Ministerio y
ayuda por la Palabra de Dios
Peter Fleming
La reacción contra la idea de
que un solo hombre—elegido por o para el pueblo y designado por autoridad
humana— no podía estar a cargo de todo el ministerio tuvo un efecto errado en
algunos. Es decir, algunos llegaron a pensar que todo hombre podía predicar y
enseñar a su antojo en la congregación, sin considerar si éste poseía el don
para hacerlo, o la gracia para ejercer tal don. Pronto empezamos a ver que esta
idea también era errónea, tanto en práctica como en teoría. Claro está que, al
reunirnos como adoradores, para ejercer las funciones comunes de nuestro
sacerdocio, había para cada cual esa opción de expresar las alabanzas, las
acciones de gracia y la adoración, sujeto cada uno al don que tuviera y estando
cada uno en la debida condición espiritual por supuesto. Éramos, según 1 Pedro
2.5, edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer
sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio del Espíritu Santo.
Queríamos cumplir lo dicho en Filipenses 3.3: “...en espíritu servimos a Dios y
nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne”.
No
todos están capacitados para hablar en público.
Pero este principio no es
aplicable en la predicación del Evangelio en una reunión pública. Algunos
pensaron por un tiempo que sí era aplicable, pero su insuficiencia se hizo
evidente. No todos están capacitados para ser evangelistas, ni todos son
capaces de hablar ante auditorios públicos. La plataforma debe ser usada
solamente por los que tienen la capacidad de emplearla. Una vez que aprendimos
esto como la voluntad divina, tuvimos que enfrentar la cuestión difícil de cómo
saber quiénes eran los que tenían este don y cómo darles oportunidad para
ejercer su ministerio. Desde luego, el mundo es grande y el Evangelio hace
falta en todas partes. Pero nuestra primera responsabilidad estaba en el
testimonio evangelístico de nuestra propia asamblea, el cual realizábamos en la
capilla cada domingo en la noche. Con el correr del tiempo, también estábamos
recibiendo ayuda en este sentido de visitantes de otras partes, y Dios bendijo
su colaboración.
Sin
“reuniones abiertas” ni “ministros fijos”.
Si bien se veía fruto en la
salvación de almas, entendíamos que no deberíamos confiar exclusivamente en la
ayuda de hermanos visitantes, porque esa práctica daba poca oportunidad para el
desarrollo de cualquier don de evangelización que hubiese en nuestra propia
asamblea. Las reuniones caseras y la predicación al aire libre habían puesto en
evidencia que varios jóvenes entre nuestro número sí tenían capacidad y
ejercicio.
Los hermanos que estábamos
haciendo la obra de sobreveedores, y sobre cuyos hombros había caído esta
responsabilidad de velar por las actividades de la asamblea, llegamos a dos
decisiones. Por un lado, daríamos la bienvenida a todos aquellos que el Señor
enviara a visitarnos, pero no haríamos arreglos (como algunos deseaban) para
que esos hermanos se encargaran de toda la predicación durante lapsos
específicos. Habíamos observado que, si un predicador no tenía un mensaje
fresco para darnos en el poder del Espíritu, y no había la conversión de almas,
un mes de reuniones era excesivo, cualquiera que fuese el arreglo hecho
previamente. En cambio, si había poder, si la gente manifestaba deseos de oír
la Palabra, si parecía que el Espíritu estaba empleando al hermano, entonces
resultaba corto cualquier período de reuniones acordado previamente.
A veces cometimos el error de
dejar ir a un hermano en estas condiciones, simplemente porque se había
convenido que otro llegaría en determinada fecha. Aprendimos que el segundo no
siempre era usado para continuar la obra que el Señor había encomendado al
primero. Así, pusimos fin al sistema de “predicadores contratados”, pero de ninguna
manera dejamos de agradecer las visitas de aquellos hermanos capacitados e
idóneos que el Espíritu nos enviaba de visita de otras asambleas. Más bien,
hacíamos los arreglos apropiados para que el visitante tuviese la oportunidad,
si parecía apropiado, de ministrar la Palabra de Dios. Por otro lado, pusimos
fin al sistema de “cualquier predicador” en lo que se refería a la
participación de los hermanos en la asamblea para las reuniones de
evangelización. A veces alguno había tomado parte cuando era evidente que no
tenía la capacidad de hacerlo; y nos quedábamos mudos en la presencia de
inconversos que se preguntaban para qué estaban allí. También dejamos el método
de “ministros fijos” ya que, como siempre, debemos ser guiados por el Señor.
Gracias al Señor que nunca nos ha fallado.
Conforme a la guía del Señor
Nos visitan siervos del Señor
de lejos y de cerca, y también hermanos de las asambleas vecinas. Son
impulsados por el deseo de colaborar en la proclamación del Evangelio y el
ministerio de la Palabra a los creyentes. Al realizar “conferencias”, cuando nos
visitan creyentes de asambleas en otras partes como también cristianos de otras
afiliaciones, avisamos las fechas a estos siervos y otros hermanos capacitados,
limitándonos en ambos casos a aquellos cuyas cualidades han sido probadas.
Dejamos con Dios que Él dirija si los tales vendrán o no, y hemos visto que por
lo general recibimos todos los mensajes que el tiempo permite. Nuestra práctica
ha sido la de dejar a esos hermanos cualquier arreglo entre sí en cuanto al uso
del tiempo en la exposición de las Escrituras. Consideramos que sería una
indebida intervención humana el hecho de limitar el tiempo de uno de reconocida
capacidad, o decirle sobre qué tema debería hablar. A lo mejor nosotros no
sabríamos escoger las materias que el Señor sabe que son necesarias para
nosotros. Cuando dejamos estos asuntos con Él, para que sus mensajeros impartan
sus mensajes, encontramos que Él suple la necesidad y envía palabras en sazón.
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