domingo, 26 de abril de 2026

Lecciones que aprendí en mi asamblea (2)

 Separación del denominacionalismo

Durante un año entero habíamos empleado todos los medios a nuestro alcance para dar lugar a una mejor condición espiritual en las iglesias a las cuales pertenecíamos, pero sin éxito. Encontramos que las reglas constitucionales de esas organizaciones no permitían los cambios que propusimos, tales como la negativa de recibir miembros inconversos, y la exclusión de ancianos entregados a las apuestas y otros medios de ganancia ilícita. Preguntamos qué autoridad bíblica había para rociar a los bebés con agua, escoger a los ministros por voto, limitar el ministerio a un solo hombre (y por cierto a veces el menos calificado espiritualmente). Nos dijeron que “estas son las normas de la iglesia”, y no había nada que hacer.

Esperando en el Señor e inquiriendo su Palabra

A la vez, estábamos orando en privado, pidiendo dirección y luz sobre nuestra senda. Creo que había una verdadera disposición de avanzar en cualquier rumbo que nos fuese revelado. Debo decir aquí que ninguno de nosotros —los que formábamos el grupo al cual me refiero—habíamos conocido una asamblea de creyentes que se congregaban sencillamente en el nombre del Señor Jesucristo conforme al modelo apostólico. No había semejante cosa en la zona. Algunos habían oído que existía algo de esta índole, pero ninguno sabía qué hacía esa gente. Ahora, después de tantos años, yo sólo puedo decir que estoy agradecido que haya sido así. Este desconocimiento nos llevó única y absolutamente al regazo del Señor y su Palabra; no copiamos a otros ni seguimos una senda abierta por ejercicio ajeno.

Siempre hay un poder verdadero al ser enseñado directamente de las Escrituras, y es poco probable que uno pierda o abandone fácilmente lo que aprende así. Si el rumbo que tomamos es simplemente aquel que otros nos han sugerido, y si las verdades que practicamos son las que convienen, y si el Espíritu nunca nos ha convencido personalmente de estas cosas, entonces es de esperar que seamos débiles y que habrá cierta disposición de renunciar a esta senda y a estas prácticas para dar lugar a algo más aceptable para el mundo en derredor.

En mis cincuenta años entre las asambleas locales he visto esto una y otra vez. Cuando las verdades divinas no se afianzan en la conciencia y no controlan el corazón, entonces sus exigencias no encuentran una respuesta legítima en nuestro servicio, adoración y andar. Se empieza a oír un clamor por un régimen más amplio y una mayor “libertad” para los descontentos. Cuando la verdad se concibe como la verdad divina, y cuando uno la siente en su propia alma, no surge el deseo de atenuarla, ablandarla o de eludir su fuerza por conveniencia.

Separación de los inconversos y del denominacionalismo

Así, el resultado de aquellos meses de espera delante de Dios y de búsqueda en su Palabra fue que vimos imposible continuar en la congregación eclesiástica donde figurábamos como miembros. No era que tuviéramos pleito personal con el pastor —el “ministro”— de aquella iglesia, ni con sus diáconos ni los miembros en general, sino que el sistema en sí que nos impedía la obediencia a las doctrinas bíblicas que habíamos descubierto.

Los inconversos que eran miembros de nuestras congregaciones estaban haciendo lo posible para impedir una obra evangelística o cualquier mejoría en la conducta interna de la misma. Nuestras almas se afligían al ver la mundanalidad que prevalecía, y no podíamos discernir posibilidades de que la situación mejorara.

De manera que doce de nosotros, tristes al dejar a personas que amábamos, salimos de nuestras respectivas congregaciones, todos en un mismo día. Obedecimos al llamado del Señor en 2 Corintios 6.17: “Salid de en medio de ellos, y apartaos, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré...” Cortamos nuestra asociación con la religión mundana y con la comunión con los inconversos en sus iglesias. Dejamos el sistema, y no a los cristianos en el sistema, porque vimos que éste se oponía a la Palabra de Dios.

Por mi parte, no tengo el más mínimo deseo de volver, ya que creo que la Palabra de Dios no me permite hacerlo. Si estoy en lo cierto al creer que obedecí a la voz del Señor viviente al separarme de aquello, me es evidente que su voz no me enviará a eso de nuevo. Este es el principio, sencillo pero bíblico, que me ha gobernado durante todos estos años.

 Peter Fleming

No hay comentarios:

Publicar un comentario