capítulo 8: Las riquezas de la
liberalidad
Pablo
había estado recogiendo recursos materiales para la iglesia en Jerusalén, pero
los corintios habían tardado en aportar. Ahora les reta.
Su
concepto del dar de parte del cristiano es elevado. Lo percibía como una
gracia, un ministerio del Espíritu Santo efectuado dentro de uno por
experiencia personal y manifestada a otros de una manera práctica. Corinto
abundaba en todo lo demás, pero faltaba aquí. Pablo, entonces, les pone por
delante dos ejemplos.
Primero, los macedonios, vv 1 al
6: Eran marcadamente pobres y habían sufrido aflicción, pero
había en ellos una devoción abnegada, amando a otros más que a sí mismos. No obstante,
su pobreza, habían manifestado liberalidad y dado espontáneamente. Habían
suplicado permiso para ayudar; excedieron las expectativas de Pablo, aun “más
allá de sus fuerzas”.
El
amor no calcula cuánto sobra, o qué no va a doler. ¿Qué era el secreto? Es que
“a sí mismo se dieron primeramente al Señor”. Su iniciativa fue la expresión
externa de su devoción interna. Como cosa de mayor importancia se entregaron al
Señor. Si un hombre siente que no es dueño de sí mismo, mucho menos va a sentir
que es dueño de sus bienes.
Dios
nos quiere a nosotros mismos antes de a nuestro dinero. Lo que los macedonios
dieron fue precedido por un acto de entera entrega propia.
Segundo, Cristo mismo, v. 9: “Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por
amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza
fueseis enriquecidos”.
Los
motivos supremos del acto de dar de parte del cristiano son el ejemplo de
Cristo y nuestra gratitud a él por su condescendencia infinita por el bien
nuestro. Pablo habla del misterioso y singular empobrecimiento propio de
Cristo. ¿Quién puede concebir de las riquezas que eran suyas? Hacerse pobre,
hacernos ricos; tomar nuestra cruz, darnos una corona; asumir nuestro pecado,
concedernos la justicia de Dios; tomar nuestra maldición, darnos su bendición.
Él
se empobreció para que fuésemos enriquecidos, y parte de nuestra respuesta debe
ser el sacrificio de una porción de nuestros bienes terrenales para atender a
las necesidades de otros que son de Cristo.
Cuando Pablo
escribió, los corintios ya habían comenzado a dar, pero cesaron, vv 6, 10. Él
quiere que comiencen de nuevo y de buena gana, cada cual, conforme a su
capacidad, vv 11, 12, y con toda confianza de que él guardaría y administraría
escrupulosamente su aporte.
Pablo
había estado recogiendo recursos materiales para la iglesia en Jerusalén, pero
los corintios habían tardado en aportar. Ahora les reta.
Su
concepto del dar de parte del cristiano es elevado. Lo percibía como una
gracia, un ministerio del Espíritu Santo efectuado dentro de uno por
experiencia personal y manifestada a otros de una manera práctica. Corinto
abundaba en todo lo demás, pero faltaba aquí. Pablo, entonces, les pone por
delante dos ejemplos.
Primero, los macedonios, vv 1 al
6: Eran marcadamente pobres y habían sufrido aflicción, pero
había en ellos una devoción abnegada, amando a otros más que a sí mismos. No obstante,
su pobreza, habían manifestado liberalidad y dado espontáneamente. Habían
suplicado permiso para ayudar; excedieron las expectativas de Pablo, aun “más
allá de sus fuerzas”.
El
amor no calcula cuánto sobra, o qué no va a doler. ¿Qué era el secreto? Es que
“a sí mismo se dieron primeramente al Señor”. Su iniciativa fue la expresión
externa de su devoción interna. Como cosa de mayor importancia se entregaron al
Señor. Si un hombre siente que no es dueño de sí mismo, mucho menos va a sentir
que es dueño de sus bienes.
Dios
nos quiere a nosotros mismos antes de a nuestro dinero. Lo que los macedonios
dieron fue precedido por un acto de entera entrega propia.
Segundo, Cristo mismo, v. 9: “Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por
amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza
fueseis enriquecidos”.
Los
motivos supremos del acto de dar de parte del cristiano son el ejemplo de
Cristo y nuestra gratitud a él por su condescendencia infinita por el bien
nuestro. Pablo habla del misterioso y singular empobrecimiento propio de
Cristo. ¿Quién puede concebir de las riquezas que eran suyas? Hacerse pobre,
hacernos ricos; tomar nuestra cruz, darnos una corona; asumir nuestro pecado,
concedernos la justicia de Dios; tomar nuestra maldición, darnos su bendición.
Él
se empobreció para que fuésemos enriquecidos, y parte de nuestra respuesta debe
ser el sacrificio de una porción de nuestros bienes terrenales para atender a
las necesidades de otros que son de Cristo.
Cuando Pablo
escribió, los corintios ya habían comenzado a dar, pero cesaron, vv 6, 10. Él
quiere que comiencen de nuevo y de buena gana, cada cual, conforme a su
capacidad, vv 11, 12, y con toda confianza de que él guardaría y administraría
escrupulosamente su aporte.
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