domingo, 5 de mayo de 2024

MUJERES DE FE DEL NUEVO TESTAMENTO (2)

 

María, la madre de nuestro Señor




"Cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer". (Gálatas 4.4)

La historia está en Mateo 1.16, 18-25, 2.1-23, 13.55, Marcos 6.3, Lucas 1.26-56, Juan 2.1-11, 19.25 y Hechos 1.14.


Una humilde joven llamada María fue escogida por Dios para ser madre de nuestro Señor Jesucristo. Dios, por medio del ángel Gabriel, la llamó muy favorecida y bendita entre las mujeres. Más tarde su prima Elisabet, guiada por el Espíritu Santo, también proclamó que ella era bendita entre las mujeres.

En la escena de la historia mundial, cuando el imperio romano trataba a las mujeres con desprecio y degradación, apareció una mujer que todas las generaciones llamarían bienaventurada. Dios, en su infinito amor, mandó a su amado Hijo al mundo, nacido de aquella mujer piadosa, María.

El nacimiento virginal del Señor Jesucristo fue profetizado miles de años antes de que Jesús tomara forma humana. Después de la caída del hombre, Dios le dijo a Satanás que la simiente de la mujer lo iba herir, y no hubo mención de la simiente del varón (Génesis 3.15). Más tarde el profeta Isaías escribió: "El Señor mismo os dará señal: He aquí la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel" (Isaías 7.14).

El Evangelio según Mateo empieza con una genealogía de Jesucristo y esta lista de nombres termina con "José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo". "La cual" es femenino; José no fue el padre biológico de Jesús, sino su padre legal. En Lucas 3 tenemos la genealogía de María, la madre del Señor. Vemos que ambos M José, eran descendientes del rey David.

María vivía en Nazaret, un pueblo de poca importancia. Era joven estaba comprometida para casarse con José, un carpintero. La Biblia dice poco acerca de la familia de María, pero sabemos que José y María eran pobres a pesar de ser descendientes del rey David.

Conocemos la historia del ángel Gabriel anunciándole a María que ella iba dar a luz un hijo y que debía llamar su nombre Jesús. "¿Cómo será esto?", preguntó María, siendo ella una virgen. El ángel le dijo que iba ser obra del Espíritu Santo de Dios. "El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra". El milagro iba a ocurrir en la concepción del Hijo de Dios, no en el nacimiento del niño.

María se sometió totalmente y respondió: "He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra". Fue una respuesta reverente, acertada y sin reserva. Nos hace pensar en la oración de Jesucristo: "No sea como yo quiero, sino como tú" (Mateo 26.39),

María aceptó aquel día una carga difícil, la de dar a luz y criar aquel Niño que era el Hijo de Dios. Ella iba a ser objeto de burla y vergüenza. Su sumisión a la voluntad divina constituye un reto para nosotras. ¿Hay en nuestro corazón el deseo de hacer la voluntad de Dios aún si fuera bajo circunstancias difíciles?

El ángel Gabriel le dijo también que su prima Elisabet había concebido e iba a dar a luz un hijo, como hemos notado en la historia de ella. María fue a la casa de Zacarías y Elisabet, y la salutación que aquella anciana le dio a María le confirmó que ella ciertamente había sido destinada para ser la madre del Mesías. María respondió engrandeciendo al Señor con su propio cántico, llamado el Magníficat.

                En este poema de alabanza a Dios, la virgen no dijo directamente que ella iba a ser madre de aquel Santo Ser, aunque ésta era la

de su gozo y ella iba ser bienaventurada. Ella hizo referencia a Dios su Salvador, reconociéndose como una persona que había pecado, y humildemente confesando su propia bajeza llamándose "su sierva".

Aquella joven reveló su conocimiento de las Escrituras del Antiguo Testamento cuando engrandeció a Dios por su santidad, poder y misericordia hacia la nación de Israel.

Cuando José, un hombre recto, supo que María estaba encinta, él pensó que no debía casarse con ella y que sería mejor dejarla secretamente y no infamarla. Pero un ángel le habló una noche, diciéndole que la voluntad de Dios era que él se casara con María, pues ella había concebido por obra del Espíritu Santo e iba a dar a luz el esperado Mesías.

Además, el ángel le dijo a José que el nombre del niño sería Jesús, que significaba "Jehová es salvación", porque Él salvaría a su pueblo de sus pecados. José obedeció al ángel. Se casaron, pero no tuvieron relaciones conyugales hasta que María dio a luz a Jesús. Siendo padre adoptivo del Niño, José proveyó para María el apoyo que ella necesitaba.

En aquellos tiempos el poder mundial estaba bajo el control de un solo hombre, Augusto César. Un carpintero y su joven esposa fueron a Belén para ser empadronados como resultado del mandato de César. ¡Qué maravilla que la mujer, María, llevaba en su matriz al Hijo de Dios!

Mucho tiempo antes el profeta Miqueas había profetizado: "Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad" (Miqueas 5.2). Se cumplieron muchas profecías del Antiguo Testamento.

¡Cuánto nos conmueve la historia del nacimiento de Jesús! Parece que no hubo partera para atender a María en su parto en aquel establo. Pero en el Salmo 22.9 y IO está profetizado que la presencia de Dios ellos al nacer el Señor Jesucristo.

Aquella noche unos pastores cuidaban sus ovejas en un cerro de Belén cuando de repente vieron la "gloria del Señor" y oyeron el mensaje del ángel acerca del nacimiento del Salvador. Llegando a donde estaban el Niño, María y José, los pastores les contaron el mensaje divino: "Que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor". "María guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón" (Lucas 2.11, 19).

Cuando María y José llevaron a su Hijo al templo para los ritos de la ley, un hombre de fe llamado Simeón tomó al Niño en sus brazos. Espiritualmente viendo la salvación del mundo en la faz del Niño, Simeón dio gloria a Dios. Pero también le dijo a María que una espada iba a traspasar su corazón, prediciendo lo que ella iba a sentir al ver al Señor crucificado.

Después de haber cumplido lo de la purificación del Niño y de María, la familia regresó a su hogar en Nazaret. Jesús, bajo el cuidado de María y José, creció como un niño normal en su desarrollo, y más aún, la gracia de Dios estaba sobre Él y no tenía pecado. El se deleitaba en hacer la voluntad de su Padre celestial y durante toda su vida estuvo en comunión con El.

En las Escrituras no se registran las palabras dichas por María desde su cántico hasta que Jesús tenía doce años de edad. José y María regresaban de la fiesta de la Pascua en Jerusalén pensando que Jesús estaba en la compañía. Por tres días lo buscaron, y cuando por fin 10 hallaron, María le dijo: "Hijo, ¿por qué nos has hecho así?" Entonces Él les dijo: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?" (Lucas 2.49).

Por segunda vez leemos que María guardaba algunas cosas en su corazón. Jesús estaba haciendo la voluntad de su Padre celestial' pero parece que José y María no entendían lo que Él les estaba diciendo

Unos años después, cuando el Señor estaba empezando su ministerio público, la madre de Jesús estaba en una boda. Jesús y sus discípulos también fueron invitados y ella le dijo: "No tienen vino”. Jesús dijo: "¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora". María comprendió el sentido de sus palabras, y mostró su fe en el Señor al decirles a los que servían: "Haced todo lo que os dijere". Estas palabras son un buen consejo para todas nosotras también.

En esas dos ocasiones mencionadas, María habló fuera de lugar — algo que cada una de nosotras hace a veces. Como todo ser humano, ella también se equivocaba y necesitaba un Salvador. Lo que ella dijo en las bodas de Caná (Juan capítulo 2) fueron sus últimas palabras registradas en las Escrituras.


María, la madre de nuestro Señor, es nombrada otra vez durante el ministerio terrenal del Señor. Mientras Él estaba tan ocupado enseñando a sus discípulos, predicando las buenas nuevas del reino de Dios y curando a los enfermos, sus familiares se preocupaban pensando que tal vez estaba fuera de sí. Sus hermanos biológicos y su madre llegaron a Capernaum deseando llevárselo a su hogar en Nazaret.

Mientras Jesús estaba rodeado de la gente que escuchaba sus enseñanzas, unos le dijeron: "Tu madre y tus hermanos están fuera, y te buscan". Jesús les respondió: "Todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre".

El Señor nunca deshonró a su madre, pero ella tuvo que entender que el Señor Jesucristo estaba en el mundo para hacer la voluntad de su Padre Dios. María, la madre del Señor, llegó a ser discípula de Él.

Pasaron unos años y se cumplió la profecía hecha por Simeón de que una espada iba a traspasar el corazón de María. Cuántos recuerdos tendría ella de Jesús, pero aquel día Él iba a dar su vida para ser su Salvador. La presencia de María ante la cruz de Cristo demuestra su entendimiento del sacrificio de Cristo a favor de la humanidad.

No podemos imaginarnos la angustia que sufrieron aquellas mujeres. Nos conmueve saber que cuando Él las vio, el Salvador encomendó do de Juan, el discípulo a quien Él amaba, mostrando así el gran aprecio que le tenía. Jesús dijo: "Mujer, he ahí tu hijo", y a Juan: "He ahí tu madre". Pero había un vínculo nuevo: Jesús era su Salvador y Señor. Ella había dado a luz al niño Jesús, pero Jesucristo cargó en su cuerpo en la cruz los pecados de María, y los de cada una de nosotras.

Es importante notar que ésta no es la última referencia a María en la Biblia. Leemos en Hechos 1.14 que después de la ascensión del Señor al cielo los que creían en Él se juntaron en el aposento alto para orar. Con ellos estaba María, la madre de Jesús, probablemente viuda ya, y los hermanos de Jesús. Parece que ellos creyeron en Él cómo Salvador después de su resurrección.

María guardaba silencio con las otras hermanas creyentes, como tantas veces antes ella había guardado silencio. Pero ahora, como creyente en Cristo, ella podía disfrutar de la comunión continua con Él por medio de la oración.

Sabemos por la Biblia que la concepción de María no fue inmaculada, que ella no es "la reina del cielo" ni "la madre de Dios". Pero queremos darle a María el lugar que Dios le dio. Como hemos notado, ella fue bendita entre las mujeres, no sobre las mujeres; además nunca pretendió ser más que una humilde sierva del Señor.

Nos regocijamos de que María haya hallado gracia delante de Dios. El mensaje celestial fue dirigido a una joven mujer que fue pura en medio de un ambiente inmundo, en medio del desorden fue sumisa, y que se entregó sin reservas a la voluntad de Dios. El ejemplo de María, visto a la luz de las Escrituras, nos enseña que debemos hacer lo mismo. María fue favorecida y bendecida por Dios, pero un día delante de la multitud Jesucristo dijo: "Bienaventurados los que oye] la palabra de Dios, y la guardan" (Lucas 11.28).

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