lunes, 8 de abril de 2019

LA OBRA DE CRISTO (2)

EN EL PASADO, EN EL PRESENTE Y EN EL PORVENIR


Su Obra en el Pasado
Su obra del pasado la realizó por SU encarna­ción, y la consumó cuando expiró en la cruz del Calvario. Hemos, pues de considerar en primer tér­mino los siguientes principios fundamentales de nuestra fe.
I.   LA OBRA DEL HIJO DE DIOS SE PRESA­GIÓ Y SE PREDIJO EN LAS ESCRITURAS
DEL ANTIGUO TESTAMENTO.
II.  LA ENCARNACION DEL HIJO DE DIOS.
III. SU OBRA EN LA CRUZ Y LO QUE SE HA REALIZADO POR ELLA.
I. La Obra del Hijo de Dios se Presagió y se Predijo en las Escrituras del Antiguo Testamento


En todas las Escrituras del Antiguo Testamen­to Dios Padre preanunció la obra del Dios Hijo. Trascendental tema es éste al que debemos dar mar­cada atención. Estos presagios y predicciones suce­dieron de diversas maneras. Mencionaremos primero la aparición en la tierra de un Ser sobrenatural, que venía de tiempo en tiempo, y que no era otro sino el mismo Hijo de Dios. Apenas hubo entrado el pecado en la tierra cuando apareció en ella el Hijo de Dios para redimir a los extraviados. El mismo anunció la promesa de que la simiente de la mujer había de herir la cabeza de la serpiente. Su encarnación, su obra redentora en la cruz y su victoria final sobre el enemigo de Dios las indica El en Génesis 3.15. Luego cubrió las desnudeces de sus criaturas, vistiéndolas con túnicas de pieles que les hizo. Por primera vez en el Verbo de Dios se declaró por este acto lo que sería el fruto bendito de su generosa obra de expiación.
Jehová mismo apareció en forma visible ante Abraham. Venía transformado en viajero y lo acom­pañaban dos ángeles, y comió en presencia de Abraham, quien le reverenció y le llamó su Señor. Este no era otro sino el Hijo de Dios, el mismo que, después de su resurrección, apareció en como via­jero ante dos discípulos suyos que se encaminaban a Emmaus, y el mismo que en otra ocasión comió de un panal de miel y de un pescado. En su presencia intercedió Abraham. Este Ser, que más tarde visitó a Abraham, castigó al pueblo de Sodoma y Gomorra, haciendo que del cielo lloviera sobre ellos fuego y azufre. Apareció ante Jacob y fue Él aquel hombre misterioso con quien éste luchó en Peniel; después, más tarde, Jacob le llamó “el Ángel, el Redentor.” Muy a menudo se le llama “el Ángel de Jehová,” mas no un ángel creado, sino un Ser increado. Moisés le vio en medio de la zarza ardiente y oyó su voz. Y aunque le llaman el Ángel de Jehová, reveló que era Jehová, descubriéndole este nombre a Moisés. Estuvo con el pueblo de Israel en el desierto y moró con ellos en la nube de gloria. Los guió, abasteció a sus necesidades; los protegió, los juzgó y aniquiló a sus enemigos. A Josué se le apareció y se le reveló como “el Príncipe del ejército de Jehová.” Manoa y su mujer lo vieron, y presenciaron su ascensión a los cielos, envuelto en el humo y el fuego del sacrificio. Isaías, Ezequiel y Daniel contemplaron su gloria. Todo esto no fue sino presagios y vislumbres de las dos grandes manifestaciones del Hijo de Dios en la tierra que son necesarias en su obra; su manifesta­ción de humildad y su manifestación de poder y gloria.

Otros Presagios de su Obra

Pero hay otros presagios de su obra. Todas las instituciones dadas por la divinidad, y muchos de los eventos históricos anotados en el Antiguo Testamen­to, presagian su obra. La historia, según se relata en el Antiguo Testamento, es la historia preliminar de la encarnación. Todo el sistema del sacrificio en el sacerdocio levítico pregonaba de antemano en di­versas maneras cual había de ser la gran obra de redención del Cordero de Dios. Cada ofrenda y sa­crificio revelaba las diferentes fases de su obra en la cruz, así como también su sagrada e inmaculada hu­manidad. Los sufrimientos de Cristo y lo que ellos significaban a los pecadores extraviados se manifes­taron de ese modo. Desde el cordero de Abel hasta el último de los corderos que murió antes que el ver­dadero Cordero de Dios pronunciara en la cruz las imperecederas palabras: “Consumado es,” los milla­res de corderos, de toros y de cabras, los innumera­bles rebaños sacrificados, no era otra cosa todo ello sino el ejemplo de ese gran sacrificio que se consumó en la cruz del Calvario. El tabernáculo con toda su pompa, en sus más mínimos detalles, tenía cierta significación relativa a la persona de ese Ser mara­villoso y a su maravillosa obra. Y ¿qué otra cosa pudiéramos decir de los eventos históricos, tales co­mo la Pascua, el paso por el Mar Rojo, la serpiente de bronce suspendida en el desierto? Pudiéramos agregar además que hombres tales como Isaac, José, David y otros, presagiaron durante su vida los su­frimientos de Cristo y la gloria venidera,

Las Profecías Directas
Todavía son más numerosas las profecías di­rectas anunciando las diferentes fases de la obra de Cristo. Que El aparecería en forma humana, cómo nacería y dónde; su vida, su misión, sus milagros; todo esto fue repetidamente predicho por los profe­tas. Pero el gran contingente de predicciones con­cierne a sus sufrimientos como sobre llevador del pecado y a sus glorias como Rey. Tomemos, por ejemplo, las predicciones contenidas en el Salmo 22. El pueblo judío desconocía en absoluto el castigo de la crucifixión; ninguna nación en contacto con el pueblo de Israel infligía la pena de muerte emplean­do tal sistema. Le estaba reservado a la crueldad de Roma el inventar la muerte por la crucifixión. Y sin embargo en este Salmo se encuentra, por inspiración divina, un cuadro exacto de esta manera, entonces desconocida, de ajusticiar en la cruz. Leemos que horadaron sus manos y sus pies, que sus huesos fue­ron descoyuntados, que la sed excesiva le pegaba la lengua al paladar; y de igual manera hallamos pre­dicho en los profetas su resurrección, su presencia ante Dios, su vuelta a la tierra y su reino de justicia y gloria.

La Inspiración del Antiguo Testamento

Queremos hacer especial mención de estos presagios divinos, porque en estos últimos tiempos han surgido de todas partes en el cristianismo milla­res de individuos que con la mayor audacia niegan la inspiración del Antiguo Testamento, quienes que­rrían hacernos creer que estas maravillosas predic­ciones son de origen humano, y para quienes casi todas las cosas no son sino leyendas, y quienes, ade­más, aseveran que en la Biblia no existen las predic­ciones Mesiánicas, que Dios nunca le habló a los pro­fetas ni de su Hijo ni de la obra de su Hijo. Tal negación de la revelación de Dios, que está conteni­da en las escrituras del Antiguo Testamento, consti­tuye la vanguardia de la negación tácita del Hijo de Dios y de su obra. Negando “al Señor que los res­cató” 2 P. 2.1, es la fase dominante del cristianismo apóstata moderno; es anti cristianismo. A esta nega­ción precedió la negación de la Palabra de Dios escrita. Esto a que llaman la “crítica elevada” no es sino la levadura de Satanás que fermenta en las instituciones teológicas del cristianismo, abriendo la senda de una doctrina cristiana destituida de creen­cias, por donde ha de entrar el hombre de pecado. El creer que estos maravillosos y armoniosos presa­gios y predicciones contenidos en el Antiguo Testa­mento no son sino producciones del ingenio humano, no más que leyendas recopiladas por hombres per­versos que pretendían haberlas recibido de Dios, es mucho más arduo que el creerlas procedentes de la Divina revelación.
Contendor por la fe, 1940, N.º 8 y10
A. C. Gaebelein

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