El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, Mateo 17.22.
Veamos cinco motivos por la entrega:
1. Judas entregó a Cristo por treinta piezas de
plata a causa de su codicia; véase Mateo 27.3,4.
El terrible pecado de la codicia tuvo su
principio en el Edén, cuando Eva codició el fruto del árbol prohibido para
alcanzar la sabiduría; Génesis 3.6. ¡Cuán funestas fueron las consecuencias!
Ella se rebeló contra su Creador y llevó a su marido consigo a la ruina
espiritual. En su desarrollo la codicia engendra la avaricia, uno de los seis
pecados mayores que se nombran en 1 Corintios 5.11 que exigen la excomulgación
del culpable.
La
codicia alcanzó su mayor proporción cuando Judas traicionó al Salvador en manos
de sus enemigos. Cristo pronunció su maldición sobre Judas, diciendo: “¡Ay de
aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado!” Mateo 26.24. Le llamó
“el hijo de perdición”.
El apóstol Pablo denuncia el amor al
dinero, diciendo: “Las muchas codicias necias y dañosas hunden a los hombres en
destrucción y perdición”, 1 Timoteo 6.9. La codicia es responsable por más
crímenes que cualquier otro mal.
2. El motivo por el cual el concilio entregó a
Cristo en manos de Pilato fue la envidia; véase Mateo 27.18.
La envidia motivó el primer crimen fuera del Edén, cuando
Caín mató a su hermano Abel. En Proverbios 14.30 leemos que la envidia es
carcoma, o podredumbre, de los huesos. Hace sus funestos estragos entre jóvenes
y ancianos, sea en la familia, entre amigos o en la asamblea.
El colmo fue cuando los mismos judíos, gente de los más
elevados privilegios, fueron cegados por la envidia a tal extremo que
demandaron la destrucción por crucifixión de su verdadero Mesías. Ese acto les
costó la destrucción total de su ciudad y templo además de la matanza
despiadada de tantos de ellos y de sus hijos. Debemos orar y velar para que no
seamos tentados así.
3. El motivo de Poncio Pilato al entregar a Jesús
fue la conveniencia.
El no tuvo valor en sus convicciones. Pilato sofocó la voz
de su conciencia, sometiéndose al clamor popular. En Hechos 4.27 su nombre
aparece después del de Herodes en las filas de los que se opusieron a nuestro
Señor. ¡Infeliz hombre con su decisión fatal! Muchos son los que buscan la
salida más conveniente, aunque esté en pugna con su conciencia y su convicción.
Pilato se lavó las
manos en agua, diciendo: “Inocente soy yo de la sangre de este justo”.
Enseguida azotó a Jesús y le entregó para ser crucificado; Mateo 27.24,26. Fue
el primero en sacar la sangre, y el responsable por todo lo que nuestro amado
Salvador tuvo que sufrir. Se ve el peligro de apagar la voz de nuestra
conciencia y actuar contra nuestras convicciones, sea por complacer a otro o
por miedo de sufrir oprobio.
Habiendo notado el lado humano,
consideraremos ahora el lado divino en la entrega del Señor Jesucristo a la
muerte.
4. El motivo divino fue el amor.
“De tal manera amó Dios al mundo, que ha
dado a su Hijo”. “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que
Dios envió a su Hijo unigénito al mundo”, 1 Juan 4.9. En Hechos 2.23 leemos que
Cristo fue entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de
Dios.
Según Romanos 8.32 el
Padre no escatimó a su propio Hijo, sino que le entregó por todos nosotros. El
mismo versículo nos indica que su objeto fue el de darnos todas las cosas con
Cristo. Este amor de Dios en su inmensidad ha sido derramado en nuestros corazones
por su Espíritu que nos ha sido dado.
¿Cuál debe ser la reacción nuestra a un
amor tan inmerecido, inagotable, más ancho que el mar y más alto que el cielo?
Debemos amarle con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas
nuestras fuerzas y con toda nuestra mente; Lucas 10.27.
5. El amor infinito fue también el motivo por el cual
el Señor Jesucristo se entregó a sí mismo a la horrenda muerte de cruz. Dice el
apóstol en Gálatas 2.20: “... el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí
mismo por mí”.
El amor de Cristo es la
potencia mayor en la vida cristiana. Pablo pudo decir que el amor de Cristo nos
constriñe. Este motivo fue el secreto de la devoción dinámica y el servicio
incansable de aquel ilustre esclavo de Jesucristo. Produjo en él la carrera más
admirable en toda la historia cristiana.
“Si me amáis, guardad mis mandamientos”,
dijo el Señor. Si queremos descubrir en qué medida hemos alcanzado este
objetivo, consultemos 1 Corintios 13. La asamblea de Éfeso dejó su primer amor.
Demas abandonó al apóstol en Roma porque había cambiado el amor de Cristo por
el amor al mundo. ¡Qué negocio tan fatal!
Santiago Saword
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