domingo, 28 de agosto de 2011

Doctrina Acerca de la Biblia


2. Teología Propia

La existencia de Dios.

Introducción.
           

            Todo ser humano tiene un padre y todos venimos de uno. Nadie se escapa de esta realidad. El sólo hecho de negar que tengamos uno, es negar nuestra propia existencia. Podemos no conocerlo, podemos estar disgustados con él,  pero sabemos que lo tenemos, que está en algún lugar. Por más que lo neguemos, tenemos un padre y que este existe, pues no somos producto del azar o de alguna teoría revolucionaria, o de alguna investigación científica.          
            La Biblia da por hecho la existencia de Dios, y  no busca probarla. Y esto queda claramente expresado en Génesis 1:1: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Dios estaba presente al momento de la creación y por su sola voluntad hizo todo lo que existe: los Cielos y la Tierra. No necesitamos demostrar a nadie que Dios existe. Quién exija prueba, le basta mirar alrededor nuestro para darse cuenta de que Él existe: Toda la creación habla de Él.
            Si nos miramos al espejo, vemos a nuestros padres, ya heredamos características propias de ellos: sus gestos, sus modos de andar, el habla, etc.  El  mundo necesita que le prueben constantemente que Dios existe, pero deben mirarse al espejo para darse cuenta que tienen en su ser características propias de su Padre celestial, y por lo mismo procura escapar de ese espejo, que revela no sólo esas características heredadas, sino el estado deplorable en que se ha convertido, a consecuencia de los vicios nocivos del pecado.
            La existencia de Dios es presentada en la Biblia como un axioma, de modo que no existe la necesidad de presentar ninguna prueba. De hecho, es el hombre el que ha negado en forma sistemática la existencia de Dios; y Dios mismo dejó expresamente escrito en su Palabra lo que Él piensa del hombre que está en esta postura: simplemente le llama necio (Salmo 14:1). Y en contraste  con el pensamiento del hombre (que Dios es un ser creado por el hombre para satisfacer una necesidad interior), Dios es el que existe en si mismo (Éxodo 3:14)  y el origen de toda vida (Juan 5:26).
            El ateísmo es la doctrina del hombre quiere poder explicar todas las cosa y racionalizarlas; dice que no existe Dios porque no puede  demostrárselo a si mismo. Buscan desesperadamente explicaciones en la ciencia, y esperan que ella demuestre que están en la razón de no creer. Buscan desesperadamente de conocimiento para llenar el inmenso vacío que deja la falta de Dios en sus corazones. La ciencia no puede dar respuestas a todas las preguntas que el hombre se hace: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? Porque estas preguntas provienen de lo más profundo del ser humano, y atentan con todo lo racional que es el hombre y su doctrina “científica”.
            Los que argumentan que Dios no existe y que no puede ser demostrado a través del razonamiento de la ciencia, no han tenido en cuenta que “el hecho de que  fuesen algunos ciegos, cojos, mudos y sordos, tampoco probaría que es errónea la afirmación de que el hombre es una criatura que ve, oye, habla y camina”. Ó que en algunas naciones no se conozca las tablas de multiplicar, no se echa por tierra la aritmética.
            Si este hombre que busca explicaciones para todas las cosas, no entiende que la misma ciencia habla de Dios. Pero aun con las abrumadoras pruebas que ellos mismos han expuesto, ni aun así quieren creer en un Creador y prefieren, en forma de abierta rebeldía, entender que todo es producto del azar y que todo tiene un razonamiento que explica los fenómenos de la naturaleza. Pero a pesar de estos razonamientos, se puede afirmar que la ciencia misma demuestra que Dios Existe: por ejemplo, que los números nos hablan de Dios a través de las leyes de naturaleza. Un afamado ateo (Anthony Flew), ícono y seguido por muchos, ha admitido que la prueba científica señala la existencia de Dios, a través de la  investigación biológica, donde los últimos descubrimientos de esta especialidad "ha mostrado, por la complejidad casi increíble de los acomodamientos que son necesarios para producir (la vida), que una inteligencia debió estar envuelta".
            Las escrituras reconocen que el hombre conoce la existencia de Dios de alguna manera (Romanos 1:18-20). Por lo tanto, aunque profesando un racionalismo y una mayor inteligencia que sus padres, en vez de buscar a Dios “se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido” (Romanos 1:21). De modo que al demostrar que son más sabios al negar la existencia de Dios o de cambiarlo por otras formas (humanas, aves, animales y reptiles),  se hicieron más necios (cf. Romanos 1:22-23).
           
Argumentos que demuestran la existencia de Dios.
            Dada la degeneración moral, el hombre se oculta de Dios (Gen 3:8), y lo niega. Es como un ciego, que porque no ve nada y está sumido en una oscuridad,  negase que la luz exista, porque simplemente no la ve. En su incredulidad, tal vez exigirá que se le demuestre que Él existe. ¿Cómo se demuestra que la luz existe? Dios no necesita ser demostrado. Dios es como La belleza puede mostrarse pero no probarse.
            Lo que queremos dar a entender, al hablar de la prueba de la existencia de Dios, es sencillamente que existen hechos necesarios en el pensamiento, lo que nos elevan de los finito a lo infinito, de lo causado a lo que no tiene causa, de lo contingente a lo necesario, del interior al exterior del ser, de la razón que  supone la estructura de nuestro universo, a una razón universal y eterna que es la base de todo, de la moralidad de la conciencia un Legislador y Juez moral. Las pruebas teóricas a este respecto forman una unidad inseparable.
            Un destacado estudioso dijo: “La religión no es el resultado de las pruebas de la existencia de Dios, ni será destruida porque éstas sean insuficientes en la mente de algunos. La religión existió antes de todo argumento. En realidad la hermosura de la religión está en que impele a buscar toda confirmación posible de la realidad de Dios.”
            La siguiente lista de argumentos que se muestra, tiene por objeto, de alguna manera, demostrar la existencia de Dios:
a)     La Humanidad siempre ha creído en un ser supremo
b)     Argumentos cosmológico: Causa – Efecto
c)     Argumento Teleológico: Designio
d)     Argumento Ontológico: Ser
e)     Argumento Antropológico: Moral
f)      Argumento de Congruencia
g)     La Biblia

a)      La Humanidad siempre ha creído en un ser supremo
            En todas las culturas, ya sea desde las más conocidas se ha evidenciado que el hombre cree  en la existencia de un ser o seres superiores para con los que tiene responsabilidad moral, en honor de los cuales tiene que hacer algo para obtener su propiciación o para obtener favores de ellos. Es evidente que hasta las culturas mas primitivas (medidas del punto de vista de nuestro conocimiento) tiene el conocimiento de “Dios”, de hecho,  se pensaba que las tribus del interior del áfrica no tenían noción acerca de Dios, pero Livingstone los estudió cuidadosamente y concluyó que si tenían noción de Dios. Entonces, ¿de dónde procede esta creencia Universal en la existencia de Dios?
            Podemos concluir, que Esta creencia a cerca de Dios NO procede de causas externas como la razón, la tradición y las escrituras. ¿Por qué?
·         La razón. Porqué las personas no se han tomado el tiempo  de razonar. Porqué otros que han razonado, han negado abiertamente a Dios o lo han aceptado. Porque la creencia no es el resultado de los argumentos de lógica, o de lo contrario la Biblia estaría llena de pruebas.
·         Tradición. Porqué la tradición no puede perpetuar más que lo que ya ha tenido principio. En otras palabras,  se convierte en tradición sólo aquello que hemos iniciado en algún punto de nuestra historia, aquello que es eterno no cabe en esta definición.
·         Escrituras. Porqué Si el hombre no tiene algún conocimiento de Dios, la misma escritura no tendría ningún significado (autoridad) para el hombre. Además la idea de la escritura como revelación presupone la creencia en un Dios que pueda hacerla. En conclusión, la Revelación necesariamente supone la existencia de Dios.
            Todos los hombres en todas partes cree en la existencia de un ser supremo, o seres, para con los que tienen responsabilidad Moral, y esta misma  afirmación es un argumento muy fuerte a favor de esta verdad. Un efecto tan universal debe por necesidad tener una causa universal, de lo contrario nos encontraríamos  con un efecto al que no podríamos asignar causa alguna. Por consiguiente, son los que niegan la existencia de Dios los que están en la obligación de buscar una prueba.
            Los hallazgos arqueológicos han sacado a la luz la religiosidad del hombre desde tiempos arcaicos, siendo los ídolos encontrados, sólo una prueba de que el hombre siempre ha adorado a alguien o a algo como ser supremo, y que estas imágenes fueron el pálido reflejo de imitar la adoración al verdadero Dios.
            Las religiones idolátricas son una mala copia de la verdadera fe. Siempre el enemigo ha imitado al verdadero Dios, y al crear religiones está imitando al verdadero Dios.  Cuando Israel se separó de Judá bajo el reinado de Roboam bajo la guía de Jeroboam, y éste temiendo que el pueblo que estaba bajo su mando volviese a juntarse a Judá, instituyó una nueva religión, reemplazando la adoración a Jehová por la de ídolos, suplantando incluso las fechas festivas que Dios le había dado en ordenanzas a su pueblo (cf. 1 Reyes 12: 25-33).  
            A modo de conclusión, usaremos las palabras de un  creyente que dijo: “El hombre es religioso simplemente porque está constituido de tal manera que para él ser religioso es lo natural, y ser irreligioso o no religioso es antinatural”. Y el que intente alegar lo contrario, simplemente tendrá de buscar la forma de demostrarlo, pero contestando al mismo tiempo todas las interrogantes que se responden con la existencia de un ser Supremo.
Continuará.

La Biblia - Resumen de Sus 66 Libros


Oseas

"¡Vuelve, oh Israel, a Jehová tu Dios, porque has caído por tu iniquidad! ¡Tomad con vosotros palabras, y volveos a Jehová! decidle: ¡Quita toda nuestra iniquidad, y acéptanos bondadosamente; así te tributaremos los sacrificios de nuestros labios!" Oseas 14: 1,2


Oseas ("Dios es salvación") es nuevamente una profecía temprana, entregada durante los reinados de varios reyes de Judá, finalizando con Ezequías. Su primer capítulo es un breve repaso de los tratos de Dios con Judá e Israel (Israel es llamado también "Efraín" en este libro, porque fue esta tribu la que condujo Israel en la rebelión).
Dios señala, en primer lugar, la infidelidad sucesiva de cada uno, y que ellos habían sido reducidos al mismo nivel de los Gentiles ‑'no pueblo mío'‑, con todo, Él afirma Su gracia soberana al restaurarlos como "hijos del Dios viviente." Tanto Judá como Israel serán unidos otra vez bajo una Cabeza.
Luego la parte principal del libro se ocupa principalmente con Israel (o Efraín). Esto consiste en una exposición vigorosa y mordaz de la degradada corrupción de las diez tribus, mientras que Judá solamente es mencionado incidentalmente.
El último capítulo, sin embargo, muestra maravillosamente a Dios como el recurso y el remedio para la arruinada condición de Efraín ‑ Dios, de hecho, como en la bendita Persona de Su Hijo, aunque esto está medidamente velado, y no tan claramente declarado como en el Nuevo Testamento. El capítulo también llama tiernamente a Efraín a regresar al Señor Dios, un llamado que produce preciosos resultados.
Cuán necesario es este libro, no solamente para advertir contra un corazón que vaga, sino para mostrar como reponerse de ello.

 

Joel.

“Jehová dará su orden delante de su ejército; porque muy grande es su campamento; fuerte es el que ejecuta su orden; porque grande es el día de Jehová, y muy terrible; ¿quién podrá soportarlo?” (Joel 2:11).



Joel («Jehová es Dios») no da ninguna indicación de la época de su profecía. El tema es “el día de Jehová” (1:15) con sus grandes y espantosos juicios. Una devastadora invasión de insectos había provocado el hambre en Israel, y Joel utiliza esto como una ilustración patente de la invasión de Israel en los últimos días por el Rey del norte y sus ejércitos. Aunque orgullosos, fieros e impíos, esos ejércitos son, a pesar de todo, el medio empleado por Dios para castigar a su pueblo Israel. Cubrirán la tierra como una multitud de insectos parásitos, pero al final forzarán a Israel a doblar las rodillas ante Dios. Y cuando Israel haya confesado su pecado, el Señor mismo juzgará severamente a estas naciones gentiles, y liberará a los afligidos de Judá e Israel.
Los prodigios y maravillas mencionados (2:30-31) ocurrirán antes de que venga el día de Jehová. Se trata de los primeros tres años y medio de la “semana” de Daniel, antes de la “gran tribulación” que comienza en la mitad de esta semana de siete años. El derramamiento del Espíritu de Dios, mencionado en los versículos anteriores (v. 28-29) ocurre “después”, es decir, en la época de bendición del milenio. La cita que hace Pedro a este respecto (Hechos 2:18-21) no sugiere que esto se cumpliera plenamente en aquel tiempo; hace simplemente una aplicación para la presente época.
El libro de Joel ilustra la solemne advertencia de que aquellos que siembran vientos, recogen tempestades.



Amós

"En aquel día yo levantaré el tabernáculo caído de David, y cerraré sus portillos y levantaré sus ruinas, y lo edificaré como en el tiempo pasado." Amós 9:11


Amos (que significa "carga" o "cargador") recibió esta profecía en los días de Uzías, quien reinó en Judá en el tiempo que Jeroboam II reinaba en Israel, y "dos años antes del terremoto", que evidentemente dejó una gran impresión. Probablemente la profecía fue conocida antes de que sobreviniese el terremoto, de modo que cuando  sucedió, esto le daría una seria importancia a la profecía.
Este libro es impresionante por su ordenada y deliberada condenación del mal, especialmente en Israel, y los resultantes juicios moderados de Dios. El mal es expuesto de manera calmada y judicial, más bien que en ardiente ira; y el castigo de Dios se ajusta perfectamente a la culpabilidad.
En primer lugar, varias naciones son convocadas, por decirlo así, para el juicio; los sirios, los Filisteos, Tiro, Amón, Moab, y Edom. Pero si Dios debe, en justicia, juzgar a las naciones, entonces Judá e Israel también deben ser traídas ante Su trono, y juicio debe ser repartido en verdad e imparcialidad perfectas. Con todo, la profecía, en común con toda la profecía, finaliza con la victoria de Dios sobre el mal, y la eventual restauración de Judá e Israel por medio del poder y la gracia de Dios.
El libro, entonces, es excelente para mostrarnos que Dios debe juzgar tan serena y decididamente nuestros propios caminos así como el camino de otros, mientras Él, aún en gracia, se deleita en restaurar.

 

Abdías

"Si te remontares como águila, y aunque entre las estrellas pusieres tu nido, de ahí te derribaré, dice Jehová." Abdías 4




Abdías ("Siervo de Jehová") escribe el libro más corto del Antiguo Testamento; y profetiza enteramente contra Edom. Esta es, desde luego, la familia de Esaú, el hermano de Jacob. Su odio y violencia contra Israel eran el terrible resultado del orgullo y la justicia propia, que no podían soportar que su hermano recibiese bendiciones de Dios.
Notemos que Dios no solamente toma en cuenta su flagrante maldad externa, sino los motivos secretos del corazón: "¡Cómo fueron escudriñadas las cosas de Esaú! sus cosas escondidas fueron buscadas." (vers. 6 - VM).
Su deleite en el sufrimiento de Israel es severamente denunciado, y el sacar ventaja de las desgracias de Israel para fortalecerse ellos mismos. El resultado de todo esto es el terrible juicio de Dios.
Edom es realmente el mismo nombre Adán, pero algo disfrazado. Por consiguiente, la nación está en la carne, y "los que viven según la carne no pueden agradar a Dios." La carne puede aparecer en varias formas plausibles, agradables a los sentidos naturales, y apelando a las mentes racionalistas de los hombres. Actualmente, el fuerte movimiento humanista es un marcado ejemplo de esta pretensión orgullosa, vacía, carnal, que caerá bajo el impresionante juicio de Dios, mientras el despreciado pueblo de Dios será liberado.
El libro de Abdías, entonces, nos conducirá a que juzguemos muy seriamente nuestros caminos y los secretos pensamientos y sentimientos de nuestros corazones

El Verdadero Discipulado





Apenas se puede leer el Nuevo Testamen­to sin notar que la figura de la guerra se usa a menudo para describir el programa de Cristo en la tierra. Hay una gran distancia entre el verdadero cristianismo y el entretenimiento burdo que llaman cristianismo en el día de hoy. No debe confundirse con la vida lujosa y la búsqueda del placer que son tan comunes actualmente. En vez de eso, se trata de una guerra a muerte, de un incesante conflicto con las fuerzas infernales. El discípulo que no ha comprendido que la guerra ha comenzado y que no puede volverse, no vale un grano de sal.
En la guerra debe haber unidad. No hay lugar para riñas, celos partidistas o para lealta­des divididas. Ninguna casa dividida contra sí misma puede prevalecer. Por lo tanto los sol­dados de Cristo deben ser unidos. El camino hacia la unidad pasa por la humildad. Esto lo enseña claramente Filipenses capítulo 2. Es imposible tener una rencilla con un hombre verdaderamente humilde. Se necesita dos per­sonas para que haya pelea. Sólo por orgullo viene la contención. Donde no hay orgullo no hay lugar para una disputa.
La guerra exige una vida austera y sacrifi­cial. En guerras de cualquier dimensión hay invariablemente un vasto sistema de raciona­miento. Ya es tiempo que los cristianos nos de­mos cuenta de que estamos en guerra y que los gastos deben ser suprimidos para que el máximo posible de nuestros recursos puedan ser invertidos en la lucha.
No muchos ven esto claramente como el joven discípulo llamado R.M. En 1960 era el presidente de los estudiantes de primer año de una Escuela Cristiana de enseñanza superior. Durante su mandato se propuso hacer un pre­supuesto, de los desembolsos de dinero para las acostumbradas fiestas, trajes y regalos de la clase. En vez de aprobar tales gastos que no contribuían directamente a la propagación del Evangelio, R.M. renunció a su cargo de presi­dente. El día en que anunció su renuncia cir­culó la siguiente carta entre sus compañeros de clase:

Estimados compañeros:
Como la cuestión de las fiestas, trajes y regalos ha sido presentada a la directiva para consideración, yo, como presidente de la clase he considerado la actitud del cristiano hacia tales asuntos:
Pienso que hallaríamos el mayor gozo en darnos nosotros mismos, nuestro dinero y nuestro tiempo enteramente a Cristo y a los demás, probando así la realidad de sus pala­bras: "El que pierde su vida por mi causa la hallará".
Que los cristianos gasten su dinero y su tiempo en cosas que no son un testimonio de­finido al inconverso o para la edificación de los hijos de Dios parece contradictorio al con­siderar que 7.000 personas mueren diaria­mente de hambre y que más de la mitad del mundo jamás ha oído acerca de la única espe­ranza del hombre.
Mucha más gloria daríamos a Dios ayu­dando a llevar el Evangelio al otro 60 por ciento del mundo que jamás han oído de Jesucristo o aún en nuestro propio vecindario que reuniéndonos en un club, limitando nues­tro roce social a aquellos que piensan como nosotros y gastando el dinero y el tiempo en nuestro propio placer.
Como estoy al tanto de las necesidades específicas y de oportunidades para usar el dinero con gran ventaja para la gloria de Dios y para ayudar a mi prójimo y en tierras lejanas me es imposible permitir que los fondos de la clase sean gastados innecesariamente en noso­tros mismos. Si yo fuera uno de aquellos que tienen esa necesidad tan grande como sé de muchos que la tienen, yo querría que los que tienen la posibilidad hicieran lo que pudieran para darme a conocer el Evangelio y para ayudarme en mis necesidades materiales.
"Como quisiereis que los hombres hagan con vosotros, así haced vosotros con ellos". "Y si alguno tuviere bienes de este mundo y viere a su hermano padecer necesidad, y cierra su corazón ¿cómo está el amor de Dios en él?
Por tanto, con amor y oración y para que ustedes puedan ver a Cristo dándolo todo (2 Cor. 8:9), presento mi renuncia al cargo de presidente de la clase '63.
Vuestro en Él, R.M.

La guerra exige sufrimiento. Si los jóve­nes de hoy están dispuestos a dar su vida por su país, cuanto más los cristianos deberían estar dispuestos a perder su vida por amor a Cristo y el Evangelio. Una fe que no cuesta nada no sirve para nada. Si el Señor Jesús significa algo para nosotros, él debería ser nuestro todo, y ninguna consideración acerca de seguridad personal o de prevención del su­frimiento nos de-tendría en nuestro servicio a El.
Cuando el Apóstol Pablo defendió su apostolado de los ataques de sus críticos de alma egoísta, no señaló su genealogía, ni su educación ni sus conquistas materiales. En vez de eso, enumeró sus sufrimientos por la causa del Señor Jesucristo (2 Cor. 11: 23-28).
Al presentar su noble desafío a Timoteo le exige: "Tu, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo" (2 Timoteo 2:3).
La guerra implica obediencia inmediata. Un verdadero soldado seguirá las instrucciones superiores sin preguntar y sin demorar. Es absurdo pensar que Cristo podría quedar satis­fecho con algo menos. Como Creador y Redentor, tiene todo el derecho de esperar de los que le siguen a la batalla una obediencia pronta y completa a sus órdenes.
La guerra exige pericia en el uso de las armas. Las armas del cristiano son la oración y la Palabra de Dios. Debe entregarse a la oración ferviente, fiel, y perseverante. Solamente así pueden ser derribadas las for­talezas del enemigo. También debe ser exper­to en el uso de la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios. El enemigo hará todo lo posible para hacerlo soltar la espada. Sugerirá dudas acerca de la inspiración de la Palabra de Dios, indicará supuestas contradicciones. Pre­sentará argumentos opuestos de la ciencia, la filosofía y la tradición humana. Pero el solda­do de Cristo debe estar bien firme probando la efectividad de su arma por el uso de ella a tiempo y fuera de tiempo.
Las armas guerreras del cristiano parecen ridículas al hombre del mundo. El plan que fue efectivo en Jericó podría ser ridiculizado por los jefes militares de hoy. El ejército insignificante de Gedeón podría evocar sola­mente el ridículo. Y ¿qué diremos de la hon­da de David, el aguijón para los bueyes de Samgar, y del miserable ejército de necios que Dios ha tenido a través de los siglos? La mente espiritual sabe que Dios no está de lado de los grandes batallones, sino que le place escoger lo pobre y lo débil y lo des­preciado de este mundo para glorificarse en ellos.
La guerra exige el conocimiento del enemigo y de sus tácticas. Es igual en la gue­rra cristiana. "Porque no tenemos lucha con­tra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celes­tes" (Efesios 6:12). Sabemos que Satanás mismo se disfraza como ángel de luz. Por tanto no es de extrañarse que sus ministros se disfracen de ministros de justicia, cuyo fin será conforme a sus obras (2 Corintios 11: 14-15). Un soldado cristiano bien prepara­do sabe que la oposición más amarga no vendrá del borracho, ni del ladrón vulgar, ni de la ramera sino más bien de los minis­tros de la religión profesante. Fueron los líderes religiosos los que persiguieron la iglesia primitiva. Pablo recibió los peores ataques de manos de quienes profesaban ser siervos de Dios. Y así ha sido a través de los años. Los ministros de Satanás se transforman en ministros de justicia. Hablan len-guaje religioso usan ropas religiosas, y actúan con delicada piedad, pero su corazón está lleno de odio por Cristo y por el Evangelio.
La guerra no admite distracciones. "Nin­guno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado" (2 Timoteo 2:4). El discípulo de Cristo aprende a ser intolerante con todo lo que se pueda interponer entre su alma y su entera devoción a su Señor Jesucristo. Es despiadado sin ser ofensivo; firme, sin ser des­cortés. Tiene una pasión y solamente una. To­do lo demás debe quedar bajo entera sujeción.
La guerra exige valentía frente al peligro. "Por tanto, tomada la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estad firmes. Estad, pues, firmes..." (Efesios 6:13,14). Algunos han indicado que la armadura del cristiano según la descripción de Efesios 6: 13-18 no hace provisión para la espalda y por lo tanto, no hace provisión para la huida. ¿Pero por qué huir? Si "somos más que vencedores por el que nos amó", si nadie puede estar contra nosotros y vencernos porque Dios es por noso­tros, si la victoria está asegurada aún antes que comencemos la lucha, ¿cómo podemos pen­sar en retroceder?

Que viva con los vencedores,
o perezca en la batalla,
he de luchar con los moradores
de las tinieblas donde Satán se halla.
Fuerte es el enemigo que avanza,
desnuda, oh Señor, está mi espada
para derribar su estandarte y lanza
por la virtud que a tu Palabra ha sido dada.

domingo, 24 de julio de 2011

TITO

Introducción
La Epístola a Tito se ocupa del mantenimiento del orden en las iglesias de Dios.
El objetivo especial de las Epístolas escritas a Timoteo fue el mantenimiento de la sana doctrina, aunque se habla de otras cosas en atención a las cuales el apóstol entrega instrucciones para la conducta de Timoteo. Esto nos lo dice el apóstol mismo. En la Primera Epístola a Timoteo vemos que Pablo había dejado a su amado hijo en la fe en Éfeso, para que cuidase que ninguna otra doctrina fuese predicada allí; la asamblea es la "columna y apoyo de la verdad" (1 Timoteo 3:15 VM). En la Segunda Epístola hallamos los medios mediante los cuales los cristianos deben fortalecerse en la verdad, cuando la masa se ha apartado de ella.
Aquí en Tito, el apóstol dice expresamente que le había dejado en Creta para poner orden en las cosas que aún faltaban, y para establecer ancianos en cada ciudad. Aunque más o menos los mismos peligros se presentaban en la mente de Pablo como cuando le escribió a Timoteo, con todo, hallamos que el apóstol entra de inmediato en su asunto, con una tranquilidad que demuestra que su mente no estaba preocupada de la misma manera con esos peligros, y que el Espíritu podía emplearle más enteramente con el andar común de la asamblea, de modo que esta epístola es mucho más simple en su carácter. El andar que conviene a los cristianos, con respecto al mantenimiento del orden en sus relaciones los unos con los otros, y los grandes principios en los cuales este andar está fundamentado, forman el asunto del libro. El estado de la asamblea casi no se presenta ante nosotros. Verdades que fluyen más completamente de la revelación cristiana, y que la caracterizan, tienen más lugar en esta epístola que en aquellas dirigidas a Timoteo. Por otra parte, las profecías concernientes a la condición futura del Cristianismo, y el progreso de la decadencia que ya había comenzado, no se repiten aquí. Al mismo tiempo que declara de una manera notable ciertas verdades con respecto al Cristianismo, el tono de la epístola es más calmo, más común.
Versículos 1-3. Se habla aquí particularmente de la promesa de vida así como en Timoteo. Además, esta promesa y la revelación de Dios (como el Padre) en Cristo distinguen al Cristianismo del Judaísmo.
Pero en esta epístola los grandes límites del Cristianismo son presentados al comienzo. La fe de los escogidos, la verdad que es según la piedad, la promesa de vida eterna desde antes del principio de los siglos, y la manifestación de la Palabra de Dios por medio de la predicación, son los asuntos de la introducción. El título de "Salvador" es aquí, como en Timoteo, añadido al nombre de Dios al igual que al de Cristo.
Esta introducción no carece de importancia. Aquello que contiene es presentado a Tito por el apóstol como caracterizando su apostolado, y como el asunto especial de su ministerio. No era un desarrollo del Judaísmo, sino la revelación de una vida y de una promesa de vida que subsistía (es decir, en Cristo, el objeto de los consejos divinos), antes de que el mundo fuese. Conforme a esto la fe se hallaba, no en la confesión de los judíos, sino en los escogidos traídos por gracia al conocimiento de la verdad. Era la fe de los escogidos: esta es una verdad importante, y lo que caracteriza la fe en el mundo. Otros pueden, en efecto, adoptarla como un sistema; pero la fe es en sí misma la fe de los escogidos.
Éste no era el caso entre los judíos. La confesión pública de su doctrina, y la confianza en las promesas de Dios, pertenecían a todo aquel que nacía Israelita. Otros pueden pretender la fe cristiana; pero es la fe de los escogidos. Su carácter es tal que la naturaleza humana ni la comprende, ni la concibe, sino que encuentra que le es piedra de tropiezo. Desvela una relación con Dios, la cual es inconcebible para la naturaleza y, al mismo tiempo, presuntuosa e insoportable. Para los escogidos es el gozo de su alma, la luz de su entendimiento, y el sustento de su corazón. La fe los sitúa en una relación con Dios que es todo lo que su corazón puede desear, pero que depende enteramente en lo que Dios es; y esto es lo que el creyente desea. Es una relación personal con Dios mismo; por consiguiente, es la fe de los escogidos de Dios. Por lo tanto es también para todos los Gentiles así como para los judíos.
Esta fe de los escogidos de Dios tiene un carácter íntimo en relación con Dios mismo. Reposa en Él, conoce los secretos de Sus consejos eternos - ese amor que hizo que los escogidos fuesen el objeto de Sus consejos. Pero hay otro carácter conectado con esta fe, a saber, la confesión delante de los hombres. Existe la verdad revelada mediante la cual Dios se da a conocer, y demanda la sumisión de la mente del hombre y la adoración de su corazón. Esta verdad sitúa el alma en una verdadera relación con Dios. Es la verdad que es según la piedad.
Por lo tanto, la confesión de la verdad es un carácter importante del Cristianismo, y del cristiano. Existe en el corazón la fe de los escogidos, fe personal en Dios y en el secreto de Su amor; y existe la confesión de la verdad.
Ahora bien, aquello que formaba la esperanza de esta fe no era la prosperidad terrenal, una posteridad numerosa, la bendición terrenal de un pueblo a quienes Dios reconocía como Suyos. Era la vida e-terna, prometida por Dios en Cristo antes de que el mundo fuese, fuera del mundo y el gobierno divino del mundo y el desarrollo del carácter de Jehová en ese gobierno.
Era la vida eterna. Está en conexión con la naturaleza y el carácter de Dios mismo, y, teniendo su fuente en Él, procediendo de Él, era el pensamiento de Su gracia, y declarado ser tal en Cristo, antes de que un mundo existiese en el cual el primer hombre fue introducido en responsabilidad (su fracaso en el cual está su historia hasta Cristo el segundo Hombre, y la cruz en la que Él llevó sus consecuencias por nosotros, y obtuvo esa vida eterna para nosotros en su gloria plena con Él), y que fue la esfera del desarrollo del gobierno de Dios sobre aquello que estaba sujeto a Él - una cosa muy distinta de la comunión de una vida mediante la cual uno participa de Su naturaleza, y que es su reflejo. Esta es la esperanza del evangelio (pues nosotros no estamos hablando aquí de la asamblea), el tesoro secreto de la fe de los escogidos, de la cual la palabra revelada nos da seguridad.
"Prometió desde antes del principio de los siglos" es una expresión notable e importante. Uno es admitido en los pensamientos de Dios antes de la existencia de esta escena cambiante y mezclada, la cual da testimonio de la fragilidad y del pecado de la criatura - de la paciencia de Dios, y de Sus caminos en gracia y en gobierno. La vida eterna está conectada con la naturaleza inmutable de Dios; con consejos que son tan permanentes como Su naturaleza, con Sus promesas, en las cuales Él no nos puede mentir, y a las cuales Él no puede ser infiel. Nuestra parte en la vida existía antes de la fundación del mundo, no sólo en los consejos de Dios, no sólo en la Persona del Hijo, sino en las promesas hechas al Hijo como nuestra parte en Él. Se trataba del asunto de esas comunicaciones del Padre al Hijo, de las que nosotros éramos los objetos, siendo el Hijo el depositario de ellas[1]. Maravilloso conocimiento que nos ha sido dado de la comunicación celestial de la cual el Hijo era el objeto, para que pudiéramos entender el interés que Dios tiene por nosotros en Sus pensamientos, de los cuales nosotros éramos los objetos en Cristo. ¡Desde antes del principio de los siglos!
Aquello que la Palabra es se hace también más claro para nosotros por medio de este pasaje. La Palabra es la comunicación, en el tiempo, de los pensamientos eternos de Dios en Cristo. Ella encuentra al hombre bajo el poder del pecado, y revela la paz y la liberación, y muestra de qué modo él puede tener parte en el resultado de los pensamientos de Dios. Pero estos pensamientos no son nada más que el plan, el propósito eterno, de Su gracia en Cristo, para concedernos vida eterna en Cristo - una vida que existía en Dios antes de que el mundo fuese. La Palabra es predicada, manifestada (es decir, la revelación de los pensamientos de Dios en Cristo). Ahora bien, estos pensamientos nos dan vida eterna en Cristo, y esto fue prometido desde antes del principio de los siglos. Los escogidos, creyendo, lo saben, y poseen la vida misma. Ellos tienen el testimonio en sí mismos; pero la Palabra es la revelación pública en la cual la fe está fundamentada, y que tiene autoridad universal sobre las conciencias de los hombres, ya sea que la reciban o no. Tal como en 2 Timoteo 1: 9, 10, ella es presentada como salvación, pero manifestada entonces.
Se observará aquí que la fe, es fe en una verdad sostenida y conocida personalmente; una fe que solamente el escogido puede tener, que posee la verdad tal como Dios la enseña. La expresión “La fe" es usada también para describir el Cristianismo como un sistema en contraste con el Judaísmo. Aquí está el secreto de Dios en contraste con una ley promulgada a un pueblo exterior. Esta promesa, que databa desde antes de los siglos revelados, y que era soberana en su aplicación, fue especialmente encomendada al apóstol Pablo para que la anunciara por medio de la predicación. A Pedro se le encomendó el evangelio más como el cumplimiento de las promesas hechas a los padres, lo cual Pablo también reconoce, con los sucesos evangélicos que las confirmaban y desarrollaban mediante el poder de Dios manifestado en la resurrección de Jesús, el testigo del poder de esta vida.
Juan presenta la vida más en la Persona de Cristo y luego impartida a nosotros, los frutos característicos que él expone.
Versículo 4. Hallaremos que el apóstol no tiene la misma intimidad de confianza en Tito como en Timoteo. Él no le abre su corazón del mismo modo. Tito es un amado y fiel siervo de Dios y, también, hijo del apóstol en la fe; pero Pablo no le abre su corazón de la misma manera - no le comunica sus ansiedades, sus lamentaciones - no desahoga su alma ante él - del modo que lo hizo con Timoteo. Al contar todo, uno ve que es angustioso e inquietante el trabajo en que uno está involucrado - esa es la prueba de la confianza. Uno tiene confianza con respecto al trabajo, y uno habla de ello con respecto a uno mismo, con respecto a todo, y no hay restricción, no se mide cuán lejos uno debería hablar de uno mismo, de lo que uno siente, de todas las cosas. Esto es lo que el apóstol hace con Timoteo, y al Espíritu Santo le ha complacido retratarlo para nosotros.
Versículo 5. Al escribir a Timoteo la doctrina ocupó, por sobre todo, la mente del apóstol: el enemigo, mediante la enseñanza, obró y se esforzó por arruinar la asamblea. Los obispos[2] sólo aparecen como una cosa accesoria. Aquí tienen un lugar primario. Pablo había dejado a Tito en Creta para que acabase "de poner en orden las cosas que faltaban" (vers. 5  VM), y para establecer ancianos en cada ciudad, como le había mandado. Aquí no se trata del deseo que alguien pudiese tener de llegar a ser un obispo (anciano, supervisor), ni (considerando eso) de describir el carácter apropiado a este cargo, sino de establecerlos (o 'constituirlos' - VM, RVR77; o 'designarlos' - LBLA); y para esta tarea Tito fue investido con autoridad por parte del apóstol. Se le dan a conocer las calificaciones necesarias, para que pudiese decidir conforme a la sabidu-ría apostólica. De modo que, por una parte, él fue investido por el apóstol con autoridad para establecerlos, y, por otra parte, fue instruido por él respecto a las calificaciones requeridas. La autoridad y la sabiduría apostólicas concurrieron para hacerle competente para realizar este digno e importante trabajo.
Vemos, asimismo, que este delegado apostólico fue autorizado a poner en orden lo que era necesario para el bienestar de las asambleas en Creta. Habiendo sido ya fundadas, con todo, ellas necesitaban instrucciones con respecto a muchos detalles de su andar; y se requería el cuidado apostólico para dárselas, así como para el establecimiento de funcionarios en las asambleas. Esta tarea el apóstol había encomendado a la fidelidad aprobada de Tito, investido con su propia autoridad, de palabra y, aquí, por escrito; de modo que rechazar a Tito era rechazar al apóstol y consecuentemente al Señor que le había enviado. La autoridad en la asamblea de Dios es una cosa seria - una cosa que procede de Dios mismo. Puede ser ejercida por influencia mediante el don de Dios; por funcionarios, cuando Dios los establece por medio de instrumentos que Él ha escogido y enviado para este propósito.
Versículos 6-11. No es necesario entrar aquí en el detalle de las calificaciones que eran necesarias para desempeñar el cargo de supervisor apropiadamente. Ellas son, en lo principal, las mismas que las mencionadas en la epístola a Timoteo. Son cualidades, no dones; cualidades - externas, morales, y circunstanciales - que demostraban la aptitud del individuo para el cargo de cuidar solícitamente a otros. Puede, quizás, ocasionar sorpresa que la mala conducta soez no tenga un lugar aquí; pero las asambleas eran más sencillas de lo que la gente piensa, y las personas que las componían habían salido recién de las costumbres más deplorables, y, por lo tanto, una buena conducta previa que inspirara el respeto de los demás era necesaria para dar peso al ejercicio del cargo de supervisión. Era necesario, asimismo, que aquel que era investido con este cargo pudiese convencer a los que contradecían. Pues ellos tendrían que vér-selas con tales personas, especialmente entre los judíos, quienes estaban siempre y en todas partes activos oponiéndose a la verdad, y pervirtiendo sutilmente la mente.
Versículos 12, 13. El carácter de los Cretenses ocasionaba otras dificultades, y requería el ejercicio de autoridad perentoria; el Judaísmo se mezclaba con el efecto de este carácter nacional. Era necesario ser firme y actuar con autoridad, para que pudieran continuar sanos en la fe.
Versículos 14-16. Además, él tenía todavía que hablar acerca de ordenanzas y tradiciones, esas plagas malignas en la iglesia de Dios que provocan Su celo, y que, al exaltar al hombre, se oponen a Su gracia. Una cosa no era pura, otra estaba prohibida por una ordenanza. Dios reclama el corazón. Todas las cosas son puras para los puros; para aquel cuyo corazón está corrompido no le es necesario molestarse para encontrar lo que es impuro; sino lo conveniente, para poder olvidar lo que es en su interior. La mente y la conciencia ya están corruptas. Hablan de conocer a Dios, pero en sus obras ellos Le niegan, siendo sin provecho y réprobos en cuanto a toda obra realmente buena.


[1] Comparen con Proverbios 8: 30, 31, y Lucas 2:14, y Salmo 40: 6-8, "has abierto" siendo en realidad la traducción, "has horadado mis orejas" - es decir, preparado un cuerpo, el lugar de obediencia, o un siervo (Filipenses 2); traducido así por la Septuaginta o LXX y aceptado en Hebreos como justa (Hebreos 10: 5-7).

[2] N. del T.: "Los versículos 5 y 7 aplican términos diferentes a la misma persona - anciano y obispo (o supervisor, sobreveedor), el primero hablando de él en forma personal, el segundo hablando de su obra. Como un anciano, él es uno que ha tenido experiencia, una calificación importante, como 1 Timoteo 3:6 insiste, "no un neófito", uno nuevo en las filas del Cristianismo. Su obra de supervisar es la de preocuparse por el orden espiritual y el bienestar de la asamblea." (L. M. Grant)