Vamos a notar cinco pasajes bien conocidos en el Nuevo Testamento que presentan dos razones cada uno de por qué murió Cristo. Cada uno afirma que El murió (i) en bien de nosotros, y (ii) para realizar un propósito en nosotros. En otras palabras, cada versículo de los cinco dice primeramente que la muerte del Señor fue a causa de nuestros pecados, pero con algún objetivo por delante. El locomotor corre sobre dos rieles, y el cristiano tiene que reconocer dos aspectos de la doctrina de la salvación, que son (i) el devocional y (ii) el práctico.
1. Romanos
4.25: Jesús, Señor nuestro ... el cual (i) fue entregado por nuestras
transgresiones, (ii) y resucitado para nuestra justificación.
Este pasaje enseña el perdón y la
justificación. Uno no es perdonado si nunca ha sido culpable de una falta, pero
uno que es justificado está en una posición como si nunca hubiera cometido la
falta. Cristo hizo todo; sí, es cierto. Pero Dios espera que nosotros, como
consecuencia, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente; Tito 2.12. La
gracia viene de Dios, pero obra en nosotros.
2. Gálatas 1.4: Nuestro Señor Jesucristo, el cual se
dio a sí mismo (i) por nuestros pecados (ii) para librarnos del presente siglo
malo.
El gran tema de Gálatas es “la libertad con que
Cristo nos hizo libres”, 5.1. El proclamó en Juan 5.8: “Si el Hijo os
libertare, seréis verdaderamente libres”. Estamos sueltos de lo que nos atraía
antes: el mundo social, el político y el religioso. El afán de Pablo era de no
gloriarse en otra cosa que no fuera la cruz de Cristo. La actitud del mundo
hacia el Señor es, “Crucifícale”, y El murió para librarnos de ese mundo malo.
3. Tito 2.14: Nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo,
quien se dio a sí mismo por nosotros (i) para redimirnos de toda iniquidad (ii)
y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.
Nuestro Señor es el mercader
que halló una perla de gran precio — la Iglesia — y vendió todo lo que tenía y
la compró. Él fue celoso para redimirla, pero quiere que los suyos que son la
Iglesia sean celosos en su testimonio ante el mundo. Su último llamado en este
sentido fue el que dirigió a la iglesia de Laodicea, cuya condición era
deplorable. “Reprendo y castigo a todos los que amo”, advirtió, y mandó: “Sé,
pues, celoso, y arrepiéntete”.
El celo se ha definido como “fuego en el alma”. Cuando
Robert Stephenson presentó la primera locomotora de vapor, varios personajes
públicos asistieron al acto. Uno se atrevió a abrir la puerta del cilindro
donde estaba la candela, pero la cerró apresuradamente. El exclamó, “Ese animal
tiene fuego en sus entrañas; una vez que comience, ¡no habrá quién lo pare!”
Alguno le preguntó al inventor qué sucedería si una vaca atravesara la vía
ferroviaria, y él contesto, “¡Pobre vaca!” Esto es celo: fuego en el alma, y
Cristo murió para contar con un pueblo celoso de buenas obras.
4. 1 Pedro 3.18: Cristo padeció una sola vez (i) por
los pecados, el justo por los injustos, (ii) para llevarnos a Dios.
Somos salvos de la condenación, y para la
gloria. No seremos separados eternamente, y hemos sido llevados a Dios. En el
capítulo anterior de su epístola, Pedro ha dicho que Cristo llevó nuestros
pecados en su cuerpo; ahora dice que Él nos lleva a Dios. Somos salvos por la
resurrección de Jesucristo, 3.21, “quien habiendo subido al cielo está a la
diestra de Dios”.
5. Efesios 5.26,27:
Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, (i) para
purificarla ... (ii) a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa
...
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