viernes, 27 de marzo de 2026

Lecciones que aprendí en mi asamblea (1)

Conversión y primeras experiencias

 Peter Fleming

Fui conducido al conocimiento del Señor en los días gloriosos del Gran Avivamiento y de cosecha espiritual que arrasó las Islas Británicas en 1859 y 1860. ¡Qué tiempos aquellos! Se palpaba en aquel movimiento una fluidez y plenitud del poder del Espíritu en la predicación como nunca más he visto. No había mucha exposición de la doctrina del Evangelio sino mucha advertencia del juicio venidero y el peligro de descuidar la necesidad de una reconciliación con Dios. ¡Qué aprehensión tenía la Palabra al ser predicada!

Y, el regocijo de los convertidos no conocía límite. Los cantos eran maravillosos, tal vez no desde el punto de vista musical, sino como melodía que salía del corazón, de la cual habla el apóstol en Efesios 5.19. No se empleaba un coro de cantantes selectos, sino que todos cantábamos y el canto de corazones llenos de Cristo tenía un gran efecto sobre los inconversos. Me emociono al recordar aquellas grandes reuniones de miles de oyentes que atendían a la invitación de la honorable Duquesa de Gordon en Huntly, virtuosa dama sumamente interesada en ellas. Parecía que cielo y tierra se unían mientras entonábamos alabanzas a Dios en aquellas verdes colinas escocesas. Uno de los presentes en estas reuniones escribió hermosamente:

Acaso recordamos aquellos cantos,

aquella dulce melodía,

¡cómo podemos olvidarnos!,

que al cielo y tierra unían.

 

Sí, cantado hemos los mismos

cantos pero nunca, jamás diría

que olvidar esos primeros cantos

nuestro corazón podría.

 

Pero, esos primeros días de frescura y celo por el evangelio pasaron. La marea alta de la bendición cedió, y los creyentes nuevos tuvimos que buscar orientación y ayuda en las cosas espirituales en cualquier lugar donde pudiéramos encontrarla. Donde yo vivía en ese entonces,

hace sesenta años ya, toda persona que se llamaba a sí misma cristiana era muy cumplida en asistir a una iglesia protestante. Algunos iban a las reuniones de una denominación y otros a las de otra, pero todos insistían en ser miembros de alguna “congregación”, como decíamos.

Nunca se oía esa palabra bíblica asamblea, aun cuando ésta es la única traducción verdadera del término griego ecclesía que el Nuevo Testamento emplea para describir el pueblo que Dios ha separado del mundo en derredor.

 

Reverendos

Unos pocos reverendos de las iglesias establecidas se habían incorporado plenamente en la ola de despertar y avivamiento, regocijándose en la salvación de muchas almas y participando en las bendiciones derramadas. La mayoría del clero cristiano hacía caso omiso de todo eso y algunos se oponían amargamente. En ese movimiento de 1859 y 1860 Dios tuvo a bien usar mayormente a los llamados laicos para conducir las almas a Cristo. Estos eran llamados así por el clero para distinguirlos de esos ministros de religión que habían recibido su título de una universidad o seminario y habían sido “autorizados” por hombres para ser ministros de la Palabra de Dios.

Estoy convencido de que Dios usó en aquel avivamiento a todo tipo de hombres precisamente para aflojar el apretón del clero sobre su pueblo en las diversas denominaciones. Los trabajadores que Él empleó eran de la nobleza y de las minas de carbón; eran terratenientes y peones; abogados y barrenderos; militares y oficinistas.

Fueron ellos los que llevaron el evangelio a sus prójimos, y los ojos de muchos cristianos fueron abiertos para ver que todo el sistema del clero era algo inventado por hombres y no por Dios. Se dieron cuenta de que el esquema de “los ministros de religión” era un estorbo en vez de un medio divino para la realización de su obra.

Por supuesto, había en aquel entonces, como hay ahora, hombres espirituales y capacitados entre los reverendos o ministros “autorizados”. Pero su éxito en ganar almas o alimentar y cuidar a los convertidos se debía a la gracia que Dios les dio y el don que el Espíritu les concedió, y no a algo aprendido en una universidad ni algo recibido por la ordenación de sus autoridades eclesiásticas.

Uno de los mejores de ellos me dijo una vez: “Si yo no hubiera renacido antes de comenzar en la escuela de teología, jamás habría sabido de mi necesidad estando allí. Y, si el Señor no me hubiera dado un corazón de amor por las almas, y alguna capacidad para ganarlas, jamás la habría conseguido por el estudio de idiomas muertos y teologías secas”.

 

Asistencia a la iglesia

Así, uno asistía a la iglesia cada domingo y a veces recibía algo que le ayudaba en la vida cristiana. Pero lo más común era un balde de agua fría para apagar nuestro “fervor avivamentalista” y muchas veces una arenga contra “la presunción de los que dicen estar seguros de ser salvos”. La experiencia nos enseñó a no esperar algo mejor en nuestras iglesias tradicionales del protestantismo.

Se daban casos de momentos de refrigerio, pero éstos se marchitaban pronto, y volvíamos al sermón seco, el discurso teológico y el evangelio de obras al estilo de los gálatas. No había una verdadera explicación de la Palabra de Dios ni un esfuerzo por trazar bien la Palabra. Lo cierto es que había poca exposición bíblica en el ministerio corriente.

 

Reunión de oración y estudio bíblico

Nos reuníamos una vez durante la semana para orar, y francamente eran ocasiones gratas. Por eso, se propuso llevar a cabo estudios bíblicos, cada cual aportando lo que podía. Aquellas sesiones nocturnas en torno a la Palabra eran ocasiones de verdadera ayuda en nuestra vida espiritual. La exposición —la entrada— de la Palabra alumbra, como dice Salmo 119.130. En esos estudios sencillos vimos verdades que nunca oímos desde la tribuna de la iglesia. Llegamos a esperar más de aquellas reuniones irregulares que de los servicios formales de cada domingo. Pero seguimos en nuestras respectivas iglesias porque no conocíamos otra cosa. No habíamos aprendido lo que sabríamos un poco más adelante por la misericordia del Señor; o sea, que aun aquí en la tierra Dios tenía para los suyos algo mejor que esa condición estéril.

¡A su nombre gloria! Ahora en la vejez me acuerdo bien de aquellos días cuando íbamos poniendo por obra las pequeñas cosas que aprendíamos. Con cada paso recibíamos algo más. Pero, había aquellos que no querían tomar el próximo paso, y ellos retrocedieron, volviendo poco a poco al mundo y perdiendo el gozo de la salvación.

 

Falta de ministerio útil

Fue en esta época que se tomamos como propia la verdad del creyente aceptado por Cristo y unido a otros creyentes a través de Él. Fuimos ayudados por los escritos de varios autores.1 En el sistema presbiteriano había uno que otro hombre anciano, realmente renacido y capaz en la exposición de las Escrituras.2 Y, de vez en cuando recibimos visitas de evangelistas que habían sido usados poderosamente en el Gran Avivamiento.3 Este apoyo lo recibíamos esporádicamente, pero sirvió para permitirnos ver que había mejores cosas que las que conocíamos en nuestras iglesias.

 

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