miércoles, 23 de febrero de 2022

El hombre cumplido

 

Integridad en el cristiano

            La integridad es virtud exclusiva de los sinceros de corazón, y es gracia que uno no se aprende en el colegio, ni en convento, ni es transmitida por tiernos sentimientos, pues es modelo de Dios que conoce los corazones.

            ¡Cuánto ejemplo de integridad le mostraría el rey Ezequiel a su hijo Manasés! Con todo, aquel hijo se inclinó a la perversidad. En cambio, una persona nacida de nuevo por recibir a Cristo como su Salvador personal experimenta un gran cambio en su vida. Antes era informal, inconstante, pero el Espíritu Santo le induce en su nuevo corazón a perfeccionar su carácter hasta ser íntegro en las diferentes facetas de su vida nueva.

            Cuando era muchacho trabajé en Valencia en una molienda de café. El dueño me hacía tostar por cada 46 kilos de café 20 kilos de maíz, a escondidas de la Sanidad. Después de molido, aquel hombre hacía una amalgama y, empaquetados, los sacamos en dos latas para ser vendidos al comercio. La propaganda de aquel hombre era: “Café del más puro caracolito, de tal modo que un jurado está elaborando una insignia de honor por la integridad de mi café.”

            Esto me hace pensar cuántos serían engañados con el programa de Ananías y Safira. Posiblemente me hicieron saber a algunos de los hermanos sus propósitos: Hay muchas viudas en la iglesia; los apóstoles son pobres; el Señor viene pronto; hemos resulto vender la hacienda y poner todo el producto a los pies de los apóstoles como lo hizo Bernabé. La gente estaría dando gracias a Dios por la liberalidad de Ananías. Pero delante de Dios no había integridad en ellos.

            Cuando David hablaba de su integridad, no lo hacía por petulancia. “Júzgame, oh Jehová, porque yo en mi integridad he andado.” (Salmo 26:1)

            Cuando hablamos de íntegro, pensamos en lo que es puro, entero, completo, lleno, todo. Atributos estos que sólo el Señor Jesucristo los cumplió. Él era puro en su carácter. Jamás dijo sí y no. Él era entero en su consagración. “Yo hago siempre lo que al Padre agrada.” (Juan 8:29) Él era completo, sin, pero: “Señalado entre diez mil ... todo él codiciable.” (Cantar 5:10,16) Él era lleno de gracia y verdad, de Espíritu Santo y de potencia, de humildad, de amor y de sabiduría. Él era todo en el pasado, todo en el presente, todo en la eternidad.

            Aunque en toda perfección humana hay defectos, por ahora quiero citar varios hombres en los cuales vemos su lado íntegro:

·  José y su integridad moral: “El dejó su ropa ... y huyó.” (Génesis 39:12)

            Muchos no han podido o no han querido luchar con la tentación. Prefieren perder el testimonio y llevar el vestido manchado. David fue uno. (2 Samuel 12:14) Rubén fue otro descalificado. (Génesis 49:34) En Corinto hubo otro que hizo llorar al apóstol Pablo. Y: “Tienes unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras.” (Apocalipsis 3:4)

·  Pedro y su integridad de conciencia en las finanzas: “Tu dinero perezca contigo.” (Hechos 8:20)

            Pedro no tenía dinero cuando el cojo le pidió limosna. Tampoco quiso dinero cuando Simón se lo ofreció. El codicioso hubiera dicho, “Esto me lo mandó Dios,” y hubiera explotado la mina que Simón le ofrecía. Balaam llevaba la codicia escondida en el corazón; pensaba que Dios iba a cambiar.

            Mucho daño hace la codicia escondida. Algunos, no contentos con lo presente, empiezan a jugar loterías, terminales, caballos, rifas, sanes, etcétera. Estos con sus licencias hacen apartar a otros del camino, y para ellos mismos es, “tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición.” (1 Timoteo 6:9)

·  Samuel y la integridad de su vida pública: “Nunca nos has calumniado ni agraviado, ni has tomado algo de mano de ningún hombre.” (1 Samuel 12:4)

            De muy pocas personas se puede hablar así; el testimonio del extraño y no de i propia boca. Hay cristianos con una especialidad en su espiritualidad de adaptarse al ambiente en su pureza que le es peculiar. Pablo se hizo siervo, se hizo libre, se hizo con ley (a los judíos), se hizo sin ley (a los gentiles). A todos se hizo todo, con el fin de salvar algunos.

·  Isaac y su integridad conyugal: “Había salido Isaac a meditar en el campo ... Tomó a Rebeca por mujer y la amó.” (Génesis 24:63,67)

            Fueron pocos los patriarcas que tuvieron una sola mujer. la integridad de Isaac consistía en dos baluartes poderosos: la oración a su Dios y el amor a su mujer. Sus riquezas no le inclinaron a extravagancias y usos indebidos. Cuando nuestros caminos están delante del Señor, no caben en el creyente las vacilaciones. Íntegros debemos ser en nuestros negocios y compromisos. “El que, aun jurando en daño suyo, no por eso cambia.” (Salmo 15:4)

·  Pablo y la integridad de sus convicciones: “De ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo.” (Hechos 20:24)

 

            Nada lo hacía volver atrás. Había puesto la mira en el blanco y hacia allá iba. Mucha era la oposición, pero seguía confiando en el que había prometido: “No te desampararé, ni te dejaré.” (Hebreos 13:5)

            Hay margen para creer que los que vuelven atrás, es porque no son íntegros. No llevan el poder secreto; son de corazón doble. Los pequeños obstáculos los miran como montañas insalvables. “No mires tras ti. Acordaos de la mujer de Lot.” Se íntegro en tu vocación a Cristo, para con tu patria, con tu familia, con tus amigos, con tu novia, con los que te fían, con y en tu trabajo.
José Naranjo

La hermosura del Señor

 

Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré: que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová y para inquirir en su templo. Salmo 27.4.


La casa

            La casa a la cual se refería David, al manifestar el anhelo de su corazón, era la tienda de campaña que levantó en el monte de Sión, donde colocó el arca del pacto al llevarla de la casa de Obed-edom a Jerusalén; véase 2 Samuel 6.17: “Metieron, pues, el arca de Jehová, y la pusieron en su lugar en medio de una tienda que David le había levantado; y sacrificó David holocaustos y ofrendas de paz delante de Jehová”.

            Él no estaba pensando en un templo con una gloria y hermosura material, sino en aquel lugar donde se hallaba presente su Dios y Señor. Allí David esperaba ver la hermosura del Señor mismo. Dios le concedió su deseo, pues sus salmos contienen muchas revelaciones preciosas de la hermosura del Señor que fueron experiencias transformadoras de su vida.

            Moisés en sus días clamó al Señor que le mostrara su gloria, Éxodo 33.18, y no solamente fue contestada su oración, sino que la gloria del Señor se vio reflejada en su rostro, 34.35. En el Salmo 90 — “una oración de Moisés” — su petición es: “Aparezca en tus siervos tu obra, y tu gloria sobre sus hijos, y sea la luz”. La Versión Moderna traduce las últimas palabras como “… sobre los hijos de ellos aparezca tu gloria”. Esta oración de Moisés va más allá de la petición de David; para él no es solamente ver la hermosura, sino que la misma estuviera sobre el pueblo de Dios.

            Para nosotros hoy día, la casa de Dios no es un edificio tangible sino el conjunto de creyentes. Donde éstos se congreguen en el nombre del Señor, El revela su hermosura a nosotros y en nosotros: “El Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”, 2 Corintios 3.17,18.

            No es una transformación exterior en la carne, sino una interior. Es obra del Espíritu Santo por la Palabra. De parte nuestra, miramos con cara descubierta, en actitud de franqueza, sin disimulación, permitiendo que la Palabra cual espejo nos revele lo que somos. La Palabra va revelando a Cristo, lo cual produce el cambio progresivo en nuestro ser interior.

            En Romanos 12 leemos: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios”. El diablo, la carne y el mundo son estorbos serios en esta transformación espiritual del creyente, pero con propósito de corazón, meditación en la Palabra, el ministerio del Espíritu Santo y la oración, el creyente puede prevalecer.

            El testimonio de Esteban delante de sus acusadores revela cuán influenciado era por las Sagradas Escrituras. Estas habían transformado su ser interior hasta tal punto que todos vieron su rostro como el de un ángel. También hay el caso de las potestades eclesiásticas quienes, habiendo examinado a Pedro y Juan, reconocieron que ellos habían estado con Jesús.

La reina

            El Salmo 45 nos introduce a Cristo como el Rey y como el más hermoso de los hijos de los hombres. La segunda parte del mismo se ocupa de la hermosura de la reina, o la que va a ser la esposa de él: “Oye, hija, mira, e inclina tu oído; olvida tu pueblo y la casa de tu padre; y deseará el rey tu hermosura; e inclínate a él, porque él es tu señor”.

            Notemos primero el oído conquistado. ¡Cuán necesario es oír su voz! Cuando el Padre dio testimonio de su Hijo en el monte de la transfiguración, añadió: “A él oíd”. Las ovejas del Buen Pastor oyen su voz y le siguen. Segundo, “Olvida tu pueblo y la casa de tu padre”. Esto nos enseña que nuestra relación con Cristo es superior a nuestros nexos naturales. Él es la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia, para que en todo Él tenga el primado. Tercero, “Deseará el rey tu hermosura”. Gozaremos de comunión con él. Cuarto: “Inclínate”. Aquí encontramos el alma conquistada, y la verdadera adoración.

            Luego vemos que ella es todo gloriosa adentro al llegar el momento de ser llevada al rey. No quedará nada del pecado adentro ni de la vieja naturaleza; no habrá mancha ni arruga por fuera. El Señor mismo transformará el cuerpo de nuestra bajeza, para ser semejante al cuerpo de su gloria. El vestido es de lino fino, limpio y brillante, “porque el lino fino son las justificaciones de los santos”, Apocalipsis 19.8. Así será aparejada la esposa para las bodas del Cordero.

            En vista de la proximidad de aquel momento glorioso, ¡cuánto nos conviene estar apercibidos! “Oh amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia que seáis hallados por él sin mácula, y sin reprensión, en paz”, 2 Pedro 3.14.

Santiago Saword

Figuras de Cristo (2)

 

La Sangre derramada en el Huerto de Edén

Génesis 3


            Dios permitió a Adán comer de todos los frutos en el huer­to de Edén, excepto el de un árbol especial. Este árbol se llamaba el árbol de la ciencia del bien y del mal. Dios dijo que Adán y su mujer morirían si desobedecían su mandato y comían del fruto de este árbol.

Satanás se acercó a Eva para tentarla. Él vino en el cuerpo de una serpiente y le habló a ella en el lenguaje del hombre. Hizo burla de lo que Dios había dicho y trató de persuadir a Eva para que comiera del fruto.

Eva había entendido el mandato de Dios que les había pro­hibido comer del fruto y aún tocarlo. Si ellos hacían esto, morirían, Génesis 3:3. Pero Satanás engañó a Eva. La mu­jer miró el fruto de aquel árbol y deseó mucho comer de él. Así que ella tomó del fruto y le dio también a su marido, Génesis 3:6. Así fue como ambos pecaron. Eva había sido engañada, pero Adán sabía lo que estaba haciendo cuando comió del fruto, 1 Timoteo 2:14.

Dios había dicho que ellos morirían si comían del fruto. Ahora Adán y Eva se dieron cuenta de que estaban desnudos y tomaron hojas para cubrir su desnudez. Ahora eran pecadores y se escondieron de la presencia de Dios.

Pero Dios los buscó y los encontró escondidos entre los ár­boles del huerto. Adán acusó a su mujer y Eva acusó a la ser­piente porque ellos sabían que serían juzgados por Dios. Pero Dios en su gracia proveyó un camino para salvarlos. Ellos merecían morir, pero Dios mató a un animal y vistió a Adán y a Eva con ropas hechas de la piel del animal muerto. El animal murió en lugar de Adán y Eva. Así, Dios en su misericordia, hizo posible la salvación para ellos.

            Aquí vemos otra figura de Cristo. El animal tenía que morir y derramar su sangre para que Adán y Eva pudieran vestirse con su piel. Las hojas que ellos habían tomado para vestirse no eran suficientes. Era necesario que ellos usaran las ropas que Dios les había proporcionado. Entonces, Dios pudo ver sobre Adán y Eva algo que representaba la redención, que le recordara que había habido un sacrificio.

Adán y Eva no murieron inmediatamente, aunque Dios los juzgó expulsándolos del paraíso. Él hizo que el trabajo del hombre en el campo fuera muy duro y permitió que la mujer tuviera grandes dolores en el parto. Adán y Eva vivieron un tiempo más, pero Dios no les permitió regresar al huerto del Edén. El no quiso que ellos comieran del fruto del árbol de la vida y ellos no merecían permanecer por más tiempo en el jardín del Edén, Génesis 3:24.

Hoy día los pecadores tratan de agradar a Dios con sus buenas obras y piensan que pueden ser salvos de esta manera. Estas buenas obras son como las hojas con las cuales Adán y Eva se cubrieron delante de Dios. Pero la paga del pecado es la muerte, Romanos 6:23 y el alma que pecare, esa morirá, Ezequiel 18:20.

Pero Dios ha preparado un camino de salvación. Su Hijo, el Señor Jesucristo murió en lugar de nosotros, como el animal murió por Adán y Eva en el huerto. El Señor derramó su sangre para pagar la deuda del pecado. Ahora, una per­sona necesita solamente aceptar a Cristo como su Salvador para tener paz con Dios.

W. A. Deans

Preguntas y Respuestas

 

1. ¿Cuál es la diferencia entre la clase de sacrificios que los sacerdotes de Israel ofrecían y la clase que ofrecen hoy los creyentes, que constituyen el sacerdocio de Dios en la actualidad?

àLos sacerdotes en Israel ofrecían a Dios sacrificios de Animales. Los creyentes (el sacerdocio de Dios hoy) ofrecen al presente sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo, así como también, dones materiales (1 P 2:5; He 13:15, 16).

2. Se ha dicho que «la adoración es el resultado del ejercicio del sacerdocio santo; y el ministerio es el ejercicio de los dones que el Señor ha dado a Sus siervos. La adoración procede del alma hacia Dios. El ministerio procede de Dios hacia el alma. Los sacerdotes santos han de ofrecer sacrificios espirituales». ¿Qué sucede cuando los creyentes no están ejerciendo su sacerdocio santo?

àHay una pobreza de adoración a Dios, viéndose así privado de la porción a Él debida. También hay en el alma una ausencia de aquel gozo que se sentiría si los creyentes estuviesen ejerciendo su sacerdocio como debieran.

3. ¿Qué cree usted de un creyente que se ausente voluntariamente de la Mesa del Señor para sevir al Señor en alguna otra parte?

àEl Señor no exige del creyente que ejecute a un tiempo dos cosas que conflijan la una con la otra. El Día del Señor es mejor acudir a la cita que tenemos con Él para recordarle en Su muerte.

4. ¿Se preocupa el Padre por hallar verdaderos adoradores?

àSí, el Padre está buscando adoradores verdaderos (Jn 4:23).

5. ¿Cómo dijo el Señor Jesucristo que debe ser adorado Dios?

à«En Espíritu y en verdad» (Jn 4:24).

6. ¿Cuál es el poder para la adoración cristiana?

àEl Espíritu de Dios. En Fil 3:3 leemos: «Porque nosotros somos la circuncisión, los que en Espíritu servimos a Dios, y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne».

7. ¿Cuándo está el creyente mejor preparado para dar a Dios el culto que Él merece y a los hombres el ministerio que necesitan?

àCuando su corazón esté tan lleno de Cristo que «su copa esté rebosando».

8. Cite un versículo en Mt 23, el cual demuestra que el Señor no desea que Su pueblo se divida en clases.

àMt 23:8: «Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo; y todos vosotros sois hermanos».

9. ¿Quién es la fuente de todo ministerio cristiano verdadero?

àEl Cristo glorificado y ascendido al cielo, la Cabeza de la Asamblea, es la fuente de todo ministerio cristiano verdadero (Ef 4:7).

Fred Wurst

MUJERES DE FE DEL ANTIGUO TESTAMENTO (2)

 

2. Sara

“Sin fe es imposible agradar a Dios”. (Hebreos 11.6)

La historia está en Génesis 11 - 23, Hechos 7.1-5, 1 Pedro 3.6 y Hebreos 11.11.


            Sara, la bella y distinguida esposa del patriarca Abraham, estaba sentada en su tienda de pieles de camellos. Algo muy extraño había sucedido aquel día y seguramente ella se quedó pensativa. Tres varones que ella nunca había visto antes llegaron al mediodía. A las órdenes de su esposo, Sara preparó panes para los visitantes y él les sirvió la comida. Leemos en Hebreos 13.2 acerca de hospedar ángeles sin saberlo.

            Dos de ellos eran ángeles, y el otro, el Señor Jesucristo mismo, en una maravillosa visitación antes de tomar cuerpo humano.

            Sentada a la puerta de su carpa, Sara oyó al Señor decirle a Abraham que en un año Él iba volver y para ese tiempo Sara tendría un hijo. “No puede ser”, pensaba Sara. “Yo tengo 89 años y mi esposo 99, y no es posible que yo pueda dar a luz al hijo que hemos esperado por tantos años”. Entonces ella se rio por incredulidad.

            El Señor le preguntó a Abraham: “¿Por qué se ha reído Sara diciendo: ¿Será cierto que he de dar a luz siendo vieja? ¿Hay para Dios alguna cosa difícil?” Sara lo negó, diciendo: “No me reí”, porque tuvo miedo. El Señor le respondió: “No es así, sino que te has reído”. Los visitantes se fueron, pero sin duda Sara siguió pensando en el Dios Todopoderoso, en sus palabras y en los años de su peregrinación.

            Ciertamente en su larga vida Sara había recibido muchas veces la intervención de Dios. El Dios de la gloria se le apareció a su esposo, Abraham, cuando ellos vivían en Ur de los caldeos, una ciudad de comercio y cultura. “Sal de tu tierra y ven a la tierra que Yo te mostrare”, dijo Dios. Entonces Sara, aparentemente sin queja alguna, se despidió de sus familiares y se puso en marcha con Abraham y los suyos. Dejaron una ciudad rica y cómoda para vivir el resto de sus vidas en carpas como extranjeros y peregrinos.

            La vida de Sara tuvo altibajos. Al salir de Ur, y luego de Harán, su manera de vivir era nómada: vivieron en Siquem, Betel, Hebrón, Berseba, Egipto y Gerar. Sara no podía tener hijos, sufrió de escasez, del peligro de las riquezas y de la separación de Lot. Cuando llegaron a Canaán, el país estaba poblado de gente pagana y los campos eran áridos.

            Dios hablaba directamente con Abraham, un hombre de fe, pero tanto él como Sara sufrieron por deslices. Parece que pasaron muchos años antes de que Sara llegara a ser “una santa mujer que esperaba en Dios”, como el apóstol la describe en 1 Pedro 3.5. En dos ocasiones Abraham le pidió a Sara que dijera una media mentira para proteger su vida, y ella lo hizo. La belleza de Sara les causó problemas a los dos.

Aunque las Escrituras enseñan que la esposa debe estar sujeta a su marido, si el hombre está envuelto en un engaño la mujer creyente nunca debe ser copartícipe. Sara colaboró con Abraham, mintiéndole a Faraón en Génesis 12 y también al rey Abimelec en Génesis 20. Parece que su pecado no fue confesado, pero Dios, en su misericordia, los protegió.

            Pero Sara era la esposa de Abraham, y Dios los había escogido para ser los progenitores de Israel, su pueblo terrenal. Pasaron diez años, Sara era estéril, y el heredero que el Señor había prometido todavía no había nacido. En vez de confiar en Dios y esperar su voluntad, ella sugirió una manera de apurar el asunto y conseguir un heredero diciéndole a Abraham que tuviera relaciones sexuales con Agar, su sierva egipcia. En vez de ser una ayuda idónea para su esposo, le dio

            Las consecuencias de esa impaciencia de parte de Sara resultaron en enormes problemas. Cuando Agar concibió y quedó encinta, miraba a Sara con desprecio y Sara le echó la culpa a Abraham. ¡Cinco mil años después de aquel hecho todavía hay enemistad entre los judíos descendientes de Isaac y los árabes islámicos descendientes de Ismael!

            No obstante, cuando Abraham tenía 99 años Dios en su gracia se comunicó con él otra vez y bendijo a Abraham y a Sara, prometiendo que ella iba dar a luz un hijo y que sería “madre de naciones”. Abraham se rio de gozo y poco después el Señor Jesucristo apareció en la entrada de la tienda de Abraham, en una visitación antes de su encarnación, y repitió la promesa.

            En 1 Pedro 3.6 se nos dice que Sara llamaba a Abraham “señor”, pero la única ocasión cuando hallamos eso fue cuando ella se rio y dijo: “¿Después que he envejecido tendré deleite, siendo también mi señor ya viejo?”

            No pierda la lección que el Espíritu de Dios solícitamente nos ha dado. En aquel momento cuando Sara ha fallado, Dios encuentra en ella algo que podía alabar: ella llamó a Abraham su señor.

            Por eso, al año siguiente, en el tiempo determinado por Dios, nació Isaac. Su nombre significa “risa” y Sara dijo: “Dios me ha hecho reír, y todos los que sepan se reirán conmigo”. A pesar de la incredulidad de Sara Dios cumplió su propósito en ella.

            Vemos que la vida de Sara es una historia de la gracia de Dios. “Por la fe la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido” (Hebreos 11.11). ¿Cuándo aprendió Sara a confiar de todo corazón en el Dios Todopoderoso? Tal vez fue aquel día cuando, con la mentira todavía en sus labios, ella oyó al Señor preguntar si había algo difícil para Dios.

            Sara murió antes que su esposo, a la edad de 127 años, y Abraham, el anciano patriarca, hizo duelo y lloró. Isaac también se entristeció por su muerte (Génesis 24.67). Además de ser una buena esposa para Abraham, Sara llegó a ser una verdadera mujer de fe en Dios. En Hebreos 11 el nombre de Sara aparece junto con los nombres de Abraham, Isaac y Jacob, quienes “esperaban una ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios”.

            Nosotras, creyentes en Cristo, somos llamadas a ser hijas espirituales de Sara al mostrar nuestra confianza en Dios, con un comportamiento suave y apacible, que es de mucho valor delante de Dios (1 Pedro 3.4).

Rhoda Cumming

ACERQUÉMONOS A ÉL

 


Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. (Hebreos 10:22)


Bien podemos detenernos ante este versículo y preguntarnos: ¿Cuánto conocemos de este “acerquémonos”, que implica entrar dentro del velo? De hecho, podemos saber algo de aquella otra exhortación que el escritor hace en el capítulo 4, cuando dice: “Acer­quémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcan­zar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (v. 16). Allí hallamos un refugio al cual huir en medio de las tormentas de la vida; sin embargo, este "acerquémonos” es diferente, nos incita a ir a nuestro hogar para disfrutar bajo el calor de Su amor.

Un refugio es un lugar al cual huimos en tiempos de tormenta. Un hogar es un lugar donde nuestro corazón halla descanso. Todos conocemos a Cristo como refugio, sabemos ir a Él en medio de nuestras dificultades, pero cuán poco lo conocemos como la morada de nuestros afectos. De hecho, Cristo es “escondedero contra el viento, y como refugio contra el turbión ... como sombra de gran peñasco en tierra calurosa” (Is. 32:2). Mientras atravesamos este mundo, con todo su sequedal, esterilidad y cansancio, es de gran bendición tener a Alguien a quien dirigirnos en búsqueda de aliento y descanso. Sin embargo, recordemos que, si solo huimos a Cristo como refugio en tiempo de tormenta, corremos el peligro de soltar­nos de su mano cuando las dificultades se acaben.

¡Ay! Esto nos sucede muy a menudo. Nos dirigimos a Él en la tormenta; lo olvidamos en la tranquilidad. Pero si nuestros afectos son atraídos a Él, justo donde Él está ahora, si vemos que su lugar en el cielo también es nuestro, entonces el cielo se convertirá en el hogar de nuestros afectos, el lugar donde podemos tener comunión con Jesús en una escena donde nunca entrará la sombra de muerte, y donde todas las lágrimas serán enjugadas.

Hamilton Smith

El Señor está cerca 2021

LA EPÍSTOLA A LOS EFESIOS (8)

 


VIII ¾ 5.21 al 6.24;

Algunas lecciones prácticas


            Ahora Pablo se dirige a lo que alguien ha llamado la cuestión de las relaciones terrenales en la familia celestial, introduciendo todo el tema con la exigencia, “Someteos unos a otros en el temor de Dios”, 5.21. Lo dice porque lo que escribe no es su propia exhortación privada, sino tiene la autoridad del Señor y por lo tanto cualquier desobediencia es una cosa seria.

            Habla de las esposas y los esposos, los hijos y los padres, los trabajadores y los patronos. La secuencia es significativa: primeramente, aquellos que se sujetan y luego aquellos a quienes se sujetan. No se aboga por una tiranía, sino por lo que aporta a una sociedad sana.

Esposas y esposos

            Las esposas deberían sujetarse a sus respectivos esposos como al Señor. Habrán leído en esta carta que Cristo es Cabeza en relación con la Iglesia, y de esta verdad pueden aprender la dirección del esposo en relación con su esposa. Así como la Iglesia debe sujetarse a Cristo en todo, también la esposa a su esposo. Desde luego, se trata de lo ideal, sin suponer que las obligaciones impuestas por el esposo sean contravenciones de los deberes divinos. Al contrario, Cristo es el Salvador (protector, resguardo) del cuerpo, y el esposo debería serlo para con su esposa.

            Por el otro lado, al esposo se le exige amar a su esposa, y tiene como ejemplo la devoción de Cristo a la Iglesia. Él la amó y se entregó a sí mismo por ella (la cruz) con el fin de que la santifique (hacerla santa), habiéndola lavado por el agua de la Palabra (una palabra hablada), 5.25,26. Así como la fuente de antaño fue diseñada para permitir a los sacerdotes lavarse ante ella, la Palabra de Dios está provista hoy día con el mismo fin, como aprendemos en Juan 15.3, 17.17.

            Se visualiza aquí lo largo de los tiempos, desde el comienzo de la historia de la Iglesia hasta su consumación.

en el pasado hay el amor y sacrificio propio de Cristo

en el presente hay su limpieza con el fin de que sea santa

en el futuro habrá su presentación a él, sin defecto ni indicio de vejez.

            El propósito de Dios habrá sido logrado a la postre; “nos escogió en él antes de la fundación del mundo”, 1.4; “presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa”, 5.27. Cristo y la Iglesia son como Cabeza y cuerpo, y por esto son uno.

            Esto aplica también al esposo y la esposa, y está confirmado por su unión física. Cada cual es una parte complementaria de una unidad. Por lo tanto, ningún tercero debe intervenir. Por la parte del esposo debe haber un amor devoto y singular, y por la parte de la esposa un temor sumiso, no en el sentido de terror, sino en reconocimiento del papel de su esposo como cabeza.

            Esto es contrario a las ideas que prevalecen en nuestros días cuando se insiste en la igualdad de la mujer con el varón. Pero estas pautas obligatorias no están en desacuerdo con la igualdad. Si la cabeza de Cristo es Dios (un hecho que no da a entender desigualdad, sino sumisión y dependencia), así debe ser en la unión conyugal.

            Es difícil comprender cómo alguien puede inquietarse por el hecho de que la Iglesia sea comparada a una esposa, en vista del pasaje que estamos considerando. El conjunto es un relato de “amor, noviazgo y matrimonio”, el amor mencionado en el versículo 25, el cuidado devoto, sustento y consuelo en el versículo 29, y los preparativos para el día de las nupcias se notan en el versículo 26 ¾ todo con miras a su presentación al Esposo (en este caso por Él mismo) en el cercano día de la cena del Cordero; Apocalipsis 19.7,8.

            Se ha sugerido que el lavamiento en el 5.26 es el bautismo, y la palabra hablada es la interrogación y la respuesta a la misma. Pero a la luz de Tito 3.5 (“por el lavamiento de la regeneración”) parece que se trata aquí de la regeneración.

            Pablo cita Génesis 2.23,24, mostrando que en la institución original del matrimonio Dios tenía en mente un secreto que está revelado ahora ¾un misterio divino¾ con respecto a Cristo y la Iglesia.

Hijos y padres

Así como en el caso de los cónyuges, donde se dirige primero a las esposas aun cuando el esposo existía antes, en el caso de su prole se dirige primero a los hijos aun cuando obviamente los padres tenían la prioridad. Los padres pueden esperar obediencia de parte de sus hijos solamente si sus mandamientos están de acuerdo con la voluntad del Señor; la obediencia exigida es “en el Señor”. La frase no quiere decir “padres en el Señor”. Si los padres van a ser honrados, ellos deben merecer la honra. Se reconoce que hay misteriosas excepciones al cumplimiento de la promesa que acompaña el quinto mandamiento (“Honra a tu padre y a tu madre ... para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra”, 6.2,3) y que sus explicaciones han sido escondidas de nosotros, pero en términos amplios la declaración aplica.

            El deber de los padres es negativo y positivo a la vez. Ellos no deben provocar, pero sí deben disciplinar a sus hijos por su conducta e instruirles en lo que necesitan aprender. Nunca más que hoy hacían falta estas directrices a los hijos y los padres.

Trabajadores y patronos

            Esta carta fue escrita en tiempos de esclavitud, y si bien ni el Señor ni sus apóstoles atacaron el sistema, sí enseñaban de tal manera que se creaba una atmósfera adversa a su sobrevivencia. En nuestros días de negociación laboral los principios siguen vigentes. El trabajador cristiano debe guardar su ojo puesto siempre en el Señor, con “temor” y “temblor” ante su palabra. Su motivo debe ser uno solo y su servicio para Cristo no más. Es indigno de nuestro elevado llamamiento que rebajemos el empleo al nivel de meramente complacer a los hombres.

            Nunca perdamos de vista que nuestras acciones son como el bumerang; ellas vienen de regreso y dejan su marca sobre nuestro carácter. Sea lo que hagamos “el bien” del 6.8 o “la injusticia” de Colosenses 3.25, sea del tipo que fuere ¾ “lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo”, 2 Corintios 5.10¾ todo recibirá de nuevo lo que se hizo acá. En esto no hay parcialidad; aplica a todos por igual, sean esclavos o libres, trabajadores o patronos.

La guerra cristiana

            Pasamos ahora al 6.10 al 20. La panoplia ¾la armadura entera¾ está provista por Dios. No se nos llama a hacerla, sino a tomarla y vestirla. La armadura es la divina provisión objetiva y nuestro uso de ella es la expresión subjetiva de la misma. Hay un enemigo sutil con quien nos enfrentamos mano a mano, y él emplea artimañas”, 4.14, o, si éstas no bastan, “dardos de fuego”, 6.16.

            No se trata de un choque físico, sino uno experimentado en la esfera de los espíritus que intentan robarnos de la realización de nuestro verdadero lugar en lo celestial. No nos atrevemos a entrar en la contienda en nuestra propia fuerza, pero vestidos de la armadura divina podemos ganar la victoria. Con todo, debemos estar preparados para el próximo encuentro: “habiendo acabado todo, estar firmes”, 6.16.

            Toda la armadura es defensiva excepto “la espada del Espíritu”, versículo 17, que es la palabra de Dios hablada (la palabra apropiada para la ocasión). Fue ésta que el Señor mismo empleó con efectos dramáticos al ser tentado en el desierto. No hay armadura para la espalda; Dios no hace provisión para fugitivos.

            Pero cuán fácilmente el enemigo puede ganar ventaja si el creyente carece de verdad y santidad en su vida, sin tener “ceñidos los lomos con la verdad”, y sin haber puesto “la coraza de justicia”, 6.14. Fácilmente sus agentes propagarán sus filosofías erróneas si el hijo de Dios no está dispuesto a comunicar “el evangelio de la paz”, versículo 15, Romanos 10.15. Cuán seguro está el creyente si está vestido del escudo tamaño cuerpo que es fe, la cual acepta y aplica sin reserva para sí todo lo que está encerrado en la fe.

            Dos veces se le ha dicho que él es salvo, 2.5,8, y que es por fe; ahora debe poner “el yelmo de salvación” que le protegerá de las inquietudes y dudas. En 1 Tesalonicenses 5.8 es “la esperanza de salvación como yelmo”, con miras a la ira venidera, cosa aún futura. Pero en el pasaje delante de nosotros es un hecho presente a ser apropiado y experimentado por fe. Y como un cubre todo hay la oración y súplica, constante y dirigida por el Espíritu, todo inclusive y específico, Efesios 6.18.19.

            Estas son instrucciones giradas a todos por igual en la Iglesia, y no solamente a esposos y esposas, padres e hijos, o patronos y trabajadores. Todos están en el campamento de Dios y están provistos de la armadura, porque hay el campo del enemigo también; “el maligno” no es superior en fuerza, pero sí es sagaz y violento. Es la suerte de todo creyente en toda parte. No hay nada local o parroquial en cuanto a este peligro.

            Pablo se describe como un “embajador en cadenas”, pero ninguna cadena para su cuerpo podía cerrar sus labios. Los santos deberían orar a favor suyo que le fuese dada expresión apropiada, para que hablara con denuedo (libertad de expresión) el misterio del evangelio. En capítulos anteriores hemos visto qué era aquel “misterio”. El “evangelio” no es una cosa limitada, restringida a sólo los puntos esenciales de la fe cristiana, sino abarca “todo el consejo de Dios”, Hechos 20.27.

            “Como debo hablar”, 6.20, son palabras que Pablo debería decir, ya que él reconoció un compromiso solemne que le condujo a decir en otra ocasión, “¡Ay de mí si no anunciare el evangelio!” 1 Corintios 9.16.

Palabras de conclusión

            Se concluye con una mención breve de Tíquico, quien entregaría la carta y su contenido precioso. Él era “amado” de parte de los creyentes y “fiel” delante del Señor, y les informaría personalmente acerca de la condición de Pablo y de esta manera consolaría sus corazones. Qué percepción del sentir comprensivo que ellos guardaban para el apóstol a quien, bajo Dios, debían su existencia como creyentes y como iglesia local. ¡Y cómo se sentía Pablo hacia ellos y cuánto deseaba su consuelo! ¿Acaso él también no necesitaba ser consolado?

“Paz” era el saludo común de los judíos y “gracia” el de los gentiles. Aquí Pablo menciona ambas, pero no yuxtapuestas, versículos 23 y 24. Ya había advertido a los ancianos que de entre ellos se levantarían algunos hablando “cosas perversas” y que penetrarían su compañía “lobos rapaces”, Hechos 20.29,30, pero él está confiado que hay aquellos que “aman a nuestro Señor Jesucristo con amor inalterable” ¾o, en sinceridad¾ y para los tales él desea paz, amor, fe y gracia.