lunes, 5 de marzo de 2012

EL TABERNÁCULO

El Atrio

En principio, el atrio con su recinto nos habla del testimonio exterior y público que deben dar aquellos que componen la Casa de Dios, por oposición al taber­náculo propiamente dicho, el cual nos presenta el santuario y lo que se contempla en él. El santuario estaba fundado sobre basas de plata (con excepción de las columnas del velo de la entrada, las que estaban coloca­das sobre basas de bronce, visibles desde el exterior), mientras que las columnas del atrio reposaban todas sobre basas de bronce.
1.      Columnas y cortinas (colgaduras) (Éxodo 27: 9-19)
Dimensiones: 100 codos de largo por 50 codos de ancho; 56 columnas para sostener 280 codos de cortinas; la puerta, al este, sostenida por cuatro columnas, tenía un ancho de 20 codos.
Conviene señalar que el largo total de las cortinas del atrio (280 codos) es igual al de las 10 cortinas del tabernáculo (Éxodo 26: 1-2) (10 x 28 = 280 codos), si se las juntase por sus extremidades: el testimonio exte­rior no debe exceder la vida interior en el santuario. Como la altura de las cortinas era de 5 codos, resultaba imposible ver desde el exterior lo que ocurría en el interior del atrio. Se advertían solamente las pieles de tejones del tabernáculo y el humo que subía del altar de bronce.
Este recinto blanco ("torzal de lino fino", V.M.) sostenido por sus columnas de bronce que descansaban sobre basas de bronce, nos habla en particular de:
a)     el hecho de que la Casa de Dios y su atrio deben estar claramente separados de todo el ambiente exterior. La blancura de las cortinas revela que no debía entrar en este recinto ninguna cosa man­chada (comparar con la nueva Jerusalén, Apoca­lipsis 21:27);
b)     la vida pura y sin mancha de Cristo en este mundo (lino fino), quien en su andar respondió plena­mente a todo lo que la justicia de Dios exigía (bronce);
c)     el testimonio público exterior de justicia práctica (lino fino, véase Apocalipsis 19:8) de los creyentes, fundados sobre el juicio de sí mismos y dispuestos, de ser preciso, a sufrir para cumplir la voluntad de Dios (bronce), y unidos en un todo por medio de la redención (molduras de plata; Éxodo 38: 10, 25-31; Juan 11: 52).

En efecto, no es propio de los rescatados hacer alarde ante el mundo de la seguridad de su salvación (basas de plata) o de las diversas bendiciones que les pertenecen como quienes son vistos en Cristo, sino que debe ser su andar el que hable; el juicio de sí mismos les es indispensable para mantenerse firmes; el amor que les une como rescatados del Señor es el testimonio práctico de ellos ante el mundo: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros" ; "... que también ellos sean uno en noso­tros ; para que el mundo crea que tú me enviaste" (Juan 13:35; 17:21).

2.      La puerta (Éxodo 27: 16)
            Dimensiones: 20 codos de ancho por 5 de alto: 100 codos cuadrados, o sea la misma superficie que los velos de entrada al santuario; éstos tenían 10 codos por 10: 100 codos cuadrados.
      La puerta del tabernáculo era, pues, ancha. Tenía los mismos colores que los velos del tabernáculo y nos habla de Cristo en gracia, abriendo ampliamente sus brazos para acoger a "todo aquel" que quiera entrar. Cristo es la puerta (Juan 10:7). Ningún querubín impe­día el acceso al atrio como lo hacía a la entrada del jardín de Edén (Génesis 3: 24).
Sin embargo, existía una sola condición para que un israelita pudiese entrar por esta puerta: era preciso que trajera un sacrificio. Ello nos conduce a:
3.      El altar de bronce (Éxodo 27: 1 -8)
Es el primer objeto que se encontraba al entrar al atrio.
Dimensiones: 5 por 5 por 3 codos, de manera que era cuadrado, símbolo que recuerda el alcance uni­versal del sacrificio de la cruz (4 vientos, 4 puntos cardinales, etc.). El altar es una figura de Cristo (madera de acacia, o de Sittim), pero de Cristo como objeto del juicio de Dios sobre el pecado (bronce) (véase Números 16: 36-40).
La finalidad esencial del altar era la de ser el lugar donde se ofrecían los sacrificios y se vertía la sangre, la única que hacía expiación sobre el altar por las almas (Levítico 17:11; véase también hebreos 9:22: "sin derramamiento de sangre no se hace remisión"). El altar nos habla de Cristo; los sacrificios nos hablan de Cristo; el sacerdote nos habla de Cristo.
El conjunto de lo que sucedía en el altar nos pre­senta la cruz.
Dos verdades fundamentales se desprenden del altar de bronce y de los sacrificios que eran ofrecidos en él:
a)     la necesidad de la sangre para quitar el pecado. Esta verdad es puesta en evidencia desde Génesis hasta Apocalipsis: "La paga del pecado es muerte" (Romanos 6: 23); la sangre derramada nos habla de la muerte del culpable o de una víctima ofrecida en su lugar. No hay otro medio para quitar el pecado de delante de Dios;
b)     la doctrina esencial de la sustitución: según el pen­samiento de Dios, una víctima sin defecto puede ser ofrecida en lugar del culpable, tal el carnero ofrecido en lugar de Isaac (Génesis 22), o el cor­dero de la Pascua que murió en lugar del primogé­nito (Éxodo 12). "Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos" (1 Pedro 3: 18); "al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado" (2 Corintios 5:21).
La rejilla de bronce del altar, la que soportaba el fuego del juicio, nos recuerda también a Cristo, quien pasó a través del fuego del juicio de Dios. Al ser así sondeado en todo su ser, no manifestó más que sus pro­pias perfecciones.
Los sacrificios eran ofrecidos sobre el altar: holo­caustos, ofrendas vegetales, sacrificios de paces, sacrifi­cios por el pecado o por la culpa (Levítico cap. 1 a 7).
Detengámonos un momento en el sacrificio por el pecado, tal como es presentado en Levítico 4: 27-35. He aquí el ejemplo de un israelita que, habiendo desobede­cido uno de los mandamientos de Jehová, "se hiciere culpable" (V.M.), y que luego es consciente de su pecado. Es el Espíritu Santo el que convence de pecado por medio de la Palabra. Durante mucho tiempo un hombre puede permanecer indiferente a los pecados que cometió, como así también a su estado de pecado delante de Dios, pero llega un momento en que, en su gracia, Dios interviene por medio de su Espíritu para producir en él ese sentimiento de culpabilidad. ¿Qué debe hacer entonces? El israelita debía "traer por su ofrenda" una cabra o un cordero sin defecto (v. 28, 32). No bastaba saber cómo se debía proceder para que el pecado fuese perdonado, sino que era preciso traer efectivamente una ofrenda: ir a buscar en su rebaño un animal sin defecto y atravesar todo el campamento para conducirlo hasta la puerta del atrio para llevarlo al altar. Llegado allí, el israelita debía poner su mano sobre la cabeza del sacrificio, colocando así sobre esta víctima inocente y sin defecto el pecado del cual se había reconocido culpable. Luego, él mismo debía degollar la víctima. Es preciso que uno venga personal­mente a la cruz, que reconozca su pecado, que acepte que éste ha sido llevado por la Víctima santa, "sin man­cha y sin contaminación" (1 Pedro 1:19), castigada por el juicio de Dios en lugar del pecador.
El sacerdote tomaba la sangre de la víctima, la ponía sobre los cuernos del altar y vertía el resto al pie del altar; luego quemaba la grasa y hacía propiciación por el culpable. Este sacerdote nos habla de Cristo, quien lo hizo todo por la purificación del pecador. La Palabra declara entonces formalmente en dos oca­siones: "y será perdonado" (v. 31 y 35). El israelita podía volver a su tienda con la seguridad de haber sido perdonado, no porque sintiera algo en sí mismo, sino porque estaba escrito en la Palabra inspirada: "y será perdonado". Igualmente hoy, la obra de Cristo nos da la seguridad de la salvación, pero es la Palabra de Dios la que nos da la certidumbre de ello: "El que cree en el Hijo tiene vida eterna" (Juan 3: 36; véase también Hebreos 10: 10 y 14). Si alguien no está seguro de su salvación, tome su Biblia y bajo la mirada de Dios acepte lo que está escrito y créalo.
Para los holocaustos (Levítico 1) el israelita que se acercaba al altar debía también "poner su mano sobre la cabeza del holocausto" (v. 4). En este caso no se tra­taba de ser perdonado; aquel que traía la ofrenda ya estaba perdonado, pues precedentemente había tenido que traer un sacrificio por el pecado. Ofrecía este holo­causto como prueba de agradecimiento y de adoración. De alguna manera los méritos de la víctima pasaban al adorador y éste era aceptado por medio de aquélla. Dios "nos hizo aceptos en el Amado" (Efesios 1: 6). Dios ve a los suyos en Cristo; a causa del holocausto que sube "a Dios en olor fragante" (5: 2).
4.      La fuente de bronce (Éxodo 30: 17-21; 38: 8)
La fuente de bronce, cuyas dimensiones no nos han sido dadas, estaba situada entre el altar de bronce y el tabernáculo. No servía para ofrecer sacrificios, sino para lavarse en ella, lo que Aarón y sus hijos debían hacer cada vez que entraban en el taberná­culo de reunión o se acercaban al altar para ofrecer un sacrificio.
En Juan 13 el Señor Jesús mismo nos muestra la significación de la fuente de bronce. Al celebrar la última cena con sus discípulos, él se levanta de la mesa y se pone a lavar los pies de ellos. Pedro no quería que lo hiciese con él, pero Jesús le dice: "Si no te lavare, no tendrás parte conmigo" (v. 8). Pedro entonces le pide que le lave no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le responde: "El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio" (v. 10).
Para aquel que tiene todo el cuerpo lavado —es decir, que ha pasado por el nuevo nacimiento a la conversión— no es necesario repetir lo que ha sido cumplido una vez para siempre (Tito 3:5); pero ocurre demasiado a menudo que el creyente, a causa de la carne que está aún en él, ha pecado, ha manchado sus pies en el camino. No se trata entonces de ser « conver­tido » de nuevo, sino de que sus pies sean lavados. El Señor muestra por medio de la Palabra en qué se ha faltado; luego es preciso confesar su falta a Dios (1 Juan 1:9) y recordar que por ese pecado Cristo murió (véase también la figura de la novilla roja en Números 19). Una vez que el rescatado lavó así sus pies, puede tener parte con el Señor, es decir, gozar de la comunión con él.
En efecto; cuando un creyente ha faltado, la comunión con el Señor se interrumpe. No hay más gozo, ni gusto por la Palabra. La salvación no se pierde, la vida eterna está siempre allí, pero hay una nube. Es necesario, pues, volver al Señor, confesarle la falta, dis­cernir sus causas juzgándose a uno mismo, recordar la eficacia de su sacrificio, y entonces uno es restaurado. Pero recordemos siempre que todos los recursos están a nuestra disposición para no ceder al pecado, tal como lo escribe el apóstol Juan: "Estas cosas os escribo para que no pequéis" (1 Juan 2: 1).
Es importante realizar cada día ese juicio de noso­tros mismos y ese lavamiento de los pies; pero, así como los sacerdotes debían hacerlo antes de entrar en el santuario o antes de acercarse al altar, es particular­mente importante que lo hagamos, cada uno para sí, antes del culto y antes de tomar parte en la cena, según la enseñanza de 1 Corintios 11:26-32. En esos versículos se nos revela que cualquiera que come el pan o bebe la copa del Señor indignamente será culpable respecto del cuerpo y de la sangre del Señor. Pero no se agrega que a causa de la mancha del camino sea menes­ter abstenerse de la cena; al contrario, se añade: "prué­bese cada uno a sí mismo, y coma así". Antes de entrar en el santuario, juzgarse a sí mismo, pasar por la fuente de bronce, y así comer. Con un profundo sentimiento de lo que es la gracia que, a causa únicamente de la obra de Cristo, nos permite acercarnos, se participará en el memorial de su muerte para responder a su último deseo.
Descuidar el diario juicio de nosotros mismos y participar de la cena en tal estado nos expone al juicio del Señor. Así muchos en Corinto estaban débiles, enfermos o incluso dormían, es decir, estaban muertos; pero vemos en ello una enseñanza también moral, pues si dejamos de enjuiciarnos a nosotros mismos y toma­mos la cena con ligereza (abstenerse es tal vez aun más grave), estaremos espiritualmente débiles, o enfermos (¡una oveja enferma se aparta del rebaño!), o incluso seremos vencidos por el sueño espiritual (véase Efesios 5: 14). Si tal es el caso, cuán importante es despertarse, "levantarse de entre los muertos"(V.M.) para reencon­trar la luz de la faz de Jesucristo.
La fuente de bronce había sido hecha con los espe­jos de las mujeres que velaban a la puerta del taberná­culo de reunión (Éxodo 38:8). Ello configura una doble enseñanza:
a)     los espejos nos hablan, según Santiago 1: 23, de la Palabra de Dios, la cual pone en evidencia nues­tras faltas, la suciedad de nuestros pies;
b)     las mujeres que se allegaban al tabernáculo de reu­nión con aquellos que buscaban a Jehová (Éxodo 33: 7) tenían un corazón dispuesto para Él. Como gozaban de su presencia, les fue fácil abandonar gozosamente por el Señor lo que precedentemente era objeto de vanidad.

domingo, 12 de febrero de 2012

EL TABERNÁCULO

EL TABERNÁCULO PROPIAMENTE DICHO (Éxodo 26)

El tabernáculo, para poder ser transportado a tra­vés de las numerosas etapas del desierto, era desmonta­ble en diversas partes, aunque no dejaba de constituir un todo. Antes de cada partida los levitas desmontaban el tabernáculo y, luego, lo transportaban, parte sobre sus hombros, parte en carros. En cada nuevo lugar en que se acampaba se comenzaba por erigir el taberná­culo y luego el pueblo acampaba alrededor (Números 1 a 4).
El tabernáculo en sí mismo estaba compuesto por tablas, cortinas y velos. Él es, por un lado, una figura de Cristo, y, por otro lado, una figura de los rescatados, cuyo conjunto forma la Casa de Dios, la Iglesia.

Dimensiones: 1 1/2 codo de ancho por 10 de alto.
20 tablas al norte, 20 tablas al sur, 8 al oeste: total 48.
Cada tabla constituía, pues, una sola pieza ancha y larga que debía provenir de un árbol de gran talla. Había sido preciso cortar el árbol y trabajar la tabla antes de integrarla al tabernáculo. Así ocurre con el res­catado, quien ha sido sacado de este mundo y formado por Dios para volverse parte integrante de su Casa (comparar 1 Reyes 6: 7).
Pero una tabla, por ancha y grande que sea, no puede mantenerse parada por sí sola (Éxodo 26: 15). Por eso dos espigas en la base de cada tabla penetraban profundamente en dos basas de plata. Éstas represen­tan la redención (30: 11-16; 38: 25-27), la justificación por la fe, tal como nos es presentada en Romanos 3 a 5. Las dos basas hacen pensar en dos verdades fundamen­tales: la justicia y el amor de Dios, a las cuales respon­dió perfectamente la obra de Cristo. Como Cristo llevó sobre Él nuestros pecados y fue hecho pecado por nosotros, soportando en nuestro lugar el juicio, Dios es justo al perdonar al pecador, es decir, es "el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús" (Romanos 3 : 26). De tal manera su amor, que quería perdonar, está íntimamente ligado a su justicia. Dios no puede más que perdonar los pecados de aquel que por la fe se coloca bajo la sangre de Jesús, ya que ello es justicia de su parte para con Cristo.
Así, como una tabla parada en la arena del desierto, bien afirmada sobre su basa, el creyente resca­tado está de pie y su salvación está bien asegurada.
"Por la fe estáis en pie", nos dice 2 Corintios 1: 24 (V.M.). En efecto, el hecho de que podamos estar de pie no se debe a nuestra energía ni a nuestro conocimiento, sino únicamente a la fe en la obra cumplida por el Señor Jesús. Por eso, "el que piensa estar firme, mire que no caiga" (1 Corintios 10: 12). Hay quienes aparentan estar de pie: criados en un medio cristiano, han adquirido en la escuela dominical o en reuniones un bastante amplio conocimiento intelectual de las cosas de Dios; pero, si nunca hallaron al Salvador para sí mismos, si la palabra no ha sido mezclada en sus cora­zones con la fe, aparentan estar de pie, pero caerán por cierto. Esta advertencia se dirige también a los verdade­ros hijos de Dios en cuanto a su andar práctico. No pensemos nunca, cuando vemos que un hermano ha caído, que ello no nos acontecerá a nosotros (Gálatas 6:1); antes bien, pongamos nuestra confianza en la gracia y el poder del Señor, según está escrito: "Pode­roso es el Señor para hacerle estar firme" (Romanos 14:4).
            Pero una tabla, aunque esté bien asegurada sobre su basa, podría ser volteada por el viento del desierto si ella permaneciese sola; por eso las tablas debían estar unidas las unas a las otras. Es una lección digna de recordar a cualquier edad: nadie quiera permanecer solo como creyente, sino busque la comunión de los hijos de Dios. Ello es particularmente importante cuando un joven, a causa de sus estudios, de un apren­dizaje o de otras circunstancias, deja el hogar paterno para ir a la ciudad o a un país extranjero. "La amistad del mundo es enemistad contra Dios" (Santiago 4:4). Estemos atentos a no buscar amigos en el mundo, sino, por el contrario, estemos agradecidos por los amigos creyentes que Dios pone en nuestro camino, con los cuales podemos tener algo en común al mirar juntos un mismo objetivo. Ayudarse el uno al otro en el camino de la fe, orar juntos, comunicarse mutuamente las maravillas descubiertas en la Palabra de Dios y las experiencias que el Señor nos conduce a hacer en cuanto a su amor, son algunos de los goces que propor­ciona la amistad cristiana.
Pero hay aun más. No sólo algunas de las tablas debían estar agrupadas, sino que todas debían estar bien unidas y sujetas por cinco barras o "travesaños" (Éxodo 26: 26-28, V.M.). Se pueden ver en esos travesa­ños tres significados:
a)     El travesaño central, que corría en medio de las tablas a todo lo largo de ellas, podría hacer pensar en el Espíritu Santo, el cual, según 1 Corintios 12: 13, une a los rescatados en un solo Cuerpo (pero debe recordarse que la verdad del Cuerpo no estaba revelada en el Antiguo Testamento);
b)     Esos travesaños son también una figura del minis­terio por el Espíritu según Efesios 4: 11-14, cuya finalidad es, entre otras, "la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe... para que ya no seamos niños fluctuantes...". También es posible relacionarlos con Hechos 2:42;
c)     En un sentido moral, por último, los travesaños recuerdan Efesios 4: 1-3, donde la humildad, la mansedumbre, el sostén, la paciencia y el amor son indispensables para que prácticamente los cre­yentes permanezcan bien unidos.
            Las  tablas paradas, fijas a sus basas de plata y unidas por travesaños, estaban recubiertas de oro; los rescatados del Señor son nacidos de nuevo, son hechos "participantes de la naturaleza divina" (2 Pedro 1: 4) y cuando ellos son considerados en el santuario, como las tablas, no se ve más que el oro que los recubre. Así for­man hoy, como "piedras vivas", la Casa de Dios (1 Pedro 2: 5).

2.      El velo (Éxodo 26: 31-35)
Según Hebreos 10: 20, el velo que separaba el lugar santo del lugar santísimo representa a Cristo venido en carne. Él estaba hecho de azul (carácter de Aquel que vino del cielo), de púrpura (Aquel que por su sufrimiento recibirá el dominio universal), de carmesí (o escarlata; color de la sangre que recuerda sus sufrimientos, pero también su gloria como Mesías de Israel) y de lino fino (humanidad y perfecto andar de Jesús), caracteres del Señor Jesús que nos presentan de una manera particular los cuatro evangelios (cua­tro columnas), pero también todas las páginas de la Palabra.
Muchos no han discernido la gloria de la Palabra hecha carne. En efecto; el velo ocultaba el arca, pero ese velo fue rasgado de alto a bajo en la cruz. Por otra parte, Juan recuerda a aquellos que, con él, vieron "su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad" (Juan 1:14).
Sobre el velo estaban bordados querubines que mostraban que el Señor lo discierne todo, lo conoce todo y lo juzga todo (véase Apocalipsis 1 a 3). Los que­rubines — que en un sentido recuerdan a los de Edén (Génesis 3: 24) — evidenciaban que el acceso al santuario estaba cerrado. Pero hoy, estando el velo rasgado, Jesús nos ha abierto el acceso a la presencia misma de Dios (Lucas 23: 45; Hebreos 10: 19-22).

a)     Las cortinas (Éxodo 26: 1-6)
Diez cortinas de 4 codos por 28 forman un conjunto de 40 codos por 28. Estas cortinas están hechas con el mismo material que el velo; pero, en tanto que en el velo el azul viene en primer término, en las cortinas es el lino fino el mencionado en primer lugar. En efecto, si las cortinas representan a Cristo (según el pensamiento de que el tabernáculo nos habla de Dios manifestado en Cristo), representan también a los creyentes tales como son vistos en Cristo, "hechos aceptos en el Amado" (Efesios 1: 6). Y, cuando se trata de los creyentes, la justicia práctica en su andar es ante todo la que debe caracterizarles, mientras que en el caso de Cristo correspondía poner en evidencia en primer término su carácter celestial.
Los hijos de Dios, tales como son vistos en el san­tuario — según nos les presenta la epístola a los Efesios y la dirigida a los Colosenses — llevan los caracteres de Cristo. Las cortinas estaban bien unidas entre sí por lazadas de azul y corchetes de oro, ya que los lazos que unen hoy a los rescatados son divinos y celestiales. Los creyentes no se agrupan porque les convenga hacerlo o porque se pongan de acuerdo sobre ciertos puntos para reunirse, sino que es Dios quien les ha unido indisolu­blemente. Al reunirse sencillamente en torno al Señor Jesús dan testimonio de lo que Dios hizo, o, como se ha dicho, expresan de hecho lo que ya existe por la fe. En un tiempo de ruina como el de ahora, tal reunión debe estar de acuerdo con 2 Timoteo 2:19 y 22 para ser según el pensamiento del Señor.
En la práctica, es importante que los creyentes manifiesten cuál es su posición en el santuario, que reproduzcan los caracteres de Cristo (lino fino, azul, púrpura y carmesí —"si sufrimos, también reinaremos con él" (2 Timoteo 2: 12) — y que revelen la realidad del hecho de que Dios les ha unido en uno.
Si bien el Enemigo ha conseguido dispersar y divi­dir a los cristianos en cuanto a su testimonio práctico en la tierra, no es menos cierto que en Cristo y para Dios ellos son uno, así como el conjunto de las cortinas unidas por los corchetes formaba un solo tabernáculo (Éxodo 26:6).

b)     La tienda (26: 7-13)
"Harás asimismo cortinas de pelo de cabra para una cubierta sobre el tabernáculo", las que constituían una protección contra toda influencia o mancha exte­rior.
Once cortinas de 4 codos por 30 formaban un conjunto de 44 codos por 30, el cual, por lo tanto, excedía de las primeras cortinas.
El pelo de cabra habla de la separación para Dios (vestimenta de los profetas), no por la severidad hacia los pecadores, sino la separación respecto de los peca­dores por severidad para con uno mismo, lo que por cierto puede estar ligado con la afabilidad y la bondad más perfectas, tales como han sido vistas en Cristo.
No puede haber semejanza con los caracteres de Cristo (cortinas) sin que haya separación del mundo. Las mujeres habían hilado el pelo de cabra (35: 26), lo que hace ver que el creyente, incluso el más humilde, está llamado a realizar prácticamente esta separación del mundo en su vida de todos los días, en su casa, en el trabajo, en su comportamiento. Si cada uno, allí donde se encuentra, "hila" el pelo de cabra, la separación de la Casa de Dios con respecto al mundo será una realidad, pero, si prác­ticamente faltan hilos, el propio tejido de la "tienda" no será ya una protección contra la mancha exte­rior.
Las cortinas de la tienda estaban unidas por laza­das y corchetes de bronce, lo que habla de la unidad de los creyentes en la separación y el juicio del mal.
c)     Cubiertas de pieles de carneros (26: 14)
      Carnero: ofrenda de la consagración (29: 19). Es la dedicación de los rescatados al Señor, a sus intereses y a su Casa, producida por la conciencia de la completa consagración de Cristo a Dios en favor de los rescata­dos, consagración que duró hasta la muerte ("teñidas de rojo"): 2 Corintios 5:15; Efesios 5: 2.
      La separación exterior sin devoción interior, de corazón, para el Señor, conduce al legalismo y a la pro­pia justicia (Lucas 18:9-14).
            Él quiere que le amemos Por entero y con ardor, Porque Él mismo —lo sabemos — Es esencia del amor.

d)     Cubierta de pieles de tejones (26: 14)
Era la cubierta exterior, lo único que se veía del tabernáculo, con el velo que servía de entrada al lugar santo. Para ver las cortinas y sus bordados, el oro de las tablas y los diversos objetos del lugar santo y del lugar santísimo era preciso penetrar en el santuario. Desde el exterior sólo se veía esta cubierta de pieles de tejones. Así era Cristo en este mundo: para descubrir sus distin­tas glorias hacía falta la fe que discernía en él al Hijo de Dios, pues para los demás no había en él atractivo que le hiciera deseable (Isaías 53: 2).
Estas pieles de tejones nos hablan también de la vigilancia indispensable para evitar las trampas y des­baratar los ataques del Enemigo. Es como una protec­ción moral de una completa eficacia. Sin vigilancia en el andar práctico, uno se deja arrastrar —por amigos mundanos o circunstancias— a situaciones en las cuales, salvo intervención particular del Señor, sólo se puede deshonrarle (1 Corintios 15:33-34; Proverbios 4: 20-27).
Las cuatro cosas, pues, están íntimamente ligadas: para reproducir prácticamente los caracteres de Cristo es indispensable que los hijos de Dios hagan una reali­dad de la separación del mundo y del mal, de la consa­gración a Cristo y de la vigilancia. Si en dependencia del Señor se siente la necesidad de servirle con amor, uno será guardado de muchas trampas, comprenderá mejor la necesidad de la separación del mundo y velará sobre aquello que podría empañar el testimonio y entorpecer la obra del Señor.

Rebeldía y Apostasía

"Porque muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas" (Deuteronomio 30: 14).
         Cuan importante resulta tener el fundamento dado por la Palabra en el respaldo de todas las acciones y doctrinas, que sostenemos y anunciamos. De lo contrario caminaremos por las vías del fracaso y la más vergonzosa ruina. Por esto todo verdadero creyente debe siempre contender por esta palabra, que esta "muy cerca" de cada uno para que no sea privativa solo de algunos. Las fuentes están abiertas para todos aquellos que desean beber de ellas y recibir los benditos resultados que son refrescantes al alma.
         Debemos notar que en este versículo la palabra está en la boca y en el corazón, dos cosas muy necesarias. Las cuales no deben estar desasociadas la una de la otra. Vemos que la confesión y el corazón con fe tienen su valor en nuestra responsabilidad frente a la palabra. "Que si confesares con tu boca al Señor Jesús (como Señor tuyo), y creyeres en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo" (Ro. 10:9 V.M.) Estos versículos nos muestran que nada está fundamentado en nosotros, ni nada proviene de nosotros, sino todo en el testimonio de Dios por medio de su Hijo. El olvido de esta verdad elemental ha dado sus tristes frutos en la apostasía que resulta ser la rebelión del hombre ante todo el testimonio de Dios. Rebelión que se manifiesta en varios aspectos, las cuales no importando su grado de acción son siempre ofensivas a Dios.
         El principio de la apostasía es siempre hacer primar la propia voluntad uniéndose al curso de este mundo, abandonando la voluntad de Dios, tal como podemos verlo desde el Edén hasta nuestros días "se envanecieron en sus razonamientos" (Ro. 1:21). Es dejar de lado voluntariamente el lugar que nos corresponde como criaturas ante el Creador, "no miréis en pos de vuestro corazón y de vuestros ojos, en pos de los cuales os prostituyáis" (Num. 15:39) Habíamos visto que la Palabra estaba cerca del corazón, pero este verso nos advierte ante la eventualidad de dejar la verdad de la Palabra y dirigirse a las codicias del corazón, las carnales satisfacciones y las vanidades de los hombres. En tal condición nuestros pasos serán llevados en seducción a la idolatría, pues el mal está en nuestros corazones, lo cual lleva al ser humano a la acción voluntaria de cambiar la verdad de Dios por la mentira (Rom.1:25). Esto puede ser visto en la condición del hombre en su ruina moral por el pecado a través de la historia y se ha demostrado con creces que sin la guía segura de Dios, este ha caído en las oscuridades más horrendas de la idolatría. "Por lo mismo que, cuando conocieron a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; sino que se hicieron vanos en sus razonamientos, y entenebrecióse su fatuo corazón... y trocaron la gloria del Dios incorruptible en una semejanza de imagen de hombre corruptible..." (Ro. 1:21,23 V.M.) Aquí vemos una grave consecuencia, que se deriva de hacer primar la voluntad propia, como antes mencionamos, pero también observamos otro grave riesgo que consiste en aceptar el ingreso en la mente de pensamientos que llevan a rechazar los fundamentos de la verdad de la Palabra y la autoridad Divina. Es tan grave todo esto que la Palabra declara "Dios los entregó" a la inmundicia en las concupiscencias de sus corazones, pasiones vergonzosas y a una mente reprobada; para hacer todas aquellas cosas que no convienen y en tal condición atraer tras de sí a muchos que se mantienen puros de tales infamias. Cuando en el desprecio de los principios divinos y en el deseo de seguir la mentira los resultados serán siempre los mismos, la corrupción moral y la apostasía.
         En los males de despreciar o agregar a los principios de la Palabra con mentiras, es la validación de la razón (reprobada) puesta a los intereses del hombre, cuanto más se establezcan estos como hábitos, más crecerá el deseo de seguir realizándolos y por tanto más se estará enajenado a la voluntad perfecta de Dios. Sin embargo al evitar estos males se hallará el gozo y se tomará conciencia de la justicia de Dios "Pues no somos como los muchos que conocéis que hacen un comercio de la palabra de Dios; sino al contrario, como hombres de sinceridad, y como de Dios, delante de Dios, hablamos de Cristo" (2Cor.2:17 V.M.) Dos aspectos notables que definen el que hacer de los simple profesantes y de los verdaderamente creyentes, una advertencia clara "hacen comercio de la Palabra de Dios", que triste condición, pero necesaria para pavimentar el piso por donde transitará el hombre de pecado. Pero de los fieles se dice que hablan de Cristo "delante de Dios", el temor reverente está en sus corazones y hablan de toda revelación que ha sido dada por el Espíritu Santo, gozosa condición y necesaria para que Cristo reine en medio de los corazones de este remanente fiel.
         La apostasía en su manifestación natural en todos los hombres, tiene su respuesta de Dios en Cristo Jesús por medio de su salvación provista desde la Cruz del Calvario; en su manifestación religiosa en la Cristiandad, la respuesta de Dios es El Señor Jesucristo donde los verdaderos creyentes están unidos a Él; y en su manifestación usurpadora en Israel hacia todas las naciones, la respuesta de Dios es Cristo en sus derechos gloriosos al sacerdocio y a Su realeza. "Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre" (Juan 20:31).

LA DOCTRINA

La doctrina es la enseñanza de los principios divi­nos. Las palabras «doctrina» y «enseñanza» son una sola y misma palabra en el texto original.
Cuando la Palabra de Dios habla de la doctrina en singular, se trata casi siempre de la sana doctrina, de la buena doctrina, de la doctrina según la piedad (l Timo­teo 1: 10; 4: 6; 6: 3). El apóstol Juan, en su segunda epístola, habla de la doctrina de Cristo, es decir, de la verdad relativa a la persona de Cristo venido en carne a la tierra: "cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo —dice—, no tiene a Dios" (v. 9).
Cuando habla en plural, siempre es cuestión de falsas doctrinas: "doctrinas diversas y extrañas" (Hebreos 13: 9), "doctrinas de demonios" (1 Timoteo 4: 1), por las cuales no debemos dejarnos seducir.
Nos es dicho de los creyentes de la primera hora, ante todo, que "perseveraban en la doctrina de los apóstoles", es decir, en la enseñanza que proporciona­ban los apóstoles en relación con la nueva "época —el cristianismo— y luego "en la comunión... en el par­timiento del pan y en las oraciones" (Hechos 2: 42).
En los distintos aspectos del ministerio de la Pala­bra de Dios, la enseñanza doctrinal constituye el aspecto fundamental. Es presentado por medio de aque­llos a quienes Dios ha dado a la Asamblea como "maes­tros", es decir, los que enseñan (1 Corintios 12: 28; Efesios 4:11). Sobre la base de esta sana enseñanza —que un día los hombres no sufrirán (2 Timoteo 4: 3) — son presentadas las exhortaciones y las advertencias "para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean, con astucia las artimañas del error" (Efesios 4: 14).

EL GOBIERNO DE DIOS

Al igual que en el tiempo de la ley, aún hoy, durante la época de la gracia, existe un gobierno de Dios referente a sus hijos. La Palabra de Dios trata este tema bajo dos aspectos:
1) Un aspecto general, según el cual el creyente está sometido, como los demás, al gobierno de Dios. El apóstol Pablo, dirigiéndose a hermanos, escribe: "Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará" (Gálatas 6:7).
2) Un aspecto particular, representado por la disci­plina de la cual participa todo hijo de Dios: "Porque el Señor al que ama, disciplina... Pero si se os deja sin dis­ciplina... entonces sois bastardos, y no hijos" (Hebreos 12:6-8). La noción de disciplina nace de la relación entre un padre y su hijo. El gobierno de Dios referente a nosotros es ejercido en vista de esta relación para mantenernos bajo ella prácticamente o para hacernos volver a ella si es que hemos cometido alguna falta. Él quiere apartarnos del mal, triturar lo que es duro, alen­tarnos por medio de su bondad.
Como Dios ha confiado a cada uno de sus hijos el honor de ser sus representantes ante los hombres, no podría permitir que aquéllos siguieran el camino de su propia voluntad. Él es aquel que juzga, que aprecia: "Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de perso­nas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación" (1 Pedro 1: 17). Dios es nuestro Padre, pero Él es tam­bién aquel a los ojos del cual todas las cosas están des­nudas y abiertas (Hebreos 4: 13).
Es importante recordar que el pensamiento de la gracia soberana de Dios no debilita nunca el de su gobierno. No obstante, según esta misma gracia, Él desea velar por la conducta de los suyos, tanto para su gloria como para la mayor bendición de ellos.
La Bonne Nouvelle

EQUILIBRIO CRISTIANO

El fariseísmo es de temer para el cristiano, así como lo era antiguamente para el judío. En efecto, la verdad comunicada va mucho más allá de lo que había recibido el judío y, por otra parte, la separación cris­tiana es esencialmente interior, mientras que la del israe­lita consistía sobre todo en formas exteriores. Por consi­guiente, el cristiano está siempre en peligro de conside­rar como algo satisfactorio una separación hacia Dios que, en lugar de ser realizada por medio del Espíritu Santo en verdad y en amor entre aquellos que están vin­culados al Señor, se contentará con un cierto número de abstenciones y de prohibiciones, en un esfuerzo por ser diferente de los demás, es decir, con un espíritu de supe­rioridad. Aquel que no vela se expone así a engañarse a sí mismo al pretender edificar la cosa más contraria al pensamiento de Cristo, a saber, un sectarismo real aun­que inconsciente.
He aquí de qué manera el Espíritu de Dios guarda a los creyentes para que su separación, sin dejar de ser santa, conserve el sabor de la gracia de Dios y no el del orgullo del hombre : Él produce en ellos "rogativas, ora­ciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres" (1 Timoteo 2: 1). No se trata sólo de orar incansablemente, ni de orar de manera exclusiva por los hijos de Dios y especialmente por aquellos que se reú­nen únicamente al nombre del Señor Jesús. En este ver­sículo encontramos una exhortación a practicar todas las formas de la oración sobre la amplia base de las rela­ciones de Dios con toda la humanidad. Los santos deben corresponder a esa exhortación si no quieren ser infieles a la verdad. Ellos también tienen con Dios una relación semejante. Incluso el Evangelio, por medio del que han sido salvados, debería recordárselo. En efecto, si la Iglesia, en su unión con Cristo, o más bien si Cristo, unido a la Iglesia, es la manifestación particular de los consejos divinos, el Evangelio es la manifestación permanente de la gracia de Dios para con el mundo. Los creyentes, pues, conociendo esos dos aspectos de la verdad, son responsables de un verdadero testimonio tanto acerca del uno como del otro. Y en la práctica comprobaremos cómo la exageración en un sentido no solamente tenderá a perder de vista el otro lado, sino incluso a corromper lo que había llegado a ser la única preocupación. Porque Cristo es la verdad. Ni el Evangelio, ni la Iglesia tienen derecho a nuestro amor exclusivo, sino que los dos lo tienen a la vez, con sumisión al Señor. Y nosotros somos exhortados a ser testigos de la verdad, no estando santificados por una u otra de esas verdades, sino por la verdad. "Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17: 17).
Tal era antiguamente el peligro, y lo sigue siendo hoy. Los creyentes, como todos los otros hombres, son susceptibles de ser obstinados. Puede parecer muy espi­ritual escoger una posición extrema y mantenerse en ella. Quien así lo hace se imagina que está resguardado en una especie de esfera celestial: "la Iglesia". Por otro lado, puede parecer deseable, en cambio, liberarse de este tema de la Asamblea, del cual se ha abusado tanto como pretexto para la ambición e incluso para los celos y las disputas, rechazando así a los cristianos en lugar de reunidos alrededor del nombre del Señor. Sí, en esas condiciones y en el actual estado de ruina de la cristiandad, podría parecer deseable consagrar toda la energía de ella a la buena nueva que salva a las personas de la perdición y las lleva a Dios. Pero eso sería abandonar el círculo más limitado de lo que Cristo ama y honra. La única actitud justa, santa, fiel, consiste en mantener todo lo que es precioso a sus ojos : por un lado amar a la Iglesia con todo lo que se relaciona a ella, y por el otro dirigirse a la humanidad entera con la gracia que manifieste la luz de un Dios Salvador.
"Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; mise­ricordia y verdad van delante de tu rostro" (Salmo 89: 14).

Los frutos de la obediencia

Obedecer según el nuevo testamento, significa poner seria atención a la palabra de Dios, someterse a su autoridad y practicar sus instrucciones. La obediencia, en este sentido, es casi una letra muerta en el cristianismo moderno. Se puede enseñar de vez en cuando de una manera lánguida, pero no se destaca suficientemente como para darle poder a la vida de los oyentes.
            Para que una doctrina sea efectiva, además de ser recibida y sostenida por la iglesia; tiene que estar respaldada por tal fuerza de convicción moral que el hincapié caiga como un golpe sobre el fulminante, para que haga estallar la energía que esta latente dentro de ella. La iglesia de nuestro tiempo ha suavizado la doctrina de la obediencia, bien descuidándola por completo o mencionándola solo en forma apologética, como si fuera de paso. Este es resultado de una confusión fundamental en la mente del predicador y de la iglesia respecto a la obediencia y las obras.
            Al descartar la falsa doctrina de la salvación por medio de las obras, hemos caído en el error opuesto de la salvación sin obediencia. La biblia no enseña nada acerca de la salvación aparte de la obediencia. Pablo dio testimonio que el fue enviado a predicar “la obediencia a la fe en todas las naciones”. El les recordó a los cristianos de Roma que habían sido libertados del pecado por la siguiente razón: “…habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados”.
            En el nuevo testamento no hay contradicción entre la fe y la obediencia, pero si entre la fe y las obras de la ley y también entre la ley y la gracia. La Biblia no reconoce ninguna fe que no conduzca a la obediencia, ni ninguna obediencia que no brote de la fe. Las dos son los lados opuestos de la misma moneda. Si usted tuviera que dividir una moneda por un filo, destruiría ambos lados, perdiendo totalmente su valor. Del mismo modo la fe y la obediencia están unidas para siempre y ambas pierden su valor cuando se separan. El problema que muchos tenemos hoy consiste en que estamos tratando de creer, sin intentar obedecer.
El mensaje de la cruz contiene dos elementos: 
1) promesas y declaraciones que deben creerse
2) mandamientos que deben obedecerse.
            Obviamente, la fe es necesaria para las primeras y la obediencia, para lo segundo. De hecho lo único que podemos hacer con una promesa o una declaración es creerla; físicamente es imposible obedecerla, porque no se refiere a nuestra voluntad, sino a nuestro entendimiento. Igualmente es imposible creer en un mandamiento, porque no esta dirigido esencialmente a nuestro entendimiento, sino a nuestra voluntad. Ciertamente, podemos tener fe en su justicia; confiar en que es un mandamiento bueno y correcto; pero eso no es suficiente. Mientras rehusemos obedecer, no hemos hecho nada con respecto al mandamiento. Esforzarnos para creer aquello que se dirige a nuestra obediencia es enmarañarnos desesperadamente en un laberinto de imposibilidades.
            La doctrina del Cristo crucificado y la riqueza de verdades que se vinculan a ella, tienen este doble contenido. Por tanto, el apóstol puede hablar acerca de “la obediencia a la fe”, sin contradecirse. Se puede afirmar: “el evangelio es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree”, y “…vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen”. No hay nada incompatible entre estas dos declaraciones cuando se entienden a la luz de la unidad, esencial entre la fe y la obediencia.
            La debilidad del mensaje que predicamos hoy radica en hacer más hincapié en la fe que en la obediencia. Esto se ha llevado tan lejos que, en la mente de millones de personas religiosas, la palabra creer tiene el doble de significado de creer y obedecer. Se ha producido una hueste de cristianos mentales cuyos caracteres están mal formados y sus vidas fuera de proporción. Erróneamente se ha tomado la imaginación como si fuera la fe, y se ha hecho que le sirva a la obediencia.
            Hay una enfermedad mental bastante conocida entre nosotros, que consiste en que el paciente vive en un mundo completamente imaginario, ficticio, lleno de fantasía, sin ninguna realidad objetiva que corresponda a esa fe. Todos saben esto, excepto el mismo paciente; el discute a favor de su mundo con toda la lógica de un hombre cuerdo; y lo patético es que el es absolutamente sincero.
            Por tanto, hallamos cristianos que han vivido durante tanto tiempo en la atmosfera enrarecida de  la imaginación que parece casi imposible relacionarlos con la realidad. La desobediencia ha paralizado sus piernas morales y disuelto su columna vertebral; así que se desploman en un montón esponjoso de teoría religiosa, y creen todo con ardor, pero no obedecen en absoluto. En verdad, se escandalizan profundamente con solo oír la palabra “obedecer”. Para ellos huele a herejía y fariseísmo. Piensan que son los únicos que han usado bien la palabra de verdad. ¡Su doctrina de acción indolente es la religión del nuevo testamento! ¡Por esa razón murieron  los reformadores! Todo lo demás es la religión de Caín. Si no fuera por el hecho de que este credo del impase moral ha influido prácticamente en todo rincón del mundo cristiano; ha capturado a los seminarios e institutos bíblicos, ha determinado el contenido de la predicación evangélica y hasta ha llegado a decidir que clase de cristianos debemos ser; todo esto pudiéramos pasarlo por alto y tomarlo como solo una cosa mas.
            Tengo la convicción que el falso concepto moderno de la función de la fe y el hecho que nuestros maestros no insisten en la obediencia, han debilitado a la iglesia y retardado lamentablemente el avivamiento en este ultimo siglo. La única cura consiste en eliminar la causa. Para esto se necesita cierto valor, pero vale la pena el empeño decidido. Siempre estamos en peligro de ser victimas de las palabras. Una frase toma a menudo el lugar de la realidad espiritual; por ejemplo “seguir al señor” o “seguir al cordero” (Apocalipsis 14:4). No podemos, como los primeros discípulos seguir al maestro en determinada área geográfica. Tenemos la tendencia de pensar en esto con sentido literal, pero al mismo tiempo sabemos que es imposible y esto ha llegado a significar poco más que un acuerdo manifestado con movimientos afirmativos de la cabeza a las verdades del cristianismo. Pudiera sorprendernos el hecho de saber que el verbo “seguir” es una palabra en el nuevo testamento que se usa para referirse al hábito establecido de obedecer los mandamientos de Cristo.

Examinemos algunos frutos de la obediencia mencionados en el nuevo testamento:
            La casa del hombre obediente se construye sobre la roca (Mateo 7:24). Este hombre será amado por el padre, y contara con la manifestación del padre y del hijo, quien vendrá a el y hará morada en el (Juan 14:21-23). Este permanecerá en el amor de Cristo (Juan 15:10). Mediante la obediencia a la doctrina de Cristo, es libertado del pecado y hecho siervo de la justicia (Romanos 6:17-18); se le da el Espíritu Santo (Hechos 5:32). Se libra de engañarse así mismo y es bienaventurado en todo lo que hace (Santiago 1:22-25). Su fe es perfeccionada (Santiago 2:22). Es confirmado en la seguridad que tiene de Dios y en la confianza de que todo lo que pida en oración lo recibirá (1 Juan 3:18-22).
            Estos son algunos versículos que pueden citarse del nuevo testamento, sin embargo, más importante que cualquier cantidad de versículos probatorios es el hecho de que el flujo total del nuevo testamento se mueve en este sentido. Uno o dos versículos pudieran ser malinterpretados, pero no se puede interpretar mal el tenor total de la escritura.
            ¿Hasta donde llega todo esto? ¿Cuáles son las implicaciones prácticas para nosotros los cristianos comunes y corrientes de hoy?
            Podemos estar seguros de esto: Dios nos enviara las lluvias de bendición tan pronto como comencemos a obedecer sus claras instrucciones. No necesitamos una nueva doctrina, ni un nuevo movimiento, ni una “clave”, ni siquiera un evangelista importado o un “curso” costoso para que nos muestren el camino. Esta claro delante de nosotros como una autopista de cuatro canales juntos. 
            A cualquiera que pregunte, le diría: “sencillamente haga lo que usted sabe que debe hacer a continuación, para poner en practica la voluntad del Señor. Si hay pecado en su vida, abandónelo. Apártese de la mentira, murmuración, deshonestidad o de cualquier pecado. Abandone los placeres mundanales, la extravagancia en el gasto, la vanidad en el vestir, en su carro, en su hogar. Póngase en armonía con cualquier persona a la que haya hecho algún mal. Perdone a cualquiera que haya actuado mal con usted. Comience a usar su dinero para ayudar a los pobres y llevar adelante la causa de Cristo. Tome la cruz y viva con sacrificio. Ore, de, asista al servicio del Señor. Testifique de Cristo, no solo cuando sea conveniente, sino también cuando comprenda que debe hacerlo. No considere el costo, ni tema las consecuencias. Estudie el nuevo testamento para conocer la voluntad de Dios y luego hágala tal como la comprende. Comience ahora, dando el paso siguiente y prosiga”
Tomado del libro "Sendas que conducen al Poder" de A.W. Tozer