domingo, 24 de julio de 2011

La Biblia - Resumen de Sus 66 Libros

Isaías
“¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación, del que dice a Sion Tu Dios reina!"  Isaías 52:7.


Isaías, que significa "Jehová es salvación", encabeza apropiadamente a los profetas, siendo más notable por sus conmovedores temas evangélicos. Sin embargo, al igual que la Epístola a los Romanos este libro comienza con la exposición severa y fiel de la culpabilidad del hombre (la culpa de Israel, en el caso de Isaías), y utiliza condiciones imperantes en esa época para tipificar sus profecías de condiciones y juicios futuros.
Los primeros treinta y cinco capítulos muestran, de forma general, los tratos de Dios con Judá, Israel, y las naciones, al no permitir ningún encubrimiento o excusa para el pecado, sino exhibiéndolo en verdad pura.
Luego cuatro capítulos (36‑39) se ocupan de historia, ilustrando al mismo tiempo la fidelidad de Dios en la  protección de Su pueblo, y el fracaso del pueblo en valorar correctamente las maravillas de Su gracia.
Pero el ministerio de la gracia soberana comienza con el capítulo 40, ya que desde aquí en adelante es presentado el remedio para la condición de Israel en sus varios aspectos.
La siguiente nota de F. W. Grant es muy útil aquí:
"Desde el capítulo 40 al 48, Israel es visto como el siervo, y siervo infiel; luego desde el capítulo 49 al 60, Cristo es el Siervo Perfecto, puesto bajo la carga del pecado de otros; y finalmente, desde el capítulo 61 al 66, el remanente (de Israel) ahora es visto y aceptado como los siervos" (Biblia Numérica).
Este libro, aunque se expresa en el lenguaje del Antiguo Testamento, nos ayudará a obtener una perspectiva correcta del bendito evangelio de la gracia de Dios.



Jeremías

"Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón; porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos."  Jeremías 15:16


Jeremías ("Jehová lanza" o "Jehová eleva") ha sido llamado el profeta lamentoso. Llamado por Dios,  evidentemente a una temprana y tierna edad, él profetizó durante los reinados de Josías, Joacim, Joaquín, y Sedequías, y después de la captura de Judá y Jerusalén - al parecer cerca de cuarenta años en total.
Era de la familia de los sacerdotes, pero, al igual que Juan el Bautista, fue más un profeta que un sacerdote.
Es evidente el profundo dolor de su alma acerca de la condición del reino de Judá, pero él entrega fielmente el severo mensaje de Dios en el sentido de que los Caldeos llevarían a Judá a la cautividad. Con todo, aunque él fue afligido hasta el punto de angustiarse, es precioso el hecho de que haya escrito el versículo arriba citado; la palabra de Dios había penetrado en las profundidades de su ser, y en esto él encontró gozo y regocijo en el corazón, porque conocía la realidad del nombre de Jehová su Dios que era invocado sobre él. Aquí tenemos el gozo y la fortaleza en medio del dolor y la debilidad. Él tenía el corazón de un sacerdote y la fidelidad de un profeta.
Cuando Sedequías fue hecho cautivo y Judá fue hecho tributario, a Jere-mías se le permitió permanecer en la tierra, así como a otros, bajo la autoridad de Gedalías. Pero la desobediencia adicional por parte del pueblo que permaneció condujo a problemas adicionales. Jeremías continuó profetizando, pero sus palabras fueron rechazadas incluso por el remanente preservado. Su último capítulo es estrictamente histórico, pero demuestra la verdad de sus profecías.
Jeremías es un excelente libro para estimular a la perseverancia ante el pesar y la oposición.

 

Lamentaciones de Jeremías

"¿Acaso nada os importa, a todos los que me pasáis de largo? ¡Mirad y ved, si hay dolor como el dolor mío, que me ha sobrevenido; con el cual Jehová me ha afligido en el día de su ira ardiente!" Lamentaciones 1:12


Este es un libro del más profundo patetismo, escrito después de la cautividad de Judá, habiendo sido desolada la ciudad de Jerusalén. Con todo, el lenguaje mismo del profeta testifica claramente de la tierna preocupación del Señor por Su pueblo en todas sus aflicciones.
Si en un aspecto los dolores de Israel son considerados como causados por la maldad de sus enemigos (y Dios tiene esto completamente en cuenta), con todo, Jeremías siente también correctamente que estos vienen de la mano de Dios para castigar a Judá por sus pecados. Este es el lenguaje apropiado para aquellos que han sido ejercitados adecuadamente delante de Dios, en quebrantamiento y confesión.
Siendo Jeremías un sacerdote, él era alguien que sabía lo que en realidad significaba, 'comer la ofrenda por el pecado' (comparar con Levítico 6: 25,26); es decir, sentir en su propia alma el pecado del pueblo de Dios como si fuera el suyo propio, y confesarlo como tal. El libro tiene una muy importante trascendencia para los santos de Dios en el presente, especialmente al mostrar cuál llega a ser nuestra propia actitud ante el dolor y la confusión del testimonio público de la Iglesia de Dios en la tierra. El ministerio de este libro debería encontrar un verdadero lugar  en la experiencia de nuestras almas. No es que estas cosas deberían desalentarnos en lo más mínimo, o malhumorarnos, sino que ellas deberían desarrollar en nosotros una actitud más seria y humilde, que implica una voluntad para afrontar honestamente la verdad tal cual es.

 

Daniel

 

"¡Sea el nombre de Dios bendito desde la eternidad y hasta la eternidad; porque suya es la sabiduría y el poder! Asimismo él muda los tiempos y los plazos; el quita reyes, y establece los reyes; él da sabiduría a los sabios, y ciencia a los que poseen inteligencia. Él revela las cosas profundas y escondidas." Daniel 2:20‑22 (VM)


Daniel ("Dios es mi juez") también profetizó estando en cautiverio. Él ganó un puesto de honor y respeto entre los Gentiles por medio de la simple y firme realidad de su fe en el Dios Viviente, fe que produjo una vida de piedad constante, de sabia y circunspecta conducta, sin comprometer nunca a la verdad.
Hasta el final del capítulo 6 se presentan asuntos históricos de profundo interés. Estos proporcionan una clara revelación del carácter de los reinos de Babilonia y de los medos y los persas. También nos muestran el cuidado protector de Dios del remanente de Israel entre los Gentiles. Además de ser historias, estos relatos son también proféticos de acontecimientos que van a suceder en el futuro.
Pero desde el capítulo 7 hasta el final del libro, el tema principal es el de las distintas visiones proféticas dadas a Daniel. Estas visiones involucran a los grandes imperios del mundo y la relación de Israel con ellos, y el triunfo final del Señor de gloria sobre todas las naciones, a favor de Su propio pueblo.
¡Qué libro tan excelente es este para enseñarnos que la profecía solamente se puede comprender apropiadamente por medio de ejercitarse en la piedad unido a un caminar en fidelidad, y que Dios espera de los Suyos un interés vital en Sus revelaciones proféticas!

El Verdadero Discipulado

Capítulo 7: EL DISCIPULO Y LA ORACION


El único libro completamente satisfacto­rio que se ha escrito sobre la oración es la Biblia. Los demás nos dejan la sensación de la existencia de profundidades no alcanzadas y de alturas no escaladas. En este tratado no queremos emular los esfuerzos de otros. Todo lo que podemos hacer es resumir algunos de los principios importantes de la oración, es­pecialmente en lo que están conectados con el discipulado cristiano.
1. La mejor oración procede de una fuer­te necesidad interna. Todos hemos probado que esto es así. Cuando nuestra vida se desliza serena y plácida, nuestras oraciones se hacen aburridas y mecánicas. Cuando enfrentamos una crisis, un peligro, una enfermedad o algu­na seria dificultad, nuestras oraciones se con­vierten en fervientes y vitales. Alguien ha dicho: "la flecha que ha de penetrar los cielos debe ser lanzada de un arco completamente doblado". Las mejores oraciones nacen del sentimiento de urgencia, desamparo, o de cual­quier necesidad consciente.
Desgraciadamente, pasamos demasiado tiempo tratando de protegernos de las necesi­dades. Usando los métodos de los negocios, hacemos amplias reservas contra toda eventualidad imaginable. Por el uso de la diligencia humana llegamos al punto en que estamos ricos y engrandecidos, tan llenos de cosas que no necesitamos nada. Entonces nos pregunta­mos por qué nuestra vida de oración es pobre y sin vida, y por qué no cae del cielo el fuego que hemos pedido... Si verdaderamente ca­mináramos por fe y no por vista, nuestra vida de oración sería revolucionada.
2.    Una de las condiciones de la oración exitosa es que "nos acerquemos con corazón sincero" (Hebreos 10:22). Esto significa que debemos ser honestos y genuinos delante del Señor. No debe haber hipocresía. Para cumplir esto no debemos pedir a Dios que haga algo cuando está dentro de nuestra capacidad de hacerlo. Por ejemplo, no debemos pedirle que nos provea de cierta suma de dinero para tal o cual proyecto, si tenemos fondos más que suficientes para realizarlo. Dios no puede ser burlado. El no contesta oraciones si ya nos ha dado la respuesta y nosotros no queremos usarla.
Dentro de esta misma línea de pensa­miento, no deberíamos orar para que el Señor envíe a otros a sus labores si no estamos dis­puestos personalmente a ir. Millares de ora­ciones han sido pronunciadas en favor de los musulmanes, hindúes y budistas. Pero si todos los que han orado hubieran estado dispuestos a ser usados por el Señor para alcanzar a esta gente, entonces la histeria de las misiones cristianas hubiera sido diferente y más alenta­dora.
3.    La oración debe ser hecha con senci­llez, creyendo y sin preguntar, porque es muy posible que nuestra ansia de orar sea absorbi­da por los problemas teológicos implícitos en la oración. Esto sirve para adormecer los sen­tidos espirituales. Es mejor orar que resolver todos los misterios relacionados con la ora­ción. Que los doctores en Teología tejan sus teorías acerca de la oración. Pero que el cre­yente sencillo asalte las puertas del cielo con infantil confianza. Fue Agustín el que dijo: "Los simples toman el cielo por fuerza, y nosotros con toda nuestra sapiencia no nos elevamos más allá de la carne y la sangre."

El cómo no lo sé,
pero que Dios oye, lo experimenté.
No sé cuando la palabra dio
pero dice que mi súplica oyó.
Tarde o temprano respuesta vendrá,
esperar y orar, no necesito más.
No sé si contestará como yo pedí
pero siempre será lo mejor para mí.

4.    Para tener todo el poder en la oración, debes rendirle todo a Cristo. Vuélvete com­pletamente a El. Déjalo todo por seguir al Salvador. El tipo de devoción que corona a Cristo como Señor de todo es la devoción que a El le gusta honrar.
5.    Parece que Dios se complace en darle especial valor a la oración cuando esta nos cuesta algo. Los que madrugan gozan de la comunión y compañía con Aquel que cada día se levanta al amanecer para recibir las instrucciones de su Padre. Del mismo modo, aquellos que imbuidos de un santo fervor pasan la noche en oración, gozan de un poder de parte de Dios que no puede ser negado. La oración que no cuesta nada, no vale nada. Es simplemente un subproducto del cristianismo barato a que estamos acostumbrados.
El Nuevo Testamento continuamente liga la oración con el ayuno. El abstenerse de los alimentos puede ser una valiosa ayuda en el ejercicio espiritual. Al hombre que ayuna la abstinencia le da más claridad, concentración e inteligencia. Por parte de Dios parece que El está especialmente dispuesto a favorecer las oraciones cuando ponemos la oración co­mo más necesaria que el alimento.
6.    Evita las oraciones egoístas: "Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites" (Santiago 4:3). La carga pri­maria de nuestras oraciones debería ser los in­tereses del Señor. Debemos pedir en primer lugar: "Venga tu reino, sea hecha tu voluntad como en el cielo, así también en la tierra" pa­ra luego añadir: "Danos hoy nuestro pan de cada día".
7.    Deberíamos honrar a Dios con grandes peticiones porque El es un gran Dios. "Tenga­mos fe para esperar grandes cosas del Señor".

Si al Gran Rey vienes a ver
grandes peticiones debes traer.
Su amor y poder tan grandes son
que jamás los excederá tu petición.

Infinidad de veces hemos ofendido a nuestro Dios pidiendo demasiado poco. Nos hemos conformado con triunfos tan escasos, con logros tan pobres, con anhelos tan débiles por cosas más elevadas, que hemos dejado en los demás la impresión que nuestro Dios no es un gran Dios. No le hemos glorificado ante los que no le conocen pues no hemos vivido de tal manera que nuestra vida llame la aten­ción y despierte el deseo de inquirir acerca del poder que la sostiene. Casi no hemos oído decir de nosotros, como se decía del apóstol "ellos glorificaban a Dios en mí."
8.    Al orar debemos asegurarnos de estar en la voluntad de Dios. Entonces oraremos creyendo que El oirá y contestará. "Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedi­mos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cual­quiera cosa que pidamos, sabemos que tene­mos las peticiones que le hayamos hecho (1 Juan 5:14,15).
9.    Orar en el nombre de Jesús es orar de acuerdo a su voluntad. Cuando oramos verda­deramente en su nombre, es como si El estu­viera presentando su petición a Dios, su Padre. "Y todo lo que pidiereis en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré." (Juan 14:13-14). "Y aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os di­go, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo hará." (Juan 16:23) "Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mateo 18:19-20).
"Pedir en su nombre, significa ser llevado de la mano a la oración por él; significa, puedo decirlo así, que El se arrodilla a nuestro lado y sus deseos fluyen a través de nuestro corazón. Esto es lo que significa En su nombre. Su nombre es lo que El es, Su naturaleza, por lo tanto orar en el nombre de Cristo debe signifi­car orar de acuerdo a su bendita voluntad. ¿Acaso puedo orar para mal en el Nombre del Hijo de Dios? Lo que yo ore debería ser una expresión de su naturaleza. ¿Puedo hacer eso en oración? La oración debería exhalar el poder del Espíritu Santo, la mente de Cristo, los deseos de Cristo en nosotros. Que el Señor nos enseñe más y más a orar en su nombre. No deberíamos solo pensar en no terminar una oración sin las palabras mismas: En el bendito nombre de Jesús, sino también toda la oración debería estar impregnada, completamente lle­na del bendito nombre de Jesús; todo de acuerdo a ese nombre".
10.      Si nuestra vida de oración va a ser efectiva, debemos tener cuentas claras con Dios. Queremos decir que el pecado debe ser confesado y abandonado tan pronto como nos damos cuenta que ha entrado en nuestra vida. "Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad el Señor no me habría escuchado". (Salmo 66:18) Debemos permanecer en Cristo. "Si permanecéis en mí y mis palabras perma­necen en vosotros, pedid todo lo que queréis y os será hecho." (Juan 15:7). La persona que está en Cristo se halla tan cerca de El, que está llena del conocimiento de la voluntad del Señor. De este modo puede orar inteligente­mente y estar seguro de recibir la respuesta. El estar en El exige que obedezcamos sus manda­mientos. "Y cualquier cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus man­damientos y hacemos las cosas que son agrada­bles delante de él." (1 Juan 3:22). Se necesita un alma en correcta relación con él para que nuestras oraciones sean oídas y contestadas (1 Juan 3:20).
11.      No debemos orar solamente a cier­tas horas establecidas durante el día. Debemos formar la actitud de oración, de modo que estemos mirando al Señor mientras camina­mos por las calles, mientras conducimos el auto, en nuestro trabajo o en nuestro quehacer hogareño. Nehemías en un ejemplo clásico de este tipo espontáneo de oración (Nehemías 2:4). Es mejor habitar en la morada secreta del Altísimo, que hacerle visitas ocasionales.
12.      Finalmente, nuestras oraciones de­berían ser específicas. Es solamente cuando oramos por cosas definidas que podemos ver respuestas definidas.
La oración es un privilegio maravilloso. Por este medio, como dijo Hudson Taylor, po­demos aprender a mover al hombre a través de Dios. "¡Qué ministerio tenemos en nuestras manos para obrar milagros en el reino mara­villoso de la oración! Podemos llevar el sol a lugares fríos y ocultos. Podemos encender la luz de la esperanza en la cárcel de la desespera­ción. Podemos librar al prisionero de las cade­nas que le impiden caminar. Podemos llevar los pensamientos gratos del hogar al que está en el país lejano. Podemos llevar consuelo celestial a los espiritualmente débiles, aun cuando ellos estén trabajando más allá de los mares. ¡Estos son milagros en respuesta a la oración!"
A esto añade su testimonio un escritor llamado Wenham: "Predicar es un don difícil de hallar; el de orar es aún más escaso. La pre­dicación, como la espada es un arma que debe ser usada a corta distancia, no puede alcanzar a los que están lejos. La oración es como un rifle: tiene largo alcance y bajo ciertas circun­stancias es aún más efectiva".

Señor, ¡cómo cambian las cosas
al pasar una hora en tu presencia majes­tuosa!
Las pesadas cargas de nuestros hombros caen,
refrescas al alma con tu lluvia bienhe­chora,
caemos sobre las rodillas
y todo a nuestro lado parece descender.
Nos levantamos y lo lejano y cercano brilla,
con resplandor de sol en espiritual ama­necer.
Entonces, ¿por qué he de pensar
que la fuerza está lejos de mi, que soy débil,
que debo moverme con cuidado para no desmayar;
y en dolores, y penas y temores vivir?
No es esa mi parte. Señor.
La ansiedad, el temor, la turbación,
al gozo, la paz y el amor han cedido mi corazón,
porque me has concedido el bendito
don de la oración.

domingo, 12 de junio de 2011

Pensamientos

En la medida que crece la prosperidad material de los hijos de Dios, la fe, la esperanza y el amor tienden a debilitarse. La fe, porque tiene menos ocasiones de ejercitarse cuando el mañana parece muy seguro. La esperanza, porque al estar bien en la tierra, uno desea menos el regreso del Señor. El amor, porque la abundancia puede llevar al egoísmo; generalmente cuesta más ponerse en el lugar de los necesitados cuando uno mismo no carece de nada.
Anónimo.

            Cuando estamos con Dios, no tenemos miedo. Si nuestro estado espiritual es malo, tenemos miedo, porque nuestra conciencia no está tranquila. Si marchamos con el Señor, nuestra conciencia está tranquila y, estando en armonía con Dios, su bendición queda asegurada. Cuando somos rebeldes, demos por seguro que Dios no nos bendecirá. Tengamos la seguridad de que Dios pondrá en orden todas las situaciones, en su tiempo y a su manera. Bienaventurado aquel que se dirige a él para pedirle que ordene sus caminos, porque Dios tiene siempre la última palabra, aunque no estemos de acuerdo con él. No ganamos nada en luchar contra Dios; el que tiene la osadía de hacerlo, ya sea que se trate de un inconverso o de un creyente, sufrirá una gran pérdida.
Anónimo

CINCO PALABRAS

(1 Corintios 14:19)
               

A menudo nos maravillamos del modo en que las palabras de la Escritura actúan sobre el corazón: son como verdaderos “aguijones” (Eclesiastés 12:11). A veces una frase corta o, quizá, sólo unas palabras, se adueñan del corazón, penetran la conciencia, y ocupan la mente de una manera tal que se hace incontestable la divinidad del libro que las contiene. ¡Qué poder convincente, qué plenitud de inteligencia, qué fuerza de aplicación, qué revelación de lo que son nuestros corazones y nuestra naturaleza, se describe a lo largo de las páginas de las Escrituras! Detenerse a estudiar eso es algo que siempre resulta precioso, pero más aún en un tiempo como el presente en el cual el enemigo de Dios y del hombre intenta por diversos medios poner en duda la inspiración del divino Libro.
Las reflexiones que se acaban de hacer, surgieron a menudo a raíz de las palabras que constituyen el título de este artículo. “Prefiero” —nos dice el apóstol Pablo, lleno de abnegación y dedicación--, “hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a otros, que diez mil palabras en lengua desconocida”. ¡Qué importante es que todos aquellos que hablan recuerden esto! Sabemos que las lenguas tenían su importancia; debían servir de señal a los incrédulos: pero en la iglesia eran inútiles, a menos que hubiese un intérprete.
El propósito de hablar en la iglesia debe ser siempre la edificación, y sabemos que este objetivo sólo puede ser alcanzado en la medida en que las personas presentes comprendan lo que se dice. Es absolutamente imposible que yo sea edificado si no comprendo lo que se dice. Es necesario que se hable en un lenguaje inteligible, de manera de ser comprendido, pues de lo contrario no puedo recibir edificación. Esto es muy simple, sin duda, y merece la seria atención de todos aquellos que hablan en público. Pero, además, se-ría bueno que recordáramos que lo único que puede autorizarnos a levantarnos para hablar en la iglesia, es la certidumbre de haber recibido del Señor mismo algo que decir. Si no son más que “cinco palabras”, digámoslas y cuidémonos de no añadir ni una más. No hay mejor prueba de la falta de inteligencia que cuando un hombre quiere pronunciar “diez mil palabras” cuando Dios sólo le ha dado “cinco”. Y ello, sin embargo, ¡ocurre, lamentablemente, con demasiada frecuencia! ¡Qué gracia sería si tan sólo supiéramos atenernos a la medida que nos ha sido determinada! Esa medida puede ser pequeña, pero ¡qué importa!; seamos simples, fervientes y veraces. Un corazón humilde y piadoso es preferible a una mente culta o a un intelecto brillante, y Dios aprecia más el fervor de espíritu que un lenguaje rebuscado. Allí donde hay un simple y ardiente deseo de producir verdaderamente el bien de las almas, se hallará también la aprobación de Dios y abundarán mucho más los frutos benditos que donde no hay más que dones brillantes. Sin duda deberíamos procurar “los dones mejores”, pero recordando el “camino aun más excelente”, el del amor, que “no busca lo suyo”, sino siempre el interés de los demás (1 Corintios 12:31; 13:5). No es que quitemos mérito a los dones, sino que valoramos más el amor.
Finalmente, la enseñanza y la predicación serían mucho más provechosas con sólo observar este simple precepto: «No busque algo que decir porque tiene que decir algo, sino hable porque tiene algo que decir». Cuando alguien trata de reunir suficiente material para hablar durante un cierto espacio de tiempo, no es sino la prueba de una gran pobreza espiritual. Tales cosas no deberían suceder jamás. Que el maestro o el predicador se consagre cuidadosamente a su servicio, cultive el don que ha recibido, y espere en Dios para ser dirigido, fortalecido y bendecido; que viva en un espíritu de oración y respire la atmósfera de las Escrituras; y entonces estará así siempre preparado, cuando el Maestro quiera emplearlo; y las palabras que pronunciará, ya sean cinco o diez mil, glorificarán seguramente a Cristo y serán de bendición para quienes las oigan. Pero está perfectamente claro que en ningún caso se debería abrir la boca en la iglesia, sin tener la conciencia de que Dios le ha dado a uno algo que decir y sin tener el deseo de decirlo para edificación.
Écho du témoignage

SATANÁS QUE CAÍA DEL CIELO COMO UN RAYO

Cuando los setenta discípulos enviados por el Señor regresan a Él con gozo porque hasta los demonios se les sujetaban en su nombre, les responde: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo” (Lucas 10:18). ¿Qué significan estas palabras tan extrañas?
El envío de los setenta era un último llamamiento al pueblo judío antes de la cruz. El Señor se veía ya rechazado, pero enviaba una vez más a esa nación, por medio de los setenta, el mensaje de gracia y paz. Al mismo tiempo, tuvo que reprender la incredulidad de las ciudades en las cuales había hecho muchos de sus milagros. El juicio estaba a la puerta.
Cuando los setenta regresaron al Señor, gozosos porque los demonios mis-mos les obedecían, el Señor tenía en mente un acontecimiento futuro. En aquella época había, y hay hoy en día, potestades enemigas en el cielo (véase Efesios 6:10-13). Cuando decimos “cielo” no pensamos, en este caso, en la casa del Padre o en la luz inaccesible en la cual Dios habita (1 Timoteo 6:16), sino en Satanás que tiene acceso al cielo (véase Job 1:6-12), y allí es el “acusador de nuestros her-manos” (Apocalipsis 12:10).
Sin embargo, esta situación anormal no subsistirá siempre. El Señor Jesús establecerá su reinado de paz aquí abajo, y uno de los acontecimientos preliminares será que, tres años y medio antes, el diablo será expulsado del cielo y arrojado a la tierra (Apocalipsis 12:7-12).
Durante el tiempo, limitado, que se le concederá, engañará a los hombres de la tierra mediante el despliegue de todo su poder. “Con gran ira, sabiendo que tiene poco tiempo” los levantará contra el Señor del cielo. Pero, entonces, Cristo aparecerá en gloria. Pondrá de lado el poder de Satanás y establecerá su reinado. El diablo será arrojado al abismo (aún no al “lago de fuego”) y allí será atado por mil años (Apocalipsis 20:1-3). Después del reinado milenario será “suelto de su prisión” por un breve período y, finalmente, “lanzado en el lago de fuego y azufre” por la eternidad (v. 7, 10).
Cuando el Señor Jesús dice que ve “a Satanás caer del cielo como un rayo”, ve por anticipado ese triunfo final sobre Satanás y sus ángeles. Como acabamos de señalar, la victoria completa sobre Satanás se lleva a cabo en varias etapas. La primera etapa, fundamental, ya se realizó en la cruz. Allí, el Señor Jesús destruyó “por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Hebreos 2:14). Lo que vivieron los setenta discípulos era un anticipo de lo que sucederá al comienzo del reino milenario. Satanás será, un día, expulsado del cielo para siempre. El hecho de que los demonios obedecían a la palabra de los discípulos, constituía la señal precursora.
Creced 2008, N’1

Oh Señor, Vuélvenos a ti

Es más que probable que en toda la historia de los Estados Unidos nunca haya habido en ningún momento tanta actividad religiosa como la que existe en la actualidad. Y también es muy probable que nunca existiera menos espiritualidad. Por la razón que sea, el activismo religioso y la piedad son cosas que no siempre van juntas. Para descubrir esto, sólo es necesario observar la actual escena religiosa.
No hay, desde luego, ausencia de esfuerzos por ganar almas, pero muchos de nuestros ganadores de almas dan la impresión de que son poco más que vendedores de una marca de cristiandad que sencillamente no conduce a la santidad.
Si esto te choca como poco caritativo, haz esta pequeña prueba; arrodíllate y lee con reverencia el Sermón del Monte. Deja que se apodere de tu corazón. Atrapa su «sentir» espiritual. Intenta concebir qué clase de persona sería la que viviera sus enseñanzas. Luego compara tu concepción con el producto de la moderna cadena de producción religiosa. Encontrarás todo un mundo de diferencia tanto en conducta como en espíritu.
Si el Sermón del Monte es una buena descripción de la clase de persona que debiera ser un cristiano, entonces ¿a qué conclusión debemos llegar acerca de las multitudes que han «aceptado» a Cristo y que sin embargo no exhiben un rasgo moral o espiritual como los descritos por nuestro Señor?
Ahora bien, la experiencia nos ha preparado para la réplica que seguramente oiremos de amigos de tierno corazón. « ¿Quiénes somos nosotros para juzgar? Tenemos que dejar a estos profesos cristianos al Señor y cuidarnos de nuestra propia casa. Y, además, debiéramos sentirnos agradecidos por todo el bien que se está haciendo, y no estropearlo buscando faltas.»
Todo esto suena muy bien, pero es una expresión de un laissez faire religioso que se echaría descuidadamente a un lado y que dejaría que toda la iglesia de Cristo degenerara moral y espiritualmente sin osar levantar una mano para ayudar o dar una voz para advertir. Y no lo hicieron así los profetas. No lo hicieron así ni Cristo, ni sus apóstoles, ni los reformadores; y no lo hará nadie que haya visto abierto el cielo y haya visto visiones de Dios.
Elías hubiera podido mantenerse callado y se hubiera ahorrado muchos pro-blemas. Juan el Bautista hubiera podido quedarse callado y salvar su cabeza; y cada mártir hubiera podido haber recurrido al laissez faire y muerto cómodamente en su cama cargado de días. Pero con ello habrían desobedecido a Dios y se habrían expuesto a un severo juicio en el día de Cristo.
La ausencia de devoción espiritual en la actualidad es un signo ominoso y un portento. La moderna iglesia sólo tiene menosprecio hacia las virtudes sobrias: la mansedumbre, la modestia, la humildad, la apacibilidad, la obediencia, el desprendimiento, la paciencia. Para ser aceptada en la actualidad, la religión tiene que estar en la corriente popular. Y por ello mucha de la actividad religiosa rebosa de soberbia, de exhibicionismo, de autoafirmación, de pro-moción del ego, de amor de ganancia y de entrega a los placeres triviales.
Nos corresponde tomarnos todo esto en serio. Se está agotando el tiempo fijado para cada uno de nosotros. Lo que se debe hacer se debe hacer rápidamente. No tenemos derecho a permanecer ociosos y dejar que las cosas sigan su curso. Un granjero que deja de cuidar su rebaño encontrará a los lobos haciéndolo por él. Una caridad mal entendida que permite que los lobos destruyan el rebaño no es caridad en absoluto, sino indiferencia, y debería ser llamada por su nombre y tratada en consecuencia.
Es hora de que los cristianos creyentes en la Biblia comiencen a cultivar las gracias sobrias y que vivan entre los hombres como hijos de Dios y herederos de las edades. Y esto demandará más que un poco de acción porque todo el mundo y una gran parte de la iglesia están lanzados a impedirlo. Pero si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?

La mesa del Señor

1. ª Corintios 10:14-22

De vez en cuando resulta provechoso dar una mirada nueva a un tema viejo. Por medio de este artículo no pretendemos ser controversiales, sino expresar, tan brevemente como sea posible, cuál es nuestra opinión en cuanto a la línea de pensamiento, el núcleo argumental de este pasaje que nos habla acerca de la mesa del Señor.
El contexto, como siempre, es importante. Para comenzar, recordemos que la primera epístola a los Corintios trata acerca de temas prácticos que incumben a la Iglesia sobre la tierra. Podemos hallar una analogía al respecto en el libro de Números (que nos muestra al pueblo terrenal de Dios en su camino por el desierto). No podemos equiparar a Israel con la Iglesia, como hacen muchos, pues son totalmente distintos entre sí. Sin embargo, algunas de las experiencias de Israel proveen ilustraciones e instrucciones útiles para la Iglesia.
El capítulo 10 ejemplifica: los primeros trece versículos presentan varios incidentes de la historia nacional de Israel y ofrecen varias lecciones para nuestros días. El mensaje clave que se reitera por medio de estos ejemplos es el siguiente: «Gozar de los privilegios externos no implica contar con la aprobación de Dios». Para comprender mejor esta afirmación, podemos observar la siguiente tabla:
Privilegios externos
Sin aprobación
Razón
‘bajo la nube' (v.1)
‘pasaron el mar' (v.1)
‘bautizados en Moisés' (v.2)
‘comieron el mismo alimento espiritual' (v.3)
‘bebieron la misma bebida espiritual'(v.4)
Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto' (v.5)
codicia (v.6)
idolatría (v.7)
fornicación (v.8)
tentaron a Dios (v.9)
murmuraron (v.10)

Aun cuando nos impresiona la lista de privilegios de la primera columna, sin embargo, estas personas no cuentan con la aprobación de Dios, Él no se agradó de los más de ellos. La razón (columna 3) fue que aun siendo participantes (volveremos a esta palabra luego) de todos aquellos privilegios externos, a Dios le desagradaba su estado moral, motivo por el cual Él no aprobaba sus caminos.
Todo esto es para nosotros muy relevante hoy en día: el versículo 11 afirma que estas cosas acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros (ver también el v. 6). Pero en contraste con esta situación, los versículos 12 y 13 se muestran muy reconfortantes: aun cuando podamos caer, no necesariamente debemos sentirnos derrotados. Esta introducción (vv. 14-22) prepara el camino al apóstol para su enseñanza acerca de la mesa del Señor. El enlace temático es presentado con énfasis por medio del nexo “por lo tanto” del versículo 14.
Una afirmación tan abierta como “Por tanto, amados míos, huid de la idolatría” parecería una introducción muy dura para el tema de la mesa del Señor. Pero, tal como suele suceder en esta epístola, un problema grave da la posibilidad de que se presente una enseñanza positiva. Los corintios se habían sentido libres de asociarse a la idolatría, por lo que el apóstol utiliza la verdad de la mesa para demostrarles cuán grave era lo que ha-cían. Observemos en detalle sus argumentos y tratemos, con la ayuda del Señor, de percibir la línea de pensamiento, la relación existente entre la idolatría, por un lado, y el altar, la mesa y los emblemas, por el otro.
Lo primero que debemos notar es que Pablo habla de cuatro actividades externas: bendecir la copa, partir el pan, comer de los sacrificios judíos y comer de lo sacrificado a los ídolos. Y a continuación demuestra, en cada caso, que dichas actividades externas expresan e implican comunión con un principio mucho más profundo: comunión con la sangre de Cristo (v. 16), con el cuerpo de Cristo (v. 16), con el altar de Israel (v. 18), con la mesa del Señor (v. 21) y con la mesa de los demonios (v. 21), respectivamente. Podemos observar esta relación de manera gráfica:
 Actividad externa
Implica comunión con
Bendecir la copa
La sangre de Cristo
Partir el pan
El cuerpo de Cristo
Comer de los sacrificios judíos
El altar de Israel
Comer de lo sacrificado a los ídolos
Los demonios
De esta forma, el apóstol demuestra que cualquier asociación con las ceremonias idólatras de los paganos implica comunión con los demonios, conclusión que, sin dudas, habrá sorprendido a los corintios. Ellos quizá habrán argüido lo si-guiente: “Nosotros no estamos involucrados con la idolatría, porque visitamos el re-cinto del templo simplemente para encontrar algo de comer; estamos convencidos de que los ídolos no son nada y no creemos en ellos”. Pablo se anticipa a esta hi-potética refutación afirmando que él sabía que un ídolo no es nada (v. 20). El mismo apóstol había enseñado antes algo al respecto (8:3). Sin embargo, los incrédulos sí creen en los ídolos, por lo tanto lo que ellos estaban haciendo era idolatría. Si los corintios estaban involucrados externamente con tales prácticas idólatras, en consecuencia ellos eran culpables de tener una comunión interna con un principio relacionado con la idolatría: adorar a los demonios.
El núcleo de la enseñanza apostólica era que los corintios debían comprender el principio por el cual queda determinado que cualquier asociación externa im-plica comunión interna, pues esto ya tenía aplicación durante el tiempo de la ley (v. 18). El apóstol refuerza el sentido utilizando dos palabras griegas distintas para ‘co-munión'. En cada uno de los cuatro casos mencionados más arriba, utiliza la palabra koinonia para demostrar que la actividad externa implica una profunda comunión interna (vv. 16, 18 y 20). 
En conclusión, el apóstol afirma que las dos comuniones mencionadas son incompatibles. “No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios” (v. 21). Aquí utiliza una palabra un poco más dé-bil, metecho, porque aun la asociación externa es prohibida a causa de que la misma implica una comunión interna (koinonia) con dos principios opuestos.
Podríamos hacer muchos otros comentarios acerca de este pasaje, y seguramente ya han sido hechos. Pero a causa de la brevedad de este artículo solamente nos haremos dos preguntas que surgen:

1. ¿Tiene algo que ver la enseñanza acerca de la mesa del Señor con lo que hacemos al celebrar la Cena y durante el resto de la semana?
2. ¿Cómo puede un cristiano actualmente vivir y participar de la mesa del Señor de una manera que a Él le agrade?
En cuanto a la primera pregunta, la respuesta es “ambas cosas”. Resulta innegable que el texto menciona los emblemas (vv. 16, 17 y 21). Por lo tanto, no podemos disociar la mesa del Señor de los símbolos, pero la enseñanza no tiene relación con la manera en que nosotros participamos de ellos (de esto se ocupará en el capítulo 11) sino que nos presenta ciertas verdades relacionadas con esta acción, principalmente las siguientes:
a)     Que tenemos comunión con la sangre de Cristo y el cuerpo (físico) de Cristo (v. 16),
b)    Que somos miembros del cuerpo de Cristo (la Iglesia).
            En otras palabras, expresamos la comunión con Cristo y con aquellos que son miembros de Su cuerpo.
Por lo tanto, a causa de la verdad implicada y expresada cuando tomamos los emblemas (durante la cena, por supuesto) hay también implicaciones a partir de todo lo que hacemos el resto de la semana. El contexto en el que vivían los corintios había dado la ocasión para que estas instrucciones les fueran impartidas, como si el apóstol les hubiera dicho: «Si ustedes toman los emblemas el día del Señor, no podrán asociarse con la idolatría durante el resto de la semana». Y el mismo principio tiene vigencia en nuestros días: si tomamos los emblemas el día del Señor, tampoco podemos mantener el resto de la semana asociaciones que puedan deshonrar al Señor.
Para que no queden dudas (tal como dicen los abogados), ninguna de las verdades expresadas más arriba referidas a la mesa del Señor tienen relación alguna con la mesa física en la que los emblemas son colocados. Las Escrituras nos enseñan que en la mesa se expresa la comunión, y esta comunión, la que expresamos particularmente al tomar los emblemas, excluye la participación en cualquier otra comunión que deshonre al Señor.
La segunda pregunta es pertinente --aunque también plantea una dificultad--, para todos los creyentes de estos tiempos. Ante la fragmentación del testimonio cristiano profesante, ¿dónde deberían congregarse tales cristianos? Pues no donde simplemente se los represente por medio de una ‘etiqueta' de cristianos ni tampoco en alguna dirección de un grupo particular de cristianos. Por el contrario, si ellos realmente desean hallar un lugar donde participar de los emblemas de una manera que esté de acuerdo a la mesa del Señor, entonces deberán buscar un lugar donde encuentren como mínimo las siguientes características:
a)     Reconocimiento de la unidad del cuerpo de Cristo: participamos del pan porque somos miembros del un cuerpo, y no de alguna organización o denominación cualquiera (v. 17).
b)    Reconocimiento de la autoridad del Señor (¡se trata de Su mesa!), por lo tanto, también de las Escrituras (v. 21).
c)     Ninguna participación en asociaciones malas ni en cualquier actividad que deshonre al Señor (v. 21).
Que el Señor nos ayude a tomar conciencia de lo que manifestamos cuando participamos de los emblemas, y a honrarlo viviendo de una manera que esté de acuerdo con la comunión expresada a Su mesa.