lunes, 4 de abril de 2016

Doctrina: Cristología. (Parte IV)

III. La Encarnación


a)   Introducción.
Al estudiar este tema, surge una pregunta que es necesaria responder: ¿por qué  era necesaria la encarnación? ¿Por qué Dios tuvo que encarnarse y nacer como un hombre en esta tierra? ¿Cuáles fueron los motivos para que el Dios Eterno, la segunda persona de la Trinidad, se encarnase  y tuviese forma  semejante a los hombres, pero sin pecado?
Pienso que no hay una respuesta terminante, una respuesta definitiva que satisfaga a la pregunta.
Entendemos que Dios es Libre y por lo cual no tenía ninguna obligación de venir y salvar al hombre; pero al mismo tiempo podemos decir que el hombre no tenía ninguna forma de retornar al seno Paterno. Todo lo que pidiese hacer para lograr el favor divino era contrario a lo que Dios había mandado, y esto se ve claramente reflejado en el sacrificio de Abel y Caín (Gen 4:2-5).  El primero ofreció un sacrificio cruento, a modo de ejemplo que les había dado a sus padres en el Edén cuando les vistió con pieles y Caín trajo de su trabajo, no tomando en cuenta que los frutos ofrecidos venían de una tierra maldecida. Y el resultado de esto es que Caín se ensañó contra su hermano dándole muerte, en actitud de manifiesto desafío a Dios.  Siguiendo esta misma actitud humana de querer hacer lo contrario a lo que Dios estableció para acercarse a Él estamos todos los seres humanos, viviendo nuestra propia vida, acercándonos a Dios de un modo poco reverente, o, peor aún, cambiando a Dios por otros dioses de diversas formas (Romanos 1:22-25). Queremos poner nuestras propias obras para acercarnos a Dios, para que por medio de ellas podamos redimirnos, sin tener en cuenta que todo lo que podamos hacer son acciones inmundas, tal como lo expresa Isaías: “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento” (Isaías 64:6). Pablo lo explica del siguiente modo “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios.  Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; Con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; Su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre;  Quebranto y desventura hay en sus caminos;  Y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos” (Romanos 3:10-18). Con todo puede haber buenas personas, dispuestas a sacrificarse por otras (Romanos 5:7), pero ese sacrificio solo queda ahí, en bien de la otra. Por consiguiente, no existe sacrificio de hombre alguno que pueda servir para que la humanidad tuviese un camino de salida. Es posible que existan personas justas, pero su justicia sino no está puesta en Dios no sirve de nada (cf. Ezequiel 14:14).
Dado que el hombre no puede por naturaleza salvarse, era necesario que existiese un hombre que su sacrificio fuese aceptado por Dios y por los hombres. Por Dios, para que su justicia fuese satisfecha y por los hombres, para que se apropien de esta oferta de salvación. Por consiguiente, este hombre debía ser perfecto, sin pecado y en la tierra no había ninguno y tampoco nacería ninguno  que descendiese de hombre y mujer.
 De modo que al no haber nadie que pudiese satisfacer a la justicia de Dios, Dios proveyó un medio, que venía anunciando desde la caída del hombre en pecado. Entendemos que la misericordia de Dios impulsó a que el Hijo, la segunda persona de la Deidad, viniese a la tierra y tomase naturaleza humana (Juan 3:16; Filipenses 2:5-8a), sin dejar de ser Dios. Esta unión se le conoce como hipostasis, de la cual hablaremos más adelante.

b)   Nacimiento Virginal[1]
El nacimiento virginal fue el medio por el cual tuvo lugar la encarnación y garantizó la naturaleza no pecaminosa del Hijo de Dios[2].
Desde la eternidad Dios había planeado cada detalle de este acontecimiento, no era algo fortuito o reactivo ante el pecado, sino que había sido pre establecido antes que esto aconteciese (cf. Hechos 2:23; Juan 15:15c; 17:8,14).
El nacimiento del Señor es relatado en Dos evangelios (Mateo 1:18-25 y Lucas 1:26-38) y ambos se complementan para darnos un relato detallado de los hechos. Ambos presentan al Mesías en su forma humana, ya que destacan la genealogía de él. Sin embargo surge un problema con esto, al hacer un estudio detallado nos percatamos que ambas no son similares, son diferentes en extensión  y personas que componen el árbol genealógico. La respuesta que se ha dado y que aporta sentido a esta discrepancia, es la lista de ascendiente que presenta Mateo (1:1-17) corresponde a la línea de José y la que entrega Lucas (3:23-38) a la de María.
Ahora bien, la anunciación por parte del ángel Gabriel a María  de que ella había sido favorecida con llevar en su vientre al mesías prometido, era el cumplimiento de la profecía de Isaías: “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14 cf. Mateo 1:23). Ella estaba desposada (de novia, comprometida) con José hijo de Jacob (Mateo 1:18), no casada aun, por lo cual no había conocido varón, por eso fue la pregunta al ángel “¿Cómo será esto? pues no conozco varón” (Lucas 1:34). De manera que la respuesta fue simple, esto no era obra de humanos, sino  que “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:35).  
Dios no forzó a María, sino que ella estaba dispuesta a obedecerle voluntariamente, a pesar de llevar un hijo no estando casada. Simplemente dijo: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de su presencia” (Lucas 1:38). Esta aceptación tuvo sus costos para ella (cf. Mateo 1:19), pero Dios estaba con ella (Mateo 1:20). Con la respuesta de María, también se cumplió la profecía hecha por Dios a Eva en Génesis 3:15, la simiente de la mujer nacería y se llamaría Jesús.
Según la profecía de Miqueas 5:2, el Mesías debía nacer necesariamente en Belén, cuna de la casa de David, y  José y María estaban unos 115 Kilómetros al norte, en Nazaret, Galilea.  Dado el estado de gravidez de María, era un motivo más que suficiente para quedarse en una zona que para ellos era conocida. Pero Dios tenía su plan forjado desde la eternidad. José y María  no tenían motivo para viajar, pero Dios lo había creado. Roma, el imperio que gobernaba Israel, había ordenado un censo (Lucas 2:1) y había ordenado que cada uno fue censado en su ciudad natal (Lucas 2:3) y José y su esposa tuvieron que ir a Belén ya que él había nacido ahí y era de casa de David (Lucas 2:4). De este modo la profecía de Miqueas se cumplió en forma integral.
Al llegar a Belén no encontraron  un lugar para que ella diera a luz a su Hijo, el Salvador del Mundo, y sólo había para Él un pesebre (Lucas 2:7), un lugar que era destinado para guardar a los animales. Dios, el Eterno y lleno de Gloria, se había encarnado y nacido en un humilde lugar, ya que para Él no había ningún otro lugar, ni siquiera el mesón. Había venido a este mundo en una extrema humildad. Pablo expresó este momento del siguiente modo: “tomando forma de siervo” (Filipenses 2:7). El siervo (literalmente, esclavo) era la condición social más baja que existía en aquella sociedad, que prácticamente no tenía ningún derecho y solo debía servir a sus amos, su vida no le pertenecía y otros decidían por él, incluso si debía morir. Dios que tomó esta forma de Siervo, nació en un pesebre, rodeado de animales.
Este portentoso hecho pasó desapercibido para la gran mayoría de los hombres, pero un ángel dio aviso a los pastores y una multitud daba Gloria a Dios (Lucas 2:8-20). Este portento, motivó a que los pastores[3], y no los asustó, sino que fueron a ver al lugar indicado por el ángel y allí lo encontraron; cuando salieron de ahí, lo hicieron dando gloria a Dios.
Casi dos años después unos extranjeros le rindieron honor y los de su propio pueblo querían darle muerte (Mateo 2:1-12).
¿Quién era este niño que nació en una condición tal humilde y que provocó que los ángeles apareciesen  y señalasen el humilde lugar en el que nació?
La Biblia aclara que este niño era Dios mismo. Juan dice: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:1,14). Y Pablo describe este proceso de la encarnación del Hijo de Dios en una forma teológica que lo describe del siguiente modo: “…el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres…” (Filipenses 2:6-7).
(Continuará)




[1] Este término es usado para expresar que desde la concepción hasta el nacimiento del Señor Jesús, María tenía la condición de virginidad, ya que en la concepción del Mesías no hubo participación de hombre alguno. De ningún modo abalamos la doctrina de la Iglesia Católica que indica que tuvo una virginidad perpetua, ya que creemos que tuvo más hijo, porque se identifica a Jesús como su primogénito (Mateo 1:25). Si leemos con cuidado vemos que este versículo citado destruye tal teoría, ya que además se utiliza el verbo “conoció”, que se usa para dar a entender que en forma posterior tuvo una relación normal entre hombre y mujer que se encuentran casados, de cuya relación nacieron más hijos (cf. Mateo 12:46, 47; 13:55; Marcos 3:31,32; Lucas 8:19, 20; Juan 7:3,5)
[2] Paul Enns, Compendio Portavoz de teología, Página222
[3] Se piensa que estos pastores era sacerdotes destinado a cuidar las ovejas que se usaban en los sacrificios del templo.

LA PRIMERA EPÍSTOLA DE JUAN (Parte IV)

Capítulo 3: Crecimiento en la Vida Divina (1 Juan 2: 12-27)


El apóstol ha hablado de la vida eterna manifestada en perfección en Cristo; él también ha traído ante nosotros las dos grandes características que caracterizarán a aquellos que poseen la vida mientras pasan por este mundo -obediencia y amor. En la porción de la Epístola que está a continuación, el apóstol muestra que, aunque todos los creyentes poseen la vida, con todo, hay crecimiento en la vida divina.
Él ve a los creyentes como formando la familia de Dios, y usa las relaciones de la vida común —padres, jóvenes e hijitos- para presentar diferentes etapas de crecimiento espiritual en la aprehensión de la verdad y en la experiencia Cristiana. Él no usa estos términos para presentar etapas en la vida natural, sino, más bien, diferencias  en el crecimiento espiritual. Una persona convertida en una edad avanzada, espiritualmente no sería más que un niño, mientras que un creyente comparativamente joven en años podría, por medio del progreso espiritual, llegar a ser un padre. Además, el apóstol presenta las trampas especiales a las que están expuestos los creyentes en las diferentes etapas del crecimiento.

(Versículo 12). "Os escribo a vosotros, hijitos míos, por cuanto vuestros pecados os son perdonados a causa de su nombre." (Versión Moderna). Antes de hablar de las diferentes etapas del crecimiento espiritual, el apóstol se refiere a la bendición que es verdadera de toda la familia de Dios. Él se dirige a todos los creyentes como a "hijitos"; este es un término cariñoso. Él declara, entonces, que el perdón de pecados es la gran bendición que caracteriza a cada miembro de la familia de Dios. Separados de esta bendición ellos no pertenecerían a esta familia. El apóstol no escribe a pecadores a fin de que ellos puedan ser perdonados, sino a creyentes debido a que son perdonados. Además, ya que él va a hablar de experiencias y progreso espiritual, les recuerda a los creyentes que son perdonados "por su nombre." Como creyentes, él nos recuerda que no hemos sido perdonados por nada de lo que somos, o a causa de cualquier experiencia no obstante lo real que ella sea -eso sería 'por nuestro nombre'. Nosotros somos perdonados debido a lo que Dios ha encontrado en Cristo y Su obra -"por su nombre". El Señor mismo había instruido a los discípulos "que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones" (Lucas 24:47). Pedro, al llevar a cabo la comisión del Señor, proclamó a los Gentiles que, "todo aquel que en él creyere, recibirá en su nombre remisión de pecado" (Hechos 10:32 - Versión Moderna). De esta forma, el perdón de pecados no es un asunto de un logro; es proclamado a nosotros por medio del Señor Jesús, y recibido por medio de la fe en Cristo. (Hechos 13: 38, 39).

(Versículo 13). Habiendo indicado lo que es común a toda la familia de Dios, el apóstol presenta tres etapas del crecimiento espiritual bajo los términos: padres, jóvenes e hijitos. Él no escribe a "ancianos", jóvenes e hijitos. Difícilmente sería "ancianos" una figura apropiada para presentar la etapa más alta del crecimiento espiritual, ya que el término implica debilidad y decaimiento. Él usa el término "padres", que sugiere madurez y adultez de experiencia.
Las características destacadas de cada clase son indicadas en primer lugar; los padres han conocido a Cristo que es desde el principio; los jóvenes son caracterizados habiendo vencido al maligno; los hijitos han conocido al Padre.
En el curso del crecimiento natural podemos perder en gran medida las características de una etapa más temprana del crecimiento. Esto no es así en el crecimiento espiritual. Los jóvenes no cesan de conocer al Padre debido a que han aprendido a vencer al maligno; los padres no cesan de vencer al maligno debido a que han aprendido a conocer a Aquel que es desde el principio.
Al escribir a cada clase el apóstol usa las palabras "porque conocéis" y "porque habéis", mostrando que había un punto de afinidad entre él y cada clase. Era decir prácticamente, «Yo les escribo debido a que ustedes están gozando lo que yo estoy gozando». Estas tres etapas cubren todo el terreno del Cristianismo práctico. Aquel que posea todas estas características será un cristiano plenamente desarrollado.

(Versículo 14). Padres. Habiéndonos dado las características destacadas de cada etapa del crecimiento Cristiano, el apóstol otra vez se refiere a cada clase, presentando en el caso de los jóvenes y los hijitos, sus peligros especiales.  Él no tiene nada nuevo que agregar en cuanto a los padres; él repite, "habéis conocido al que es desde el principio". Puede surgir la pregunta, ¿Acaso los jóvenes y los hijitos no conocen a Cristo? Ciertamente que ellos conocen a Cristo como su Salvador, pero conocer a Cristo como Aquel Único que es desde el principio implica que no solamente conocemos a Cristo como salvándonos de nuestros pecados y del juicio, sino que hemos avanzado de tal forma en la vida espiritual que hemos discernido en Cristo a Aquel Único que es el principio de un completo mundo nuevo de bendición, según los consejos del corazón del Padre. La expresión "desde el principio", tiene la fuerza de 'desde el comienzo'. Conocer que Él es desde el principio es entender que, con la venida de Cristo, está el comienzo de una creación enteramente nueva en la que las cosas antiguas habrán pasado para siempre. Quienes  conocen a Cristo de esta manera, no tendrán ninguna esperanza adicional de reformar al hombre o de mejorar el mundo. Ellos mirarán más allá de este mundo y tendrán sus mentes puestas en las cosas de arriba. Todas sus esperanzas estarán centradas en Cristo. Ellos han alcanzado una etapa de crecimiento en la cual Cristo es todo y está en todo.

(Versículo 14). Jóvenes. Los hijitos se caracterizan por su confianza en el amor del Padre. Los jóvenes no pierden esta confianza, pero, además, se caracterizan por la fuerza espiritual para vencer en el conflicto. En la vida natural, los jóvenes tienen que enfrentar el mundo y luchar la batalla de la vida. De igual forma, en la vida espiritual, los "jóvenes" son aquellos creyentes que se caracterizan por ese vigor espiritual que les capacita para vencer al maligno.
La fuente de su fuerza para vencer es la palabra de Dios. Ellos vencen al enemigo, no por razón o habilidad humanas, no por la sabiduría de las escuelas, sino por medio de la palabra de Dios, y además, por la palabra de Dios permaneciendo en ellos. No es simplemente que ellos comprenden la palabra de Dios, o que la han guardado en su memoria, sino que ella forma sus pensamientos, ocupa sus afectos y gobierna sus acciones. Para los tales, la palabra no es algo que se puede tomar livianamente, o entregar livianamente, bajo la influencia de un maestro. Ella habita en el corazón como siendo la palabra de Dios, y por lo tanto, sostenida en la fe en Dios. Alguien ha dicho, «El verdadero secreto de poder usar la palabra de Dios contra el diablo es que la palabra de Dios esté guardando vuestra propia alma».
Si la palabra de Dios permanece en nosotros, llegará a ser nuestra guía en cada circunstancia y nuestra defensa en cada conflicto. Algunos han puesto sus ojos en la conciencia como una guía, y así con la mayor sinceridad han sido conducidos a acciones de lo más reñidas con el Cristianismo, incluso a perseguir a los santos de Dios, como en el caso de Saulo de Tarso. Estrictamente, la conciencia no es una guía, sino un testigo. Ella atestigua según la luz que nosotros tenemos. La verdadera luz y guía es la Palabra de Dios, y, si tenemos esa luz, la conciencia atestiguará en cuanto a si nuestro andar es según la luz. Así la Palabra de Dios llega a ser la prueba para todo. A veces podemos probar cosas por su utilidad o éxito aparentes. Solamente descubriremos el verdadero carácter de cualquier cosa si la sometemos a la prueba de la Palabra de Dios. Someter a la prueba de la Palabra es estar verdaderamente sometidos a Dios, y el diablo no tiene poder contra una persona sometida. Así nosotros vencemos al maligno.
            Tenemos el ejemplo más perfecto de esta victoria en nuestro Señor. El diablo buscó sacarle del lugar de dependencia de Dios, de consagración a Dios, y de confianza en Dios. El Señor venció en cada caso, no por medio del uso del poder de Su Deidad, sino, como el Hombre perfecto, dependiente, usando la Palabra de Dios. En cada tentación el Señor venció diciendo, "Escrito está". Además, la palabra que Él usó fue la palabra que Él guardó. Es inútil intentar enfrentar las tentaciones del diablo con una palabra que nosotros mismos no estamos obedeciendo. Si nuestros pensamientos y palabras y caminos son gobernados por la Palabra, nosotros la podemos usar  eficazmente contra el diablo y vencer.

El yugo desigual (Parte IV)

El yugo comercial


¿Qué parte el creyente con el incrédulo?  2 Corintios 6.15.
En una asociación, compañía o sociedad empresarial, dos o más miembros son inversionistas. Cada uno aporta, posiblemente participa en las labores, y recibe su porción de las ganancias. Si un creyente es socio con incrédulos, entonces su yugo es desigual. Hay otras sociedades donde el incrédulo invierte los fondos y el creyente hace el trabajo. Es una entidad mancomunada, a veces llamada una sociedad industrial. Se reparten los beneficios entre las partes. Los dos están bajo el mismo yugo, porque el inversionista puede exigir qué hacer y el creyente está comprometido si se actúa injustamente, con engaño o en contravención de leyes.
Si el hijo de Dios puede disponer de dinero y lo invierte por su propia cuenta, está libre porque puede conducir el negocio como le parece correcto. Está en el deber de cancelar los fondos recibidos en préstamo, con sus intereses, pero el prestamista no tiene voz ni voto en el negocio.
Si el creyente no puede trabajar por su cuenta, o en sociedad con otro que también sea salvo, entonces es mejor que busque empleo bajo una relación de dependencia. ¿Qué son las ganancias materiales en comparación con el galardón celestial? Mejor ser pobre y justo delante de Dios que rico pero desobediente a Él. El desobediente puede incurrir en la disciplina de Dios y corre el riesgo de perder todo.
Un ejemplo bíblico de esto se halla en el rey Josafat. Su amistad con el impío Acab le condujo a continuar así con su hijo Ocozías. Josafat “trabó amistad con Ocozías, rey de Israel, el cual era dado a la impiedad, e hizo con él compañía para construir naves que fuesen a Tarsis. Entonces Eliezer… profetizó contra Josafat, diciendo: Por cuanto has hecho compañía con Ocozías, Jehová destruirá tus obras. Y las naves se rompieron y no pudieron ir a Tarsis”, 2 Crónicas 20.35 al 37.
Ocozías evidentemente no se desanimó en el fracaso, sugiriendo que fue a causa de los tripulantes neófitos de Judá. Pero recibió el trastorno como advertencia de Dios. En 1 Reyes 22.48, 49 leemos: “Josafat había hecho naves de Tarsis, las cuales habían de ir a Ofir por oro; mas no fueron, porque se rompieron en Ezion-geber. Entonces Ocozías hijo de Acab dijo a Josafat: Vayan mis siervos con los tuyos en las naves. Mas Josafat no quiso”. ¡Ojalá que todo creyente tentado a seguir en un yugo como este se resuelva igualmente a decir que no!
Posteriormente Amazías, rey de Judá, tomó a sueldo a cien mil hombres valientes de Israel para salir juntos a la guerra. “Más un varón de Dios vino a él y le dijo: Rey, no vaya contigo el ejército de Israel, porque Jehová no está con Israel”, 2 Crónicas 25.6 al 10. Amazías no quería perder la plata invertida, y dijo: “¿Qué, pues, se hará de los cien talentos que he dado al ejército de Israel? Y el varón de Dios respondió: Jehová puede darte mucho más que esto”.
Este ejemplo debe animar a los que han asumido un yugo desigual para que salgan de él. Aunque pierdan materialmente, es mejor obedecer al Señor y confiar en Él, porque es capaz de remunerar con mayores cosas.

martes, 1 de marzo de 2016

Pensamiento

Salmo 2:7 se cita tres veces en el nuevo testamento. Esta referencia del Antiguo Testamento es ilustrativa de la encarnación de  Jesús, pero también de su sacerdocio. Empezando en los Salmos, podemos rastrear la calidad de Hijo de Cristo en lo que tiene que ver con su papel como sacerdote según el orden de Melquisedec.

Vine & Hogg (Comentario Temático de Cristo, Página 23, Editorial grupo Nielson)

Demas en tres tiempos

La historia de la humanidad es un estudio provechoso y las Sagradas Escrituras constituyen el mayor texto de historia que el mundo tiene. En ellas encontramos el origen del universo, la formación y caída de civilizaciones, la historia de pueblos y naciones y las experiencias personales de muchos hombres y mujeres. Algunos individuos abren sendas beneficiosas para los que siguen en sus pisadas pero otros brillan como faros de advertencia para que sepamos evitar las rocas que les llevaron al desastre.
      Entre estos últimos está Demas. La Biblia narra su trayectoria muy escuetamente en tres etapas. Le encontramos (1) bien, (2) fallando e (3) ido.

Demas en la corriente
Te saludan Marcos, Aristarco, Demas y Lucas, mis colaboradores (Filemón 1:24).
      La primera mención de este hombre, cronológicamente, le presenta como consiervo del apóstol Pablo en los días difíciles de su encarcelamiento en Roma. Demas está visto entre excelentes compañeros: Pablo, Juan Marcos, Lucas y Aristarco. Acertadamente se dice en el mundo, “Dime con quién andas, y te diré quién eres”. Las Escrituras lo habían dicho antes: “El que anda con sabios, sabio será”, Proverbios 13.20.
      Todo creyente debe escoger sus amistades con cuidado. Aun entre cristianos se hace importante buscar a los espirituales: aquellos que enfilan a uno hacia la Biblia y lo celestial, y no abajo y afuera a lo mundano. Sin embargo, andar en buena junta no basta; no es una garantía de prosperidad del alma si no está acompañado de comunión con Dios. Esto se insinúa en la próxima etapa de la vida de este hermano en Cristo.

Demas a la deriva

Os saluda Lucas el médico amado, y Demas (Colosenses 4:14)
      Cada palabra en el Santo Libro ha sido escogida por designio y no por casualidad. En Colosenses 4 encontramos a ocho hermanos asociados con Pablo y siete de ellos reciben algún voto de confianza. Demas está entre los ocho, pero de él nada se dice.
      Tíquico (4.7), es un amado hermano y fiel ministro y consiervo en el Señor. Onésimo, versículo 9, es amado y fiel hermano. Aristarco es “mi compañero de prisiones”. A Juan Marcos se le recomienda y de él se escribe nota aparte. Justo, 4.10, es un consuelo también. Epafras se describe como fervoroso intercesor y creyente celoso. Lucas es “el médico amado”. ¿Y Demas? Nada.
      Parece que Marcos, después de un problema en su vida años antes, ha ganado la confianza del anciano apóstol, pero que Demas, después de un tiempo de servicio en las cosas del Señor, está fallando.

 Demas naufragado

Demas me ha desamparado, amando este mundo, y se ha ido (2 Timoteo 4.10).
      Han transcurrido unos años,* y ahora llegamos al Capítulo III en el relato. Pablo, fiel y anciano guerrero de la cruz, yace en un calabozo romano en espera del martirio. Cristo llena su corazón; su fe y esperanza no admiten derrota pero él es muy humano y anhela el compañerismo de sus hermanos. Pide a Timoteo y Marcos que vengan porque, “sólo Lucas está conmigo”. Bajo estas circunstancias, ¡cuánto le dolió que Demas le haya dejado!
      ¿Cuál fue la causa? No fue un caso de haber sido vencido por la presión y persecución. Fue amor a “este mundo”. La expresión está en contraste con la del versículo 8 acerca de la corona que el Señor dará a “todos los que aman su venida”. Demas se ha marchado y nada más sabremos de él en la historia bíblica.
      Seamos de los que demos todo nuestro tiempo a la obra del evangelio, seamos ancianos en las asambleas o creyentes maduros, o seamos nuevos en los caminos del Señor, tengamos todos el mismo cuidado, acaso el amor para Cristo en nuestro corazón sea desplazado por el amor al mundo.
      El mundo luce atractivo y próspero. Los poderes de Satanás se hacen sentir, pero la venida del Señor se acerca. Que nunca sea dicho de nosotros que “él / ella se ha ido, amando a este mundo”.
 Truth & Tidings, junio 1956
* La opinión general es que la carta a Filemón en Colosas y la carta a la asamblea de los colosenses fueron escritas en el mismo año, y 2 Timoteo seis o siete años más tarde.

Escenas del Antiguo Testamento (Parte III)

Abel (Génesis 4.1 al 8)

“Decid al justo que le irá bien: ¡Ay del impío! mal le irá” (Isaías 3.10, 11).
Tenemos ante nosotros otro personaje bíblico para nuestro estudio: Abel, el segundo hijo de Adán y Eva. Ambos hermanos nacieron después de la caída; ambos nacieron fuera del Edén, y participaron de la herencia pecaminosa de sus padres; “Eran por naturaleza hijos de la ira”. No debemos pues olvidar que ambos tuvieron una misma procedencia, recibieron igual enseñanza, ocuparon idéntica posición delante de Dios. No había diferencia alguna entre los dos. Pero notamos con sorpresa en el desarrollo de esta historia la enorme distancia que al fin separó a dos hermanos.
Caín y Abel son como el punto de donde parten dos grandes líneas de gentes, en los cuales pueden fundirse todos los credos religiosos que llenan el mundo: la una, el camino Caín (la justificación por obras), lanzándose en el error de Balaam (la hipocresía), para perecer en la contradicción de Coré (la soberbia). Véase Judas versículo 11. La otra, el camino de Abel, la justificación por la fe, dirigiéndose a la cruz, regocijándose en la resurrección y remontándose hasta la gloria donde “nuestra vida está escondida con Cristo en Dios”, para al fin habitar eternamente en la Nueva Jerusalén. “La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto”. “El camino de los impíos es como la oscuridad: no saben en qué tropiezan”.
Abel tuvo la desventaja de tener delante de sí un mal ejemplo; Caín fue primero en llevar ofrenda a Jehová. Por naturaleza somos propensos a imitar a otros. Son muy contados los que obran por propia iniciativa. En las artes, en la industria y en las ciencias la mayoría sigue el camino trillado, la rutina; muy pocos los que se detienen para examinar, estudiar y comparar. En religión acontece lo mismo. Cuán comunes son las palabras: “Yo sigo la religión de mis mayores, la religión en que nací”.
Abel vio pasar a Caín llevando su atractivo y hermoso sacrificio, “el fruto de la tierra”. Abel no imitó a su hermano mayor. El ojo escrutador de la fe alcanzaba a mirar más allá de las simples apariencias, a la santidad de Dios y sus justas demandas; y por eso Abel, despreciando el mal ejemplo de Caín, “trajo de los primogénitos de sus ovejas, y de su grosura” una ofrenda a Jehová, o, en otras palabras: “por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas”, Hebreos 11.5.
Abel vislumbró la doctrina divina de que “sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados”, y la verdad gloriosa de que por medio de un sustituto el pecado era cubierto, la justicia y santidad de Dios satisfechas, y un camino abierto hasta su misma presencia. Esta es la enseñanza que emana del Calvario, la doctrina de la cruz: Cristo, el Cordero de Dios, la víctima inmaculada, cuya sangre “habla mejor que la de Abel”. Él, por el Espíritu Eterno se ofreció a si mismo sin mancha a Dios; fue entregado por nuestros delitos, y resucitado para nuestra justificación. Ahora, ascendido a los cielos y senta­do a la diestra del Altísimo, Él “puede sal­var eternamente a los que por él se allegan a Dios”.
¿Qué le falta por hacer al pobre pecador? ¿Tiene que continuar con sus ofrendas y sacrificios diarios? No, pues Cristo, “una vez en la consumación de los siglos, para deshacimiento del pecado se presentó por el sacrificio de sí mismo”, y “donde hay remisión de pecados no hay más ofren­da por ellos”. Tan sólo tiene que aceptar la salvación que gratuitamente le es ofrecida. “El que tiene sed, venga: y el que quiere, tome del agua de vida de balde”, Apocalipsis 22.17.
Y ¿cómo puede hacer suya esta salvación? Por la fe; porque “sin fe es imposible agradar a Dios”, pues, aunque la salvación es por gracia, sin embargo es la fe el único medio por el cual podemos entrar en posesión de ella. Y entonces “justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”.
La ofrenda de Abel fue acepta por Dios. Probablemente le respondió con fuego del cielo consumiendo el sacrificio, como sucedió después con Elías en el Carmelo. (1 Reyes 1) La fe y el proceder justo de Abel le ocasionaron la muerte. La intolerancia armó el brazo de Caín, y la descargó sobre su hermano. San Juan dice: “¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justos”. Y agrega: “Hermanos míos, no os maravilléis si el mundo os aborrece”. Pues está escrito: “Todos los que quieren vivir píamente en Cristo Jesús, padecerán persecución. Más los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados”, y el apóstol Pedro nos exhorta con estas palabras: “Así que ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por meterse en negocios ajenos. Pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence; antes glorifique a Dios en esta parte”, 1 Pedro 4.15, 16.

El Mensajero Cristiano

Estudios sobre el libro del profeta MALAQUIAS (Parte VIII)

CAPÍTULO 3:16-18: LOS QUE TEMEN AL SEÑOR (continuación)

«Y Jehová escuchó».
Éste es un pensamiento muy dulce para el corazón de los que se interesan en él y en su cercana venida. Presente, aunque invisible, está junto a aquellos que hablan de él, permanece atento a sus palabras, las que llegan con claridad a su oído. Escucha, incluso cuando estas conversaciones, como las de los discípulos de Emaús, vayan mezcladas con mucha ignorancia. Estos dos hombres habían perdido a su Salvador y ya no le esperaban, pero «pensaban en su nombre», aunque estaban abrumados por la tristeza. No sabían que había resucitado, pero conversaban acerca de él... Y he aquí que el Señor se les une en el camino, se interesa por esos pobres israelitas que habían perdido a Aquel de quien podían decir: ¡Cuánto nos amaba! Luego les abre las Escrituras y sus corazones empiezan a arder dentro de ellos. Una vez que se ha revelado a ellos, no tienen nada más urgente que correr para anunciar a sus herma-nos esa buena nueva. Mientras ellos hablan el uno al otro, Jesús mismo aparece en medio de ellos y les abre la inteligencia para que comprendan las Escrituras. Luego él sube al cielo mientras les bendice, y ellos, llenos de gozo, regresan a Jerusalén para hablar el uno al otro de él y de su próxima venida.
«Y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre» (v. 16). En este libro, todas las palabras de almas piadosas que reconocen su autoridad, que piensan en él durante su ausencia, y que, como Filadelfia, no niegan Su nombre, quedan registradas. Este «libro de memoria» es escrito «delante de él», pues él da importancia a todo lo que han expresado los que le aman, sin que falte una sola palabra. Sus nombres también son consigna-dos en este libro, el cual es guardado por él mismo con sumo cuidado. Se sabe lo que es un libro de recuerdo que se transmite en las familias; se ve a ancianos que guardan con enternecedor cuidado el libro de memoria en el cual están inscritos —con las fechas— los nombres y los pensamientos de aquellos a quienes amaron en su juventud. ¡Y pensar que el Señor posee un libro parecido y que lo guardará para siempre! Si, durante el tan corto tiempo de nuestro tránsito por este mundo, no hemos negado su nombre y hemos guardado la palabra acerca de su venida, eso nunca será olvidado, y el libro de memoria del Señor permanecerá abierto de continuo en el cielo, delante de él.
«Y serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día en que yo actúe; y los perdonaré como el hombre que perdona a su hijo que le sirve» (v. 17).
El Señor habla dos veces, en los últimos versículos de Mala-guías, del «día en que... actúe» (ver el capítulo 4:3). El salmo 118:24 nos revela el alcance de este término: «Éste es el día que hizo Jehová», un día maravilloso en el cual Cristo —la piedra que los edificadores desecharon vino a ser cabeza (o remate) del ángulo. En este salmo, la presentación gloriosa del Señor a su pueblo es celebrada por adelantado. Sin duda, el juicio es constantemente mencionado en los profetas como el día de Jehová, el día del Señor; el mismo Malaquías habla de él (4:1) como de un día que viene, ardiente como un horno, pero nunca ese día del juicio es llamado el día que Jehová hará. Lo que el Señor introduce y establece no es el juicio, sino la salvación, la justicia, la paz, el gozo, la gloria. En el día que él hará, Dios presentará a su amado Hijo al mundo como el Melquisedec portador de todas esas gracias.

Mi especial tesoro
En ese día, dice Jehová, los que me temen «serán para mí especial tesoro» (v. 17). Entonces, él reivindicará a los fieles como suyos, como no pertenecientes a nadie más. Todos los tesoros del universo entero le pertenecen, y él será manifestado públicamente, en su reinado milenario, como el poseedor de todas estas cosas, pero también tendrá un tesoro especial que no será abierto al público, un tesoro que le pertenece a él solo, del cual sólo él tendrá la llave, del cual solo él disfrutará. Como el tesoro personal de los soberanos del oriente, en el que se encuentran sus joyas más preciosas, el tesoro de Jehová estará compuesto por aquellos que, antiguamente, en medio de la infidelidad general, temían a Jehová y hablaban el uno al otro, por aquellos que le esperaban como «la aurora» (Lucas 1:78) y también por los que le esperan, hoy, como la Estrella resplandeciente de la mañana. En el día de su gloria, los pobres del pueblo, como también los débiles testigos de hoy, fieles en medio de la ruina, le serán sus tesoros más preciados.
Los que componen este tesoro especial han guardado la palabra de su espera y no han negado su nombre (Apocalipsis 3). La sinagoga de Satanás puede no reconocer a esos fieles, pero el Señor les conoce, y los que otrora les despreciaban sabrán un día que el Señor les ha amado.
«Y los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le sirve» (v. 17). ¡Lazo bendito, el cual aquí casi toca la relación cristiana! El profeta ya no habla como antes de las relaciones que hay entre un siervo fiel y su amo, sino de las de un servidor cuya actividad dimana de un afecto filial. En el tiempo futuro de la gloria milenaria se dice de estos mismos fieles: Y sus siervos le servirán «y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes» (Apocalipsis 22:4).

«Entonces os volveréis, y discerniréis la diferencia entre el justo y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve» (v. 18). Este os (vosotros) no se dirige a los fieles, a aquellos que son «perdonados» (v. 17), sino a aquellos del pueblo que consideraban «bienaventurados» a los soberbios y a los malos (v. 15) y que negaban a Dios cuando se hallaban bajo su castigo. Serán iluminados el día en el cual verán al remanente perdonado, y a los soberbios —cuya suerte habían envidiado— como objeto del juicio que alcanzará al pueblo rebelde. El testimonio dado por Jehová a los que les ha temido y han esperado su venida, forzará a una parte de este pueblo rebelde a reconocer la santidad del Dios al que habían negado. Finalmente, ellos sabrán qué diferencia hay entre los servidores de Dios y los malos.