domingo, 12 de junio de 2011

La mesa del Señor

1. ª Corintios 10:14-22

De vez en cuando resulta provechoso dar una mirada nueva a un tema viejo. Por medio de este artículo no pretendemos ser controversiales, sino expresar, tan brevemente como sea posible, cuál es nuestra opinión en cuanto a la línea de pensamiento, el núcleo argumental de este pasaje que nos habla acerca de la mesa del Señor.
El contexto, como siempre, es importante. Para comenzar, recordemos que la primera epístola a los Corintios trata acerca de temas prácticos que incumben a la Iglesia sobre la tierra. Podemos hallar una analogía al respecto en el libro de Números (que nos muestra al pueblo terrenal de Dios en su camino por el desierto). No podemos equiparar a Israel con la Iglesia, como hacen muchos, pues son totalmente distintos entre sí. Sin embargo, algunas de las experiencias de Israel proveen ilustraciones e instrucciones útiles para la Iglesia.
El capítulo 10 ejemplifica: los primeros trece versículos presentan varios incidentes de la historia nacional de Israel y ofrecen varias lecciones para nuestros días. El mensaje clave que se reitera por medio de estos ejemplos es el siguiente: «Gozar de los privilegios externos no implica contar con la aprobación de Dios». Para comprender mejor esta afirmación, podemos observar la siguiente tabla:
Privilegios externos
Sin aprobación
Razón
‘bajo la nube' (v.1)
‘pasaron el mar' (v.1)
‘bautizados en Moisés' (v.2)
‘comieron el mismo alimento espiritual' (v.3)
‘bebieron la misma bebida espiritual'(v.4)
Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto' (v.5)
codicia (v.6)
idolatría (v.7)
fornicación (v.8)
tentaron a Dios (v.9)
murmuraron (v.10)

Aun cuando nos impresiona la lista de privilegios de la primera columna, sin embargo, estas personas no cuentan con la aprobación de Dios, Él no se agradó de los más de ellos. La razón (columna 3) fue que aun siendo participantes (volveremos a esta palabra luego) de todos aquellos privilegios externos, a Dios le desagradaba su estado moral, motivo por el cual Él no aprobaba sus caminos.
Todo esto es para nosotros muy relevante hoy en día: el versículo 11 afirma que estas cosas acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros (ver también el v. 6). Pero en contraste con esta situación, los versículos 12 y 13 se muestran muy reconfortantes: aun cuando podamos caer, no necesariamente debemos sentirnos derrotados. Esta introducción (vv. 14-22) prepara el camino al apóstol para su enseñanza acerca de la mesa del Señor. El enlace temático es presentado con énfasis por medio del nexo “por lo tanto” del versículo 14.
Una afirmación tan abierta como “Por tanto, amados míos, huid de la idolatría” parecería una introducción muy dura para el tema de la mesa del Señor. Pero, tal como suele suceder en esta epístola, un problema grave da la posibilidad de que se presente una enseñanza positiva. Los corintios se habían sentido libres de asociarse a la idolatría, por lo que el apóstol utiliza la verdad de la mesa para demostrarles cuán grave era lo que ha-cían. Observemos en detalle sus argumentos y tratemos, con la ayuda del Señor, de percibir la línea de pensamiento, la relación existente entre la idolatría, por un lado, y el altar, la mesa y los emblemas, por el otro.
Lo primero que debemos notar es que Pablo habla de cuatro actividades externas: bendecir la copa, partir el pan, comer de los sacrificios judíos y comer de lo sacrificado a los ídolos. Y a continuación demuestra, en cada caso, que dichas actividades externas expresan e implican comunión con un principio mucho más profundo: comunión con la sangre de Cristo (v. 16), con el cuerpo de Cristo (v. 16), con el altar de Israel (v. 18), con la mesa del Señor (v. 21) y con la mesa de los demonios (v. 21), respectivamente. Podemos observar esta relación de manera gráfica:
 Actividad externa
Implica comunión con
Bendecir la copa
La sangre de Cristo
Partir el pan
El cuerpo de Cristo
Comer de los sacrificios judíos
El altar de Israel
Comer de lo sacrificado a los ídolos
Los demonios
De esta forma, el apóstol demuestra que cualquier asociación con las ceremonias idólatras de los paganos implica comunión con los demonios, conclusión que, sin dudas, habrá sorprendido a los corintios. Ellos quizá habrán argüido lo si-guiente: “Nosotros no estamos involucrados con la idolatría, porque visitamos el re-cinto del templo simplemente para encontrar algo de comer; estamos convencidos de que los ídolos no son nada y no creemos en ellos”. Pablo se anticipa a esta hi-potética refutación afirmando que él sabía que un ídolo no es nada (v. 20). El mismo apóstol había enseñado antes algo al respecto (8:3). Sin embargo, los incrédulos sí creen en los ídolos, por lo tanto lo que ellos estaban haciendo era idolatría. Si los corintios estaban involucrados externamente con tales prácticas idólatras, en consecuencia ellos eran culpables de tener una comunión interna con un principio relacionado con la idolatría: adorar a los demonios.
El núcleo de la enseñanza apostólica era que los corintios debían comprender el principio por el cual queda determinado que cualquier asociación externa im-plica comunión interna, pues esto ya tenía aplicación durante el tiempo de la ley (v. 18). El apóstol refuerza el sentido utilizando dos palabras griegas distintas para ‘co-munión'. En cada uno de los cuatro casos mencionados más arriba, utiliza la palabra koinonia para demostrar que la actividad externa implica una profunda comunión interna (vv. 16, 18 y 20). 
En conclusión, el apóstol afirma que las dos comuniones mencionadas son incompatibles. “No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios” (v. 21). Aquí utiliza una palabra un poco más dé-bil, metecho, porque aun la asociación externa es prohibida a causa de que la misma implica una comunión interna (koinonia) con dos principios opuestos.
Podríamos hacer muchos otros comentarios acerca de este pasaje, y seguramente ya han sido hechos. Pero a causa de la brevedad de este artículo solamente nos haremos dos preguntas que surgen:

1. ¿Tiene algo que ver la enseñanza acerca de la mesa del Señor con lo que hacemos al celebrar la Cena y durante el resto de la semana?
2. ¿Cómo puede un cristiano actualmente vivir y participar de la mesa del Señor de una manera que a Él le agrade?
En cuanto a la primera pregunta, la respuesta es “ambas cosas”. Resulta innegable que el texto menciona los emblemas (vv. 16, 17 y 21). Por lo tanto, no podemos disociar la mesa del Señor de los símbolos, pero la enseñanza no tiene relación con la manera en que nosotros participamos de ellos (de esto se ocupará en el capítulo 11) sino que nos presenta ciertas verdades relacionadas con esta acción, principalmente las siguientes:
a)     Que tenemos comunión con la sangre de Cristo y el cuerpo (físico) de Cristo (v. 16),
b)    Que somos miembros del cuerpo de Cristo (la Iglesia).
            En otras palabras, expresamos la comunión con Cristo y con aquellos que son miembros de Su cuerpo.
Por lo tanto, a causa de la verdad implicada y expresada cuando tomamos los emblemas (durante la cena, por supuesto) hay también implicaciones a partir de todo lo que hacemos el resto de la semana. El contexto en el que vivían los corintios había dado la ocasión para que estas instrucciones les fueran impartidas, como si el apóstol les hubiera dicho: «Si ustedes toman los emblemas el día del Señor, no podrán asociarse con la idolatría durante el resto de la semana». Y el mismo principio tiene vigencia en nuestros días: si tomamos los emblemas el día del Señor, tampoco podemos mantener el resto de la semana asociaciones que puedan deshonrar al Señor.
Para que no queden dudas (tal como dicen los abogados), ninguna de las verdades expresadas más arriba referidas a la mesa del Señor tienen relación alguna con la mesa física en la que los emblemas son colocados. Las Escrituras nos enseñan que en la mesa se expresa la comunión, y esta comunión, la que expresamos particularmente al tomar los emblemas, excluye la participación en cualquier otra comunión que deshonre al Señor.
La segunda pregunta es pertinente --aunque también plantea una dificultad--, para todos los creyentes de estos tiempos. Ante la fragmentación del testimonio cristiano profesante, ¿dónde deberían congregarse tales cristianos? Pues no donde simplemente se los represente por medio de una ‘etiqueta' de cristianos ni tampoco en alguna dirección de un grupo particular de cristianos. Por el contrario, si ellos realmente desean hallar un lugar donde participar de los emblemas de una manera que esté de acuerdo a la mesa del Señor, entonces deberán buscar un lugar donde encuentren como mínimo las siguientes características:
a)     Reconocimiento de la unidad del cuerpo de Cristo: participamos del pan porque somos miembros del un cuerpo, y no de alguna organización o denominación cualquiera (v. 17).
b)    Reconocimiento de la autoridad del Señor (¡se trata de Su mesa!), por lo tanto, también de las Escrituras (v. 21).
c)     Ninguna participación en asociaciones malas ni en cualquier actividad que deshonre al Señor (v. 21).
Que el Señor nos ayude a tomar conciencia de lo que manifestamos cuando participamos de los emblemas, y a honrarlo viviendo de una manera que esté de acuerdo con la comunión expresada a Su mesa.

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