Congregados en el nombre del Señor
Peter Fleming
No sentíamos incertidumbre en
cuanto a qué quería el Señor, pero a la vez proseguíamos con “temor y temblor”
acaso dejáramos de andar en la senda que Él nos había trazado. En estas
circunstancias nos reunimos, diez de nosotros, el domingo siguiente a las 11:00
de la mañana en el saloncito rústico con paredes de cal cruda y sin pintura. En
el centro de ese cuarto había una mesita cubierta por un mantel muy ordinario,
y sobre ésta los memoriales tan sencillos que nuestro Señor ordenó cuando
estaba sobre la tierra y repitió desde su lugar celestial; 1 Corintios 11.23.
Me refiero, por supuesto, al pan y la copa.
Sentimos aquella mañana de
primavera la presencia del Señor en una medida que nunca habíamos conocido
antes. Nos dimos cuenta de lo que era estar reunidos sencilla y exclusivamente
en el nombre del Señor Jesucristo, fuera de la religión del mundo, sin nombre,
sin posición social. Éramos sólo unos poquitos de entre esa vasta y esparcida
grey de Dios que ha sido comprada por la sangre de Cristo, llevando el nombre
suyo.
Habíamos encontrado un camino
de regreso a donde estaban las iglesias de los tiempos más primitivos cuando
todos los que creyeron tenían todo en común; Hechos 2.44. El Señor viviente se
dignó estar presente en medio de ese grupito, de acuerdo con su propio dicho en
Mateo 18.20.
El Espíritu Santo nos guiaba
Muy poco sabíamos de su
Palabra acerca de qué debería ser una asamblea de Dios, ni contábamos con algún
hermano de experiencia y don espiritual para enseñar o dirigirnos. Pero con
todo, aquel primer
día de nuestra congregación sentimos de una
manera tan real y tan viva que el Señor nos había recibido allí y que el
Espíritu Santo nos había conducido, de manera que pudimos confiar que todo
resultaría para bien.
Y así fue. En aquella hora
primitiva de nuestra experiencia como adoradores congregados, ascendió de
nuestros corazones llenos una meditación íntegra y descendió de Dios a nosotros
una bendición a través de su Palabra, la cual fue leída apropiadamente con unas
pocas palabras de comentario. El rocío de Hermón cayó sobre nuestros espíritus.
No habíamos ido a la reunión
para buscar una bendición sino para dar al Señor lo que le corresponde. “Dad a
Jehová la honra debida a su nombre; traed ofrendas, y venid a sus atrios.
Adorad a Jehová en la hermosura de la santidad...”, Salmo 96. Pero recibimos
una bendición —aquella bendición de Jehová que enriquece, y no añade tristeza
con ella— y en una medida que desconocíamos antes. El Señor, como es su manera
de hacer, nos dio ánimo en aquellos primeros pasos en su camino y nos condujo a
los pastos delicados y las aguas de reposo de la buena tierra que Él nos tenía
reservada.
Vientos de oposición
La verdad es que ese empujón
nos hacía falta. Ese mismo día se desató en la comunidad una tempestad de
oposición provocada por nuestra reunión en aquel cuarto tan ordinario.
De regreso a casa encontramos
a algunos de nuestros antiguos compañeros de las iglesias establecidas, y la manera
cómo dejaron de saludarnos mostraba claramente lo que estaba obrando en ellos.
Yo no hubiera creído que fuera posible, de no haberlo visto, que hombres y
mujeres cristianos permitirían que su prejuicio e intolerancia les condujeran
así a la silla de escarnecedores, provocándolos a fomentar en los impíos
violencia contra nosotros, por la sencilla y sola razón que nos habíamos
atrevido a dejar lo que ellos llamaban la religión de nuestros padres.
Parece que se habían olvidado
de que no muchos años antes, en 1843, esa misma Iglesia Presbiteriana Libre de
Escocia había roto sus vínculos con la iglesia “establecida” —la Presbiteriana
“oficial”—porque sus conciencias no les permitían seguir bajo el control del
Estado. Yendo inclusive más atrás, nuestros progenitores ancestrales (los
“covenanteros”) eran cazados como conejos entre los arbustos de nuestros cerros
por las tropas del rey, sólo porque se negaban a subyugar su adoración al
imperio del papa romano.
Si hubiéramos sido fundadores
de una religión nueva, o si hubiésemos negado los fundamentos de la fe para
propagar alguna doctrina nociva, a lo mejor se habría podido señalar algún
motivo para vernos con sospecha o tratarnos como rebeldes contra la ortodoxia.
Pero en cuanto a las doctrinas
evangélicas, profesamos y practicamos las mismas que cuando nos llamaban “la
excelencia de la tierra” y nos eligieron en las juntas y los comités de las
iglesias que ahora estábamos dejando. Nos encontrábamos frente al ostracismo y
considerados como “la escoria del mundo” (1 Corintios 4.13) sólo porque
partimos humilde y quietamente para poner por obra lo que nuestra Biblia nos
había enseñado, para adorar a Dios bajo la dirección del Espíritu y a la manera
que Él ha ordenado a su pueblo a seguir el ejemplo de los cristianos del siglo
apostólico. Hasta cierto punto, esto no nos causó asombro, ya que la Palabra de
Dios nos ha advertido que en los postreros días “los que quieren vivir
piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” del mundo, 2 Timoteo 3.12.
Cuando los verdaderos hijos de Dios se encuentran atados por alianzas
ilegítimas con ese mundo, especialmente en su religión, ellos se hacen
partícipes de su oposición a todo lo que atraviesa las sendas de popularidad,
aun cuando sea algo hecho para agradar a Dios y honrar su Palabra santa.
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