jueves, 1 de febrero de 2018

EL CRISTIANO VERDADERO (Parte II)



Si Cristo murió por nosotros, y pagó la deuda de nuestros pecados, ¿debemos llegar a la conclusión por ello de que todos los hombres son salvados automáticamente? ¿No hay nada que nosotros mismos debemos hacer para ser salvados? Si tenemos que hacer algo, ¿en qué consiste? O, como lo expresó un personaje de las Sagradas Escrituras: “¿Qué debo yo hacer para ser salvo?”
Toda alma que se da cuenta de su necesidad, se formula esta pregunta, conozca o no el mensaje del evangelio. Cuan­do una persona llega a sentir ansias de la salvación y de la comunión con Dios, lo primero que dice, naturalmente, es: “¿Qué debo hacer?” Por desgracia, hay muchas personas que están tan obsesionadas con la idea de que deben hacer algo para salvarse, que son como ciegos frente a lo que Dios ya ha hecho para su salvación. Sin embargo, la pregunta es ló­gica y natural, y hasta diríamos inevitable. ¿Qué es lo que debo hacer para llegar a ser cristiano?
Los hombres no se salvan en masa y automáticamente por el simple hecho de que Cristo murió por ellos. Hay un papel que debe ser desempeñado por cada individuo. Pero debes tener presente en forma bien clara, que el papel nuestro en el asunto de la salvación es muy sencillo y pequeño. Todo lo que tenemos que hacer es aceptar, con fe sencilla, lo que Cristo hizo por nosotros en la cruz. Creer, aceptar, confiar y recibir, lo que él ha hecho en favor nuestro. La parte que te corresponde a ti, pues, en la salvación, es muy sencilla. Es TENER FE. “Por gracia sois salvos —dice la Palabra de Dios— por la fe” (Efesios 2:8).
Cuando el carcelero de Filipos les dijo a Pablo y a Silas: “Señores, ¿qué debo yo hacer para ser salvo?”, el gran após­tol le respondió sencillamente a esa alma ansiosa y desesperada: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo” (Hechos 16: 31). Sí, la parte que nos toca a nosotros en el plan de la salvación de nuestra alma es simplemente que tengamos fe, una fe sencilla como la de los niños, que confían implícitamente. No se requiere nada más, pero nada menos ha de bastar; nada menos ha de darnos la salvación.
Pero quizás se suscite en tu pensamiento otra pregunta: ¿Qué es la fe? A la mente humana le resulta difícil compren­der lo que es la fe, y más difícil aún, ponerla en práctica. Sin embargo, debiera ser lo más fácil de entender, y en cierto sentido lo es.
En primer lugar, la fe abarca conocimiento o comprensión. Esto es cierto en cuanto a cualquiera de sus formas, aun cuando se trate de aquella fe común que se ejerce de mil maneras en la vida diaria. No podemos creer en algo de lo cual no tenemos ningún conocimiento. La fe viene como re­sultado de algo que oímos o aprendemos. Cuando oyes hablar acerca de alguna cosa, crees, o no crees; ejerces la fe, o no lo haces. La fe salvadora requiere el conocimiento y la com­prensión de la cruz y de lo que hizo Cristo en ella. Cuando alguien oye el mensaje de la muerte de Cristo por sus pecados, la fe salvadora no nace hasta que la persona no se da cuenta del hecho de que Cristo ha pagado una vez y para siempre, el precio de dichos pecados, y de que no queda más por hacer sino aceptar esa obra.
Cualquier alma que escucha el evangelio con su mensaje de que Cristo murió por sus pecados, y que realmente en­tiende el hecho glorioso de que la salvación es una obra ya consumada efectuada por Cristo para nosotros, ya tiene dentro de sí la esencia de la fe. Una vez que el hecho de la salvación haya sido comprendido, la fe ya estará bien ci­mentada. Nunca olvidaré la noche en que la fe llegó a ser mía. Un siervo de Dios me había hablado larga y paciente­mente, llevándome hacia la cruz y hacia la invitación de Cris­to de que yo fuese salvado; pero parecía que todo lo que yo podía ver era mi pecado y mi indignidad. El hombre oró conmigo, y yo traté de orar también, pero salí de la reunión esa noche sumido en las tinieblas espirituales y en la tristeza. No obstante, cuando llegué a casa, de rodillas junto a mi lecho, comprendí claramente que Jesucristo había pagado el castigo de todos mis pecados ¡Había expiado mis pecados! ¡Había muerto por mí! Comprendí por vez primera el alcance del plan de la salvación. La fe nacía en mi alma. Comprendía lo que Cristo había hecho en la cruz del Calvario. Dicho conocimiento constituye el primer elemento de la fe.
La fe también significa decisión. Una vez que haya com­prendido el glorioso hecho de la obra de la cruz, el alma forzosamente tiene que tomar una decisión: la del arrepen­timiento del pecado y la aceptación de Cristo, o lo contrario. Una vez que haya sido comprendido el mensaje de salvación,
LA SALVACION tiene que hacerse esta decisión de fe. Hay personas que se han criado en hogares cristianos, y han recibido durante to­das sus vidas enseñanzas evangélicas, pero que, a pesar de ello, nunca han decidido personalmente aceptar a Cristo.
La decisión de aceptar a Cristo, desde luego, comprende la decisión de arrepentirse del pecado. Todo el que posee algún conocimiento de las verdades espirituales, sabe que se­guir a Cristo significa abandonar el pecado. El que no lo entiende así, no ha recibido todavía ni los primeros destellos de la fe. Y es esta necesidad de arrepentimiento del pecado que hace que muchas personas no acepten a Cristo. La de­cisión tiene que hacerse. Habiendo ya comprendido lo que Cristo hizo para mí en la cruz, y sabiendo que aceptarle y seguirle significa arrepentirme de mis pecados y abandonarlos, tengo que decidir qué es lo que voy a hacer. Triste es decirlo, pero hay quienes, sabiendo perfectamente lo que es la salva­ción, y lo que significa aceptar a Cristo, resuelven rechazar su gracia y seguir en su camino de pecado. Los tales, no han ejercido la fe, pues ésta implica la decisión. No sólo debe existir la comprensión intelectual sino también el ejercicio de la voluntad. La Fe afecta al intelecto y a la voluntad. Ya que Cristo murió por mí, y yo lo reconozco, lo único que se interpone entre mi persona y la salvación de mi alma, es mi propia voluntad. ¿Cuál será mi elección, al ver a Cristo inmolado en la cruz, pagando el precio de mi pecado?
Veamos algunas ilustraciones de estas verdades. Suponga­mos que tú estás enfermo de gravedad. Tus parientes llegan a saber acerca de un célebre médico que sabe cómo curar la enfermedad de que padeces. Lo llaman a tu cabecera, diagnos­tica tu caso, y receta el remedio necesario. Este, es sumamente costoso, pero a pesar de ello, tus parientes lo consiguen, pa­gando por él, con grandes sacrificios, la suma exigida. ¿Te salvas de la muerte porque el remedio ha sido recetado, com­prado y puesto al lado de tu cama? Desde luego que no. Tienes que tomar el remedio que te ha sido traído. Si te niegas a hacerlo, has de morir. Si estás dispuesto a tomarlo vivirás. Así sucede con el asunto de la salvación. Tienes que aceptar lo que Cristo ha hecho por ti, a fin de que seas bene­ficiado por su obra.
Supongamos que desees hacer un viaje a Europa en avión. Compras el boleto, y lo llevas en la mano. Miras el avión en la pista de aterrizaje del aeropuerto, y dices que conoces sus buenas condiciones y que tienen confianza en él. ¿Bastará todo esto para que cruces el océano? Por cierto, que no. Tie­nes que embarcarte en el avión. Cuando la fe que decías tener en él empieza a traducirse en hechos, y subes al apa­rato, has de llegar a su destino, a menos que fallen los moto­res. En el caso de Cristo, él, la Nave de la Salvación, no puede fallar. Pero ¿has ejercido tu fe subiendo a bordo?
¿Has hecho tu decisión? ¿Has aceptado a Cristo, arrepintiéndote de tus pecados y proponiéndote en tu corazón con sinceridad seguir en pos de él? Si no lo has hecho aún, estás frente a frente con esta decisión. ¿Cómo reaccionarás frente al hecho de que Cristo murió por ti y que ahora te está ro­gando que acudas a él para obtener un perdón completo? ¿Cuál será la respuesta de tu voluntad a este conocimiento de la cruz que ahora posees?
¡Bienaventurado todo aquel que haya hecho ya su deci­sión! Es la más importante de todas las decisiones, pues de ella depende tu destino eterno. Si ya la has hecho, si has aceptado a Cristo y te has arrepentido de tus pecados, en­tonces tu salvación está asegurada para siempre.
La fe es simplemente creer las promesas de la Palabra de Dios. La Biblia dice: “A todos los que le recibieron, dióles potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Juan 1: 12). “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo” (Hechos 16: 31). “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6: 37). “Venid a mí todos los que estáis tra­bajados y cargados, que yo os haré descansar” (Mateo 11: 28), también son palabras de Cristo. “Para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3: 16).
¿Cumplirá Dios su Palabra? ¿Cumplirá Cristo sus prome­sas? De ello depende nuestra salvación; sobre ello descansa nuestra fe. De allí que la fe en su último y más simple aná­lisis, es creer las promesas de la Biblia, que es la Palabra de Dios. Si no nos aferramos a sus promesas, no podremos tener una esperanza segura. Si su palabra es segura, lo es también nuestra fe.
La fe es cuestión de aferramos a la única esperanza de salvación, que es el Cristo crucificado. Tal vez no alcances a comprender todo el significado espiritual de la cruz o todas las explicaciones teológicas de la expiación, pero sabes que Cristo hizo algo en la cruz que pagó el precio de tus pecados, y sabes que la obra hecha allí es tu única esperanza de sal­vación. Y a ese Salvador crucificado, te abrazas con fe senci­lla y sincera. Toplady lo expresó con belleza cuando escribió:

Roca abierta ya por mí,
Tengo abrigo siempre en ti;
Es tu sangre, Oh Jesús,
Por mí derramada en cruz,
El remedio eficaz
De mi culpa contumaz.

Todo celo vano es,
Vanas son mis lágrimas:
Tú Oh Jesús mi Salvador,
Sólo puedes perdonar,
Vuestra cruz es mi perdón,
Sólo en ti hay salvación
Las últimas líneas expresan lo que constituye la fe verdadera, fe que salva. “Vuestra cruz es mi perdón, sólo en ti, hay salvación”. Un cristiano que estaba pasando por momen­tos de duda acerca de su salvación, me confió cuales eran sus dificultades. Estaba preso de grandes angustias. Yo le aconsejé que cada vez que volviesen a presentarse las dudas que le atormentaban, dijese, en coloquio con su alma: “Mi única esperanza de salvación es Cristo y su obra efectuada en la cruz; a él he de aferrarme para la salvación, venga lo que vi­niere; y si fuere al infierno, iré allí confiando en Cristo”. Yo sabía que ninguna persona convertida podía ni siquiera pen­sar por un instante que podría ir al infierno confiando en Cristo. Si alguna vez te sientes tentado a dudar de la gloriosa salvación de Dios, recurre al método que acabo de exponer.
Cerremos este capítulo con las palabras de otro himno, escrito por Carlota Elliot:

Tal como soy, sin más decir,
Que a otro yo no puedo ir
Y tú me invitas a venir;
Bendito Cristo, vengo a ti.

Tal como soy, me acogerás;
Perdón, alivio, me darás;
Pues tu promesa ya creí,
Bendito Cristo, vengo a ti.

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