domingo, 5 de enero de 2020

LA PRIMERA EPÍSTOLA A TIMOTEO (13)


Por Hamilton Smith

6. advertencia contra el Orgullo de la Carne y Enseñanza en la Piedad (1 Timoteo 6)

(c) El reincidente atraído por las riquezas del mundo (versículos 9, 10)
En oposición al contentamiento piadoso existe el desasosiego de aquellos que desean ser ricos. La riqueza tiene sus lazos, como el apóstol muestra un poco más adelante, pero no es necesariamente la posesión de riqueza lo que arruina el alma, sino el querer enriquecerse o desear ser rico. Se ha indicado que esta palabra desear incluye la idea de un propósito. El peligro es que el creyente, en lugar de contentarse con ganarse la vida, pueda proponerse en su corazón ser rico. De esta forma las riquezas se convierten en un objeto en vez del Señor. Es mejor para nosotros que permanezcamos fieles al Señor "con propósito de corazón" (Hechos 11:23).
El apóstol nos advierte contra los males resultantes del deseo de adquirir riqueza. Todos son tentados, pero aquel que desea enriquecerse caerá en la tentación y se encontrará él mismo atrapado en algún lazo escondido del enemigo. Además, el querer enriquecerse abre el camino a las codicias necias y dañosas, pues ello complace a la vanidad y al orgullo de la carne, ministrando al egoísmo y la ambición. Estas son las cosas que "hunden a los hombres en destrucción y perdición". Así que no es simplemente el dinero, sino que "el amor al dinero" es la raíz de todos los males. Cuán solemne es el hecho de que sea posible que el creyente sea atraído a las cosas mismas que traen destrucción y perdición sobre los hombres de este mundo. Incluso en los días del apóstol algunos habían codiciado riquezas, solamente para extraviarse de la fe y ser traspasados de muchos dolores.

(d) El hombre de Dios (versículos 11, 12)
(V. 11). En contraste con el reincidente que se extravía de la fe, el apóstol nos presenta las características del "hombre de Dios". En el Nuevo Testamento la expresión "hombre de Dios" se encuentra solamente en las Epístolas a Timoteo. Aquí es aplicada ciertamente a Timoteo; en la Segunda Epístola se aplica a todos quienes, en un día malo, andan en fiel obediencia a la Palabra de Dios (2 Timoteo 3:17). Hay cosas de las cuales el hombre de Dios tiene que huir; cosas que es exhortado a seguir; cosas por las cuales es llamado a pelear; hay algo a lo que se debe echar mano; y algo que ha de ser profesado (confesado, según la VM).
El hombre de Dios huirá de las codicias necias y dañosas de las que el apóstol ha estado hablando. Sin embargo, no es suficiente evitar el mal; se debe perseguir lo bueno. Por consiguiente, el hombre de Dios ha de seguir" la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre". Como quiera que los demás actúen, el hombre de Dios procurará andar en consistencia con su relación con los demás como hermanos; esto es justicia. Pero esta justicia hacia los demás ha de ser adoptada en el santo temor que se percata de nuestras relaciones con Dios, y de lo que es debido a Dios; esto es piedad. Además, el hombre de Dios seguirá la fe que tiene a Cristo como Su objeto, y el "amor" que brota hacia sus hermanos, soportando males e insultos con tranquila paciencia y mansedumbre, en vez de impaciencia y resentimiento.
 (V. 12). Aún más, el hombre de Dios no se contentará huyendo del mal y siguiendo ciertas grandes cualidades morales. Estas cosas, de hecho, son de primera importancia, pero el hombre de Dios no se contenta con la formación de un hermoso carácter individual, mientras se permanece indiferente al mantenimiento de la verdad del cristianismo. Él se da cuenta que las grandes verdades del cristianismo se encontrarán con la oposición incesante y mortal del diablo y no evitará pelear por la fe.
Además, al pelear por la fe, el hombre de Dios no olvidará la vida eterna que, aunque él la posee, en toda su plenitud, se presenta ante él. Él ha de echar mano de ella en el disfrute presente como su esperanza sustentadora.
Finalmente, si el hombre de Dios huye del mal, sigue el bien, pelea por la fe y echa mano de la vida eterna, él será uno que en su vida hace una buena profesión delante de los demás. Llega a ser un testimonio viviente de las verdades que profesa.

(e) El Ejemplo perfecto (versículos 13-16)
Para animarnos a guardar este mandato, el apóstol nos recuerda que nosotros vivimos en presencia de Aquel que da vida a todas las cosas. (N. del T.: "que preserva todas las cosas con vida", traducción del Nuevo Testamento de J. N. Darby en inglés). ¿No puede preservar Él a los Suyos, no obstante, lo severo del conflicto a través del cual ellos puedan tener que pasar? Además, si somos llamados a fidelidad, no olvidemos que estamos bajo la mirada de Aquel que ha estado antes que nosotros en el conflicto, y quien, en presencia de la contradicción (hostilidad, oposición) de pecadores, de la envidia y el insulto, actuó en absoluta fidelidad a Dios, manteniendo la verdad en paciencia y mansedumbre, y dio así testimonio de la buena profesión.
Además, la fidelidad tendrá su recompensa. El mandamiento es, por lo tanto, guardarse sin mancha, irreprensible, "hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo". La gloria de Su aparición traerá con ella una respuesta a toda pequeña fidelidad por parte nuestra, así como, efectivamente, será la gloriosa respuesta a la fidelidad perfecta de Cristo. Entonces, en efecto, cuando Aquel que los hombres ultrajaron, insultaron y crucificaron sea manifestado en gloria, no habrá solamente una respuesta plena a toda Su fidelidad, sino una manifestación plena de todo lo que Dios es. Se manifestará a todo el mundo lo que ya se ha revelado a la fe, a saber, que, en la Persona de Cristo, Dios se revela como el bienaventurado y único Soberano, Rey de reyes, y Señor de los hombres, Aquel único que, en la majestad de Su Deidad, tiene inmortalidad esencial, y que habita en luz inaccesible.
Aquellos que forman la casa de Dios pueden dejar de testificar para Dios; el hombre de Dios sólo puede manifestar a Dios con medida, pero en Cristo estará la manifestación plena de Dios para Su gloria eterna.

(f) Los ricos en este siglo (versículos 17-19)
El apóstol tiene una exhortación especial para los creyentes que son ricos en este siglo. Los tales son asediados por dos peligros. En primer lugar, existe la tendencia de las riquezas a conducir a los poseedores a asumir un aire de altivez, pensando que ellos son superiores a los demás debido a sus riquezas. En segundo lugar, existe la tendencia natural a confiar en las riquezas que, en el mejor de los casos, son inciertas.
La salvaguardia contra estos lazos se encuentra en poner la esperanza en el Dios vivo, el cual nos da abundantemente todas las cosas para que las disfrutemos. Sin importar cuan rico pueda ser un hombre, él no puede comprar las cosas que Dios da. No obstante, lo pobre que sea el hombre, él puede recibir y disfrutar lo que Dios da.
El poner la esperanza en el Dios vivo, que es el Dador de todo lo bueno, le permitirá al rico convertirse en un dador. Pero Dios ama a un dador alegre; de ahí que el rico es exhortado a ser liberal en el repartir (dadivoso, generoso) y pronto a compartir. Actuando así él estará atesorando para sí un buen fondo considerando futuras bendiciones, en lugar de atesorar riquezas para este presente siglo. El hombre que atesora para el tiempo venidero echará mano de aquello que es realmente la vida, en contraste con la vida de placer y autoindulgencia que las riquezas terrenales podrían asegurar.

(g) El que profesa ser científico (versículos 20, 21)
Finalmente, se nos advierte que guardemos lo que se nos ha encomendado. La verdad completa del cristianismo ha sido dada a los santos como un depósito que ha de ser mantenido frente a toda oposición. Aquí se nos advierte especialmente contra las teorías de los hombres, las cuales demuestran ser completamente falsas subordinando a Dios, a Su creación y a Su revelación, a la mente del hombre, en lugar de sujetarse a Dios y a Su Palabra. Ocupados presuntuosamente con sus teorías infieles ellos se han desviado de la fe.

Hamilton Smith (1862/3? - 1943)
Traducido del inglés por: B.R.C.O

LA OBRA DE CRISTO (11)



SU OBRA FUTURA






II.-La Obra Futura con Relación a la Tierra


Cuando los santos de Dios hayan dejado la tierra y se hayan encontrado con el Señor en los aires, cuando se hayan realizado estos acontecimien­tos que sucintamente acabamos de bosquejar, enton­ces el Señor Jesucristo comenzará desde el cielo una obra, cuyos efectos se sentirán severamente en la tierra. Empezará a celebrar una serie de juicios contra la tierra. En Apocalipsis dice: “He aquí el león de la tribu de Judá, la raíz de David, que ha vencido para abrir el libro, y desatar sus siete sellos” Ap. 5.5. El libro que Cristo recibe contiene los jui­cios decretados contra la tierra y sus réprobos. Se ve al Cordero desatando los sellos del libro, y a medida que los desata van realizándose los acontecimientos descritos en cada uno de ellos. Esta es la obra de su tribunal. En el capítulo octavo de Apocalipsis se ve a un ángel delante de un altar con un incensario de oro. “Y el ángel tomó el incensario, y lo llenó del fuego del altar, y echólo en la tierra; y fueron hechos truenos y voces y relámpagos y terremotos. Y los siete ángeles que tenían las siete trompetas, se apa­rejaron para tocar” Ap. 8.5,6. Este Ángel es nuestro Señor Jesucristo, que lanza sobre la tierra el fuego de su desagrado y juicio divino; las siete trompetas son ángeles portadores de los juicios contra la tierra, enviados por Cristo; a éstos siguen otros siete ánge­les que vierten los incensarios rebosantes con la ira de Dios. No podemos examinar todos los juicios por separado; nadie puede comprender lo que todos ellos significan, ni saber lo que pasará cuando el Señor ejerza en la tierra su recto juicio.
Israel y las Naciones
Israel y las naciones pasarán por los juicios del cielo. El cristianismo apóstata, y el cristianismo que combate a Dios y rechaza a Cristo serán, como Faraón, endurecidos por ellos. Ellos, lejos de arre­pentirse, prefieren creer el error craso y aceptar al padre de la mentira con sus falsas señales y milagros. El pueblo judío será en parte restituido a la Pales­tina, y como esa tierra es el centro de la gran per­turbación, en ella se sentirá la acción del juicio más severamente que en otras. La porción apóstata de los judíos adorará al Anticristo, y por lo tanto ha­brán de ser juzgados ante el tribunal de justicia. Pero existe también un residuo de judíos que sienten el temor de Dios, que creen en el Verbo de Dios, que esperan el reino y al Rey. Estos judíos creyen­tes, aunque sufren, hacen culto; ellos son los últimos mensajeros del Rey. Ellos pregonan una vez más el evangelio del reino y darán testimonio de ello a todas las naciones de la tierra antes de que llegue el fin, Mt. 24.14.
“Luego que hay juicios tuyos en la tierra, los moradores del mundo aprenden justicia” Is.26.9. La obra de salvación continuará durante esos siete años de juicio, de tribulación y de ira. Una multitud tan numerosa que nadie podría contarla, compuesta de todas las naciones y linajes y pueblos y lenguas, saldrán de la gran tribulación y lavarán sus ropas en la sangre del Cordero, hasta que queden blancas como el armiño, Ap. 7.9-17. Ellos todos oyeron el testimonio final como lo predica el residuo judaico y lo creyeron. Las naciones paganas aceptarán el evan­gelio del reino, mientras que el cristianismo apóstata está excluido, porque los que lo practican en vez de acogerse a la verdad del amor han preferido afiliarse a la disidencia impía, 2 Ts. 2.

Una Aparición Gloriosa
“Y luego después de la aflicción de aquellos días, el sol se obscurecerá, y la luna no dará su lum­bre, y las estrellas caerán del cielo, y las virtudes de los cielos serán conmovidas. Y entonces se mos­trará la señal del Hijo del hombre en el cielo; y en­tonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del hombre que vendrá sobre las nubes del cielo, con grande poder y gloria” Mt. 24.29,30; “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaren; y todos los linajes de la tierra se lamentarán sobre él. Así sea. Amén” Ap. 1.7; “Y vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que estaba sentado sobre él, era llama­do Fiel y Verdadero, el cual con justicia juzga y pelea. Y sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas; y tenía un nombre escrito que ninguno entendía sino él mismo. Y es­taba vestido de una ropa teñida de sangre: y su nom­bre es llamado El Verbo de Dios. Y los ejércitos que están en el cielo le seguían en caballos blancos, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio. Y de su boca sale una espada aguda, para herir con ella las gentes: y él las regirá con vara de hierro; y él pisa el lagar del vino del furor, y de la ira del Dios Todopoderoso. Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES” Ap. 19.11-16.
Todos los ojos le verán cuando El aparezca en su majestad gloriosa como Rey de reyes. Su glo­ria cubrirá los cielos, Hab. 3.3. Todas las lenguas que le nieguen callarán para siempre. Su visible y gloriosa llegada a la tierra, por segunda vez, será la prueba irrefutable y decisiva de su deidad; y entonces no podrá negarse más su encarnación, ni tampo­co nada de toda la obra realizada por Él en la tierra y en la gloria; su gloriosa aparición enmudecerá a todos sus enemigos. Su recusación termina, y su gloria como el Rey elegido por Dios y como Gober­nante sobre esa tierra que Ei compró con su sangre, comienza desde ese momento. Todos habrán de arro­dillarse ante El y todos los labios confesarán que Él es el Señor. Y cuando se manifieste en toda su glo­ria, no vendrá solo, estará acompañado de sus santos. “Cuando Cristo... se manifestare, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” Col. 3.4. En aquel día de triunfo y gloria será glorificado en sus santos y admirado en todos los que creyeron, 2 Ts. 1.10. ¡Hermosísimo espectáculo presentará su | regreso a la gloria, trayendo consigo el séquito inmenso de sus numerosos hijos! Todos tendrán una imagen igual.
Y sus pies han de afirmar una vez en el monte de las Olivas, Zac. 14:4. Ante Él está Jerusalén y todas las naciones en batalla contra ella, Zac. 14.2. La Bestia hará de jefe, y el hombre de pecado, el Anticristo, asaltará la ciudad para cum­plir su terrible designio; el residuo de Israel afligi­dísimo orará entonces, esperanzado para alcanzar la redención, que llegará cuando llegue el Rey, y en ese día todos ellos con grito de júbilo exclamarán: “He aquí éste es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará: éste es Jehová, a quien hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salud” Is. 25.9. A Aquel que ellos rehusaron le darán ahora su bienvenida diciéndole: “Bendito el que viene en el nombre del Señor” Mt. 23.39. Y El librará batalla contra estas naciones y entonces tendrá lugar el combate de Armagedón. “La bestia y los reyes de la tierra y sus ejércitos, congregados para hacer guerra contra el que estaba sentado sobre el caba­llo y contra su ejército” Ap. 19:19. Pero su oposi­ción será hecha añicos en un instante. “Y la bestia fue presa, y con ella el falso profeta (el Anticristo) que había hecho las señales delante de ella, con las cuales había engañado a los que tomaron la señal de la bestia, y habían adorado su imagen. Estos dos fueron lanzados vivos dentro de un lago de fuego ardiente en azufre” Ap. 19.20.

En su Trono
“Y cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará sobre el trono de su gloria” Mt 25.31. El juicio que El entonces ejecutará no es un juicio universal (no se hace mención de los muertos) sino que será un juicio de las naciones que vivan cuando El aparezca sobre la tierra por segunda vez. Algunas naciones están a su diestra, y a ellas las llama El “las bienaventuradas de mi Padre”; ellas son las herederas del reino que ha de establecerse entonces en la tierra. Obvio es que estas naciones justas no son los santos de la Iglesia, porque la Igle­sia, como ya lo hemos visto, fue llevada a los aires al comienzo de la obra futura de Cristo, para en­contrarle allá, y con El reinará cuando el Señor venga a la tierra en poder y gloria. Otras naciones están a su izquierda, las cuales saldrán del tribunal da juicio para ir a sufrir el castigo eterno, Mt. 25.46. Pero, ¿por cuál norma se rige ese tribunal? La norma es lo que les hicieron a los hermanos del Señor, o lo que dejaron de hacerles. Por la carne los judíos son los hermanos del Señor. Durante el período de tribulación, los judíos creyentes predica­rán el evangelio del reino a todas las naciones, Mt. 24.14. Las naciones que creyeren esta postrera oferta de misericordia tratarán a los mensajeros con dulzura; aquellas que no la creyeren se portarán con ellos de muy distinta manera. Cuando este gran juicio termine, quedará su reino de justicia y paz establecido para siempre en la tierra. La justicia empezará a reinar como la gracia reina ahora por la justicia.

LOS ANGELES ¿QUIÉNES SON?


Respuesta: Los ángeles son seres celestiales; este nombre que significa 'mensajero' les ha sido otorgado porque, muy a menudo, Dios se ha valido de ellos para llevar a los hombres un mensaje suyo. "Espíritus ministradores", cumplen ciertas funciones que Dios les confía "a favor de los que serán herederos de la salvación" (Hebreos 1:14).
Siendo criaturas de Dios, los ángeles se mantienen en Su presencia, celebrando Su grandeza y Su santidad (Isaías 6: 2 y 3), dispuestos a obedecerle. Para el cumplimiento de las misiones que Él les confía, Dios los envía sobre la tierra (Citemos entre otros muchos pasajes: Génesis 19: 1, 15; 32: 1 y 2; Daniel 6:22; 8:16; 9:21; 10: 4-21; Lucas 1: 11-20, 26-38; Hechos 5: 19 y 20; 12: 7-11).
         Pasajes como 1 Pedro 1: 11 y 12; Lucas 15: 10; 1 Corintios 11:10, y Efesios 3:10 nos dicen qué interés tienen los ángeles en la realización de los designios de Dios para con los hombres.
         Estas pocas porciones de la Palabra de Dios -- las cuales no podemos repro­ducir por falta de sitio, pero cuya detenida lectura recomendamos encarecida­mente -- bastan para hacernos comprender algo de la importancia del papel que desempeñan los ángeles en el universo y para con los hombres. ¿Sería, acaso, motivo suficiente para dirigirnos a ellos y rendirles culto bajo cualquier forma que sea? Falsos doctores querían inducir a los cristianos en Colosas a que lo hicieran; para que estén alerta contra dicho peligro, el apóstol Pablo escribió a estos creyentes: "Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y culto a los ángeles, entremetiéndose en lo que no ha visto, vanamente hinchado por su propia mente carnal, y no asiéndose de la Cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios." (Colosenses 2: 18-19). Después que le fueron reveladas las cosas mencionadas en el Apocalipsis, el apóstol Juan escribe: "Yo Juan soy el que oyó y vio estas cosas. Y después que las hube oído y visto, me postré para adorar a los pies del ángel que me mostraba estas cosas. Pero él me dijo: Mira, no lo hagas; porque yo soy consiervo tuyo, de tus hermanos los profetas, y de los que guardan las palabras de este libro. Adora a Dios." (Apocalipsis 22: 8 y 9).
         Así pues, son clarísimas las enseñanzas de la Palabra de Dios: no hay que dar culto a los ángeles, ni adorarles. Al contrario, un ángel mismo dice a un creyente: «¡ADORA A DIOS, guárdate de hacerlo con un ángel!» Los cristianos de origen judío estaban propensos a dejarse llevar al culto de los ángeles; en efecto, tenían en gran aprecio la ley y todo el orden de cosas que ella había instituido, y habían recibido la ley "por disposición de ángeles" (Hechos 7:53; ver Gálatas 3:19). Era, pues, fácil para los falsos doctores atraerse a estos cristianos presentándoles el culto de los ángeles como cosa agradable a Dios. Todo eso les hacía volver atrás y perder de vista el verdadero carácter del cristianismo. Siempre es astucia de Satanás y de sus ministros (Colosenses 2: 3, 13-15) presentar cosas que, algunas veces, no son malas en sí, pero que de hecho nos apartan de Cristo. Por eso el apóstol Pablo exhortaba a los Colosenses a asirse firmemente de la Cabeza, es decir de Cristo (Colosenses 2: 18-19).
         Por otra parte, Dios se dirige de modo especial a estos creyentes de entre los judíos en la Epístola a los Hebreos: les querían empañar la visión de Cristo, por lo tanto, el Hijo de Dios les es presentado en toda la epístola. El apóstol pasa allí revista a todo cuanto había caracterizado el período de la ley demostrando al mismo tiempo cuán superior es lo que posee ahora el creyente en Cristo. Es la epístola de las "cosas mejores": mejor esperanza, mejor pacto, mejores promesas, mejores sacrificios, mejores bienes, patria mejor, mejor resu­rrección. Sí, verdaderamente, "Dios proveía alguna cosa mejor para nosotros" (ver Hebreos 7:19, 22; 8:6; 9:23; 10:34; 11: 16, 35, 40).
         Desde el principio de dicha epístola, es el "Hijo" quien es colocado delante de estos creyentes de origen judío: Sus glorias en creación y en redención nos son presentadas en los versículos 2 y 3 del capítulo 1, y a continuación, Su superio­ridad sobre los ángeles. En los versículos 4-14, tenemos siete citas del Antiguo Testamento que demuestran dicha superioridad; por lo tanto, es por los propios escritos del pueblo de Israel que Dios (valiéndose del Apóstol) hace resaltar a esos creyentes que ahora vemos a Jesús, "hecho un poco menor que los ángeles, ... coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte." (Hebreos 2:9) es muy superior a éstos. Todo este pasaje hace resaltar la grandeza de Aquel que es el Hijo eterno, el creador de los mundos, y que "habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, hecho tanto superior a los ángeles, cuanto heredó más excelente nombre que ellos." (Hebreos 1: 3, 4). ¡A Él sea toda la gloria!
         ¡Bendito sea Dios por el servicio que prestan sus ángeles de su parte a favor nuestro! ¡Pero que nada aparte nuestros corazones (ni siquiera los ánge­les, u otros mediadores) del único Tema que el Padre quiere presentarnos sin cesar: la persona de su Hijo, ¡nuestro Señor y Salvador Jesucristo!
 S. d. D.
Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1953, No. 5.-

MEDITACIÓN

"Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo." Hechos 1: 11.


Muchos están celebrando en este día la primera venida del Señor; volvamos nuestros pensamientos a la promesa de Su segunda venida. Esta es tan cierta como el primer advenimiento, y deriva de ella una gran medida de su certidumbre. Aquel que vino como un humilde hombre para servir, vendrá con seguridad para recibir la recompensa de Su servicio. Aquel que vino para sufrir no se demorará en venir para reinar.
Esta es nuestra gloriosa esperanza, pues compartiremos Su gozo. Hoy nos encontramos en nuestra ocultación y humillación, de la misma manera que se encontró Él mientras estuvo aquí abajo; pero cuando Él venga, será nuestra manifestación al tiempo que será Su revelación. Los santos muertos vivirán en Su aparición. Los denigrados y los despreciados resplandecerán como el sol en el reino de Su Padre. Entonces los santos se mostrarán como reyes y sacerdotes, y los días de su lamentación habrán llegado a un término. El prolongado reposo y el esplendor inconcebible del reino del milenio serán una recompensa abundante para las épocas de testimonios y de guerras.
¡Oh, que el Señor venga! ¡Él viene! Él viene en camino y se aproxima rápidamente. ¡El sonido de Su llegada ha de ser como música para nuestros corazones! ¡Que tañan las campanas de la esperanza!



C.H. Spurgeon, La Chequera del Banco de la Fe.

ESCENAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO (40)



Saúl, el primer rey de Israel





No fue el propósito de Dios dar a su pueblo Israel la misma constitución como tenían las demás naciones, con un rey para encabezarles. Él deseaba mostrar cómo un pueblo redimido por Dios podría ser guiado también por Él. Deseaba mostrar que podía suscitar entre ellos los hombres con dones y aptitudes, según demandara la ocasión, así como en este día es su voluntad en cuanto a la Iglesia, su pueblo redimido de ahora.
Pero la decadencia espiritual de Israel les hizo clamar por un rey para ser ellos como las demás naciones. Debían tener una cabeza a quien mirasen, quienes les libraran de sus enemigos y les sacara de sus apuros. En la iglesia cristiana primitiva no había clero de ninguna especie, mucho menos un papa. Pero con la decadencia espiritual que sobrevino, comenzaron a verse los que corresponden a Saúl en Israel, el elegido del pueblo. Eran hombres grandes y sabios según el mundo, pero muchos de ellos sin la gracia de Dios en el corazón. El resultado fue fatal para la iglesia profesante. Gracias a Dios por los que de nuevo han buscado el antiguo sendero, que con sencillez de corazón procuran andar según la Palabra de Dios.
 
En estatura, Saúl fue un modelo. Al presentarse, “del hombro arriba sobrepujaba a cualquiera del pueblo”. Era mancebo y hermoso, y al verlo presentarse, gritaron a una voz: “¡Viva el Rey!” Sin embargo, él no conocía el temor de Dios. La nación siguió su mal ejemplo en avaricia y vanidad, y en proporción menguaba su influencia entre los pueblos de alrededor.
El Señor le mandó a Saúl en una expedición contra los amalecitas, en castigo del mal que antes habían hecho al pueblo de Dios, pero en eso él no cumplió el mandamiento divino a exterminar y destruir todo lo que hallara. Él trajo vivo al rey de Amalec y salvó lo mejor del ganado. Por esto, fue desechado por Dios, y otro rey (David) fue ungido en su lugar.
Desde ese día cayó el disfraz del rey Saúl, y comenzó a portarse vilmente en Israel. Los piadosos del pueblo le tuvieron temor; David y los que le amaban fueron a esconderse en las montañas y cuevas. Se veía que la anterior profesión de Saúl en cuanto a cosas espirituales no fue más que una hipocresía. A veces se veía en tan mal humor que hasta tiraba una lanza contra los que le rodeaban. Sospechaba de sus amigos más íntimos, y aun de su hijo Jonatán.

Pobre de Saúl, se le iba de mal en peor. Los filisteos le amenazaban y no tuvo valor para salir a su encuentro. Sintió que Dios le había desamparado y fue a buscar la ayuda del Diablo, por consultar un medio espiritista. Al ruego de Saúl, esta mujer, que se había entregado a ser poseída de un espíritu pitonisa, quiso que un espíritu impersonase (o manifestase) al ya difunto profeta Samuel. Pero parece que Dios permitió hacerse un milagro, y salió Samuel mismo, lo que causó grande espanto a la mujer. Samuel le dijo claramente a Saúl que Dios le había dejado, y que le había cortado el reino de su mano. Y más, que al día siguiente el también estaría muerto.
Oyendo esto, el rey se llenó de temor, tal que se cayó tendido en el suelo e incapacitado para levantarse. Cuando al fin salió de la casa de la espiritista, resultó para ser vencido en la batalla. Él y sus hijos fueron muertos en el monte Gilboa, y parece que su pobre alma fue a la perdición.
Lector mío, no basta que usted sea tenido por cristiano. ¿Qué en cuanto a la vida suya? Dijo Jesús: “Por sus frutos los conocerás”. ¿Tiene usted sólo el nombre de cristiano, o lo es por ser convertido de corazón a Jesucristo?
No busque a los espiritistas para saber de las cosas del más allá. Su poder es poder satánico; las voces y visiones que le podrán presentar son obra de los demonios, espíritus infernales. De éstos hay multitudes al mando de su gran jefe, el príncipe de demonios, Satanás.
Busque su Biblia. En ella Dios revela lo que debemos saber del futuro y cómo ser salvo por fe en el Señor Jesús. Es la sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, que nos puede limpiar de todo pecado; 1 Juan 1.7.

viernes, 13 de diciembre de 2019

Extractos


La carne no mortificada
La carne siempre está con nosotros y, a menos que la venzamos cotidianamente, lo único que nos acarreará serán problemas. No puedes negociar con la carne no mortificada (insumisa): al final siempre saldrá ganando.
Esta carne no mortificada nos irá cansando hasta que estemos totalmente agotados, y al final cedamos a sus deseos. La única manera de tratar con ella es crucificarla, llevarla a la cruz de Cristo, lo cual es un acto radical por nuestra parte. Quienes intentan negociar con la carne y llegan a algún tipo de acuerdo con ella normalmente acaban perdiendo. La dificultad presente en esta área de peligro es que pasa cada día. No es algo que podamos solucionar hoy y olvidarnos de ello. La carne está con nosotros día tras día y, si no tenemos cuidado y no somos conscientes de su peligro fatal, gobernará nuestra vida diaria.
La norma general en esta área es vencer a la carne, porque si no la carne te vencerá, y eso no es nada agradable.
Estas fuentes de peligro (el mundo, el diablo y nuestra carne) son muy reales. El peligro no es imaginario, y los únicos que no lo tendrán en cuenta serán los temerarios. Si eres un cristiano responsable, no aceptarás esto como una mera advertencia más. Los sabios quieren saber dónde están los peligros, cuáles son y cómo pueden reconocerlos y superarlos.
David dijo: “Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador” (Sal. 18:2). Necesitaba ayuda, de manera que dijo: “Invocaré a Jehová, quien es digno de ser alabado, y seré salvo de mis enemigos” (v. 3). Dijo: “[Dios] Envió desde lo alto; me tomó, me sacó de las muchas aguas. Me libró de mi poderoso enemigo, y de los que me aborrecían; pues eran más fuertes que yo... Me sacó a lugar espacioso; me libró, porque se agradó de mí” (vv. 16-17, 19).
Creo que la liberación no solo es posible, sino también normal para los hijos de Dios, siempre que tengamos los ojos abiertos. Dios no quiere que vayamos por ahí con los ojos cerrados. Si tenemos los ojos abiertos, no hay necesidad de que nos golpeen ni de que caigamos. Independientemente de dónde venga el ataque, da igual quiénes sean los enemigos: tenemos al Dios de David que nos ayuda. Si clamamos al Señor, nos escuchará desde su santo templo y enviará ayuda de lo alto, nos tomará y nos librará de las muchas aguas, y nos salvará porque se deleita en nosotros.
Creo que nunca ha habido otro momento de la historia en que el pueblo de Dios deba ser más optimista que ahora. Nunca ha habido un momento en el que deban animarse más que ahora en Dios. Vivimos días salvajes, turbulentos, peligrosos, dramáticos, y los cuatro vientos soplan con fuerza sobre el gran mar, y la luna lamenta aquel momento en que se convertirá en sangre; pero tú y yo no debemos temer. Dios está de nuestro lado, Dios está en su trono santo y en su templo sagrado, y para el hombre o la mujer que se atreve a creer no hay peligro alguno.
A.W.Tozer, Los peligros de la fe superficial,

TRES PELIGROS


(Léase Deuteronomio 13)
“Vuestro Dios os está probando, para saber si amáis a… vuestro Dios con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma. En pos de Jehová vuestro Dios anda­réis; a él temeréis, guardaréis sus mandamientos y escucharéis su voz, a él serviréis, y a él seguiréis”. Deuteronomio 13:3-4

Al leer este capítulo, podríamos preguntarnos si verdadera­mente concierne a los hijos de Dios que viven en la época de la gracia. Pero la afirmación del apóstol Pablo en 1 Timo­teo 3:16-17, nos saca de toda duda: “Toda escritura es ins­pirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”. Intentaremos, con la ayuda del Espíritu de Dios, sacar de este capítulo una enseñanza para el tiempo actual.
En este capítulo 13 de Deuteronomio, Moisés nos presen­ta tres peligros a los cuales los hijos de Israel iban a estar expuestos. El primero ocupa los versículos 1 al 5, el segundo va del 6 al 11 y el tercero del 12 al 18. Cada uno de ellos se considerará por separado. En resumen, estos tres peligros se encuentran en:
1.   Una señal o milagro (v. 1);
2.   Las relaciones de familia o amistad (v. 6);
3.   El rechazo de la solidaridad entre las ciudades de Israel (v. 12-18).
Primer peligro: La señal o el milagro
La Palabra de Dios emplea tres términos, reunidos en Hechos 2:22 y en otros pasajes, los que vamos a definir brevemente:
Señal: Atestación, prueba visible de algo que no se ve. La señal puede ser natural o sobrenatural. Génesis 9:13, menciona una señal natural y 2 Reyes 20:8-11, una señal sobrenatural. Por su parte, el prodigio es una señal sola­mente sobrenatural o milagrosa (véase Éxodo 11:10; Nehemías 9:10).
Milagro: Hecho extraordinario porque no obedece a las leyes de la naturaleza, por ejemplo, vea 2 Reyes 6:5-7.
En Deuteronomio 13 hay instrucciones para cuando un profeta se levantaba en Israel, y anunciaba un mensaje que iba destinado a desviar a sus oyentes del camino del Señor. Como prueba del valor de su mensaje daba una señal o un milagro, y cosa extraordinaria, lo que había anunciado se producía. El israelita no precavido habría estado tentado a escuchar a tal hombre e ir en pos de dio­ses ajenos. Pero en el versículo 3 se le da una solemne advertencia: “No darás oído a las palabras de tal profeta, ni a tal soñador de sueños; porque Jehová vuestro Dios os está probando, para saber si amáis... a vuestro Dios con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma”. Por lo tan­to el israelita debía rechazar a tal hombre; de lo contrario, era culpable.
En nuestros días, ¿no deseamos también, muchas veces con intenciones loables, que se produzcan manifestacio­nes externas de potencia? Sin embargo, la Palabra de Dios nos dice: “Tienes poca fuerza” (Apocalipsis 3:8). Cier­tos queridos hijos de Dios han sido arrastrados fuera del camino de la obediencia porque han constatado una demostración de poder. Es verdad que Dios puede hacer milagros; y muy a menudo los hace, incluso sin que nos demos cuenta de ello; pero no debemos buscarlos noso­tros ni mucho menos exigírselos (1 Corintios 1:22; Mateo 12:38-42). La certidumbre de la fe no reposa, loado sea el Señor, en los milagros. ¡Cuán preciosa es la palabra que Jesús dirigió a Tomás: “Bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:29).
Segundo peligro: Las relaciones de familia o amistad
A menudo nos es difícil resistir la influencia de un pariente o de un amigo íntimo. No obstante, la Palabra de Dios nos enseña que la obediencia a Dios debe prevalecer a los afectos naturales, aunque estos, por supuesto, no pueden ser suprimidos. Los hijos de Leví fueron bendecidos por­que colocaron la gloria de Dios por encima de sus legíti­mos sentimientos (Éxodo 32:26-29; Deuteronomio 33:9-11).
¡Qué terrible reproche hizo Dios al piadoso anciano Eli!: “Has honrado a tus hijos más que a mí” (1 Samuel 2:29). Y más tarde el mismo Señor se expresó en estos términos: “El que ama padre o madre más que a mí, no es digno de mí” (Mateo 10:37).
Tercer peligro: Rechazo de la solidaridad
En los versículos 12 a 14 leemos: “Si oyeres que se dice de alguna de tus ciudades que Jehová tu Dios te da para vivir en ellas, que han salido de en medio de ti hombres impíos que han instigado a los moradores de su ciudad, diciendo: Vamos y sirvamos a dioses ajenos, que vosotros no conocisteis; tú inquirirás, y buscarás y preguntarás con diligencia...”. El israelita, al saber que los habitantes de una ciudad que no era la suya se habían rebelado contra Dios, podría haber pensado: Este no es asunto mío. Sin embargo, su obligación era la de informarse con certeza y no fiarse ni de los chismosos ni de los malvados. Ocurre lo mismo en una asamblea o congregación. Existe una soli­daridad que nos llama a interesarnos los unos por los otros con amor, y en caso que sea preciso, también a repren­dernos con amor. El «cada uno por sí» no es según Dios cuando se trata de las relaciones entre personas que desean andar en comunión con el Señor. Más bien, debe­mos prestar cuidadosa atención a la exhortación de Deuteronomio 13:14: “Tú inquirirás, y buscarás y preguntarás con diligencia; y si pareciere verdad, cosa cierta, que tal abominación se hizo en medio de ti...”.
      Que el Señor nos permita reflexionar en estas tres precio­sas enseñanzas que Moisés dirigió al pueblo cuando se encontraba a punto de entrar en la tierra prometida de Canaán.  
Que de Ti nada pueda apartarme
Y si de nuevo, Señor Jesús,
En mi flaqueza, vuelvo a desviarme,
Haz que muy pronto torne a tu luz.