domingo, 7 de abril de 2013

La ley del Leproso y su purificación.


Limpieza indispensable
A vista de Dios el leproso está ahora purificado, sin mancha; y ha sido declarado tal por toda la auto­ridad divina y la certeza que le da su Palabra. .. ¿Qué sigue?
"Y el que se purifica lavará sus vestidos, y raerá todo su pelo, y se lavará con agua, y será limpio" (vers. 8).
Dios ordena algo, y el leproso purificado busca en el acto de limpiar todo lo que le concierne: lo de afuera debe corresponder a lo de adentro, todo debe hallarse en armonía con esta nueva y maravillosa posición que ocupa ahora ante Dios. En el capítulo precedente, nues­tra atención se dedicó particularmente a lo que ha sido hecho a favor del leproso para su purificación. Si has seguido, lector, los siete primeros versículos de nuestro capítulo habrás notado que nada correspondía hacer al leproso, sino aceptar los dones y lo que otros hacían a su favor; debía poner su confianza en la sangre derra­mada y creer en la palabra del sacerdote. Se encontraba allí cual un testigo mudo, enajenado y lleno de grati­tud hacia Dios por el sorprendente medio de que se va­lía para realizar su purificación.
Mas ahora comienza para ese hombre una nueva etapa, todo cambió; pone manos a la obra y nosotros vamos a mirarle actuar, para poder imitarle si es nece­sario. Primeramente lava sus vestidos; estaban tan su­cios y repugnantes que nadie se hubiera atrevido a to­carlos. Hemos visto tantas veces en China y en Africa también a leprosos mendigando a orillas del camino, que bien podemos afirmar que no hay espectáculo más re­pulsivo; su cuerpo está tan sucio, ¿para qué iban a lavar sus vestidos? Pero ahora todo ha cambiado para aquel que nos ocupa; limpio a ojos de Dios, y limpio por la fe a sus ojos, debe presentarse así también a los ojos de sus semejantes y por consiguiente debe lavar sus vesti­dos. Tal vez antes había logrado tenerlos en mejor es­tado que los de otros muchos de sus compañero^ de des­gracia, causándoles extrañeza de que pudiera mantener tan cuidada su apariencia; y él estaría probablemente satisfecho de si mismo. Esto no hubiera sido más que hipocresía; imitando así a los escribas y fariseos de los evangelios, a los que el Señor llamaba hipócritas porque limpiaban lo de fuera del vaso y del plato; pero por den­tro estaban llenos de robo y de injusticia (Mateo 23, 23-25).
Mas ahora el leproso declarado limpio por Dios mismo, posee la luz que le permite darse cuenta de que sus vestidos dejan mucho que desear; es imprescindible lavarlos. Estos vestidos nos hablan de lo que nos toca de cerca; nuestros negocios, nuestras asociaciones reli­giosas, nuestras costumbres, en fin, todo lo que se rela­ciona con nosotros, y que el mundo puede ver. Quizás antes nuestros vecinos estaban habituados a encontrar­nos en salas de juegos, en los cafés, en los cines o en otros lugares de disipación; todas estas frecuentaciones, todas estas costumbres deben desaparecer. ¿Cómo lo­grarlo? ¿Con qué limpiará el joven su camino? pregunta el salmista; he aquí la respuesta: "con guardar tu Pa­labra" (Salmo 119,9). El agua es abundante y eficaz porque "toda Escritura es divinamente inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia a fin de que el hombre de Dios sea perfecto" (2. Timoteo 3,16).
Después de lavar sus vestidos ¿qué debe hacer el leproso purificado? Rasurar todo su pelo; todo lo que puede ocultar cualquier impureza debe ser cortado, cues­te lo que cueste. Si a un israelita le era prohibido "ha­cer calva en su cabeza o raer su barba" (Levítico 19,27; 21, 5), para el leproso que se purifica debe desaparecer todo esto; es decir, todo lo que representara la belleza y la gloria natural humana. Entre un pueblo donde to­dos los hombres llevaban abundante cabellera y pobla­da barba, debía ser bien risible el ver pasar a uno com­pletamente rasurado; muchas miradas burlonas le de­bían acompañar y se multiplicarían las bromas a su pa­so... Pero, ¿no merecía ser soportado todo esto? ¿No era infinitamente mejor ser purilicado y volver a perte­necer a la congregación de Jehová que errar fuera del campamento con una barba y ser inmundo?
¿Alguien ha sido purificado por la sangre del Sal­vador? Descubrirá bien pronto que a medida que busca honrar al Señor conforme a su Palabra, participará de su oprobio: "ciertamente con vituperio y tribulaciones fuisteis hecho espectáculo, escribe el apóstol, y llegasteis a ser compañeros de los que estaban en una situación semejante" (Hebreos 10,33); en su tiempo Moisés "re­husó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo an­tes ser maltratado por el pueblo de Dios, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo" (capítulo 11,
24). Y nosotros también estamos exhortados a seguir las mismas pisadas: "salgamos pues a él fuera del cam­pamento —el campamento religioso que ha rechazado a Cristo— llevando su vituperio" (capítulo 13,13); son las pisadas de Jesús. El, más que ningún otro, conoció el oprobio del mundo: "porque Cristo no se agradó a sí mismo, antes bien, como está escrito: los vituperios de los que te vituperan cayeron sobre mí" (Romanos 15,3). Amado lector, estos vituperios no son el privilegio de algunos creyentes solamente sino el de todos; "y decía a todos: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame" (Lucas 9,23). Es a todos que el Señor hablaba, pero es cada uno que debe cargar con la cruz; además es sólo por un tiempo. Para el leproso rasurado, los siete días serán pronto pasados y podrá volver a su querido hogar, al abrigo de la bur­la y el deshonor para gozar paz y alegría... con esa di­cha en perspectiva, bien podía dar testimonio sin aver­gonzarse de la purificación de su lepra y su vuelta a la congregación de Jehová.
Pero en nuestro texto hay algo más que llama nues­tra atención: el leproso lavó sus vestidos, se rasuró, pero debe también lavarse con agua. ¿Lavarse? esto nos toca más de cerca que el lavado de nuestros vestidos; es algo más íntimo, más mío que mis asociaciones o relaciones exteriores. Este lavado purifica mis pensamientos, mis pecados escondidos, mis errores en cuanto a la verdad de Dios, etc. El resultado se verá en mi testimonio, mis pa'abras, y hasta mi posición eclesiástica; tendrá que obedecer a la invitación de "salir a Jesús fuera del cam­pamento", es decir el ambiente religioso pero humano, a que estaba acostumbrado. ¡Ah! lector, pronto advertías que al practicar esa limpieza de todo lo que la Pa­labra de Dios no aprueba, te acarreará muchos disgus­tos; y no se necesitará largo tiempo para hacer de ti "un espectáculo" (1. Corintios 4,9); "si alguno me sirve, sí­game. .." dijo el Señor, son las huellas que El mismo ha trazado; las que siguió el ciego de nacimiento (Juan 9,34,35); y otros muchos que al inverso de los demás, amaron más la gloria de Dios que la de los hom­bres (Juan 12,26,43).
Sin embargo, a pesar del oprobio resultante, todo debe ser purificado "por el lavacro del agua por la pa­labra"; si el leproso no recurrió sino una vez a la efi­cacia de la sangre de la avecilla, debe al contrario, re­currir muchas veces al agua. Recordarás, lector, que en la disposición del Tabernáculo de Jehová, la fuente de bronce que contenía el agua de la purificación estaba colocada entre el altar y el santuario (Éxodo 30, 17,21). En ella los sacerdotes debían lavarse manos y pies cada vez que entraban en el Tabernáculo, para poder ejer­cer sus funciones. Esta ordenanza nos muestra la con­tinua necesidad que tenemos de separarnos de todo lo que no es según la santidad de la presencia de Dios; no mediante repetidas aspersiones de la sangre más por el agua de su Palabra. Esta fuente de bronce evoca tam­bién la escena del lavacro de los pies hecho por el mis­mo Jesús a sus discípulos, diciéndoles luego: "el que está bañado no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y agrega: ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis" (Juan 13,10); en el sentido espiritual tuvieron que lavarse los pies muchas veces los unos a los otros: Pablo lavó los pies de Pedro al ver que éste no andaba según la ver­dad del Evangelio (Gálatas 2,11-14).
A la magnífica promesa de ser hijos del Dios todo­poderoso, el apóstol nos da la exhortación siguiente: "puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de to­da contaminación de carne y de espíritu, perfeccionan­do la santidad en el temor de Dios" (2. Corintios 7,1).
Al invitarnos a contemplar la perfección de la ofrenda de Cristo a Dios, el apóstol sigue exhortándonos de esta manera: "fornicación, inmundicia o avaricia, palabras deshonestas, necedades, truhanerías, ni aún se nombre entre vosotros..." (Efesios 5,3-4). ¿No hay más bello ornamento natural que un espíritu jovial y alegre con salidas brillantes? Estos atractivos pueden parecer in­ofensivos, pero disimulan un verdadero peligro de con­taminación: "en las muchas palabras no falta pecado... las moscas muertas hacen heder y dar mal olor el per­fume del perfumista, así una pequeña locura al que es estimado como sabio y honorable" (Proverbios 10,19; Eclesiastés 10,1).
¿No instan estos textos a lo que simboliza el lava­cro de nuestros vestidos, el lavarse el cuerpo o, a lo que es más profundo aún, el rasurarse el pelo? Porque si el agua de la Palabra limpia y lava, el filo de la navaja que rasura, es también cortante, "más penetrante que toda espada de dos filos, penetra hasta partir el alma y el espíritu... sondéame oh Dios —-expresa David de­seoso de su acción— y conoce mi corazón; pruébame y reconoce mis pensamientos" (Salmo 139,23). Estas ver­dades. abundan en las Escrituras pero no han sido pues­tas suficientemente de relieve. Hemos asistido con gozo a las operaciones de la gracia de Dios que salvó a un pobre pecador quien no estaba autorizado siquiera a le­vantar un dedo para lograr su salvación; pero somos a veces demasiado negligentes en nuestros esfuerzos para lavarnos o rasurarnos. Si tenemos conciencia del precio que nuestra purificación le costó al Señor, puesto que la única cosa que le podíamos traer era nuestra "lepra", ¿qué menos podemos hacer ahora sino buscar de com­placerle mientras nos deja aquí abajo? Así pondremos en armonía nuestra posición privilegiada de santos ante Dios con nuestro testimonio exterior ante los hombres.
Estos dos aspectos de la verdad: la posición y nues­tro testimonio, están admirablemente presentados en la carta de Pablo a los Colosenses: "si habéis muerto con Cristo y si habéis resucitado con él (esto es nuestra po­sición), amortiguad pues vuestros miembros que están en la tierra, dejad todas estas cosas: ira, enojo, mali­cia... (esto es la rasura, el lado negativo de nuestro testimonio), vestios, pues, como escogidos de Dios, san­tos y amados, de entrañas de misericordia, de benigni­dad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia"; he aquí su lado positivo. Este texto revela dos cosas más de lo que hemos visto ya: cuando Cristo murió, yo, vil pecador, morí con El; cuando resucitó, resucité con El; pero cuando volvió a tomar su vuelo a los cielos, se lle­vó también mi vida y la escondió allá arriba, en Dios; y cuando Cristo nuestra vida se manifieste, entonces nosotros también seremos manifestados con El en gloria (Colosenses 3,1-4).

Fuera de su tienda
Limpiado, rasurado, lavado, el leproso puede ahora volver al campamento; ¡qué hermoso día para él! ¿No nos recuerda esto la declaración apostólica: "pero aho­ra en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cris­to?" (Efesios 2,13). Nadie puede hacer ahora la menor objeción cuando el leproso franquee el límite de ese cam­pamento de donde debía ser excluida toda mancha. Mas, si puede volver allí, no le es permitido, sin embargo, en­trar en su propia morada: "morará fuera de su tienda siete días" (vers. 8). Se ve obligado a mantenerse ale­jado de ella durante una semana entera; ¿qué nos ense­ña esta prohibición?
Después de la experiencia de la salvación, una vez limpiado, perdonado, nos sentiríamos felices de partir inmediatamente para estar con Cristo en su morada ce­lestial, huyendo así de las pruebas, las tristezas y el oprobio que nos espera en este mundo; mas no puede ser, aun cuando un profundo amor por Cristo nos haga anhelar estar pronto con El. ¿Os acordáis del hombre cuya legión de demonios echó el Señor, quien le rogó le permitiera quedar con El? Mas, ¿qué le respondió el Señor? "Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti" (Marcos 5,19). Legión debía dar testimonio del irresistible poder de la bondad de Dios que lo había librado del imperio de Satanás, como lo daba el leproso purificado, vestido con ropas limpias y rasurada su cabeza. Durante siete días andaba por los senderos del campamento y por entre las tiendas de su pueblo, sin que nada pudiera ocultarlo de las risas de muchos, mas, sin abrir siquiera la boca, proclama a to­dos: he aquí un leproso que ha sido limpiado y vuelto a su pueblo; como Lázaro el muerto, a quien nunca oímos decir Una palabra, proclamaba por su sola presencia, el poder del Señor que lo había sacado de la muerte.
El número siete en este caso una semana, es el que simboliza la perfección, pues nos habla aquí de la du­ración completa del tiempo de nuestro testimonio, fijado por el Señor, que hemos de dar en este mundo. Para el malhechor en la cruz, este tiempo no duró sino unos pocos momentos; mas, ¡qué testimonio dio! claro y vi­brante cual argentino son de una campana, del que des­cendió el eco a través de las edades, y que abrió una puerta de salvación y esperanza a tantos pecadores per­didos. ¡Y qué musical debió ser el son de este testimo­nio y ruego a oídos del Salvador muriendo por él a su lado, cuando toda Jerusalén estaba unida contra su Me­sías, y que los suyos, atemorizados, quedaban escon­didos!
Para muchos creyentes, estos "siete días" se extien­den durante largos años, comprendiendo toda una vida; mas para cada uno la duración de su testimonio aquí abajo está fijada por nuestro gran Sacerdote. De serle posible, el leproso rasurado hubiera deseado huir del oprobio de los hombres, en el secreto y la quietud de su casa hasta que sus cabellos y su barba hubieran cre­cido; mas Dios lo había elegido a fin de que fuera un testigo suyo, y aun cuando comenzara a crecer su pelo, volverá a ser rasurado según la ordenanza. También Dios te ha elegido, lector —si eres un leproso limpia­do— para ser su testigo; y si El te deja aquí abajo, es porque tiene necesidad de ti; pero, para ser un testigo fiel y verdadero deberás lavarte y rasurarte muchas ve­ces. Detengámonos ante el espejo de la Palabra de Dios, y examinémonos para ver qué clase de testigos somos para El. El Señor Jesús es llamado: "el testigo fiel y verdadero" (Apocalipsis 3,14), así lo fue en este mun­do, y lo es todavía, pero jamás necesitó lavacro de agua ni rasura de navaja... Y aun cuando se debía lavar con agua el holocausto cortado en piezas que le prefi­guraba en su ofrenda a Dios, era tan sólo para que la Palabra haga resaltar sus perfecciones (Levítico 1,9).

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