Conversión y primeras experiencias
Peter Fleming
Fui conducido al
conocimiento del Señor en los días gloriosos del Gran Avivamiento y de cosecha
espiritual que arrasó las Islas Británicas en 1859 y 1860. ¡Qué tiempos
aquellos! Se palpaba en aquel movimiento una fluidez y plenitud del poder del
Espíritu en la predicación como nunca más he visto. No había mucha exposición
de la doctrina del Evangelio sino mucha advertencia del juicio venidero y el
peligro de descuidar la necesidad de una reconciliación con Dios. ¡Qué
aprehensión tenía la Palabra al ser predicada!
Y, el regocijo de los
convertidos no conocía límite. Los cantos eran maravillosos, tal vez no desde
el punto de vista musical, sino como melodía que salía del corazón, de la cual
habla el apóstol en Efesios 5.19. No se empleaba un coro de cantantes selectos,
sino que todos cantábamos y el canto de corazones llenos de Cristo tenía un
gran efecto sobre los inconversos. Me emociono al recordar aquellas grandes
reuniones de miles de oyentes que atendían a la invitación de la honorable
Duquesa de Gordon en Huntly, virtuosa dama sumamente interesada en ellas.
Parecía que cielo y tierra se unían mientras entonábamos alabanzas a Dios en
aquellas verdes colinas escocesas. Uno de los presentes en estas reuniones escribió
hermosamente:
Acaso recordamos aquellos cantos,
aquella dulce melodía,
¡cómo podemos olvidarnos!,
que al cielo y tierra unían.
Sí, cantado hemos los mismos
cantos pero nunca, jamás diría
que olvidar esos primeros
cantos
nuestro corazón podría.
Pero, esos primeros
días de frescura y celo por el evangelio pasaron. La marea alta de la bendición
cedió, y los creyentes nuevos tuvimos que buscar orientación y ayuda en las
cosas espirituales en cualquier lugar donde pudiéramos encontrarla. Donde yo vivía
en ese entonces,
hace sesenta años ya, toda persona que se
llamaba a sí misma cristiana era muy cumplida en asistir a una iglesia
protestante. Algunos iban a las reuniones de una denominación y otros a las de
otra, pero todos insistían en ser miembros de alguna “congregación”, como
decíamos.
Nunca se oía esa
palabra bíblica asamblea, aun cuando ésta es la única traducción verdadera del
término griego ecclesía que el Nuevo Testamento emplea para describir el pueblo
que Dios ha separado del mundo en derredor.
Reverendos
Unos pocos reverendos
de las iglesias establecidas se habían incorporado plenamente en la ola de
despertar y avivamiento, regocijándose en la salvación de muchas almas y
participando en las bendiciones derramadas. La mayoría del clero cristiano
hacía caso omiso de todo eso y algunos se oponían amargamente. En ese
movimiento de 1859 y 1860 Dios tuvo a bien usar mayormente a los llamados
laicos para conducir las almas a Cristo. Estos eran llamados así por el clero
para distinguirlos de esos ministros de religión que habían recibido su título
de una universidad o seminario y habían sido “autorizados” por hombres para ser
ministros de la Palabra de Dios.
Estoy convencido de que
Dios usó en aquel avivamiento a todo tipo de hombres precisamente para aflojar
el apretón del clero sobre su pueblo en las diversas denominaciones. Los
trabajadores que Él empleó eran de la nobleza y de las minas de carbón; eran terratenientes
y peones; abogados y barrenderos; militares y oficinistas.
Fueron ellos los que
llevaron el evangelio a sus prójimos, y los ojos de muchos cristianos fueron
abiertos para ver que todo el sistema del clero era algo inventado por hombres
y no por Dios. Se dieron cuenta de que el esquema de “los ministros de religión”
era un estorbo en vez de un medio divino para la realización de su obra.
Por supuesto, había en
aquel entonces, como hay ahora, hombres espirituales y capacitados entre los
reverendos o ministros “autorizados”. Pero su éxito en ganar almas o alimentar
y cuidar a los convertidos se debía a la gracia que Dios les dio y el don que
el Espíritu les concedió, y no a algo aprendido en una universidad ni algo
recibido por la ordenación de sus autoridades eclesiásticas.
Uno de los mejores de
ellos me dijo una vez: “Si yo no hubiera renacido antes de comenzar en la
escuela de teología, jamás habría sabido de mi necesidad estando allí. Y, si el
Señor no me hubiera dado un corazón de amor por las almas, y alguna capacidad para
ganarlas, jamás la habría conseguido por el estudio de idiomas muertos y
teologías secas”.
Asistencia a la iglesia
Así, uno asistía a la
iglesia cada domingo y a veces recibía algo que le ayudaba en la vida
cristiana. Pero lo más común era un balde de agua fría para apagar nuestro
“fervor avivamentalista” y muchas veces una arenga contra “la presunción de los
que dicen estar seguros de ser salvos”. La experiencia nos enseñó a no esperar
algo mejor en nuestras iglesias tradicionales del protestantismo.
Se daban casos de
momentos de refrigerio, pero éstos se marchitaban pronto, y volvíamos al sermón
seco, el discurso teológico y el evangelio de obras al estilo de los gálatas.
No había una verdadera explicación de la Palabra de Dios ni un esfuerzo por trazar
bien la Palabra. Lo cierto es que había poca exposición bíblica en el
ministerio corriente.
Reunión de oración y estudio
bíblico
Nos reuníamos una vez durante la semana
para orar, y francamente eran ocasiones gratas. Por eso, se propuso llevar a
cabo estudios bíblicos, cada cual aportando lo que podía. Aquellas sesiones
nocturnas en torno a la Palabra eran ocasiones de verdadera ayuda en nuestra
vida espiritual. La exposición —la entrada— de la Palabra alumbra, como dice
Salmo 119.130. En esos estudios sencillos vimos verdades que nunca oímos desde
la tribuna de la iglesia. Llegamos a esperar más de aquellas reuniones
irregulares que de los servicios formales de cada domingo. Pero seguimos en
nuestras respectivas iglesias porque no conocíamos otra cosa. No habíamos
aprendido lo que sabríamos un poco más adelante por la misericordia del Señor;
o sea, que aun aquí en la tierra Dios tenía para los suyos algo mejor que esa
condición estéril.
¡A su nombre gloria!
Ahora en la vejez me acuerdo bien de aquellos días cuando íbamos poniendo por
obra las pequeñas cosas que aprendíamos. Con cada paso recibíamos algo más.
Pero, había aquellos que no querían tomar el próximo paso, y ellos retrocedieron,
volviendo poco a poco al mundo y perdiendo el gozo de la salvación.
Falta de ministerio útil
Fue en esta época que se tomamos como
propia la verdad del creyente aceptado por Cristo y unido a otros creyentes a
través de Él. Fuimos ayudados por los escritos de varios autores.1 En el
sistema presbiteriano había uno que otro hombre anciano, realmente renacido y
capaz en la exposición de las Escrituras.2 Y, de vez en cuando recibimos
visitas de evangelistas que habían sido usados poderosamente en el Gran
Avivamiento.3 Este apoyo lo recibíamos esporádicamente, pero sirvió para
permitirnos ver que había mejores cosas que las que conocíamos en nuestras
iglesias.
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