viernes, 8 de abril de 2011

La Biblia - Resumen de Sus 66 Libros

1 Reyes


"Ninguna palabra de todas sus promesas que expresó por Moisés su siervo, ha faltado." 1 Reyes 8:56

Primera de Reyes introduce el reino de Salomón sobre Israel, un tipo del glorioso reino del Señor Jesucristo en su estado establecido de paz y prosperidad milenarias -no en sus conquistas poderosas. Su riqueza y gloria han sido sin iguales en la historia. A Salomón se le concedió el honor de construir el templo de Dios, un edificio de maravillosa magnificencia, el centro de la adoración y la unidad de Israel. Dios nunca ha autorizado, y nunca autorizará la construcción de ningún otro templo que no esté en la misma ubicación.
Pero Salomón fracasó tristemente en llevar la responsabilidad de tal honor. Aunque era creyente, su vida personal degeneró profundamente por matrimonios profanos y otros desenfrenos contrarios a la dignidad real. Y cuando murió, el reino de Israel fue cruelmente dividido en dos, con diez tribus rebelándose contra Judá y Benjamín. Esta escisión nunca ha sido sanada ni lo será hasta que el Señor Jesús asuma el trono en Israel.
Luego el libro se ocupa en gran parte de la historia de la sucesión de reyes que gobernaron sobre Israel, las diez tribus, en Samaria. Su reino pasaba de familia en familia a través de muchas conspiraciones y rebeliones. Esto era totalmente contrario a Dios, por supuesto, y ninguno de estos reyes parece haber sido creyente alguna vez. Los reyes de Judá (la línea de David) son mencionados también, pero con mucho menos detalle. El profeta Elías aparece en el capítulo 17, un testigo severo contra la maldad de Israel; y otros profetas también nos indican el hecho de los reyes que demuestran un fracaso.



2 Reyes


"Y los hijos de Israel hicieron secretamente cosas no rectas contra Jehová su Dios, edificándose lugares altos en todas sus ciudades." 2 Reyes 17:9


Este libro continúa la historia de los dos reinos separados, con el profeta Eliseo que substituye a Elías como testigo de Dios, ambos de verdad y gracia. Otros profetas también dieron testimonio y sufrieron por su fidelidad. El libro de Reyes da especial prominencia al ministerio de los profetas, en contraste con los libros de las Crónicas dónde los sacerdotes y los Levitas se hacen notar más a menudo.
Reitero, no se encuentra a ningún rey creyente en Israel (las diez tribus), a pesar de la gracia del profeta Eliseo. El aumento de la maldad en Israel lleva a que la tierra sea invadida por el rey de Asiria, quien los saca de su tierra y los lleva en cautividad. Desde esa época se ha perdido de vista a las diez tribus, y Dios solo sabe dónde encontrarlas y traerlas de regreso a su tierra, tal como Él lo hará en días venideros.
Judá continuó en la tierra por algún tiempo más, y los reinados de dos reyes piadosos, Ezequías y Josías, se yerguen de forma hermosa en contraste con la tendencia general decadente. Con todo, ambos reinos terminaron en la tristeza del fracaso humano; y con el tiempo, Judá fue llevado cautivo por los babilonios.
Este es otro libro de solemne amonestación en su aplicación a nosotros. Nuevamente enfatiza la equidad y la verdad al gobernar, mostrando que el verdadero lugar del hombre es uno de sometimiento completo, más que de prominencia y autoridad, las que en todos los casos demostraron sobrepasar la capacidad de los hombres -incluso de hombres piadosos- a quienes les fueron confiadas. ¡De qué manera todo esto clama por la venida del único verdadero y fiel Rey, el Señor de gloria!

 


1 Crónicas


"Oh Jehová, por amor de tu siervo y según tu corazón, has hecho toda esta grandeza, para hacer notorias todas tus grandezas."  1 Crónicas 17:19



Este libro es un resumen de las formas de la gracia de Dios para con Israel con referencia, principalmente, al reinado de David, el hombre según el corazón de Dios. Los dos libros de Crónicas son, por lo tanto, similares a Deuteronomio, ya que son una revisión desde el punto de vista de la gracia de Dios. El reino de Saúl ni siquiera es mencionado, sino solamente su triste final en la batalla. Porque Saúl es un tipo del hombre en la carne, que no puede recibir o ejemplificar nada de la gracia de Dios. David es un tipo de Cristo, en quien aquella gracia es preciosamente manifestada. Ninguna mención se hace de David reinando solamente sobre Judá, en Hebrón, por siete años y medio; sino solo se menciona su reinado sobre todo Israel; porque la gracia de Dios abarca a todo Su pueblo, no solamente a una parte.
Los manifiestos males morales que afectaron la casa de David son discretamente omitidos de la relación aquí: el grave pecado de David, el de Amón su hijo, y la orgullosa rebelión de Absalón. Por otra parte, mucho se dice de los preparativos de David para Salomón de los planes y de la gran provisión de materiales para la construcción del templo. Esto, también, fue para la demostración de la gloria y la gracia de Dios.
En consecuencia, la historia de David es vista aquí, no como una biografía del hombre, ni siquiera oficialmente como rey, sino como un tipo de Cristo; de modo que se muestran aquellos eventos en los que resalta más notablemente este carácter.

 

2 Crónicas


"Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra." 2 Crónicas 7:14


Aquí se continúa con el resumen lleno de gracia de las maneras de Dios en relación con los reyes. El magnífico reino de Salón es visto aquí tipificando de forma hermosa el reinado del Señor Jesús en la paz de la gloria milenaria. Por consiguiente, nada se dice de su grave desviación del camino de obediencia a Dios; casándose con muchas esposas y siendo mal influenciado por ellas.
Se debe tomar nota, sin embargo, de la división del reino en los días de su hijo Roboam, porque la gracia de Dios deja a un lado el gobierno de Dios. Se le prohíbe a Roboam intentar hacer volver de nuevo a las diez tribus por la fuerza. Las diez tribus establecieron un nuevo centro en Samaria y un nuevo rey, incluso no de Judá. Por consiguiente, ellos son mencionados en este libro solamente en relación con la historia de Judá; ya que la gracia de Dios sólo puede ser mostraba en relación con Su línea escogida, es decir, la línea del verdadero Mesías, el Señor Jesucristo. Esto destaca bellamente en las historias de Asa, Josafat, Ezequías, y Josías.
Una revisión así, que magnifica de tal manera los benditos consejos de la gracia de Dios, es un precioso indicio del carácter del tribunal de Cristo para el creyente. Si los libros de los Reyes nos muestran la desagradable historia del hombre, Crónicas, por otro lado, muestra de que forma la gracia de Dios trasciende el pecado del hombre.

jueves, 7 de abril de 2011

El Poder de su Resurrección

(Filipenses 3:10)



El apóstol Pablo quiere conocer al Señor Jesús por sí mismo y el poder de su resurrección. Hay en su resurrección un poder. Si uno de nosotros fuera resucitado, pero estando aún en este mundo, ¿tendría lazos con el mundo, deseos que lo llevarían a él? No; pero le gustaría estar en la gloria, puesto que nada impediría en él el desarrollo de los afectos del nuevo hombre. Estaría con anticipación en el cielo a causa de sus deseos y de sus pensamientos. Tal es el verdadero poder de su resurrección. Cuando el creyente ha comprendido, por el poder de la resurrección de Jesús, que ha resucitado y que todo lazo entre él y el mundo ha sido roto, experimenta la liberación. Cristo nos ha atraído con este fin. Estamos actualmente en nuestros cuerpos mortales y en un mundo al cual, si no velamos, pronto nos apegaremos. El poder de su resurrección tendrá por efecto hacernos olvidar “lo que queda atrás y extendiéndonos a lo que está delante” (Filipenses 3:13). Nos hace comprender, por medio del Espíritu Santo, el propósito para el cual fuimos salvos.
Todo lo que hay en el mundo nos impide hacer progresos espirituales. Tenemos que considerar que hay un poder positivo en la resurrección de Jesús. No debemos nada a la carne cuando ella reclama sus derechos, sino que tenemos el derecho de oponer la muerte de Cristo a las acusaciones de Satanás, y la resurrección de Cristo al atractivo de todas las cosas de la tierra. La vida de resurrección de Cristo está en nosotros, y no sólo sus efectos. Las cosas hacia las cuales esta nueva vida nos lleva constituyen nuestra vocación celestial. Lo que fortalece esta vida es el hecho de que nuestros afectos estén poderosamente atraídos hacia un Objeto. Tal es el verdadero poder de su resurrección. En Filipenses 3:18, los incrédulos que se decían cristianos no poseían este poder.
¿Caminamos en este mundo como resucitado, esperando el momento de entrar en la gloria? Para esto fuimos salvos por Cristo, y esto nos hace olvidar el mundo. Nuestro privilegio es poder olvidar todo lo que está atrás, aun nuestros progresos en la vida cristiana, y mirar adelante. Si deseo sólo a Cristo, estoy seguro de ganar; no necesito buscar otra cosa para sostenerme. Pueden haber pruebas, aflicciones, pero Dios se sirve de ellas para hacernos sentir mejor que tenemos todo en Él. Sadrac, Mesac y Abed-nego habían sido puestos sobre los negocios de la provincia de Babilonia (Daniel 3:12), es decir, habían sido engrandecidos en el mundo, no hallando en él más que ataduras. Formaban parte de la multitud que debía adorar a la estatua, pero sus circunstancias exteriores estaban tan a la vista que el rey del mundo no podía perdonar el hecho de que estuviesen tan decididos a no postrarse delante de la estatua. El mundo los echó al horno de fuego. Encontraron al Hijo de Dios y fueron librados de las ataduras que el mundo les había puesto. No temamos al fuego, ni a las pruebas y las cosas difíciles; al contrario, alegrémonos. Nos hacen encontrar al Señor Jesús.

miércoles, 6 de abril de 2011

Ociosos y sin fruto

“Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.”
“Si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.”
2 Pedro 3:18 y 1:8

En muchas ocasiones hemos insistido desde esta publicación, y nuevamente hacemos énfasis, sobre la necesidad del crecimiento espiritual. Crecimiento producido por el alimento que proporciona la Palabra de Dios y la contemplación de la persona del Señor Jesús, en la separación del mal, del mundo y de aquellos que deshonran Su nombre.
Pero, ¿de qué serviría crecer si no fuese para llevar fruto, traduciendo en hechos esta vida interior? Obras que sólo pueden provenir de la fe (Santiago 2:18; 1 Tesalonicenses 1:3); fruto resultante de la acción del Espíritu en nosotros (Gálatas 5:22).
¿De dónde proviene, pues, el hecho de que muchos de nuestros jóvenes sean tachados de ociosos y sin fruto? Quizá nos extrañen estos calificativos, puesto que, en lo posible, los jóvenes no dejan de asistir a las reuniones; cantan himnos, leen la Biblia e incluso la estudian; no les falta alimento. Al ver esto, nos alegramos, por supuesto. Pero éste es solamente un lado de la vida cristiana, pues, repetimos una vez más, es preciso crecer, y especialmente en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Es importante no estar ocioso y sin fruto en lo que se refiere a este conocimiento. La Palabra nos habla seriamente: “El que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados” (2 Pedro 1:9). ¿Qué falta, pues, a la “fe” y al “conocimiento” que ya existen, para que se manifiesten en obras y en fruto, es decir, para que nuestros jóvenes no estén ociosos y sin fruto?
El apóstol, de una manera sencilla pero contundente, declara: “Si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto”. ¿Qué son, pues, estas cosas?
La primera que hay que añadir a la fe personal es la “virtud”. No es suficiente creer en forma pasiva, es necesario demostrar en la vida práctica la valentía espiritual, la energía y el ardor que nos convierten en buenos soldados de Jesucristo. ¿Dónde ha llegado nuestro testimonio en este aspecto? Nuestra actitud como cristianos, ¿no es a menudo pasiva? Escuchamos, recibimos, no ponemos en duda las enseñanzas de la Palabra; pero ¿cuál es su efecto en nuestras vidas? Cuando nos relacionamos con la gente de este mundo, ¿se dan cuenta rápidamente de que somos hijos de Dios, o por el contrario, somos nosotros quienes los imitamos? Si el ambiente es hostil, ¿tenemos la valentía de nadar contra la corriente por medio de una actitud simple, limpia, reservada u osada, según convenga? Se necesita valentía, “virtud” para ser franco o para decir «no».
Al conocimiento es preciso añadir “dominio propio”, o sea, el control de sí mismo y la sobriedad; es decir, no dejarse influenciar o atraer por un medio mundano; no seguir los propios deseos si éstos van en contra de los pensamientos del Señor; saber disfrutar, como peregrinos, de los beneficios del camino, recibidos de su mano. Esto requiere una disciplina personal que no viene por sí sola, sino, como insiste el apóstol Pedro, “poniendo toda diligencia” (v. 5).
Perseverar en este camino no es fácil, se necesita la “paciencia”. Paciencia no quiere decir resignación, agachar la cabeza o aceptar tácitamente todo. A la paciencia hay que añadir la “piedad”: una relación de temor y confianza con Dios, una comunión práctica diaria que nos conducirá a andar junto al Amigo que es “más unido que un hermano” (Proverbios 18:24).
Y si es necesaria la separación del mal, si hay que purificarse de aquellos que enseñan el error, y de sus adeptos, no podría haber obra ni fruto, sin el “afecto fraternal” (1 Corintios 13). Aquel que se escude en su virtud, en su conocimiento, en su piedad, considerándose superior a sus hermanos, a los cuales está íntimamente unido por la misma vida y el mismo Espíritu, no podrá llevar fruto para Dios. La esterilidad caracterizará su marcha, su testimonio y aun su predicación.
“Y al afecto fraternal, amor”: el amor para el Señor, el amor para los hermanos, el amor para con todos los hombres. Amor irrealizable si no es con el sentimiento de haber sido amado antes. “Le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19).
“No os dejarán estar ociosos ni sin fruto...” El equilibrio producido en la personalidad por estas ocho cosas, unidas unas a otras, tendrá por resultado las “buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10), así como el fruto que se muestra exteriormente en el carácter, la actitud, la influencia, el ambiente que uno crea a su alrededor.
Al final de su carrera Jacob, considerando los ciento treinta años de su existencia, declaró: “Pocos y malos han sido los días de los años de mi vida” (Génesis 47:9). A la luz divina, ¿qué quedaba del largo camino recorrido? Jacob, ¿había producido obras o había estado ocioso en cuanto a Dios? ¿Había llevado fruto o había cumplido una actividad estéril para la eternidad?
Un día estaremos en la luz, donde todo será pesado en la balanza del santuario. Podemos llenar nuestro tiempo con obras, ocupar cada hora en ello; pero, llenar el tiempo ¿es llenar la vida? ¿No sería necesario dejar que un rayo de esta luz del santuario brillara más a menudo sobre nuestra marcha? Esto nos ayudaría a discernir si el alimento recibido, si el conocimiento adquirido, se traducen en obras de fe, en trabajo de amor, en constancia en la esperanza (véase 1 Tesalonicenses 1:3), o si más bien merecemos ser calificados de ociosos o sin fruto.

martes, 5 de abril de 2011

Epístola de Santiago.

Capítulo 3

En este capítulo la epístola vuelve a referirse a la lengua, el índice más dispuesto a revelar el estado del corazón y que muestra si el nuevo hombre actúa, si la naturaleza y la voluntad propia están refrenadas (v. 1-2). Pero en este capítulo no hay casi nada que precise comentario, aunque sí mucho que requiere un oído atento. Si la vida divina está en un alma, los conocimientos no se manifestarán en palabras, sino por el andar y por obras en las que será vista la mansedumbre de la verdadera sabiduría (v. 13). La amargura y la contención no son los frutos de una sabiduría que viene desde lo alto, sino de una sabiduría terrenal, de la naturaleza del hombre y del enemigo (v. 14-16).
La sabiduría que viene desde lo alto, la que posee su sitio en la vida, en el corazón, tiene tres características (v. 17). En primer lugar, es pura, pues el alma está en comunión con Dios, tiene intercambios con él (por eso tiene que haber esta pureza). Seguidamente es apacible, mansa, lista para ceder a la voluntad ajena, luego, activa para el bien y movida por un principio que extrae su origen y sus motivos de lo alto; ella actúa sin parcialidad, es decir, la acepción de personas y las circunstancias que influyen en la carne y en las pasiones no influyen en ella. Por la misma razón, la sabiduría es sincera y sin fingimiento.
           Las instrucciones para refrenar la lengua como primer impulso y expresión de la voluntad del hombre natural, se extienden en su aplicación a los creyentes. No ha de haber, en cuanto a la disposición interior del hombre, muchos maestros. Todos fracasamos, de manera que enseñar a otros y fracasar nosotros mismos es algo aun más digno de ser condenado, pues la vanidad puede alimentarse fácilmente al enseñar a los demás, lo que es muy diferente de una vida animada por el poder de la verdad. El Espíritu Santo da como le place. El apóstol se refiere aquí a la disposición en aquel que habla, no al don que puede haber recibido para hablar

lunes, 4 de abril de 2011

El Verdadero Discipulado

Capítulo 4: Los Discípulos son mayordomos (Leer Lucas 16: 1-13)

La parábola del mayordomo injusto fue presentada a los discípulos. En ella el Salva­dor sienta principios aplicables a los discípu­los de todos los tiempos. Después de todo, los discípulos de Cristo son esencialmente mayordomos, a quienes se ha confiado el cuidado de Sus pertenencias e intereses sobre la tierra.
Esta parábola está rodeada de dificulta­des. Aparentemente recomienda la deshones­tidad y los negocios ilícitos. Pero cuando se entiende con la debida luz, la encontramos sa­turada de enseñanzas de gran importancia.
En resumen, la historia es ésta: Un rico propietario encargó sus negocios a un emplea­do. Pasado mucho tiempo el amo supo que su empleado estaba despilfarrando su dinero. Inmediatamente le pidió una rendición de cuentas y le informó que quedaba despedido.
El empleado comprendió que su futuro era lúgubre Era demasiado viejo para hacer trabajo físico pesado y le daba vergüenza mendigar. Entonces encontró un sistema que le aseguraría tener amigos en los días venide­ros. Fue donde uno de los deudores de su amo y le preguntó: "¿Cuánto le debes a mi jefe?”. La respuesta fue: "Tres mil trescientos setenta y cinco litros de aceite". "Bien, dijo el empleado, paga la mitad y demos la cuen­ta por liquidada". Fue a otro de los deudo­res y le preguntó: "¿Cuánto debes?”. El deu­dor contestó "Treinta y dos mil kilos de tri­go". "Bien, entonces paga veinticinco mil y demos por cancelada la cuenta".
Aún más molesto que la acción del em­pleado deshonesto es el comentario que sigue:
"Y alabó el amo al mayordomo malo por haber hecho sagazmente; porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz" (Lucas 16:8).
¿Cómo hemos de entender esta aparente aprobación de prácticas deshonestas en los ne­gocios?
Una cosa es cierta. Ni su señor, ni nuestro Señor aprobaron sus prácticas sinuosas. Fue por esto mismo que lo destituyen Ninguna persona justa aprobaría el fraude y la infidelidad. Cualquiera que sea la enseñar de la parábola, no sugiere que el desfalco sea justificado.
Hay solamente una cosa por la que alaba al siervo injusto y es que haya planea su futuro. Dio los pasos necesarios para asegurarse que tendría amigos después que hubiera cesado en su mayordomía. El actuó para "después" en cambio de satisfacer su sola necesidad inmediata.
Este es el punto central de la parábola La gente del mundo toma estrictas medie a fin de proveer para los días venideros. Del único futuro que se preocupan es el de su vejez y sus años de jubilación. Por ello traba; diligentemente para asegurarse una situación cómoda cuando ya no sean capaces de trabajar en forma provechosa. Nada olvidan en búsqueda de la seguridad social.
En este aspecto los no creyentes son más sabios que los cristianos. Sin embargo para entender el por qué, debemos entender que futuro del cristiano no está en la tierra sino el cielo. Este es el punto crucial. El futuro para quien no es cristiano es el tiempo entre ahora y la tumba. Para el hijo de Dios es la eternidad con Cristo.
La parábola enseña entonces, que el regenerado es más sabio y precavido en s preparativos para su futuro en la tierra que creyente lo es en su preparación para el cielo.
Con esto en mente el Señor Jesús presenta la enseñanza práctica:
"Y yo os digo: Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para cuando éstas falten, os reciban en las moradas eternas" (Lucas 16:9).
Las riquezas injustas son el dinero y las demás posesiones materiales. Estas cosas podemos usarlas en ganar almas para Cristo. Las personas que nosotros ganamos por el adecuado uso de nuestro dinero aquí son llamad amigos. Viene un día cuando faltaremos (ya sea por la muerte o por haber sido llevado al cielo por Cristo en el arrebatamiento). Los amigos ganados por el correcto uso de nuestras posesiones materiales servirán entonces como un comité de bienvenida para recibirnos en las moradas eternas.
Esta es la manera como los fieles mayor­domos planean para el futuro, no gastando su corta vida en la búsqueda estéril de seguridad en la tierra, sino en un apasionado esfuerzo por verse rodeado en el cielo por amigos que fueron ganados para Cristo a través de su dine­ro. Dinero que fue transformado en Biblias, Nuevos Testamentos, porciones, tratados y otra lite­ratura cristiana. Dinero que fue usado para sostener misioneros y otros obreros cristia­nos. Dinero que ayudó a financiar programas radiales y otras dignas actividades cristianas. En suma dinero que fue usado para esparcir el evangelio por cualquier método. "La única manera en que podemos depositar nuestros te­soros en el cielo es invirtiéndolo en algo que va a ir al cielo".
Cuando el cristiano ve que sus posesio­nes materiales pueden ser invertidas en la salvación de preciosas almas, pierde su amor por las cosas. El lujo, la riqueza y el esplen­dor material le resultan baladíes. El ahora anhela ver que las riquezas injustas por obra de la alquimia divina se transformen en ado­radores del Cordero por siempre jamás. Está cautivado por la posibilidad de realizar una obra en las vidas humanas que produzca glo­ria eterna a Dios y eterna bendición a las per­sonas mismas. Siente algo de la sed de Rutherford:
¡Oh! si un alma de mi pueblo
me encontrara a la diestra del Dios Alto
mi cielo sería doblemente grato
allá donde Emanuel es el Dueño.

Para El todos los diamantes, rubíes y per­las, todos los depósitos en el banco, todas las pólizas de seguro todas las mansiones, yates y coches son riquezas injustas. Si se usan en nuestro beneficio, perecen con el uso, pero  usadas para Cristo, rinden dividendos a través toda la eternidad.
La forma en que tratamos con lo material es una prueba de nuestro carácter. El Señor enfatiza en el versículo 10:
"El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto también en lo más es injusto.
Aquí lo muy poco es la mayordomía de lo material. Los que son fieles son aquellos que usan estas cosas para gloria de Dios y bendición de los demás. Los injustos son los que usan sus posesiones para la comodi­dad, el lujo y los placeres egoístas. Si no se puede confiar en un hombre en lo muy poco (lo material), ¿cómo se le puede confiar lo mucho (mayordomía de lo espiritual)? Si se es inconstante con las riquezas injustas, ¿cómo se podrá ser fiel como ministro de Cristo y dispensador de los misterios de Dios? (1 Cor. 4:1).
Luego el Salvador da un paso más en su argumento.
"Pues si en las riquezas injustas no fuis­teis fieles, ¿quién os confiará lo verdadero? " v. 11).
Las posesiones terrenales no son verda­deras riquezas. Su valor es finito y tempo­ral. Los tesoros espirituales son las verdade­ras riquezas. Su valor no se puede medir y jamás se acaba. El hombre que no es fiel en el manejo de los bienes materiales no puede esperar que Dios le conceda prosperidad espi­ritual en su vida o tesoros en los cielos.
Una vez más el Señor amplía su argu­mento diciendo:
"Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo que es vuestro?" (v. 12).
Lo material no es nuestro. Pertenece a Dios. Todo lo que poseemos lo hemos reci­bido de Dios en mayordomía. Todo lo que podemos llamar nuestro, es el fruto de nues­tro diligente estudio y servicio en esto, o la recompensa por haber sido fiel mayordomo en aquello. Si hemos demostrado ser incom­petentes en el manejo de la propiedad de Dios, no podemos esperar el acceso a las verdades más profundas de la Palabra de Dios en esta vida o ser recompensados en la próxima.
Como clímax de su enseñanza, el Señor resume toda la parábola: en esta expresión:
"Ningún siervo puede servir a dos seño­res; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las rique­zas." (v. 13.)
No puede existir una lealtad dividida. El discípulo no puede vivir para dos mundos. El mayordomo o ama a Dios o ama a Mamón. Si ama a Mamón odia a Dios.
Y, recordémoslo bien, esto fue escrito a los discípulos, no a los que no conocen a Dios.

miércoles, 9 de marzo de 2011

NO DEBAÍS A NADIE NADA

No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros, (Romanos 13:8)

No tomemos este versículo como una prohibición general contra cualquier clase de deuda. En nuestra sociedad no podemos escapar de los recibos de teléfono, el gas, la electricidad y el agua Bajo ciertas circunstancias, es aconseja­ble que los discípulos compren su casa utilizando un crédito hipotecario, en vez de pagar la misma cantidad de renta mensual. Además, hoy en día es impo­sible hacer que un negocio prospere sir contraer algunas deudas.
Pero este versículo, sin duda, prohíbe otras prácticas. Por ejemplo, contraer deudas cuando hay escasa posibilidad e pagarlas o pedir dinero prestado para comprar un producto que se deprecia en su valor. Retrasarse en los pagos o inundarse de deudas para comprar artículos que no son esenciales. También prohíbe que nos rindamos a la tentación de gastar excesivo impulsivamente simplemente porque tenemos una tarjeta de crédito. Prohíbe malgastar el dinero del Señor pagando intereses exorbitantes por facturas sin pagar.
Este versículo está en las Escrituras para que no caigamos en las manos de acreedores apremiantes, para librarnos de problemas matrimoniales que a menudo se presentan por gastar excesivamente, y de los tribunales por quiebra o insolvencia, todos éstos son devastadores del testimonio cristiano.
Por lo general, debemos ser responsables de la manera en que manejamos nuestras finanzas y aprender a vivir modestamente dentro de nuestras posibilidades, recordando siempre que el que toma prestado es esclavo del que presta (ver Pr. 22:7).
La única deuda que siempre sigue vigente para el cristiano es la obligación de amarnos unos a otros. Estamos obligados a amar  inconverso y dar a conocer el evangelio (Ro. 1:14), así como amar los hermanos, y a poner nuestras vidas por ellos (1 Jn. 3:1, 6). Esto clase de deuda nunca nos meterá en problemas con la ley. Por el contrario, como Pablo dice, éste es el cumplimiento de la ley.

DIOS SE HIZO VISIBLE


Algunos dicen con ligereza: «Hasta ahora nunca he visto a Dios». Precisamente, ¿quién podría mirar cara a cara a aquel que dijo: me verá hombre, y vivirá"? (Éxodo 33:20).
Sin embargo, Dios se revela a los hombres, pues "las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas medio de las cosas hechas" (Romanos 1:20). Luego Dios se dejó ver y conocer en la perso­na de su Hijo Jesucristo. Varios siglos antes, la Biblia anunció la venida del Hijo de Dios a la tierra, pero la manera en que apareció no enca­ja con la lógica humana. Nació en un establo y no en un palacio; vivió de forma sencilla, humilde, y fue bueno con los demás. Algunos observaron que "no hay parecer en él, ni her­mosura", fue despreciado por sus contemporá­neos y no "lo estimamos" (Isaías 53:2-3). En su vida de perfección se acercó a las personas que lo rodeaban para escucharlas, aliviarlas y curarlas, mostrando así su amor por su criatura (Hechos 10:38). Y además, para salvar a los pecadores, murió en la cruz. Jesús, el Hijo de Dios, fue hombre sin dejar de ser Dios. ¿Quién podía imaginarse ver a un Dios tan poderoso tomar la condición humana para poder visitar a su criatura? ¡Qué profundo misterio! Ese men­saje está dirigido desde hace dos mil años a todos los que necesitan un Salvador. (Buena Semilla, día 14, Enero 2011)