viernes, 9 de enero de 2026

Potencial de fuerzas sobre fuerzas

 

Nuestra suficiencia es de Dios


No que seamos suficientes de nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia es de Dios. (2 Corintios 3:5)

Un proverbio callejero dice: “La pelea es peleando.” Cualquiera cree que es poca cosa, pero es una lucha que el creyente está librando en la gracia para alcanzar el objetivo, y Pablo nos demuestra en cuatro maneras el desarrollo:

·   Gran esfuerzo: “Pues tú, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús.” (2 Timoteo 2:1)

La idea parece de bajar frutos de un hermoso árbol cargado de deliciosas frutas, empinándose para bajar las más elevadas, pues el árbol no puede ser goleado, ni tampoco es permitido que los frutos caigan a tierra. (1 Samuel 3:19)

He aquí un cuadro de esforzarse de la gracia: comunión santa con Dios y frutos limpios para los hombres. La gracia de Dios es superabundante, pero el Señor espera la colaboración nuestra para derramar de su río lleno, abundante bendición que nos capacite para enseñar también a otros. (2 Timoteo 2:2)

·   Conforme a sus fuerzas: “Pues de su grado han dado conforme a sus fuerzas, y aun sobre sus fuerzas.” (2 Corintios 8:3)

Hubo grande expresión de su amor por medio de su contribución espontánea, pasando por una pobreza extrema y una tribulación terrible. Estos macedonios se dieron primeramente al Señor al saber que “en esto consiste el amor; no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó a nosotros y ha enviado a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.” (1 Juan 3:10)

Los macedonios llegaron a lo profundo de la filosofía “que no se puede amar sin dar,” pues Dios nos amó y nos dio al hijo de su amor. Parece que Pablo fue conmovido por tanta liberalidad de los macedonios y trató de persuadir a que ellos retirasen aquel sacrificio, pero los propósitos de los macedonios eran abnegados y puros: “Pidiéndonos con muchos ruegos que aceptásemos la gracia y la comunicación del servicio para los santos.” (2 Corintios 8:4)

¡Cuántos son estrechos en sus propias entrañas! No se disponen a sacrificar algo para el Señor. Han regateado con lo que no es de ellos, es del Señor. Entonces han establecido un hábito en su vida, la ofrenda para el Señor en el primer día de la semana es un real, o un bolívar, o dos bolívares, y más nada dan en pro de la obra de Cristo. Así pueden pasar muchos años sin entender que el Dios de toda gracia es el Dios de todas las cosas. El da todo lo que basta, para toda buena obra. (2 Corintios 9:8)

·   Con todas sus fuerzas: “En trabajos, en fatigas, en muchas vigilias, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez.” (2 Corintios 11:27)

Pablo consagró todas sus fuerzas físicas, mentales, morales y espirituales a la causa más noble que hay en el mundo. El amor a sus Señor le hizo renunciar en sus capacidades a todo aquello que pudiera darle ganancia según el mundo. Tuvo un desprendimiento de sí para vivir a Cristo y al cuidado de otros. Con todas sus fuerzas se empujaba como el buey, para agradar a Aquel que lo tomó por soldado. (Filipenses 3:7, 2 Timoteo 2:4)

Los peligros no lo detuvieron, las amenazas no lo acobardaron, la ingratitud de muchos no lo desanimaron. Los sufrimientos templaron mejor el acero de su carácter para hacerlo más útil al Señor y a su pueblo. Su consigna: “De ninguna cosa hago caso, ni estimo mi vida preciosa para mí mismo, solamente que acabe mi carrera con gozo y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios.” (Hechos 20:24)

·   Sobre sus fuerzas: “Porque hermanos no queremos que ignoréis de nuestra tribulación que nos fue hecha en Asia: que sobre manera fuimos cargados sobre nuestras fuerzas de tal manera que tuvimos en duda de la vida.” (2 Corintios 1:8)

La tribulación excedió a la capacidad humana, una carga doble a su peso. Estaban seguros de morir. Dios permite estas extremidades en algunos de sus hijos para que dependan exclusivamente de Él. En el problema que se vea el hijo de Dios, por más intrincado que sea, siempre hay lecciones de consuelos para que podamos consolar a otros.

Jeremías fue herido y puesto en el cepo por Pashur sacerdote. El profeta de Dios estaba en gran aflicción. (Jeremías 20:7-10) Con todo eso el Señor estaba con su siervo, animándole y consolándole: “Mas Jehová está conmigo como poderoso gigante; por tanto, los que me persiguen tropezarán, y no prevalecerán; serán avergonzados en gran manera, porque no prosperarán; tendrán perpetua confusión que jamás será olvidada.” (Jeremías 20:11)

Arrimémonos pues, más a Él, y nos dará de su caudal para hacernos vencedores. (Romanos 8:31-37)

Jose Naranjo

TEN CUIDADO DE TI MISMO… (1 TIMOTEO 4:16)

 El creyente en el Señor, es llamado a Una constante vigilancia de su vida espiritual. Le han sido entregados a su custodia, grandes caudales de riquezas, por los que tendrá que dar cuenta a su Señor cuando El regrese.

En Mateo capítulo 25 y verso 14, leemos: "Porque el reino de los cielos es como un hombre que, yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó SUS BIENES". Si alcanzamos a comprender lo que esto significa, realmente nuestra vigilancia sobre los intereses del Señor, sería, por cierto, sin negligencia de nuestra parte. Nos acordaremos de aquellas Palaras dichas por el Señor a la edad de los doce años estando entre los doctores de la ley: “¿NO SABÍAlS QUE EN LOS NEGOCIOS DE PADRE ME ES NECESARIO ESTAR?”. Por cierto, esto es una gran lección para todos nosotros en relación con los intereses de los entregados en nuestras manos. Esto demanda de nosotros, esfuerzo, trabajo constante, desvelos, lo que implicará ocupar el tiempo de tal manera que no habrá lugar en nuestros corazones para el enemigo. El apóstol Pedro en su segunda carta, capítulo 1 y versos 5 al 8, nos dice muchas cosas en las cuales debemos ocuparnos, cosas espirituales, para que pongamos en ellas toda diligencia, y termina diciendo: "PORQUE SI ESTAS COSAS ESTAN EN VOSOTROS, Y ABUNDAN, NO OS DEJARAN ESTAR OCIOSOS NI SIN FRUTOS EN CUANTO AL CONOCIMIENTO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO".

Ahora bien: hay algo en cada Uno de nosotros que se opone tenazmente a llevar a cabo los propósitos de Dios, la carne, la que es el gran aliado del enemigo exterior, lo que nos obliga a estar en constante vigilancia, y cuidar celosamente nuestra vida espiritual. ¡Cuántas derrotas que nos avergüenzan por descuidarnos y sentarnos a dormir plácidamente, mientras los demás están en el frente del combate! Que Dios nos libre de ello. Con razón nos dice el apóstol Pablo: "EN EL CUIDADO NO PEREZOSOS". (Rom. 12:11).

Siguiendo con nuestro texto, se nos enseña allí del cuidado que debe realizar cada creyente sobre sí mismo, y también de la DOCTRINA; en otras palabras, el creyente debe cuidar su vida espiritual para que esté a tono con la doctrina que ha recibido, para que ni la vida que le ha sido implantada, ni la enseñanza que ha recibido por medio del bendito evangelio, sufran algún deterioro, que sería de consecuencias funestas para el creyente, como también para los demás. “PUES HACIENDO ESTO, TE SALVARAS A Tl MISMO Y A LOS DEMÁS". ¿Cómo se podría hablar de salvación a los demás, si los resultados tan asombrosos del Evangelio no se manifiestan en el creyente? En vista de la necesidad nuestra, pensemos queridos hermanos en las palabras de nuestro amante Salvador: ''VELAD Y ORAD, PARA QUE NO ENTREIS EN TENTACIÓN”.

Otra figura, de la cual se ocupa el apóstol escribiendo a Timoteo en su segunda carta, es la del soldado. Como todos sabemos, un soldado es llamado a cuidar, vigilar, defender y salir al combate, y para ello necesita de mucha disciplina, como también coraje, pero nuestro texto se refiere al cuidado de la vida espiritual; si se es negligente en el cuidado de sí mismo, el enemigo le ataca por la parte más débil; este ser que es astuto y poderoso a la vez, tiene muchos años de experiencia, por tanto, tiene mucha ventaja sobre el creyente.

Desgraciadamente, muchos hijos de Dios se ocupan mucho del cuidado de esta vida, de su comodidad y confort. Si bien es cierto que son cosas necesarias para esta vida, debemos relegarlas a segundo lugar. Sabemos por la experiencia de creyentes, que en el aspecto natural fueron encontrados como lo fue el hijo pródigo, esto es, muy pobres; el Señor les salvó, pero luego su preocupación fue procurarse mucha comodidad material, y esto, a expensas de su vida espiritual, descuidándola completamente. Esto no es lo que tenemos en la enseñanza  del apóstol. “TEN CUIDADO DE Tl MISMO", nos habla de la vida espiritual más alta, vida que trae fruto para la gloria de Dios. Ojalá que las palabras del Señor en el Evangelio según Lucas, capítulo 21 y verso 34, sean una advertencia en este tiempo de tanto materialismo, que está invadiendo aún a las iglesias. "Y MIRAD POR VOSOTROS, QUE VUESTROS CORAZONES NO SEAN CARGADOS DE GLOTONERIA Y DE EMBRIAGUEZ Y DE LOS CUIDADOS DE ESTA VIDA, Y VENGA DE REPENTE SOBRE VOSOTROS AQUEL DIA" "TEN CUIDADO DE Tl MISMO".

E. Parada (Valparaíso, Chile).

DEUDORES SOMOS… (ROMANOS 8:12)

 Se dice que hay dos clases de deudas: Las pecuniarias y las moroles. Las primeras se pueden llegar a pagar; las otras, es imposible. Muchas veces escuchamos decir: "Le estoy eternamente agradecido". Puede ser verdad o no; lo cierto es que lo que no se puede pagar con ningún oro del mundo, es la “deuda de gratitud”.

Y ¿cómo es que se llega a contraer una "deuda de gratitud"? Un hombre fue sacado del agua cuando se estaba ahogando y, al recuperarse, preguntó quién lo había salvado. Al enterarse de quién lo había hecho, se dirigió a dicha persona con estas palabras: "Tengo una deuda muy grande con Ud. No vale todo mi dinero para pagar lo que ha hecho conmigo; le estoy inmensamente agradecido".

El apóstol Pablo empieza el cap. 8 de Romanos con estas palabras: "Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús" y prosigue con una serie de verdades maravillosas que hablan de un estado de triunfo del creyente; llega al clímax en el v. 12, cuando en una sublime reflexión nos dice: "Así que, hermanos, deudores somos", y enseguida nos advierte: "NO A LA CARNE". Es bueno recordar, una vez más, que el mundo y carne nunca nos dieron ni nos darán nada, a no ser tristeza y amargura. Pero estamos en mundo y, a sabiendas o sin querer, contraemos "deudas" o nos vemos comprometidos. El enemigo es muy astuto y va tejiendo en derredor nuestro los "hilos invisibles" que a veces se transforman en cadenas que nos impiden llevar una vida digna del Señor.

Hay un hecho significativo la vida de Abraham. Este había rescatado a Lot cuando iba camino del cautiverio y, al volver, dos personajes le salieron al encuentro: uno, Melquisedec, quién le bendijo, diciendo: "Bendito sea Abraham, del Dios alto, poseedor de los cielos y de la tierra" (Gén. 14:19) y en el v. 20 dice que "le dio Abram los diezmos de todo" Acto seguido aparece el segundo personaje: El rey de Sodoma (símbolo del mundo), diciendo: "Dame las personas, y toma para ti bienes” (v. 21). Tentador, ¿no cierto? Pero Abraham, que salió de Ur de los Caldeos con la promesa de Dios "serás bendición” (Gén. 12:2), no lo acepta por razón muy simple: "Porque no digas: Yo enriquecí a Abraham (Gén. 14:23). En otras palabras, no quería ser "deudor", aunque en cierto modo lo merecía, por su sacrificio con riesgo de su vida. Pero él no quería comprometerse y, además, porque pensó, tal vez, que se podría decir que "todo lo que tenía se lo debía al rey Sodoma". ¡Qué actitud tan hermosa la de Abraham! Actitud digna de un siervo que como él conocía los propósitos de Dios. Despreció lo terrenal y fue recompensado en lo espiritual, porque después Dios le dice: "Mira ahora a los cielos y cuenta las estrellas, si las puedes contar …, así será tu descendencia" (Gén. 15:5). Abraham era "deudor" a Dios porque Él lo bendijo grandemente; así lo sintió Abraham y en el momento supremo de su vida, ante el pedido de Dios, estuvo dispuesto a sacrificar a su único hijo. ¿Somos nosotros agradecidos a Dios? ¿Nos sentimos "deudores"? Dios ha hecho con nosotros algo maravilloso: cambió nuestras vidas por medio del sacrificio de su Hijo y somos llamados a ofrecer nuestros "cuerpos en sacrificio vivo" (Rom. 12:1). Sin embargo, muchas veces nos olvidamos de este imperativo y estamos dando al mundo nuestro tiempo, nuestra juventud, desechando las oportunidades que el Señor nos brinda para trabajar en su Viña. Pero sólo hemos de hacer algo cuando realmente nos sintamos "deudores".

En una oportunidad, el Señor pasaba cerca de Samaría. Diez hombres le salieron a su encuentro. Estaban en la misma condición, en el mismo estado: ¡Leprosos! El Señor sanó a los diez, pero solo UNO se sintió "deudor" y, en una actitud que deja ver su corazón agradecido, se postró a sus pies. La pregunta del Señor sigue siendo de actualidad: "¿Y LOS NUEVE DONDE ESTAN?" (Luc. 7: 17). Sí, ¿dónde están? Tal vez, en cierto modo, muchas veces nos parecemos a "los nueve": prosiguie ron camino del templo, de los sacerdotes, para cumplir con un formulismo y nada más, dejando a sus espaldas al que les dio la sanidad. Nosotros también solemos cumplir: vamos a las reuniones, pero no sentimos lo que este samaritano agradecido.

No experimentamos esa "deuda con el Señor" que NO SE PUEDE PAGAR. Sin embargo, hay una manera de canalizar ese anhelo. En Col. 3:15, leemos: "Y LA PAZ DE DIOS GOBIERNE EN VUESTROS CORAZONES... Y SED AGRADECIDOS".

Ojalá haya siempre en nosotros este sentir y no nos olvidemos que "Deudores somos", pero "NO a la carne ...

Rubén Rojas, Sana Doctrina 1970-103


La Mujer que agrada a Dios (4)


La Mujer en la Iglesia

Fay Smart y Jean Young

 Mucho se ha dicho y escrito sobre el papel de la mujer en la iglesia a través de los años y es obvio que no será posible llegar a fondo de un tema tan grande en el espacio disponible. Así que nos limitaremos a tres verdades básicas que son evidentes al estudiar la Biblia.

1.       La mujer y el hombre son iguales ante Dios en posición y privilegios espirituales

2.       La igualdad de posición no significa funciones y responsabilidades idénticas. Las diferencias sexuales existen y son importantes.

3.       El ministerio de la mujer es de gran importancia para el bienestar de la iglesia.

IGUAL…

El apóstol Pablo, pese a las acusaciones en su contra de ser antifeminista, demostró la misma actitud ante la mujer que su Maestro. Apreciaba el valor de la mujer y se acercó a un grupo de mujeres que oraba en Filipos (Hch. 16:13). Aceptó la hospitalidad de Lidia y estableció la primera iglesia europea en su casa. Mencionó a Evodia y Síntique como colaboradoras (Fil. 4:8, 4) y afectuosamente elogió a Priscila y Febe y a otras mujeres por su mucho trabajo y ayuda en el Señor (Ro. 16). Declaró inequívocamente la igualdad espiritual del hombre y la mujer: "Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Gá. 3:26-28), Varón y mujer tienen la misma posición delante de Dios. Justificados por la fe tenemos paz para con Dios, gozamos de su favor y misericordia y nos gozamos en la esperanza de la gloria de Dios (Ro. 5:1, 2). Declara la igualdad sin negar las diferencias. El judío sigue siendo judío; el griego, griego, y la mujer, mujer.

 

…PERO DIFERENTE

Las diferencias sexuales son obra de Dios en la creación y parte de sus propósitos. Dios tenía en mente distintas funciones y responsabilidades para el hombre y la mujer. Ambos son importantes en el desenvolvimiento de sus planes. En su soberanía, Dios asignó a cada una de sus criaturas un lugar particular en el universo. Al hombre le asignó un puesto de responsabilidad especial y a la mujer un papel complementario al del hombre (Gn. 2:18). No se trata de superioridad e inferioridad El orden y plan de Dios es, en resumen: igualdad de posición, pero diferencia en función.

Hemos observado que el Señor aceptaba y apreciaba el servicio de las mujeres, sin embargo, no escogió a mujeres entre los doce apóstoles; ninguna mujer estuvo presente en la institución de la cena del Señor; no leemos de mujeres misioneras ni hubo escritoras del Nuevo Testamento; tampoco leemos de mujeres líderes en las iglesias. Parece obvio que el lugar de líder, de prominencia pública, no es para la mujer, pero esto no quiere decir que el papel de la mujer es insignificante o de poco valor

EL MINISTERIO DE LA MUJER

Todo creyente, hombre o mujer, ha recibido dones espirituales para servicio en el cuerpo de Cristo. Todos son importantes para el bienestar de la iglesia local. Sólo cuando todos cumplen su función quedan satisfechas las necesidades del cuerpo entero (Ef. 4:16). Si creemos que no hay un servicio para nosotras en la iglesia, no es por falta de dones o de oportunidad, sino debido a nuestra esterilidad interna. Veremos más acerca de los dones espirituales y su uso en la lección doce.

En la lección seis vimos algo sobre el ministerio de la mujer en el Nuevo Testamento: su adoración, hospitalidad, enseñanza, buenas obras y trabajo en el evangelio. Hubo mujeres en el aposento alto en la reunión de oración después de la ascensión del Señor (Hch. 1:14). Probablemente estaban allí cuando descendió el Espíritu Santo (Hch. 2), Muchas mujeres fueron salvas en los primeros días de la iglesia (Hch. 5:14). Ellas fueron perseguidas al igual que los hombres (Hch. 8:3). Ellas aportaron valiosa ayuda a la expansión del cristianismo desde el Primer siglo. Un escritor dice: No hay ningún don, dado a la mujer, que no sea necesario en la iglesia y que no pueda usarse activa, creativa y bíblicamente para glorificar al Señor Jesús.

¿Qué significa eso de "usar bíblicamente"? Quiere decir que debemos determinar en base a todo el contenido y la enseñanza del Nuevo Testamento exactamente cómo quiere Dios que le sirvamos. Un soldado puede estar bien entrenado y completamente equipado, pero no debe actuar por iniciativa propia sino bajo la dirección de su comandante. En herramientas y utensilios leemos: Para mejores resultados siga las indicaciones del fabricante. Debemos conocer las instrucciones que la Cabeza de la iglesia nos da en la Biblia. No es propósito de Dios apagar los dones que él ha dado a las mujeres sino de crear un esquema dentro del cual puedan ser usados.

SUMISION A LA CABEZA

Los principios de señorío, sumisión y autoridad son evidentes en toda la Biblia, partiendo del orden de la creación. Adán fue formado primero, después Eva, El que fue formado primero lleva la responsabilidad de autoridad. La que fue formada después, de seguir y estar en sujeción, porque el hombre no procede de la mujer, sino la mujer del varón" (l Co. 11:8, 9). Algunas mujeres reaccionan a la defensiva en contra de la enseñanza del orden de la creación porque los hombres han presumido equivocadamente que prioridad equivale a superioridad. Esa no fue la intención de Dios.

El apóstol Pablo enuncia las bases de relación con la cabeza con toda claridad cuando dice: " Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo" (l Co. 11:3). Por lo tanto, son tres las relaciones que se derivan de la cabeza: (1) Cristo y el varón. (2) El hombre y la mujer. (3) Cristo y Dios. La subordinación evidente en cada uno de estos tres casos no tiene el propósito de rebajar a nadie. ¿Acaso Cristo es inferior al Padre que es su cabeza? Cristo jamás pensó que esto amenazara su personalidad y deidad.

Dios ha diseñado un lugar para cada una de sus criaturas. La autoridad y la sumisión son indispensables dentro de este diseño. Ya que Dios ha dado al hombre el lugar de autoridad, debemos aceptar el lugar que le ha dado a la mujer, con sus responsabilidades y privilegios. Y debemos aceptarlos con gozo sabiendo que la sumisión, en el designio del Señor, es para nosotras un medio de realización y bendición. ¿Estamos dispuestas a dejar que Dios sea Dios?

LA CABEZA CUBIERTA

I Corintios 11:3-16, pasaje que contiene esta enseñanza sobre la autoridad de la cabeza, nos indica que este principio de sumisión debe manifestarse en la iglesia por la cabeza cubierta de las mujeres. Cuando el varón aparece con la cabeza cubierta o la mujer con la cabeza descubierta, en una reunión de la iglesia, esto significa que rechazamos Y negamos la enseñanza divina sobre la relación entre Dios — Cristo hombre — mujer. Hemos visto que el hombre es la gloria de Dios. La autoridad de Dios no debe ser desafiada ni su gloria escondida. Por 10 tanto, la cabeza del hombre debe estar descubierta cuando cumple sus funciones en la iglesia. Asimismo, la mujer es la gloria del hombre, y esta gloria no debe manifestarse. La mujer debe estar cubierta para que sólo Dios sea glorificado.

¿Es el cabello de la mujer lo que debe cubrir su cabeza? Algunos  dicen que sí. Pero el lenguaje original, el griego, usa una palabra al hablar del cabello como cubierta (v. 15) y otra al principio para describir algo que se puede quitar y poner (vs. 4-7). La cubierta en estos versículos no puede ser el cabello porque si lo fuera, ¡sólo hombres calvos podrían desarrollar funciones en la iglesia!

¿Cuándo debe cubrir su cabeza la mujer? No hay acuerdo general en respuesta a esto, pero nos parece que lo debe hacer en toda reunión de la iglesia donde estén presentes los hombres.

¿Este requisito fue debido a las circunstancias especiales del primer siglo en Corinto o es aplicable también hoy? Tomemos nota de los argumentos del apóstol: (l) Fue un orden establecido por Dios, no por el hombre. (2) Su base se remonta a la creación y no se relaciona con una costumbre local, ni judía ni griega. Por lo tanto, este es un requisito fundamental y no lo afectan las circunstancias variables del tiempo y espacio. Dios determinó quién sería la cabeza en forma permanente. Reconocerlo y mostrar la sumisión que Dios requiere es algo que nosotras debemos hacer hoy si queremos agradar a Dios.

Rebeca tomó un velo y se cubrió cuando salió al encuentro de Isaac (Gn. 24:65-67), Este rito significa que reconocía a Isaac como Señor. Esta costumbre ya no tiene el mismo significado de sumisión en la cultura moderna, a lo menos en el occidente. Pero, en la ausencia de Otras maneras de expresar sujeción, ¿no conviene a la mujer cristiana mostrar con gozo la sumisión de su corazón al Señor cubriendo su cabeza? Que Dios nos dé la gracia de sumisión para que podamos mostrar a los hombres, y a los ángeles, el espíritu afable y apacible que es tan precioso para Dios.

La obra del Señor


 Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre. 1 Corintios 15:58


Este es un hermoso lema para todo obrero cristiano, ¡y todo cristiano es un obrero del Señor! Este lema nos presenta un equilibrio precioso para el corazón y proporciona una estabilidad inconmovible unida a una actividad incesante.

Algunos de nosotros somos tan estrictos con nuestros principios que nos da miedo involucrarnos en actividades cristianas importantes. Por otro lado, algunos de nosotros estamos tan dedicados a lo que llamamos servicio que no tememos transgredir los sanos principios con el objetivo de obtener resultados significativos.

Este lema nos ofrece un remedio divino para ambos extremos. Nos proporciona una base sólida sobre la cual podemos tener un propósito firme y una determinación constante, como se expresa en la primera parte de nuestro versículo. Además, comienza con la expresión así que, que redirige al alma a la base sólida de la resurrección descrita en los versículos anteriores de este capítulo. Sobre esta base firme, se nos insta a ser firmes y constantes. No se trata de un apego a nuestras propias ideas, sino de una comprensión firme de toda la verdad de Dios con Cristo resucitado como centro.

Sin embargo, debemos recordar el resto del lema. El cristiano debe crecer “en la obra del Señor siempre”. No debemos abandonar los sanos principios, pero nuestro trabajo para el Señor debe hacerse con diligencia. Es importante subrayar que se trata de la obra del Señor, y no la nuestra. Debemos ser conscientes de las actividades en las que participamos y, en esta era de voluntarismo y liberalismo, es esencial tener la autoridad de Cristo en nuestro servicio a él. La esfera del servicio es lo suficientemente amplia; solo está limitada por estas poderosas palabras que nos recuerdan que “la obra del Señor” le pertenece a él.

C. H. Mackintosh, El Señor Está Cerca 2025

La Salvación, Una Introducción (6)

 La adopción

 

Puntos clave

   La adopción nos incorpora a la familia de Dios.

   La adopción le confiere al creyente todos los privilegios de ser un verdadero hijo.

   Cristo ha sido el Hijo de Dios eternamente, mientras que el creyente es hecho hijo por medio de la adopción.

   El nuevo nacimiento enfatiza la nueva vida de un bebé en Cristo, mientras que la adopción enfatiza los privilegios y la responsabilidad de un hijo adulto.

El ejemplo de adopción más conocido en las Escrituras es Moisés siendo “adoptado” por la hija del Faraón (Ex. 2:10; Hch. 7:21)[1]. Él intercambió una vida de peligro por una de seguridad, y padres pobres por las riquezas de la familia real. Moisés había sido hijo de esclavos y llegó a ser hijo de un rey. Otro ejemplo es Ester, quien fue adoptada por su tío Mardoqueo (véase Est. 2:7,15). La experiencia de Moisés es una ilustración especialmente clara de la adopción del creyente como la enseña el Nuevo Testamento. Pablo usa la idea de la “adopción”, particularmente en Romanos y Gálatas, para describir la forma en la que Dios convierte a “hijos de ira” (Ef. 2:3; 6:4) en “hijos de Dios”.

No parece que existiera ningún proceso formal de adopción para Israel en el Antiguo Testamento. Cuando se escribió el Nuevo Testamento, la adopción era posible bajo las leyes griegas y romanas. Muchos emperadores romanos eran adoptados. Augusto, emperador cuando nació el Señor Jesucristo, era adoptado. También lo eran Nerón, Calígula y Adriano, por nombrar algunos. Hoy en día, si una pareja desea adoptar, debe pasar por un largo y minucioso proceso legal que generalmente cuesta mucho dinero. Cuando los hijos son adoptados, no sólo serán cuidados y criados, sino que también adquieren todos los derechos de un hijo biológico de la familia adoptiva. Esto es lo que significa la adopción en el Nuevo Testamento. La adopción describe cómo una persona que no tenía ninguna relación con Dios pasa a ser miembro de su familia y adquiere todos los privilegios y las responsabilidades de un hijo verdadero.

La adopción también se usa para contrastar la relación que los creyentes tienen con Dios y la que los israelitas tenían bajo la ley. Bajo la ley del Antiguo Testamento, Israel era como un siervo, mientras que, bajo la gracia, el creyente es como un hijo adoptado. La ley traía esclavitud, mientras que la gracia trae libertad.

Aunque somos descritos en las Escrituras como hijos de Dios, nuestra condición de hijos es distinta a la del Señor Jesucristo. Él siempre ha sido el Hijo, mientras que nosotros tuvimos que ser incorporados a la familia para obtener la condición de hijos. Él nunca fue adoptado. Aun así, la condición de hijo del creyente tiene algunas similitudes con la condición de hijo de Cristo. Él tiene una relación íntima con el Padre y asimismo el creyente puede disfrutar una estrecha relación con Dios. El hecho de haber sido guiado por el Espíritu demostró que Cristo era Hijo de Dios, y nosotros también, al ser guiados por el Espíritu, demostramos que somos hijos. Nuestra condición de hijos es una imagen débil de la condición de Cristo como Hijo de Dios.

 

ESCRITURAS CLAVE

Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios (Romanos 8:14-16).

Y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo (Romanos 8:23).

Que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén (Romanos 9:4,5).

Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo (Gálatas 4:4-7).

Habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:5).

CITAS CLAVE

La adopción conlleva…todos los privilegios…de ser independientes de ayos y tutores, y [la] libertad de un adulto. Por eso, al creyente se le manda “estar firme” en la libertad con que Cristo lo hizo libre y no estar “otra vez sujeto al yugo de esclavitud” (una evidente referencia al sistema legal o de méritos, Gl. 5:1). La adopción espiritual también impone la responsabilidad correspondiente a la madurez completa. Lewis sperry Chafer

La relación de adopción es diferente a la del nuevo nacimiento; por el último nacemos en el seno de la familia, pero la adopción nos da posición, derechos y privilegios en la familia. Somos hijos e hijas (2 Co. 6:18), pero ahora las hijas tienen todos los privilegios de ser “hijos”, algo que en los tiempos del Nuevo Testamento se les habría negado. Howard Barnes

Alan Summers

[1] Cuando tuvieron que abandonarlo, la hija del faraón lo adoptó y lo crio como su propio hijo. (Hechos 7:21 NTV)

 

La visita más estupenda de los siglos

 

Nos visitó desde lo alto la aurora, Lucas 1.78

A partir de la tarde de aquel funesto día cuando tuvo lugar la caída de nuestros primeros padres en el Edén, durante la cual su Creador les visitó para tratar el asunto de su pecado, y a lo largo de los siglos hasta el fin del Antiguo Testamento, hubo visitas de Dios a los hombres.


Por ejemplo, en los días de Noé Dios miró desde los cielos. Viendo la corrupción y la violencia que había en la tierra, anunció a su siervo su propósito de enviar el diluvio en juicio sobre todo lo creado. Posteriormente, encontramos la visita que hizo a Abraham, cuando le dijo en relación con Sodoma y Gomorra: “Descenderé ahora, y veré ...” Indagando sobre la terrible condición moral de esas ciudades, envió fuego y azufre y así destruyó totalmente a los impíos.

Leemos también que Dios apareció a su siervo Moisés, diciendo: “He descendido para librarlos [a su pueblo Israel] de mano de los egipcios ...”, ocasión en la cual efectuó juicio para los egipcios y redención para Israel. Y hubo así sucesivamente otras visitas en las dispensaciones pasadas, pero su mención no cabe aquí. Basta decir que fueron visitas breves.

En cambio, la que se señala en Lucas 1, versículos 67 al 79, fue una visita que duró casi treinta y cuatro años; fue la encarnación del eterno Hijo de Dios, la visita trascendental de toda la historia humana. Por su magnitud, sobrepuja a todo pensar humano, ya que, “indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne”. Es que aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros. Vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

De esta manera, el Creador y Sustentador del universo se identificó con nosotros como hombre pobre que sufría hambre, sed, cansancio y soledad. Hacía obras compasivas y hablaba palabras de gracia. El, siendo la luz, difundió luz en medio de las tinieblas.

Además, su visita fue muy diferente a las efectuadas por Dios para juicio sobre los antediluvianos y sodomitas, porque “no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”, Juan 3.17. Para lograr este objetivo sublime, fue preciso que sufriera los oprobios y tormentos, la ira de Dios y la muerte de la cruz con todos sus horrores indecibles. Consumada así la obra de la redención, Él fue sepultado, resucitó y ascendió al cielo donde está a la diestra del Padre.

¿Qué es lo que nos ha dejado El, finalizada ya su visita? Leemos que nos ha dejado:

Ø  su paz; Juan 14.27, 20.19

Ø  su palabra; Juan 17.8,14

Ø  su ejemplo, para que sigamos sus pisadas; 1 Pedro 2.21

Ø  la esperanza bienaventurada de su pronta venida; Juan 14.3

Ø  la fragancia de su nombre; Cantar 1.3

Ø  la promesa de su presencia con nosotros “todos los días” Mateo 28.20

Nosotros también nos encontramos en este mundo sólo “de visita”. Nuestra ciudadanía está en los cielos, Filipenses 3.20. Llegará un día en que saldremos de aquí para reunirnos con él, y por lo tanto conviene que pensemos en qué dejaremos atrás. Algunas posibilidades son:

Ø  el testimonio: ¿será bueno o malo?

Ø  obras: ¿será una abundancia de buenas obras, como Dorcas, u obras malas como las de Caín?

Ø  cuentas: ¿todo bien arreglado, no debiendo nada a nadie, o cuentas sin cancelar?

Ø  hijos: ¿serán convertidos y en la asamblea, o inconversos y en el mundo?

Ø  almas: ¿habremos ganado almas para Cristo, o habremos malgastado el tiempo?

Ø  un lugar: al abandonar para siempre nuestro asiento en el culto, ¿se notará nuestra ausencia, como en 1 Samuel 20.18, o no haremos falta?

Volviendo al tema, si el rey de gloria volviera a visitar esta tierra un día no muy lejano, sería para trasladar al lugar celestial a los creyentes, llevándolos al lugar que Él ha preparado. Cuando vino antes, nadie le preparó lugar; Él vivió como peregrino, y conocemos la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, por amor a nosotros, siendo rico, Él se hizo pobre. ¿Qué de esta vez? Nuestro lenguaje debe ser:

¿Y qué podré yo darte a ti

a cambio de tan grande don?

Es todo pobre, todo ruin;

toma, ¡oh Señor! mi corazón.

Santiago Saword