sábado, 5 de mayo de 2012

No vestirás ropa de lana y de lino juntamente


(Deuteronomio 22:11).
AL REGRESAR DE BABILONIA
            Los cautivos, después del regreso de Babilonia al país y a la ciudad de sus padres, nos ofrecen igualmente una lección instructiva sobre el importante tema de las "vestiduras con diversos hilos"; la historia de ellos es para nosotros un estímulo y a la vez una advertencia. Ellos no rechazan aceptar el castigo infligido a la nación, por causa de su pecado; en consecuencia, toman su posición bajo el dominio del poder gentil que Dios había establecido sobre ellos por causa de su pecado. Ellos aceptan el favor de Darío, de Ciro y de Artajerjes según "al que respeto, respeto; al que honra, honra".
            Hablando de un poder gentil, ellos dicen: "el grande y glorioso Asnapar" (Esd. 4:10), y se muestran agradecidos por la bondad con que esas potencias, una después de otra, tienen para con ellos; dan gracias a Dios por ellas; sus corazones están dispuestos a orar por la vida del rey y la de sus hijos. Todo esto sin embargo, no les impedía ser un pueblo separado. El rechazo de toda relación con los samaritanos era tan sincero y bien según Dios, como la aceptación de los gentiles. El celo de ellos de purificarse de los principios mezclados y de la abominación de introducir a gentiles en el templo para manchar ese lugar sagrado, ese celo sencillo y firme, recordaba los días de Josué y de David. Ellos rechazaron las vestiduras de diversos hilos; si ellos hubieran querido llevar estas características, cuántas fatigas les habrían ahorrado en el transcurso de la obra de sus manos que era también la obra del Señor. Pero ellos no las podían llevar, ni las que­rían tampoco. Una tal característica era contraria a las ordenanzas y ellos no lo querían.
            Pablo también hubiera podido evitarse la prisión por el testimonio de una sierva en Filipos; pero era un socorro samaritano o algo peor y Pablo no lo podía aceptar; y por su fidelidad rechazando la "ropa de lana y de lino", tuvo que poner sus pies en el cepo y recibir los latigazos de la prisión. Pero, al final, todo terminó bien para él, como para los del cautiverio en Babilonia, a su regreso. Dios mismo tomó todo en sus manos.
            Otras consideraciones serias e instructivas se presentan aquí; al abor­darlas, uno siente la necesidad de aplicárselas personalmente. La con­tinuación de la historia de los cautivos que regresaron de Babilonia, nos presenta a la vez una advertencia y una enseñanza. Ellos rechaza­ron toda alianza extranjera y rehusaron la ropa con diversos hilos.
            Pero, ay, llevaron la suya sin cinturón, y he aquí la parte moral de su historia. Comienzan a construir sus propias casas cuando los samaritanos hacen parar la construcción de la casa del Señor. ¡Qué adver­tencia solemne para nosotros y qué confusión para ellos, cuando el Espíritu se ve obligado a despertarles de su modorra y de su somno­lencia! Estaban ocupados en servirse a sí mismos cuando el servicio del Señor se había interrumpido. La tranquilidad, el reposo y la búsqueda de sí mismos ocupan el lugar vacante. Hageo y Zacarías tuvieron por misión instarles a ceñir sus ropas y a preparar las lám­paras. Notemos que los profetas no piensan un instante en enviarles para hacer arreglos con los samaritanos; no les dicen que se han equi­vocado, sino que les invitan a ceñir sus ropas puras con las que estaban vestidos, a hacer la obra del Señor según Sus pensamientos, a pesar de toda nueva oposición de los samaritanos, (Hag. 1).
            Todo esto tiene un significado muy alto para nosotros. Cualquiera sea la exigencia del momento, el Espíritu Santo no puede tolerar las ropas de "lana y de lino" en un santo, pero exige el cinturón para afirmar la vestidura santa. Un vestido flojo no es según su pensamien­to aunque sea puro, y a veces, ¿no pasa que nos hace falta algo como en los días de Hageo y de Zacarías? He aquí pues para nosotros un motivo de humillación: una posición elevada y pura, mantenida con tan poca gracia espiritual.
            Los cautivos a su regreso a Jerusalén estaban en su debido sitio. El lugar de ellos era mejor que el de sus hermanos que vivían en las ciu­dades lejanas de los incircuncisos; tuvieron razón, como lo dijimos, de rechazar toda alianza con los samaritanos. Aceptarla no hubiera sido otra cosa que revestirse con la ropa tejida con diversos hilos. Gracias a Dios que no hicieron esto; pero los que tuvieron que sos­tener tal prueba, flaquearon bajo otra. Es verdad que rechazaron esa vestidura pero no ciñeron sus vestidos. Y lo que es más triste to­davía, los mancharon y los ensuciaron cayendo más bajo que sus hermanos que habían quedado con los paganos. ¡Qué reproche para los judíos de la Tierra Santa la conducta de sus hermanos que habían permanecido entre los gentiles! Los judíos dispersos habían rescatado a sus hermanos de manos de los paganos a quienes habían sido ven­didos; pero he aquí que los cautivos de regreso a Jerusalén se vendían entre ellos por causa de deudas (Neh. 5). ¡Qué espectáculo hu­millante! Y, ¿no hay acaso entre nosotros analogías semejantes? Es algo como "apariencia de piedad, negando la eficacia de ella", "el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder" (I Co. 4:20). Es posible que la posición que ocupamos sea según Dios, pero que nuestra medida de gracia y de piedad práctica sea bien mínima. Si confiamos únicamente en el valor de una posición pura y separa­da, o si sólo mantenemos la profesión, sin velar por nuestros corazo­nes y sin juzgarnos, acontecerá que los "incircuncisos" nos tomarán. Se nota a menudo mucho amor y denuedo práctico en aquellos que quedan fuera de la posición verdadera de la Iglesia, mientras que los que tienen esa posición a veces, poseen muy poca santidad real y poca vida celestial. En otros términos, que en muchos casos hay me­nos gracia en los que ocupan una posición pura y verdadera, que en otros que tienen una posición dudosa. Era el caso de Jonatán. David le amaba tiernamente, sin embargo no fue su compañero, mientras que aquellos que le siguieron en sus dificultades, le fueron a veces ocasión de pruebas y de amargura. Fue entre ellos que tramaron ter­minar con David, mientras que Jonatán personalmente permaneció apegado a David. ¡Qué contraste este, entre lo de adentro y lo de afuera! Sin embargo, el lugar de rechazado que ocupaba David, era el lugar de la gloria y de la sola y verdadera posición. ¡Qué cuadros se desarrollan ante nosotros con todas estas cosas! Cuadros que per­manecen hasta hoy. Pero hay una lección para nosotros que debemos tomar en cuenta, la de una posición de separación, sin poder; una vi­da prácticamente inferior a los principios divinos; un celo santo por la fidelidad, la verdad y lo profundo de Dios; todo esto sin una co­munión personal e íntima con el Señor. Quiera Dios guardarnos en todo esto, dándonos el juzgarlo en nuestro corazón.
            La energía que tenía Éfeso por una cantidad de buenas obras, la acti­vidad y el mismo movimiento de naturaleza religiosa de Sardis, como también la ortodoxia de Laodicea, son reprendidas por el Señor. ¡Cuánto más nosotros mereceríamos una censura tal! (Ap. 2:3). Dar el diezmo de la menta, del eneldo y del comino y dejar a un lado el juicio y la misericordia, son las cosas que el Señor discierne y manifiesta con censura. Por el Espíritu, el creyente tiene la capacidad de juzgar de la misma manera y de cooperar con el Señor por el mismo testimonio. "O el árbol bueno con su buen fruto, o el árbol malo con su fruto malo".
            Si no queremos una posición sin poder, igualmente desecharemos los principios sin práctica o la posesión de la verdad, de los misterios y del conocimiento, sin Cristo mismo y sin la comunión personal con El. La palabra pura y perfecta de Dios reconoce y honra todas esas cosas, pero guarda para cada una su lugar y su medida; sin lo cual nada es exactamente de acuerdo con el pensamiento de Dios. Como El mismo lo ha dicho: "…Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello" (Mt. 23:23). Sentimos que debemos hacer una dis­gregación aquí, sobre algo que es de verdadero alivio para las almas: conocer a Dios en gracia es a la vez, Su gloria y nuestro gozo. Instin­tivamente le consideramos como a alguien que exige de nosotros la obediencia y espera que le sirvamos. Pero la fe discierne en El a Aquel que comunica y da, y esto nos habla de privilegios más que de deberes; de amor, de libertad y de las bendiciones de nuestra relación con El, más que lo que debemos darle en restitución. Esta es una ver­dad de la cual tenemos necesidad en nuestros días, aunque nos pa­rezca fuera de lo que nos ocupa en este momento.
            El llamamiento de Dios nos hace Nazareos; pero tenemos necesidad de su Espíritu para mantenemos en esta posición, según Dios y en un espíritu de completa consagración. "La sal es buena", un principio divino es algo bueno, pero la sal puede perder su sabor. Una verdade­ra posición, o un principio divino pueden ser comprendidos y procla­mados, pero puede perder su valor sin una vida de poder.
            ¡Qué infinita variedad de instrucciones morales proporcionan al alma las palabras del Señor! Prestemos atención todavía para aprender algo más, pues la mina es inagotable.
            La historia de las dos tribus y media tiene para nosotros una ense­ñanza muy particular (Núm. 32). Ellas no son puestas al mismo nivel de Lot en los días de Abraham, aunque por ciertas similitudes nos las recuerdan. Pero como hemos tenido la ocasión de nombrarlas, una asombrosa variedad de experiencias cristianas y disposiciones morales se ofrecen ante nosotros en los diferentes relatos que nos presentan las Escrituras; ellas no nos trazan solamente los rasgos principales, sino que rastrean las luces y las sombras hasta los más mínimos detalles. Esto llama la atención en la historia de esta parte del pueblo. La historia de las dos tribus y media comienza, como la de Lot, por la concupiscencia de los ojos. Estos israelitas pasean su mirada sobre los valles bien regados, apropiados para la cría del ga­nado; todavía no han cruzado el Jordán, cuando ya sus pensamien­tos se ocupan de lo que les puede convenir para sus ganados. Abraham su padre, jamás habitó esta parte del Jordán; Moisés no les habló de los valles de Galaad y seguramente que al dejar Egipto, su fe y espe­ranza les llevaban a Canaán. Pero Rubén, Gad y Manasés tenían ganado; desearon pues una heredad sobre la ribera oriental, porque los pastos son buenos y abundantes.
            Seguro que no tenían la más mínima idea de rebelión o de abandonar la porción de Israel; ni tampoco de separarse de la vocación de Dios. Sólo que sus ganados podían prosperar en Galaad; es pues allí donde quieren quedar, pero como israelitas fieles al llamamiento de Dios. Esto también es hoy natural y frecuente. Aferrarse a la esperanza del pueblo de Dios, pero sin caminar por el lugar que conviene a esta esperanza. En cuanto al poder del carácter y de la conducta, no son personas muertas y resucitadas, pero están unidas por la fe a las que lo están. Quieren manifestar su parentesco con las tribus que pasarán el Jordán, aunque por su propia cuenta prefieren quedar del lado del desierto. No eran como Lot, con principios mezclados, que con pro­pósito deliberado arreglan sus vidas sobre algo que está en oposición al llamamiento de Dios. Pero, aunque reconociendo este llamamiento, apreciándolo y rechazando toda esperanza que no esté ligada a él, no poseen el poder que les mantiene en ese llamamiento. Este caso también es frecuente y de una generación bastante numerosa.
            Moisés se inquieta por esta disposición; expresa sus temores con deci­sión y firmeza. Dice a este pueblo que su manera de obrar le recuerda la conducta de los espías que habían ido desde Kades-Barnea para reconocer el país, y que habían desanimado a sus hermanos y les habían ocasionado cuarenta años de peregrinaje en el desierto. Moisés siente que detenerse en el camino era contrario al llamamiento de Dios a su pueblo para hacerle salir de Egipto y llevarlo a Canaán. Es de lamentar que un santo, viviendo en el poder de la resurrección de Cristo, se alarme como Moisés, a la primera noticia lamentable con relación a sus hermanos; Rubén, Gad y la media tribu de Manasés deben sustentar sus razones y dar nuevas pruebas que no se separarán de la comunión y de los intereses de sus hermanos; ellos se prestan a esto con tanto celo como con integridad. En esto no hay ninguna similitud con Lot. Hubieran renunciado a Galaad antes que compro­meter su identidad con los que se establecerían en la parte occidental de Canaán.
            Moisés, sin embargo, no puede consentir en separarse de ellos como Abraham se separó de Lot. Ellos no deben ser tratados de la misma manera; tampoco deben recibir el juicio de Dios, como fue el caso para con los espías incrédulos que habían hecho un reporte del país. Sin embargo, Moisés no los pierde de vista; sus ojos les siguen con ansie­dad. Cuántos matices diversos encontramos en esas ilustraciones de caracteres diferentes. Qué tejidos distintos nos ofrecen esta lana y este lino. Cuántas clases numerosas entre los hijos de Dios y cuántos matices en esas mismas clases. Tenemos a Abraham, Moisés y David; también a Lot, Jonatán y las tribus de Galaad; tenemos a Josafat y Abdías y sin embargo, todos forman parte del pueblo de Dios. Sodoma era el lugar de Lot; la corte de Saúl, el de Jonatán; el palacio de Acab, el de Abdías; mientras que Abraham habitaba bajo una tienda, David en una cueva, Elías en las riberas del torrente de Querit donde Dios le alimentaba, o también en la casa de la viuda de Sarepta; todos grados variados de fe, de fidelidad y de poder, de vida y de comunión. Podemos decir tanto de Jonatán como de los demás, y mejor dicho, Jonatán no era ni un Lot ni un Abdías, aunque noso­tros le clasifiquemos generalmente en la misma categoría. Abdías también difiere de Lot en cierta medida.


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