jueves, 1 de febrero de 2018

ESCENAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO (XVII)

La escalera de Jacob

Siempre ha sucedido que los que aprecian las cosas de Dios son perseguidos de los que las desprecian. Así vemos que, no pudiendo Esaú conseguir la primogenitura que había vendido tan miserablemente, él declara su intención de matar a su hermano. En vez de culparse a sí mismo por su triste pérdida, procura echar la culpa en su hermano. ¡Cuántos hacen otro tanto! No podemos olvidar la persecución de los hugonotes en Francia, la llamada Santa (?) Inquisición y semejantes horrores de la historia.
Al saber Rebeca, la madre, que Esaú meditaba la muerte de Jacob, ella le envió a Padan-aram, a la casa del abuelo. Todavía no parece haber conocido Jacob al Señor. Le alcanzó la noche en una parte desierta, y tomando de las piedras de aquel lugar, las puso a su cabecera y se acostó. Con tan dura almohada soñó que veía una escalera que alcanzaba desde la tierra hasta el cielo, por la cual subían y descendían los ángeles de Dios.
En esa hora también le habló Dios, revelándose a Jacob como Jehová, el Dios de Abraham y el Dios de Isaac. Esta revelación corresponde a la experiencia del que hoy día se convierte a Dios. Le son reveladas dos cosas: la extrema miseria de su alma a causa del pecado, y la provisión que la gracia y amor de Dios han hecho en Cristo.
El significado de la escalera está interpretado por el mismo Señor Jesús en Juan 1.51: “De aquí en adelante veréis el cielo abierto, y los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre”. Cristo es el único medio de llegar a Dios. Dice Pablo: “Hay un Dios, asimismo un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”, 1 Timoteo 2.5.
Para cubrir el gran trecho entre el santo Dios y el hombre pecador, hacía falta uno que fuera Dios y hombre en una misma persona. No lo ha sido ningún santo, ni la buena y virtuosa virgen madre de Jesús. Mas el Hijo de Dios se humanó para poder morir por nuestros pecados, y ahora vive en el cielo en cuerpo humano, para interceder por los fieles que creen en él. Ni los más fieles apóstoles han podido morir por nosotros, ni tampoco están en cuerpo en el cielo hasta que no venga Cristo otra vez para resucitarlos.
Recuerdo haber leído de un fraile que soñó que no vio una escalera para el cielo, sino dos. La una era roja y la otra blanca. Veía las almas subiendo por la roja, mas no pudieron nunca llegar al cielo. Se ponían sobre la blanca y sin dificultad entraban a la presencia de Dios. Al despertar él meditaba mucho sobre el sueño, y llegó a creer que Dios le había dado una revelación, que la roja era Cristo y la blanca era la virgen María. Subiendo por Cristo, las almas no llegaban al cielo, por María sí.
Ahora, no creemos en sueños de frailes, pero sí creemos en la palabra de Pedro y los demás apóstoles. Dice Pedro acerca de Cristo: “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”, Hechos de los Apóstoles 4.12. Dice el mismo Señor Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”, Juan 14.6.
Jacob jamás olvidó el día ni el lugar donde Dios le encontró, y lo llamo Bet-el, “la casa de Dios”. ¿Cuándo fue la ocasión, el lugar y las circunstancias del encuentro tuyo con Cristo para recibirle como tu Salvador?

CONOCIENDO LA VOLUNTAD DE DIOS (Parte II)

2. Encontrando la Voluntad de Dios
Podemos saber y creer que Dios tiene un plan para nuestras vidas. Empezamos a hacer una pre­gunta que hace cada creyente que realmente qui­ere conocer la voluntad de Dios — “¿Cómo pue­do descubrir la voluntad de Dios para mi vida?”
En la Biblia, Dios habló muchas veces a hom­bres y mujeres en una voz que escucharon clara­mente y les dijo qué hacer. Quería que Jonás fuera a Nínive, y así se lo dijo, Jonás 1:1,2. Quería que Samuel supiera Sus planes para juz­gar a los hijos de Eli, así que habló y Samuel pudo oír Su voz, 1 Samuel 3:10. También leemos de otras maneras en que Dios hizo saber al pueblo Su voluntad para ellos. Pablo se enteró de la voluntad de Dios para él de ir a Macedonia por medio de un sueño, Hechos 16:9,10. Un ángel dijo a María que iba a ser la madre de Jesús, Lucas 1:30,31. En el Antiguo Testamento, Dios a menudo mandó a Sus profetas para decirle a los israelitas lo que era Su voluntad para ellos.
¿Y qué de hoy? ¿Cómo muestra Dios Su vo­luntad para nuestras vidas? Ya no usa los ángeles para hablarnos. Ni escuchamos Su voz en forma audible diciéndonos lo que debemos hacer.
Miraremos cuatro maneras diferentes que Dios usa para revelar Su voluntad a nosotros. Son por Su Palabra (la Biblia), la oración, cris­tianos maduros o amigos, y las circunstancias. A voces, usa las cuatro para mostramos Su volun­tad, y otras veces sólo una es necesaria para dejamos saber Su voluntad claramente.
1. Primeramente, Dios nos revela Su voluntad por Su Palabra. Ya ha escrito mucho de lo que quiere que sepamos. ¡Por esto es importante estudiar la Palabra de Dios para entender lo que ya nos ha dicho! Existe la historia de una señorita cristiana a quien un joven no creyente propuso matrimonio. Este hombre le agradaba mucho, pero ella dijo que quería saber la voluntad de Dios antes de aceptar casarse con él. Entonces pasó muchos meses orando a Dios para que le mostrara si debía casarse con él o no. Es bueno pedirle a Dios que nos muestre Su voluntad, pero Dios ya nos ha dicho que un cristiano sólo debe casarse con otro cristiano.
“No os unáis en yugo desigual con los incré­dulos,” 2 Corintios 6:14.
Entonces esta señorita ni tenía que orar sobre esto. Dios ha escrito claramente lo que es Su vo­luntad en esta situación y no cambia de opinión.
A veces una persona tiene interés en cierto empleo, pero sabe que en este empleo hay cosas sobre las cuales tendrá que mentir y ser desho­nesto. Dios ya nos ha dicho lo que piensa de la deshonestidad en Colosenses 3:9 y 1 Corintios 6:9,10. Entonces no es necesario preguntar a Dios si debemos trabajar en tal situación cuando ya nos ha dicho Su voluntad en la Biblia.
La Biblia no da una respuesta definitiva a muchas de las decisiones que enfrentamos. Quizás sea un cristiano con quien deseas casarte y quieres estar seguro de que esta persona en par­ticular sea la elección de Dios para ti. O quizás el trabajo en que tienes interés sea muy bueno y no tendrás que ser deshonesto. ¿Cómo podemos descubrir la voluntad de Dios cuando la Biblia no dice claramente que “sí” o que “no”?

2. Una manera importante es por medio de la oración. Pide a Dios que te muestre Su voluntad y que te dé Su paz sobre cuál elección debes hacer. Santiago 1:5 dice “si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente.” Pide a Dios la sabi­duría para conocer Su voluntad y hacer la deci­sión correcta. Al seguir orando, obtendrás la paz sobre la dirección en que Dios quiere que te mue­vas, y las oportunidades o se abrirán o se cerrarán al buscar la dirección de Dios. Jeremías 33:3 dice “Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces". El cristiano puede estar seguro de que Dios le mostrará Su voluntad para su vida, si ora y espera la direc­ción de Dios.

3. Debemos hablar con cristianos maduros o parientes. Esta es otra manera en que a veces podemos descubrir la voluntad de Dios para nuestras vidas. Los ancianos de tu iglesia local deben poder hablar y orar contigo sobre las deci­siones que debes hacer. Otra palabra para anciano es “pastor”. El pastor tiene la responsa­bilidad de guiar y proteger a las ovejas del peli­gro. Dios ha dado esta responsabilidad a cada anciano verdadero como también la sabiduría y el juicio para mostrarte cosas que te ayudarán a decidir lo que sea la voluntad de Dios. Tito 1:8,9 dice que un anciano debe amar lo bueno, ser sobrio y apto para enseñar la Palabra de Dios.
Una persona madura también tiene más expe­riencia y posiblemente pueda ayudarte a ver cosas que no has considerado. Si te conoce, estará consciente de tus puntos fuertes y débiles. Un hombre joven quería ser maestro; todos sus amigos eran maestros y parecía un buen empleo. Oró sobre eso, pero todavía no sabía si era la voluntad de Dios para él. Al fin habló con los ancianos y algunos de sus parientes más maduros. Le recordaron cuán nervioso parecía ponerse cuando hablaba delante de un grupo de personas y cómo balbuceaba. ¿Realmente creía que esto cambiaría al terminar su preparación como maestro y tener que enseñar una clase cada día? También le dijeron que habían notado el buen trabajo que hizo cuando ayudó a hacer bancas para las clases de la escuela dominical. Y a todos les gustó cómo ayudó a su vecino a reparar su techo cuando el viento lo dañó. Le hicieron dos sugerencias. En primer lugar, debía practicar enseñar en grupos pequeños para ver si desaparecía su miedo y sus dificultades al hablar. En segundo lugar, debía orar y pensar en prepa­rarse como carpintero.

4. Otra manera en que Dios nos revela Su vo­luntad es por medio de las circunstancias. Las circunstancias son las cosas que suceden en nues­tras vidas que no podemos controlar. A veces Dios muestra Su voluntad al permitir cosas que están fuera de nuestro control. Quizás habías ahorrado dinero para comprar un terreno, pero no sabías si Dios quería que compraras ese terreno. Luego un día mientras todavía orabas, otra perso­na lo compra. Ya no está disponible; estas circuns­tancias te muestran que no era la voluntad de Dios para ti.
O quizás oras para ver si debes ser enfermera.
Crees que Dios te quiere en cierta escuela, así que mandas tu solicitud por escrito. La escuela te contesta diciendo “Lo sentimos mucho, estamos llenos para este año y no hay lugar para más estudiantes”. Estas circunstancias te muestran que ese instituto no era la voluntad de Dios para ti — a lo menos no este año.
Recuerda que en 2 Corintios 12:7-9 Pablo dice que pidió al Señor tres veces que le quitara su “aguijón en la carne”, pero Dios no lo hizo. Sabía que Pablo aprendería a confiar en El más a causa de su aflicción.

Otra cosa importante es recordar que Dios no siempre contesta nuestras oraciones en seguida. A veces dice que “sí”, a veces que “no”, y a veces tenemos que esperar. Parece que Ana esperó muchos años antes que Dios le concedió su deseo de tener hijos, 1 Samuel 1:1 - 2:20. Él sabía cuándo era el tiempo apropiado, y Ana fue bendecida con hijos, aunque no tan pronto como quería.

EL CRISTIANO VERDADERO (Parte II)



Si Cristo murió por nosotros, y pagó la deuda de nuestros pecados, ¿debemos llegar a la conclusión por ello de que todos los hombres son salvados automáticamente? ¿No hay nada que nosotros mismos debemos hacer para ser salvados? Si tenemos que hacer algo, ¿en qué consiste? O, como lo expresó un personaje de las Sagradas Escrituras: “¿Qué debo yo hacer para ser salvo?”
Toda alma que se da cuenta de su necesidad, se formula esta pregunta, conozca o no el mensaje del evangelio. Cuan­do una persona llega a sentir ansias de la salvación y de la comunión con Dios, lo primero que dice, naturalmente, es: “¿Qué debo hacer?” Por desgracia, hay muchas personas que están tan obsesionadas con la idea de que deben hacer algo para salvarse, que son como ciegos frente a lo que Dios ya ha hecho para su salvación. Sin embargo, la pregunta es ló­gica y natural, y hasta diríamos inevitable. ¿Qué es lo que debo hacer para llegar a ser cristiano?
Los hombres no se salvan en masa y automáticamente por el simple hecho de que Cristo murió por ellos. Hay un papel que debe ser desempeñado por cada individuo. Pero debes tener presente en forma bien clara, que el papel nuestro en el asunto de la salvación es muy sencillo y pequeño. Todo lo que tenemos que hacer es aceptar, con fe sencilla, lo que Cristo hizo por nosotros en la cruz. Creer, aceptar, confiar y recibir, lo que él ha hecho en favor nuestro. La parte que te corresponde a ti, pues, en la salvación, es muy sencilla. Es TENER FE. “Por gracia sois salvos —dice la Palabra de Dios— por la fe” (Efesios 2:8).
Cuando el carcelero de Filipos les dijo a Pablo y a Silas: “Señores, ¿qué debo yo hacer para ser salvo?”, el gran após­tol le respondió sencillamente a esa alma ansiosa y desesperada: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo” (Hechos 16: 31). Sí, la parte que nos toca a nosotros en el plan de la salvación de nuestra alma es simplemente que tengamos fe, una fe sencilla como la de los niños, que confían implícitamente. No se requiere nada más, pero nada menos ha de bastar; nada menos ha de darnos la salvación.
Pero quizás se suscite en tu pensamiento otra pregunta: ¿Qué es la fe? A la mente humana le resulta difícil compren­der lo que es la fe, y más difícil aún, ponerla en práctica. Sin embargo, debiera ser lo más fácil de entender, y en cierto sentido lo es.
En primer lugar, la fe abarca conocimiento o comprensión. Esto es cierto en cuanto a cualquiera de sus formas, aun cuando se trate de aquella fe común que se ejerce de mil maneras en la vida diaria. No podemos creer en algo de lo cual no tenemos ningún conocimiento. La fe viene como re­sultado de algo que oímos o aprendemos. Cuando oyes hablar acerca de alguna cosa, crees, o no crees; ejerces la fe, o no lo haces. La fe salvadora requiere el conocimiento y la com­prensión de la cruz y de lo que hizo Cristo en ella. Cuando alguien oye el mensaje de la muerte de Cristo por sus pecados, la fe salvadora no nace hasta que la persona no se da cuenta del hecho de que Cristo ha pagado una vez y para siempre, el precio de dichos pecados, y de que no queda más por hacer sino aceptar esa obra.
Cualquier alma que escucha el evangelio con su mensaje de que Cristo murió por sus pecados, y que realmente en­tiende el hecho glorioso de que la salvación es una obra ya consumada efectuada por Cristo para nosotros, ya tiene dentro de sí la esencia de la fe. Una vez que el hecho de la salvación haya sido comprendido, la fe ya estará bien ci­mentada. Nunca olvidaré la noche en que la fe llegó a ser mía. Un siervo de Dios me había hablado larga y paciente­mente, llevándome hacia la cruz y hacia la invitación de Cris­to de que yo fuese salvado; pero parecía que todo lo que yo podía ver era mi pecado y mi indignidad. El hombre oró conmigo, y yo traté de orar también, pero salí de la reunión esa noche sumido en las tinieblas espirituales y en la tristeza. No obstante, cuando llegué a casa, de rodillas junto a mi lecho, comprendí claramente que Jesucristo había pagado el castigo de todos mis pecados ¡Había expiado mis pecados! ¡Había muerto por mí! Comprendí por vez primera el alcance del plan de la salvación. La fe nacía en mi alma. Comprendía lo que Cristo había hecho en la cruz del Calvario. Dicho conocimiento constituye el primer elemento de la fe.
La fe también significa decisión. Una vez que haya com­prendido el glorioso hecho de la obra de la cruz, el alma forzosamente tiene que tomar una decisión: la del arrepen­timiento del pecado y la aceptación de Cristo, o lo contrario. Una vez que haya sido comprendido el mensaje de salvación,
LA SALVACION tiene que hacerse esta decisión de fe. Hay personas que se han criado en hogares cristianos, y han recibido durante to­das sus vidas enseñanzas evangélicas, pero que, a pesar de ello, nunca han decidido personalmente aceptar a Cristo.
La decisión de aceptar a Cristo, desde luego, comprende la decisión de arrepentirse del pecado. Todo el que posee algún conocimiento de las verdades espirituales, sabe que se­guir a Cristo significa abandonar el pecado. El que no lo entiende así, no ha recibido todavía ni los primeros destellos de la fe. Y es esta necesidad de arrepentimiento del pecado que hace que muchas personas no acepten a Cristo. La de­cisión tiene que hacerse. Habiendo ya comprendido lo que Cristo hizo para mí en la cruz, y sabiendo que aceptarle y seguirle significa arrepentirme de mis pecados y abandonarlos, tengo que decidir qué es lo que voy a hacer. Triste es decirlo, pero hay quienes, sabiendo perfectamente lo que es la salva­ción, y lo que significa aceptar a Cristo, resuelven rechazar su gracia y seguir en su camino de pecado. Los tales, no han ejercido la fe, pues ésta implica la decisión. No sólo debe existir la comprensión intelectual sino también el ejercicio de la voluntad. La Fe afecta al intelecto y a la voluntad. Ya que Cristo murió por mí, y yo lo reconozco, lo único que se interpone entre mi persona y la salvación de mi alma, es mi propia voluntad. ¿Cuál será mi elección, al ver a Cristo inmolado en la cruz, pagando el precio de mi pecado?
Veamos algunas ilustraciones de estas verdades. Suponga­mos que tú estás enfermo de gravedad. Tus parientes llegan a saber acerca de un célebre médico que sabe cómo curar la enfermedad de que padeces. Lo llaman a tu cabecera, diagnos­tica tu caso, y receta el remedio necesario. Este, es sumamente costoso, pero a pesar de ello, tus parientes lo consiguen, pa­gando por él, con grandes sacrificios, la suma exigida. ¿Te salvas de la muerte porque el remedio ha sido recetado, com­prado y puesto al lado de tu cama? Desde luego que no. Tienes que tomar el remedio que te ha sido traído. Si te niegas a hacerlo, has de morir. Si estás dispuesto a tomarlo vivirás. Así sucede con el asunto de la salvación. Tienes que aceptar lo que Cristo ha hecho por ti, a fin de que seas bene­ficiado por su obra.
Supongamos que desees hacer un viaje a Europa en avión. Compras el boleto, y lo llevas en la mano. Miras el avión en la pista de aterrizaje del aeropuerto, y dices que conoces sus buenas condiciones y que tienen confianza en él. ¿Bastará todo esto para que cruces el océano? Por cierto, que no. Tie­nes que embarcarte en el avión. Cuando la fe que decías tener en él empieza a traducirse en hechos, y subes al apa­rato, has de llegar a su destino, a menos que fallen los moto­res. En el caso de Cristo, él, la Nave de la Salvación, no puede fallar. Pero ¿has ejercido tu fe subiendo a bordo?
¿Has hecho tu decisión? ¿Has aceptado a Cristo, arrepintiéndote de tus pecados y proponiéndote en tu corazón con sinceridad seguir en pos de él? Si no lo has hecho aún, estás frente a frente con esta decisión. ¿Cómo reaccionarás frente al hecho de que Cristo murió por ti y que ahora te está ro­gando que acudas a él para obtener un perdón completo? ¿Cuál será la respuesta de tu voluntad a este conocimiento de la cruz que ahora posees?
¡Bienaventurado todo aquel que haya hecho ya su deci­sión! Es la más importante de todas las decisiones, pues de ella depende tu destino eterno. Si ya la has hecho, si has aceptado a Cristo y te has arrepentido de tus pecados, en­tonces tu salvación está asegurada para siempre.
La fe es simplemente creer las promesas de la Palabra de Dios. La Biblia dice: “A todos los que le recibieron, dióles potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Juan 1: 12). “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo” (Hechos 16: 31). “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6: 37). “Venid a mí todos los que estáis tra­bajados y cargados, que yo os haré descansar” (Mateo 11: 28), también son palabras de Cristo. “Para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3: 16).
¿Cumplirá Dios su Palabra? ¿Cumplirá Cristo sus prome­sas? De ello depende nuestra salvación; sobre ello descansa nuestra fe. De allí que la fe en su último y más simple aná­lisis, es creer las promesas de la Biblia, que es la Palabra de Dios. Si no nos aferramos a sus promesas, no podremos tener una esperanza segura. Si su palabra es segura, lo es también nuestra fe.
La fe es cuestión de aferramos a la única esperanza de salvación, que es el Cristo crucificado. Tal vez no alcances a comprender todo el significado espiritual de la cruz o todas las explicaciones teológicas de la expiación, pero sabes que Cristo hizo algo en la cruz que pagó el precio de tus pecados, y sabes que la obra hecha allí es tu única esperanza de sal­vación. Y a ese Salvador crucificado, te abrazas con fe senci­lla y sincera. Toplady lo expresó con belleza cuando escribió:

Roca abierta ya por mí,
Tengo abrigo siempre en ti;
Es tu sangre, Oh Jesús,
Por mí derramada en cruz,
El remedio eficaz
De mi culpa contumaz.

Todo celo vano es,
Vanas son mis lágrimas:
Tú Oh Jesús mi Salvador,
Sólo puedes perdonar,
Vuestra cruz es mi perdón,
Sólo en ti hay salvación
Las últimas líneas expresan lo que constituye la fe verdadera, fe que salva. “Vuestra cruz es mi perdón, sólo en ti, hay salvación”. Un cristiano que estaba pasando por momen­tos de duda acerca de su salvación, me confió cuales eran sus dificultades. Estaba preso de grandes angustias. Yo le aconsejé que cada vez que volviesen a presentarse las dudas que le atormentaban, dijese, en coloquio con su alma: “Mi única esperanza de salvación es Cristo y su obra efectuada en la cruz; a él he de aferrarme para la salvación, venga lo que vi­niere; y si fuere al infierno, iré allí confiando en Cristo”. Yo sabía que ninguna persona convertida podía ni siquiera pen­sar por un instante que podría ir al infierno confiando en Cristo. Si alguna vez te sientes tentado a dudar de la gloriosa salvación de Dios, recurre al método que acabo de exponer.
Cerremos este capítulo con las palabras de otro himno, escrito por Carlota Elliot:

Tal como soy, sin más decir,
Que a otro yo no puedo ir
Y tú me invitas a venir;
Bendito Cristo, vengo a ti.

Tal como soy, me acogerás;
Perdón, alivio, me darás;
Pues tu promesa ya creí,
Bendito Cristo, vengo a ti.

miércoles, 3 de enero de 2018

Señor, Tú eres Hijo del Padre potente

“Señor, Tú eres Hijo del Padre potente,
Aun antes del mundo creado existente;
En ti se reúnen las glorias celestes,
Loores te rinden del cielo las huestes.
Jesús, Emanuel tu nombre selecto;
Viniste a la tierra cual hombre perfecto;
Moriste en la cruz, ¡oh misterio sublime!
Tu muerte al humano perdido redime.
Cristo en la magnífica altura sentado,

Esperas el día glorioso anhelado,
En que te será este mundo sujeto,
Y el plan de tu Padre se hallará completo”.
- G. M. J. Lear

EL DON DE SANIDAD

El privilegio de sanar enfermos, echar fuera demonios y aun de resuci­tar muertos acreditaba a los apóstoles ante el mundo. Estos milagros no solamente los identificaban con el Señor Jesús; también daban fe de la resurrección de Cristo en cuyo nombre siempre los ejecutaban.
Sin duda él cojo mencionado en Hechos 3, como otros, había deseado por mucho tiempo encontrarse con Aquel que anduvo haciendo bienes y sanando; pero desde el día que llegó a sus oídos la noticia de su muerte en la cruz, habría abandonado toda esperanza de recibir curación por él. Seguramente fue una grata sorpresa para el pobre hombre oír al apóstol Pedro decir: “En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”. Con razón se puso en seguida de pie, probando de esa manera su fe y al mismo tiempo demostrando al mundo entero que Cristo vivía aún, y que estos humildes hombres estaban dotados de su poder.
En la historia de los primeros años de la iglesia se notaba muy claramente que conforme el testimonio se iba estableciendo, así menguaban las señales y al fin cesaron por completo según reconocen todos los escritores del primer siglo, incluso las epístolas de los apóstoles en la misma Biblia.
Leemos que Timoteo, Epafrodito y otros enfermaron y, sin embargo, no fueron sanados milagrosamente. Pablo mis-mo, afligido en la última parte de su vida por un malestar crónico, no pudo encontrar alivio. ¡Ya había pasado la época del don de sanidades! (1)
Considérense los siguientes pasajes que se refieren a fechas avanzadas en la vida del apóstol Pablo cuando, según se da a entender por la lectura, va no se ejerce el don de sanidades.
En 2 Corintios 12:9 Pablo dice de sí mismo: “Más bien me gloriaré en mis enfermedades”.
En Filipenses 2:25, 26 dice: “Epafrodito se angustió porque habíais oído que había enfermado”.
En 1 Timoteo 5:23 recomienda a Timoteo: “Usa de un poco de vino por causa de tus continuas enfermedades”, (2).
En 2 Timoteo 4:20 dice: “A Trófimo dejé en Mileto enfermo”.
En ninguno de estos casos se re­comienda el don de sanidades ni se aconseja a los hermanos que busquen un “sanador”, ni tampoco se les regaña por falta de fe.
Muchas, se puede decir la mayoría, de las pláticas y actividades de los pentecostales de hoy, versan sobre el asunto de la sanidad del cuerpo. Los guías o sanadores de este movimiento hacen pensar a sus fieles más en lo físico y temporal que en lo espiritual y eterno. Muchos de los textos de la Biblia que usan para apoyar sus prácticas no son en realidad aplicables. Por ejemplo: Usan Éxodo 15:26 y otros parecidos sin fijarse en dos cosas. Primero: Son promesas dadas en particular a los judíos como nación. Segundo: Se refiere a la inmunidad de las enfermedades y no tan sólo a la sanidad.
En esta dispensación se pueden aplicar todas las promesas y ordenan­zas hebreas a la iglesia de Dios, pero solamente en el sentido espiritual. (Efesios 1:3; Hebreos 10:1).
También dicen que según Isaías 53:4, la sanidad es el derecho de cada hijo. Leyendo en Mateo 8:1, 17 se ve­rá que la profecía de Isaías 53:4 se cumplió antes de que el Señor llegara a la cruz, y por lo tanto es muy distin­ta a la salvación del alma. La palabra “sanados” en el próximo versículo (Isaías 53:5) sí se refiere a la salud es­piritual. Véase 1 Pedro 2:24.
Si alguno ahora pretende tener el don de sanidades, debe mostrarlo en la misma forma que se hacía en tiempos apostólicos. La responsabilidad de la curación descansaba sobre el sanador y no sobre el enfermo. El alivio era instantáneo y completo, sin consideración del carácter o lo avanzado de la enfermedad. La curación era incondicional, y nunca hubo fracaso. Hechos 5:16 dice: “Todos eran curados”. El señor culpó a los “sanadores” cuando no pudieron sanar al enfermo. (Mateo 17:19, 20).
Hay algunos pentecostales que afirman que han sido sanados milagro­samente. Esto no comprueba nada, porque también entre los adeptos del espiritismo, ciencia cristiana y otras agrupaciones se oye decir lo mismo. También se dice que las reliquias católico-romanas y los fetiches del paganismo efectúan milagros.
Todos estos casos de sanidad son de carácter pasajero o parcial y pue­den haber sido debidos a: (a) El curso natural de la enfermedad que entró en crisis de mejoría: (b) sugestión, o influencia de la mente, sobre el organismo; (c) intervención satánica.
El don de sanidades en el tiempo antiguo era señal de apostolado. (2 Co­rintios 12:12). Los únicos que la palabra de Dios indica que harán señales y prodigios en estos últimos tiempos son “falsos profetas”. (2 Pedro 2:1; Mateo 24:24; 2 Corintios 11:13). El mismo Señor dijo que los inicuos harían muchas obras milagrosas en su nombre. (Ma­teo 7:22, 23).
El completo fracaso en la mayoría de los casos que se presentan para curación entre los pentecostales, juntamente con la curación parcial o pasajera de los demás casos, condena el actual movimiento como NO de Dios, quien es el autor de todo don perfecto Es también de temerse que muchos de sus más notables casos de curación no admitirían una investigación compro­badora.
—El Mensajero Bautista.
(1)—Como una práctica, lo que no quiere decir que no haya habido casos aislados —

(2)—Esto no es una autorización para be­ber vino por costumbre a ¡a mesa ni en otras partes. — Red.

EL TESTIMONIO DE DIOS EN LA CREACIÓN

Allí estaba, un hermoso y pequeño pajarito ver­de, moviendo sus alas en forma tan rápida que parecían invisibles, justo al frente de nuestra ventana en la cabaña. Era un picaflor de cuello rojizo, uno que no habíamos visto durante más de 10 años. El sentimiento de admiración que yo experimenté en ese momento fue similar al que siento cuando descubro una nueva verdad en la Palabra de Dios, como un trozo de oro escondido en un capítulo más o menos conoci­do. ¿Y acaso no debe ser así, cuando permiti­mos que las obras de Dios nos deleiten y hablen a nuestra alma, así como lo hace su Palabra? "Grandes son las obras de Jehová, buscadas de todos los que las quieren " (Salmos 111:2). Algunos han tenido la oportunidad de identifi­car 75 clases de diferentes flores silvestres en un paseo durante una tarde[1]. Otros se han de­leitado escuchando el canto solitario del búho. Tal vez usted recuerda cuando en una noche de verano, acostado en una sábana, observaba y contaba las "estrellas fugaces". Una de las mejores experiencias, para mí, es sentir como la canoa se mece al vaivén de las aguas, cuando voy atravesando una parte torrentosa. Pero, no importa la clase de experien­cia que hayamos tenido con la naturaleza, me pregunto ¿hemos reconocido en ella la voz de Dios en la creación?
La naturaleza nos enseña acerca de Dios. No está allí sólo para nuestro deleite. ¿Ha pensado usted en eso? La creación es una de las formas por la cual Dios se nos revela a sí mismo. Los teólogos hablan de la revelación general y de la revelación especial o particular. El Salmo 19:1-6 nos expone la revelación general de Dios en la creación, y el Salmo 19: 7-11 es la revela­ción especial de Dios en su Palabra. Ambas re­velaciones son infalibles, aunque la revelación de Dios en su Palabra es más completa y más directa.
         La revelación de Dios en la creación no puede traer arrepentimiento, pero sí nos puede ense­ñar muchas cosas de Dios - aún sobre sus tratos con nosotros, Además la creación es el gran testigo que le muestra al hombre la gloria y el poder de Dios.

La creación nos habla de la gloria de Dios (Salmo 19:1)
"Los cielos cuentan la gloria de Dios, Y el firmamento anuncia la obra de sus manos."
¡Que afirmación más extraordinaria acerca de Dios, el Creador! Todo el universo habla de su gloria y su poder. Nadie tiene excusas para no reconocer su autoridad como creador. "Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y dei­dad, se hacen claramente visibles desde la crea­ción del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen ex­cusa." (Romanos 1:20).

La creación nos habla de la unidad de la Deidad
En este siglo los astrónomos pueden dirigir sus radiotelescopios hacia los lugares más distantes del universo y descubrir que dichos objetos obe­decen las mismas leyes, y están hechos de la misma sustancia de que está formado nuestro planeta y el sol. La unidad del universo testifica de la unidad del creador.
         John Dewey, el filósofo humanista y educador, no deseoso de reconocer al Dios Creador, ense­ñó que el hombre impone una unidad a la natu­raleza, en su búsqueda científica: "Fuera de la actividad humana, la naturaleza no es una uni­dad en sí misma; la naturaleza está formada en sí misma, por una cantidad de objetos diversos en el tiempo y en el espacio"[2].  Los científicos mismos son los que saben mejor. Ellos no imponen nada, solamente hacen "des­cubrimientos", descubrimientos que nos revelan la armonía y unidad que ya estaba allí en el uni­verso.

La creación nos habla a nosotros (Salmo 19:2-3)
El apóstol Pablo escribió: "La naturaleza misma ¿no os enseña...? Es este principio que se en­cuentra en estos dos versículos.
"Un día emite palabra a otro día, Y una noche a otra noche declara sabiduría. No hay lenguaje, ni palabra, Ni es oída su voz. Por toda la tierra salló su voz, Y hasta el extremo del mundo sus palabras”.
         Durante el día, la revelación de Dios se demues­tra tan claramente en el sonido del viento, el canto de las aves, y en los árboles, las flores, etc.[3] En la noche, su voz es más suave, mientras escuchamos el golpeteo del agua en la orilla, vemos las estrellas como pequeñas luces arriba en el firmamento, y sentimos el viento frío en­trar por la ventana. De cuán diversas maneras se nos comunica Dios, si tan sólo tuviéramos oídos para escucharla. ¡No se trata de una co­municación verbal! No hay palabras, y aun así su voz se escucha (esa es la mejor traducción). En realidad, Dios nos habla a través de la crea­ción.
         Pero el segundo sitio en el cual Dios nos ha de­jado su revelación, su Palabra, es incomparable­mente más completo y precioso. Y el tercer si­tio, y el último de la infalible revelación, el de su Hijo (Hebreos 1:2) es el que nos acerca más al corazón de Dios. Pero si Dios decidió revelar­se a sí mismo primero a través de la creación, ¿no debemos entonces escuchar?

¿Qué nos enseña la creación?
Si usted estudia cuidadosamente este tema, verá que hay muchas cosas que podemos aprender en la creación. Aquí hay algunas:
1. La omnisciencia de Dios, su omnipresencia y su omnipotencia (Isaías 40-48).
2. La unidad de la Deidad (Romanos 1:20)
3.  La transcendencia de Dios (Hechos 17: 24-25)
4. La bondad de Dios para con nosotros (Mateo 6:26-31; Hechos 14:17).
5. La gloria de Dios (1 Corintios 15: 40-41).
6. La belleza y la armonía (Mateo 6:26).
7. La unidad y diversidad (Romanos 1:27; Gé­nesis 1).
8. El orden (1 Corintios 11).
Estos son algunos de los principios que nos en­seña la naturaleza. Y están allí para que los apli­quemos a nuestras vidas. Considere el numeral 7, la unidad y diversidad. Este principio lo encontramos en Dios, pues Él es un Dios y tres personas. También en la crea­ción del universo vemos un conjunto de leyes físicas, y a pesar de ello, una diversidad en la expresión de estas leyes.
En la creación de la humanidad vemos la uni­dad del hombre, el hombre y la mujer en uni­formidad, creados juntos, pero se hace eviden­te la clara diversidad de los mismos, cada uno con diferentes funciones y papeles en la vida. Por último, los cristianos vemos esta verdad ex­presada en la unidad del cuerpo de Cristo, con diversidad de miembros y cada uno con diferen­tes dones: "Así nosotros, siendo muchos, so­mos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros. De manera que teniendo di­ferentes dones, según la gracia que nos es dada" (Rom. 12:5-6).

La creación es un testimonio firme y universal (Salmo 19:4-6).
Por toda la tierra salió su voz, Y hasta el extremo del mundo sus palabras. En ellos puso tabernáculo para el sol; Y         éste, como esposo que sale de su tálamo, Se alegra cual gigante para recorrer el camino. De un extremo de los cielos es su salida, Y su curso hasta el término de ellos; Y nada hay que se esconda de su calor.
         A través de todos los siglos y en todas partes del mundo, el hombre es responsable ante Dios, pues todos han visto el testimonio de Dios en la creación. "Por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras". Por esto el apóstol basa su argumento de Romanos 10:18 en este versículo. No habrá ni una sola persona que pueda decir " nadie me habló de Dios". La creación es el testimonio universal[4]. En particular, el sol es un ejemplo del testimo­nio fuerte de la creación. ¿Quién puede ignorar el sol cuando se levanta y cuando se oculta, día tras día, proveyendo fielmente a la humanidad y hablando de la bondad de Dios? Solamente el que intencionalmente cierra sus ojos para no ver el testimonio de Dios.
         Según la historia, sabemos que Copérnico rom­pió la tradición de la época en la iglesia y en la sociedad, diciendo que el centro del sistema so­lar era el sol y no la tierra. Esto no quiere decir que él no era un creyente. En efecto, el justificó su nuevo sistema heliocéntrico tomando en cuenta la lógica de que el sol, el testimonio más brillante de la gloria de Dios, era el centro de la órbita terrestre.
         En los años venideros, sin embargo, este mismo sol será el agente de la ira de Dios contra la hu­manidad rebelde: "y el sol se puso negro como tela de cilicio... y fue herida la tercera parte del sol, … y los hombres se quemaron con el gran calor." (Apocalipsis 6:12, 8:12, 16:9). También en épocas futuras, los cristianos no necesitaremos el sol, porque "la gloria de Dios la Ilumina, y el Cordero es su lumbrera" (Apocalipsis 21:23). El Señor Jesucristo, el Cordero de Dios, será el centro de la nueva creación.

Apéndice: Forma y libertad, así como en la at­mósfera.
         Cuando estudiaba algo sobre meteorología, me encontré con un ejemplo tremendo sobre el principio de la unidad y diversidad de la crea­ción. Todos estamos acostumbrados a ver las diversas formas de las nubes, y a admirar la be­lleza singular de los atardeceres. Pero lo que no es tan conocido, tal vez, es que el sistema del tiempo atmosférico está determinado en su totalidad por sólo cuatro ecuaciones, cuatro absolutas que no se pueden cambiar[5]. El trabajo de los meteorólogos es buscar las soluciones a estas cuatro ecuaciones, (lo cual se hace difícil, pues no sigue un patrón unilineal).
El estado particular de la atmósfera, en cual­quier momento, es siempre el resultado de estas cuatro ecuaciones. Y, aun así, hay infinidad de soluciones, cada una peculiar, y cada una deter­minada por las condiciones iniciales y fronteri­zas.
         ¿Qué aprendemos de este hecho? La belleza v la variedad del tiempo atmosférico no ocurre a pesar de leyes absolutas, sino como resultado de ellos. Si quitáramos alguna de estas leyes de conservación, habría un caos en la atmósfera. Los absolutos no impiden el estilo de Dios. De manera similar, en nuestra vida cristiana, el obedecer los absolutos de Dios no reprime nues­tra individualidad, belleza o libertad. Esa es la más grande mentira de Satanás hoy en día. Si dejamos a un lado todos los absolutos, nues­tras vidas sucumbirán, la sociedad se arruinará y se impondrá la anarquía. ¿Y dónde estarán en­tonces la belleza y la libertad? Pero si nos guia­mos por los absolutos de Dios, tales como su santidad y amor, habrá belleza real en nuestras vidas como cristianos. Y no seremos cristianos de molde, todos ¡guales. No; cada uno manten­dremos una relación viva con Dios, obedeciendo su palabra, y manifestando estos absolutos de una forma única y preciosa (de acuerdo con la personalidad individual y las circunstancias, es decir nuestras "condiciones iniciales y fronteri­zas".)
Tomado de la segunda sesión de "Los salmos de David sobre la creación".
Sendas de Vida, 1986




[1]         Mi madre tuvo esta experiencia, durante un paseo que hizo una tarde, en las montañas de los Andes en Colombia.
[2] John Dewey, "Mi Credo Pedagógico periódico esco­lar, Enero 1897, LTV, página 78, Chicago: A. Flanagan Co.
[3] En un libro reciente, Margaret Clarkson comparte cómo "el Dios que ella conocía y amaba" le habló "insistentemente" a trave's de su estudio y observa­ción de las aves. El título del libro "Ellas también cantan Sus alabanzas", (Grand Rapids: Zondevan. 1975.)
[4] Esto no significa que no debemos predicar el evan­gelio, pues hemos sido enviados a ir a todas las na­ciones discipulado, bautizando y enseñando todas las cosas que Él nos mandó (Mateo 28:19-20) Pero cuando lo hacemos, podemos recurrir al testimonio que ya existe en la creación, así como lo hizo Pablo.
[5] Ecuación de continuidad (conservación de la masa) Ecuación de moción; (conservación del momentum); Ecuación de termodinámica (conservación de la energía); Ecuación de vorticidad (conservación del momen­tum angular)