martes, 29 de septiembre de 2026

Lecciones que aprendí en mi asamblea (7)

 

Ministerio y ayuda por la Palabra de Dios

 Peter Fleming


La reacción contra la idea de que un solo hombre—elegido por o para el pueblo y designado por autoridad humana— no podía estar a cargo de todo el ministerio tuvo un efecto errado en algunos. Es decir, algunos llegaron a pensar que todo hombre podía predicar y enseñar a su antojo en la congregación, sin considerar si éste poseía el don para hacerlo, o la gracia para ejercer tal don. Pronto empezamos a ver que esta idea también era errónea, tanto en práctica como en teoría. Claro está que, al reunirnos como adoradores, para ejercer las funciones comunes de nuestro sacerdocio, había para cada cual esa opción de expresar las alabanzas, las acciones de gracia y la adoración, sujeto cada uno al don que tuviera y estando cada uno en la debida condición espiritual por supuesto. Éramos, según 1 Pedro 2.5, edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio del Espíritu Santo. Queríamos cumplir lo dicho en Filipenses 3.3: “...en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne”.

No todos están capacitados para hablar en público.

Pero este principio no es aplicable en la predicación del Evangelio en una reunión pública. Algunos pensaron por un tiempo que sí era aplicable, pero su insuficiencia se hizo evidente. No todos están capacitados para ser evangelistas, ni todos son capaces de hablar ante auditorios públicos. La plataforma debe ser usada solamente por los que tienen la capacidad de emplearla. Una vez que aprendimos esto como la voluntad divina, tuvimos que enfrentar la cuestión difícil de cómo saber quiénes eran los que tenían este don y cómo darles oportunidad para ejercer su ministerio. Desde luego, el mundo es grande y el Evangelio hace falta en todas partes. Pero nuestra primera responsabilidad estaba en el testimonio evangelístico de nuestra propia asamblea, el cual realizábamos en la capilla cada domingo en la noche. Con el correr del tiempo, también estábamos recibiendo ayuda en este sentido de visitantes de otras partes, y Dios bendijo su colaboración.

Sin “reuniones abiertas” ni “ministros fijos”.

Si bien se veía fruto en la salvación de almas, entendíamos que no deberíamos confiar exclusivamente en la ayuda de hermanos visitantes, porque esa práctica daba poca oportunidad para el desarrollo de cualquier don de evangelización que hubiese en nuestra propia asamblea. Las reuniones caseras y la predicación al aire libre habían puesto en evidencia que varios jóvenes entre nuestro número sí tenían capacidad y ejercicio.

Los hermanos que estábamos haciendo la obra de sobreveedores, y sobre cuyos hombros había caído esta responsabilidad de velar por las actividades de la asamblea, llegamos a dos decisiones. Por un lado, daríamos la bienvenida a todos aquellos que el Señor enviara a visitarnos, pero no haríamos arreglos (como algunos deseaban) para que esos hermanos se encargaran de toda la predicación durante lapsos específicos. Habíamos observado que, si un predicador no tenía un mensaje fresco para darnos en el poder del Espíritu, y no había la conversión de almas, un mes de reuniones era excesivo, cualquiera que fuese el arreglo hecho previamente. En cambio, si había poder, si la gente manifestaba deseos de oír la Palabra, si parecía que el Espíritu estaba empleando al hermano, entonces resultaba corto cualquier período de reuniones acordado previamente.

A veces cometimos el error de dejar ir a un hermano en estas condiciones, simplemente porque se había convenido que otro llegaría en determinada fecha. Aprendimos que el segundo no siempre era usado para continuar la obra que el Señor había encomendado al primero. Así, pusimos fin al sistema de “predicadores contratados”, pero de ninguna manera dejamos de agradecer las visitas de aquellos hermanos capacitados e idóneos que el Espíritu nos enviaba de visita de otras asambleas. Más bien, hacíamos los arreglos apropiados para que el visitante tuviese la oportunidad, si parecía apropiado, de ministrar la Palabra de Dios. Por otro lado, pusimos fin al sistema de “cualquier predicador” en lo que se refería a la participación de los hermanos en la asamblea para las reuniones de evangelización. A veces alguno había tomado parte cuando era evidente que no tenía la capacidad de hacerlo; y nos quedábamos mudos en la presencia de inconversos que se preguntaban para qué estaban allí. También dejamos el método de “ministros fijos” ya que, como siempre, debemos ser guiados por el Señor. Gracias al Señor que nunca nos ha fallado.

 

Conforme a la guía del Señor

Nos visitan siervos del Señor de lejos y de cerca, y también hermanos de las asambleas vecinas. Son impulsados por el deseo de colaborar en la proclamación del Evangelio y el ministerio de la Palabra a los creyentes. Al realizar “conferencias”, cuando nos visitan creyentes de asambleas en otras partes como también cristianos de otras afiliaciones, avisamos las fechas a estos siervos y otros hermanos capacitados, limitándonos en ambos casos a aquellos cuyas cualidades han sido probadas. Dejamos con Dios que Él dirija si los tales vendrán o no, y hemos visto que por lo general recibimos todos los mensajes que el tiempo permite. Nuestra práctica ha sido la de dejar a esos hermanos cualquier arreglo entre sí en cuanto al uso del tiempo en la exposición de las Escrituras. Consideramos que sería una indebida intervención humana el hecho de limitar el tiempo de uno de reconocida capacidad, o decirle sobre qué tema debería hablar. A lo mejor nosotros no sabríamos escoger las materias que el Señor sabe que son necesarias para nosotros. Cuando dejamos estos asuntos con Él, para que sus mensajeros impartan sus mensajes, encontramos que Él suple la necesidad y envía palabras en sazón.

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