domingo, 7 de abril de 2013

Paz Con Dios


CAPÍTULO 4
En cierta ocasión una partida de cazadores atravesaba una de las inmensas llanuras de América. Hallábanse a cierta altura, cuando de pronto los expertos ojos del guía advirtieron de un peligro muy común en aquellos países. A lo lejos resplandecía una gran llama. La arboleda se había secado debido a un sol intenso, como sólo puede verse en aquellas regiones, y probablemente otros cazadores habían encendido una hoguera, en medio de su campamento, que después no tuvieron la precaución de apagar. Seguramente iban de paso y muy aprisa. En fin, así fue entonces que el viento, soplando con fuerza había avivado esa hoguera, propagando las llamas con espantosa rapidez por el campo abierto, devorando todo lo que encontraba a su paso, y sembrando destrucción. ¿Qué podían hacer los cazadores? Huir era imposible; el viento propagaba el fuego con una rapidez siniestra y devastadora; no había tiempo que perder.
El guía se baja y prende fuego al bosque que tiene delante; el viento agranda y aumenta el pequeño fuego, y muy pronto ven delante de ellos un espacio de donde han desaparecido hierbas y árboles, quedando solamente ceniza y troncos humeantes. El guía dice entonces: "Refugiémonos en este lugar quemado, y aquí no corremos ningún peligro." Todos obedecieron aquel consejo.
El fuego siguió su obra devastadora; pero al llegar al lugar quemado ya, no encontrando elementos, pasó por su alrededor, dejando ilesos a los viajeros. ¿Por qué? Porque el fuego se había anticipado. La hierba y arboles habían ardido ya en aquel sitio, y al llegar el fuego allá le faltaron elementos para extenderse más. Quedó vencido. No tenía poder alguno sobre aquellos hombres. Se vio obligado a pasar alrededor de aquel negro círculo sin causarles daño alguno.
Dios está dispuesto a ejecutar su juicio sobre este mundo. Observa con atención. Si quieres salvarte, colócate en el sitio donde ya tuvo lugar el fuego. ¿No tuvo lugar en el Calvario, donde murió Jesús? Confía en este bendito Salvador; confía en El ahora mismo y si asilo hicieres; quedarás ileso (sin daño), cuando venga el juicio sobre este mundo. No habrá combustible para arder a vuestro lado. Si la condenación cayó sobre la cabeza de Cristo, jamás podrá tocarte a ti. Quédate en el sitio donde ya tuvo lugar el fuego. Confía en Jesús, el Salvador, y estarás libre; es Dios mismo quien te lo dice.

Una paz inmutable
Unas palabras más para explicar el último punto. Los hombres hablan de los problemas por los cuales pasa su paz. Mi deseo es grabar en tu mente esta verdad de la
Escritura: "El es nuestra paz" (Efes. 2:14). Es muy frecuente cuando cualquier persona entra en deseos de obtener la paz, buscarla en su propio corazón. Esto es un error: "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso" (Jeremías 17:9). Otros procuran buscarla en la Biblia, buscando algún versículo tierno y consolador. Hacen muy bien quienes leen la Biblia, pero no es éste el camino de procurar la paz. Te diré cómo se obtiene. Está arriba en el cielo. El es nuestra paz. ¿Dices que tu paz es variable? ¿Acaso, Cristo nuestra paz, varía? ¡No! La Biblia dice: "Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos". ¿Cómo puede variar tu paz, si es Cristo tu paz? ¡Nunca! He procurado la paz — dices la verdad — la he buscado donde es imposible hallarla. La he buscado en mi corazón, en vez de procurarla en la gloria.
Supongamos que una mañana encuentro a un amigo en la calle, y le digo: "Buenos días. Fulano. ¿Cómo está usted?" "Me siento perfectamente bien, sobre todo hoy. Al despertar me puse a cantar himnos. Mi corazón rebosa de alegría. Por el júbilo que siento me hallo firmemente convencido de que soy salvo." ¡Qué engaño! Este funda su certeza en la satisfacción íntima que lo anima.

¿Hacia dónde miras?
Me despido de este amigo, y al doblar la esquina, me topo con Zutano, que es uno de los individuos de faz melancólica, aspecto taciturno y conversación pesimista; tipos como éstos abundan y todos los conocemos. Le saludo y digo: "¿Qué tiene usted? ¡Su aspecto es el de un enfermo!"
—Desperté hoy de muy mal humor— me contesta —El diablo me metió en la cabeza ideas que me roban la tranquilidad.
Y después añade con una amarga sonrisa: —Lo que me consuela, en medio de mi infelicidad, es saber que el diablo no me causaría ningún sinsabor si yo no fuera convertido. Sí, tengo la seguridad de ser salvo, pues si no fuera así, no me vería tan atormentado.
¡Pobre hombre! ¡Basa la certeza de su salvación en las miserias que su corazón perverso abriga! ¡Ambos están igualmente equivocados, pues para asegurarse de su paz miran adentro, en vez de mirar arriba! Su paz varía según sus sentimientos; su barómetro espiritual continuamente oscila.
Querido amigo, no te fundamentes, no te fíes de tus propios sentimientos. ¿... qué cómo llegarías a saber que tienes paz con Dios? Ciertamente no lo sabrás mirando dentro de ti. Nosotros que por naturaleza somos pobres, miserables e indignos pecadores, nada poseemos que nos recomiende al favor de Dios. Pero... ¡atiende bien! Es verdad que no podemos hacer nuestra paz con Dios. Ni siquiera ayudar a hacerla. Pero el Señor Jesús la hizo. El mismo por la sangre de su cruz. El resucitó de los muertos, la corona ciñe su frente, y la Escritura dice: "El es nuestra paz".
No mires pues, amigo mío, hacia adentro; mira arriba; mira la cruz en el Calvario. ¿Qué palabras son aquellas que constituyen la más grata de las noticias? "Consumado es"; y son tan verdaderas hoy como en aquel tiempo. Y en la mañana de la resurrección ¿cuál es su nuevo saludo? "Paz a vosotros". Que los ojos de tu fe se eleven hasta la presencia de Dios y contemplen la faz de Cristo, el Inmutable (sin cambio), que ciñe victoriosa corona, y que digas: "Cristo es mi paz; la cruz está desocupada; el sepulcro vacío, y he aquí El sentado en el trono. ¡El es nuestra paz!

He aquí un pequeño resumen
Hay tres cosas que están íntimamente unidas:
1.      La obra de Cristo
2.      La Palabra de Dios, y...
3.      Tu salvación  …" Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo" (Hechos 16:31).
"Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo". Es ésta, gracias a Dios, nuestra herencia mediante la fe.
            Que Dios te conceda, amigo mío, y a cada uno de los que leen estas líneas, el depositar, con sinceridad, toda tu confianza en la obra hecha por Cristo; creer en Dios, quien le resucitó, y saber que la paz desciende de aquel trono celestial hasta tu corazón mediante Jesucristo nuestro Señor. Que ésta sea tu dicha. Amén.

Discipulado: Yo Primero


EL SEÑOR DE SU PUEBLO
El Señor Jesucristo atrae a su pueblo muy cerca de él y le enseña acerca de él mismo, antes de usarlo para ayudar a otros. Ellos son sus discípulos y aprenden de él. Sus vidas vienen a ser como su vida. Los cristianos no pueden traer a otras personas a Dios solamente por sus palabras. El apóstol Pablo dijo a los Tesalonicenses: ''Nosotros os trajimos las buenas nuevas de salvación no solamente con palabras sino también con poder y con el Espíritu Santo y con entera con­fianza de que el mensaje es verdadero. Vosotros sabéis cómo vivimos cuando estuvimos entre vosotros" 1 Tesalonicenses 1:5-6. Pablo predicó las buenas nuevas de salvación con poder y con autoridad porque era sincero y vivía una vida agradable a Dios. Incluso pudo decir a otros creyentes: "Vivid como yo vivo, porque yo procuro imitar a Cristo" 1 Corintios 11:1.
Pablo predicó las buenas nuevas de salvación en Cristo y muchos fueron salvos, porque Pablo vivió una vida seme­jante a la vida de Cristo. Los creyentes de Tesalónica llegaron a ser seguidores e imitadores de Pablo porque vivieron como Pablo vivió y dieron el mensaje de Dios a muchas otras personas. Así que Pablo copió al Señor Jesucristo y los creyentes copiaron a Pablo. Por esto, el Apóstol pudo decir: "...las buenas nuevas del Señor han salido de vosotros a través de toda Macedonia y Grecia " 1 Tesalonicenses 1:8. Los creyentes predicaron las buenas nuevas y muchos creyeron porque las vidas de los predicadores eran como las vidas de Cristo. Pablo pudo decir: "No necesitamos decir nada; la obra de Dios está hecha. Todos pueden ver cómo os convertisteis de los ídolos a Dios para servir al Dios vivo y verdadero y para esperar el regreso de su Hijo de los cielos" 1 Tesalonicenses 1:8-9. Así que, los creyentes estaban haciendo lo que Pablo dijo, lo estaban imitando a él e imitando al Señor Jesucristo. Estaban predicando el mensaje de Dios y viviendo una vida cristiana. Así el pueblo recibió el mensaje y lo creyó.
El Señor Jesús dijo: "Si alguno quiere seguirme debe olvidarse de sí mismo, tomar su cruz y seguirme. Porque el que quiera vivir su propia vida, la perderá, pero el que da su propia vida por mí, la salvará" Lucas 9:23. El Señor Jesús hablaba acerca de la vida personal del hombre. Un hombre puede ser realmente feliz si ofrece su propia vida a causa de Cristo. Su vida es entonces controlada por Dios y esta es una vida real. Una persona desperdicia su vida si vive de acuerdo a sus propios deseos. Dios así lo dice. Necesitamos creer lo que Dios dice y creer lo que realmente quiere decir, lo que Dios dice es verdad. Dios dice que nuestras vidas se pierden si vivimos para nosotros mismos. Nuestras vidas son buenas y útiles solamente si las entregamos al Señor y permitimos a él controlarlas y usarlas como él quiera.
Nosotros decimos que sí, que esto es verdad, que nuestras vidas son buenas y útiles solamente si las ponemos al servicio de Dios. Pero, ¿realmente seguimos al Señor y le en­tregamos nuestras vidas? Estamos en peligro. Fácilmente podemos llegar a ser cristianos hipócritas, porque co­nocemos la verdad pero no la practicamos. Conocemos la verdad y hablamos acerca de ella. El caso es que nosotros mismos controlamos nuestra propia vida. No entendemos que debemos morir a nuestros deseos y nuestros planes y tomar nuestra cruz.
Se lee en el evangelio según Lucas, capítulo 9 y vs. 23-26 acerca de unos hombres que querían seguir a Jesús. El les dijo lo que debían hacer. El verdadero cristiano obedece a Cristo como a su Señor. El Señor dijo a los hombres que su vida sería un total desperdicio si ellos pretendían controlarla y vivir de acuerdo a sus deseos. Si vivimos para nosotros mismos perderemos todo lo que es bueno. No podemos con­trolar nuestras vidas si vivimos para nosotros mismos y no le obedecemos a él.
El Señor Jesús dijo a sus discípulos que debían obedecerle y tomó a tres de ellos y subió a la cima de una montaña, Lucas 9:28-31. Allí les habló acerca de su muerte. Les había hablado ante acerca de la muerte de ellos, que debían olvidarse de sí mismos y seguirle a él. Ahora les hablaba acerca de su propia muerte, la cual haría de su vida un éxito. El iba a dar su propia vida. El Señor Jesús tiene vida eterna en sí mismo, pero iba a dar su vida personal; no su vida eter­na. Esto lo entendemos bien. El dijo: "Yo daré volun­tariamente mi vida. Nadie la toma de mí, sino que la doy voluntariamente " Juan 10:17-18. El Señor Jesús no hablaba de dar su vida eterna sino su vida terrenal. El dio su propia vida con todo lo que pudiera haber deseado o escogido para sí mismo. Después de que murió, tomó su vida de nuevo. Acerca de esto fue que habló a sus discípulos cuando estuvieron en la montaña.
Veamos ahora lo que aconteció. El les estaba enseñando que él era su Señor y que ellos debían obedecerle. Les estaba mostrando la importancia de renunciar al control de su pro­pia vida y de hacer lo que Dios quería que hicieran. Pero Pedro y los otros discípulos se durmieron. Cuando desper­taron vieron su gloria y a dos hombres con él. Entonces Pedro comenzó a hablar. Con frecuencia él hablaba más de la cuenta. Se lee en Marcos 9:6 que Pedro no sabía lo que decía y en Lucas 9:33 dice que Pedro no sabía lo que había dicho. Pedro fue un tonto al hablar así. Nosotros cometemos muchos errores si no sabemos qué decir antes de comenzar a hablar y cuando terminamos de hablar no sabemos lo que hemos dicho.
La mente de Pedro estaba turbada y confundida. Por eso dijo: "Hagamos tres tiendas; una para ti, otra para Moisés y otra para Elias." Pero Dios dijo: "Este es mi hijo amado, a él oíd." Dios estaba enseñando a Pedro y a los demás discípulos que el Señor Jesucristo es su maestro. Nadie puede compartir el magisterio con el Señor Jesucristo. Pedro quería hablar de Moisés y de Elias. Quizás quería decir que Elias podría enseñarles algo y que también Moisés y que ellos querían oírle. Pero Dios dijo: "Ustedes deben solamente oír a mi Hi­jo." Pedro no había aprendido la lección que el Señor Jesús les había estado enseñando.
Los discípulos no entendieron que debían obedecer solamente al Señor Jesús. Cuando descendieron de la montaña encontraron a los otros discípulos sin ayuda y de­rrotados. Un hombre había traído su hijo a los discípulos y les había pedido que echaran fuera a un espíritu inmundo que lo poseía, pero ellos no pudieron hacerlo. Entonces el hombre se dirigió al Señor Jesús y le pidió que librara a su hi­jo del espíritu malo, Marcos 9:17-27. El Señor Jesús in­mediatamente usó su autoridad sobre el diablo y ordenó al espíritu inmundo a que saliera. Así sanó al muchacho y lo devolvió a su padre. La gente se maravillaba del gran poder de Jesús.
El Señor Jesús tiene todo poder y toda autoridad sobre las olas del mar, la tempestad, y la muerte, etc. El pudo detener el viento y la tempestad porque tiene autoridad sobre las cosas que él hizo. Los discípulos aún no habían comprendido cuan grande era su autoridad, así que se maravillaron y no entendían que él era realmente Señor.
En Hechos, capítulo 8, vs. 26-40 leemos acerca de Felipe. Estaba predicando la Palabra de Dios en Samaria cuando el Señor le dijo: "Quiero que vayas a Gaza, que está en el desierto, donde todo es caluroso y seco." Y Felipe fue y justamente allí estaba un hombre que regresaba de Jerusalén a su casa en Etiopía, en el África. Este hombre estaba cruzando el desierto cuando Dios envió a Felipe para que lo encontrara. Dios quiso que estos dos hombres se encon­traran. Dios tenía su plan y envió a Felipe a Gaza a la hora oportuna.
El etíope iba cruzando el desierto, leyendo el libro de Isaías y Dios quiso que su siervo Felipe lo encontrara para que no regresara a Etiopía sin oír las buenas nuevas. Dios quiso que Felipe encontrara el etíope mientras leía el libro de Isaías. El pasaje de la Escritura que leía decía: "Porque fue quitada de la tierra su vida." Y entonces Felipe le preguntó: "¿Entiendes lo que lees?" El hombre respondió: "¿Y cómo podré entender? Yo no entiendo acerca de quién hablan estas palabras."
Dios arregla el tiempo de cada cosa en nuestra vida. El puede hacer que nos encontremos con alguien en el tiempo justo. Ni demasiado tarde, ni demasiado temprano, sino en el tiempo preciso en que esa persona está lista para recibir el mensaje de Dios. Si Felipe no hubiera encontrado al etíope en el momento preciso, ese hombre hubiera vuelto a su casa dos semanas más tarde y quizás hubiera dejado aparte el libro de Isaías y hubiera dicho: "Yo compré este libro y lo leí, pero no entiendo nada." Dios puede decir a un cristiano: "Yo quiero que vayas ahora." Debemos vivir muy cerca de Dios, de tal manera que sepamos a dónde ir y qué hacer cuando él nos habla. Y debemos obedecer sus órdenes sea para ir pronto, sea para esperar un poco.
Leemos que los once discípulos de Jesús fueron a la colina en Galilea a donde Jesús les pidió ir después de su resurrec­ción. Sus discípulos hubieran podido decir; "¿Por qué debemos ir a Galilea? ¿Por qué no nos podemos reunir en Jerusalén?" El Señor Jesús les había dicho que lo esperaran en Galilea. Pero ¿por qué les dijo el Señor que en Galilea y no en Jerusalén? Quizás porque quería que estuvieran lejos del mal. El quería hablarles en un lugar tranquilo como las colinas de Galilea. El tiene sus propios planes y hace su obra a su manera. Por eso, tal vez, llevó a sus discípulos lejos de la gente religiosa de Jerusalén y se encontró con ellos en una colina de Galilea donde la gente era sencilla.
Los discípulos cayeron a sus pies cuando lo vieron y le adoraron. El es nuestro Salvador y merece nuestra adoración. Algunas veces vivimos durante la semana sin hacer de Cristo el maestro de nuestras ocupaciones. En nuestra casa o en nuestras familias. Planeamos lo que haremos y cuando compraremos o venderemos, pero no le pedimos a él su control. Los domingos por la mañana vamos a una reunión, tomamos himnario y pensamos que con esto estamos adorándole a él. Y decimos que hemos terminado la adoración cuando cantamos el último himno. Pero esto no es adoración. Debemos adorarlo con nuestro corazón. Los An­cianos y los Seres Vivientes de Apocalipsis 5:9 le adoraban diciendo: "Digno eres porque fuiste inmolado y con tu sangre nos has redimido para Dios." Cristo debe tener el más alto lugar, el lugar de autoridad. Nuestra adoración es ver­dadera cuando lo ponemos en el lugar más alto de honor y autoridad.
No podemos decir que Cristo es lo más importante durante una hora u hora y media el domingo por la mañana y luego, olvidarnos de él cuando salimos de la reunión. No podemos hacer nuestros propios planes para el resto de la semana y no someternos a su autoridad. La verdadera adoración consiste en llamarlo Señor todos los días de la semana. Debemos confiar a él nuestras vidas, nuestros hijos, nuestras casas, nuestro tiempo, nuestro dinero, en fin, todo lo que somos y todo lo que tenemos. Deberíamos decirle a él: "Tú eres digno de todo ello y te doy todo lo que tengo." No solamente por un tiempo, sino por todo el tiempo. Esto es verdadera adoración.
Judas se disgustó con María cuando ella derramó el per­fume a los pies de Jesús y dijo: "No deberías hacer esto por­que es un desperdicio. Podrías vender el perfume y usar el dinero para alimentar a los pobres, lo cual sería mucho me­jor " Juan 12:5-6. Judas estaba en un gran error porque no amaba a Cristo. El era el tesorero de Jesús y de sus discípulos y sustraía parte del dinero. No adoraba a Jesús porque no era un verdadero creyente.
Los discípulos adoraron al Señor Jesucristo sobre aquella colina en Galilea, Mateo 28:16-20, y estaban dispuestos a obedecerle. Por eso, el Señor Jesús les ordenó ir y enseñar a todas las naciones. Les dijo que enseñaran al pueblo las mismas cosas que él les había enseñado a ellos. Cristo les enseñó que debían obedecerle y los discípulos debían enseñar al pueblo a obedecer a Cristo. En otro capítulo de este libro, estudiaremos las cosas que Cristo enseñó acerca del Reino de Dios. El gobierno de Dios es su norma, su autoridad. Dios nos ha librado de la tiranía de las tinieblas y nos ha llevado al reino de su Hijo. El reino del Hijo de Dios significa el lugar donde su Hijo tiene autoridad y donde gobierna. Debemos obedecerle en todo lo que hacemos. Cristo habló acerca de su reino y su autoridad durante cuarenta días después de su resurrección y antes de su retorno a los cielos.

La ley del Leproso y su purificación.


Limpieza indispensable
A vista de Dios el leproso está ahora purificado, sin mancha; y ha sido declarado tal por toda la auto­ridad divina y la certeza que le da su Palabra. .. ¿Qué sigue?
"Y el que se purifica lavará sus vestidos, y raerá todo su pelo, y se lavará con agua, y será limpio" (vers. 8).
Dios ordena algo, y el leproso purificado busca en el acto de limpiar todo lo que le concierne: lo de afuera debe corresponder a lo de adentro, todo debe hallarse en armonía con esta nueva y maravillosa posición que ocupa ahora ante Dios. En el capítulo precedente, nues­tra atención se dedicó particularmente a lo que ha sido hecho a favor del leproso para su purificación. Si has seguido, lector, los siete primeros versículos de nuestro capítulo habrás notado que nada correspondía hacer al leproso, sino aceptar los dones y lo que otros hacían a su favor; debía poner su confianza en la sangre derra­mada y creer en la palabra del sacerdote. Se encontraba allí cual un testigo mudo, enajenado y lleno de grati­tud hacia Dios por el sorprendente medio de que se va­lía para realizar su purificación.
Mas ahora comienza para ese hombre una nueva etapa, todo cambió; pone manos a la obra y nosotros vamos a mirarle actuar, para poder imitarle si es nece­sario. Primeramente lava sus vestidos; estaban tan su­cios y repugnantes que nadie se hubiera atrevido a to­carlos. Hemos visto tantas veces en China y en Africa también a leprosos mendigando a orillas del camino, que bien podemos afirmar que no hay espectáculo más re­pulsivo; su cuerpo está tan sucio, ¿para qué iban a lavar sus vestidos? Pero ahora todo ha cambiado para aquel que nos ocupa; limpio a ojos de Dios, y limpio por la fe a sus ojos, debe presentarse así también a los ojos de sus semejantes y por consiguiente debe lavar sus vesti­dos. Tal vez antes había logrado tenerlos en mejor es­tado que los de otros muchos de sus compañero^ de des­gracia, causándoles extrañeza de que pudiera mantener tan cuidada su apariencia; y él estaría probablemente satisfecho de si mismo. Esto no hubiera sido más que hipocresía; imitando así a los escribas y fariseos de los evangelios, a los que el Señor llamaba hipócritas porque limpiaban lo de fuera del vaso y del plato; pero por den­tro estaban llenos de robo y de injusticia (Mateo 23, 23-25).
Mas ahora el leproso declarado limpio por Dios mismo, posee la luz que le permite darse cuenta de que sus vestidos dejan mucho que desear; es imprescindible lavarlos. Estos vestidos nos hablan de lo que nos toca de cerca; nuestros negocios, nuestras asociaciones reli­giosas, nuestras costumbres, en fin, todo lo que se rela­ciona con nosotros, y que el mundo puede ver. Quizás antes nuestros vecinos estaban habituados a encontrar­nos en salas de juegos, en los cafés, en los cines o en otros lugares de disipación; todas estas frecuentaciones, todas estas costumbres deben desaparecer. ¿Cómo lo­grarlo? ¿Con qué limpiará el joven su camino? pregunta el salmista; he aquí la respuesta: "con guardar tu Pa­labra" (Salmo 119,9). El agua es abundante y eficaz porque "toda Escritura es divinamente inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia a fin de que el hombre de Dios sea perfecto" (2. Timoteo 3,16).
Después de lavar sus vestidos ¿qué debe hacer el leproso purificado? Rasurar todo su pelo; todo lo que puede ocultar cualquier impureza debe ser cortado, cues­te lo que cueste. Si a un israelita le era prohibido "ha­cer calva en su cabeza o raer su barba" (Levítico 19,27; 21, 5), para el leproso que se purifica debe desaparecer todo esto; es decir, todo lo que representara la belleza y la gloria natural humana. Entre un pueblo donde to­dos los hombres llevaban abundante cabellera y pobla­da barba, debía ser bien risible el ver pasar a uno com­pletamente rasurado; muchas miradas burlonas le de­bían acompañar y se multiplicarían las bromas a su pa­so... Pero, ¿no merecía ser soportado todo esto? ¿No era infinitamente mejor ser purilicado y volver a perte­necer a la congregación de Jehová que errar fuera del campamento con una barba y ser inmundo?
¿Alguien ha sido purificado por la sangre del Sal­vador? Descubrirá bien pronto que a medida que busca honrar al Señor conforme a su Palabra, participará de su oprobio: "ciertamente con vituperio y tribulaciones fuisteis hecho espectáculo, escribe el apóstol, y llegasteis a ser compañeros de los que estaban en una situación semejante" (Hebreos 10,33); en su tiempo Moisés "re­husó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo an­tes ser maltratado por el pueblo de Dios, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo" (capítulo 11,
24). Y nosotros también estamos exhortados a seguir las mismas pisadas: "salgamos pues a él fuera del cam­pamento —el campamento religioso que ha rechazado a Cristo— llevando su vituperio" (capítulo 13,13); son las pisadas de Jesús. El, más que ningún otro, conoció el oprobio del mundo: "porque Cristo no se agradó a sí mismo, antes bien, como está escrito: los vituperios de los que te vituperan cayeron sobre mí" (Romanos 15,3). Amado lector, estos vituperios no son el privilegio de algunos creyentes solamente sino el de todos; "y decía a todos: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame" (Lucas 9,23). Es a todos que el Señor hablaba, pero es cada uno que debe cargar con la cruz; además es sólo por un tiempo. Para el leproso rasurado, los siete días serán pronto pasados y podrá volver a su querido hogar, al abrigo de la bur­la y el deshonor para gozar paz y alegría... con esa di­cha en perspectiva, bien podía dar testimonio sin aver­gonzarse de la purificación de su lepra y su vuelta a la congregación de Jehová.
Pero en nuestro texto hay algo más que llama nues­tra atención: el leproso lavó sus vestidos, se rasuró, pero debe también lavarse con agua. ¿Lavarse? esto nos toca más de cerca que el lavado de nuestros vestidos; es algo más íntimo, más mío que mis asociaciones o relaciones exteriores. Este lavado purifica mis pensamientos, mis pecados escondidos, mis errores en cuanto a la verdad de Dios, etc. El resultado se verá en mi testimonio, mis pa'abras, y hasta mi posición eclesiástica; tendrá que obedecer a la invitación de "salir a Jesús fuera del cam­pamento", es decir el ambiente religioso pero humano, a que estaba acostumbrado. ¡Ah! lector, pronto advertías que al practicar esa limpieza de todo lo que la Pa­labra de Dios no aprueba, te acarreará muchos disgus­tos; y no se necesitará largo tiempo para hacer de ti "un espectáculo" (1. Corintios 4,9); "si alguno me sirve, sí­game. .." dijo el Señor, son las huellas que El mismo ha trazado; las que siguió el ciego de nacimiento (Juan 9,34,35); y otros muchos que al inverso de los demás, amaron más la gloria de Dios que la de los hom­bres (Juan 12,26,43).
Sin embargo, a pesar del oprobio resultante, todo debe ser purificado "por el lavacro del agua por la pa­labra"; si el leproso no recurrió sino una vez a la efi­cacia de la sangre de la avecilla, debe al contrario, re­currir muchas veces al agua. Recordarás, lector, que en la disposición del Tabernáculo de Jehová, la fuente de bronce que contenía el agua de la purificación estaba colocada entre el altar y el santuario (Éxodo 30, 17,21). En ella los sacerdotes debían lavarse manos y pies cada vez que entraban en el Tabernáculo, para poder ejer­cer sus funciones. Esta ordenanza nos muestra la con­tinua necesidad que tenemos de separarnos de todo lo que no es según la santidad de la presencia de Dios; no mediante repetidas aspersiones de la sangre más por el agua de su Palabra. Esta fuente de bronce evoca tam­bién la escena del lavacro de los pies hecho por el mis­mo Jesús a sus discípulos, diciéndoles luego: "el que está bañado no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y agrega: ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis" (Juan 13,10); en el sentido espiritual tuvieron que lavarse los pies muchas veces los unos a los otros: Pablo lavó los pies de Pedro al ver que éste no andaba según la ver­dad del Evangelio (Gálatas 2,11-14).
A la magnífica promesa de ser hijos del Dios todo­poderoso, el apóstol nos da la exhortación siguiente: "puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de to­da contaminación de carne y de espíritu, perfeccionan­do la santidad en el temor de Dios" (2. Corintios 7,1).
Al invitarnos a contemplar la perfección de la ofrenda de Cristo a Dios, el apóstol sigue exhortándonos de esta manera: "fornicación, inmundicia o avaricia, palabras deshonestas, necedades, truhanerías, ni aún se nombre entre vosotros..." (Efesios 5,3-4). ¿No hay más bello ornamento natural que un espíritu jovial y alegre con salidas brillantes? Estos atractivos pueden parecer in­ofensivos, pero disimulan un verdadero peligro de con­taminación: "en las muchas palabras no falta pecado... las moscas muertas hacen heder y dar mal olor el per­fume del perfumista, así una pequeña locura al que es estimado como sabio y honorable" (Proverbios 10,19; Eclesiastés 10,1).
¿No instan estos textos a lo que simboliza el lava­cro de nuestros vestidos, el lavarse el cuerpo o, a lo que es más profundo aún, el rasurarse el pelo? Porque si el agua de la Palabra limpia y lava, el filo de la navaja que rasura, es también cortante, "más penetrante que toda espada de dos filos, penetra hasta partir el alma y el espíritu... sondéame oh Dios —-expresa David de­seoso de su acción— y conoce mi corazón; pruébame y reconoce mis pensamientos" (Salmo 139,23). Estas ver­dades. abundan en las Escrituras pero no han sido pues­tas suficientemente de relieve. Hemos asistido con gozo a las operaciones de la gracia de Dios que salvó a un pobre pecador quien no estaba autorizado siquiera a le­vantar un dedo para lograr su salvación; pero somos a veces demasiado negligentes en nuestros esfuerzos para lavarnos o rasurarnos. Si tenemos conciencia del precio que nuestra purificación le costó al Señor, puesto que la única cosa que le podíamos traer era nuestra "lepra", ¿qué menos podemos hacer ahora sino buscar de com­placerle mientras nos deja aquí abajo? Así pondremos en armonía nuestra posición privilegiada de santos ante Dios con nuestro testimonio exterior ante los hombres.
Estos dos aspectos de la verdad: la posición y nues­tro testimonio, están admirablemente presentados en la carta de Pablo a los Colosenses: "si habéis muerto con Cristo y si habéis resucitado con él (esto es nuestra po­sición), amortiguad pues vuestros miembros que están en la tierra, dejad todas estas cosas: ira, enojo, mali­cia... (esto es la rasura, el lado negativo de nuestro testimonio), vestios, pues, como escogidos de Dios, san­tos y amados, de entrañas de misericordia, de benigni­dad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia"; he aquí su lado positivo. Este texto revela dos cosas más de lo que hemos visto ya: cuando Cristo murió, yo, vil pecador, morí con El; cuando resucitó, resucité con El; pero cuando volvió a tomar su vuelo a los cielos, se lle­vó también mi vida y la escondió allá arriba, en Dios; y cuando Cristo nuestra vida se manifieste, entonces nosotros también seremos manifestados con El en gloria (Colosenses 3,1-4).

Fuera de su tienda
Limpiado, rasurado, lavado, el leproso puede ahora volver al campamento; ¡qué hermoso día para él! ¿No nos recuerda esto la declaración apostólica: "pero aho­ra en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cris­to?" (Efesios 2,13). Nadie puede hacer ahora la menor objeción cuando el leproso franquee el límite de ese cam­pamento de donde debía ser excluida toda mancha. Mas, si puede volver allí, no le es permitido, sin embargo, en­trar en su propia morada: "morará fuera de su tienda siete días" (vers. 8). Se ve obligado a mantenerse ale­jado de ella durante una semana entera; ¿qué nos ense­ña esta prohibición?
Después de la experiencia de la salvación, una vez limpiado, perdonado, nos sentiríamos felices de partir inmediatamente para estar con Cristo en su morada ce­lestial, huyendo así de las pruebas, las tristezas y el oprobio que nos espera en este mundo; mas no puede ser, aun cuando un profundo amor por Cristo nos haga anhelar estar pronto con El. ¿Os acordáis del hombre cuya legión de demonios echó el Señor, quien le rogó le permitiera quedar con El? Mas, ¿qué le respondió el Señor? "Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti" (Marcos 5,19). Legión debía dar testimonio del irresistible poder de la bondad de Dios que lo había librado del imperio de Satanás, como lo daba el leproso purificado, vestido con ropas limpias y rasurada su cabeza. Durante siete días andaba por los senderos del campamento y por entre las tiendas de su pueblo, sin que nada pudiera ocultarlo de las risas de muchos, mas, sin abrir siquiera la boca, proclama a to­dos: he aquí un leproso que ha sido limpiado y vuelto a su pueblo; como Lázaro el muerto, a quien nunca oímos decir Una palabra, proclamaba por su sola presencia, el poder del Señor que lo había sacado de la muerte.
El número siete en este caso una semana, es el que simboliza la perfección, pues nos habla aquí de la du­ración completa del tiempo de nuestro testimonio, fijado por el Señor, que hemos de dar en este mundo. Para el malhechor en la cruz, este tiempo no duró sino unos pocos momentos; mas, ¡qué testimonio dio! claro y vi­brante cual argentino son de una campana, del que des­cendió el eco a través de las edades, y que abrió una puerta de salvación y esperanza a tantos pecadores per­didos. ¡Y qué musical debió ser el son de este testimo­nio y ruego a oídos del Salvador muriendo por él a su lado, cuando toda Jerusalén estaba unida contra su Me­sías, y que los suyos, atemorizados, quedaban escon­didos!
Para muchos creyentes, estos "siete días" se extien­den durante largos años, comprendiendo toda una vida; mas para cada uno la duración de su testimonio aquí abajo está fijada por nuestro gran Sacerdote. De serle posible, el leproso rasurado hubiera deseado huir del oprobio de los hombres, en el secreto y la quietud de su casa hasta que sus cabellos y su barba hubieran cre­cido; mas Dios lo había elegido a fin de que fuera un testigo suyo, y aun cuando comenzara a crecer su pelo, volverá a ser rasurado según la ordenanza. También Dios te ha elegido, lector —si eres un leproso limpia­do— para ser su testigo; y si El te deja aquí abajo, es porque tiene necesidad de ti; pero, para ser un testigo fiel y verdadero deberás lavarte y rasurarte muchas ve­ces. Detengámonos ante el espejo de la Palabra de Dios, y examinémonos para ver qué clase de testigos somos para El. El Señor Jesús es llamado: "el testigo fiel y verdadero" (Apocalipsis 3,14), así lo fue en este mun­do, y lo es todavía, pero jamás necesitó lavacro de agua ni rasura de navaja... Y aun cuando se debía lavar con agua el holocausto cortado en piezas que le prefi­guraba en su ofrenda a Dios, era tan sólo para que la Palabra haga resaltar sus perfecciones (Levítico 1,9).

Efesios


Capítulo 3

La conexión del capítulo 3 con lo que lo antecede.
          Todo el capítulo 3 es un paréntesis que revela el misterio y que presenta simultáneamente, en la oración que lo concluye, el segundo carácter de Dios que se nos presentó al principio de la Epístola, esto es, el del Padre de nuestro Señor Jesucristo; y esta es la manera en que Él es presentado aquí. El capítulo 1 entrega los consejos de Dios tal como ellos son en sí mismos, agregando Su obra de resucitar a Cristo y sentándole por sobre todas las cosas en lo alto al final. El capítulo 2, nos presenta Su obra al vivificar a otros con Él y formar la asamblea entera de aquellos que son resucitados en Cristo, tomados por la gracia de entre Judíos y Gentiles; estos son los pensamientos y la obra de Dios. El capítulo 3 es la administración de Pablo de ello; él habla especialmente del hecho de hacer entrar a los Gentiles sobre la misma base de los Judíos. Esta era la parte enteramente nueva de los modos de obrar de Dios.

El particular ministerio de Pablo; una revelación especial del misterio, una vez necesariamente oculto, dado a conocer por el Espíritu
         Pablo era un prisionero por haber predicado el evangelio a los Gentiles - una circunstancia que sacó a relucir muy claramente su particular ministerio. Esta forma de ministerio, en lo principal, está presentada así en Colosenses 1. Sólo que en esta última Epístola todo el asunto es tratado más brevemente, y el carácter y principio esencial del misterio, según su lugar en los consejos de Dios, es menos explicado, ya que es contemplado sólo en un lado especial de ello, lo conveniente al propósito de la Epístola, es decir, Cristo y los Gentiles. El apóstol nos asegura aquí que él lo había recibido por una revelación especial, como ya les había enseñado en palabras que, aunque pocas, eran convenientes para dar una comprensión clara de su conocimiento del misterio de Cristo - un misterio que en otras generaciones no se dio a conocer, pero que era revelado ahora por el Espíritu a los apóstoles y profetas (Efesios 3:5). Se observará aquí que los profetas son, en forma muy evidente, los del Nuevo Testamento, puesto que las comunicaciones hechas a ellos se ponen en contraste con el grado de luz otorgada a generaciones anteriores. Ahora bien, el misterio había estado oculto por todos los tiempos anteriores; y de hecho fue necesario que fuese así; porque el hecho de haber puesto a los Gentiles sobre la misma base de los Judíos habría sido demoler el Judaísmo, tal como Dios mismo lo había establecido. En ello Él había levantado cuidadosamente una pared intermedia de separación. El deber del Judío era respetar esta separación; el Judío pecaba si no la observaba estrictamente. El misterio la desechó. Los profetas del Antiguo Testamento, y Moisés mismo, habían mostrado realmente que los Gentiles se regocijarían un día con el pueblo: pero el pueblo permanecía como un pueblo separado. Que ellos iban a ser coherederos, y del mismo cuerpo, habiéndose perdido toda distinción, había estado, en verdad, enteramente escondido en Dios (parte de Su propósito eterno antes de que el mundo fuese), pero no había formado parte de la historia del mundo, ni de los modos de obrar de Dios con respeto a ello, ni de las promesas reveladas de Dios.

El lugar de los redimidos, ahora y en el futuro, en los pensamientos de Dios
         Es un maravilloso propósito de Dios el cual, uniendo a los redimidos a Cristo en el cielo como un cuerpo a su cabeza, les dio un lugar en el cielo. Porque, aunque estamos viajando en la tierra, y aunque somos la morada  de Dios por el Espíritu en la tierra, con todo, en los pensamientos de Dios nuestro lugar está en el cielo.

Los Gentiles e Israel en el siglo venidero; ninguna distinción terrenal en la asamblea, como siendo uno en Cristo y teniendo un lugar en el cielo
         En el siglo venidero, los Gentiles serán bendecidos; pero Israel será un pueblo especial y separado.
         En la asamblea, toda distinción terrenal se pierde; todos nosotros somos uno en Cristo, resucitados con Él.

Un Cristo cuyas riquezas son inescrutables es proclamado a los Gentiles; las dos partes del ministerio de Pablo
         El evangelio del apóstol fue dirigido de esta forma a los Gentiles, para anunciar así las buenas nuevas a ellos según el don de Dios, que había sido otorgado a Pablo por la operación de Su poder, para proclamar a ellos no meramente a un Mesías según las promesas hechas a los padres, un Cristo Judío, sino un Cristo cuyas riquezas eran inescrutables (Efesios 3:8). Nadie podría descubrir hasta el fin, y en todo su desarrollo en Él, la realización de los consejos, y la revelación de la naturaleza de Dios. Estas son las riquezas incomprensibles de un Cristo en quien Dios se da a conocer a Sí mismo, y en quien todos los pensamientos de Dios se realizan y son mostrados. Estos propósitos de Dios con respecto a un Cristo, la Cabeza de Su cuerpo la asamblea, Cabeza sobre todas las cosas en el cielo y la tierra, Cristo, Dios manifestado en la carne, estaban siendo ahora dadas a conocer y se estaban cumpliendo, hasta el punto de reunir a los coherederos en un solo cuerpo. Saulo, el enemigo inveterado de Jesús proclamado como el Mesías, incluso proclamado así por el Espíritu Santo desde el cielo - por lo tanto, el peor de todos los hombres - llega a ser, por medio de la gracia, Pablo, el instrumento y testigo de aquella gracia para anunciar estas riquezas incomprensibles a los Gentiles. Esta era su función apostólica con respecto a los Gentiles. Había otra misión - aclarar a todos con respecto a este misterio, que, desde el principio del mundo, había estado escondido en Dios.
         Esto responde a las dos partes del ministerio del apóstol señaladas en Colosenses 1: 23-25: así como el versículo 27 en aquel capítulo corresponde con el versículo 17 aquí. Dios, quien creó todas las cosas, tenía este pensamiento, este propósito, antes de la creación, para que, cuando Él sometiera toda la creación a Su Hijo que llegó a ser un hombre y glorificado, ese Hijo debiera tener compañeros en Su gloria, que deberían ser como Él mismo, miembros de Su cuerpo espiritual, viviendo de Su vida.

La administración del misterio, el secreto de los consejos de Dios revelado por el establecimiento de la asamblea en la tierra
         Él dio a conocer a los Gentiles las inescrutables riquezas de Cristo, que les dieron una porción en los consejos de Dios en la gracia. Él aclaró a todos, no precisamente con respecto al misterio, sino con respecto a la administración[1] del misterio; es decir, no solamente el consejo de Dios, sino el cumplimiento en el tiempo de ese consejo al traer a la asamblea unida bajo Cristo, su cabeza. Él, quién había creado todas las cosas, como la esfera del desarrollo de Su gloria, había guardado este secreto en Su propia posesión, para que la administración del misterio, ahora dado a conocer por el establecimiento de la asamblea en la tierra, debiera ser en su tiempo el medio de dar a conocer a los más enaltecidos de los seres creados, la múltiple y multiforme sabiduría de Dios. Estos principados y potestades en los lugares celestiales habían visto a la creación surgir y expandirse delante de sus ojos; habían visto el gobierno de Dios, Su providencia, Su juicio; Su tierna intervención en la tierra en Cristo. Había aquí un tipo de sabiduría enteramente nueva; una cosa fuera del mundo, hasta ahora encerrada en los pensamientos de Dios, escondida en Él mismo de tal modo que no hubo ninguna promesa o profecía de ella, pero que era el objeto especial de Su eterno propósito; relacionado en una manera peculiar con Aquel que es el centro y la plenitud del misterio de la piedad; que tuvo su lugar propio en la unión con Él; la cual, aunque fue manifestada en la tierra y establecida con Cristo a la cabeza de la creación, no formó parte de ella. Era una nueva parte de ella. Era una nueva creación, una manifestación distinta de la sabiduría de Dios; una parte de Sus pensamientos que hasta entonces había estado reservada en el secreto de Sus consejos; la administración real de la cual, en la tierra y en su tiempo por medio de la obra del apóstol, dio a conocer la sabiduría de Dios según Su claro propósito, según Su propósito eterno en Cristo Jesús. "En quien," agrega el apóstol, "tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él": y es de acuerdo con esta relación que nosotros lo hacemos.

Los creyentes Gentiles son alentados
          Por tanto, estos creyentes Gentiles no debían estar desanimados en cuanto al encarcelamiento de aquel que les había proclamado este misterio; porque esto era la prueba y el fruto de la posición gloriosa que Dios les había otorgado, y de la cual los Judíos estaban celosos (Efesios 3:13).

Cristo como el centro de todos los modos de obrar de Dios; toda familia tomando su nombre del "Padre de nuestro Señor Jesucristo"
         Esta revelación de los modos de obrar de Dios no nos presenta a Cristo, como lo hizo el primer capítulo, como hombre resucitado por Dios de la muerte, para que nosotros también podamos ser resucitados para tener parte con Él, y que la administración de los consejos de Dios deban realizarse así. Lo presenta como el centro de todos los modos de obrar de Dios, el Hijo del Padre, el Heredero de todas las cosas como el Hijo Creador, y el centro de los consejos de Dios. Es al Padre de nuestro Señor Jesucristo a quien el propio apóstol se dirige ahora; así como en el capítulo 1 era al Dios de nuestro Señor Jesucristo. Toda familia (no "toda la familia") toma su nombre de este nombre de "Padre de nuestro Señor Jesucristo". Bajo el nombre de Jehová únicamente estaban los Judíos. "A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra," había dicho Jehová a los Judíos en Amos, "por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades" (Amos 3:2); pero bajo el nombre del Padre de Jesucristo todas las familias - la asamblea, los ángeles, los Judíos, los Gentiles, todas - toman su nombre. Todos los modos de obrar de Dios en lo que Él había arreglado para Su gloria estaban dispuestos en forma conjunta bajo este nombre, y estaban en relación con ello; y lo que el apóstol pidió para los santos a quienes él se dirigió fue, que ellos pudieran ser capaces de comprender el significado completo de estos consejos, y el amor de Cristo que formaba el centro asegurado para sus corazones (Efesios 3: 14-21).

Fortalecidos por el Espíritu; Cristo morando en el corazón y llenándolo
         Para este propósito él desea que ellos sean fortalecidos con poder en el hombre interior por el Espíritu del Padre de nuestro Señor Jesucristo, y que el Cristo, quien es el centro de todas estas cosas en los consejos de Dios el Padre, habite en sus corazones, y que sea así el centro inteligente de afecto para todo su conocimiento - un centro que no encontró ningún circulo que limitara la vista que se perdía a sí misma en la infinitud que sólo Dios llenó - longitud, anchura, altura, profundidad[2]. Pero este centro les dio, al mismo tiempo, un lugar seguro, un apoyo inamovible y bien conocido, en un amor que era tan infinito como la extensión desconocida de la gloria de Dios en su exhibición alrededor de Sí mismo. "Para que habite Cristo," dice el apóstol, "por la fe en vuestros corazones." De este modo Él, quien llena todas las cosas con Su gloria, llena el corazón Él mismo, con un amor más poderoso que toda la gloria de la cual Él es el centro. Él es para nosotros la fortaleza que nos permite contemplar en paz y amor, todo lo que Él ha hecho, la sabiduría de Sus caminos, y la gloria universal de la cual Él es el centro.

Cristo llenando nuestros corazones; nosotros como centro de Sus afectos; la plenitud de Dios
         Lo repito - Él, quien llena todas las cosas, llena sobre todo nuestros corazones. Dios nos fortalece según las riquezas de esa gloria que Él exhibe ante nuestros ojos asombrados, esa gloria que pertenece adecuadamente a Cristo. Él lo hace, en que Cristo mora en nosotros, con el afecto más tierno, y Él es la fortaleza de nuestro corazón. Es como estar arraigados y cimentados en amor; y abrazando así como el primer círculo de nuestros afectos y pensamientos, a aquellos que son así para Cristo - a todos los santos, los objetos de Su amor: es como estar llenos de Él, y nosotros mismos como centro de todos Sus afectos, y pensando Sus pensamientos, para que nos lancemos en la plena extensión de la gloria de Dios; porque es la gloria de Él, a quien amamos. ¿Y cuál es su límite? No tiene ninguno; es la plenitud de Dios. La encontramos en esta revelación de Sí mismo. Él se da a conocer  a Sí mismo en Cristo en toda Su gloria. Él es Dios sobre todas las cosas, bendito para siempre.

La realización del deseo de Pablo para nosotros
         Pero, viviendo en amor vivimos en Dios y Dios en nosotros: y esto en relación con la exhibición de Su gloria, tal como Él la desarrolla en todo lo que ha formado alrededor de Sí mismo, para manifestarse a Sí mismo en ella, para que Cristo, y Cristo en la asamblea, Su cuerpo, sea el centro de ella, y la totalidad fuese la manifestación de Sí mismo en toda Su gloria. Nosotros somos llenos de toda la plenitud de Dios; y es en la asamblea donde Él habita para este propósito. Él obra en nosotros por Su Espíritu con este objetivo. Por tanto, el deseo y oración de Pablo es que a Dios sea la gloria en la iglesia en Cristo Jesús por los siglos de los siglos: Amén. (Efesios 3:21). Y observen que de lo que se habla aquí es de la realización de lo que se desea. No es, como en el capítulo 1, el objetivo, para que ellos puedan saber lo que es ciertamente verdadero, sino para que pueda ser verdadero para ellos, siendo fortalecidos con poder por Su Espíritu. Es muy hermoso ver cómo, después de lanzarnos en la infinitud de la gloria de Dios, él nos trae de nuevo al conocido centro en Cristo - a conocer el amor de Cristo, pero no para limitarnos. Es más correctamente divino que la gloria, aunque familiar para nosotros. Excede a todo conocimiento.

El amor divino obrando en nosotros
         Observen aquí, también, que el apóstol no pide ahora que Dios actúe mediante un poder que obre para nosotros, como se expresa frecuentemente, sino mediante un poder que obre en nosotros[3]. Él es poderoso para hacer todas las cosas mucho más de lo que pedimos o entendemos según Su poder que obra en nosotros. ¡Qué porción para nosotros! ¡Qué lugar es éste que nos es dado en Cristo! Pero él regresa así a la tesis propuesta al final del capítulo 2, Dios morando en la asamblea por el Espíritu, y los Cristianos, ya sean Judíos o Gentiles, unidos en uno. Él desea que los Cristianos Efesios (y todos nosotros) anden como es digno de esta vocación. Su vocación había de ser una, el cuerpo de Cristo; pero este cuerpo, de hecho, manifestado en la tierra en su unidad verdadera por la presencia del Espíritu Santo. Hemos visto (cap.1) al Cristiano traído a la presencia de Dios mismo; pero el hecho de que estos Cristianos formaban el cuerpo de Cristo, y que ellos eran la morada de Dios aquí abajo, la casa de Dios en la tierra - en una palabra, su completa posición - está comprendido en la expresión, "vuestra vocación." La oración del capítulo 1, observen, presenta a los santos ante Dios; la del capítulo 3, a Cristo en ellos.


[1] Me parece que esta es la palabra correcta, y no "la dispensación." ("Y para aclarar a todos cuál es la administración del misterio que desde la eternidad había estado escondido en Dios, quien creó todas las cosas." Efesios 3:9 - RVA)
[2] Cristo es el centro de toda la exhibición de la gloria divina, pero Él mora así en nuestros corazones para colocarlos, por decirlo así, en este centro, y, por lo tanto, hacer que nuestros corazones miren fuera de allí a toda la gloria exhibida. Aquí podríamos perdernos; pero él trae nuestros corazones de vuelta al bien conocido amor de Cristo, pero no como a algo más estrecho, porque Él es Dios, y excede todo conocimiento, así que somos llenos de toda la plenitud de Dios.

[3] Esto diferencia claramente la oración del capítulo 1 y ésta. Allí el llamamiento y la herencia eran en el firme propósito de Dios, y su oración es que ellos los puedan conocer, y el poder que los trajo allí. Aquí se trata de lo que está en nosotros, y él ora para que esto pueda existir, y eso, como poder actual en la iglesia.

A cada uno su obra


Leer  Marcos 13:34 y también Lucas 12:42-44; Mateo 24:45-47
            Reunamos estos versículos, pues se complementan unos a otros. El Señor compuso un cuadro breve, pero rico en instrucción. El fondo de la escena es una casa. Los personajes son: un maestro ausente, un mayordomo, un portero y esclavos anónimos ocupados en diversas actividades.
         El maestro está ausente. Pero antes de su partida dejó su casa en perfecto orden. No salió de prisa, al contrario, se tomó el tiempo suficiente para confiar un trabajo específico a cada uno de sus servidores.
         El mayordomo debía velar por el sustento de cada uno de los demás siervos. Su tarea consistía en darles buen alimento, y en el momento preciso. Obviamente debía ser fiel para conservar las provisiones, sin que se alteraran; además tenía que ser sabio para distribuirlas adecuadamente, discerniendo el tiempo oportuno.
            Las instrucciones dadas al portero se resumen en una palabra: velar. Debía velar para que el ladrón no entrara y para abrir al maestro en cualquier momento que regresara. Éste era un puesto de confianza y honor.
         Los otros siervos recibieron cada uno su tarea. A cada uno le fue precisada su obra, y no a través de un intermediario, sino por el maestro mismo. Fue él quien preparó los medios necesarios teniendo en cuenta la capacidad de cada siervo. Además, les confirió una autoridad que era una fracción de la suya. Dicho de otra forma, estos siervos gozaban de la confianza de su señor; se les dio, en el dominio de su actividad respectiva, una entera libertad de acción, porque el maestro esperaba de ellos que velaran por Sus intereses como si fueran los suyos propios.
            Aprehendamos la enseñanza espiritual de este cuadro. Cristo ausente encargó diversas funciones a sus mayordomos, porteros y siervos. En las epístolas encontramos dos formas principales de ministerios y cargos. Los mayordomos nos recuerdan a los siervos calificados por el Señor para administrar el alimento espiritual a los creyentes. Son especialmente los maestros (Efesios 4:11), quienes disciernen las necesidades del momento y presentan los recursos de la Palabra que son apropiados. La porción de trigo nos habla de Cristo, alimento del alma. Sus servidores deben conservar la doctrina intacta, exponer fielmente la verdad, “manejando acertadamente la palabra de la verdad” (2 Timoteo 2:15 V.M.) Deben ser prudentes, haciendo corresponder los recursos de la Palabra a las necesidades de aquellos a quienes se dirigen, en el tiempo conveniente. Jóvenes hermanos, busquemos ese precioso servicio que al final lleva una bendición muy especial para aquellos que sean hallados “haciendo así” (Lucas 12:43).
            Los porteros, por su parte, nos hacen pensar en los vigilantes (u obispos, RVR 1960, 1 Timoteo 3:2), ancianos o pastores que velan, no sobre la Palabra y la enseñanza, sino sobre la grey. Su tarea parece pasiva, y a veces negativa. Velar a las puertas es estar atentos a las admisiones a la participación en la cena del Señor; algunas veces, significa hacer esperar a uno hasta que su deseo de seguir fielmente al Señor sea notorio para todos. Ayudemos a estos hermanos, apreciemos su vigilancia en vista del bien de la asamblea. Esto corresponde a la orden que ellos han recibido personalmente del Señor: “¡Velad!”
            Sin embargo, la mayoría de los creyentes no han sido llamados a un ministerio particular. Entonces, ¿no tienen ellos un servicio en la casa de Dios? El versículo 34 de Marcos 13 responde: “A cada uno su obra…” Cada uno. Ninguno es dejado en la inactividad. Tampoco hay límite en cuanto a la clase de obra. Abarcan una infinidad de tareas, incluso las más humildes, las cuales el Señor pondrá en evidencia y recompensará en su día.
            Cada uno ha recibido un servicio y la autoridad para realizarlo. Obra por cuenta del mismo Señor, lo cual acentúa la importancia de su mandato. Él no se preocupa por las opiniones de los hombres, porque es a Cristo a quien debe dar cuentas. No busca nada más que Su aprobación.
            Pero, ¿qué sucedió en la “casa grande” de la profesión cristiana? (2 Timoteo 2:20) Los mayordomos se engordaron, se embriagaron y golpearon a sus servidores. Los porteros no vigilaron y los ladrones entraron “para hurtar y matar y destruir” (Juan 10:10). La alianza con el mundo, el dominio sobre las almas, el sueño y la infiltración de individuos que no tienen la vida o aportan doctrinas extrañas explican el estado tan humillante de la cristiandad actual. El retorno del Maestro ha sido perdido de vista.
            Sin embargo, Él viene en el día que el siervo malo no espera, a la hora que éste no sabe. ¿Se puede decir, entonces, que el siervo fiel conoce el día y la hora? No. Pero cada día es un día que él “espera”, un día que puede ser aquel tan anhelado. Empleando una expresión militar, tenemos nuestro día D, nuestra hora H. Nada como esta espera del corazón es propia para estimular nuestra actividad, para ayudarnos a cumplir la obra que nos ha sido confiada.
            El Señor viene pronto. Pensemos en ese día con alegría, pero también con reverencia y temor. ¿Qué tendremos en nuestras manos? ¿Qué le mostraremos? El Señor, nuestro ejemplo, pudo decir al dar cuentas a su Padre: “He acabado la obra que me diste que hiciese” (Juan 17:4). Y su Padre, perfectamente glorificado, lo hizo sentarse a su diestra, coronado de gloria y honor. En lo que nos concierne, ¿también tendrá el gozo de hacernos sentar con él y decirnos: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor”? Feliz el siervo, y feliz también el Maestro, porque ahí está el fruto del trabajo de su alma, y nada más podrá satisfacer su perfecto y maravilloso amor. (Véase Isaías 53:11).

Andar por la Fe (Hebreos 11)


"Por fe cayeron los muros de Jericó, después que se hubo dado vuelta alrededor de ellos siete días" (v. 30).
Al sonido de los cuernos de carnero, después de que el pueblo ha dado siete veces la vuelta a la ciudad, se des­ploman los muros de Jericó. Las mismas cosas que pare­cen viles y despreciables, no lo son cuando están hechas ante el Señor (véase 2 Samuel 6:20-23). Para la fe, las murallas no son nada; no constituyen mayor obstáculo que lo fueron el Mar Rojo o el Jordán.
"Por fe Rahab, la ramera, no pereció con los que rehusaron creer, pues ella acogió a los espías en paz" (v. 31).

¿Quién hubiera pensado ver a Rahab encuadrada en esta nube de testigos? Sin embargo, por la fe, ella reco­noce a Dios. Su fe se parece a la de Moisés; Rahab se identifica con ese pueblo al que reconoce como "el pue­blo de Dios" al oír las maravillas obradas por el Señor a favor de ellos: "Yo sé que Jehová os ha dado esta tierra... porque hemos oído decir cómo Jehová secó las aguas del Mar Rojo delante de vosotros, cuando salisteis de Egip­to..." (Véase Josué 2:8-12). La fe hace caso omiso de las distinciones sociales y no reconoce las diferencias esta­blecidas por los hombres. La fe dice que Dios es rico en misericordia para con todos los que le invocan; no hay, pues, diferencia, porque todos han pecado. En medio de la dificultades, Rahab ocupa también su sitio entre el pueblo de Dios.
"¿Y qué más diré? porque me faltará el tiempo para hablar de Gedeón, de Barac, de Sansón, y de Jefté, de David también, y de Samuel, y de los profetas; los cuales por fe sojuzgaron reinos, obraron justicia, obtuvieron promesas, cerraron las bocas de leones, apagaron la violencia del fuego, escaparon del filo de la espada, sacaron fuerzas de flaqueza, se hicieron poderosos en guerra y pusieron en fuga a ejércitos de gente extranjera" (v. 32-34).
La confianza de la fe se manifiesta en el conjunto de la vida cristiana. A menudo, los cristianos se meten en apu­ros porque miden sus propias fuerzas con la tentación en vez de atenerse exclusivamente a Dios; y los que tal hacen, sólo pueden llegar hasta cierto punto. Uno invo­cará a su familia; otro se preocupará de su porvenir, etc. (Si alguno no tiene fe, lo único que podemos hacer es orar por él.) En los diversos intereses de la vida material, nuestros razonamientos para justificarnos equivalen a decir: «No tengo la fe que se apoya enteramente sobre Dios». Esta mira absoluta y exclusivamente al Señor. El cumplimiento del deber acarrea siempre dificultades, pero entonces tenemos el consuelo de poder decir: «Dios está ahí y, por lo tanto, la victoria es cierta»; de otro modo, siempre habrá en nuestra mente algo más fuerte que Dios. Ello exige, pues, una sumisión perfecta y práctica de la voluntad.
Si, como hijos de Dios, somos fieles, cabe que él nos deje en la dificultad y en la prueba para hacer resaltar aquello que en nosotros no proceda del Espíritu. El Señor puede también permitir que el mal siga su curso y nos someta a prueba, a fin de que comprendamos que el objeto de la fe no se halla en este mundo, y para que veamos que —incluso en las circunstancias más difíci­les— Dios puede intervenir, como lo hizo con Abraham en el sacrificio de Isaac y, asimismo, en la resurrección de Lázaro.
El hombre no ve más allá de las circunstancias que le rodean. Detenerse en estas circunstancias equivale a la incredulidad: "porque no sale del polvo la aflicción" (Job 5:6). Satanás está detrás de las circunstancias para atraer sobre éstas nuestras miradas; pero, en último plano, Dios está presente para quebrantar nuestra voluntad.
"Por lo cual nosotros también, teniendo en derredor nuestro una tan grande nube de testigos, descargándonos de todo peso, y del pecado que estrechamente nos cerca, corramos con paciencia la carrera que ha sido puesta delante de nosotros; MIRANDO A JE­SUS..." (Hebreos 12:1-2).