domingo, 3 de marzo de 2013

EFESIOS


Capítulo 2
El poder de Dios trayendo las almas muertas al disfrute de los privilegios celestiales
          El capítulo 2 presenta más bien la operación del poder de Dios en la tierra[1], con el propósito de traer almas al disfrute de sus privilegios celestiales, y formar así la asamblea aquí abajo, que la revelación de los privilegios mismos, y por consiguiente la de los consejos de Dios. No son ni siquiera estos consejos; es la gracia y el poder que obran para su cumplimiento, guiando a las almas al resultado que este poder producirá según esos consejos. Cristo es visto primero, no como Dios bajando aquí y presentado a pecadores, sino como muerto, esto es, donde nosotros estábamos por el pecado, pero resucitado de allí mediante poder. Él murió por el pecado; Dios lo había resucitado de la muerte y lo había situado a Su diestra. Nosotros estábamos muertos en nuestros delitos y pecados: Él nos dio vida juntamente con Él. Pero como lo que está en cuestión es la tierra, y la operación del poder y gracia en la tierra, el Espíritu habla naturalmente de la condición de aquellos en quienes obra esta gracia, de hecho, habla de la condición de todos. Al mismo tiempo, en las formas terrenales de religión, en el sistema que existía en la tierra, existían aquellos que estaban cerca y los que estaban lejos. Ahora bien, hemos visto que en la plena bendición de la cual habla el apóstol, está implicada la naturaleza de Dios mismo, en vista de la cual, y para la gloria de la cual, fueron establecidos todos Sus consejos. Por lo tanto, formas externas, aunque algunas de ellas han sido establecidas provisionalmente en la tierra por la propia autoridad de Dios, no podrían tener valor ahora. Ellas habían servido para la manifestación de los modos de obrar de Dios como sombras de las cosas por venir, y habían sido relacionadas con la exhibición de la autoridad de Dios en la tierra entre los hombres, manteniendo algún conocimiento de Dios - cosas importantes en su lugar; pero estas figuras no podían hacer nada con respecto a traer almas a la relación con Dios, para disfrutar la manifestación eterna de Su naturaleza en corazones capacitados por la gracia, mediante su participación en esa naturaleza y reflejándola. Por esto, esas figuras no tenían valor alguno, no eran la manifestación de estos principios eternos. Pero las dos clases de hombres, Judíos y Gentiles, estaban allí y el apóstol habla de ambos. La gracia toma personas de ambos grupos para formar un cuerpo, un nuevo hombre, por medio de una nueva creación en Cristo.

El hombre distanciado de Dios bajo el poder de las tinieblas
          En los primeros dos versículos de éste capítulo él habla de aquellos que fueron sacados de entre las naciones que no conocían a Dios - Gentiles, como ellos son comúnmente llamados. En el versículo 3 él habla de los Judíos - dice, "también todos nosotros." Él no entra aquí en los terribles detalles contenidos en Romanos 3 porque su objeto no es convencer al individuo[2], a fin de mostrarle los medios de justificación, sino que exponer los consejos de Dios en la gracia. Aquí, entonces, él habla de la distancia que hay entre Dios y el hombre que se encuentra bajo del poder de las tinieblas. Con respecto a las naciones, él habla de la condición universal del mundo. El curso entero del mundo, el sistema completo, era según el príncipe de la potestad del aire; el mundo mismo estaba bajo el gobierno del que obró en los corazones de los hijos de desobediencia, quiénes por su propia voluntad evadieron el gobierno de Dios, aunque ellos no podían evadir Su juicio.

Todos, judíos y Gentiles, son por naturaleza hijos de ira
         Si los Judíos tenían privilegios externos, si ellos no estaban en un sentido directo bajo el gobierno del príncipe de este mundo (como era el caso de las naciones que se sumergieron en la idolatría, y se hundieron en toda la degradación de ese sistema en el que el hombre se revolcaba, en la lascivia en la que los demonios se deleitaban en sumirlo burlándose así de su sabiduría); si los Judíos no estaban, como los Gentiles, bajo el gobierno de demonios, no obstante, en su naturaleza ellos eran conducidos por los mismos deseos que aquellos por los cuales los demonios influyeron a los pobres paganos. Los Judíos llevaban la misma vida con respecto a los deseos de la carne; ellos eran hijos de ira, lo mismo que los demás, pues esta es la condición de los hombres; son hijos de ira por naturaleza (Efesios 2:3). En sus privilegios externos los Israelitas eran el pueblo de Dios, por naturaleza eran hombres como los otros. Y observen aquí estas palabras, "por naturaleza". El Espíritu no está hablando aquí de un juicio pronunciado de parte de Dios, ni de pecados cometidos, ni de Israel habiendo fracasado en su relación con Dios por caer en la idolatría y la rebelión, ni siquiera por haber rechazado al Mesías y haberse privado ellos mismos de todo recurso - todo lo cual Israel había hecho. Él tampoco habla de un juicio pronunciado por Dios sobre la manifestación del pecado. Ellos eran, como todos los otros hombres, por naturaleza hijos de ira. Esta ira fue la consecuencia natural del estado en el cual ellos estaban[3].

La misericordia, el amor y el poder de Dios hacia aquellos que estaban muertos en delitos y pecados; pasados de muerte a vida como una nueva creación, cesando todas las distinciones
          Efesios 2:4. El hombre tal como era, Judío o Gentil, y la ira, iban naturalmente juntos, así como hay un vínculo natural entre el bien y la justicia. Ahora bien, Dios en Su naturaleza está por sobre todo eso, aunque en juicio al tomar conocimiento de todo lo que es contrario a Su voluntad y gloria. A aquellos quiénes son dignos de ira Él puede ser rico en misericordia, porque Él lo es en Sí Mismo. El apóstol, por tanto, presenta a Dios aquí como actuando según Su propia naturaleza hacia los objetos de Su gracia. Nosotros estábamos muertos dice el apóstol - muertos en nuestros delitos y pecados. Dios viene, en Su amor, a librarnos por Su poder - "Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó". No había nada bueno obrando en nosotros: estábamos muertos en nuestros delitos y pecados. El movimiento vino de Él, ¡alabado sea Su nombre! Él nos ha dado vida; no sólo eso - Él nos ha dado vida juntamente con Cristo. Él no había dicho en una manera directa, que Cristo había sido vivificado, aunque esto puede ser dicho, donde se habla el poder del Espíritu en Él mismo. Sin embargo, Él fue resucitado de entre los muertos; y, cuando se habla de nosotros, se nos dice que toda la energía por medio de la cual Él salió de la muerte es empleada también para nuestra vivificación; y no solamente eso, estamos asociados con Él incluso al ser vivificados. Él sale de la muerte - nosotros salimos con Él. Dios nos ha impartido esta vida. Es Su gracia pura, y una gracia que nos ha salvado, que nos encontró muertos en pecados y nos ha sacado de la muerte así como Cristo salió de ella, y por el mismo poder, y nos sacó con Él por el poder de vida en la resurrección con Cristo[4], para colocarnos en la luz y en el favor de Dios, como una nueva creación, así como Cristo está allí. Judíos y Gentiles se encuentran juntos en la misma nueva posición en Cristo. La resurrección ha puesto fin a todas esas distinciones; no tienen lugar en un Cristo resucitado. Dios le ha dado vida tanto al uno como al otro con Cristo.

En Cristo en una nueva condición; todo es don de la gracia de Dios y no por obras
          Ahora bien, habiendo Cristo hecho esto, Judíos y Gentiles se encuentran juntos en el Cristo resucitado y ascendido, sentados juntos en Él en una nueva condición común a ambos, sin las diferencias que la muerte había abolido - una condición descrita por la del propio Cristo[5]. Pobres pecadores de entre los Gentiles y de entre los desobedientes y contradictores Judíos, son traídos a la posición donde Cristo está, por el poder que le levanto de la muerte y le sentó a la diestra de Dios[6], para mostrar en las edades venideras las inmensas riquezas de la gracia que lo había realizado. Una María Magdalena, un ladrón crucificado, compañeros en la gloria con el Hijo de Dios, y todos los que creemos, testificaremos de esto. Es por gracia que somos salvos. Ahora no estamos todavía en la gloria: ello es por medio de la fe. ¿Podría alguno decir que por lo menos la fe es del hombre? No[7], la fe tampoco es nuestra en este aspecto, pues todo es don de Dios y no por obras, para que nadie se gloríe, porque somos hechura Suya.
  
Creados de nuevo para buenas obras que concuerdan con la nueva creación
          ¡De qué manera poderosa el Espíritu nombra a Dios mismo como la fuente y realizador de todo, y el único! Es una creación, pero, como obra de Él, es de un resultado que está de acuerdo con Su propio carácter. Ahora bien, esto se hace en nosotros. Él toma a pobres pecadores para mostrar Su gloria en ellos. Si es la operación de Dios, con toda certeza será para obras buenas: Él nos ha creado en Cristo para ellas. Y observen aquí que si Dios nos ha creado para buenas obras, estas deben ser caracterizadas en su naturaleza por Aquel que las ha obrado en nosotros, creándonos según Sus propios pensamientos. No es el hombre quien procura acercarse a Dios, o satisfacerlo a Él por hacer obras que le agradan según la ley - es decir, según la medida de lo que el hombre debe ser; sino que es Dios quien nos toma en nuestros pecados, cuando no hay ni un movimiento moral en nuestros corazones ("no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios"), y nos crea de nuevo para obras que concuerdan con esta nueva creación. Es completamente una nueva posición en la que somos puestos, según esta nueva creación de Dios - un nuevo carácter que se nos confiere según la predeterminación de Dios. Las obras también son predeterminadas según el carácter con el que nos revestimos por medio de esta nueva creación. Todo es absolutamente según la mente de Dios mismo. No es el deber según la creación antigua[8]. En la nueva creación todo es el fruto de los propios pensamientos de Dios. La ley desaparece respecto a nosotros incluso con respecto a sus obras; junto con la naturaleza a la que ella fue aplicada. El hombre obediente a la ley era un hombre como debía ser según el primer Adán; el hombre en Cristo debe caminar según la vida celestial del segundo Adán, y andar digno de Él como Cabeza de una nueva creación, siendo resucitado con Él, y siendo el fruto de la nueva creación - digna de Él, quien lo ha formado precisamente para esto. (2 Corintios 5:5).

Judío y Gentil, un nuevo hombre; la enemistad es destruida y la paz es hecha y proclamada
          Por lo tanto, al gozar los Gentiles de este privilegio inefable - aunque el apóstol no reconoce al Judaísmo como una circuncisión verdadera - ellos debían recordar de dónde habían sido sacados; sin Dios y sin esperanza como ellos estaban en el mundo, ajenos a todas las promesas. Sin embargo, por lejos que hubieran estado, ahora fueron hechos cercanos por Su sangre. Él había derribado la pared intermedia, habiendo abolido la ley de los mandamientos por la que el judío, que era distinguido por estas ordenanzas, estaba separado de los Gentiles. Estas ordenanzas tenían su esfera de acción en la carne. Pero Cristo (como viviendo en relación con todo esto), estando muerto, ha abolido la enemistad para formar en Sí mismo de ambos - Judío o Gentil - un nuevo hombre (Efesios 2:15); los Gentiles son hechos cercanos por la sangre de Cristo, y la pared intermedia de separación ha sido derribada, para reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo; no solamente habiendo hecho la paz por la cruz, sino habiendo destruido - por la gracia que era común a ambos, y que ninguno podría reclamar más que el otro, puesto que era por el pecado - la enemistad que existía hasta entonces, entre el Judío privilegiado y el Gentil idólatra alejado de Dios, aboliendo en Su carne la enemistad, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas.

Acceso a Dios como nuestro Padre y como parte de Su familia; la verdadera casa de Dios contemplada como siendo una obra progresiva al igual que siendo Su casa en la tierra en la actualidad
          Habiendo hecho la paz, Él la anunció con este objetivo al uno y al otro, al que estaba lejos y al que estaba cerca. Porque por Cristo todos nosotros - ya sea Judíos o Gentiles - tenemos entrada por un solo Espíritu al Padre (Efesios 2:18). No es el Jehová de los Judíos (cuyo nombre no fue invocado sobre los Gentiles); sino que es el Padre de los Cristianos, de los redimidos por Jesucristo, que son adoptados para formar parte de la familia de Dios (versículo 19). Así, aunque uno sea Gentil, ya no es un extranjero ni advenedizo; uno tiene ciudadanía cristiana y celestial; de la verdadera familia de Dios mismo. Así es la gracia. Con respecto a este mundo celestial, siendo así incorporados en Cristo, esta es nuestra posición. Todos, Judío o Gentil, así reunidos en un cuerpo, constituyen la asamblea en la tierra. Los apóstoles y los profetas del Nuevo Testamento forman el fundamento del edificio, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo. En Él, todo el edificio va creciendo para ser un templo, teniendo los Gentiles su lugar, y formando con los otros la morada de Dios en la tierra, quien está presente por Su Espíritu. Primeramente, él mira la obra progresiva que estaba siendo edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas del Nuevo Testamento, la totalidad de la asamblea según la mente de Dios; y, en segundo lugar, él mira la unión que existía entre los Efesios y otros creyentes Gentiles y los Judíos, como formando la casa de Dios en la tierra en ese momento. Dios mora en ella por el Espíritu Santo[9].

Los temas de los capítulos 1 y 2
          El capítulo 1 había puesto ante nosotros los consejos y propósitos de Dios; comenzando con la relación de los hijos y el Padre, y, cuando se menciona la operación de Dios, la asamblea como el cuerpo de Cristo unida a Él, quien es Cabeza sobre todas las cosas. El capítulo 2, tratándose de la obra que llama afuera a la asamblea, que la crea aquí abajo por la gracia, pone ante nosotros a esta asamblea por una parte, creciendo para ser un templo santo, y luego como la morada actual de Dios aquí abajo por el Espíritu[10].


[1] Es el poder que, levantando a los santos con Cristo de la muerte del pecado, y uniéndolos a Él quien es la cabeza, forma la relación de ellos con Él como Su cuerpo. La primera parte del capítulo presenta nuestra relación individual con el Padre, en la que Cristo es el Primogénito entre muchos hermanos. Aquí venimos a la relación colectiva con Cristo, el postrer hombre y el hombre resucitado. Hasta la segunda parte de la oración tenemos los consejos de Dios. Desde la última parte tenemos las operaciones de poder para realizarlos. Y es aquí donde nuestra unión con Cristo entra por primera vez, la cual, aunque los consejos de Dios con respecto a ella son revelados, sin embargo son efectuados ahora espiritualmente, como se ve en el capítulo 5.

[2] Noten especialmente aquí que en Efesios el Espíritu no describe la vida del viejo hombre en pecado. Dios y Su propia obra son todo. El hombre es visto como muerto en sus pecados; por lo tanto, lo que es producido es enteramente de Dios, una nueva creación de Su parte. Un hombre que vive en pecado debe morir, debe juzgarse a sí mismo, debe arrepentirse, debe ser limpiado por gracia; es decir, se le trata como a un hombre vivo. Aquí el hombre está sin ningún movimiento de vida espiritual: Dios lo hace todo; Él da vida y resucita. Es una nueva creación.

[3] La fe, cuando es enseñada por la Palabra, siempre regresa a esto: el juicio se refiere a actos hechos en el cuerpo. Pero nosotros estábamos muertos en pecados - sin ningún movimiento vital hacia Dios. Nosotros no venimos a juicio (Juan 5), sino que hemos pasado de muerte a vida.

[4]  Aquí hay una creación totalmente nueva, y el nuevo estado es contemplado sencillamente en sí mismo. Estábamos muertos para Dios en nuestro viejo estado. Aquí no se contempla al hombre como viviendo en pecados y siendo responsable, sino que se lo contempla como estando totalmente muerto en ellos y creado de nuevo: por eso, en esta parte de la epístola, nosotros no tenemos el perdón, ni la justificación. El hombre no es contemplado como un hombre vivo y responsable. En Colosenses nosotros somos resucitados con Cristo, pero "perdonándoos todos los pecados", los cuales Cristo había llevado descendiendo a la muerte. Tampoco tenemos aquí al viejo hombre, y la muerte aplicada a él, aunque ambos, el andar y el viejo hombre, son reconocidos como hechos, aunque no en relación con la resurrección. En Colosenses tenemos que, aun cuando se habla de "muertos en pecados", se añade "y en la incircuncisión de vuestra carne" (Colosenses 2:13), porque es muerte para con Dios. La epístola a los Romanos considera al hombre responsable en el mundo; por esta razón ustedes tienen la plena justificación, muerto al pecado y no la resurrección con Cristo. El hombre es un hombre vivo aquí, aunque justificado, y vivo en Cristo.

[5] Esto no es meramente vida comunicada (de la que leemos en Romanos), sino que un lugar y una posición totalmente nuevos que hemos tomado, una vida teniendo el carácter de resurrección desde un estado de muerte en pecados. Y aquí no se nos ve como vivificados por Cristo, sino que vivificados con Él. Él es el hombre resucitado y glorificado.

[6] En Colosenses los santos se ven solamente resucitados con Cristo, con una esperanza guardada para ellos en el cielo, y son llamados a poner la mira en las cosas de arriba, donde están escondidos Cristo y la vida de ellos con Él. Además, su resurrección con Cristo es sólo de carácter administrativo para este mundo en el bautismo, en relación con la fe en el poder que levantó a Cristo. No tenemos la unión de judíos y Gentiles en Él como resucitados y en lugares celestiales. En realidad en Colosenses, solamente los Gentiles están en los pensamientos del apóstol.
[7] Estoy bastante consciente de lo que los críticos dicen aquí con respecto al género gramatical de la palabra utilizada, pero esto es igualmente cierto con respecto a la gracia, y al decir "por gracia. . . y esto no de vosotros", es simplemente un absurdo; pero 'por medio de la fe' puede suponerse que es de nosotros mismos, aunque no se puede suponer lo mismo de la gracia. Por lo tanto, el Espíritu de Dios agrega, "y esto no de vosotros, pues es don de Dios." Es decir, el hecho de creer es don de Dios, no de nosotros mismos. Y  esto es confirmado por lo que sigue: "No por obras." Pero el objeto del apóstol es mostrarnos que todo era por gracia y una nueva creación - hechura de Dios - de Dios. Hasta aquí van juntos la gracia, la fe y todo.

[8] No es que Dios no reconoce las relaciones que Él había formado originalmente - Él lo hace plenamente cuando estamos en ellas; pero la medida de la nueva creación es otra cosa.

[9] Es extremadamente importante ver en estos días la diferencia entre esta edificación progresiva, nunca completa hasta que todos los creyentes que han de formar el cuerpo de Cristo sean reunidos, y el templo actual de Dios sobre la tierra. En lo primero, Cristo es el constructor. Él la lleva adelante sin fracaso, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Esto no está completo aún, ni contemplado como un todo hasta que esté terminado. De ahí que nosotros nunca encontramos en las Epístolas un edificador en este caso: en Pedro leemos: "allegándoos a él, como a piedra viva, ...vosotros también, como piedras vivas sois edificados. . ."(1 Pedro 2:5 - VM); de igual modo aquí, en Efesios, leemos que este edificio crece para ser un templo santo en el Señor. Pero, además de esto, el actual cuerpo profesante manifestado es considerado como un todo en la tierra; y el hombre es visto como edificador. "Vosotros sois. . .edificio de Dios"(1a. Corintios 3). "Yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire como sobreedifica." La responsabilidad del hombre entra, y la obra es sujeta a juicio. Es el atribuir a esto los privilegios del cuerpo, y de aquello que Cristo edifica, lo que ha producido el catolicismo y todo lo que es semejante. La cosa corrupta que caerá bajo juicio está falsamente vestida con la seguridad de la obra de Cristo. Aquí en Efesios 2 no solamente encontramos la obra construida en forma progresiva y segura, sino el edificio actual como un hecho en la bendición de este, sin referencia a la responsabilidad humana de edificar.

[10]  Es verdad que el capítulo 2 habla del cuerpo (v. 16); pero la introducción de la casa es un elemento nuevo y requiere algún desarrollo. Aunque la obra que se lleva a cabo en la creación de los miembros que han de componer el cuerpo es totalmente de Dios, ella se realiza en la tierra. Los consejos de Dios tienen en consideración, en primer lugar, a individuos para ponerlos cerca de Sí mismo, tal como Él querría tenerlos; entonces, habiendo enaltecido a Cristo sobre todo nombre que se nombra, ahora o de aquí en adelante, le otorga a Él ser cabeza del cuerpo, formado por individuos unidos a Cristo en el cielo sobre todas las cosas. Ellos serán perfectos según su Cabeza. Pero la obra sobre la tierra, si reúne a los recién nacidos, los reúne en la tierra. Lo que ahora responde aquí abajo a la presencia de Cristo en el cielo es la presencia del Espíritu Santo en la tierra. El creyente individual es, desde luego, el templo de Dios, pero en este capítulo, de lo que se habla es del cuerpo completo de Cristianos formado en la tierra; ellos llegan a ser la casa, la morada, de Dios en la tierra. Verdad maravillosa y solemne. Inmenso privilegio y fuente de bendición; pero igualmente implica gran responsabilidad. Se observará que, hablando del cuerpo de Cristo, hablamos del fruto del propósito eterno de Dios y de Su propia operación; y, aunque el Espíritu puede aplicar este nombre a la asamblea de Dios en la tierra, considerada como estando compuesta por verdaderos miembros de Cristo, no obstante, el cuerpo de Cristo, así como es formado por el poder vivificante de Dios según Su propósito eterno, está compuesto de personas unidas a la Cabeza como miembros verdaderos. La casa de Dios, tal como está establecida ahora en la tierra, es el fruto de una obra de Dios, encomendada aquí a hombres, no es el objeto apropiado de Sus consejos (aunque la ciudad en Apocalipsis responde en alguna medida a ella). Entre tanto sea la obra de Dios, es evidente que esta casa está compuesta por aquellos que son llamados verdaderamente por Dios, y Dios la estableció así, y como es mencionada aquí (comparen con Hechos 2: 47). Pero no debemos confundir el resultado práctico de esta obra, realizado en manos de hombres, y bajo su responsabilidad (1a. Corintios 3), con el objeto de los consejos de Dios. Nadie puede ser un miembro verdadero de Cristo, ni ser una piedra verdadera en la casa, sin estar realmente unido a la Cabeza; pero la casa puede ser la morada de Dios, aunque aquella que no es una piedra verdadera pueda entrar en su construcción. Pero es imposible que uno que no haya nacido de Dios pueda ser miembro del cuerpo de Cristo. Vean la nota anterior.

Pensamientos


Pablo lo pudo todo por medio de Cristo que lo fortalecía. ¡Qué experiencia más dulce y preciosa!; no solamente porque da la capacidad para corresponder a todas las circunstancias, sino porque el Señor es reconocido como el constante, fiel y poderoso amigo del corazón.
            No se dice: «Todo lo puedo», sino “todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). Hay un poder que dimana constantemente de una relación con el Señor. Tampoco está escrito solamente: «Uno lo puede todo». Esto es verdad; pero Pablo lo había aprendido de forma práctica. Él sabía con quién podía contar. Jesús siempre había permanecido fiel a él, le había guiado a través de muchas dificultades y también a través de tiempos prósperos, de modo que había aprendido a confiar en Él y no en las circunstancias. Y Cristo es siempre el mismo.
John Nelson Darby

Discipulado: Yo Primero


EL AMO DE ESCLAVOS
El apóstol Pablo se llama a sí mismo siervo de Cristo Jesús en Romanos 1:1 y también en casi todas las epístolas que escribió. El significado de la palabra siervo es esclavo, o sea, una persona que es vendida a un amo y debe servirle a él, y no a otra persona. Un esclavo está completamente bajo la autoridad de su amo. Esto es importante y debemos entenderlo bien. Un esclavo ha sido comprado por su amo y pertenece a su amo. No se pertenece a sí mismo y no puede hacer lo que quiera. Un esclavo no puede abandonar su trabajo; no puede decir: "No trabajaré para mi amo." La ley lo mantiene bajo la autoridad de su amo.
El Nuevo Testamento enseña claramente cómo y por qué Pablo llegó a ser esclavo de Jesucristo. El Señor Jesús lo com­pró. El lo compró cuando murió en la cruz. Recordemos esto. Pablo se llama a sí mismo un esclavo de Jesucristo en Romanos 1:1 y en 6:14 dice: "...que el pecado no se enseñoree de vosotros." Este versículo significa que los creyentes en Roma habían sido esclavos del pecado. Ellos habían servido a Satanás pero ahora eran esclavos de Jesucristo. Por esto es que Pablo pudo escribir a los creyentes de Corinto: "No os pertenecéis a vosotros mismos sino a Dios, porque habéis sido comprados por precio. Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo " 1 Corintios 6:19-20.
Los creyentes en Cristo pertenecen a Dios y por lo tanto deben servirle. No debemos servir a Dios solamente cuando nos sintamos inclinados a ello. Es bueno tener buenos senti­mientos y amor en nuestros corazones porque Dios así lo quiere. El quiere que nosotros lo amemos libremente. Cristo también tuvo sentimientos humanos como amor, ira, tristeza, etc. Pero el cristiano no debe amar a Dios solamente a causa de estos sentimientos.
El Padre dio a Cristo la autoridad sobre los hombres. El Señor Jesús dijo a su Padre en Juan 17:9, "Ruego por aquellos que me diste." Somos un regalo de Dios a su Hijo. Este es un hermoso pensamiento y significa que somos muy impor­tantes, que cada creyente es muy importante para Dios. Somos sus esclavos y le servimos porque pertenecemos a él. Éramos esclavos del pecado, estábamos perdidos en el mun­do y lejos de Dios, estábamos llenos de pecado, de suciedad y de error. Merecíamos castigo eterno pero Dios nos amó y nos salvó del castigo. Nos limpió y nos cambió y nos llenó con su Santo Espíritu para presentarnos como regalo a su Hi­jo. Así que somos propiedad suya porque el Padre nos com­pró y nos entregó como regalo al Hijo.
Dios nos ha dado una señal de que pertenecemos a su Hijo. El nos ha dado al Espíritu Santo, el cual vive en nosotros y nos dice que pertenecemos al Señor Jesucristo, Romanos 8:16. Estamos seguros de que el Espíritu de Dios vive en nosotros y esto es una bendición maravillosa. Sabemos que somos siervos de Cristo porque su Espíritu vive en nosotros. El Espíritu Santo nos ayuda a referirnos a Dios como Padre cuando oramos y la palabra Padre indica que estamos bajo su autoridad.
El Señor Jesús relató la historia de un hijo que no amaba a su padre. Un día, el hijo dijo a su padre: "Padre, dame la parte de herencia que me corresponde y me iré. No quiero vivir bajo tú autoridad. Con gusto usaré tú dinero, pero no quiero estar en casa, ni obedecerte." Así, que el hijo se fue de la casa, Lucas 15:11-24. Cuando el hijo regresó dijo a su padre: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti y ya no soy digno de ser llamado tu hijo." Entonces el padre lo abrazó y lo besó y dijo a sus siervos, "sacad el mejor vestido y vestidlo."
El padre había preparado el mejor vestido para su hijo y lo tenía listo para cuando él regresara a casa. Al final de la historia, el hijo había regresado sentándose a la mesa con su padre y aceptando nuevamente su autoridad.
Dios quiere que seamos como el hijo de esta historia. El Espíritu Santo quiere que nosotros amemos a Dios nuestro padre y que sepamos que pertenecemos a Dios y al Señor Jesús y que somos sus esclavos. Que no nos pertenecemos a nosotros mismos. Luego, nos manda a vivir para él en este mundo. Somos extranjeros en este mundo, porque muchas personas no conocen el amor de Dios y no le sirven, pero nosotros sí conocemos su amor, le amamos y vivimos para él en este mundo.
En Génesis 37:8 leemos acerca de José y sus hermanos. En su sueño, José vio que sus hermanos se inclinaban delante de él. Sus hermanos le dijeron: "Tú nunca gobernarás sobre nosotros. Nunca nos inclinaremos delante de ti. Pero llegó el día cuando los hermanos de José se inclinaron delante de él. Ellos tenían hambre y sintieron tristeza por su pecado. Judá habló por todos los hermanos y dijo: "Oh, Señor, no tengas ira con nosotros. Somos tus siervos" (Génesis 44:16).
Ellos habían dicho que José nunca gobernaría sobre ellos, pero ahora Judá llama a José Señor Mío. El quería decir: "Tú eres mi amo, yo soy tu siervo." Entonces José les dijo que él era su hermano y luego los bendijo. Ahora, él no era su her­mano menor sino su Señor.
José usó vestiduras de rey. Tenía la cadena real de oro alrededor de su cuello y tenía autoridad sobre los habitantes de Egipto. Cuando los hermanos de José se inclinaron ante él, no pensaron que fuera su hermano. Ellos lo habían echado en una cisterna y después lo habían vendido como esclavo y ahora le decían: "Eres como el rey de Egipto”, Génesis 44:18 y José decía: "Es verdad, tengo tanta autoridad como el rey de Egipto."
Los hermanos de José se inclinaron ante él y estuvieron de acuerdo que él tenía autoridad. Entonces José les ordenó hacer algo. De la misma manera Cristo nos dice lo que debemos hacer cuando entendemos y aceptamos que él es nuestro amo. José dijo a sus hermanos; "Volved a vuestro país e informad a mi padre acerca de mi gloria " (Génesis 45:13). Nosotros también debemos contar acerca de las glorias del Señor Jesús. Generalmente decimos muy poco acerca de su gloria.
José dijo: "Regresad a mi padre y contadle de mi gloria." Sus hermanos obedecieron y regresaron a su tierra, Canaán. José les había dado grandes cantidades de alimentos para sus familias. Ellos hubieran podido vender ese alimento a la gente y atesorar gran cantidad de dinero y volverse ricos. In­clusive hubieran podido llegar a ser gobernadores de Canaán porque ellos sí consiguieron alimentos en Egipto.
Pero José nos los había enviado a Canaán para que fueran ricos y poderosos. Más bien, los hermanos de José dijeron: "No hemos regresado para quedarnos, ya no pertenecemos a esta tierra, fuimos a Egipto y vimos a José como gobernador de la tierra y nos inclinamos delante de él y vamos a regresar porque él nos ha dado un nuevo país. Ya no viviremos más en Canaán, sino haremos lo que José quiere." El Señor quiere que nosotros hablemos a otros de su gloria para que aban­donen sus propias cosas y vengan a Cristo a recibir las suyas.
Somos siervos de Cristo porque él nos compró y nos envió a vivir para él en este mundo. Todos los hijos de Dios son sus siervos. Algunos de sus siervos hacen grandes cosas y otros, cosas que podríamos llamar sin importancia, pero todos somos igualmente siervos de Cristo. Y somos sus siervos por­que él nos compró para sí y tiene el derecho de enviarnos a este mundo. José envió a sus siervos de regreso a la tierra de Canaán no para que permanecieran allí, no para que llegaran a ser ricos e importantes, sino para que vivieran para él y hablaran acerca de él. Así, el Señor Jesús nos ha enviado a este mundo para que le sirvamos.
El Señor Jesús encontró a Saulo en el camino a Damasco y Saulo le dijo: "¿Quién eres tú, Señor?" Hechos 9:1-19. El Señor le respondió: "Yo soy Jesús." Luego Saulo dijo: "¿Qué quieres que yo haga?" Jesús le dijo que fuera a la ciudad donde alguien le diría lo que debería hacer. Saulo fue a la ciudad y pensaba acerca del Señor Jesús y de lo que el había estado haciendo al pueblo de Dios. Entonces el Señor habló a un hombre llamado Ananías y lo envió a Saulo con el mensa­je de Dios. Ananías era una persona humilde, no era muy conocido, pero era un siervo de Dios. También Saulo llegó a ser un siervo de Dios. Todos los siervos de Dios son lo mismo en la casa del Padre. Ninguno es más importante que otro, sino que todos son igualmente servidores.
El Señor le dijo a Ananías: "Quiero que lleves este mensaje a Saulo." Ananías le dijo: "Tengo miedo de Saulo." Pero el Señor dijo: "Saulo ha cambiado, quiero que le lleves mi men­saje porque lo he escogido para que haga conocer mi nom­bre." El nombre de Dios significa todo lo que él es, su poder, su amor, su santidad y todas las demás cosas que Dios nos dice acerca de sí mismo. El Señor dijo: "Yo le he escogido para que hable a las gentes de las naciones acerca de mí y le mostraré que debe sufrir mucho por mi causa." No es fácil hablar a la gente acerca de Dios y mostrarles como es él. La mayor parte de la gente es como aquellos que mataron al Hi­jo de Dios, no quiere oír acerca de él. La mayor parte de la gente no nos querrá y nos odiará. Ellos odiaron a nuestro amo el Señor Jesucristo y nos odiarán a nosotros. El Señor Jesús dijo que el siervo no es más que su amo, Juan 15:20.
            Mucha gente no nos querrá y nos rechazará porque somos siervos de Jesucristo. Ojalá el Señor nos ayude para serle fieles.

Andar por la Fe (Hebreos 11)


"Por fe Abraham, habiendo sido llamado, para que saliera a un lugar que había de recibir como heren­cia, obedeció; y salió sin saber a dónde iba. Por fe habitó como extranjero en la tierra de la promesa, como en tierra extraña, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa: porque esperaba la ciudad que tiene los cimientos, cuyo arquitecto y hacedor es Dios" (v. 8-10).
Seguidamente, el apóstol se ocupa de otro punto: la manifestación activa y práctica del poder de la fe. Era lo que fortalecía a Abraham; él confiaba, por así decirlo, ciegamente en Dios. El Señor le llamó por su gracia y él "salió sin saber a dónde iba". Hay, en este acto, algo más que aceptar un testimonio: manifiesta una confianza implícita en Dios. Cuando alguien dice: «Si yo supiera qué consecuencias me sobrevendrían al hacer esto, en­tonces sí que confiaría en Dios», no actúa como obraba Abraham. Es preciso andar sin saber a dónde vamos, pero teniendo puesta nuestra confianza en Aquel que nos conduce. Dios suministrará bastante luz para que poda­mos dar el primer paso, aunque no podamos distinguir cuál ha de ser el segundo; más cuando hayamos doblado la esquina, veremos lo que se encuentra al otro lado o más allá del camino.
Luego, cuando demos un paso, comprobaremos por experiencia que Dios no nos procurará nunca total satis­facción en este mundo. El nos bendice, pero no nos garantiza la satisfacción o la consecución de bienes o seguridades materiales. Cuando Abraham llegó al país que más tarde debía ser su herencia ¿qué es lo que reci­bió? Nada. Siempre fue un advenedizo; un «extranjero y transeúnte sobre la tierra». Esto es lo que desagrada al corazón humano y lo que a menudo hace que se desilu­sione. Tenemos nuestros propios pensamientos acerca de las esperanzas que nos forjamos para el porvenir, y a veces nos preocupamos de lo que haremos dentro de veinte años, mientras Dios nos conducirá a su reposo.
Dios guió a Abraham a la tierra prometida y después comenzó a dirigir sus pensamientos hacia otra patria. Ahora, Abraham se ha acercado a Dios y está colocado en un punto de vista de fe lo suficientemente elevado, para ver que todo está aún por delante de él en esperanza, no en realidad que se pueda tocar y palpar. El Señor se revela al patriarca en la comunión; le habla, le manifiesta sus designios, y maravillado, Abraham adora como pere­grino y adorador está caracterizado por dos cosas: su tienda de campaña y su altar. Dios hace lo propio con nosotros; nos hace cristianos, nos lleva a la tierra pro­metida y nos muestra que todo está aún delante de nos­otros, no de modo visible y palpable, sino en esperanza. Ahora, pues, no es tiempo de descanso. Los caminos de Dios se hacen más claros a nuestros ojos, y percibimos que tenemos el privilegio de ser extranjeros y peregrinos con Dios, y que lo seremos hasta que lleguemos a nuestra casa, en la morada de Dios.
Queridos amigos: ¿En qué estado os encontráis en relación a lo que acabamos de exponer? ¿Podéis decir en verdad: «La morada de mi corazón está allá donde Dios mora; no tengo ni busco ninguna otra?
Nada hay que sea obstáculo entre nosotros y Dios; no hay pecado entre nosotros y él, o —de lo contrario— Cristo no estaría en su presencia; mas está allí, porque él abolió el pecado. Este y Cristo no pueden estar al mismo tiempo ante Dios. Tocante a vuestra salvación, ¿podéis decir, por consiguiente, que descansáis plenamente en el Señor Jesucristo, o —por el contrario—, os ocupáis toda­vía en arreglar lo que ya está resuelto por el Señor? Que él os conceda creer en su testimonio y tener fe en su poder.
Lo que caracteriza a la fe es que ella cuenta con Dios no sólo a pesar de la dificultad, sino incluso a pesar de lo imposible.
La fe no se ocupa de los medios; cuenta con las pro­mesas del Señor. A los ojos del hombre natural, cuando se trata de medios para facilitar al hombre tal o cual cosa, ya no es Dios quien obra; cuando uno se confía en los medios o facultades materiales, ya no se trata de la obra de Dios. Cuando el hombre se encuentra frente a lo imposible es preciso que Dios intervenga, y aquí se mani­fiesta con mayor motivo el camino recto y bueno en que Dios sólo hace lo que él quiere. Y la fe se atiene a su voluntad y no a otra; por tanto, no toma consejo ni de los medios ni de las circunstancias. En otras palabras, la fe no consulta "con carne ni sangre". Es evidente que si la fe es débil, el hombre se apoyará principalmente en los medios exteriores mejor que en las obras de Dios. Recor­demos que cuando las cosas son factibles para el ser humano, cuando están a su alcance, no hay necesidad de fe, porque no se precisa la energía del Espíritu. Los cris­tianos actuamos mucho y logramos poco, ¿nos hemos preguntado por qué?

Extranjeros y transeúntes
"Conforme a la fe murieron todos éstos, no habien­do recibido aún las promesas; pero las vieron y las saludaron desde lejos, y confesaron que eran ex­tranjeros y transeúntes sobre la tierra. Porque los que tales cosas dicen manifiestan que están buscan­do la patria suya. Y en verdad, si se acordaran de aquella de donde salieron, oportunidad tenían para volverse. Ahora empero anhelan otra patria mejor, es decir, la celestial: por lo cual Dios no se aver­güenza de ellos, para llamarse Dios suyo, porque les tiene preparada una ciudad" (v. 13-16).
No sólo se dice de estos creyentes que son "extranjeros y transeúntes", sino que "lo confiesan". A veces, uno consciente en ser "religioso" en el corazón —en lo más escondido de su ser— pero a condición de no hablar de ello; sobra decir que, en tal caso, no puede haber ninguna energía de fe. Si reconocemos que el mundo está juzgado y perdido, si nuestras esperanzas están cifradas en los cielos, debe resultar necesariamente de ello que pense­mos y obremos como extranjeros y transeúntes en esta tierra, y esto deberá manifestarse durante toda la vida. Si nuestro corazón está ya arriba, en el cielo, no le queda sino demostrarlo. Tal cosa evidentemente implica una profesión pública y declarada, o sea: un claro testimonio para Cristo. ¿Estaríamos satisfechos de un amigo que no nos reconociera o no confesara su amistad con nosotros cuando las circunstancias nos fueran adversas? Un cris­tiano que se esconde, que oculta su fe, es evidentemente un mal cristiano.
Mirando a Jesús por la fe, las cosas que hemos visto de lejos se hacen cercanas, como si las estrecháramos ya entre nuestros brazos. Como creyentes ya no nos ocupa­mos del país del cual hemos salido; nuestro corazón se vincula con esa otra patria que está ante nosotros. Al surgir ciertas dificultades, si los afectos de nuestro cora­zón no están puestos en Jesús, el mundo no tarda en recobrar su imperio sobre nosotros.
Cuando el apóstol Pablo declara que "aquellas cosas que me eran ganancia, yo las he tenido por pérdida a causa de Cristo", no lo hacía en un momento de exalta­ción para arrepentirse de ello a continuación; él estaba tan lleno de Cristo que lo estimaba todo como basura: "más aún, todas las cosas las tengo por pérdida a causa de la sobresaliente excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, Señor mío, por causa de quien lo he perdido todo y lo tengo por basura, para que yo gane a Cristo" (Filipenses 3:7-8). La constancia del corazón muestra que los afectos de un cristiano están dirigidos hacia lo que toda­vía está por delante, esto es, que sus esperanzas están en las cosas celestiales, y entonces el Señor no se avergüen­za de ser llamado su Dios.
De dos cosas una: o bien se manifiesta la "carne" o bien actúa la fe; a la verdad es imposible que podamos detenernos entre ambas. El cristiano ha de extenderse hacia lo que es del cielo; los anhelos, los deseos del hombre nuevo son celestiales. Intentar vincularlos nue­vamente al mundo, con el fin de mejorarlo valiéndonos del cristianismo, es una cosa terrenal. No es éste el des­ignio del Señor, él quiere vincularnos al cielo; debemos poseer, pues, el cielo sin el mundo, o el mundo sin el cielo. Aquel que nos prepara una ciudad no puede que­rer para nosotros algo que se interponga entre ambos. El anhelo de una patria mejor, es el deseo de una naturaleza que es enteramente celestial.
"Por fe Abraham, cuando fue probado, ofreció en sacrificio a Isaac; es decir, el que había recibido gozosamente las promesas, iba a ofrecer a su hijo unigénito, respecto de quien se le había dicho: En Isaac será llamada tu descendencia; considerando que aun de entre los muertos podía Dios resucitarle: de donde también le volvió a recibir en parábola" (v. 17-19).
Abraham se aferraba a las promesas antes que a los afectos naturales. Para él, la fuerza de la prueba consistía en que Dios había designado a Isaac como a la descen­dencia aceptada, a la cual iban unidas las promesas. La fe cuenta con Dios, y Dios detiene a Abraham y le confirma las promesas con respecto a su descendencia iniciada en Isaac. Al obedecer, adquirimos un conocimiento de los caminos de Dios, los cuales ignoraríamos sin dicha obe­diencia. La incredulidad nos hace perder el gozo, el poder y la vida espiritual; en dicha condición, ya no sabemos dónde estamos ni a dónde vamos.

"Por fe Moisés, cuando era ya hombre, rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón; escogiendo antes padecer aflicción con el pueblo de Dios que gozar de las delicias pasajeras del pecado; estimando por mayor riqueza el vituperio de Cristo que los tesoros de Egipto; porque tenía su mirada puesta en la remuneración" (v. 24-26).
El corazón carnal se vale de la providencia de Dios para utilizarla contra la vida de la fe. La providencia lleva a la hija de Faraón hasta Moisés niño, colocándolo (así lo parece) en medio de la sabiduría del mundo, en la corte de Faraón, para utilizar su influencia en favor de Israel. Ahora bien, lo primero a que le obliga la fe es a abandonar todo aquello. Cabe que, gracias a su influencia en la corte de Faraón, Moisés hubiera podido socorrer a Israel, pero éste hubiera tenido que permanecer en la servidumbre de Egipto. La fe es "imprudente", pero tiene esa pruden­cia eterna que confía en Dios y nada más que en Dios. La fe discierne lo que es del Espíritu, pues lo que no es del Espíritu no es de la fe, no es Dios. Atenerse a la provi­dencia del modo que ofrecen a primera vista los hechos que concurren en ella, es —en el fondo— desear "gozar de las delicias pasajeras del pecado"; se ama al mundo y se busca el apoyo en las circunstancias antes que en Dios, y no se trata de una «buena providencia» cuando final­mente el hombre se ha de perder.
Moisés parece inutilizarse a sí mismo al preferir el oprobio del pueblo de Dios, y del pueblo de Dios en mala situación. Bien podía ver el pueblo en una triste condi­ción, pero la fe identifica al pueblo de Dios con las pro­mesas del Señor y lo considera, no según su estado, sino conforme a los pensamientos de Dios. Enérgico contra el mal, Moisés cuenta sólo con Dios en lo que se refiere a su pueblo.
"Por fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey, porque persistía como si viera al que es invisible" (v. 27).
El mundo desearía convencernos de que somos buenos cristianos, mientras actuemos y caminemos como los demás. Llamada a la gloria, la fe, necesariamente, tiene que dejar a Egipto, porque no es allí donde Dios ha colo­cado la gloria; estar a gusto en el mundo no es estar a gusto en el cielo: "Todo lo que hay en el mundo, la con­cupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la vanagloria de la vida, no procede del Padre, sino que es del mundo" (1 Juan 2:16).
Dejar el mundo cuando éste nos echa o aísla de sí, no es obrar por la fe, sino mostrar que nuestra voluntad era la de permanecer en él tanto como hubiéramos podido. La fe obra según las promesas de Dios y no porque se vea desechada por el mundo. Moisés ve "al que es invisible"" y esto le fortalece y reafirma. De igual modo, cuando nosotros experimentamos la presencia de Dios, Faraón no es nada, y no porque las circunstancias sean menos peligrosas, sino porque Dios está presente.
Cuando disfrutamos de la comunión con el Señor, las circunstancias se convierten en ocasión de una obedien­cia apacible; pero notemos que lo que manifiesta la obe­diencia en Jesús es una piedra de tropiezo para Pedro. Cristo Jesús apura el cáliz de su agonía que el Padre le envía, pero Pedro saca su espada. Donde no hay comu­nión, hay flaqueza e indecisión.

sábado, 2 de febrero de 2013

¿Qué significa la palabra 'Creer'?


''Estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que cre­yendo, tengáis vida en su nom­bre" (Juan 20:31)
"Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo." (Romanos 10:9)
CREER es la única cosa que Dios pide al hombre para su salvación. "El que cree en el Hijo tiene vida eterna" (Juan 3:36). "Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo" (He­chos 16:31). Pero, ¿qué significa la palabra "CREER"?
"CREER" es aceptar plenamente y sin reserva lo que Dios dice. Recor­demos que Dios "ha hablado" y que "es imposible que Dios mienta" (Hebreos 1:1-2 y 6:18).
EL QUE CREE reconoce y con­fiesa delante de Dios, que es un pecador perdido, visto que Dios le dice esta verdad en romanos 2:23 y 5:12. (Véase también romanos 3:9- 22).
EL QUE CREE reconoce que es digno del justo juicio de Dios, por­que "la paga del pecado es muerte" (Romanos 6:23) y "está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio" (Hebreos 9:27).
EL QUE CREE recibe el testi­monio de la gracia de Dios, a saber, que "Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores" (1 Timo­teo 1:15).
EL QUE CREE acepta que Jesús, el Hijo de Dios, vino a ser Hombre, y llevó "nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero" (1 Pedro 2:24). "El castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos noso­tros curados"(Lea atentamente Isaías 53). "Cristo murió por nues­tros pecados, conforme a las Escri­turas" (1 Corintios 15:3).
EL QUE CREE ve en Jesús, Hombre resucitado y sentado a diestra de Dios (Hebreos 10:12), su garantía que la justicia de Dios está satisfecha (Romanos 4:25) y que la muerte, salario del pecado, está anu­lada. También la vida eterna, don de gracia de Dios en Cristo, es ahora la parte del creyente (Romanos 6:23). "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de voso­tros, pues es don de Dios" (Efesios 2:8).
EL QUE CREE muestra su fe por su conducta, por sus obras (San­tiago 2), sigue a su Maestro y se aparta de la iniquidad. Sigue la jus­ticia, la fe, el amor, la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor. (Lea 2 Timoteo 2:22.)
EL QUE CREE pone en Cristo toda su confianza para ser condu­cido y guardado en el camino de fe, de felicidad y de obediencia a Su Palabra (1 Juan 5:14-15).
EL QUE CREE rechaza toda en­señanza humana que se opone a la verdad, toda doctrina que torce las Escrituras, y todo lo que procura rebajar la gloria de la Persona y de la obra de nuestro Señor Jesucristo. Más bien procura instruirse en las verdades preciosas que la Palabra de Dios revela.
"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y es útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia." (2 Timoteo 3:16).
—De Leituras Cristas, Portugal

Los Ángeles. El ángel de Jehová


Algunos pasajes de Estudio (Continuación)



Números 22:31-35
            Balaam iba a donde Balac lo había citado, no con la finalidad de bendecir a Israel, sino todo lo contrario. Balac le había ofrecido mucho honor si hacía lo que él quería. Dios le había indicado que fuera donde era requerido, y que dijera lo que Él le comunicara.  Pero en el camino, mudó el propósito, de modo que el Ángel de Jehová, que defendía a su pueblo, intentó detenerlo, pero la asna lo salvó yéndose por otro lado; y de modos  similares lo salvó otras dos veces. Él la golpeó; pero el Ángel de Jehová le dio el habla, y sucede una conversación entre los dos.  El Ángel se mostró ante Balaam y le declaró su propósito. Balaam conoce el propósito del Ángel para con él. Este reconoce su pecado e intenta enmendarse, pero se le encomienda seguir su camino y solo decir lo que el Ángel de Jehová le dijese.
            Del relato podemos desprender:
1.      Modifica la naturaleza de un animal para que pueda hablar, denotando  que es todopoderoso.
2.      Balaam hace reverencia y se humilla ante un ser superior.
3.      Balaam reconoce  que había pecado contra él; nótese que el pecado o el mal proceder fue ante él y no “delante de Jehová”.
4.      Le ordena seguir, pero dirá solo las palabras que él le indique.
5.      Balaam le dice a Balac que solo dirá "la palabra que Dios pusiere en mi boca." Nos deja saber que las palabras del ángel son las palabras de Dios. 

Josué 5:13-15
            Josué había pasado el Jordán con los Israelitas. Los reyes de los amorreos  y de los cananeos sintieron temor, porque Jehová les había dado paso franco hacia la tierra del este del Jordán. Pero ellos no podían seguir conquistando sin que se quitasen de encima el oprobio, debían cumplir el pacto que había hecho con  Abraham: se circuncidaron. Todos los que habían nacido en el desierto, debieron ser circuncidados. Y llamaron aquel lugar Gilgal.
            Pasado los días de recuperación, ellos celebraron la pascua. Y al día siguiente, ellos comieron de los frutos de la tierra; y el maná cesó por completo.
            Seguramente Josué había salido a mirar a Jericó, ya que era la ciudad que la iban a atacar luego. Seguramente miraba los muros y pensaban como iban a entrar. En eso, sintió la presencia de alguien y vio a un varón que estaba ante él y con la espada desenvainada.  Josué hace una pregunta obvia: Si estaba con el pueblo o era de los enemigos.

         En la respuesta encontramos:
1.                  Príncipe del ejército de Jehová. No era un Ángel cualquiera. Era alguien que detentaba realeza. La palabra usada en hebreo es “sar” y da la idea persona jefe, capitán, caudillo, general, jefe, etc. (Strong)
2.                  Acepta la adoración. No se trata de un ángel principal, o Gabriel, ya que estos no aceptan adoración, como podemos verlo en el apocalipsis (Apocalipsis 19:10; 22:9). La palabra hebrea shakha, corresponde o indica adoración, ya que la persona se inclina ante otra.
3.                  Le indica a Josué que se saque los calzados, porque el terreno que pisaba era es Santo. Lo primero que nos recuerda es cuando el Ángel de Jehová habló desde la zarza (Éxodo 3:5).

Jueces 6:12-24
            En este pasaje encontramos que el Ángel de Jehová visita a Gedeón, porque  necesitaba enviarlo a una misión. Esto por que los hijos de Israel se habían apartado de Jehová y habían seguido a los ídolos.  Dios los apremió por la opresión de los pueblos vecinos. Los israelitas clamaron a Jehová y este los oyó. A modo de respuesta les envió un profeta para alentarles  y al Ángel de Jehová.
            ¿En que notamos que este Ángel es el mismo Jehová? En que claramente en el versículo 14, Jehová les responde a la pregunta formulada, tal vez, no la respuesta esperada. En el versículo 16 también queda claro que él es Jehová.
            Por último, el sacrificio que preparó Gedeón, era con el objeto que Dios le diese una señal  de que había estado con él y el le había encomendado  la misión de rescatar a Israel de los enemigos. Cuando el sacrificio estuvo listo,  el Ángel mismo le  indicó como debía disponerlo, de modo que con el caldo, se mojó todo, inclusive la leña.  Con sólo tocar la carne y los panes, fuego  subió de la peña, que consumió la ofrenda. 
            Podemos darnos cuenta que el Ángel era Dios mismo, ya que había aceptado el sacrificio, y además le  había visto el rostro, y Dios mismo tuvo que darle la calma y la paz, ya nadie podía ver el rostro de Dios y vivir, tal como le había dicho a Moisés, y solo le mostró su espalda (Éxodo 33:23).

Jueces 13:1-25
En la historia que nos cuenta este capítulo, es la visita del Ángel de Dios a la esposa de Manoa, que después es reconocido como el Ángel de Jehová. El le da un mensaje de parte de Dios a la mujer de Manoa, que daría a luz un hijo. Ella era estéril, por lo cual la revelación del ángel tiene que haber sido impresionante. Pero el ángel no le da tiempo a su reacción, sino que le dice que debe hacer ella durante el embarazo y cual será la condición del niño que nazca: ella no beberá nada procedente  de la vid ni sidra, y el niño será nazareo, consagrado desde el vientre de la mujer.
Manoa no estaba en el momento de la revelación, e inmediatamente oró a Jehová para que la visita se repitiese. En efecto, Dios concedió la petición de Manoa. El Ángel de Jehová volvió a manifestarse ante la mujer, y la mujer le avisó a Manoa.  Manoa le hace las preguntas respectivas,  a las cuales le responde lo mismo que ya se había dicho.
En un acto propio de los orientales, lo invita a comer del pan (su comida), pero el Ángel rehúsa hacerlo, pero le indica que si era su deseo hacer un sacrificio, que éste fuese ofrecido a Dios mismo.
Manoa le pregunta el nombre del Ángel, y este le responde de porque pregunta por su nombre, que es Admirable.  El Ángel, al igual que con Gedeón, hizo brotar fuego que consumió el holocausto y la ofrenda de harina. En un acto seguido, el Ángel sube por la misma llama y desaparece. Con este hecho, ellos se dieron cuenta que habían estado en la presencia del Ángel de Jehová, y que habían visto a Jehová.
            Cabe destacar dos situaciones  de este pasaje: La primera es cuando Manoa quiere saber el nombre del Ángel de Jehová y la respuesta que éste le da:
El versículo en sí contiene una controversia, ya que la palabra “admirable” se puede tomar en el sentido de adjetivo, por lo cual hay autores (como  Matthew Henry) que apuntan que el Ángel quiso decir que no podía decirles  el nombre, porque era demasiado sublime, admirable. Y en el modo de sustantivo (por ejemplo, William Macdonald), que corresponde al nombre en la persona, y esto lo comparan con Isaías 9:6, donde se indican los nombre del Mesías que iba a nacer. En relación a esto, podemos agregar que los orientales ponen sus nombres de acuerdo a las características de la persona, es más, vemos en la Biblia casos que sus nombres son cambiados, por ejemplo, de Jacob a Israel, de Simón a Pedro, etc.
La segunda característica, corresponde al hecho que los esposos se dieron cuenta que habían estando ante la presencia de  Jehová y tuvieron mucho temor. Pero al haber hecho el holocausto, y el haberlo aceptado, ellos no morirían, sino que habían sido llamados para un propósito.
Como reflexión, cuando los discípulos le dijeron al Señor que les mostrara al Padre, y el Señor le dice, que tanto tiempo que estaba con ellos y no lo habían reconocido. El y el Padre son uno solo.
A modo de observación: Esta vez el Ángel dirigió el holocausto a la persona misma de Jehová, lo encausó en quien debe recibir todo el honor.

1 Crónicas 21:14-30
Otra vez se muestra el Ángel de Jehová, pero esta vez ejecutando el juicio de Dios sobre Israel por el pecado cometido por David al censar a Israel. Era algo que Dios había prohibido expresamente. (cf. Número 1:2-3; 26:2-4)
El pecado consistía al enumerar al pueblo, es decir, consistía en satisfacer su amor propio, era con el propósito de averiguar el número de guerreros que podría reunir para algún plan de conquista proyectado.
            Cuando Jerusalén iba a ser destruida por el Ángel, Dios se “arrepintió”, de modo que detuvo la destrucción. David vio a este ángel con la espada desnuda en la heredad de Ornán (Arauna)  jebuseo.  El y los ancianos se inclinaron a tierra cubiertos de cilicios.
            David tuvo que adquirir esta heredad para poder hacer un altar y hacer un sacrificio y ofrendas de Paz.  Y Jehová habló desde el cielo por medio del fuego del altar del holocausto. Sólo entonces el Ángel de Jehová guardó su espada en la vaina.

Zacarías 1:9-14
            Entonces dije:   ¿Qué son éstos,  señor mío?  Y me dijo el ángel que hablaba conmigo: Yo te enseñaré lo que son éstos. Y aquel varón que estaba entre los mirtos respondió y dijo: Estos son los que Jehová ha enviado a recorrer la tierra. Y ellos hablaron a aquel ángel de Jehová que estaba entre los mirtos,  y dijeron: Hemos recorrido la tierra,  y he aquí toda la tierra está reposada y quieta. Respondió el ángel de Jehová y dijo: Oh Jehová de los ejércitos,   ¿hasta cuándo no tendrás piedad de Jerusalén,  y de las ciudades de Judá,  con las cuales has estado airado por espacio de setenta años? Y Jehová respondió buenas palabras,  palabras consoladoras,  al ángel que hablaba conmigo. Y me dijo el ángel que hablaba conmigo: Clama diciendo: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Celé con gran celo a Jerusalén y a Sion.
     Podemos notar dos características en este pasaje de Zacarías:
1.    Intercede  por Jerusalén
2.    Son dos personajes perfectamente definidos, ya que el Ángel de Jehová  plantea una pregunta a Jehová.

Zacarías 3:1-3
            Me mostró al sumo sacerdote Josué,  el cual estaba delante del ángel de Jehová,  y Satanás estaba a su mano derecha para acusarle. Y dijo Jehová a Satanás: Jehová te reprenda,  oh Satanás;  Jehová que ha escogido a Jerusalén te reprenda.   ¿No es éste un tizón arrebatado del incendio? Y Josué estaba vestido de vestiduras viles,  y estaba delante del ángel.
                        En este cuadro tenemos  a un ángel acusador (Satanás), al Juez Jehová, y el Ángel de Jehová defendiendo a sumo sacerdote Josué. Por lo cual, tenemos  para resaltar que aquí, Jehová reprende a Satanás.  Lo interesante es ver que el Ángel de Jehová es Jehová mismo y también se llama Jehová.