capítulo 2 Los triunfos del amor de Cristo
Pablo había sido
consecuente. Su meta era la felicidad de los santos, y quería evitar una visita
a Corinto que conllevaría una reprensión que les provocaría angustia, ya que
empleaba la severidad y la reprensión con moderación. Si reprendemos mucho más
que alabamos, nuestra severidad pierde efecto, siendo descontada la reprimenda
por su frecuencia. Al reprender, Pablo lo hacía con amor, v. 4, y la única
reprimenda eficaz es la que se da junto con un abrazo amoroso.
Ellos
habían procedido a disciplinar después de la carta anterior, pero ahora eran
culpables de una severidad excesiva. La disciplina había sido realizada con
miras a la restauración del ofensor, y ahora debían manifestar una disposición
a perdonar. El cristiano debe estar siempre dispuesto a perdonar, así como ha
sido perdonado por Dios. Había dos peligros. Por un lado, una severidad
exagerada podría sucumbir al ofensor en desespero, v. 7, o por otro lado
Satanás podría aprovecharse de ella como oportunidad para ahuyentarle de la
comunión de los santos, v. 11.
En Troas
Pablo tuvo que tomar una de las decisiones más difíciles de su carrera. ¿Servir
a los pecadores o a los santos? ¿La salvación de almas o los intereses de una
iglesia carnal? El suyo era un ministerio doble: (i) el evangelio … del cual yo Pablo fui hecho ministro; y (ii) fui hecho ministro … para que
anuncie cumplidamente la palabra de Dios, Colosenses 1.23 al 25. Él se marchó
de Troas, y las oportunidades que presentaba, para atender a las necesidades de
la asamblea de Corinto. En ese momento, era más importante impedir que le
deshonren personas que eran llamadas por el nombre de Cristo que traer al
conocimiento de Cristo personas que no le habían recibido.
Tito le
había traído noticias de otro triunfo del amor de Cristo en Corinto y Pablo
daba gracias a Aquel que siempre lleva en victoria. La metáfora del v. 14 se
deriva de los generales victoriosos de Roma. El Conquistador Todopoderoso
estaba llevando a Pablo por la vuelta del mundo como ejemplo ilustre de su
poder para subyugar y salvar. El enemigo de Cristo era ahora el siervo de
Cristo. Estaba en una marcha triunfal, no meramente como uno que había sido
conquistado, sino como uno que estaba triunfando con Dios.
Los mismos predicadores
apostólicos se presentan como un olor, su personalidad fragante con Cristo, su
mensaje muy agradable para Dios. Le eran de un todo aceptables a Dios, aun
cuando algunos de sus oyentes estaban rumbo a la destrucción mientras otros se
salvaban, vv 15,16.
B.Osborne
No hay comentarios:
Publicar un comentario