domingo, 1 de abril de 2012

EL LIBRO DEL PROFETA JONAS

Capítulo 4: El Pueblo de Israel

Hemos visto que Jonás, a pesar de su carácter de profeta, encarna en sí el espíritu del pueblo del cual forma parte, espíritu de desobediencia, de indepen­dencia de Jehová, de orgullo espiritual y de justicia propia, que Dios constantemente señala por sus pro­fetas. No se trata aquí de idolatría tan a menudo ana­tematizada, pero que había abandonado a este pueblo mucho tiempo antes que, por el rechazamiento del Cristo, fue dispersado entre las naciones. Ahora bien, es de ese tiempo del cual el libro de Jonás nos habla en figura. Lo presenciamos en el momento en el que la historia de Israel va a acabarse. El pueblo persiste en sus caminos de independencia y voluntad propia, sin haberse arrepentido realmente de las "vanidades mentirosas" (Cap. 2:9), que lo habían tanto tiempo caracterizado. La casa estaba vacía, barrida y adornada (Mat. 12: 44); el estado de este pueblo que el demonio de idolatría ya no asediaba, estaba particularmente marcado en los tiempos de los últimos profetas y du­rante la vida del Señor en la tierra. Era una gene­ración incrédula y perversa, sepulcros blanqueados lle­nos de corrupción en el interior, raza hipócrita, mas orgullosa de su propia justicia, orgullosa y alardeando de tener por padre a Abraham, huyendo a la luz y el testimonio de Dios, hostil a la verdad y rebelde a la gracia. He allí lo que revestía todas las apariencias de piedad, la fidelidad estricta con las normas de la ley, formas exteriores a las cuales, además, añadían todavía sus tradiciones que anulaban el mandamiento de Dios (Marcos 7:9). Los conductores hacían todos sus esfuerzos para guardar su dignidad, su repu­tación, su influencia sobre el pueblo. Pero lo que les caracterizaba antes de todo, era el odio de la gracia que les traía la verdad sobre su propio estado. Si eran condenados, no había pues diferencia alguna entre ellos y los demás hombres, y la gracia abría la puerta de salvación a todo pobre pecador de entre las naciones. Jonás, aunque era hombre de Dios, nos ofrece más de un rasgo de este cuadro. Llega el momento cuando, por el rechazamiento del Salvador y del Espíritu Santo, fue pronunciada la condenación definitiva de los judíos: "Yo os transportaré más allá de Babilonia" (Hechos 7:43). Israel es echado en el mar de los pueblos donde está guardado hasta el día de su resu­rrección nacional.
Renacerá pues, pero entramos, en el capítulo 3, en el segundo período de su historia. Su corazón, ¿será cambiado? ¡De ninguna manera! Si vuelve a tomar exteriormente, aun bajo el Anticristo, las formas antiguas de su culto (Dan. 9:27), su estado moral es caracte­rizado por la irritación contra Dios. Dice: "¡Hago bien en enojarme, hasta querer morir!" (Cap. 4:9). Aquí el libro se calla sobre el fin de su historia. Es como si este pueblo rebelde se adentrase en la nada. Observe­mos nosotros mismos este silencio solemne a su respecto.
El rechazamiento de Israel, en relación con la pro­fecía de Jonás, nos es anunciado por el Señor de ma­nera muy asombrosa. En el Evangelio según Mateo, capítulo 12, Jesús habla de Jonás como siendo una señal de Su muerte y Su resurrección. Consideraremos más adelante este tema; pero, en el capítulo 16, vuelve sobre ello, y, no lo dudo, con intención muy distinta. Los Fariseos y los Saduceos Le volvieron a pedir una señal. Les habla de las señales del cielo, el buen tiempo y la tormenta (imágenes de gracia y de juicio), que sabían bien discernir, mientras que no podían discernir "las señales de los tiempos". El juicio estaba a la puerta y ellos no sabían nada de ello: "no le será dada señal alguna, sino la señal de Jonás" (Vers. 4). Israel iba a ser definitivamente echado al mar, aban­donado, para ceder el lugar a los caminos de gracia de Dios hacia las naciones. Por eso el evangelista añade: "Y dejándolos, se fue".
Pero el verdadero Israel resucitará y vendrá a ser, como lo vamos a ver, el enviado y el testigo de Jehová, para llevar al arrepentimiento la "gran multitud de las naciones".

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