domingo, 18 de agosto de 2024

Las últimas palabras de Cristo (8)

 JUAN 15 (CONTINUACIÓN)


La compañía cristiana (Juan 15:9-17)

En los últimos discursos del Señor hay una progresiva revelación de la verdad que prepara a los discípulos para apartarlos del sistema terrenal judío con el que estuvieron relacionados. Tenemos la introducción de la nueva compañía de cristianos, de origen y destino celestiales, que son dejados un tiempo en el mundo para ser los representantes de Cristo, del Hombre en la gloria.

Mientras escuchamos al Señor, haremos bien en recordar dos hechos que subyacen a toda la enseñanza de sus palabras de despedida. El primer hecho, que ante todo nos ha sido mostrado repetidas veces, es que el Señor dejaba este mundo para ocupar un lugar nuevo como Hombre en el cielo. El segundo hecho es que una Persona divina —el Espíritu Santo— venía a esta tierra procedente del cielo. La consecuencia de estos dos hechos en el mundo fue una compañía de creyentes, unida a Cristo en la gloria y unos a otros por el Espíritu Santo. A esta compañía representada por los discípulos se dirige el Señor con sus últimas palabras.

Habiéndoles revelado el deseo de Su corazón acerca de que llevaran fruto (como la expresión de Su carácter de amor) en un mundo del que Él se ausentará, ahora les presenta la nueva compañía cristiana en la que puede verse este fruto. ¿No queda claro que para que el fruto llegue a expresarse totalmente necesita de una compañía? Pues es evidente que muchas de las gracias de Cristo apenas pudrían expresarlas un solo discípulo aislado de los demás. La paciencia, la bondad, la amabilidad y los otros rasgos de Cristo solo pueden expresarse en la práctica cuando nos hallamos en compañía de otros. Al comienzo del versículo 13 se nos dice que durante la ausencia de Cristo están en la tierra aquellos que llama los Suyos, a quienes Él ama hasta el fin. El hecho de que Él los ama hasta el fin demuestra que a pesar de todos los fallos que cometan, existirán hasta el final. Vistos desde una esfera externa, podrán estar divididos y dispersos, pero forman una unidad bajo la mirada de Él. «El Señor conoce a los que son suyos». Felices aquellos creyentes que se regocijan en la compañía de los suyos. Si Cristo estuviera corporalmente presente en la tierra, a todos nos gustaría estar en su compañía, pero como no es así será de nuestro agrado estar con quienes expresan algo de Su carácter. Si en medio de toda la confusión de la cristiandad hallamos a unos cuantos que sin ninguna pretensión manifiestan algún rasgo moral de Cristo serán, sin lugar a dudas, muy atrayentes para el corazón que ama a Cristo, mientras que los sistemas religiosos de los hombres perderán su atractivo por su mucho humanismo y lo poco que tienen de Cristo.

Qué importante es, pues, que pongamos toda nuestra atención al pasaje que nos revela los elementos morales de una nueva compañía de cristianos que forman la asamblea de Cristo durante Su ausencia. Al hablar de la compañía cristiana, debemos tener cuidado de no reducir su círculo a un número limitado de cristianos, o de ampliarlo para incluir en él a quienes no son de Cristo.

 

vv. 9-10. La señal más importante de la compañía cristiana es el amor con el que Cristo la ama. Esta compañía será ignorada por parte del mundo, que la menospreciará y aborrecerá si le es conocida, pero será amada por Cristo. Y el amor con que la ama es de tal profundidad que solo puede medirse con el amor con que el Padre ama a Cristo. El Padre miró a Cristo como Hombre en esta tierra y le amó con toda la perfección del amor divino; y ahora Cristo, desde la gloria, mira a los suyos en este mundo para derramar su amor sobre ellos a través de unos cielos abiertos.

A estos les dice el Señor que permanezcan en su amor. El disfrute de sus bendiciones y el poder del testimonio que den dependerán de si permanecen conscientes de Su amor. Las palabras solemnes del Señor dirigidas al ángel de la iglesia en Éfeso («has dejado tu primer amor»), indican el primer paso en el camino que conduce a la ruina y a la diseminación de la compañía cristiana. Su declive final vino cuando cesaron de dar un testimonio unido para Cristo y el candelero fue quitado (Ap. 2:4,5). Cuando los cristianos andaban gozando del amor divino nada podía prevalecer contra su testimonio de unidad, pero en cuanto perdieron su primer amor por Cristo tras perder de vista el sentimiento del amor de Cristo hacia ellos, pronto dejaron de presentar un testimonio conjunto ante el mundo. Cuántas veces se ha repetido la historia de la Iglesia en compañías pequeñas de los santos. Si hay alguien que quiera responder a las palabras del Señor y continuar en su amor, que ponga toda su atención en las directrices que Él marca para el camino. A nosotros solo nos es necesario continuar en su amor andando en la senda de la obediencia. «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor». El niño que insiste en hacer su voluntad, desobedeciendo a sus padres, aprecia muy poco el amor que le dan y se pierde el poder gozarlo. Lo mismo sucede con el cristiano, que retendrá el gozo del amor del Señor si anda en obediencia a la revelación de su mente.

Nos mantendremos en el amor de Cristo lo mismo que si quisiéramos quedarnos al sol para recibir el calor de sus rayos. El amor de Cristo se basa en el camino de la obediencia, que brilla por toda la senda de sus mandamientos. El guardarlos no producirá más amor que el calor producido por los rayos solares si caminamos por un sitio soleado, y para ser justos, la exhortación no es la de buscar o merecer el amor, sino la de permanecer en él. El propio Señor fue el ejemplo perfecto de Aquel que holló la senda de la obediencia: «Yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor».

 

v. 11. El otro gran rasgo de la compañía cristiana es el gozo de Cristo. Dice el Señor: «Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido». No se trata de un simple gozo natural, y mucho menos del gozo del mundo. Se trata del gozo de Cristo que brotaba «de un sentimiento ininterrumpido de sentirse gozando del amor del Padre». Sin duda, todos tenemos alegrías terrenales que tienen su sanción de Dios y pueden disfrutarse en el tiempo y en su lugar, pero son alegrías que acabarán decepcionándonos. Las alegrías de la tierra cesan y sus glorias pasan, y el vino de la alegría terrenal se acaba. Se nos permite beber del arroyo en el camino, pero este se seca (Sal. 110:7; 1º R. 17:7). Sin embargo, existe una fuente de alegría en el creyente que salta para vida eterna y nunca se agotará. Así se refiere el Señor al gozo de lo que puede permanecer en nosotros. En realidad, se trata de un gozo que dura más que las alegrías pasajeras, que permanece y tiene su origen en el amor del Padre, igual de duradero que el amor del cual brota.

El gozo del que aquí habla el Señor no es solo duradero, sino que además dice a los discípulos que estará en ellos. Si está en nosotros, no es como el gozo de este mundo que depende de las circunstancias externas. El salmista decía: «Tú diste alegría a mi corazón, mayor que la de ellos cuando abundan en grano y en mosto» (Sal. 4:7). Los goces terrenales dependerán de lo que prosperen las circunstancias de fuera, pero las alegrías del Señor se llevan en el corazón. En sus circunstancias externas, el Señor fue un desechado y proscrito, el Varón de dolores experimentado en quebranto. En su senda de obediencia perfecta a la voluntad del Padre nunca se movió de la plena comprensión de su amor, y fue en el amor del Padre que halló una fuente constante de todo su gozo. Y nosotros también, en tanto que andemos en obediencia al Señor, permaneceremos en la comprensión de su amor, ante cuyo calor no solo hallaremos gozo sino también aquella plenitud que quita de nuestro camino la pena por el fracaso y la angustia por las cosas terrenales.

 

vv. 12-13. La nueva compañía se caracteriza por su amor. No solamente es amada, sino que también ama, pues este es el mandamiento del Señor: «Que os améis unos a otros, como yo os he amado». Es un amor que no debe confundirse con un modelo humano, con sus esporádicas manifestaciones de egoísmo, sino un amor que no tiene otra norma que la del amor del Señor por nosotros, en el que no hay rastro del yo. El Señor dice al respecto: «Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos». La muerte no es vista aquí en su carácter expiatorio, sino como la suprema expresión del amor. El amor terrenal se siente atraído con frecuencia hacia algún objeto agradable, pero el amor divino se eleva sobre nuestros fallos y flaquezas, y nos ama a pesar de todo lo desagradable que hay en nosotros. Este es el amor de Cristo, y el amor que deberíamos conservar entre nosotros. Un amor que no es indiferente a nuestros fallos y tachas, y que además cumple su objetivo de hacer el mayor de los sacrificios posibles pasando por alto todo cuanto tenemos de desagradable, dando la vida por un amigo. Como alguien bien dijo: «no puede darse mayor prueba ni mayor nivel de amor».

 

vv. 14-15. La compañía cristiana es una compañía depositaria de las ricas confidencias de Cristo y de los consejos secretos del corazón del Padre. El trato que el Señor da a los suyos no es meramente de siervos, a quienes se les da órdenes que cumplan, sino de amigos a los que se les comunica secretos: «Todas las cosas que le oí a mi Padre, os las he dado a conocer». No se trata de que no fueran siervos (2ª Ped. 1:1, Judas 1; Rom. 1:1), pero eran mucho más que eso. Eran amigos, y si el privilegio de que fueran siervos era grande, el de ser amigos era mucho mayor. El siervo, en calidad de siervo, «no sabe lo que hace su Señor». Solo conoce la tarea que se le asigna y recibe las instrucciones justas para que la acometa. El siervo que es tratado como amigo sabe más, pues recibe el propósito secreto del Maestro para el que trabaja y lleva a cabo la obra. Un amigo es alguien con el que hablamos de nuestras cosas sabiendo que pueden llegar a ser de su interés, aunque no vayan con él. Así es como Dios trató a Abraham, el hombre llamado el amigo de Dios: «¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer?» Vemos nuevamente que la obediencia de los mandamientos del Señor nos asegura el lugar de amigos bajo la misma premisa que anteriormente permitía conservar el gozo del amor. A menos que andemos en obediencia a los mandamientos del Señor, poco conoceremos los consejos del corazón del Padre. Si permanecemos en la senda de la obediencia, Él nos tratará como amigos.

 

v. 16. La compañía cristiana es una compañía escogida: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros». Estuvo de su mano el escogernos, no que nosotros le escogimos a Él. Y bien está que fuera así, pues si en un acceso de entusiasmo hubiéramos escogido nosotros al Señor como nuestro Maestro para dar fruto, al cabo de no mucho tiempo habríamos vuelto sobre nuestros pasos bajo la presión de las circunstancias. Personas voluntarias que en ocasiones se cruzaron en el camino del Señor, recibieron no poco estímulo que les permitió continuar el camino con Aquel que no tenía donde recostar su cabeza y era el escarnio de los hombres. Pero de aquellos a los que Él llamó, dice: «Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas». Sin duda alguna, aquí no se trata de ninguna cuestión de la elección soberana para la vida eterna, sino del amor que nos escogió y nos ordenó para poder llevar un fruto en la tierra que fuera duradero. Un bendito cumplimiento de esto lo encontramos en los apóstoles, pues la gracia de Cristo que se expresó en sus vidas los ha puesto como ejemplo del rebaño en todas las épocas.

Por último, la compañía cristiana depende de la oración para tener acceso al Padre en el nombre de Cristo. Gozando de su amor, y siendo admitida a las confidencias de Cristo y sus amigos, empiezan a ser instruidos en su mente, de modo que todo lo que pidan al Padre en el nombre de Cristo Él se lo dará.

Acabamos de ver cómo debe ser el círculo cristiano según la mente del Señor. Todo lo que en él es de Cristo puede conocerse y disfrutarse, pues no cabe duda de que estas palabras brotan dulcemente de los labios del Señor: «mi amor, gozo, mis mandamientos, mi Padre, mi nombre, etc.…». Aquí también se encuentra, como alguien ha dicho, «la completa historia del amor reflejada en el amor del Padre por su Hijo, en el amor de Jesús por su pueblo y en el amor de su pueblo entre sus miembros, marcando cada etapa del mismo la fuente y la pauta para la siguiente».

El cuadro que forma la compañía cristiana, cuya representación da aquí el Señor, es de lo más hermoso, pero es en vano que nos esforcemos en encontrar entre todo su pueblo cualquier expresión de los deseos del Señor. Sin embargo, e incluso dispersados como estamos y divididos, no vayamos a dejar que nuestro camino lo ordenen otras normas que no sean las que nos permitan, a cada uno, buscar responder individualmente a la mente del Señor.

 

v. 17. «Estas cosas» de las que habla el Señor fueron introducidas con el amor de Cristo a los suyos, con el fin de unirlos en un amor unánime los unos por los otros. Así es como podemos apreciar lo oportunas que son las palabras del Señor: «Esto os mando, que os améis unos a otros».

H. Smith


EL MANDAMIENTO NUEVO ES EL MANDAMIENTO ANTIGUO

 Lo nuevo place y lo viejo satisface


                   Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. (Juan 13:34) Ahora te ruego, señora, no como escribiéndote un nuevo mandamiento, sino el que hemos tenido desde el principio, que nos amemos unos a otros. (2 Juan 5)

Desde la antigüedad el hombre es inclinado a las cosas nuevas. “De los atenienses y residentes allí, en ninguna otra cosa se interesaban, sino en decir o en oír algo nuevo”. (Hechos 17:21) Lo que ha preocupado al mismo cielo es que desde la antigüedad como en el presente de la iglesia muchos de los santos no se han conformado con las sendas antiguas, se han dado a apetecer las innovaciones que hacen mucho daño al testimonio colectivo de la iglesia y a la espiritualidad del creyente. Lo nuevo siempre tiene la tendencia de encandilar, tentar, atraer, emocionar; por esto millares y millares atraídos por lo nuevo han fracasado, han caído en los escollos, se han estrellado en el parabrisas como las luciérnagas fascinadas por la luz. Siempre recuerdo el proverbio: “Lo que es nuevo no es verdadero, y lo que es verdadero no es nuevo”.

El primer hombre inducido por lo nuevo fue Caín, quien se apartó del camino y de la doctrina enseñada por Dios en el Edén; ignoró la sangre como base principal para la remisión del pecado. La escuela de Caín ha tenido muchas inscripciones; muchos han sido graduados y son maestros; éstos se llaman modernistas. Se burlan de los que enseñan la sana doctrina, y de los que practican la sangre de Cristo derramada por la limpieza del pecado. Dicen que es la religión del matadero. Es tal que en la Versión Popular del Nuevo Testamento eliminaron la palabra sangre en algunos textos: Mateo 16:17, Hechos 5:28, Colosenses 1:14,20. Con esto basta para indicar que el tiempo es apremiante. Hemos llegado a los días del cuidado personal. Pablo encargó a Timoteo: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina”. (1 Timoteo 4:16) En días pasados una hermana se encontró con otra que se fue a la diversa doctrina, al reclamarle su descarrío. La disidente le dijo: “Ahora es que estamos gozando y tenemos libertad”.

Esto me lleva a pensar en otros sujetos amantes del cambio y el nuevo orden: Estos vieron la congregación bajo un gobierno y estrecho; se juntaron contra Moisés y Aarón y les dijeron: “Basta ya de vosotros porque toda la congregación, todos ellos son santos, y en medio de ellos está Jehová; ¿por qué, pues, os levantáis vosotros sobre la congregación de Jehová?” (Números 16:3) Coré quiso adelantarse a Laodicea, que significa ‘gobierno del pueblo’. Hay algunos que están diciendo por ahí: “La mesa es del Señor, y nadie puede prohibir que en verdadero creyente participe de la mesa del Señor; nadie puede poner la mesa del Señor a círculo cerrado”. Así me dijo uno en días pasados porque le reclamé la carta de recomendación. Sépase: la mesa del Señor es para los que están en comunión en su asamblea local, o trae su carta de recomendación de otra asamblea reconocida. Es notable que el Señor mismo fundara ese círculo cerrado, pues la noche que Él fue entregado el número de discípulos pasaba de cien, y sólo convidó doce discípulos para establecer la cena del Señor. ¡Cómo confunden estos modernistas el amor puro! Cuando uno muestra su celo por la santidad y dignidad del Señor, por la obediencia a su palabra, lo primero que dicen: “Allí no hay amor”. Ah, su propio corazón los engaña: “Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa”. (Santiago 3:16)

Balaam era muy astuto; era ducho en el refrán. “Lo nuevo place y lo viejo satisface”. “Enseñó a Balaac a poner tropiezos ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos y a cometer fornicación”. (Apocalipsis 2:14) Imagínese usted el atuendo que aquellas moabitas prepararon para tentar a los israelitas, ante cuyos ojos se mostraban cosas nuevas fascinantes. Como se bajaron de sus alturas, profanando su corona de separación para juntarse e imitar a un pueblo sin moral, idolatría, sin ningún conocimiento del Dios vivo y verdadero.

Por las calles de las ciudades, en las plazas públicas, en las vidrieras de exhibición, en el trato social, en el gremio laboral, en el con discipulado escolar, hay millares y millares de moabitas, y, desgraciadamente, hermanos y hermanas caen en inmoralidad con ellos, e imitan sus modas nuevas de año en año. La mujer apetece tanto la moda nueva, que se llega la moda “sapo”, es decir, poner el tacón del zapato debajo de los dedos del pie, ella se lo pone y la hermana evangélica también.

Los gálatas tuvieron la dicha de oír el evangelio predicado con gran fervor y poder, como si Jesucristo hubiese sido crucificado entre ellos, Gálatas 3.1. Pablo con una enfermedad en su cuerpo les anunció el evangelio con gran denuedo en el espíritu, Gálatas 4:13 al 15. Poco tiempo después, en ausencia de Pablo, los gálatas oyeron una voz nueva, una doctrina nueva, un evangelio nuevo: el evangelio social que libra del vituperio de la cruz de Cristo, Gálatas 6:12; el evangelio ecuménico. ““e puede beber unas copas sin permitir embriagarse; se puede ir al cine dos veces a la semana; se puede bailar sin llegar a la media noche; se puede ir a la misa para alcanzar a los romanistas para el evangelio. Jesucristo estuvo en las bodas de Caná y patrocinó el vino para que la gente gozase; fue a muchas comidas para predicar y alcanzar a los pecadores”.

¿Qué les parece el nuevo evangelio? “Otro evangelio”. En fin, hermano, se acerca un año nuevo; ¿qué va a hacer, inclinarse más al evangelio social, o permanecer en el mandamiento antiguo?

José Naranjo


MUJERES DE FE DEL NUEVO TESTAMENTO (5)

 


Una Mujer que vino



Cada uno de los escritores de los cuatro Evangelios relató la historia de María de Betania ungiendo al Señor Jesucristo. La historia de Lucas 7 es diferente y sucedió más temprano en el ministerio del Señor. No sabemos el nombre de esta mujer ni nada más acerca de ella, solamente que era pecadora. En vez de ponerle como título a este capítulo “Una mujer pecadora”, lo llamamos “Una mujer que vino”, porque el Salvador dijo: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6.37).

Un fariseo llamado Simón invitó al Señor a comer en su casa. La costumbre era quitarse las sandalias al llegar a una casa y reclinarse con las piernas extendidas hacia atrás cuando uno comía a una mesa. Los pies de los huéspedes eran lavados al llegar.

Jesús estaba a la mesa cuando llegó aquella mujer. Parece que la mujer ya había oído los mensajes del Salvador cuando Él le decía a la gente a su alrededor: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”, y ella había recibido el perdón de sus muchos pecados. Al saber que Jesús estaba allí, ella entró, llevando consigo su frasco de alabastro con un perfume costoso.

En seguida ella empezó a llorar de gratitud y sus lágrimas mojaron los pies de Jesús. Con sus largos cabellos ella secó sus pies, los besó y los ungió con el perfume del frasco. No era la costumbre de aquel tiempo que una mujer se soltara el cabello en público, pero esta

Cuando Simón vio lo que hizo la mujer, pensó que, si Jesús fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer era la que le tocaba, que era pecadora. Pero él sabía solamente que la mujer antes era una pecadora de la peor clase. Por eso Jesús le contó el caso de dos deudores; uno debía mucho más que el otro, pero ninguno de los dos podía pagar su deuda. Entonces el acreedor les perdonó la deuda a ambos. Cuando el Señor preguntó cuál de los deudores amaría más a aquel que los había perdonado, Simón contestó que sería aquel a quien se le había perdonado más.

Entonces Jesús le dijo a Simón que él no le había dado agua para lavarse los pies, aceite para ungir su cabeza, ni beso, porque no tenía aprecio por el Señor. La mujer lavó sus pies, los besó y los ungió con perfume. El Salvador también le dijo a la mujer tres cosas:

“Tus pecados te son perdonados”, “tu fe te ha salvado”, y “ve en paz”. Viendo la sinceridad de la mujer, Jesús le habló a ella de su fe. Pero Simón no podía ver la fe de ella, así que el Señor se refirió a lo que ella había hecho. No fue porque amaba mucho que sus pecados fueron perdonados, sino que como sus pecados habían sido perdonados ella sentía gratitud y amaba a su Salvador.

La mujer vino a Jesús y mostró su amor con sus hechos y su sacrificio. ¿Cuándo fue la última vez que hicimos un sacrificio mostrando nuestra gratitud a nuestro Señor Jesucristo?

Rhoda Cumming

CINCO HOMBRES DE CONVICCIÓN

 

Cinco hombres de convicción


1. José, el esclavo

Él dijo, No a la tentadora, Génesis 39.7 al 9.

Este joven fue vendido por sus hermanos, llevado a Egipto y comprado por un tal Potifar, oficial de Faraón. La honradez de José le ganó la plena confianza de este amo, pero su buen parecer despertó en la mujer de Potifar la concupiscencia. Ella hizo lo posible para que él cayera con ella en la fornicación.

Aunque alejado de su hogar y de sus padres, “Dios estaba con José”, y le fortaleció contra el ataque carnal. Le dijo a la mujer, “¿Cómo pues haré yo este gran mal, y pecaría contra Dios?” El ganó la victoria por su temor de Dios. Huyó del peligro y salvó su testimonio.

Oigamos el consejo santo del gran apóstol a su hijo Timoteo: “Huye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz”, 2 Timoteo 2.22. Hoy en día el joven creyente, sea varón o hembra, se halla rodeado de la corrupción que está en el mundo. Pero, como José, no debe contemporizar con el pecado, sino saber decir No.

2. Urías, el soldado

Él dijo, “Yo no haré tal cosa”, 2 Samuel 11.10,11.

En medio de un ambiente lúgubre, cuando David había consumado su nefando pecado contra Dios y mayor crimen contra su prójimo, la noble respuesta de Urías brilla como un rayo de luz entre las tinieblas. El no cedió a la tentación de la flojera en tiempo de guerra. David era culpable de flojera, quedándose en la casa cuando su patria le necesitaba para enfrentarse al enemigo, pero no pudo influir en Urías para que éste esquivara su deber como soldado.

Sus camaradas estaban peleando y de corazón él estaba con ellos. “El arca e Israel y Judá están bajo tiendas, y mi señor Joab, y los siervos de mi señor, en el campo; ¿y había yo de entrar en mi casa para comer y beber?”

Así el apóstol exhorta a Timoteo, “Pelea la buena batalla de la fe”, y “Sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo”. No hay tanta persecución en esta época, y la tentación es de abandonar las filas y amistarse uno con el mundo. Fue así con Demas; no le agradó el rigor de sufrir con Pablo en Roma, así que buscó una forma de vida más agradable. Sin duda él perdió la corona.

El apóstol, en cambio, peleó la gran batalla y su Capitán estaba esperando recibirle en gloria para decirle, “Bien, buen siervo y fiel ... entra en el gozo de tu Señor”, Mateo 25.21. Si sufrimos aquí, reinaremos con él allí.

3. Nabot, el súbdito

Él dijo, “Guárdeme Jehová de que yo te dé a ti la heredad de mis padres ... No te daré la heredad de mis padres”, 1 Reyes 21.1 al 4.

Nabot era otro hombre de convicción. Su viña había llegado a sus manos por disposición de Dios, y para él era una posesión sagrada que no debía vender. Por lo tanto, él no cedió a la solicitud — o la amenaza — del rey.

Todo creyente en Cristo ha recibido una herencia espiritual. La obra de la cruz le ha traído bendiciones y privilegios que no puede comprar con dinero. Ha recibido el conocimiento de la verdad y no debe venderlo. Ha sido separado del mundo y, si ha sido congregado al nombre del Señor Jesucristo, está en la responsabilidad de guardarse en la comunión.

Judas Iscariote vendió al Señor, y Satanás quiere negociar con el creyente como en el caso de Esaú. Lamentablemente hay quienes cambian su herencia espiritual por las cosas materiales. Se ausentan de la cena del Señor, abandonan la oración colectiva, descuidan la lectura de la Palabra y hasta cambian su oración privada por una especie de rezo. En Filipenses 3.18,19 leemos de una clase de gente que “sólo piensan en lo terrenal”.

El verdadero creyente no perderá su vida ni saldrá del tribunal de Cristo con pérdida. Nabot murió a manos de la sangrienta reina Jezabel, pero fue un mártir para la gloria de Dios. “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de vida”, Apocalipsis 2.10.

4. Mardoqueo, el consejero

Él pudo decir No al compromiso de arrodillarse ante Amán, Ester 5.9.

Amán el agagueo era enemigo de Dios y su pueblo, y quería que Mardoqueo se humillara ante él. Los demás siervos del rey lo hacían, porque así lo había mandado el rey mismo, pero la conciencia de Mardoqueo no le permitía hacer tal cosa, aunque corriera peligro de muerte por su resistencia.

Su firmeza provocó la ira y venganza de Amán quien, siguiendo el consejo de su mujer y amigos, mandó hacer una horca para colgar a Mardoqueo en ella; véase Ester 3.5 al 14.

No aparece el nombre de Dios en todo el libro de Ester, pero se ve su mano invisible actuando a favor de este hombre santo. Mardoqueo llegó a saber de un complot para asesinar al rey. Lo denunció; los conspiradores fueron ahorcados; y, todo fue escrito en el registro del rey. Así se puso fin al asunto, pero cierta noche Dios no permitió al rey dormir. El mandó traer el libro y supo lo que había hecho el judío. “¿Qué honra se le hizo a Mardoqueo por esto?” quiso saber el mandatario. Sin entrar en detalles, vemos ensalzado por el rey al hombre que no quiso rebajar el nombre de su Dios, y encontramos a Amán encargado del asunto.

Además de todo esto, leemos del nefando propósito de Amán de exterminar a todos los judíos en el imperio de los medos y persas. La mano de Satanás estaba detrás del asunto para destruir “la simiente de la mujer” para que no viniera el Salvador del mundo. Otra vez Dios impone su soberano poder, y por medio de la intercesión de Ester todo sucede al revés.

Como resultado del arrepentimiento, humillación y amargo clamor de los judíos — incluso de Mardoqueo, 4.1,3,16 — Dios concede a su pueblo terrenal una victoria aplastante sobre todos sus enemigos. Amán fue ahorcado sobre la misma estructura que él mandó a preparar para Mardoqueo.

“Mía es la venganza. Yo pagaré, dice el Señor”, Romanos 12.19.

En una de las tres tentaciones leemos que Satanás llevó a nuestro Señor a un monte muy alto, y le ofreció la gloria de todos los reinos si postrado le adorara. La noble respuesta fue: “Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás”. Como Mardoqueo, El no dobló la rodilla ante el dios de este siglo. Satanás es todavía el príncipe de la potestad del aire y sigue ofreciendo buena remuneración a los que están dispuestos a negar a su Dios y doblar la rodilla a él.

No lo haga, hermano o hermana, por halagüeñas que sean las ofertas o grandes las amenazas. Dios ha dicho, “Honraré a los que me honran”, 1 Samuel 2.30. Hay hermanas que se doblan ante el dios de la moda, y hay varones que doblan la rodilla ante el dios de la política, apartándose ambos de la senda de la separación del mundo.

En cambio, pensamos en los días de Elías el profeta, cuando Israel estaba dándole las espaldas a Dios y sirviendo a Baal con sus prácticas abominables. El profeta pensaba que sólo él había quedado fiel, pero Dios le contestó que había siete mil más que tampoco habían doblado la rodilla ante Baal.

Tomemos aliento; en toda época Dios puede contar con hombres y mujeres cuyo amor para con él es fiel en hechos además de palabras. ¡Que el Señor nos permita figurar en el grupo hasta que El venga!

5. Daniel, el sabio

Primeramente, él propuso en su corazón no contaminarse con la comida del rey, Daniel 1.8.

La convicción de abstenerse de las viandas reales fue motivada por el temor de Jehová. El salmista dijo: “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová”, y Daniel no era solamente hombre sabio por sus conocimientos científicos sino en lo espiritual también. Desde muchacho fue convertido a Dios y, como Timoteo, “sabio para la salvación”.

El libro de Daniel empieza con la entrega del impío rey Joacim a Nabucodonosor de parte de Dios. Fue encadenado. En el undécimo año de su reinado él murió y fue dado “la sepultura de un asno”, que quiere decir que su cuerpo fue arrastrado fuera de la ciudad para pudrirse en el campo raso; Jeremías 22.19.

Parece cosa rara que de ese ambiente de impiedad salieran jóvenes de la excelencia de Daniel, Sadrac, Mesac y Abed-nego, pero debemos tener presente que había una luz en medio de la oscuridad durante el reinado del infame Joacim. Hombres fieles de Dios, como Jeremías, Baruc, Elnatán, Delaía y Gemarías — véase Jeremías 36.25 — protestaron enérgicamente contra la apostasía e iniquidad de su época.

Daniel salió de Jerusalén sin haber sido contaminado por lo que le rodeaba, y al llegar a Babilonia fue fortalecido para sostenerse limpio y puro para Dios. No obstante, el hambre que sin duda había, tanto en el asedio de Jerusalén como en el largo camino a pie a Babilonia, este cautivo pudo resistir la gran tentación de comer lo que el rey le enviaría.

¿Por qué? Daniel sabía que la comida y el vino habían sido ofrecidos primeramente a ídolos y por lo tanto eran contaminados. Él y sus compañeros escogieron comer legumbres y beber agua, obedeciendo a su conciencia antes que a su apetito. Al cabo de diez días de prueba el jefe eunuco vio que sus rostros evidenciaban una salud mayor que la de aquellos que comieron las viandas reales.

Daniel ganó la primera prueba, la de su comida. La segunda fue un propuesto cambio de nombre. Se proponía darle el nombre de Beltsasar, identificándole con Bel, el dios del rey pagano. Otra vez, por convicción, salió vencedor. Si Daniel hubiera aceptado ese cambio de nombre, hubiera ganado favor ante otros, pero su propio nombre significaba, “Dios es mi juez”, y cada paso suyo fue ordenado por disposición divina.

El tercer cambio que otros procuraron imponer fue en cuanto a su fe en el Dios vivo y verdadero. Los gobernadores dijeron en el 6.5: “No hallaremos contra este Daniel ocasión alguna para acusarle, si no la hallamos contra él en relación con la ley de su Dios”. Su convicción fue tan firme, y su comunión tan íntima, que él prefirió pasar la noche en el foso con los leones hambrientos que negar a su Dios.

Otra vez ganó la prueba, y Dios pudo revelar a su siervo los detalles más profundos de su programa profético. Le fue otorgada una distinción sublime cuando el ángel se dirigió a él con las palabras, “Muy amado”, o, “Varón de mi delicia”. ¡Cuán contento quedó el corazón de Dios con su siervo que le honró en todo!

Que estos cinco ejemplos de hombres destacados por su convicción sean una inspiración para nosotros en procurar vivir para la gloria de Dios.

Santiago Saword

Viviendo por encima del promedio (14)

 


En su libro “From Grace to Glory” (De la gracia a la gloria), Murdoch Campbell habla de un ministro santo en el norte de Escocia, cuya esposa no compartía su profunda espiritualidad. Aparentemente ella no tenía el mismo amor por el Señor o por Su Palabra. Un día, cuando él estaba sen­tado al lado de la estufa, leyendo la Biblia, ella entró a la habitación con un ataque de ira. Le sacó el Libro de sus ma­nos y lo tiró hacia el fuego.

¿Cómo debería responder un cristiano ante tal sacrilegio y enojo? ¿Debería reprimirla severamente por un comporta­miento impío? ¿O debería utilizarlo como una ocasión para mostrar un espíritu semejante a Cristo?

El ministro eligió la última. La miró y dijo tranquila­mente: “No creo haber visto alguna vez un fuego más ca­liente que este.”

Aquí había una clásica ilustración del proverbio “La blanda respuesta quita la ira" (Proverbios 15:1). El Señor Campbell escribe: “Fue una respuesta que apartó su ira y marcó el comienzo de una vida nueva y misericordiosa. Su Jezabel se convirtió en una Lidia. La espina se convirtió en un lirio.”

Pero debe agregarse algo rápidamente para completar la imagen. Las mujeres cristianas, con más frecuencia han si­do las víctimas antes que las victimarías.

Linda es un ejemplo. Antes de ser salva se casó con un hermano llamado Tony. Ella pensaba que él era bien pareci­do y encantador.

Pero en el momento en que nació su primer hijo y ella se había convertido en creyente, supo que Tony era un fracasa­do. No debería haberlo juzgado por su apariencia. Él era alérgico al trabajo y ajeno a la vida responsable. Era borra­cho y mujeriego. A veces se iba de la casa por meses, y lue­go retomaba como si nada hubiera sucedido, para vivir nue­vamente con Linda como su esposo. Para cuando nació el siguiente bebé, él partió nuevamente, dejando a Linda man­teniendo la familia.

Como una esposa piadosa Linda buscó seguir el patrón descrito en 1 Pedro 3:1-2: “Asimismo vosotras, mujeres, es­tad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, considerando vuestra conducta casta y respetuosa.”

En vez de tomar represalias o fastidiarse, Linda intentó ganar a su esposo a través de una vida de justicia y con un comportamiento extraordinario. Se podrían escribir libros de mujeres similares que obedecieron el consejo de Pedro y vivieron para ver a sus esposos venir a Cristo.

William Macdonald

¿Qué es Gabata (Juan 19:13)?

 

Gabata es una palabra del arameo. Este era el sitio especial fuera del pretorio donde estaba colocado el asiento o tribunal del gobernador romano. Era un lugar elevado y por eso se llamaba Gabata. Estaba pavimentado con piedras y por eso llevaba el nombre griego de litóstrotos, un pavimento, o losado.

Fue el sitio escogido
por Pilato para condenar y juzgar a Cristo. Allí fue donde se cometió la infamia más grande que registra la historia, y el acto más vil que un gobernante puede cometer, conociendo la inocencia del supuesto reo. Allí se llevó a cabo el acto judicial más ilegal de la tierra donde el hombre juzgó injustamente a su Creador. En ese sitio fue donde un gobernante sacrificó los dictámenes de su conciencia propia al impulso de la “voz del pueblo”.

Pero a lo largo de los siglos los hombres, cegados por el fanatismo y la iniquidad de sus mentes acéfalas, han levantado muchos litóstrotos para juzgar a los “hijos de Dios” que le adoran y sirven en espíritu y verdad. Acordémonos de lo que hicieron los “santos inquisidores”, así llamados, en la Edad Media. Aun muchas sectas heréticas, entre ellas los Testigos de Jehová y los Mormones, siguen juzgando la divinidad de Cristo y sus obras, poniéndolas en el litóstrotos y diciendo: “En Cris­to tenemos un hombre bueno, nada más”.

LEYENDO DIA A DIA 1 CORINTIOS (5)

 

capítulo 5: La autoridad apostólica cuestionada


Esta lectura es triste, pero prestemos atención cuidadosa, llevando en mente que nuestro Dios no sólo es amor sino luz también, y en él no hay tinieblas. Cuán fiel es el Libro Santo, escondiendo nada y tratando los pecados abiertamente.

Pablo se presta a tratar con una situación que está ensuciando la historia de la asamblea y manchando su testimonio. Se informa que hay incesto, y en un lugar como Corinto esto podría tomar por sorpresa a los creyentes nuevos. ¡Y por su gravedad supera aun a la inmoralidad común en la ciudad! v. 1. Por esto, la necesidad del 16.13: “Velad”. La carne puede alcanzar grados de vergüenza aún más que los inconversos.

  Una actitud deplorable, v. 2. Los creyentes no estaban preocupados, v. 6, sino contentos al tener el culpable entre ellos. Así también en estos días se presentan situaciones en asambleas que no suscitan alarma cuando deben hacerlo.

 • Una acción decisiva, vv 3 al 5. Pablo está en alerta. Aunque ausente, juzga el asunto, y entrega al ofensor a Satanás para la destrucción de la carne y la salvación del espíritu.

• Un acompañante que debe ser derrotado, v. 6. Si no se aparta al culpable, la levadura obrará en todos; el cáncer debe ser extirpado para que no se pierda el miembro del cuerpo.

• Una acción acordada, vv 7, 8. Ellos debían purgar la levadura vieja llevando en mente que Cristo nuestra Pascua fue sacrificado por ellos, y, cual gente sin levadura, guardar la fiesta de panes sin levadura; a saber, guardar la vida resultante en sinceridad y verdad. A Israel le era exigido quitar la levadura el primer día.

• Una asesoría proferida, vv 9 al 13. Se debe rehusar acompañar o aun comer con aquellos que andan o se comportan de manera vergonzosa. Esto no autoriza aislar a aquellos que, aun cuando sin tacha en sus vidas, no se expresan a nuestra simple satisfacción propia. Pero la palabra nos instruye a alejarnos de aquellos dentro de nuestra propia comunión que están trayendo infamia sobre el testimonio. El impío debe ser apartado de un todo, desde luego con miras a su restauración. Debe ser quitado cual perverso, v. 13, un acto de disciplina de parte de la congregación entera; nótese vv 4, 5.

Lección: Al ver a uno ex comunicado, pensamos: “Salvo por la gracia de Dios, allí voy yo”.

S.Emery