“Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna”. 1 Timoteo 6:11-12
¡“Mas tú…”! El hombre de Dios –y cada hijo de
Dios– debe andar sin cesar contra corriente aquí abajo. Huye de lo que el mundo
ama y busca: el dinero y las cosas que se pueden adquirir con él (v. 10). Sigue
lo que agrada al Señor: justicia, piedad, fe, amor, paciencia y mansedumbre (v.
11). Aguarda Su aparición, ese tiempo en que todo será manifestado (v. 14).
El apóstol no confunde a los que son ricos (v.
17) con los que quieren enriquecerse (v. 9). Mas proyecta sobre los bienes de
“este siglo” la luz de la eternidad. El objeto de nuestra confianza no está en
los dones, sino en Aquel que los da; la verdadera ganancia es la piedad; las
verdaderas riquezas son las buenas obras (v. 18); el verdadero tesoro es un
buen fundamento para el porvenir (v. 19). Sí, sepamos discernir y echar mano
“de la vida que lo es en verdad” (V. M.).
Huye,
sigue, pelea, echa mano, son las exhortaciones que hemos hallado en nuestra
lectura. El versículo 20 contiene un último imperativo particularmente solemne:
“Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado”. Tal es la exhortación final,
e invitamos a cada uno de nuestros lectores a reemplazar el nombre de Timoteo
por el suyo propio.
(Extracto
de «Cada día las Escrituras: Romanos-Apocalipsis» de J. Koechlin)
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