lunes, 18 de mayo de 2020

LA LEY Y LA GRACIA (3)


¿Dice el Nuevo Testamento que la ley sea la regla de vida del cristiano?



            Para no fatigar demasiado al lector a fuerza de argumentos, pregunto: ¿En qué parte del Nuevo Testamento se presenta la ley como regla de vida? Evidentemente el apóstol no tenía tal pensamiento cuando dijo:

“Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación. Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios” (Gálatas 6:15-16).

¿A qué regla se refiere? ¿La ley? No, sino la nueva creación. En el capítulo 20 de Éxodo, no se trata de “nuevas criaturas”; al contrario, ese capítulo se dirige al hombre tal como es, en su estado natural que pertenece a la vieja creación, y le pone a prueba para saber lo que verdaderamente está en condiciones de hacer. Por tanto, si la ley fuese la regla por la cual los creyentes deben andar, ¿a qué se debe que el apóstol pronuncie una bendición sobre los que andan según una regla totalmente diferente? ¿Por qué no dice: «A todos los que andan conforme a la regla de los diez mandamientos»? ¿No es, pues, evidente que, según este pasaje, la Iglesia de Dios tiene una regla más elevada conforme a la cual debe andar? Sin ninguna duda. Aunque, incuestionablemente, los diez mandamientos forman parte del canon de los libros inspirados, nunca podrían ser la regla de vida para aquel que, por la gracia infinita, ha sido introducido en una nueva creación y ha recibido una nueva vida en Cristo.
            Tal vez se pregunte: «Pero ¿no es perfecta la ley?» Y si la ley es perfecta, ¿qué más puede pedirse? La ley es divinamente perfecta. Es más, la ley maldice y mata a los que no son perfectos y pretenden medirse con ella precisamente a causa de su misma perfección. “La ley es espiritual; más yo soy carnal, vendido al pecado” (Romanos 7:14). Es absolutamente imposible formarse una idea justa de la perfección y espiritualidad de la ley. Mas esta ley perfecta, al ponerse en contacto con la humanidad caída, al chocar esta ley espiritual con “la intención de la carne”, no puede “obrar” más que “ira” y “enemistad” (Romanos 4:15; 8:7). ¿Por qué? ¿Porque la ley no es perfecta? Al contrario; porque la ley es perfecta, y el hombre es pecador. Si el hombre fuese perfecto, cumpliría la ley según toda su perfección espiritual; y asimismo el apóstol nos dice, tocante a los verdaderos creyentes, que a pesar de llevar todavía en ellos una naturaleza corrompida, “la justicia de la ley se cumple en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:4). “Porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley… el amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor” (Romanos 13:8-10; compárese Gálatas 5:14, 22-23). Si yo amo a una persona, no le hurtaré lo que le pertenece, antes, al contrario, procuraré hacerle todo el bien que pueda. Todo esto es claro y fácil de comprender para un alma espiritual, y confunde a los que quieren hacer de la ley el principio de vida para el pecador, o la regla de vida para el creyente.
            Si consideramos la ley en sus dos grandes mandamientos, vemos que ordena al hombre amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con toda su mente, y a su prójimo como a sí mismo. Tal es el resumen de la ley. He aquí lo que la ley pide sin disminuir lo más mínimo de ello. ¿Y cuál es el hijo caído de Adán que haya podido responder jamás a esta doble exigencia de la ley? ¿Cuál es el hombre que podría decir que ama a Dios y a su prójimo así? “La intención (lit.: la mente, esto es, la intención o deseo que tenemos por naturaleza) de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la voluntad de Dios, ni tampoco puede” (Romanos 8:7). El hombre aborrece a Dios y sus preceptos. Dios se ha manifestado en la persona de Cristo, no en su gloriosa majestad, sino con todo el atractivo y la dulzura de una gracia y condescendencia perfectas. ¿Cuál fue el resultado de ello? El hombre aborrece a Dios. “Si yo no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora han visto y han aborrecido a mí y a mi Padre” (Juan 15:24). Más se dirá: «El hombre debía haber amado a Dios.» Sin duda que sí; y si no le ama merece la muerte y la perdición eterna. Pero ¿puede la ley producir este amor en el corazón del hombre? ¿Es éste su objeto? De ninguna manera; “pues la ley produce ira”; “por medio de la ley es el conocimiento del pecado”; “fue añadida a causa de las transgresiones” (Romanos 4:15; 3:20; Gálatas 3:19). La ley halla al hombre en un estado de enemistad contra Dios; y sin cambiar nada este estado, porque no es este su objeto, le manda amar a Dios de todo su corazón, y le maldice si no lo hace. No pertenecía al dominio de la ley el cambiar o mejorar la naturaleza del hombre; no podía tampoco darle el poder para responder a sus justas exigencias. La ley dice: “Haz esto, y vivirás”. Ordena al hombre a amar a Dios, pero sin revelarle lo que Dios es para el hombre aun en su culpabilidad y en su ruina; y, no obstante, dice al hombre lo que él debe ser para Dios. ¡Qué terrible misterio! No se demuestra en esto el poderoso atractivo del carácter de Dios, que produce en el hombre un verdadero arrepentimiento hacia Él, fundiendo su corazón de hielo y elevando su alma a un afecto y adoración sinceras. No; la ley era un mandamiento perentorio a amar a Dios; y en lugar de crear este amor, la ley “obra” la “ira”, no porque Dios no deba ser amado, sino porque el hombre es un pecador.
            A continuación, leemos: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. ¿Ama el hombre natural a su prójimo como a sí mismo? ¿Es éste el principio, la regla que prevalece en las cámaras de comercio, en la bolsa, en los bancos, en los mercados y ferias de este mundo? ¡Desgraciadamente no! El hombre no ama a su prójimo como a sí mismo. Debería hacerlo; y si su condición fuese buena lo haría. La condición en que el hombre se halla, es totalmente mala, y a menos que no “nazca de nuevo” (Juan 3:3-5), por la Palabra y por el Espíritu de Dios, no puede “ver ni entrar en el reino de Dios”. La ley no puede producir este nuevo nacimiento. Ella mata al “hombre viejo”, pero no crea ni puede crear al “nuevo hombre”. Sabemos que el Señor Jesús ha reunido a la vez, en su gloriosa persona, a Dios y a nuestro prójimo; teniendo en cuenta que Él era, según la verdad fundamental de la doctrina cristiana, “Dios manifestado en carne” (1 Timoteo 3:16). Ahora bien, ¿cómo ha sido tratado Jesús por el hombre? ¿Le amó este último con todo su corazón y como a sí mismo? Todo lo contrario. El hombre crucificó a Jesucristo entre dos malhechores, después de haber preferido a un ladrón y homicida a este Ser bendito, el cual “anduvo haciendo bienes” por todas partes; el cual descendió de las moradas eternas de la luz y del amor, siendo Él mismo la personificación de este amor y de esta luz; cuyo corazón estaba lleno de la más pura simpatía para con las necesidades de la pobre humanidad y su mano siempre dispuesta a enjugar las lágrimas del pecador, aliviando sus sufrimientos. Así pues, al contemplar la cruz de Cristo, vemos la demostración irrecusable del hecho demostrativo de la impotencia del hombre para guardar la ley, porque tal poder simplemente no está en su naturaleza.
            Tales son los principios con los cuales termina el Espíritu Santo esta parte tan notable del libro inspirado. ¡Dios quiera que queden estos principios grabados en nuestro corazón, a fin de hacernos comprender de un modo más claro y cabal la diferencia esencial que existe entre la ley y la gracia!




NOTA

N. del E. — La Palabra no habla de la ley como abolida con respecto al gobierno moral de Dios en el mundo (como en 1 Timoteo 1:7-10), sino en cuanto a su aplicación a los cristianos. Para la salvación, para justicia, para la paz, para la vida, para la justificación, la ley ha sido totalmente abolida por la cruz.

LA SEGUNDA EPÍSTOLA A TIMOTEO (4)

 LAS CONSOLACIONES DEL PIADOSO EN EL DÍA DE RUINA
Capítulo 1



            (V. 11). Además, se nos ha dado a conocer este evangelio en toda su plenitud por medio de un instrumento especialmente designado - uno que viene a nosotros como Apóstol de Jesucristo a los Gentiles. Viene, por lo tanto, con la autoridad adecuada a través de un Apóstol que habla por revelación e inspiración.

         (V.12). Al mismo tiempo, fue a causa de su fiel testimonio que Pablo tuvo que sufrir. No fue ninguna maldad lo que le llevó al sufrimiento y al oprobio. Su celo como heraldo, su consagración como Apóstol enviado por Cristo, su fidelidad a la Iglesia como maestro, le permitió decir, "por causa de lo cual también padezco estas cosas." (V. 12 - VM). La prisión fue sólo una de "estas cosas" que este siervo fiel tuvo que padecer. Hubo otros sufrimientos sentidos de forma más penetrante por su sensible corazón, pues "estas cosas" incluyeron el abandono de aquellos que él amaba que estaban en Asia y entre quienes había trabajado por tanto tiempo. Además, también, él padeció por la oposición de profesantes que, como Alejandro, le causaron muchos males al Apóstol (4:14). No obstante, viendo que estaba sufriendo por su fidelidad como siervo de Jesucristo, él puede decir, "no me avergüenzo." Además, no solamente no se avergonzaba, sino que él no fue derribado, tampoco ninguna palabra de enojo resentido escapó de sus labios a causa de la injusticia del mundo, y el abandono, ingratitud, e incluso oposición de parte de muchos cristianos. Él es elevado por sobre toda depresión, todo resentimiento y todo rencor, ya que está persuadido de que Cristo puede guardar su depósito hasta aquel día. Cuando a Cristo "le ultrajaban, no respondía ultrajando; cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a aquel que juzga con justicia. (1 Pedro 2:23 - LBLA). En el espíritu de su Maestro, Pablo, en presencia del padecimiento, del abandono y los insultos, encomienda todo en manos de Cristo. Su honra, su reputación, su carácter, su defensa, su felicidad, todas estas cosas son encomendadas a Cristo sabiendo que, aunque los santos puedan abandonarle, e incluso oponérsele, con todo, Cristo nunca le faltará. Él está persuadido de que Cristo puede cuidar sus intereses, defender su honra y corregir todo mal en "aquel día". 
         En la luz de "aquel día" Pablo puede pasar triunfalmente a través del "día de hoy" con todo sus insultos, burla y vergüenza. Podemos preguntarnos por qué se permitió que el consagrado Apóstol fuera abandonado y recibiera oposición incluso de parte de los santos; pero nosotros no nos preguntaremos en "aquel día" cuando todo lo malo será corregido, y cuando se hallará que toda la vergüenza y el padecimiento y el oprobio resultarán en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo. Los fieles en el día de hoy pueden realmente ser una minoría pequeña e insignificante, como el Apóstol Pablo y los pocos que estaban asociados con él al final de su vida; no obstante, en "aquel día" se hallará que fue mucho mejor haber estado con los pocos despreciados que con la mayoría infiel.
         La vanidad de la carne gusta de ser popular y darse importancia a sí misma, y hacerse prominente ante el mundo y los santos, pero en vista de aquel día, es mejor tomar un lugar humilde no atrayendo la atención sobre uno mismo, que tomar un lugar público y hacerse notar, pues allí se hallará que los primeros serán postreros; y los postreros, primeros.
         De hecho, nosotros podemos padecer a causa de nuestro propio fracaso, y esto debería humillarnos. Sin embargo, con el ejemplo del Apóstol ante nosotros, hacemos bien en recordar que, si hubiéramos andado en fidelidad absoluta, nosotros habríamos padecido aún más, pues siempre permanece como una verdad que "todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, padecerán persecución." (3:12 - VM). Si somos fieles a la luz que Dios nos ha dado, y procuramos andar en separación de todo aquello que es una negación de la verdad, nosotros hallaremos, en nuestra pequeña medida, que tendremos que enfrentar persecución y oposición, y, en sus formas más dolorosas, de nuestros compañeros cristianos. Y que bueno es para nosotros, cuando viene la prueba, si podemos, como Pablo, encomendar todo al Señor, y esperar su vindicación en aquel día. Demasiado a menudo nosotros somos iracundos e impacientes en la presencia de males, y procuramos corregirlos en el "día de hoy", en lugar de esperar "aquel día". Si, en la fe de nuestras almas, la gloria de aquel día resplandece ante nosotros, en lugar de ser tentados a rebelarnos ante los insultos y males que puedan ser permitidos, nosotros nos gozaremos y alegraremos porque, dice el Señor, "vuestro galardón es grande en los cielos." (Mateo 5:12)

         (Vv. 13, 14). Contemplando, entonces, que este gran evangelio, con su salvación y su llamamiento, llega a Timoteo a través de una fuente inspirada, él es exhortado a retener "el modelo de las sanas palabras" (1:13 - RVR1977) que había oído del Apóstol. Las verdades comunicadas a Timoteo en "sanas palabras" tenían que ser sostenidas por él en una forma ordenada, o en un modelo, de modo que el pudiese declarar clara y ciertamente lo que él sostenía. Teniendo este modelo, las verdades transmitidas por las "sanas palabras" serían contempladas en relación correcta las unas con las otras. Para nosotros este modelo (o forma) se encuentra en la Palabra escrita, y muy especialmente en las Epístolas de Pablo. Así, en la Epístola a los Romanos, hay una presentación ordenada de las verdades concernientes a nuestra salvación, mientras sus otras Epístolas entregan un modelo respecto a la iglesia, la venida del Señor y otras verdades. En la Cristiandad este modelo se ha perdido en gran parte mediante el uso de textos aislados aparte de su contexto. Este modelo (o forma), presentado en la Escritura, debe ser guardado celosamente. Hombres sinceros pueden intentar formular su creencia en confesiones religiosas, artículos de religión, y credos teológicos: sin embargo, tales expedientes humanos, cualquiera sea el uso que puedan tener en su lugar, resultan siempre ser insuficientes para alcanzar la verdad y no pueden tomar el lugar del modelo inspirado presentado en la Escritura.
         Por otra parte, este modelo de sanas palabras recibidas del Apóstol, debe ser sostenido, no como un mero credo al cual podemos otorgar nuestro asentimiento, sino en fe y amor en Cristo Jesús, la Persona viviente de quien la verdad habla. No es suficiente tener un modelo (o forma) de sanas palabras. Si la verdad ha de ser efectiva en nuestras vidas, ella deber ser sostenida "en la fe y amor que es en Cristo Jesús." La verdad que cuando es presentada por primera vez al alma es recibida con gozo, perderá su frescura a menos que sea mantenida en comunión con el Señor. Además, si la verdad debe ser sostenida en comunión con Cristo, solamente puede ser en el poder del Espíritu Santo. Por lo tanto, toda la extensión de la verdad contenida en el modelo (o forma) de las sanas palabras que había sido dado a Timoteo, debía ser guardada por el Espíritu Santo que mora en nosotros.

         (V. 15). La inmensa importancia de mantener el modelo de la verdad en comunión con Cristo, mediante el poder del Espíritu, es enfatizada por el hecho solemne de que aquel por medio del cual la verdad había sido revelada fue abandonado por el cuerpo principal de santos en Asia. Los mismos santos a quienes habían sido revelados el llamamiento celestial y toda la extensión de la verdad cristiana, se habían apartado de Pablo. No se trata de que estos santos se habían apartado de Cristo, o que habían renunciado al evangelio de su salvación; pero la verdad del llamamiento celestial revelada por el Apóstol no había sido sostenida en comunión con Cristo, y en el poder del Espíritu. Por lo tanto, ellos no estaban preparados para estar asociados con él en el lugar exterior de rechazamiento en este mundo que la verdad plena del cristianismo implica.
         Es evidente, entonces, que nosotros no podemos confiar en los santos más iluminados para el mantenimiento de la verdad. Es solamente del modo que Cristo ordena los afectos en el poder del Espíritu que nosotros guardaremos el buen depósito que nos ha sido encomendado.

         (Vv. 16-18). La referencia a Onesíforo y su casa es muy conmovedora. Demuestra que la indiferencia y el abandono de la mayoría no condujeron al Apóstol a pasar por alto el amor y la amabilidad de un individuo y su familia. De hecho, el abandono de la mayoría hizo que el afecto de los pocos fuese mucho más precioso. Cuando la gran mayoría afligía el corazón de Pablo, había por lo menos uno de quien él podía decir, "muchas veces me confortó." Los demás podían avergonzarse de él, pero de este hermano él podía decir que "no se avergonzó de mis cadenas." Cuando los demás le abandonaron aún había uno de quien él puede escribir, "me buscó solícitamente y me halló." Cuando los demás no se ocupaban de él, Pablo puede reconocer con placer a este hermano que "tantos servicios" le prestó "en Éfeso." (V. 18 - VM).
         Cuán gratificante debe haber sido para el corazón del Apóstol, en el día de su abandono, comprender la compasión y las consolaciones de Cristo hallando su expresión a través de este hermano consagrado. Si Pablo no olvida esta expresión de amor en el día de su abandono, el Señor no la olvidará en "aquel día" - el día de la gloria venidera.

REINO DE LOS CIELOS Y REINO DE DIOS




Pregunta: ¿Podría usted definir, por favor, en alguna medida, los términos "reino del cielo" y "reino de Dios"? Algunas veces parecen ser sinónimos, y otras no. Mateo, y sólo él, usa principalmente el primero; Lucas el segundo, así como también los otros.  

Respuesta: "El reino de los cielos" (que es la verdadera traducción) es nombrado sólo en Mateo. Es un término dispensacional; mientras que "el reino de Dios" es una cosa moral. Usted encuentra que los términos son usados en consonancia con los evangelios que usted ha nombrado: Mateo agrupa sus temas dispensacionalmente; Lucas lo hace moralmente; alejándose ambos del orden histórico, orden que Marcos sigue más que ninguno de los demás.
            Para un judío el término "reino de los cielos" era familiar. (Véase Deuteronomio 11:21; Salmo 89:29; Daniel 2:44; Daniel 4: 26-35, y otras Escrituras). Es el «gobierno de los cielos» reconocido en la tierra. Fue anunciado como que "se ha acercado" no como llegado, por Juan el Bautista (Mateo 3); por el Señor (Mateo 4); por los doce (Mateo 19), y rechazado; luego, en Mateo 12 el cual finaliza las buenas nuevas (el evangelio) para el judío, se pronuncia la maldición del Anticristo sobre la nación, y se enuncia un Remanente reconocido que hace la voluntad del Padre. En el capítulo 13, el Señor comienza una nueva acción como sembrador, y el reino de los cielos asume un nuevo carácter, que los profetas no contemplaron: un ámbito invadido por el mal, con una cosecha mezclada — los "misterios del reino de los cielos" (Mateo 13:11), y en lugar de que los súbditos verdaderos de este reino tengan su origen en Abraham, ellos lo tienen de la Palabra de Dios, que Cristo siembra; mientras otros aceptan nominalmente la autoridad de Cristo, como profesantes.
            En Lucas, el cual es el gran moralizador, el término usado es "reino de Dios", del cual Cristo pudo decir, en respuesta a la consulta de los Fariseos si ella venía con reparo, que dicho reino estaba "entre vosotros" (Lucas 17:21), ya que Dios estaba allí en Él; mientras que del "reino de los cielos" sólo se pudo decir que "se ha acercado", y no comenzó (y no podía comenzar) hasta que el Señor estuvo en el cielo. El hecho de que el reino hubiese llegado (o venido) durante Su presencia habría hecho que fuese aquí el reino de la tierra. Su autoridad y la autoridad de los cielos fueron reconocidas por los discípulos, aun antes de la venida del Espíritu Santo, durante los diez días de intervalo, mientras esperaron Sus instrucciones para la venida del Espíritu Santo. El "reino de los cielos" continuará en su estado confuso actual hasta el Milenio; por eso es que hay un buen margen de tiempo después que la historia de la iglesia termina, ya que había comenzado antes que ella.
            Usted encontrará dos lugares donde dicho reino tiene un carácter moral asignado por Pablo — "El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. " (Romanos 14:17); "El reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder." (1ª. Corintios 4:20). El "reino de Dios" «es la exhibición, (o manifestación) del poder gobernante de Dios bajo cualquier circunstancia.» Un hombre debe nacer de nuevo para «verlo», o para «entrar en» el reino de Dios, en su verdad (Juan 3); no así con respecto al reino de los cielos, en el cual se mezclan la cizaña y el trigo. Las almas pueden profesar y someterse al reino de Dios, meramente por profesión; por eso, en Lucas 13:18, Él usa el término "reino de Dios" donde la profesión nominal (sólo de nombre) es mencionada en la parábola, y donde la expresión el "reino de los cielos" pudo ser usada a manera de sinónimo. Aun así, nadie sino los santos serían realmente de él, como nacidos de Dios.
            Cuando entra el Milenio, el estado confuso actual del reino de los cielos será desechado mediante el juicio de los vivos; y será mostrado entonces en su verdad, en un doble estado de cosas, celestial y terrenal. El Hijo del Hombre reúne de Su reino — es decir, de la parte terrenal de él (véase Salmo 8; Hebreos 2) — todos los tropiezos o estorbos, y los que hacen iniquidad; y entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre — es decir, en el ámbito celestial de él. (Véase Mateo 13: 41-43).
F. G. Patterson
Traducido del inglés por: B.R.C.O.-

“EL UNGIDO DE JEHOVÁ”.

1 Samuel 16 (RV1909).                


Después del rechazamiento de Saúl por su desobediencia al mandato de Dios, cuando no cumplió su mandato para ir a destruir a Amalee, encontramos en el capítulo 16 la historia de la elección de David.


            Samuel regresa a su pueblo y llora por Saúl, hasta que Dios mismo le dice: “¿Hasta cuándo has tú de llorar a Saúl, habiéndolo yo desechado para que no reine sobre Israel? Hinche tu cuerno de aceite, y ven, te enviaré a Isaí de Bethlehem: porque de sus hijos me he provisto de rey” (1 S. 16:1). Luego Samu-el va y el capítulo nos dice la manera de esa elección. Isaí pasa delante de él a todos sus hijos, con excepción de David, quien se encontraba cuidando sus ovejas. Cuando Sa-muel pregunta a Isaí si se habían acabado los mozos él responde: “Aún queda el menor que apacienta las ovejas”, a lo que Samuel contesta: “Envía por él, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que él venga aquí”. Cuando es introducido, vemos, como el versículo dos nos dice, que era rubio, de hermoso parecer, y de bello aspecto. Entonces se levantó y ungióle, porque Jehová se lo había dicho.
            Desde ese día el Espíritu de Dios tomó a David, en cambio el Espíritu de Jehová se apartó de Saúl, y atormentábale el espíritu malo de parte de Dios.
            Pasa algún tiempo y cuando los criados de Saúl vieron a su señor atormentado por el espíritu malo por parte de Dios, le ruegan que busquen alguno que supiera tocar el arpa, y Saúl da la orden de buscar a uno que tañera bien y que se lo trajeran para con­solarle. Entonces uno de los criados le responde, diciendo: “He aquí yo he visto aun hijo de Isaí de Bethlehem, que sabe tocar, y es valiente y vigoroso, y hombre de guerra, prudente en sus palabras, y hermoso y Jehová es con él”. Saúl envía mensajeros a Isaí, diciendo: “Envíame a David, tu hijo, el que está con las ovejas”, David viene a Saúl y estuvo delante de él y amólo mucho y fue hecho su escudero, y cuando el espíritu malo de parte de Dios lo atormentaba, David tocaba el arpa y tañía con su mano, y Saúl tenía refrigerio, y estaba mejor, y el espíritu malo se apartaba de él.
            Querido hijo de Dios, en esta introducción de David encontramos una de las lecciones más precio­sa que llena nuestro corazón de alabanza, gozo y gratitud para Aquel que es para nosotros, y aun en más grande medida, lo que David fue para Saúl.
            El Espíritu Santo tiene cuidado de decir que David era “rubio, de hermoso parecer, y de bello aspecto” cuando fue presentado y ungido. También Cantares 5.10-16, nos da un retrato del Amado de nuestro corazón, el Ungido de Jehová, y dice: “Mi amado es blanco y rubio, señalado entre diez mil”, y en Lucas 4.18, el mismo Señor dice: “El Espíritu del Señor es sobre mí, por cuanto me ha ungi­do para dar buenas nuevas a los pobres” etc. Ve­mos al ungido de Jehová, por el profeta Isaías, sin parecer ni hermosura, y leemos: “Como se pasmaron de ti muchos, en tanta manera fue desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres” (Is. 52:14). Esto es mirándole en el Calvario, donde Él fue puesto como substituto nuestro, pero después el mismo profeta le ve de diferente manera, y dice: “¿Quién es éste que viene de Edom, de Bosra, con vestidos bermejos? ¿éste hermoso en su vestido, que marcha en la grandeza de su poder?” (Is. 63.1) También el apóstol San Juan, cuando estaba en la isla de Patmos tiene una revelación de la hermosura y grandeza de este Ungido de Jehová (Ap. 1.12, 20).
            Más tarde, cuando uno de los criados de Saúl da un registro de David, dice: “Yo he visto a un hijo de Isaí de Bethlehem, que sabe tocar” (1 S. 16.18). Notemos que dice: “sabe tocar”. Él podía, con su arpa, sacar las melodías que pacificaban el estado de ánimo tan triste de Saúl. No cabe duda que había aprendido a tocar arpa en lo escondido de los para­jes cuando cuidaba las ovejas de su padre. También nuestro David “sabe tocar”. ¡Quién, si no Él, ha tocado todas las melodías de Dios y para Dios en su santa y perfecta vida! En Él encontramos gozo, ala­banza, clamor con lágrimas, amor, rendición, sumi­sión, y sufrimiento, todo en su más alto grado de per­fección y agradable a Aquel que le ungió como Rey para su pueblo, y Salvador para nosotros. De la mis­ma manera como David con su arpa y su voz pudo ensalzar tanto a Aquel que le había escogido y tomado de detrás de las ovejas, así nuestro amado Señor Jesús fue de tal manera la delicia del Padre que le oímos exclamar dos veces “Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento” (Mt. 8:17;17:5). No solo Él tocó con su vida todas las melodías para su Padre, sino también es el que “sabe tocar” por nuestras vidas, para que ellas saquen también melo­días agradables para Dios. Desde la conversión, por su Espíritu, Él toca nuestras almas para hacernos despertar de nuestra condición indiferente y peligro­sa en la cual estábamos cuando fuimos sacados del pozo cenagoso, para darnos canción nueva y hacernos participantes de su misma vida. Él es el que en nues­tra aflicción, tentación, desaliento y desmayo puede tocar de tal manera que, en medio de todos estos estados de alma podemos apercibir su mano para hacer brotar alabanza y gratitud para Dios. En Isaías 42,8 dice que este Siervo “escogido...no quebrará la caña cascada”. Esta caña cascada era una especie de flauta hecha de caña que los pastores hacían para entretenerse en tocar mientras cuidaban el ganado. Algunas veces esta caña era dejada tirada y era casi deshecha por la planta de alguna bestia fiera. Al hallarla el pastor que sabía tocar, la recogía y de nue­vo empezaba a tocar aún más dulces melodías que las que antes sacaba. Nuestro Señor, el Pastor de nuestras almas, no quebrará la caña cascada, o sea, la vida de entre sus hijos que esté aún en apariencia botada e inútil por causa de la opresión del enemigo o por los estragos que ha hecho la carne y el mundo. Él ve la posibilidad de aquella vida y en lugar de acabarla de quebrar y tirarla, la toma con ternura y la compone de tal manera que puede volver a sacar los tonos de alabanza, gratitud y rendición que es­pera de su pueblo. ¿No te parece que Él sabe real­mente tocar? Cuando la carne se levanta para ator­mentarnos, ¿no te parece que es Él, el que “sabe tocar” el que aquieta esa naturaleza mala y rebelde? De la misma manera como David tocaba con su arpa cada vez que Saúl estaba entristecido y atormentado por el espíritu malo de parte de Dios, que era el castigo de su desobediencia, hasta que tenía refrige­rio y estaba mejor y librado del espíritu malo, así nuestro David no deja de tocarnos hasta que nosotros mismos encontramos ese refrigerio. Ojalá que, en medio de nuestra más grande aflicción, turbación o desaliento, nosotros recordemos que nuestro amado David quiere sacar melodías dulces de nuestras vidas y en lugar de desanimarnos, abandonémonos en sus manos, porque El “sabe tocar”.
            “ES VALIENTE Y VIGOROSO”. En el mismo David encontramos los tipos más hermosos de esta va­lentía que mostró al tratar con sus enemigos. No sola­mente con sus enemigos, a quienes siempre venció por la ayuda y sabiduría que recibía de Dios, sino con las bestias fieras con quienes se encontraba cuando cuidaba las ovejas de su padre. Cuando fue al encuentro del Filisteo se asombró de las palabras con que provocaba este Filisteo incircunciso a los escuadrones del Dios viviente, y dijo a Saúl que él iría a pelear con él, Saúl le dice: “No podrás tú ir contra aquel Filisteo, para pelear con él; porque tú eres mozo, y él un hombre de guerra desde su juventud” (1 S. 17.33); y David le responde: “Tú siervo era pastor en las ovejas de su padre, y venía un león, o un oso, y tomaba algún cordero de la manada, y salía yo tras él. y heríalo, y librábale de su boca: y si se levantaba contra mí, yo le echaba mano de la quijada, y lo hería y mataba. Fuese león, fuese oso, tu siervo lo mataba: pues este Filisteo incircunciso será como uno de ellos, porque ha provocado al ejército del Dios viviente. Y añadió David: Jehová, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, él también me librará de la mano de este Filisteo”. Por la historia relatada en el capítulo 17, encontramos la victoria que Dios le dio por su valentía al pelear con este Filisteo.          
            También en toda su historia encontramos sus grandes victorias contra los mismos Filisteos y otros de sus enemigos; de tal manera fue valiente que todo Israel podía saber que él hacía las guerras de Jehová. De la misma manera nuestro David fue valiente para vencer a sus enemigos. Primeramente, mostró su valor cuando tenía que encon-trarse con los Fariseos y escribas, quienes lo condenaban por su rectitud y fidelidad para las cosas de su Padre. Después, cuando iba a la cruz, sabiendo lo que le esperaba, dijo a sus discípulos: “He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte: y le entregarán a los Gentiles para que le escarnezcan, y azoten, y crucifiquen; más al tercer día resucitará” (Mt. 20.18,19). Él, como aquel Benaías que mató dos leones de Moab y descendió tam­bién e hirió un león en medio de un foso en tiempo de nieve; vino a este mundo, venció la carne y el mundo, pero también descendió para matar aquel gran león “que tenía el imperio de la muerte, es a saber, al diablo” (He 2.14), y despojó los principados y las potes­tades, sacándolos “a la vergüenza en público, triun­fando de ellos. en sí mismo” (Col. 2.15). Hecho nuestro sustituto, venció al pecado, y “habiendo hecho purgación de nuestros pecados por sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (He. 1.3). El Salmo. 24.8-10, hablándonos de Él, nos dice: “¿Quién es este Rey de gloria? Jehová el fuerte, y valiente, Jehová el poderoso en batalla, Alzad, oh puertas, vues­tras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria. ¿Quién es este Rey de glo­ria? Jehová dé los ejércitos, él es el Rey de la gloria. (Selah)”. Allí, a la diestra del Padre está sentado nuestro David, habiendo hecho todas las guerras de Jehová, esperando que Dios ponga a sus enemigos debajo de sus pies (Sal. 110.1). Él es el que nos libra en todas nuestras batallas contra el mundo, la carne y el diablo, porque tiene la sabiduría y valentía para vencer a nuestros enemigos.
M. K.
Contendor Por la fe,  1944

MEDITACIÓN

LA RESPONSABILIDAD DE LOS ABUELOS CRISTIANOS

Tu mujer será como vid que lleva fruto a los lados de tu casa; tus hijos como plantas de olivo alrededor de tu mesa. He aquí que así será bendecido el hombre que teme a Jehová...Y veas a los hijos de tus hijos (Salmo 128:3-6)

           


¡Ser abuelos es una experiencia maravillosa, pero tristemente muchos abuelos fracasan a la hora de establecer una buena rela­ción con sus nietos! Como resultado, ellos pierden la oportunidad de ayudarlos a edificar sus vidas en el Señor. La obediencia de los abuelos a Dios tiene un efecto poderosísimo en sus nietos (Dt. 6:2).
Tito 2 detalla tres formas en las que podemos influenciar a nuestros nietos. Primero, los ancianos y ancianas deben presentarse “como ejemplo de buenas obras” (v. 7); segundo, podemos ser maestros : las ancianas deben ser “maestras del bien; que enseñen a las mujeres jóvenes” (vv. 3-4), mientras que los ancianos deben exhor­tar a los jóvenes (vv. 2:1-6); y tercero, podemos alentar a otros; debemos hablar “lo que está de acuerdo a la sana doctrina” (v. 2:1) — habiendo aprendido de nuestras propias experiencias, podemos alentar a nuestros nietos con el ánimo que necesitan. 1 Tesalonicenses nos muestra una cuarta forma de influenciarlos: debemos orar sin cesar por ellos (1 Ts. 5:17).
Puede haber muchas cosas que ya no podamos hacer, pero toda­vía podemos orar por ellos. Cuando nos comunicamos con ellos presencialmente o por teléfono, carta o e-mail, debemos darles a conocer que estamos orando por ellos y pedirles que nos provean de peticiones específicas de oración. No existe un método más efec­tivo que este para influenciar a nuestros nietos.
Todo lo que hacemos por nuestros nietos es una inversión para su vida futura en la eternidad. Ellos nos tendrán por poco tiempo en su vida. Por lo tanto, no perdamos la oportunidad de impactar sus vidas por el Señor. ¡Por la gracia de Dios podremos ser buenos abuelos!
Devocional "El Señor está Cerca"

ESCENAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO (44)


Mefiboset, el cojo


Por G. G. Johnston

               

            No siempre quedan sin renombre los cojos y los débiles. Entre los amigos del rey David había uno que no podía dar ni un paso derecho. Cuando niño había sufrido una caída, quedando lisiado de ambos pies. Su abuelo Saúl estaba reinando en su niñez y le tenía a David por enemigo. Pero, llegó el día cuando Saúl fue muerto y David fue reconocido como el rey legítimo de su pueblo: primeramente, por una parte, de la nación y después por toda.
            Un día David sorprendió la corte con decir: “¿Ha quedado alguno de la casa de Saúl, a quien haga yo misericordia por amor de Jonatán?” Y uno le contestó: “Aun ha quedado un hijo de Jonatán, lisiado de los pies”.
            Como descendiente de Saúl, que tanto mal había hecho a David, podríamos creer que Mefiboset fuese muerto por mandato del rey. Tal no era el pensamiento de David. Le quiso mostrar misericordia, y una razón fue “por amor de Jonatán”. Ese Jonatán, aunque hijo de Saúl, había hecho pacto de amistad con David varios años antes.
            Mefiboset no parece haber esperado consideración y se había alejado a un lugar en el desierto llamado Lodebar. Pero David no renunció su propósito, ni por esta circunstancia ni por la cojera y pobreza del abandonado Mefiboset. Salió un mensajero a decirle que se presentara ante el rey.
            ¡Cuán grato el orden! ¡Feliz el mensajero! “¡Ven a David para recibir misericordia!” El cojo tiene que convenir o rehusar. ¿Qué haría? Su suerte depende de la decisión a tomar. Él acepta.
            Cuán humilde se le ve postrado ante el monarca. No sabe a ciencia cierta si es para muerte o para bien. Tiembla. Pero David le dice: “No tengas temor, porque yo a la verdad haré contigo misericordia por amor de Jonatán”. Y Mefiboset, convencido por fin del buen propósito de su rey, se inclina y responde: “¿Quién es tu siervo, para que mires a un perro muerto como yo?” Le agrega David la promesa de una provisión real de por vida, y aun el privilegio de asociarse con él en el hogar, comiendo a la mesa del rey.
            La actitud del rey David representa la de Dios para con los hombres. Aunque han caído como Mefiboset, y no son dignos de otra cosa sino el infierno, Dios ha buscado medios por los cuales Él puede reconciliarles a sí. Ha entrado en pacto con su eterno Hijo para redimir. Ese Hijo tomó cuerpo humano, vivió y murió bajo el peso de nuestros pecados, y realizó a cabalidad la obra salvadora.
            Resucitado, Él mandó a sus discípulos, como mensajeros del rey, a llamar a los hombres a ser reconciliados con Él. Ofrece restaurar perfecta paz a todos los que la quieran aceptar. Este es el mensaje del Santo Evangelio que le viene a usted.
            Pero supongamos que Mefiboset hubiese sido soberbio, despreciando la oferta de David y tratando con desdén el mensajero. Él ha podido pensar de sí como heredero de aquel trono, respondiendo: “Yo, ¿reconocer a David? ¡Nunca!” ¿Y qué hubiera hecho el mensajero? ¿Emplear la fuerza? No. Hubiera regresado a su amo con la triste noticia de que el lisiado había rechazado la oferta. De acuerdo con la dignidad de su trono, David hubiera tenido que tratarle, ya no como un desafortunado, sino como un rebelde. Enviaría otro mensajero, y éste para tenerle a juicio. Despreciada la misericordia, no le quedaría otra cosa que el castigo.
            Y usted no será condenado porque otro pecó contra Dios, sino por rechazar la oferta de salvación (al ser éste el caso) que Él ofrece con base en la sangre de su Hijo. Aplica a todo ser humano una misma norma basada en qué hace con el Cristo: “El que cree en el Hijo, tiene vida eterna; más el que es incrédulo al Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”, Juan 3.36.

ABRIL UN MES INOLVIDABLE

por Marcos Caín
Hermosillo, México
Probablemente ninguno de los lectores ha vivido en tiempos tan diferentes y difíciles como los de hoy en día: encerrados en la casa, sin escuela, locales para reuniones cerrados, restaurantes sin clientela, menos tráfico que nunca, escasez de muchos artículos en las tiendas (especialmente los de higiene) y mucha preocupación. Queremos considerar brevemente cinco temas para nuestra meditación y provecho.

La turbación y las pruebas: aunque las circunstancias de hoy día son únicas y nuevas, la verdad es que los creyentes a lo largo de la historia han sido probados en una forma u otra. La prueba no es para que estemos turbados, sino confiados, recordando las palabras del salmista: "En tu mano están mis tiempos" (Sal 31.15). Cristo, cuando estaba a punto de dejar a sus discípulos, dijo: "No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí" (Jn 14.1). Tal vez al ver sus caras notó la turbación, pero les infundió confianza por medio de sus palabras.

Un tiempo de provecho: Quizás para muchos es difícil tener una rutina en estos días, y las horas pasan sin lograr nada, o por lo menos, sin lograr mucho. Pablo dijo: "Aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos" (Ef 5.16). Si tiene algo de tiempo extra (y la mayoría sí lo tiene), aprenda más de Dios en su tiempo devocional, memorice algún capítulo o pasaje bíblico, pase más tiempo en oración. No dejemos pasar el tiempo sin sacarle algún provecho.

Nuestra testificación de la Palabra: Como es muy obvio, la predicación pública en muchas partes ha sido restringida. Pero no vayamos a pensar que el poder de la Palabra se ha limitado. Pablo dice que "agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación" (1 Co 1.21), pero obviamente él también hablaba con las personas en forma particular para compartir el mensaje. Nosotros tenemos la oportunidad de utilizar la tecnología para compartirlo también ahora: YouTube y Facebook, por ejemplo, o una simple llamada telefónica.

El triunfo y el poder: Este mes es el de la Pascua. "Nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros" (1 Co 5.7). El triunfo de Cristo sobre el pecado y el Diablo en la cruz es algo bien conocido para nosotros. Pero también recordemos las palabras del himno:

Desde la tumba subió.
Sí, triunfante Él resucitó;
para siempre ya dominio sobre el mal
con los santos tiene en gloria celestial.
Triunfó, triunfó,
¡aleluya, Él triunfó!

Él mostró su poder sobre la misma muerte. Y el poder que demostró aquel día tercero lo sigue poseyendo el día de hoy. No hay nada que esté fuera del control divino, nada que vaya más allá que su poder. Aunque hoy pasemos por tiempos de prueba, la victoria es segura: ¡viviremos con Él!

La tranquilidad y la paz: El que no es salvo no puede tener, ni tampoco disfrutar, una plena y profunda tranquilidad y paz en su corazón en momentos así. Tal vez haya algo de resignación ante las circunstancias, pero la paz de Dios no mora en ellos. "La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron" (Sal 85.10). En la cruz nuestra cuenta fue pagada por Cristo. Por lo tanto, vivamos hoy, no descuidándonos, ni desobedeciendo las órdenes del gobierno, sino disfrutando la tranquilidad y la paz que Dios mismo nos da.