capítulo 3: Cartas y pactos
Los
corintios eran la “carta” de Pablo, fruto de sus labores, y eran también “carta
de Cristo”. Así como Dios escribió en tablas de piedra para Israel, ahora
Cristo está grabando en los corazones de su pueblo. La vida del cristiano es
una epístola; es un mensaje de Cristo al mundo, ya que el sermón más poderoso
es una vida cristiana consecuente. ¿Su mensaje es legible en nuestras vidas?
Pablo
no tomaba para sí algún crédito por el cambio en la vida de ellos; era obra de
Dios, vv 4, 5. La misma suficiencia divina le capacitó a él para ser ministro
competente del nuevo pacto. El viejo se basaba en un documento escrito, Éxodo
24.1 al 8, pero el nuevo pacto en el poder de un Espíritu vivificante. El viejo
le decía a uno qué debía hacer, pero el nuevo le cambia a uno, dándole poder
para cumplir. El viejo era un instrumento de muerte debido a la incapacidad del
hombre a cumplirla, y la pena era la muerte. Aquel viejo pacto nació en gloria
con un resplandor que es eterno, vv 7 al 9, y aquella gloria estaba ilustrada
en el rostro de Moisés, pero no era intrínseca ni permanente. Por esto Moisés
cubrió el rostro para que el pueblo no viera la gloria pasajera, v. 13. Aquel
velo simboliza también el velo que está puesto sobre la mente de ellos al leer
las Escrituras. Ellos no ven que la gloria del viejo pacto está eclipsada por
el resplandor del nuevo, pero aquel velo les será quitado cuando buscan al Señor,
v. 16.
La aspiración de Moisés había sido la de
ver la gloria de Dios, Éxodo 33.18, y ella está realizada en el pacto nuevo, v.
18. Además, nosotros estamos transfigurados a aquella gloria. ¿Cómo estamos
transformados? Al contemplar y concentrarnos en Cristo como está visto en su
Palabra, confiando en el Espíritu Santo para efectuar el cambio. Será
progresivo: “de gloria en gloria”. El Espíritu realiza un cambio dentro de
nosotros, transformándonos a diario a la imagen de nuestro Señor. Contemplamos
y adoramos en silencio; Él efectúa en nuestras vidas lo que vemos en Cristo.
Mirando somos transformados, dice el v. 18.
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