Salvación y confesión
María, madre de Jesús, dijo: “Engrandece mi
alma al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”. El relato está
en Lucas 1 desde el versículo 26.
Cuando le fue revelado a María por el ángel,
aquél le dijo: “Llamarás su nombre Jesús”, cumpliendo así las palabras de
Isaías 62.11: “Decid a la hija de Sión: He aquí viene tu Salvador”, o sea, tu Yesua, que en hebreo es el mismo nombre Jesús. Antes de nacer El, María ya le
había confesado como su Salvador personal, diciendo: “Engrandece mi alma al
Señor”. El alma es aquella parte de nuestro ser donde nacen los afectos y el
amor, y por esto mismo el salmista había dicho: “Bendice, oh alma mía, a
Jehová”. La verdadera adoración nace del alma, del amor por Cristo.
El creyente no sólo engrandece a Cristo con la
adoración de sus labios, sino en forma práctica también. Si la adoración nace
allí, la evidencia se ve en la vida, tal como podía decir Pablo: “Ahora también
será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte”, Filipenses
1.20.
María
dijo también: “... mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador [Yesua]”. El espíritu es la parte
superior de nuestro ser: el lugar de la inteligencia o conocimiento. María
reconoció y proclamó la primacía del Señor. De la misma manera que en ella,
nuestro conocimiento debe estar iluminado por el Espíritu Santo y la Palabra de
Dios, pues fue por eso que la confesión de esa dama se tradujo en una verdadera
adoración espiritual.
En cambio, ¡cuántos millones
de personas en el romanismo le ofrecen a María un culto que no es espiritual ni
inteligente! Es precisamente por carecer de luz espiritual que ellos se
entregan a una vana repetición de palabras. Existe el peligro que nuestro culto
se degenere en una rutina, si nos ocupamos de la letra sin el espíritu.
Meditación
e instrucción
Leemos que María guardaba todas estas cosas,
meditándolas en su corazón; Lucas 2.18,19. Haríamos bien en seguir este noble
ejemplo, diciendo como David, “Sean gratos los dichos de mi boca y la
meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová, roca mía y redentor mío”,
Salmo 19.14. Reconocemos que, en estos días de tanta inquietud y numerosas
distracciones, no es fácil meditar en las cosas de Dios y asimilar lo que
recibimos de su Palabra.
En relación con esto
recordamos que bajo la ley de Moisés una de las dos características de los
animales limpios era su capacidad de rumiar, o masticar de nuevo el pasto
comido. Así debe ser el creyente con las cosas de Dios. En el mundo hay
ladrones que pueden extraer cosas materiales como la cartera o el dinero de
uno. Igualmente ocurre en lo espiritual, pues las huestes de Satanás siempre
procuran, de muchas maneras, robar al creyente de las preciosas cosas
espirituales adquiridas de la Palabra. Pero éste, como aquellos animales
limpios, debe volver a meditar en ellas una y otra vez (“rumiar”) para no
quedarse vació.
Participación
En Lucas 2.35 encontramos que el anciano
Simeón, movido por el Espíritu Santo, le dice a María: “Una espada traspasará
tu misma alma”. Notamos que María fue llamada desde el primer momento a sentir
o participar en los padecimientos de nuestro Señor Jesucristo.
Esta fue la ambición del
apóstol Pablo, quien trabajaba con denuedo “a fin de conocerle ... y la
participación de sus padecimientos”. También el apóstol Pedro se refirió a
esto, cuando escribió a los expatriados diciéndoles: “Gozaos por cuanto sois
participantes de los padecimientos de Cristo”, 1 Pedro 4.13. Y, leemos en 2
Timoteo 2.12 que “si sufrimos, también reinaremos con él”.
Es evidente, entonces, que el
creyente ha sido llamado a sufrir oprobio por el nombre de su Señor. Por esto,
no puede gozar de la amistad del mundo sin negar a su Señor; “cualquiera, pues,
que quiere ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios”, Santiago 4.4.
Obediencia
Juan 2 contiene el relato de las bodas de Caná
de Galilea, cuando María le avisó al Señor que faltaba vino. Nosotros también
podemos y debemos llevar todo a él; lo hacemos en la oración. Ella dijo luego a
los mesoneros: “Haced todo lo que os dijere”, y ellos hicieron según Él mandó,
llenando las tinajas de agua. El efectuó un gran milagro.
No podemos esperar buenos
resultados en nuestro servicio para el Señor si no hacemos todo de acuerdo con
su Santa Palabra. Hay muchos quienes dicen servirle, pero proceden según sus
propios criterios y aun con motivos ulteriores. Puede haber mucha ostentación
en la obra, pero si no hay nada para Dios, en el tribunal de Cristo será
quemada como madera, heno y hojarasca. En cambio, lo que se haga en comunión con
él y obediencia a él, quedará como oro, plata y piedras preciosas.
Devoción
Leemos que “estaban junto a la cruz de Jesús su
madre, María mujer de Cleofas y María Magdalena”, Juan 19.25. En Mateo 12.46 le
encontramos a María al lado afuera, pero ahora está cerca. Pedro, en contraste,
había comenzado cerca del Señor, pero llegó a seguirle de lejos.
¡Qué devoción había en el
pequeño grupo formado por aquellas mujeres fieles y Juan, cuyos corazones
latían de verdadera simpatía por su Señor! ¡Qué consuelo para él, en la soledad
de aquella cruz y rodeado de enemigos crueles, tener cerca aquel grupito que se
identificaba con él en los reproches del mundo! Que no nos avergoncemos de
nuestro Señor, sino seamos como Pablo: “No me avergüen-zo, porque yo sé a quién
he creído”, 2 Timoteo 1.12.
Perseverancia
En
Hechos 1.10 al 14 se cuenta que “todos perseveraban unánimes en oración y
ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos”.
Ella no buscó el puesto de preeminencia, ni dirigió la oración. Humildemente
María tomó su lugar entre las damas presentes en el culto de oración, guardando
la sujeción que la Biblia manda: “Vuestras mujeres callen en las
congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas”, 1
Corintios 14.34.
¡Ojalá nosotros tuviéramos en Cristo más de estas virtudes que caracterizaban a María la madre de Jesús!
Santiago Saword
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