domingo, 5 de enero de 2014

"LOS QUE DUERMEN"

1 Tesalonicenses 4: 13-18
Por eso, en estas dos epístolas a los Tesalonicenses, todo gira en torno a ese hecho maravilloso: la venida del Señor. Sin embargo, en estos hermanos había una laguna acerca de la manera en la que ella tendría lugar y sobre la participación que en ella tendrían sus herma­nos fallecidos. Les faltaba conocimiento; pensaban que aquellos que habían partido se verían privados del privilegio de participar, como ellos, en la venida del Señor. Pero su mismo error era una prueba del apego que sus corazones sentían por esta venida. Nosotros seríamos hoy capaces de enseñársela como doctrina pero ellos nos enseñarían, de manera muy humillante para nosotros, cómo esta venida es y debe ser una realidad práctica para el corazón y el andar de los hijos de Dios. Lamentablemente, lo que el mundo puede decir de nosotros hoy en día es cómo hemos perdido de vista este acontecimiento para identificarnos con el mundo y sus negocios, sus comodidades, etc., como si formáramos parte de "los que moran sobre la tierra", a quienes les sobrevendrá "la hora de la prueba" (Apocalipsis 3: 10).

Servir a Dios y esperar a su Hijo
Cada capítulo de la primera epístola a los Tesalonicenses proporciona una prueba de que todo converge hacia este acontecimiento maravilloso. El primer capítulo establece, por así decirlo, el motivo y el objeto de la conversión, el cual es "servir al Dios vivo y verda­dero, y esperar de los cielos a su Hijo" (1:9-10). El capítulo segundo presenta la venida del Señor como una esperanza para los santos vivientes en la tierra, pero privados, por razones de distancia, de hacer una realidad las relaciones fraternales que sus corazones deseaban. Habla sobre todo de las relaciones entre los obreros del Señor y de los santos que son objeto de sus atenciones. Pablo se veía privado de ver a los tesalonicenses, como su corazón lo deseaba. Desde entonces él aguarda la venida del Señor, la que le reuniría para siempre con ellos y en la cual ellos serían su gozo y su corona. Ello prueba que Pablo y los tesalonicenses se encontrarían en compañía los unos de los otros (2: 17-20).
Los últimos versículos del capítulo 3 exhortan al amor y a la santidad, andar que apunta, al fin de cuentas, a la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos. En el capítulo 4, sobre el cual volveremos, la venida es presentada como el consuelo para el sufri­miento causado por la separación de aquellos que nos han dejado (4: 13-18).
Los versículos 8-10 del capítulo 5 presentan la venida del Señor como un estimulante de la vigilancia. Ellos muestran que Dios destinó a los santos a esperar indefectiblemente ese momento glorioso, así se hallen velando o durmiendo, presentes en el cuerpo o ausentes de él.
Por último, el versículo 23 expresa el deseo —y el versículo 24 la certeza— de que el propio Dios de paz nos santifique por completo y que nuestro espíritu, nuestra alma y nuestro cuerpo entero sean guardados irreprensibles para la venida de nuestro Señor Jesu­cristo.

EI arrebatamiento de todos los santos
En 1 Tesalonicenses 4: 13-18 que deseamos exa­minar con cierto detalle, el apóstol rectifica el error de los tesalonicenses acerca de aquellos que habían dor­mido. Les aclara este punto y luego habla, en los ver­sículos 15-18, de la revelación del arrebatamiento del cual participarán sin restricción todos los santos que duerman y todos los santos que vivan en ese momento glorioso.
Puede parecer extraño que el apóstol no aborde esta cuestión antes del versículo 13 del capítulo 4, pero él deseaba reconocer en primer lugar el apego que ello, sentían por el retorno del Señor, y daba gracias por ello. A continuación, él les abre gradualmente la inteligencia para corregir el error en que estaban. El último versículo del capítulo 3 ("en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos los santos") les daba ya motivo para reflexionar. Si es con todos sus santos —debían decirse— ¡aquellos a quienes lloramos no faltarán!
El alma y el cuerpo
Entonces el apóstol dice abiertamente: "Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen" (4: 13).
Detengámonos primeramente en estas palabras: "Los que duermen", y luego en las del versículo 14: "Traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él" (o por él). Ellos durmieron. Es un hecho, un acto que tuvo lugar en el momento en que sus almas fueron separadas de sus cuerpos. Ellos se han puesto a descansar, por así decirlo, en el seno de su Salvador y se han dormido en él, como al término de una jornada de fatiga se pone la cabeza sobre la almohada para dormir apaciblemente. Desde entonces duermen. Si dormirse es un acto, dor­mir es un estado en el cual uno entra al dormirse. Por eso, al pensar en aquellos que habían dormido, el após­tol les llama: "Los que duermen". Encontramos la misma expresión en el capítulo 5: 10: "Sea... que dur­mamos". En 1 Corintios 15: 51, el apóstol, al hablar del futuro, dice: "No todos dormiremos". No todos entraremos en ese sueño. La muerte es comparada a un sueño, pero —apresurémonos a decirlo— ello se refiere ni cuerpo solamente y no al espíritu. El estado del alma que es separada del cuerpo nada tiene que ver con ese estado de sueño. Jesús, en la cruz, dice al malhechor que pedía que se acordara de él cuando viniera en su reino: "De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lucas 23: 43). Y ello no implicaba que fuera allí a dormir. Pablo dice: "Sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor... y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor" (2 Corintios 5:6-8). Al hablar de sí mismo, Pablo dice además: "De ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor" (Filipenses 1: 23).
Así se expresa la Palabra para designar el biena­venturado estado de los rescatados que están junto al Señor, esperando la resurrección de vida. ¡No es cues­tión de dormir en el paraíso!
Es preciso destacar aún que, si bien es el alma del rescatado la que está con el Señor, mientras su cuerpo está acostado en el polvo, la Palabra siempre nos habla de él como de una persona, cualquiera sea la fase por la que él atraviese. El Señor no dice al malhechor: «Hoy tu alma estará con la mía». En cambio le dice: "Tú estarás conmigo en el paraíso". El apóstol no dice: « Nos gustaría más estar ausentes del cuerpo para que nuestra alma estuviese presente con el Señor», sino "quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor". En Filipenses 1: 23 no dice: «Teniendo deseo de partir para que mi alma esté con Cristo», sino para que esté allí yo, persona espiritual.
Esta manera de hablar se aplica también al cuerpo. El Salmo 16: 10, al hablar de Cristo, dice: "No dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción", lo que el Espíritu Santo, por medio del apóstol Pedro, traduce así: "...que él no hubiese de ser dejado entre los muertos, ni su cuerpo hubiese de ver corrupción" (Hechos 2:31, V.M.). El propio Señor dice: "Todos los que están en los sepulcros oirán su voz" (Juan 5: 28). Y también: "Nuestro amigo Lázaro duerme". Y además: "¿Dónde le pusisteis?" (Juan 11:11 y 34). Asimismo, en nuestro pasaje: "Los que duermen" (1 Tesalonicenses 4: 13). Esteban, lapidado por los judíos, dice: "Señor Jesús, recibe mi espíritu... Y habiendo dicho esto, (él) durmió" (Hechos 7: 59-60).
Esto nos lleva a las palabras que designan un estado: "Los que duermen".
La muerte tiene por efecto la separación de las dos partes que constituyen nuestra persona: el alma y el cuerpo. El espíritu está junto al Señor (hablo de los res­catados) y el cuerpo está en el sepulcro. Antes de partir, esta persona estaba viva, cuerpo y alma unidos. Ello lo encontramos en uno de los versículos de la referencia que encabeza estas páginas: "Nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor" y también en estas palabras dirigidas por el Señor a Marta: "Todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente" (Juan 11: 26).
La certeza de la resurrección
En la resurrección de vida, esta misma persona, cuyo cuerpo será resucitado en incorrupción, en gloria, en poder, cuerpo espiritual (1 Corintios 15:42-44), y haya sido revestida de la habitación celestial (2 Corin­tios 5:2), se encontrará de nuevo viva, cuerpo y alma reunidos. Por eso en numerosos pasajes vivir equivale a resucitar: "El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá" (Juan 11: 25). "Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resu­rrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivifica­dos" (1 Corintios 15: 21-22). Por último, en Apocalipsis 20 se dice de los mártires del tiempo futuro que partici­parán en el último acto de la primera resurrección: "Y vivieron y reinaron con Cristo mil años”; y, en cuanto a los malvados que resucitarán para ser juzgados: "Los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cum­plieron mil años". Pero de los creyentes se dice: "Esta es la primera resurrección. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años" (Apocalipsis 20: 4-6).
Estas expresiones muestran que una persona no es llamada viva más que cuando el alma y el cuerpo están unidos, sea antes de la muerte, sea después de la resu­rrección. En el estado intermedio entre la muerte y la resurrección, esta misma persona existe, teniendo pro­visionalmente su cuerpo en tierra y su alma junto al Señor, como dice el Eclesiastés: "Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio" (Eclesiastés 12:7).
Volvamos ahora a la frase: "Los que duermen". Es una figura que se aplica, como lo hemos visto, al cuerpo y no al alma, pero la cual, en el Nuevo Testamento, nunca es empleada más que para los rescatados. Figura preciosa, que se refiere al reposo que sigue al trabajo y la lucha aquí abajo, pero que también indica la certeza del despertar en resurrección. ¿Cómo hablar de la muerte de un hombre que un instante después podría resucitar? Además, en ese momento, aquel que parte cierra los ojos a todo el universo visible, como una per­sona que se duerme, y permanece en ese estado hasta el despertar. Sin embargo, hay cierta diferencia: en el sueño terrenal se pierde más o menos la conciencia de uno mismo, mientras que en el «dormir», el alma siem­pre activa vive junto a Cristo gozando las realidades invisibles, en el reposo, esperando lo que es muchísimo mejor y que no puede ser experimentado más que en el hombre completo, cuerpo y alma, a saber, la gloria y verle tal como Él es, hechos semejantes a Él.
Este estado de sueño interrumpe las comunicacio­nes entre aquellos que han partido y los que permane­cen. Sabemos que ellos están en la felicidad con el Señor, pero no podemos tener relaciones con ellos y pensamos con gozo en el momento en que ellas se rea­nudarán en resurrección.

La esperanza del creyente a través del duelo
Esta digresión nos lleva a los versículos 13-18 de 1 Tesalonicenses 4. El apóstol dice: "Tampoco quere­mos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duer­men, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza". Él no dice: «Para que no seáis entristecidos en absoluto». La aflicción del duelo es reconocida en la Palabra y la ruptura momentánea de las relaciones mutuas es cruel para el corazón. No se espera de un cristiano que tome el duelo a la manera de los estoicos. Pero, por otra parte, el apóstol no quería que los cristianos de Tesalónica se afligiesen a la manera de aquellos que no tienen esperanza. En efecto, ese sentimiento se expresa a menudo entre los incrédu­los mediante esta exclamación desesperada: «¡No te volveré a ver nunca!». Pero los hijos de Dios tienen la certeza de que esta separación no es más que momentá­nea y esta esperanza es un bálsamo precioso sobre la herida de sus corazones. "Por tanto, alentaos (o conso­laos) los unos a los otros con estas palabras" (v. 18).
"Creemos que Jesús murió y resucitó" (v. 14). Tal es la fe del cristiano en toda su sencillez y toda su ver­dad. Él cree, no sólo que su Salvador murió, sino tam­bién que resucitó: "El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación" (Romanos 4: 25). "Porque primeramente os he ense­ñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras" (1 Corintios 15: 3-4).

La venida del Señor en gloria
A continuación el apóstol saca, del hecho que Jesús murió y resucitó, la conclusión de que es imposible que los rescatados que pasaron por la muerte no sigan el mismo camino que su Salvador. Deberán, pues, resucitar. Aquellos que durmieron en Jesús no pueden faltar en el cortejo glorioso del Señor, cuando él vuelva a tomar todo en sus manos y a establecer su reino. El último versículo del capítulo 3 ya les decía: "En la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos".
Dios, quien resucitó a Jesús, no dejará de recoger con él a aquellos que hayan dormido en Jesús. ¿Cómo dejar atrás a los rescatados por quienes el acto de morir fue transformado en el de dormir en el seno de su Salvador? Notemos aun que el apóstol no podía decir: «Si creemos que Jesús durmió», pues nuestro adorable Salvador debió gustar la muerte, como juicio de Dios a causa de nuestros pecados, pero, al sufrirla, la anuló para sus rescatados, de manera que ellos pueden dor­mir en lugar de morir.
Es importante captar que el final del versículo 14 tiene relación con el retorno del Señor Jesús en gloria, acompañado por todos sus santos, y no con el arrebata­miento. Este versículo 14 respondía de una manera completa al error de los tesalonicenses acerca de sus hermanos que habían dormido. En adelante no estarían en la ignorancia al respecto; sabían que ninguno de ellos faltaría en el glorioso cortejo del Señor y que Dios les traería con Él. En los versículos 15-18, tenemos una revelación completamente nueva sobre lo que les acon­tecerá a todos los santos antes de su retorno en gloria con el Señor. Para ser traídos con él, es preciso que pre­viamente sean levantados a lo alto por él.

El Señor mismo descenderá del cielo
La revelación contenida en estos versículos sin duda alude a lo que los tesalonicenses habían temido acerca de sus muertos, pero ella les enseña que ellos mismos, al igual que aquéllos, antes serán levantados a lo alto, a la gloria. "Por lo cual os decimos esto en pala­bra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron". Ellos habían pensado que estos últimos permanecerían atrás; ahora saben que, por el contrario, los santos que durmieron les precederán. "Porque el Señor mismo con voz de mando (o de reu­nión), con voz de arcángel (o del arcángel, pues no hay más que un arcángel en la Palabra), y con trompeta de Dios, descenderá del cielo". Destaquemos primera­mente que el Señor en persona —y no uno de sus agen­tes— viene al encuentro de sus amados. Se dice de otra categoría de rescatados: "Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro" (Mateo 24:31). Es la congregación de los elegi­dos del pueblo de Israel en su país a la venida del Hijo del hombre. Pero, cuando se trata del arrebatamiento de los santos, estando su querida Iglesia en medio de ellos, viene Él mismo, tal como lo había dicho a sus discípulos: "(Yo) vendré otra vez, y (yo) os tomaré a mí mismo" (Juan 14:3). Cuando un amigo me anuncia la hora de su llegada a la estación, puedo enviar a otra persona por él, pero, si es mi esposa, voy yo mismo.
El Señor hará oír el grito de reunión, el arcángel transmitirá la voz de mando, sonará la trompeta y todos los santos partirán juntos. Sin embargo, diversos actos se suceden en ese momento glorioso: "Los muertos en Cristo resucitarán primero". En lugar de quedar demorados, precederán a los vivos, pues ellos habrán seguido el mismo camino que su Salvador, a través de la muerte, para alcanzar la resurrección, es preciso haber muerto en Cristo para participar de ella. Ellos saldrán de entre los muertos, dejándoles donde se encuentran hasta la resurrección de juicio. En ese momento, la gran mayoría de los santos, en estado de espíritus, estaban desde hacía tiempo con el Señor, pero es preciso aun que salgan de entre los muertos, como lo hizo su Salvador, y que, como Él, suban en persona de la tierra al cielo.
Queridos hijos de Dios que creen en el arrebata­miento de los santos, piensan equivocadamente que esta frase del versículo 14 ("traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él") tiene relación con su resurrec­ción. Creen que sus almas volverán con el Señor para reunirse con sus cuerpos salidos del polvo. Si el apóstol se hubiera detenido en el versículo 14, nadie podría tener tal pensamiento. El hecho es que, según el versí­culo 14, Él les traerá a continuación consigo mismo.
"Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire". El Señor des­ciende del cielo, pero no precisamente sobre la tierra; al descender, nos llama; todos juntos subimos a su encuentro, el que tendrá lugar en el aire. El lugar de la cita de los resucitados y los transmutados no es la tie­rra; ellos son raptados juntos, pero para ser reunidos con el Señor.

Los muertos en Cristo: 2 categorías
Puede ser útil recordar que "los muertos en Cristo" que serán resucitados incluyen a los justos del Antiguo Testamento que, desde Abel, han pasado por la muerte, al igual que aquellos que forman parte de la Iglesia. Hebreos 11:40 nos enseña que ellos nos espe­ran y no llegarán a la perfección sin nosotros. La per­fección es la resurrección de entre los muertos (Filipenses 3: 11-12). Los veinticuatro ancianos del Apocalipsis 4 y 5 representan a los santos del Antiguo y del Nuevo Testamento que serán arrebatados a la venida del Señor. Esos capítulos nos los presentan primeramente como un conjunto, pero, al celebrarse las bodas del Cordero (Apocalipsis 19), cada una de las dos clases que forman ese conjunto toma su respectivo lugar. La esposa del Cordero es la Iglesia, los bienaventurados convidados al banquete de bodas son aquellos que no han formado parte de ella. Desde entonces no se ve más a los veinticuatro ancianos.
"Y así estaremos siempre con el Señor". Una vez reunidos todos juntos con el Señor, nuestra dicha será completa; estaremos con él para siempre. Eso es sufi­ciente; la revelación termina allí sin hablar de todas las glorias que seguirán. "Alentaos (o consolaos) los unos a los otros con estas palabras".

En un abrir y cerrar de ojos
En 1 Corintios 15, el mismo apóstol, después de haber dado muchos detalles sobre la resurrección de los muertos en Cristo, agrega: "He aquí, os digo un miste­rio: No todos dormiremos; pero todos seremos trans­formados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados" (v. 51-52). No es necesario dormir para entrar en la gloria, sino que es preciso ser transformados. "Esperamos al Salvador, al Señor Jesu­cristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas" (Filipenses 3:20-21). Ese poder se ejercerá en los santos vivos para revestirlos de sus cuerpos gloriosos, sin que sus almas sean separadas de sus cuerpos ni por un instante. Lo que es mortal en ellos será absorbido por la vida. La muerte no será más el instrumento para liberarlos de lo que es mortal, sino que esto será absorbido por el poder de vida (2 Corin­tios 5: 4-5).
El apóstol dice: "A la final trompeta" (1 Corintios 15: 52). Esa será la última señal de la trompeta de Dios  de 1 Tesalonicenses 4: 16, la señal conocida en los ejér­citos para levantar campamento y no, como lo piensan algunos, la última de las siete trompetas del Apocalip­sis.
"Y los muertos serán resucitados incorruptibles". Aquí los detalles de la resurrección no se aplican más que a la de los rescatados; por eso no es necesario decir: "Los muertos en Cristo". Pero anteriormente el apóstol dice: "En un momento, en un abrir y cerrar de ojos". Esto es difícil de concebir, dada nuestra actual imperfección. Al considerar toda la sucesión de los hechos enunciados, nos es imposible pensar que ellos no se cumplan al menos en algunos minutos. El Señor desciende del cielo con tres cosas sucesivas: la "voz de mando", la "voz de arcángel", la "trompeta de Dios”; luego los muertos, precediendo a los vivos, resucitan primeramente, después los vivos son transmutados, y finalmente todos son raptados juntamente. Sin embargo, estas seis cosas sucesivas pasan "en un momento, en un abrir y cerrar de ojos”: el tiempo para hacer un guiño. Para los muertos, un guiño y serán resucitados en gloria con el Señor en compañía de todos los santos; para los vivos, un guiño —el instante previo: el trabajo, la fatiga, el sufrimiento— y el ins­tante posterior, teniendo apenas el tiempo de percatarse de ello, reunidos con todos los santos, junto al Señor, en la gloria.

Liberación completa y dicha eterna
¿Por qué, pues, nuestros corazones no brincan de gozo al pensar en ese momento maravilloso que será la respuesta final a tantos gritos, suspiros, necesidades y lágrimas, que comprenderá, al mismo tiempo, la com­pleta liberación de todo el actual orden de cosas y la completa introducción en todos los resultados gloriosos y eternos de la obra de nuestro amado Salvador? Momento bendito, en el cual habremos terminado indi­vidualmente con todo lo que se relaciona con nuestra presencia en un cuerpo de humillación, en un mundo de pecado, y donde incluso reanudaremos nuestras relaciones en Cristo —pero en la gloria— con nuestros seres queridos que hayan dormido. Momento maravi­lloso, en el cual saborearemos, en su conjunto y en todos sus detalles, la dicha eterna en la radiante presen­cia de nuestro Salvador, cuyos rasgos adorables vere­mos con ojos capaces de contemplarlos, pues seremos semejantes a él y le veremos como Él es. Si, ¡qué momento ése en el cual nuestro primer sentimiento será que él es para siempre!
De esa felicidad no se verá privado ningún resca­tado, así haya muerto hace 6000 años, o después del cumplimiento de la obra de la cruz o viva en ese momento. Todos se encontrarán en ese momento y subirán juntos de la tierra al cielo, así como subió su Salvador. "Ya sea que velemos —en el cuerpo— o que durmamos —ausentes del cuerpo— vivamos junta­mente con él" (1 Tesalonicenses 5: 10).

Quiera Dios que podamos, con corazones apega­dos a la persona del Señor, realizar lo que dice el após­tol Juan: "Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro" (I Juan 3:3).

Reflexiones

Los años comienzan a pasar más rápidamente de lo que pensamos. Ya  no se encuentra ese tiempo en que notábamos que los días eran más lentos y que todo sucedía en una calma normal: sentíamos que el año se demoraba trecientos sesenta y cinco días en pasar; y ahora sin darnos cuenta  estamos festejando el año nuevo.
No es que el tiempo esté más rápido o los días duren menos. Una hora en los tiempos de Adán es la misma hora de estos tiempos. Somos nosotros que hemos ido cambiando y acelerándonos. La sociedad está cada vez más rápida, quiere que todo sea en forma más expedita y pronta, quiere que todo se haga con rapidez extrema, porque sabe, de algún modo, que no posee mucho tiempo. Por eso pelean con el tiempo para tener más de él, demándenselo a sus conciudadanos, y así poder dedicar este excedente a sus necesidades particulares: arreglar un desperfecto en la casa, salir de paseo, vacaciones, fiestas, etc.; es decir, cumplir de ese modo algún sueño postergado.
El ser humano sabe que en cualquier momento su vida se acabará y ya no estará más en esta tierra. Algunos partirán en forma violenta, dolorosa, otros en cambio, en paz y tranquilamente, pero de cualquier forma quieren realizar logros. Pero estos logros, en muy pocos casos corresponden a llegar al conocimiento y obtención de la vida eterna que es por la obra del Señor Jesucristo en la cruz del calvario. ¡No! Estos logros son sólo ambiciones personales y egoístas.
Pero hay otros casos en que a pesar de ser el mismo tiempo en que nos desenvolvemos, nos encontramos que hay personas que no tienen tiempo para nada. Están hasta altas horas de la madrugada del día siguiente trabajando y acumulando stress, stress que en algún minuto nos pasará la cuenta y nos llevará a estar algunos días “descansando en el hospital por algún tiempo” o nos llevará a la sepultura en forma anticipada. Y lo peor de todo, es que se trabajó abundantemente en provecho de otros, que se enriquecieron a costa de nuestro extremo esfuerzo.
Al describir en los acápites anteriores  esas dos situaciones del tiempo, son sólo para dar referencia a dos hechos que vivimos como creyentes. El primero el de disponer tiempo y el segundo de la falta de tiempo. Estos dos hechos que son opuestos entre sí se dan más a menudo de lo que creemos. En el primero, al igual que los no creyentes, usamos el tiempo en actividades que son personales y familiares, lo cual es bueno y correcto, pero no dejamos el tiempo suficiente para las actividades que tienen que ver  con nuestro crecimiento espiritual. Por consiguiente pasamos a ser parte del segundo grupo, del que no tiene más tiempo que el necesario para sus actividades y vive escaso del mismo.
Por tanto, es importante, hermanos, el poder tener un espacio de tiempo necesario para tener comunión con el Señor por medio de la oración y estudio de Su Palabra, ya que estas dos actividades son una labor importantísima, porque sin este alimento espiritual no creceremos ni llegaremos a la medida de la estura de Cristo (Efesios 4:13). Además, ¿cómo conoceremos Su voluntad sin no leemos en su Palabra?
Surge una pregunta: ¿Cuánto tiempo le dedico al estudio?  La respuesta es depende. Es decir, cuando como mis alimento y me tomo el tiempo para hacerlo,  entonces se cuándo estoy saciado, y puede perfectamente haber pasado una hora. Del mismo modo, cuando nos sintamos saciados de estudiar, sabremos cuanto tiempo dedicarle al estudio de la Palabra y la oración.
La finalidad de  “Candelero Encendido” es que el creyente pueda crecer en el conocimiento de las Escrituras y del Señor por medio de escritos que nuestros hermanos han dejado, y que podamos edificarnos con ellos, construyendo un edificio sólido. Pero que quede establecido desde ya, que estos son sólo un aporte, el principal debe ser hecho con el estudio directo en las Escrituras; es una guía, pero la guía principal debe ser la que nos indique el Espíritu Santo. No basta que  leamos la Escritura como cualquier libro, sino como un Libro que está lleno de riquezas y que solo debemos escarbar un poco para encontrarlas; además debemos meditar en ella, porque es la única forma que Dios nos indique su voluntad.

domingo, 1 de diciembre de 2013

PENSAMIENTOS

La persona que demanda un mandamiento explícito para cada cosa, es una persona que no quiere un mandamiento; y porque piensa que no lo hay, pregunta: «¿Dónde está eso en la Biblia?» En cambio, aquel que tiene un corazón obediente, no exigirá un mandamiento, sino que siempre lo encuentra. Tal persona ve por todas las Escrituras directivas y razones de obediencia, pero el poder para ello radica en el Espíritu Santo que revela a Cristo.                                                     

PENSAMIENTOS

Hay una enorme diferencia moral entre una persona que trata los malos pensamientos como intrusos, y otra que los alberga como huéspedes; entre uno que sólo busca ahuyentarlos, y otro que les provee una amplia y amueblada residencia.                           


SOBRE TODA COSA GUARDADA, GUARDA TU CORAZÓN

Si algún consejo necesitamos todos en estos días, es éste de Salomón (Prov. 4:23). Pero en un sentido digo mal, por­que este consejo, creo yo, no es propia­mente de Salomón, sino de Dios. Dios le dijo antes estas palabras a Salomón, y él las dejó registradas en sus Proverbios dada la sabiduría del consejo.
Creo todavía más, que este consejo no fue un consejo personal a Salomón, sino que es el consejo universal de Dios a todos los hombres, en todos los tiem­pos y lugares. Creo que primero le fue dado a Adam, después a Eva, a Abel y Caín, a Abraham, a Moisés, a Saúl, a David, a Jonás. Unos lo siguieron, otros lo despreciaron. El que lo despreció, acarreó su ruina, como Caín, como Jo­nás, como Achab y Jezabel.
Debemos notar claramente que es­te consejo no dice: "Por sobre toda co­sa guardada guarda tu dinero, o tus jo­yas, o tu salud, o tu familia, o tu nego­cio, o tu honra", sino bien específica­mente dice: "guarda tu corazón", o sea, tu alma, pues es al alma que se hace fi­guradamente referencia cuando se usa en la Biblia la palabra corazón.
¡Cuán sabio y necesario es este con­sejo! ¡Cuánta gente hay que a todo presta atención, todo lo cuida, menos su alma!
Pero, ¿qué es el alma? ¿Qué es esto que tanto debemos cuidar? Pasando por alto la "falsa ciencia" y la "vana filo­sofía", para no enredarnos en terminolo­gías abstrusas que a nada conducen, di­remos que el alma es una creación divina de orden espiritual puesta en el hombre como centro de su vida moral y afectiva. Pero, como todo lo creado por Dios, es un compuesto. Así, diremos que el alma es: 1) energía, movimiento, actividad; 2) es emociones, sentimientos, o sea que en ella se originan; 3) es, por lo mismo, la fuente de los pensamientos y las ac­ciones humanas.
Cuando se nos dice, entonces: "Por sobre toda cosa guardada guarda tu al­ma", se nos está, en verdad, diciendo: "Por sobre toda cosa que debes guar­dar, guarda tus energías (las fuerzas vitales que de tu ser); tus movimientos, tu ac­tividad (lo que haces, dónde vas); tus emociones y sentimientos (lo que sientes por las cosas o personas que te rodean, tus actitudes y manifestaciones hacia ellas); tus pensamientos; y, finalmente, tus acciones.
¿Y por qué debemos guardar tan celosamente nuestra alma? En primer lugar, porque el alma —lo mismo que el cuerpo— se puede debilitar. En se­gundo lugar, porque el alma —lo mismo que un cuerpo debilitado— se puede en­fermar. En tercer lugar, porque el alma se puede corromper, como lo podemos comprobar con los hombres de perver­sos sentimientos a los que degeneran en el vicio. En cuarto lugar, porque el al­ma será castigada si no es cuidada: "el alma que pecare ésa morirá". En quinto lugar, porque, por otro lado, como dice el proverbio, "de ella emana la vida"; porque en ella radican todas las posibi­lidades de bien y felicidad; porque de ella misma depende la salvación del hombre.
Entonces, amigo, cuida tu alma. Cuídala amorosa y vigilantemente; de día como de noche; cuando estés solo como en medio de las gentes. Cuídala mucho en estos tiempos tan peligrosos, tan llenos de tentaciones, seducciones y engaños.
Cuídala, sí, cuídala mucho, para que no te conviertas en un criminal como Caín; en un necio que pierde su bendi­ción como Esaú; para que no padezcas temor y humillación como los hermanos de José; para que no te tornes desobe­diente como Saúl; para no caer en adul­terio como David; para que no te domi­ne la soberbia como a Nabucodonosor; para que no te des al vicio y al placer como Belsasar; para que no seas men­tiroso y ladrón como Ananías y Safira; ni amador del mundo como Demás; ni perverso como Alejandro el calderero; ni buscador de vanidades y preeminen­cias como Diótrefes; ni blasfemador co­mo Himeneo.
Cuídala, te digo otra vez, para que no vayas a parar a un manicomio, o a la cárcel, o prematuramente al cemen­terio. Para que no te conviertas en la vergüenza de los tuyos, y en la comidi­lla de tus vecinos. Cuídala, para que más tarde no tengas que lamentar nada, lle­no de desprecio y reproches para ti mis­mo, y no tenga que llegar el momento en que maldigas el día en que naciste.
Pero, yo te digo aún más: Cuídala para que llegues a ser un santo como Abraham, un valiente como Gedeón, un profeta de Dios como Isaías, un fiel tes­tigo como Pablo, un joven puro y enten­dido como Tito y Timoteo, un visiona­rio de las glorias eternas como el após­tol Juan. Cuídala, en fin, para que vivas recta y bellamente en este mundo, y he­redes el Reino en la Eternidad.
Sendas de Luz, Febrero-Marzo 1976

El Compañerismo entre los hermanos

En el Salmo 34:3 leemos, "engrandeced a Jehová conmigo y exaltemos a una su nombre". Y en el Salmo 133:1 dice: "Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía". En realidad, una de las experiencias más edificantes que cualquier persona puede te­ner, y yo agregaría que una de las más alegres y confortantes, es la de reunirse con otros, guia­dos por el Espíritu, en un sano compañerismo. En esta clase de compañerismo solamente se re­conoce lo que "ha dicho el Señor". Esta fue la clase de comunión que tuvieron los santos del primer siglo, cuando "perseveraban en la doc­trina de los apóstoles, en la comunión unos con otros" (Hechos 2:42).
      Sin embargo, no es muy común decir lo mismo respecto de los hermanos hoy en día. Pa­rece que es difícil lograr que un grupo de per­sonas disfruten juntas o se aguanten una hora escuchando acerca del Señor o cuatro o cinco horas estudiando versículos de la Biblia, y dis­frutando plenamente cada minuto.

La necesidad del compañerismo
El Señor mismo ha dicho "no es bueno que el hombre esté solo" (Génesis 2:18). Esto es más real en la vida espiritual que en la relación social y física, a lo cual se refería el versículo en un comienzo.
La mayoría de las personas religiosas que se reúnen con su grupo en el día del Señor parecen quedar contentos con eso para toda la semana. No se reúnen de nuevo hasta los ocho días, don­de se lleva a cabo el mismo servicio monótono. Por otro lado, el compañerismo de aquellos que realmente viven por el Espíritu, es a la vez una delicia y una necesidad, pues anhelan encontrar­se con los que también son vivos para Dios.
Es muy inspirador cuando en un grupo de creyentes se dialoga sobre verdades que también otros han descubierto o cuando se comparten respuestas a oraciones por la misericordia de Dios. En momentos como ese, todos los creyen­tes presentes le dan la gloria a Dios por su gracia y bondad para con sus hijos.

El secreto del compañerismo
Para disfrutar de esta clase de compañerismo se debe tener en cuenta una condición inexora­ble: todos los hermanos deben permanecer jun­tos por la gracia de la unidad espiritual, y amar y mantenerse en comunión personal con el Se­ñor. Este compañerismo lo disfrutan aquellos que han sido unidos a Cristo y que desean tener una mayor comunión con El eternamente, le­jos de la turbación y tribulación en la que ahora viven.
El compañerismo entre los cristianos les da, además, fortaleza. Hay tantas cosas en guerra contra el Espíritu. El alma se pone anémica has­ta que empieza a tambalear. El verdadero com­pañerismo le pone a salvo del decaimiento. Es difícil explicar la intimidad y alivio que nos proporciona el verdadero compañerismo.
Cuando alguien está decaído, se ayuda a le­vantar y mediante el poder del Señor ayudamos a que las cosas se mejoren para el hermano. Es difícil que un hermano se deje vencer por algu­na experiencia que otro ya ha pasado. En la ver­dadera comunión de los hermanos se puede ins­truir y orar por el que está deprimido.
            Les animo a formar un genuino compañe­rismo cristiano en su asamblea, donde todos demuestren amor a Cristo. Vea por usted mis­mo cómo llegan las bendiciones. Eso es cami­nar en los pasos del Salvador.

La esencia del compañerismo
En Génesis 6:9 se nos habla que "Noé, varón justo, era perfecto en sus generaciones; con Dios caminó Noé". Esto quiere decir que tuvo compañerismo con Dios, lo cual es la esencia para tener un verdadero compañerismo de hom­bre a hombre. Moisés tuvo compañerismo con Dios, así como lo tuvieron Enoc y Abraham antes que él. "Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero." (Éxodo 33:11).
            Esto es compañerismo espiritual, y es lo mismo que nosotros experimentamos a través del Señor Jesucristo mediante el Espíritu Santo.
            Nosotros también tenemos compañerismo con Cristo mismo. Leemos en Mateo 18:20 "porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". Cuando dijo esto, el Señor estaba en medio de sus discípulos, instruyéndolos y preparándolos para la obra que debían realizar en los días si­guientes. El les estaba diciendo que aunque no estaría con ellos físicamente, estaría presente en Espíritu cuando se reunieran en comunión para servirle. Su presencia se hace palpable en el compañerismo espiritual de hoy en día. Senti­mos su presencia y su dirección cuando nos congregamos. Pero es necesario que primero es­temos en comunión constante con El. Cristo mora en nuestros corazones por la fe (Efesios 3:17) y cena con nosotros y nosotros con El (Apocalipsis 3:20). Aquellos que habitan en el lugar secreto del Todopoderoso, están en cons­tante comunión con el Señor (Salmo 90:1; 91:1; Colosenses 3:3). Usted no puede morar con Dios si no tiene comunión con El. Hay una comunión continua entre el Señor y aquellos que viven por fe.
            Podemos entonces, decir con el salmista "compañero soy yo de todos los que te temen, y guardan tus mandamientos" (Salmo 119:63). Por esta razón los hijos de Dios desean estar en compañerismo con otros que tienen la misma fe. Realmente es una experiencia buena y agra­dable permanecer juntos en Cristo.

La condición del compañerismo
"¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?" dice Amos, el profeta (Amos 3:3). La respuesta es, por supuesto, no. Pueden ca­minar en proximidad física, pero estar en des­acuerdo espiritualmente. Cuando hay acuerdo en las cosas espirituales, según dice la Biblia, es cuando verdaderamente hay unidad y Cristo es­tará con ellos según El lo prometió. Sólo enton­ces ellos pueden "caminar juntos" en la "uni­dad del Espíritu" y en el "vínculo de la paz" (Efesios 4:3).
Veamos otro versículo: "los que temían a Je­hová", nos dice Malaquías, hablaron cada uno a su compañero; y Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre" (Malaquías 3:16).
Hermanos, no estamos perdiendo el tiempo cuando andamos en comunión espiritual unos con otros.
Ahora, permítanme amonestarles con las pa­labras de Pablo, "os ruego, pues hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que ha­bléis todos una misma cosa, y que no haya en­tre vosotros divisiones, sino que estéis perfecta­mente unidos, en una misma mente y en un mismo parecer" (1 Corintios 1:10). Las divisio­nes, los argumentos, son los medios de Satanás para robarles las bendiciones que vienen de la comunión. Dejen que reine el amor fraternal, y les aseguro que, estando de acuerdo, recibirán bendiciones del Señor.
      Sendas de Vida, Abril 1986, Volumen4, Nº3.

Doctrina - Preguntas

Preguntas acerca de la creación, los ángeles, el ángel de Jehová, Satanás y de los demonios.


El siguiente conjunto de preguntas tiene por finalidad darle al creyente la oportunidad de medirse para ver cuánto ha aprendido sobre esta doctrina. No es necesario que las responda de memoria, aunque sería lo ideal, todas las preguntas. Utilice como apoyo los diferentes capítulos presentados de esta doctrina.
I.          La  creación
1.      ¿Podemos acomodar la Escritura a lo que la ciencia  propone, porqué sus ideas contrasta con lo que en ella está escrito?
2.      ¿De qué modo la ciencia demuestra que lo que está escrito en la Biblia es cierto?
3.      ¿Es la Biblia un libro de ciencia? ¿Qué es lo que ella muestra?
4.      ¿Cuáles son las proposiciones que se deben tener al momento de estudiar la creación? Fundamente.
5.      ¿Dónde se describe la creación (en qué capítulo)?
6.      Describa brevemente los pasos que Dios efectuó para completar su creación
7.      ¿Quiénes  participaron en la creación y de qué modo?
8.      ¿Cuáles son los materiales que se usó para la creación?
9.      ¿Cuáles son los motivos por los cuales Dios creó todo lo existente?
10.  ¿Qué teorías hay que explican la creación sean estas cristianas o no?
11.  Que entiende por teoría de la brecha. ¿Piensa usted que es bíblica?
12.  Que piensa usted sobre los días que se menciona en Génesis 1. ¿Son días solares (tal como los conocemos actualmente) o son tiempos indeterminados?
II.       Los Ángeles
1.      ¿Qué entiende por el término “ángel” y a qué  actividades conocidas por nosotros se le puede comparar?
2.      ¿Qué espacio utilizan los ángeles para desplazarse?
3.      Qué tienen de común las palabras “Malak” y “Aggelos”.
4.      Aparte de representar a los seres espirituales,  ¿en qué otra actividad se usa?
5.      Indique que otros nombres se designan para hablar acerca de esos seres espirituales que conocemos como ángeles.
6.      ¿Cuál es la fuente que usamos para estudiar a los ángeles?
7.      En que libros de la Biblia se mencionan a los ángeles
8.      ¿Cuál es nuestra mayor autoridad para aceptar la existencia de los ángeles?
9.      Explique lo que sabe sobre la creación de los ángeles,
10.  ¿Cómo son en comparación al hombre los ángeles?
11.  Describa la naturaleza de los ángeles.
12.  Haga un resumen del carácter de los ángeles.
13.  ¿Por qué  se dice que los ángeles son personas?
14.  ¿Cuántos son los ángeles?
15.  ¿De qué manera se organizan?
16.  ¿Cómo se clasifican?
17.  ¿Qué es un Arcángel?
18.  Los seres vivientes descritos por Juan y Ezequiel ¿son iguales? Fundamente su respuesta.
19.  Qué otra clasificación encontramos en la Escritura sobre los ángeles
20.  Mencione  los nombres de los ángeles que se encuentran en la Escritura y haga una reseña de los nombres
21.  ¿Dónde se encuentra la morada de los ángeles escogidos?
22.  Hable sobre el ministerio de los ángeles en relación a:
a.       Dios
b.      Señor Jesucristo
c.       Segunda Venida
d.      La Iglesia
e.       Las Naciones
f.        Los injustos
III.    El Ángel de Jehová
1.      Según su opinión, ¿por qué es importante el estudio de esta doctrina?
2.      Mencione y comente algunos pasajes en que aparece este Ángel.
3.      Indique las características de este Ángel que lo hace distinto a los otros.
4.      Detalle sus ministerios
5.      ¿Por qué se identifica con el Señor Jesucristo este Ángel?
6.      ¿Qué es una Cristofanía?
IV.     Satanás
1.      ¿Cómo podemos saber que Satanás existe?
2.      Mencione pasajes del Antiguo Testamento en el que se menciona a este personaje
3.      Mencione pasajes del nuevo testamento en que aparece este ser.
4.      ¿Cuál es la prueba fundamental de la existencia de Satanás?
5.      Describa a la persona de Satanás
6.      Que característica lingüística identifica a Satanás como una persona.
7.      ¿Qué relación tiene la responsabilidad moral con Satanás?
8.      Describa los tres aspectos de la naturaleza de Satanás
9.      Que significa el nombre de Satanás
10.  Que significa el nombre Diablo
11.  Quien es Lucero
12.   Mencione otros nombres
13.  Describa los títulos con que se le conoce.
14.  En la Biblia encontramos algunas representaciones acerca de él, como el de “ángel de luz”, mencione otros
15.  Describa a creación de Lucero.
16.  ¿Cómo se produjo la rebelión de Satanás?
17.  ¿Cuáles fueron las consecuencias de la caída de Satanás?
18.  El carácter es lo que clasifica a un ser como personas. En Satanás indique características de su carácter
19.   Indique la posición de Satanás  a su dignidad, Dominio,  Territorios y Límites de acción.
20.  En relación a su obra, ¿qué puede decir con respecto a:
a.       la obra redentora del Señor Jesucristo
b.      la naciones
c.       los incrédulos
d.      al creyente?
21.  Siguiendo la idea de la pregunta anterior, realice un análisis como actúa contra la obra de Dios.
22.  Identifique los Juicios que Satanás ha tenido
23.  Indique el destino que Satanás tendrá

V.        Los Demonios
1.      Mencione algunas teorías sobre el origen de los demonios
2.      Indique lo se entiende a la luz de la Escritura sobre el origen de los demonios.
3.      ¿Qué son los demonios?
4.      ¿Cuántos grupos de demonios existen?
5.      ¿Por qué motivo los demonios encarcelados en el Tártaro están ahí?
6.      Indique las características de estos espíritus
7.      ¿Cómo se le nombra en la Biblia?
8.      ¿Cuál es la cantidad de ellos?
9.      Indique las actividades de ellos en relación a:
a.       el hombre
b.      Cristo
c.       Dios
¿Cuál es el destino final de ellos?