miércoles, 1 de mayo de 2019

EL CRISTIANO VERDADERO (17)

TU AYUDADOR: EL ESPÍRITU SANTO

En los capítulos que preceden a éste, te hemos presentado algunos de los grandes retos de la vida cristiana. Tal vez te hayas sentido tentado a creer que todo es demasiado difícil para ti, y que nunca has de poder llegar a una vida cristiana de esa clase. Quizás pienses que nunca podrás ser un CRISITIANO VERDADERO.
Si de nosotros dependiera el poder llegar a las metas espirituales que hemos venido señalando, desde luego que sería imposible. Nunca podríamos vivir vidas cristianas como las mencionadas, si tuviésemos que confiar en nuestras propias fuerzas. Pero no hemos sido abandonados ni librados a nues­tras fuerzas y recursos para vivir la vida cristiana. Tenemos un Ayudador interior competente, una Persona que nos capacita. Es la Persona del Espíritu Santo.
El Señor Jesús, antes que se fuese de la tierra, prometió repetidas veces a sus discípulos, la venida del Espíritu Santo para morar en ellos y fortalecerles en sus vidas terrenales para Dios. Dijo: “Y Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: al Espíritu de verdad” (Juan 14: 16, 17); “Empero, cuando vi­niere el Consolador, el cual yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad el cual procede del Padre, él dará tes­timonio de mí” (Juan 15: 26, 27); “Porque si yo no fuese, el Consolador no vendrá a vosotros; más si yo fuese, os le enviaré” (Juan 16: 7).
En 1 Corintios 3: 16 leemos: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” y en el capítulo 6: 19 del mismo libro dice: “¿Ignoráis que vues­tro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?”
El Apóstol Pablo oraba lleno de confianza por los conver­tidos de Éfeso, pidiendo que “fuesen poderosamente fortale­cidos en el hombre interior por su Espíritu” (Efes. 3:16 Nácar-Colunga), para que pudiesen alcanzar la plenitud es­piritual en la vida cristiana.
El Espíritu Santo es nuestro Ayudador interior, y por su poder y su potencia, podemos hacer frente a todos los desafíos que se nos presentan como creyentes, y podemos llegar a vivir una verdadera vida cristiana. Lo que para nues­tras fuerzas resulta completamente imposible, con la ayuda de la fuerza del Espíritu, no sólo resulta posible, sino hasta fácil. Las palabras de Cristo en Juan 14: 18, acerca de la venida del Espíritu Santo son: “No os dejaré huérfanos.” Sin la fuerza interior del Espíritu Santo de Dios, que nos pone en condiciones de vivir la vida cristiana que Dios quie­re y nos ayuda a hacer frente a sus responsabilidades, todos seríamos como niños huérfanos e impotentes. El Señor Jesús bien lo sabía. Por ello, cuando se despidió de sus discípulos la última noche que estuvo en la tierra, les prometió la ve­nida del Espíritu Santo de Dios, que moraría en ellos y los fortalecería para la vida de servicio cristiano.
La promesa de que el Espíritu Santo ha de morar en él, es la herencia de todo cristiano. Cuando nacemos de nuevo, nacemos del Espíritu. En otras palabras, cuando una per­sona nace de Dios, es realmente el Espíritu Santo que en­tra en su alma e imparte la vida de Dios por su propia Presencia Personal. Por medio de la fuerza y el poder de ese Espíritu Santo, ya podemos vivir en el mundo en la manera en que Dios lo desea.
Se nos prometen muchas cosas en la Biblia por medio de la Presencia y el Poder del Espíritu Santo, tanto en las palabras de Cristo como en las de sus apóstoles.
1.  El Espíritu Santo nos ayuda en nuestras flaquezas (Rom. 8:26). Tenemos muchas debilidades y flaquezas, pero el Espíritu Santo está siempre presente para poder hacer frente a nuestros déficits y suministrar la fuerza que a nosotros nos falta. Así hasta el cristiano más débil y más enfermizo puede animarse cuando recuerda que el Espíritu Santo ha venido para hacer frente a todas las debilidades humanas, y para vencerlas por medio de su fuerza divina.
2.  Nos hace que entendamos las verdades de la Biblia (Juan 16: 12, 13). Ya hemos señalado que comprender la Biblia no es asunto del intelecto humano, sino que viene por iluminación divina. La misión del Espíritu Santo es llevar al pueblo de Dios a la verdad divina. Por ello, cuando leas la Biblia, léela en comunión con el Espíritu Santo. Léela de rodillas. Cuando llegues a algún pasaje que no entiendas, haz una pausa y pídele al Espíritu Santo que te dé la interpretación. Él es el autor de las Escrituras (2 Pedro 1: 20, 21), y es también su mejor intérprete.
3.  Nos da amor (Rom. 5:5). El amor es nuestra necesi­dad más vital: amor a Dios, amor a nuestros hermanos, amor a toda la humanidad. El primero y más grande de los man­damientos bajo la dispensación de la ley en el Antiguo Tes­tamento decía que los hombres debían amar a Dios de todo corazón, y bajo la dispensación de la gracia, se hace el mayor énfasis sobre la misma cuestión en el Nuevo Testamento.
Después de que Pedro negó a Jesús, la pregunta que le formuló el Señor fue simplemente: “¿Me amas?” A sus dis­cípulos les dijo a manera de un reto: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”. Una de las mayores faltas que existen en el mundo cristiano de hoy es la falta de amor entre cristia­nos. Es una falta seria, y es una de las grandes piedras de tropiezo para el mundo. Si no manifestamos el amor de Cristo a los pecadores que nos rodean, ¿cómo podremos ga­narlos para Cristo?
El amor es, indudablemente, nuestra mayor necesidad. Pa­ra estudiar este asunto del amor de parte del cristiano, lee la 1ª Epístola de Juan.
Nosotros no podemos amar por medio de la fuerza, pero el Espíritu Santo ha de derramar el amor de Dios en nues­tros corazones si le permitimos que lo haga. De modo que, si sentimos frialdad y falta de amor en nuestros corazones, busquemos el Espíritu Santo con su ministerio especial de derramar el amor. Si somos llenados por el Espíritu Santo, estaremos llenos del amor de Dios. Podemos ser lle­nados del Espíritu, simplemente con entregarnos a él y vaciar nuestras vidas de todas las cosas. Si nos entregamos a él para recibir su plenitud, y le pedimos con sinceridad que nos llene, ha de hacerlo.
4.  Nos da fuerza para resistir el pecado (Efesios 3: 16). Esta fuerza interior que siempre está dispuesto a darnos nos permitirá vencer el pecado. El Espíritu Santo nos permite vencer a Satanás. Cuando sientas que el pecado te está ven­ciendo, o que estás cayendo en el error, musita allí mismo una oración al Espíritu Santo que mora en ti, y te ha de dar la victoria.
5.  Nos ayuda en la oración (Rom. 8: 26, 27). Es el Es­píritu Santo, en primer lugar, el que nos impele a orar. Cris­to intercede por nosotros en el cielo ante el Padre sobre el trono, y el Espíritu intercede dentro de nuestros corazones en la tierra. El Espíritu con frecuencia nos lleva a orar, y pone pesadas preocupaciones sobre nuestros corazones, por ciertas personas o ciertas cosas. Es en situaciones como éstas, que debes cooperar estrechamente con el Espíritu, y dejarte dominar por él, a fin de que seas llevado a una vida y a un ministerio de verdadera oración. El Espíritu Santo también nos instruye acerca de cómo debemos orar, y de cuáles son las cosas por las que oraremos. Muchas veces no sabemos cómo ni por qué debemos orar, pero el Espíritu Santo “pide por nosotros con gemidos indecibles.”
A menudo nosotros pediríamos cosas que son agradables y que a nuestro juicio parecen buenas, pero que de ningún modo lo son, y entonces el Espíritu Santo, que sabe lo que nos conviene, pone en nuestros corazones las cosas por las cuales debemos orar. Viene en nuestro auxilio. Engendra en nosotros deseos santos por las cosas de Dios y por la gloria de Dios, que nosotros solos nunca tendríamos. Nos ayuda a orar. Ora en nosotros y por nosotros.
El orar no es meramente expresar los deseos naturales que surgen en nuestras mentes, ni tampoco la mera expresión de palabras bellas. En la verdadera oración el Espíritu Santo engendra deseos santos dentro de nosotros, y luego los inten­sifica de tal modo que no hemos de descansar ni dejar de orar hasta que Dios nos haya contestado la petición.
Satanás nos ataca más en nuestra vida de oración que de ningún otro modo, y es por eso por lo que necesitamos en ella de un Ayudador. Es el Espíritu Santo que nos da el deseo de orar, y que hace posible el orar. Cuando encuentres que te resulta imposible la oración, apóyate con fuerza sobre el Espíritu Santo y pídele que venga a ayudarte. Es uno de sus ministerios, y lo cumple con deleite.
6.  El Espíritu Santo dirige y guía las vidas de los hijos de Dios (Romanos 8: 14). Muy a menudo no sabemos qué decisión tomar, y no podemos determinar cuál es la voluntad de Dios. Es en circunstancias como estas que viene a auxiliarnos el Espíritu Santo, dispuesto a dirigirnos y guiarnos en todos los detalles de la vida, si vivimos lo suficientemente cerca de él como para que pueda hacerlo. Un cristiano debe cultivar el hábito de pedirle al Espíritu Santo que le guíe todos los días de su vida.
Por la mañana, cuando te levantes, antes de hacer frente a tus obligaciones diarias, musita una sincera oración al Es­píritu Santo, pidiéndole que guíe cada pensamiento, cada decisión, cada paso, cada acción durante todo el día. Y luego cuando ya estás en tu trabajo, frente a problemas, necesi­dades y dilemas, eleva tu corazón en oración al Espíritu Santo que mora en ti, pidiéndole que te guíe. Ha venido para ser tu Guía, y nunca dejará de darte orientación y luz.
7.  Es el Espíritu Santo que produce los frutos celestiales en la vida del cristiano (Gál. 5: 22, 23). Es el Espíritu San­to que da amor. Es el Espíritu Santo que llena tu corazón de gozo. Es el Espíritu Santo que te da paz. Es el Espíritu Santo que hace que seas paciente. Es el Espíritu Santo que te hace benigno. Es el Espíritu Santo que hace que los cris­tianos vivan vidas buenas. Es el Espíritu Santo que imparte la fe y aumenta tu fe. Es el Espíritu Santo que hace posible que seas manso. Es el Espíritu Santo que te da el poder de ser sobrio, y de restringir tus apetitos y deseos. Todos los méritos de la vida cristiana son impartidos por el ben­dito Espíritu Santo. Por ello, debes aprender a tener comu­nión con el Espíritu Santo, a fin de que él pueda impartirte estas cosas.
Estamos convencidos de que existen muchos cristianos para quienes este asuntó de la presencia del Espíritu Santo, no es una cosa real. Y ello es una tragedia. El Espíritu Santo es una Persona, tanto como lo son Dios el Padre o Jesucristo. Y mora en el interior de cada creyente. Si te entregas totalmente a él, poniendo en sus manos el gobierno completo de tu vida, te conducirá a la vida más abundante.
Aprende a cultivar la comunión con el Espíritu Santo. Piensa en él como una Presencia que mora en ti, una verda­dera Persona. Contempla los deseos llenos de gracia que el Espíritu Santo tiene en cuanto a tu crecimiento y prosperi­dad espiritual. Considera su bondad, su gracia, su deseo de ayudarte a cada paso del camino. Aprende a confiar en él para todas tus necesidades espirituales. Aprende a hablar con él y a tener comunión con él. Aprende cómo extraer de él todas las gracias espirituales que deseas sean manifestadas en tu vida, gracias que Dios también desea para ti. Piensa en él como lo que es realmente: un Huésped Celestial, el Amante de tu alma. Es tu Amigo, tu Compañero, tu Con­solador, tu Guía, tu Ayudador, tu Maestro. Deja que sea tu Todo.

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