miércoles, 1 de mayo de 2019

ESCENAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO (32)

La expiación anual

De todas las ofrendas del pueblo de Israel, ninguna parece haber tenido lugar de mayor importancia a la ceremonia de la expiación anual.


Los otros sacrificios tenían relación con el individuo, su pecado y al modo de ser del restaurado a una condición de poder gozar la comunión con el Dios santísimo. O, se ofrecían en expresión del amor de la persona para con Dios, y su deseo de adorarle. En el caso presente es cuestión de hallar un medio justo por el cual podía un Dios enteramente santo habitar en medio de una nación de pecadores. En este caso se nos presentan tipos del único sacrificio de Jesucristo.
En el medio de las doce tribus de Israel había un tabernáculo, sencillo de por fuera, en el cual estaba colocado un arca de madera, cubierta de oro. En los dos cabos de la cubierta de oro había dos querubines, y entre éstos el Señor manifestaba su divina presencia y gloria. ¿Pero cómo puede un Dios tan santo habitar en medio de un pueblo con tantos defectos?
Una parte importante de esta grande ceremonia anual consistía en traer delante del Señor, y a la vista del pueblo, dos chivos, o machos cabríos. Se echaban suertes; uno de los animales fue muerto, y el otro enviado al desierto, a tierra inhabitada, donde fue dejado.
Ved venir los dos animales. De por sí son considerados animales limpios y perfectos, pero han sido destinados a ser ofrecidos por el pueblo. El uno muere degollado y el sumo sacerdote Aarón recoge su sangre en una vasija. Envuelto en una nube de incienso, avanza hasta dentro del velo. Con el dedo esparce la sangre una vez sobre el propiciatorio, o cubierta del arca, y siete veces delante del arca. Aarón y la gente que representa son pecadores, pero Dios ha hallado un medio por el cual Él puede estar con ellos en justicia. Es por la sangre.
He aquí un tipo precioso de la sangre de Cristo. Él también ha muerto por los pecadores. Resucitado, ha entrado, no a ningún tabernáculo hecho de manos de hombres, sino al cielo. Por virtud de su sangre derramada en la cruz, nuestro representante ha sido acepto, y todos los que confían tan sólo en su preciosa sangre son aceptos también.
Este rito tenía que ser repetido cada año, porque la sangre de los animales nunca podía quitar el pecado. Era una redención anual. Cristo ha hecho por nosotros una eterna redención. Ya no hay más sacrificio por el pecado. Al morir dijo: “Consumado es”. La expiación de nuestros pecados es completa.
En cuanto al otro animal, él representa el perfecto perdón y olvido del pecado que proviene del sacrificio de Cristo a todo aquel que cree. Aarón, puestas ambas manos sobre la cabeza del macho cabrío, confesaba sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, y todas sus rebeliones, y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del segundo chivo. ¡Qué figura más bella de la manera que nuestros pecados fueron imputados al Señor Jesús! ¡Gracias a Dios! Él ha podido llevarlos y pagarlos, y son perdonados y olvidados para siempre, para el alivio de todo aquel que cree en Cristo.
En los dos animales, pues, vemos representada la perfecta expiación por el pecado que hizo el Señor Jesús, y la manera justa y perfecta en que Dios perdona y olvida para siempre el pecado de los que creen en él. Es por Cristo, y solamente por Cristo; no por obras, para que nadie se gloríe, Efesios 2.8, 9.

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