jueves, 7 de abril de 2011

El Poder de su Resurrección

(Filipenses 3:10)



El apóstol Pablo quiere conocer al Señor Jesús por sí mismo y el poder de su resurrección. Hay en su resurrección un poder. Si uno de nosotros fuera resucitado, pero estando aún en este mundo, ¿tendría lazos con el mundo, deseos que lo llevarían a él? No; pero le gustaría estar en la gloria, puesto que nada impediría en él el desarrollo de los afectos del nuevo hombre. Estaría con anticipación en el cielo a causa de sus deseos y de sus pensamientos. Tal es el verdadero poder de su resurrección. Cuando el creyente ha comprendido, por el poder de la resurrección de Jesús, que ha resucitado y que todo lazo entre él y el mundo ha sido roto, experimenta la liberación. Cristo nos ha atraído con este fin. Estamos actualmente en nuestros cuerpos mortales y en un mundo al cual, si no velamos, pronto nos apegaremos. El poder de su resurrección tendrá por efecto hacernos olvidar “lo que queda atrás y extendiéndonos a lo que está delante” (Filipenses 3:13). Nos hace comprender, por medio del Espíritu Santo, el propósito para el cual fuimos salvos.
Todo lo que hay en el mundo nos impide hacer progresos espirituales. Tenemos que considerar que hay un poder positivo en la resurrección de Jesús. No debemos nada a la carne cuando ella reclama sus derechos, sino que tenemos el derecho de oponer la muerte de Cristo a las acusaciones de Satanás, y la resurrección de Cristo al atractivo de todas las cosas de la tierra. La vida de resurrección de Cristo está en nosotros, y no sólo sus efectos. Las cosas hacia las cuales esta nueva vida nos lleva constituyen nuestra vocación celestial. Lo que fortalece esta vida es el hecho de que nuestros afectos estén poderosamente atraídos hacia un Objeto. Tal es el verdadero poder de su resurrección. En Filipenses 3:18, los incrédulos que se decían cristianos no poseían este poder.
¿Caminamos en este mundo como resucitado, esperando el momento de entrar en la gloria? Para esto fuimos salvos por Cristo, y esto nos hace olvidar el mundo. Nuestro privilegio es poder olvidar todo lo que está atrás, aun nuestros progresos en la vida cristiana, y mirar adelante. Si deseo sólo a Cristo, estoy seguro de ganar; no necesito buscar otra cosa para sostenerme. Pueden haber pruebas, aflicciones, pero Dios se sirve de ellas para hacernos sentir mejor que tenemos todo en Él. Sadrac, Mesac y Abed-nego habían sido puestos sobre los negocios de la provincia de Babilonia (Daniel 3:12), es decir, habían sido engrandecidos en el mundo, no hallando en él más que ataduras. Formaban parte de la multitud que debía adorar a la estatua, pero sus circunstancias exteriores estaban tan a la vista que el rey del mundo no podía perdonar el hecho de que estuviesen tan decididos a no postrarse delante de la estatua. El mundo los echó al horno de fuego. Encontraron al Hijo de Dios y fueron librados de las ataduras que el mundo les había puesto. No temamos al fuego, ni a las pruebas y las cosas difíciles; al contrario, alegrémonos. Nos hacen encontrar al Señor Jesús.

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