El autor de la epístola a los Hebreos nos exhorta a prestar atención a las cosas que hemos oído (la Palabra), no sea que nos desviemos.
Nos apartamos del buen camino poco a poco;
espiritualmente no existe la muerte repentina. El defecto, que al principio nos
parece algo muy pequeño, sin importancia, en apariencia perdonable, si no se lo
juzga al debido tiempo, se convertirá en una pasión que pueda conducirnos a la
caída fatal.
¿Quién podría dudar de la buena voluntad del
apóstol Pedro cuando seguía al Señor Jesús en la tierra, junto con los demás
discípulos? Él dijo a Jesús: “Nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos
seguido” (Marcos 10:28). Luego, al acercarse el momento en que el Señor sería
arrestado, Pedro afirmó: “Mi vida pondré por ti”. Pero el Señor tuvo que
advertirle acerca de su flaqueza: “De cierto, de cierto te digo: No cantará el
gallo, sin que me hayas negado tres veces” (Juan 13:37-38). Sabemos que Pedro
dio testimonio de Él: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo
16:16); pero también tuvo que escuchar acerca de sí mismo: “¡Quítate de delante
de mí, Satanás!; me eres tropiezo” (Mateo 16:23). Siguió de lejos a su Maestro
que había sido apresado (Marcos 14:54) y poco después negó por tres veces al
Santo y Justo. Su voluntad propia, más o menos cultivada y no juzgada, lo
condujo a la caída, de donde sólo la gracia infinita del Señor pudo rescatarlo.
¿Acaso valemos nosotros más que Pedro, y por lo
tanto, el enemigo no podrá contra nosotros? Sería inútil enumerar todos
nuestros tropiezos y caídas. Cada uno, en la presencia de Dios, fijando la
mirada en el Hombre perfecto, y guiado por la Palabra, debe juzgar su corazón:
“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y
ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Salmo
139:23-24).
Parémonos un momento antes de que el Señor esté
obligado a tomar medidas disciplinarias y purificadoras. Los «¡cuidado!»,
«¡atención!» están a la orden del día: “El que piense estar firme, mire que no
caiga” (1 Corintios 10:12). No está de pie, sino que cree estarlo, dice la
Palabra. Velar, prestar atención, escuchar con humildad… he ahí los medios para
avanzar con seguridad.
Demas amó este mundo (2 Timoteo 4:10). Abandonó
al apóstol y el buen camino. ¿Qué pudo encontrar en el mundo? Fijémonos que el
corazón de Demas amó su “presente siglo malo” (Gálatas 1:4). Y nosotros que
vivimos en este siglo 21 estamos en el mismo “presente siglo malo”. A pesar de
todo el progreso tecnológico ocurrido, el “mundo” moral queda el mismo: “Porque
todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y
la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1 Juan 2:16).
Nada ha cambiado desde el tiempo de Demas. La
Palabra de Dios es como su Autor: todopoderosa y tan verdadera como en el
primer siglo de la Iglesia. La advertencia: “No seáis sabios en vuestra propia
opinión” de Romanos 12:16, conduce a la humildad y al juicio del yo, este “yo”
que hasta el final de la vida reivindica sus derechos y que, sin cesar, debe
ser apartado de nuestros pensamientos.
En mí, o sea “en mi carne, no mora el bien”,
dice el apóstol Pablo en Romanos 7:18; este “yo”, es decir, la carne dejada a
su propia voluntad, es el que nos lleva a cometer tantos pecados y que tanta
desgracia acarea sobre nosotros. Entre muchos, podríamos citar: el amor al
dinero (1 Timoteo 6:10), las cosas terrenales (Colosenses 3:5) la adicción al
vino y al mosto (alcohol) de que nos habla Oseas (cap. 4:11); todas estas cosas
que muchas veces consideramos sin importancia, pueden ser motivo de desvío del buen
camino o de caída. ¡Velemos, pues! El sueño espiritual (Proverbios 6:10) y la
dejadez moral abrirán la puerta a una lengua sin riendas, a un espíritu
pendenciero, a la calumnia (Santiago 3) y a la mentira.
“Por lo cual, oh amados, estando en espera de
estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha e
irreprensibles, en paz” (2 Pedro 3:14).
Henry Ironside
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