domingo, 3 de marzo de 2013

Andar por la Fe (Hebreos 11)


"Por fe Abraham, habiendo sido llamado, para que saliera a un lugar que había de recibir como heren­cia, obedeció; y salió sin saber a dónde iba. Por fe habitó como extranjero en la tierra de la promesa, como en tierra extraña, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa: porque esperaba la ciudad que tiene los cimientos, cuyo arquitecto y hacedor es Dios" (v. 8-10).
Seguidamente, el apóstol se ocupa de otro punto: la manifestación activa y práctica del poder de la fe. Era lo que fortalecía a Abraham; él confiaba, por así decirlo, ciegamente en Dios. El Señor le llamó por su gracia y él "salió sin saber a dónde iba". Hay, en este acto, algo más que aceptar un testimonio: manifiesta una confianza implícita en Dios. Cuando alguien dice: «Si yo supiera qué consecuencias me sobrevendrían al hacer esto, en­tonces sí que confiaría en Dios», no actúa como obraba Abraham. Es preciso andar sin saber a dónde vamos, pero teniendo puesta nuestra confianza en Aquel que nos conduce. Dios suministrará bastante luz para que poda­mos dar el primer paso, aunque no podamos distinguir cuál ha de ser el segundo; más cuando hayamos doblado la esquina, veremos lo que se encuentra al otro lado o más allá del camino.
Luego, cuando demos un paso, comprobaremos por experiencia que Dios no nos procurará nunca total satis­facción en este mundo. El nos bendice, pero no nos garantiza la satisfacción o la consecución de bienes o seguridades materiales. Cuando Abraham llegó al país que más tarde debía ser su herencia ¿qué es lo que reci­bió? Nada. Siempre fue un advenedizo; un «extranjero y transeúnte sobre la tierra». Esto es lo que desagrada al corazón humano y lo que a menudo hace que se desilu­sione. Tenemos nuestros propios pensamientos acerca de las esperanzas que nos forjamos para el porvenir, y a veces nos preocupamos de lo que haremos dentro de veinte años, mientras Dios nos conducirá a su reposo.
Dios guió a Abraham a la tierra prometida y después comenzó a dirigir sus pensamientos hacia otra patria. Ahora, Abraham se ha acercado a Dios y está colocado en un punto de vista de fe lo suficientemente elevado, para ver que todo está aún por delante de él en esperanza, no en realidad que se pueda tocar y palpar. El Señor se revela al patriarca en la comunión; le habla, le manifiesta sus designios, y maravillado, Abraham adora como pere­grino y adorador está caracterizado por dos cosas: su tienda de campaña y su altar. Dios hace lo propio con nosotros; nos hace cristianos, nos lleva a la tierra pro­metida y nos muestra que todo está aún delante de nos­otros, no de modo visible y palpable, sino en esperanza. Ahora, pues, no es tiempo de descanso. Los caminos de Dios se hacen más claros a nuestros ojos, y percibimos que tenemos el privilegio de ser extranjeros y peregrinos con Dios, y que lo seremos hasta que lleguemos a nuestra casa, en la morada de Dios.
Queridos amigos: ¿En qué estado os encontráis en relación a lo que acabamos de exponer? ¿Podéis decir en verdad: «La morada de mi corazón está allá donde Dios mora; no tengo ni busco ninguna otra?
Nada hay que sea obstáculo entre nosotros y Dios; no hay pecado entre nosotros y él, o —de lo contrario— Cristo no estaría en su presencia; mas está allí, porque él abolió el pecado. Este y Cristo no pueden estar al mismo tiempo ante Dios. Tocante a vuestra salvación, ¿podéis decir, por consiguiente, que descansáis plenamente en el Señor Jesucristo, o —por el contrario—, os ocupáis toda­vía en arreglar lo que ya está resuelto por el Señor? Que él os conceda creer en su testimonio y tener fe en su poder.
Lo que caracteriza a la fe es que ella cuenta con Dios no sólo a pesar de la dificultad, sino incluso a pesar de lo imposible.
La fe no se ocupa de los medios; cuenta con las pro­mesas del Señor. A los ojos del hombre natural, cuando se trata de medios para facilitar al hombre tal o cual cosa, ya no es Dios quien obra; cuando uno se confía en los medios o facultades materiales, ya no se trata de la obra de Dios. Cuando el hombre se encuentra frente a lo imposible es preciso que Dios intervenga, y aquí se mani­fiesta con mayor motivo el camino recto y bueno en que Dios sólo hace lo que él quiere. Y la fe se atiene a su voluntad y no a otra; por tanto, no toma consejo ni de los medios ni de las circunstancias. En otras palabras, la fe no consulta "con carne ni sangre". Es evidente que si la fe es débil, el hombre se apoyará principalmente en los medios exteriores mejor que en las obras de Dios. Recor­demos que cuando las cosas son factibles para el ser humano, cuando están a su alcance, no hay necesidad de fe, porque no se precisa la energía del Espíritu. Los cris­tianos actuamos mucho y logramos poco, ¿nos hemos preguntado por qué?

Extranjeros y transeúntes
"Conforme a la fe murieron todos éstos, no habien­do recibido aún las promesas; pero las vieron y las saludaron desde lejos, y confesaron que eran ex­tranjeros y transeúntes sobre la tierra. Porque los que tales cosas dicen manifiestan que están buscan­do la patria suya. Y en verdad, si se acordaran de aquella de donde salieron, oportunidad tenían para volverse. Ahora empero anhelan otra patria mejor, es decir, la celestial: por lo cual Dios no se aver­güenza de ellos, para llamarse Dios suyo, porque les tiene preparada una ciudad" (v. 13-16).
No sólo se dice de estos creyentes que son "extranjeros y transeúntes", sino que "lo confiesan". A veces, uno consciente en ser "religioso" en el corazón —en lo más escondido de su ser— pero a condición de no hablar de ello; sobra decir que, en tal caso, no puede haber ninguna energía de fe. Si reconocemos que el mundo está juzgado y perdido, si nuestras esperanzas están cifradas en los cielos, debe resultar necesariamente de ello que pense­mos y obremos como extranjeros y transeúntes en esta tierra, y esto deberá manifestarse durante toda la vida. Si nuestro corazón está ya arriba, en el cielo, no le queda sino demostrarlo. Tal cosa evidentemente implica una profesión pública y declarada, o sea: un claro testimonio para Cristo. ¿Estaríamos satisfechos de un amigo que no nos reconociera o no confesara su amistad con nosotros cuando las circunstancias nos fueran adversas? Un cris­tiano que se esconde, que oculta su fe, es evidentemente un mal cristiano.
Mirando a Jesús por la fe, las cosas que hemos visto de lejos se hacen cercanas, como si las estrecháramos ya entre nuestros brazos. Como creyentes ya no nos ocupa­mos del país del cual hemos salido; nuestro corazón se vincula con esa otra patria que está ante nosotros. Al surgir ciertas dificultades, si los afectos de nuestro cora­zón no están puestos en Jesús, el mundo no tarda en recobrar su imperio sobre nosotros.
Cuando el apóstol Pablo declara que "aquellas cosas que me eran ganancia, yo las he tenido por pérdida a causa de Cristo", no lo hacía en un momento de exalta­ción para arrepentirse de ello a continuación; él estaba tan lleno de Cristo que lo estimaba todo como basura: "más aún, todas las cosas las tengo por pérdida a causa de la sobresaliente excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, Señor mío, por causa de quien lo he perdido todo y lo tengo por basura, para que yo gane a Cristo" (Filipenses 3:7-8). La constancia del corazón muestra que los afectos de un cristiano están dirigidos hacia lo que toda­vía está por delante, esto es, que sus esperanzas están en las cosas celestiales, y entonces el Señor no se avergüen­za de ser llamado su Dios.
De dos cosas una: o bien se manifiesta la "carne" o bien actúa la fe; a la verdad es imposible que podamos detenernos entre ambas. El cristiano ha de extenderse hacia lo que es del cielo; los anhelos, los deseos del hombre nuevo son celestiales. Intentar vincularlos nue­vamente al mundo, con el fin de mejorarlo valiéndonos del cristianismo, es una cosa terrenal. No es éste el des­ignio del Señor, él quiere vincularnos al cielo; debemos poseer, pues, el cielo sin el mundo, o el mundo sin el cielo. Aquel que nos prepara una ciudad no puede que­rer para nosotros algo que se interponga entre ambos. El anhelo de una patria mejor, es el deseo de una naturaleza que es enteramente celestial.
"Por fe Abraham, cuando fue probado, ofreció en sacrificio a Isaac; es decir, el que había recibido gozosamente las promesas, iba a ofrecer a su hijo unigénito, respecto de quien se le había dicho: En Isaac será llamada tu descendencia; considerando que aun de entre los muertos podía Dios resucitarle: de donde también le volvió a recibir en parábola" (v. 17-19).
Abraham se aferraba a las promesas antes que a los afectos naturales. Para él, la fuerza de la prueba consistía en que Dios había designado a Isaac como a la descen­dencia aceptada, a la cual iban unidas las promesas. La fe cuenta con Dios, y Dios detiene a Abraham y le confirma las promesas con respecto a su descendencia iniciada en Isaac. Al obedecer, adquirimos un conocimiento de los caminos de Dios, los cuales ignoraríamos sin dicha obe­diencia. La incredulidad nos hace perder el gozo, el poder y la vida espiritual; en dicha condición, ya no sabemos dónde estamos ni a dónde vamos.

"Por fe Moisés, cuando era ya hombre, rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón; escogiendo antes padecer aflicción con el pueblo de Dios que gozar de las delicias pasajeras del pecado; estimando por mayor riqueza el vituperio de Cristo que los tesoros de Egipto; porque tenía su mirada puesta en la remuneración" (v. 24-26).
El corazón carnal se vale de la providencia de Dios para utilizarla contra la vida de la fe. La providencia lleva a la hija de Faraón hasta Moisés niño, colocándolo (así lo parece) en medio de la sabiduría del mundo, en la corte de Faraón, para utilizar su influencia en favor de Israel. Ahora bien, lo primero a que le obliga la fe es a abandonar todo aquello. Cabe que, gracias a su influencia en la corte de Faraón, Moisés hubiera podido socorrer a Israel, pero éste hubiera tenido que permanecer en la servidumbre de Egipto. La fe es "imprudente", pero tiene esa pruden­cia eterna que confía en Dios y nada más que en Dios. La fe discierne lo que es del Espíritu, pues lo que no es del Espíritu no es de la fe, no es Dios. Atenerse a la provi­dencia del modo que ofrecen a primera vista los hechos que concurren en ella, es —en el fondo— desear "gozar de las delicias pasajeras del pecado"; se ama al mundo y se busca el apoyo en las circunstancias antes que en Dios, y no se trata de una «buena providencia» cuando final­mente el hombre se ha de perder.
Moisés parece inutilizarse a sí mismo al preferir el oprobio del pueblo de Dios, y del pueblo de Dios en mala situación. Bien podía ver el pueblo en una triste condi­ción, pero la fe identifica al pueblo de Dios con las pro­mesas del Señor y lo considera, no según su estado, sino conforme a los pensamientos de Dios. Enérgico contra el mal, Moisés cuenta sólo con Dios en lo que se refiere a su pueblo.
"Por fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey, porque persistía como si viera al que es invisible" (v. 27).
El mundo desearía convencernos de que somos buenos cristianos, mientras actuemos y caminemos como los demás. Llamada a la gloria, la fe, necesariamente, tiene que dejar a Egipto, porque no es allí donde Dios ha colo­cado la gloria; estar a gusto en el mundo no es estar a gusto en el cielo: "Todo lo que hay en el mundo, la con­cupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la vanagloria de la vida, no procede del Padre, sino que es del mundo" (1 Juan 2:16).
Dejar el mundo cuando éste nos echa o aísla de sí, no es obrar por la fe, sino mostrar que nuestra voluntad era la de permanecer en él tanto como hubiéramos podido. La fe obra según las promesas de Dios y no porque se vea desechada por el mundo. Moisés ve "al que es invisible"" y esto le fortalece y reafirma. De igual modo, cuando nosotros experimentamos la presencia de Dios, Faraón no es nada, y no porque las circunstancias sean menos peligrosas, sino porque Dios está presente.
Cuando disfrutamos de la comunión con el Señor, las circunstancias se convierten en ocasión de una obedien­cia apacible; pero notemos que lo que manifiesta la obe­diencia en Jesús es una piedra de tropiezo para Pedro. Cristo Jesús apura el cáliz de su agonía que el Padre le envía, pero Pedro saca su espada. Donde no hay comu­nión, hay flaqueza e indecisión.

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