Murió José… y fue puesto en un
ataúd en Egipto. Génesis 50:26
Génesis 1:1 nos ofrece una
enseñanza sencilla aún incomprendida por muchos científicos: “En el principio
creó Dios los cielos y la tierra”. La Biblia nos narra la historia de dos
hombres: el primero, Adán; y el segundo, el Señor Jesús. En Génesis, vemos la
historia del primer Adán. Después de embellecer los cielos y hacer de la tierra
un lugar adecuado para el ser humano, Dios puso a Adán como cabeza de esta
hermosa creación. Este acto fue el clímax de la obra divina, y Dios declaró que
todo era “bueno en gran manera”.
Sin embargo, a medida que la
historia avanza, vemos cómo la creación se deterioró rápidamente por el pecado
del hombre, quien desobedeció el único mandato que Dios le había dado. Las
consecuencias fueron catastróficas. Dios le había advertido a Adán que moriría
si comía del árbol del conocimiento del bien y del mal. “Como el pecado entró
en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a
todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Ro. 5:12).
Con el paso del tiempo, las
generaciones fueron sucediéndose. En Génesis, leemos que tuvieron hijos e hijas
y que llegaron a vivir muchos años. Sin embargo, salvo una única excepción,
todos fueron muriendo uno por uno. Hasta el día de hoy, a pesar de todos los
avances y la tecnología, aún prevalecen las palabras del Dios eterno: “Está
establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el
juicio” (He. 9:27). El último versículo de Génesis nos dice que José murió
y fue puesto en un ataúd en Egipto. ¡Qué retrato tan sombrío de este mundo
donde la muerte reina como soberana!
Gracias a Dios, ¡este no es el
final! Si bien el primer hombre fracasó estrepitosamente, este hecho sirvió
como trasfondo para la aparición del Segundo Hombre, el Hijo amado del Padre.
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo
unigénito” (Jn. 3:16).
¡Qué maravilloso es el plan de
salvación de Dios!

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