domingo, 26 de abril de 2026

ATENDAMOS LAS COSAS QUE HEMOS OIDO (Hebreos 2:1)

 El autor de la epístola a los Hebreos nos exhorta a prestar atención a las cosas que hemos oído (la Palabra), no sea que nos desviemos.

Nos apartamos del buen camino poco a poco; espiritualmente no existe la muerte repentina. El defecto, que al principio nos parece algo muy pequeño, sin importancia, en apariencia perdonable, si no se lo juzga al debido tiempo, se convertirá en una pasión que pueda conducirnos a la caída fatal.

¿Quién podría dudar de la buena voluntad del apóstol Pedro cuando seguía al Señor Jesús en la tierra, junto con los demás discípulos? Él dijo a Jesús: “Nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido” (Marcos 10:28). Luego, al acercarse el momento en que el Señor sería arrestado, Pedro afirmó: “Mi vida pondré por ti”. Pero el Señor tuvo que advertirle acerca de su flaqueza: “De cierto, de cierto te digo: No cantará el gallo, sin que me hayas negado tres veces” (Juan 13:37-38). Sabemos que Pedro dio testimonio de Él: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16); pero también tuvo que escuchar acerca de sí mismo: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo” (Mateo 16:23). Siguió de lejos a su Maestro que había sido apresado (Marcos 14:54) y poco después negó por tres veces al Santo y Justo. Su voluntad propia, más o menos cultivada y no juzgada, lo condujo a la caída, de donde sólo la gracia infinita del Señor pudo rescatarlo.

¿Acaso valemos nosotros más que Pedro, y por lo tanto, el enemigo no podrá contra nosotros? Sería inútil enumerar todos nuestros tropiezos y caídas. Cada uno, en la presencia de Dios, fijando la mirada en el Hombre perfecto, y guiado por la Palabra, debe juzgar su corazón: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Salmo 139:23-24).

Parémonos un momento antes de que el Señor esté obligado a tomar medidas disciplinarias y purificadoras. Los «¡cuidado!», «¡atención!» están a la orden del día: “El que piense estar firme, mire que no caiga” (1 Corintios 10:12). No está de pie, sino que cree estarlo, dice la Palabra. Velar, prestar atención, escuchar con humildad… he ahí los medios para avanzar con seguridad.

Demas amó este mundo (2 Timoteo 4:10). Abandonó al apóstol y el buen camino. ¿Qué pudo encontrar en el mundo? Fijémonos que el corazón de Demas amó su “presente siglo malo” (Gálatas 1:4). Y nosotros que vivimos en este siglo 21 estamos en el mismo “presente siglo malo”. A pesar de todo el progreso tecnológico ocurrido, el “mundo” moral queda el mismo: “Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1 Juan 2:16).

Nada ha cambiado desde el tiempo de Demas. La Palabra de Dios es como su Autor: todopoderosa y tan verdadera como en el primer siglo de la Iglesia. La advertencia: “No seáis sabios en vuestra propia opinión” de Romanos 12:16, conduce a la humildad y al juicio del yo, este “yo” que hasta el final de la vida reivindica sus derechos y que, sin cesar, debe ser apartado de nuestros pensamientos.

En mí, o sea “en mi carne, no mora el bien”, dice el apóstol Pablo en Romanos 7:18; este “yo”, es decir, la carne dejada a su propia voluntad, es el que nos lleva a cometer tantos pecados y que tanta desgracia acarea sobre nosotros. Entre muchos, podríamos citar: el amor al dinero (1 Timoteo 6:10), las cosas terrenales (Colosenses 3:5) la adicción al vino y al mosto (alcohol) de que nos habla Oseas (cap. 4:11); todas estas cosas que muchas veces consideramos sin importancia, pueden ser motivo de desvío del buen camino o de caída. ¡Velemos, pues! El sueño espiritual (Proverbios 6:10) y la dejadez moral abrirán la puerta a una lengua sin riendas, a un espíritu pendenciero, a la calumnia (Santiago 3) y a la mentira.

“Por lo cual, oh amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz” (2 Pedro 3:14).

Henry Ironside

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