esta sumisión perfecta que muestra el amor del Señor hacia su Padre. Satanás, en ese momento decisivo, empleó todos sus medios; coaligó la totalidad de sus esfuerzos en una suprema tentativa por vencer la resistencia, la fidelidad del Señor. Todo lo que estaba en juego entonces en cuanto a la potencia del diablo es un hecho muy solemne, a propósito del cual la Escritura es particularmente sobria en detalles. Pero ¡qué premio debemos ahora vincular con la victoria de Cristo! El poder de Satanás está hoy destrozado, su derrota está consumada.
Lo que es en sí mismo el mal misterioso que penetró en el mundo, por qué Dios permitió que entrara y, antes de esto, cuál fue la caída de Satanás, no ha sido revelado. Pero sabemos que fue a causa del hombre, en el hombre y por el hombre que debía ocurrir el triunfo del bien sobre el mal. Dios fue manifestado y glorificado en el hombre. No lo fue en los ángeles. Éstos no tienen ni una nota que entonar en esta alabanza que no es su cántico. Se puede decir que Dios debe el despliegue de su gloria al hombre, es decir, a Cristo, a su venida a este mundo y a su muerte en la cruz para solucionar, en el transcurso de las tres horas sombrías, la espantosa cuestión del pecado. Al hombre Cristo Jesús le debe Dios la gloria que adquirió allí con la redención. Este triunfo del bien sobre el mal es algo infinitamente superior al mantenimiento de la inocencia. En él halló Dios la ocasión de revelarse. Si queremos saber lo que es Dios, lo encontraremos en la cruz; si queremos saber lo que nosotros somos, también en la cruz lo conoceremos, y es allí donde debemos volver siempre. La epístola a los Romanos nos da la razón espiritual de ello, pero aquí, en este Salmo 22, tenemos el hecho como en ninguna otra parte. El corazón del hombre de todos los tiempos, en su estado natural, se manifiesta allí, pero él es el mismo por doquier. La cuestión fue definitivamente solucionada por Cristo para Dios. Ella también debe ser solucionada como juicio interior en cada corazón. Su realización práctica en nosotros, sin duda, deja que desear, pero, al menos, estemos totalmente convencidos de que todo lo que somos en nuestro estado natural está manifestado y solucionado en la cruz. Damos un paso inmenso cuando llegamos a esta convicción.
Nuestro yo fue desenmascarado en la cruz. Mostró su verdadero rostro y fue condenado, de manera que los cristianos, instruidos por Dios, no tienen que hacerse más ilusiones. Todos los esfuerzos morales o materiales para embellecer al hombre son vanos; no constituyen más que una inútil tentativa para olvidar o para rechazar la fuerza de la verdad en el alma. Pero es una maravilla que Dios nos haya hecho conocer estas verdades definitivas; no tenemos ya que dudar sin cesar, buscando, como lo hacen todas las filosofías de] mundo, la puntada final de la verdad. Ella está perfectamente revelada; no tenemos más que sacar las conclusiones.
Las posibilidades del hombre fueron manifestadas: un completo abanico de todos los crímenes, de los cuales el que supera a todos es la muerte de Cristo. Su germen estaba ya en el acto de Caín. Dios no nos halaga; su amor nos instruye acerca de lo que debemos saber para nuestro bien sobre lo que somos y sobre lo que él es. El camino de la felicidad comienza allí.
Si las horas de la cruz duraran todavía, la escena no estaría más presente a los ojos de Dios de lo que lo está hoy. Para él, el mundo es siempre idéntico a sí mismo, tal como se manifestó durante las seis horas de la cruz. ¡Pero nosotros mismos lo olvidamos tan fácilmente! Alguien ha podido decir que, si fuéramos fieles, deberíamos conducimos como si la muerte de Cristo hubiese ocurrido ayer. Si conserváramos verdaderamente el sentimiento de que la escena de la cruz acaba de desarrollarse, ¡de qué manera nuestra vida entera estaría impregnada del valor del sacrificio ofrecido, del precio pagado por nuestro rescate, como así también de un horror hacia el mal, equivalente a lo que costó su abolición!
Todas estas cosas, todas estas escenas, todas estas verdades nos invitan, cuando estamos en torno a su Mesa, a recordar la muerte del Señor con felicidad, por cierto, pero también con qué gravedad, qué recogimiento, qué circunspección y... ¡qué silencios!