Esta es una de las
afirmaciones bíblicas que, incluso fuera de su contexto original, puede
brindarnos lecciones valiosas y motivación en diversas situaciones. Si
confiamos únicamente en nuestras habilidades, probablemente terminemos
confundidos. Reyes y dignatarios han confiado en sus propias fuerzas y han
resultado destruidos; comerciantes han confiado en sus recursos comerciales y
han terminado arruinados (véase Is. 10:12–16; 23:1–14). Cuando el pueblo
de Dios buscó ayuda en otras naciones, terminó lastimado y humillado (véase Is.
30:1–7). En cambio, cuando buscamos al Señor, su poder se perfecciona en
nuestra debilidad (2 Co. 12:9). “Él da fuerzas al fatigado, y al que no tiene
fuerzas, aumenta el vigor… Pero los que esperan en el Señor renovarán sus
fuerzas” (Is. 40:29, 31 NBLA).
Sin embargo, nuestro versículo
adquiere un significado especial en su contexto. Isaías 49:1–12 forma parte de
uno de los cánticos del siervo que hay en Isaías y es una profecía
acerca de Cristo, el perfecto Siervo de Dios. A pesar de venir a aquellos que
deberían haberle recibido, él fue rechazado, como si hubiera trabajado en vano
y malgastado sus fuerzas (v. 4). Este sentimiento es el que lo llevó
a llorar sobre Jerusalén, ya que no reconocieron el tiempo de su
visitación (véase Lc. 19:41–44).
El Señor Jesús es nuestro
ejemplo, incluso cuando se trata de este sentimiento de decepción y tristeza.
En lugar de abandonar su misión, él enfatizó su dependencia de Dios. Él dijo:
“Mi causa está delante de Jehová, y mi recompensa con mi Dios” (v. 4). A
menudo, el rechazo o incluso una indiferencia apática pueden desalentarnos
hasta el punto de perder el entusiasmo en nuestro trabajo para el Señor. Sin
embargo, esto solo demuestra que nuestra fuerza dependía de la aprobación de
los demás. Cristo, sin embargo, no buscaba aprobación, incluso de aquellos que
lo alababan (véase Jn. 2:24). Cuando nuestro Dios es nuestra fuerza, él nos
ayudará y nos preservará (v. 8) como lo hizo con su Siervo perfecto.
Stephen Campbell

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