miércoles, 1 de mayo de 2019

MEDITACIÓN


“Y amigo hay más unido que un hermano” (Proverbios 18:24).
La amistad de Jesús es un tema que evoca una cálida respuesta en los corazones de Su pueblo en todo lugar. Cuando estaba en la tierra, fue ridiculizado como “amigo de publicanos y de pecadores” (Mateo11:19), pero los cristianos han tomado la burla y la han convertido en un título honorífico.
Antes de ir a la cruz nuestro Señor llamó “amigos” a Sus discípulos: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer” (Juan15:14-15).
Este es el tema de algunos de nuestros himnos más amados; por ejemplo: “Oh qué amigo nos es Cristo”, “No hay un amigo como el humilde Jesús”, y “He encontrado un amigo, oh, qué amigo”.
¿Por qué la amistad de Jesús toca una fibra tan sensible? Creo que la razón principal está en que muchas personas se sienten solas. Aunque están rodeados de otras personas, no están rodeados de amigos. Pueden estar también aislados considerablemente de los demás. éste es reiteradamente el caso con los ancianos que han sobrevivido a sus contemporáneos.
La soledad es cruel. Es dañina para la salud física, mental y emocional. Corroe el estado de ánimo, pone los nervios de punta y hace sentirse cansado de la vida. Con mucha frecuencia empuja a la gente a la desesperación y les induce a pecar o les lleva a cometer locuras. Para estas personas la amistad de Jesús llega con las propiedades sanadoras del bálsamo de Galaad.
Otra razón por la que se aprecia tanto Su amistad es porqué ésta nunca falla. Los amigos humanos a menudo nos deprimen o desaparecen de nuestra vida, pero este Amigo ha demostrado ser inquebrantable y verdadero.

Los amigos terrenales fallan y nos dejan,
Un día nos apaciguan, al siguiente nos afligen.
Pero amigos como éste, nunca nos defraudan.
¡Oh, cómo ama Jesús!

Jesús es el Amigo más unido que un hermano. Es el Amigo que ama en todo tiempo (Proverbios 17:17).
El hecho de que el Señor Jesús no está corporalmente presente con nosotros, no restringe la realidad de Su amistad. él nos habla por medio de la Palabra y nosotros le hablamos en la oración. Es de esta manera que se hace real a nosotros como el Amigo que necesitamos. Es así que contesta la oración:

Señor Jesús, sé para mí la más viva y brillante realidad;
Aún más presente a la vista de la fe que cualquier cosa terrenal;
Aún más querida y más cercana que el más estrecho lazo de amistad.

ESCENAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO (32)

La expiación anual

De todas las ofrendas del pueblo de Israel, ninguna parece haber tenido lugar de mayor importancia a la ceremonia de la expiación anual.


Los otros sacrificios tenían relación con el individuo, su pecado y al modo de ser del restaurado a una condición de poder gozar la comunión con el Dios santísimo. O, se ofrecían en expresión del amor de la persona para con Dios, y su deseo de adorarle. En el caso presente es cuestión de hallar un medio justo por el cual podía un Dios enteramente santo habitar en medio de una nación de pecadores. En este caso se nos presentan tipos del único sacrificio de Jesucristo.
En el medio de las doce tribus de Israel había un tabernáculo, sencillo de por fuera, en el cual estaba colocado un arca de madera, cubierta de oro. En los dos cabos de la cubierta de oro había dos querubines, y entre éstos el Señor manifestaba su divina presencia y gloria. ¿Pero cómo puede un Dios tan santo habitar en medio de un pueblo con tantos defectos?
Una parte importante de esta grande ceremonia anual consistía en traer delante del Señor, y a la vista del pueblo, dos chivos, o machos cabríos. Se echaban suertes; uno de los animales fue muerto, y el otro enviado al desierto, a tierra inhabitada, donde fue dejado.
Ved venir los dos animales. De por sí son considerados animales limpios y perfectos, pero han sido destinados a ser ofrecidos por el pueblo. El uno muere degollado y el sumo sacerdote Aarón recoge su sangre en una vasija. Envuelto en una nube de incienso, avanza hasta dentro del velo. Con el dedo esparce la sangre una vez sobre el propiciatorio, o cubierta del arca, y siete veces delante del arca. Aarón y la gente que representa son pecadores, pero Dios ha hallado un medio por el cual Él puede estar con ellos en justicia. Es por la sangre.
He aquí un tipo precioso de la sangre de Cristo. Él también ha muerto por los pecadores. Resucitado, ha entrado, no a ningún tabernáculo hecho de manos de hombres, sino al cielo. Por virtud de su sangre derramada en la cruz, nuestro representante ha sido acepto, y todos los que confían tan sólo en su preciosa sangre son aceptos también.
Este rito tenía que ser repetido cada año, porque la sangre de los animales nunca podía quitar el pecado. Era una redención anual. Cristo ha hecho por nosotros una eterna redención. Ya no hay más sacrificio por el pecado. Al morir dijo: “Consumado es”. La expiación de nuestros pecados es completa.
En cuanto al otro animal, él representa el perfecto perdón y olvido del pecado que proviene del sacrificio de Cristo a todo aquel que cree. Aarón, puestas ambas manos sobre la cabeza del macho cabrío, confesaba sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, y todas sus rebeliones, y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del segundo chivo. ¡Qué figura más bella de la manera que nuestros pecados fueron imputados al Señor Jesús! ¡Gracias a Dios! Él ha podido llevarlos y pagarlos, y son perdonados y olvidados para siempre, para el alivio de todo aquel que cree en Cristo.
En los dos animales, pues, vemos representada la perfecta expiación por el pecado que hizo el Señor Jesús, y la manera justa y perfecta en que Dios perdona y olvida para siempre el pecado de los que creen en él. Es por Cristo, y solamente por Cristo; no por obras, para que nadie se gloríe, Efesios 2.8, 9.

EL CRISTIANO VERDADERO (17)

TU AYUDADOR: EL ESPÍRITU SANTO

En los capítulos que preceden a éste, te hemos presentado algunos de los grandes retos de la vida cristiana. Tal vez te hayas sentido tentado a creer que todo es demasiado difícil para ti, y que nunca has de poder llegar a una vida cristiana de esa clase. Quizás pienses que nunca podrás ser un CRISITIANO VERDADERO.
Si de nosotros dependiera el poder llegar a las metas espirituales que hemos venido señalando, desde luego que sería imposible. Nunca podríamos vivir vidas cristianas como las mencionadas, si tuviésemos que confiar en nuestras propias fuerzas. Pero no hemos sido abandonados ni librados a nues­tras fuerzas y recursos para vivir la vida cristiana. Tenemos un Ayudador interior competente, una Persona que nos capacita. Es la Persona del Espíritu Santo.
El Señor Jesús, antes que se fuese de la tierra, prometió repetidas veces a sus discípulos, la venida del Espíritu Santo para morar en ellos y fortalecerles en sus vidas terrenales para Dios. Dijo: “Y Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: al Espíritu de verdad” (Juan 14: 16, 17); “Empero, cuando vi­niere el Consolador, el cual yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad el cual procede del Padre, él dará tes­timonio de mí” (Juan 15: 26, 27); “Porque si yo no fuese, el Consolador no vendrá a vosotros; más si yo fuese, os le enviaré” (Juan 16: 7).
En 1 Corintios 3: 16 leemos: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” y en el capítulo 6: 19 del mismo libro dice: “¿Ignoráis que vues­tro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?”
El Apóstol Pablo oraba lleno de confianza por los conver­tidos de Éfeso, pidiendo que “fuesen poderosamente fortale­cidos en el hombre interior por su Espíritu” (Efes. 3:16 Nácar-Colunga), para que pudiesen alcanzar la plenitud es­piritual en la vida cristiana.
El Espíritu Santo es nuestro Ayudador interior, y por su poder y su potencia, podemos hacer frente a todos los desafíos que se nos presentan como creyentes, y podemos llegar a vivir una verdadera vida cristiana. Lo que para nues­tras fuerzas resulta completamente imposible, con la ayuda de la fuerza del Espíritu, no sólo resulta posible, sino hasta fácil. Las palabras de Cristo en Juan 14: 18, acerca de la venida del Espíritu Santo son: “No os dejaré huérfanos.” Sin la fuerza interior del Espíritu Santo de Dios, que nos pone en condiciones de vivir la vida cristiana que Dios quie­re y nos ayuda a hacer frente a sus responsabilidades, todos seríamos como niños huérfanos e impotentes. El Señor Jesús bien lo sabía. Por ello, cuando se despidió de sus discípulos la última noche que estuvo en la tierra, les prometió la ve­nida del Espíritu Santo de Dios, que moraría en ellos y los fortalecería para la vida de servicio cristiano.
La promesa de que el Espíritu Santo ha de morar en él, es la herencia de todo cristiano. Cuando nacemos de nuevo, nacemos del Espíritu. En otras palabras, cuando una per­sona nace de Dios, es realmente el Espíritu Santo que en­tra en su alma e imparte la vida de Dios por su propia Presencia Personal. Por medio de la fuerza y el poder de ese Espíritu Santo, ya podemos vivir en el mundo en la manera en que Dios lo desea.
Se nos prometen muchas cosas en la Biblia por medio de la Presencia y el Poder del Espíritu Santo, tanto en las palabras de Cristo como en las de sus apóstoles.
1.  El Espíritu Santo nos ayuda en nuestras flaquezas (Rom. 8:26). Tenemos muchas debilidades y flaquezas, pero el Espíritu Santo está siempre presente para poder hacer frente a nuestros déficits y suministrar la fuerza que a nosotros nos falta. Así hasta el cristiano más débil y más enfermizo puede animarse cuando recuerda que el Espíritu Santo ha venido para hacer frente a todas las debilidades humanas, y para vencerlas por medio de su fuerza divina.
2.  Nos hace que entendamos las verdades de la Biblia (Juan 16: 12, 13). Ya hemos señalado que comprender la Biblia no es asunto del intelecto humano, sino que viene por iluminación divina. La misión del Espíritu Santo es llevar al pueblo de Dios a la verdad divina. Por ello, cuando leas la Biblia, léela en comunión con el Espíritu Santo. Léela de rodillas. Cuando llegues a algún pasaje que no entiendas, haz una pausa y pídele al Espíritu Santo que te dé la interpretación. Él es el autor de las Escrituras (2 Pedro 1: 20, 21), y es también su mejor intérprete.
3.  Nos da amor (Rom. 5:5). El amor es nuestra necesi­dad más vital: amor a Dios, amor a nuestros hermanos, amor a toda la humanidad. El primero y más grande de los man­damientos bajo la dispensación de la ley en el Antiguo Tes­tamento decía que los hombres debían amar a Dios de todo corazón, y bajo la dispensación de la gracia, se hace el mayor énfasis sobre la misma cuestión en el Nuevo Testamento.
Después de que Pedro negó a Jesús, la pregunta que le formuló el Señor fue simplemente: “¿Me amas?” A sus dis­cípulos les dijo a manera de un reto: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”. Una de las mayores faltas que existen en el mundo cristiano de hoy es la falta de amor entre cristia­nos. Es una falta seria, y es una de las grandes piedras de tropiezo para el mundo. Si no manifestamos el amor de Cristo a los pecadores que nos rodean, ¿cómo podremos ga­narlos para Cristo?
El amor es, indudablemente, nuestra mayor necesidad. Pa­ra estudiar este asunto del amor de parte del cristiano, lee la 1ª Epístola de Juan.
Nosotros no podemos amar por medio de la fuerza, pero el Espíritu Santo ha de derramar el amor de Dios en nues­tros corazones si le permitimos que lo haga. De modo que, si sentimos frialdad y falta de amor en nuestros corazones, busquemos el Espíritu Santo con su ministerio especial de derramar el amor. Si somos llenados por el Espíritu Santo, estaremos llenos del amor de Dios. Podemos ser lle­nados del Espíritu, simplemente con entregarnos a él y vaciar nuestras vidas de todas las cosas. Si nos entregamos a él para recibir su plenitud, y le pedimos con sinceridad que nos llene, ha de hacerlo.
4.  Nos da fuerza para resistir el pecado (Efesios 3: 16). Esta fuerza interior que siempre está dispuesto a darnos nos permitirá vencer el pecado. El Espíritu Santo nos permite vencer a Satanás. Cuando sientas que el pecado te está ven­ciendo, o que estás cayendo en el error, musita allí mismo una oración al Espíritu Santo que mora en ti, y te ha de dar la victoria.
5.  Nos ayuda en la oración (Rom. 8: 26, 27). Es el Es­píritu Santo, en primer lugar, el que nos impele a orar. Cris­to intercede por nosotros en el cielo ante el Padre sobre el trono, y el Espíritu intercede dentro de nuestros corazones en la tierra. El Espíritu con frecuencia nos lleva a orar, y pone pesadas preocupaciones sobre nuestros corazones, por ciertas personas o ciertas cosas. Es en situaciones como éstas, que debes cooperar estrechamente con el Espíritu, y dejarte dominar por él, a fin de que seas llevado a una vida y a un ministerio de verdadera oración. El Espíritu Santo también nos instruye acerca de cómo debemos orar, y de cuáles son las cosas por las que oraremos. Muchas veces no sabemos cómo ni por qué debemos orar, pero el Espíritu Santo “pide por nosotros con gemidos indecibles.”
A menudo nosotros pediríamos cosas que son agradables y que a nuestro juicio parecen buenas, pero que de ningún modo lo son, y entonces el Espíritu Santo, que sabe lo que nos conviene, pone en nuestros corazones las cosas por las cuales debemos orar. Viene en nuestro auxilio. Engendra en nosotros deseos santos por las cosas de Dios y por la gloria de Dios, que nosotros solos nunca tendríamos. Nos ayuda a orar. Ora en nosotros y por nosotros.
El orar no es meramente expresar los deseos naturales que surgen en nuestras mentes, ni tampoco la mera expresión de palabras bellas. En la verdadera oración el Espíritu Santo engendra deseos santos dentro de nosotros, y luego los inten­sifica de tal modo que no hemos de descansar ni dejar de orar hasta que Dios nos haya contestado la petición.
Satanás nos ataca más en nuestra vida de oración que de ningún otro modo, y es por eso por lo que necesitamos en ella de un Ayudador. Es el Espíritu Santo que nos da el deseo de orar, y que hace posible el orar. Cuando encuentres que te resulta imposible la oración, apóyate con fuerza sobre el Espíritu Santo y pídele que venga a ayudarte. Es uno de sus ministerios, y lo cumple con deleite.
6.  El Espíritu Santo dirige y guía las vidas de los hijos de Dios (Romanos 8: 14). Muy a menudo no sabemos qué decisión tomar, y no podemos determinar cuál es la voluntad de Dios. Es en circunstancias como estas que viene a auxiliarnos el Espíritu Santo, dispuesto a dirigirnos y guiarnos en todos los detalles de la vida, si vivimos lo suficientemente cerca de él como para que pueda hacerlo. Un cristiano debe cultivar el hábito de pedirle al Espíritu Santo que le guíe todos los días de su vida.
Por la mañana, cuando te levantes, antes de hacer frente a tus obligaciones diarias, musita una sincera oración al Es­píritu Santo, pidiéndole que guíe cada pensamiento, cada decisión, cada paso, cada acción durante todo el día. Y luego cuando ya estás en tu trabajo, frente a problemas, necesi­dades y dilemas, eleva tu corazón en oración al Espíritu Santo que mora en ti, pidiéndole que te guíe. Ha venido para ser tu Guía, y nunca dejará de darte orientación y luz.
7.  Es el Espíritu Santo que produce los frutos celestiales en la vida del cristiano (Gál. 5: 22, 23). Es el Espíritu San­to que da amor. Es el Espíritu Santo que llena tu corazón de gozo. Es el Espíritu Santo que te da paz. Es el Espíritu Santo que hace que seas paciente. Es el Espíritu Santo que te hace benigno. Es el Espíritu Santo que hace que los cris­tianos vivan vidas buenas. Es el Espíritu Santo que imparte la fe y aumenta tu fe. Es el Espíritu Santo que hace posible que seas manso. Es el Espíritu Santo que te da el poder de ser sobrio, y de restringir tus apetitos y deseos. Todos los méritos de la vida cristiana son impartidos por el ben­dito Espíritu Santo. Por ello, debes aprender a tener comu­nión con el Espíritu Santo, a fin de que él pueda impartirte estas cosas.
Estamos convencidos de que existen muchos cristianos para quienes este asuntó de la presencia del Espíritu Santo, no es una cosa real. Y ello es una tragedia. El Espíritu Santo es una Persona, tanto como lo son Dios el Padre o Jesucristo. Y mora en el interior de cada creyente. Si te entregas totalmente a él, poniendo en sus manos el gobierno completo de tu vida, te conducirá a la vida más abundante.
Aprende a cultivar la comunión con el Espíritu Santo. Piensa en él como una Presencia que mora en ti, una verda­dera Persona. Contempla los deseos llenos de gracia que el Espíritu Santo tiene en cuanto a tu crecimiento y prosperi­dad espiritual. Considera su bondad, su gracia, su deseo de ayudarte a cada paso del camino. Aprende a confiar en él para todas tus necesidades espirituales. Aprende a hablar con él y a tener comunión con él. Aprende cómo extraer de él todas las gracias espirituales que deseas sean manifestadas en tu vida, gracias que Dios también desea para ti. Piensa en él como lo que es realmente: un Huésped Celestial, el Amante de tu alma. Es tu Amigo, tu Compañero, tu Con­solador, tu Guía, tu Ayudador, tu Maestro. Deja que sea tu Todo.

lunes, 8 de abril de 2019

Extractos


   Cuando el Espíritu Santo empieza a moverse en nuestra vida, creemos que podemos cambiar la comunidad cristiana. Como siempre, nos sale el tiro por la culata, permitiendo que sea la comunidad la que nos cambie y fije nuestros estándares La psicología de las masas a veces influye hasta en la comunidad cristiana, lo cual podría explicar todas las iglesias muertas que hay hoy en día en nuestro país.
No puedes cambiar la comunidad, algo que está más allá de toda posibilidad, pero puedes cambiarte a ti mismo. O, más bien, puedes dejar que el Espíritu Santo te cambie, un cambio que tiene lugar en lo más íntimo de tu vida. Entonces, ese cam­bio interno empezará a afectar lentamente lo exterior.
El tipo correcto de cambio puede afectar a todos los que te rodean. Este despertar espiritual no depende de la comunidad, pero puede afectarla drásticamente. El cambio en tu vida puede afectar el cambio en la comunidad. Como un fuego que empieza siendo pequeño puede encender todo lo que está alrededor, el fuego del despertar espiritual en nuestro interior puede fluir por nosotros y tocar a todos quienes nos rodean, cambiando realidad nuestra comunidad.
A.W. Tozer, Los peligros de la de fe superficial, Página 210

LA CRUZ Y EL CRISTIANO

Cada uno de nosotros que hemos recibido al Señor Jesucristo como nuestro personal Salvador, sabemos que la cruz de Cristo quiere decir, pecado perdonado, eso es que, en la completa y acabada obra del Señor Jesucristo, hay perdón para todos nuestros pecados presentes, pasados y futuros. Pero la cruz quiere decir más que pecado perdonado, tam­bién quiere decir, pecado revelado, y pecado ven­cido. En cada uno de estos significados, debe el creyente recibirlos personalmente.
La cruz quiere decir, pecado revelado. Antes de morir a cada deseo malo, debe haber luz revelada sobre él, para hacernos conocedores de su existen­cia. Cuando traemos nuestros pecados a la luz de la cruz, entonces conocemos lo que realmente quiere decir pecado. Cuando levantamos nuestros ojos pa­ra contemplar a nuestro Señor en la cruz, y vemos sus manos y sus pies traspasados por los clavos, su pecho herido, su cabeza coronada con aquella corona de espinas; cuando comprendemos que nuestro orgullo, nuestra sensualidad, nuestra concupiscencia, nuestra avaricia, nuestra incredulidad, nuestros corazones llenos de todo intento malo y sucio, fue la causa de Su muerte, entonces a la luz de nuestra tremenda maldad,  se nos es revelado el pecado.
La cruz quiere decir, pecado conquistado. “¿Per­severaremos en pecado para que la gracia crezca?) En ninguna manera” Ro. 6.1.2. Nuestro Señor Jesucristo, por su muerte y §u resurrección, y por la morada de su Espíritu en nosotros, nos ha dado poder sobre el pecado diario de nuestras vidas. “Es demasiado duro” dice Ud., ”No puedo ganar tal victoria.” No hay necesidad que la gane. Esa victoria está ganada ya por el Señor Jesucristo y es nuestra en El. Hemos sido bautizados en su muerte, sepultados y resucitados con El, por la glo­ria del Padre, así pues, hemos sido levantados para una nueva vida. “Porque si fuimos plantados junta­mente en él a la semejanza de su muerte, así tam­bién lo seremos a la de su resurrección. Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre juntamente fue cru­cificado con él, para que el cuerpo del pecado sea deshecho, a fin de que no sirvamos más al pecado” Ro. 6.57.
Cuando las tentaciones vienen, clamemos por victoria por nuestro Señor y su obra acabada a favor nuestro. Veamos a Él como nuestra serpiente de metal, y el veneno de nuestro pecado será sanado y su poder frustrado.
Pecado perdonado, pecado revelado, pecado vencido. Dios nos ha llamado para ser santos. Séamoslo. Él es la victoria. A Él sea gloria.
Contendor por la fe, 1940, N.º 8 y10
Tr, por M. K.

LA OBRA DE CRISTO (2)

EN EL PASADO, EN EL PRESENTE Y EN EL PORVENIR


Su Obra en el Pasado
Su obra del pasado la realizó por SU encarna­ción, y la consumó cuando expiró en la cruz del Calvario. Hemos, pues de considerar en primer tér­mino los siguientes principios fundamentales de nuestra fe.
I.   LA OBRA DEL HIJO DE DIOS SE PRESA­GIÓ Y SE PREDIJO EN LAS ESCRITURAS
DEL ANTIGUO TESTAMENTO.
II.  LA ENCARNACION DEL HIJO DE DIOS.
III. SU OBRA EN LA CRUZ Y LO QUE SE HA REALIZADO POR ELLA.
I. La Obra del Hijo de Dios se Presagió y se Predijo en las Escrituras del Antiguo Testamento


En todas las Escrituras del Antiguo Testamen­to Dios Padre preanunció la obra del Dios Hijo. Trascendental tema es éste al que debemos dar mar­cada atención. Estos presagios y predicciones suce­dieron de diversas maneras. Mencionaremos primero la aparición en la tierra de un Ser sobrenatural, que venía de tiempo en tiempo, y que no era otro sino el mismo Hijo de Dios. Apenas hubo entrado el pecado en la tierra cuando apareció en ella el Hijo de Dios para redimir a los extraviados. El mismo anunció la promesa de que la simiente de la mujer había de herir la cabeza de la serpiente. Su encarnación, su obra redentora en la cruz y su victoria final sobre el enemigo de Dios las indica El en Génesis 3.15. Luego cubrió las desnudeces de sus criaturas, vistiéndolas con túnicas de pieles que les hizo. Por primera vez en el Verbo de Dios se declaró por este acto lo que sería el fruto bendito de su generosa obra de expiación.
Jehová mismo apareció en forma visible ante Abraham. Venía transformado en viajero y lo acom­pañaban dos ángeles, y comió en presencia de Abraham, quien le reverenció y le llamó su Señor. Este no era otro sino el Hijo de Dios, el mismo que, después de su resurrección, apareció en como via­jero ante dos discípulos suyos que se encaminaban a Emmaus, y el mismo que en otra ocasión comió de un panal de miel y de un pescado. En su presencia intercedió Abraham. Este Ser, que más tarde visitó a Abraham, castigó al pueblo de Sodoma y Gomorra, haciendo que del cielo lloviera sobre ellos fuego y azufre. Apareció ante Jacob y fue Él aquel hombre misterioso con quien éste luchó en Peniel; después, más tarde, Jacob le llamó “el Ángel, el Redentor.” Muy a menudo se le llama “el Ángel de Jehová,” mas no un ángel creado, sino un Ser increado. Moisés le vio en medio de la zarza ardiente y oyó su voz. Y aunque le llaman el Ángel de Jehová, reveló que era Jehová, descubriéndole este nombre a Moisés. Estuvo con el pueblo de Israel en el desierto y moró con ellos en la nube de gloria. Los guió, abasteció a sus necesidades; los protegió, los juzgó y aniquiló a sus enemigos. A Josué se le apareció y se le reveló como “el Príncipe del ejército de Jehová.” Manoa y su mujer lo vieron, y presenciaron su ascensión a los cielos, envuelto en el humo y el fuego del sacrificio. Isaías, Ezequiel y Daniel contemplaron su gloria. Todo esto no fue sino presagios y vislumbres de las dos grandes manifestaciones del Hijo de Dios en la tierra que son necesarias en su obra; su manifesta­ción de humildad y su manifestación de poder y gloria.

Otros Presagios de su Obra

Pero hay otros presagios de su obra. Todas las instituciones dadas por la divinidad, y muchos de los eventos históricos anotados en el Antiguo Testamen­to, presagian su obra. La historia, según se relata en el Antiguo Testamento, es la historia preliminar de la encarnación. Todo el sistema del sacrificio en el sacerdocio levítico pregonaba de antemano en di­versas maneras cual había de ser la gran obra de redención del Cordero de Dios. Cada ofrenda y sa­crificio revelaba las diferentes fases de su obra en la cruz, así como también su sagrada e inmaculada hu­manidad. Los sufrimientos de Cristo y lo que ellos significaban a los pecadores extraviados se manifes­taron de ese modo. Desde el cordero de Abel hasta el último de los corderos que murió antes que el ver­dadero Cordero de Dios pronunciara en la cruz las imperecederas palabras: “Consumado es,” los milla­res de corderos, de toros y de cabras, los innumera­bles rebaños sacrificados, no era otra cosa todo ello sino el ejemplo de ese gran sacrificio que se consumó en la cruz del Calvario. El tabernáculo con toda su pompa, en sus más mínimos detalles, tenía cierta significación relativa a la persona de ese Ser mara­villoso y a su maravillosa obra. Y ¿qué otra cosa pudiéramos decir de los eventos históricos, tales co­mo la Pascua, el paso por el Mar Rojo, la serpiente de bronce suspendida en el desierto? Pudiéramos agregar además que hombres tales como Isaac, José, David y otros, presagiaron durante su vida los su­frimientos de Cristo y la gloria venidera,

Las Profecías Directas
Todavía son más numerosas las profecías di­rectas anunciando las diferentes fases de la obra de Cristo. Que El aparecería en forma humana, cómo nacería y dónde; su vida, su misión, sus milagros; todo esto fue repetidamente predicho por los profe­tas. Pero el gran contingente de predicciones con­cierne a sus sufrimientos como sobre llevador del pecado y a sus glorias como Rey. Tomemos, por ejemplo, las predicciones contenidas en el Salmo 22. El pueblo judío desconocía en absoluto el castigo de la crucifixión; ninguna nación en contacto con el pueblo de Israel infligía la pena de muerte emplean­do tal sistema. Le estaba reservado a la crueldad de Roma el inventar la muerte por la crucifixión. Y sin embargo en este Salmo se encuentra, por inspiración divina, un cuadro exacto de esta manera, entonces desconocida, de ajusticiar en la cruz. Leemos que horadaron sus manos y sus pies, que sus huesos fue­ron descoyuntados, que la sed excesiva le pegaba la lengua al paladar; y de igual manera hallamos pre­dicho en los profetas su resurrección, su presencia ante Dios, su vuelta a la tierra y su reino de justicia y gloria.

La Inspiración del Antiguo Testamento

Queremos hacer especial mención de estos presagios divinos, porque en estos últimos tiempos han surgido de todas partes en el cristianismo milla­res de individuos que con la mayor audacia niegan la inspiración del Antiguo Testamento, quienes que­rrían hacernos creer que estas maravillosas predic­ciones son de origen humano, y para quienes casi todas las cosas no son sino leyendas, y quienes, ade­más, aseveran que en la Biblia no existen las predic­ciones Mesiánicas, que Dios nunca le habló a los pro­fetas ni de su Hijo ni de la obra de su Hijo. Tal negación de la revelación de Dios, que está conteni­da en las escrituras del Antiguo Testamento, consti­tuye la vanguardia de la negación tácita del Hijo de Dios y de su obra. Negando “al Señor que los res­cató” 2 P. 2.1, es la fase dominante del cristianismo apóstata moderno; es anti cristianismo. A esta nega­ción precedió la negación de la Palabra de Dios escrita. Esto a que llaman la “crítica elevada” no es sino la levadura de Satanás que fermenta en las instituciones teológicas del cristianismo, abriendo la senda de una doctrina cristiana destituida de creen­cias, por donde ha de entrar el hombre de pecado. El creer que estos maravillosos y armoniosos presa­gios y predicciones contenidos en el Antiguo Testa­mento no son sino producciones del ingenio humano, no más que leyendas recopiladas por hombres per­versos que pretendían haberlas recibido de Dios, es mucho más arduo que el creerlas procedentes de la Divina revelación.
Contendor por la fe, 1940, N.º 8 y10
A. C. Gaebelein

LOS VERDADEROS ADORADORES (2)


¿Dónde adorar?
“La hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre”, le dijo Jesús a la mujer samaritana (Juan 4:21). Entonces, la pregunta que cabe ahora es: ¿Dónde debemos rendir culto a Dios?


Ante todo, es necesario distinguir la alabanza individual de la adoración colectiva. Todo cristiano tiene el privilegio de rendir homenaje a su Dios en el lugar donde se encuentre: en casa, durante sus viajes o en el sitio donde realiza sus ocupaciones. La adoración de Jonás subió desde el fondo del mar, desde las entrañas de un pez (Jonás 2).
Los que se encuentran privados de las reuniones, estén ellos en casa, en el hospital o en la cárcel por causa de la fe, etc., pueden adorar del mismo modo que aquellos que se reúnen para ese fin. De modo que Dios dispone de una gran multitud de pequeños templos desde los cuales se puede alabarle: son los corazones de aquellos que le conocen y le aman.
Como lo muestra la Biblia, tenemos también el privilegio de adorar al Padre juntos, hermanos y hermanas de la familia de Dios. El lugar donde podemos realizarlo no será la «iglesia» de tal religión o denominación religiosa, sino que puede ser en un simple local o en la habitación de una casa particular.
Cuando buscamos a un grupo de creyentes a fin de juntarnos a ellos para adorar a Dios, debemos comprobar si allí se reconoce la Palabra de Dios como la única autoridad, poniendo a un lado todo aquello que sea del hombre. Estar reunidos en su nombre implica la aprobación del Señor. Es la única condición que él pone para la realización de su promesa: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20).
Si venimos sólo por él, sometiéndonos a su Palabra, poniendo a un lado la autoridad del hombre y dejándonos conducir por su Espíritu, experimentaremos su presencia y podremos adorar a Dios de una manera que le será agradable.

¿Cuándo debemos adorar?
El hecho de que cada uno de nuestros corazones sea como un templo para Dios, implica que podemos alabarlo en cualquier momento del día. “Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré”, dijo David en el desierto (Salmo 63:1). Y más adelante: “Cuando me acuerde de ti en mi lecho, cuando medite en ti en las vigilias de la noche” (v. 6). Nuestro corazón es semejante a un instrumento sobre el cual el Espíritu Santo puede entonar en todo momento una melodía para Dios.
Tenemos el privilegio de adorar en común. Los domingos nos reunimos especialmente para tal fin. ¿Por qué lo hacemos ese día? Porque ese día fue el de la resurrección del Señor, el día en que comienza la nueva vida. Así como celebramos el día de nuestro cumpleaños, así también cada domingo celebramos a un Cristo que salió de la tumba. Este extraordinario acontecimiento ha hecho del primer día de la semana —el domingo— el día del Señor.
Al comenzar la semana con la adoración colectiva, damos al Señor Jesús la prioridad sobre todas las ocupaciones de la semana. En Hechos 20:7 vemos que ése era el día en que los discípulos estaban “reunidos para partir el pan”.
En los evangelios encontramos tres veces la casa de Betania. La primera vez, en Lucas 10:39, vemos a una mujer llamada María a los pies del Señor Jesús, escuchando su Palabra. Esta escena evoca las distintas reuniones donde se lee y medita la Palabra de Dios. La segunda vez, en Juan 11:32, encontramos de nuevo a María a los pies del Señor, después de la muerte de su hermano Lázaro. Le manifiesta su tristeza y espera de Él consolación. Esto corresponde a las reuniones de oración. Pero la tercera vez, en Juan 12:1-3, María trae un vaso lleno de un precioso perfume, unge los pies de Jesús y la casa se llena del olor del perfume. Ésta es la imagen de un corazón —el vaso— consciente de las perfecciones del Señor —el perfume— y de la verdadera adoración.

¿De qué manera adorar?
Escuchemos la respuesta que el Señor Jesús da a nuestra pregunta: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:24)

¿Qué significa adorar “en espíritu”?
Todas las religiones del mundo tienen su sistema de ceremonias, ritos y sacramentos, a los que hay que someterse estrictamente. Todo aquello que se relacionaba con el culto judío instituido por Dios —templo, sacerdotes, sacrificios y días solemnes— era la imagen de las cosas celestiales. Ahora las poseemos como realidad en Cristo. Por eso, la adoración del cristiano tiene un carácter espiritual. En particular, cuando la asamblea se reúne para adorar, no lo hace con carácter formalista —con palabras o gestos aprendidos y repetidos—, sino con la libertad y sencillez de hijos que se dirigen al Padre.
Adorar en espíritu significa también que no es nuestra inteligencia natural la que nos da la capacidad de alabar a Dios. Sin el Espíritu Santo es imposible que nuestro propio espíritu eleve a Dios la menor alabanza aceptable. Cuidémonos de que no contristemos al Espíritu Santo que habita en nosotros (Efesios 4:30).

¿Qué significa adorar “en verdad”?
Dios desea que lo que expresemos en la adoración (mediante cánticos y acciones de gracias) se sienta realmente en el corazón. Él no sólo oye lo que le decimos, pero, al mismo tiempo, lee en nuestro interior. No le podemos engañar cuando lo que expresamos no se realiza de corazón.
Adorar en verdad es también adorar conscientes de la posición en que Dios nos ha colocado y de la relación que tenemos ahora con el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Podemos adorar al Redentor sólo si nosotros mismos gozamos de la redención; sólo somos capaces de adorar al Dios de gracia si gozamos de la gracia de Dios.
¿Sabe usted por propia experiencia lo que es adorar como verdadero adorador, en espíritu y en verdad?

Motivos de adoración
Sólo nos queda considerar los motivos que ocupan nuestros corazones cuando adoramos. El tema principal es Cristo, su Persona y su obra. Por él conocemos al Padre, a quien rendimos gloria por lo que es y lo que hizo.
 “Aclamad a Jehová con arpa; cantadle con salterio y decacordio”, nos dice el Salmo 33:2. Pulsando todas las cuerdas de un arpa o un laúd, uno puede obtener una gama completa de sonidos armoniosos. A menudo nos contentamos con agradecer a Dios el haber perdonado nuestros pecados. Esto, aunque muy importante, no es suficiente, lo mismo que la repetición de una misma nota en la música no forma una melodía. Los cultos son a menudo pobres y débiles. El Espíritu Santo desea hacer vibrar todas las «cuerdas» que refieren las infinitas glorias de Jesucristo, el Hijo de Dios, de las cuales podemos hablar al Padre:
·        Sus glorias de Creador y de Redentor.
·        Su gloria cuando “se despojó a sí mismo”: El Hijo de Dios “venido en carne”. ¡Maravilloso misterio!
·        Su gloria en su humillación como siervo voluntario “hasta la muerte, y muerte de cruz”.
·        Sus perfecciones morales como hombre aquí en la tierra: obediencia, amor, humildad, paciencia, justicia, consagración a Dios... en completo contraste con lo que es el hombre natural.
·        Su gloria como hombre resucitado y su presencia actual a la diestra de Dios.
Su próxima aparición y su asunción del poder como Rey del universo.
Tendremos la eternidad para contemplar y celebrar todos los aspectos de su gloria. Pero en el presente, cuanto más aprendemos a conocer al Señor y al Padre, más seremos llevados por el Espíritu Santo a maravillarnos de estas glorias, y la adoración colectiva alrededor del Señor se verá más enriquecida.
El Padre busca adoradores: hombres y mujeres que le conozcan como Padre y que acepten someterse a todos sus mandamientos. Es a usted a quien le busca en este preciso momento.
¿Qué respuesta le dará?
Salut et Paix , Creced 1995