domingo, 6 de enero de 2019

LAS CANCIONES DEL SIERVO (ISAÍAS 42 AL 53)

INTRODUCCIÓN.


Los capítulos 40 - 55 de la profecía de Isaías forman un solo bloque, claramente diferenciado del resto del libro. Miran hacia un futuro que tiene dos etapas: una más inmediata, sombría, de juicio para el pue­blo de Dios a causa de su rebelión, y otra más lejana, llena de bendición bajo la mano restauradora de Dios. Su nota más destacada, pues, es la consolación, que inaugura esta sección del libro y vuelve una y otra vez con renovada fuerza. El remanente fiel israelita había de saber que, a pesar de lo inevitable del juicio divino que se cernía sobre su nación, Dios, fiel a sus pactos y a sus promesas, les iba a perdonar, una vez cumplidos los propósitos de la disciplina anunciada.
Tales palabras, transmitidas por el profeta, tienen otra finalidad también: ensanchar la visión de Dios que tenía el pueblo, la comprensión de su grandeza. Por eso el capítulo 40, introducción obligada a todo lo que sigue, pinta con colores sublimes la majestad de Jehová, Creador y Redentor de su pueblo, contrastándole con los idolillos de invención humana. Israel había de llenar su vista espiritual del carácter y de la grandeza de su Dios, porque sólo una visión tal les ayudaría a sobrevivir la terrible crisis que se avecinaba inexorablemente. Habían de comprender de nuevo que Jehová era fiel a las promesas hechas a sus antepasados. Isaías les re­cuerda lo que Dios pactó con Abraham (capítulos 51 y 55); que Él, por su misma naturaleza, no podía dejar de cumplirlas. Todo esto los había de preparar y fortalecer para el trance tan amargo que iban a pasar con la des­trucción de Jerusalén y el destierro a Babilonia.
Pero estos capítulos tienen otra finalidad aún más relevante: sirven para presentar aquel Siervo de Jehová ideal, el Mesías largos años esperado, en quién sólo podrían cifrarse las verdaderas esperanzas del pueblo. Es en esta porción de la Palabra de Dios que se escogen y se plasman, en un solo personaje, los distin­tos hilos de las profecías anteriores acerca del Mesías. Así, juntamente con otros pasajes claves en Daniel, Miqueas y Zacarías, sirven de puente entre toda la revelación veterotestamentaria y el Nuevo Testamento. Todo esto subraya su gran importancia en el conjunto de la revelación bíblica.
Esta importancia va más allá de un simple interés académico. La figura del gran Siervo de Jehová que descuella en sus páginas no está allí para que se le contemple extasiado, sino para que las mismas característi­cas de servicio abnegado que se destacan en Él prendan en los que se le unan, a fin de que «sigan sus pisadas» (1 Pedro 2:21). Es aquí, pues, en Él donde encontramos los distintos rasgos que Dios espera ver en todos sus siervos; no sólo en cuanto a los móviles, sino en cuanto a los métodos, los objetivos y la manera de ser, cosas que le causaron tanto deleite apreciar en su Hijo amado. Su retrato inspirado en estos capítulos -pero delinea­do especialmente en las cuatro «Canciones del Siervo» (42: 1-4; 49:1-6; 50:4-9; 52:13 - 53:12)- nos da todo un programa de actuación del que no podemos prescindir ni descuidar.
Hay que reconocer, desde luego, que a veces la interpretación de estos capítulos no es fácil. Están escritos en poesía, no en prosa, lo cual generalmente ofrece mayores dificultades a la hora de esclarecer las palabras empleadas, pero a pesar del lenguaje altamente poético y expresivo, lleno de figuras, las líneas gene­rales están trazadas claramente, siendo avaladas, además, por el Nuevo Testamento.

LA FIGURA DEL SIERVO DE JEHOVÁ.
El telón de fondo, como hemos visto, lo provee la situación del pueblo de Israel en el siglo octavo antes de Jesucristo. Todavía faltaban casi dos siglos antes del exilio babilónico, pero ya se vislumbraban las señales claras del juicio venidero porque Israel, que debería haber sido el fiel siervo de su Dios, había fracasa­do miserablemente en su testimonio. En la misericordia de Jehová todavía le consideraba siervo suyo, pero su infidelidad era patente. Se mencionan otros siervos también en estos capítulos, como Ciro, el futuro rey de Persia, aun cuando éste no conocía a Jehová (44:28; 45:1, 4, 13), y Dios, a través de sus providencias, los utiliza para que cumplan Sus propósitos, a menudo a pesar suyo. En el caso de Ciro, éste había de ser un ins­trumento que Jehová usara para hacer volver su pueblo a la tierra de Palestina (2 Crón. 36:22-23; Esd. 1:1-4, etc.); en otras ocasiones, Dios utilizó a rey de Asiria y al rey de Babilonia, entre otros, para el castigo a Israel.
Pero el Siervo de Jehová por excelencia no es ni Israel ni ningún otro gobernante pagano sino un per­sonaje misterioso que, surgiendo del pueblo de Israel e identificándose como tal claramente, sin embargo, se distingue netamente del resto de la nación. Todo cuanto ésta no pudo cumplir para Dios, por su pecado y re­beldía, el gran Siervo lleva a cabo a la perfección. A veces es un tanto difícil distinguir entre los tres «sier­vos», -especialmente entre el Mesías y la nación-siervo- pero en las llamadas «canciones del Siervo» y algu­nos otros pasajes adyacentes o similares, se hallan los lineamientos nítidos del personaje que le distinguen de cualquier otro. Por esta razón se ha dado este nombre a los pasajes aludidos. Describen al Siervo desde dife­rentes ángulos, y en distintas etapas de su ministerio, aunque también contienen otros temas importantes, al igual que los dieciséis capítulos que constituyen su contexto.
Pero, ¿cómo sabemos a ciencia cierta que se trata del Mesías, o sea, de nuestro Señor Jesucristo? Es el Nuevo Testamento que lo confirma en varios pasajes, tanto en los Evangelios (Mateo 12:17-21) como en Los Hechos (3:13, 26; 8:32-33), las epístolas de Pablo (Romanos 10:16; Filipenses 2:5-11) y Hebreos (9:28). Des­de luego es evidente que Jesús mismo las entendía así, aplicando sus conceptos a su Persona y Ministerio en muchas ocasiones (por ejemplo, en su bautismo, en Marcos 10:45; Juan 13; Lucas 22:37, etc.). Y no sólo son los conceptos sino hasta el mismo vocabulario empleados por los Apóstoles en sus predicaciones y enseñanzas acerca de Jesús, que se inspiran repetidas veces en las canciones y su contexto; sin ellas habría sido muy difí­cil hallar un nexo unificador completo entre los dos Testamentos.

EL MENSAJE DE LAS CUATRO «CANCIONES».
Podemos decir que es el mismo que el contexto, pero concentrada la atención sobre la Persona y el Ministerio del Siervo. Se le presenta como el Siervo Perfecto que lleva a cabo toda la voluntad de Dios, en medio de una oposición creciente y cruel que llega a acabar con su vida -aunque este no es el fin de su histo­ria-. El Siervo procede de la nación de Israel, y cumple la misión a éste encomendada, pero el alcance de su magna gestión va mucho más allá de los límites nacionalistas, sean territoriales o de sangre; llegan hasta los «confines de la tierra», a los gentiles, que reciben bendiciones por su medio, conforme a las promesas de Dios a Abraham. El pacto que Jehová trae y sella por medio de su Siervo es el Nuevo Pacto que Jeremías había de describir con mayor detalle un siglo más tarde; su obra es de salvación, redención, justicia y nueva vida. Jun­tamente con pasajes anteriores y posteriores (p. ej. caps. 11 y 61), las «Canciones» constituyen unas profecías mesiánicas claras que hallan su posterior cumplimiento en Jesús de Nazaret.
Ya hemos mencionado el aspecto práctico del mensaje de las «Canciones»: el ejemplo que nos pro­porcionan de cómo Dios quiere que sean los que le sirven; esto se pone de manifiesto en todas, pero muy es­pecialmente al final de la tercera (50:10 - 11), que lanzan un reto a cualquiera que desea servir a Dios, instán­dole a proceder de la misma manera y por los mismos móviles que el Siervo de Jehová.
¿Cuál es pues la relación entre las cuatro Canciones? Hemos de tener cuidado de no leer entre líneas, por supuesto, pero sí se puede discernir un hilo interesante de relación entre ellas, según su orden cronológico, dando un desarrollo conceptual armónico y coherente. Alguien ha sugerido que son como el cuadro que un pintor desea realizar. Primero traza las líneas maestras de su plan sobre el lienzo, con carboncillo o lápiz; hallamos este bosquejo general en la primera (42:1 - 4 y contexto). Encontramos en ella lo que pudiéramos llamar los rasgos principales del futuro ministerio del Siervo.
Luego el pintor va rellenando las masas básicas del fondo, tanto lo más lejano como los primeros pla­nos, lo que corresponde al desarrollo de la segunda canción (49:1-6), que trata de la preparación del Siervo antes de su ministerio público.
La tercera canción (50:4-9) nos da una visión más íntima, casi interior, del ministerio: son las reac­ciones del Siervo, ya en plena actuación, frente a la oposición de los hombres, apoyándose en su Dios, apren­diendo a cumplir día tras día su cometido. Aquí el pintor ha comenzado a llenar cada espacio de su obra con pinceladas detalladas y van apareciendo los claroscuros y las sombras.
Por fin, en la última y más grande de las canciones (52:15 - 53:12), tan conocida y querida por millo­nes de creyentes, se cargan las tintas y se sacan los relieves; los colores, aunque en su mayoría resultan sombr­íos, son más brillantes, y se van rellenando todos aquellos detalles que dan profundidad y claridad al sujeto retratado. Esta Canción se nos presenta con una panorámica completa de la vida y el ministerio del Siervo, comenzando con su Exaltación y pasando por su ministerio terrenal hasta llegar al momento supremo de su Pasión, Muerte y Resurrección, junto con aquellos que han sido bendecidos por su Obra.
         Es digno de notar que en el contexto de cada una de las Canciones se asocia el gozo, expresado en cánticos que brotan no sólo de las gargantas del pueblo redimido sino de la naturaleza liberada que ha estado esperando la «manifestación gloriosa de los hijos de Dios», como dice Pablo en Romanos 8.

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