lunes, 5 de marzo de 2012

No vestirás ropa de lana y de lino juntamente

            Cualquiera sea la posición que Jonatán hubiere tomado en ese tiempo, no era sin embargo, de acuerdo con el llamamiento de Dios. Esta po­sición tomada le tuvo separado del testimonio de Dios y de todo lo que involucra, aunque él poseía al Señor para sí mismo. Hasta el mo­mento de morir en el monte de Gilboa permaneció en la corte y en el ejército. Pereció con ellos en la destrucción y la vergüenza, porque desde tiempo atrás la gloria les había dejado y lo que en el país era de Dios, había sido retirado de ellos. Jonatán es, tristemente, la ilus­tración de casos frecuentes. ¿Había en él ignorancia del llamamiento de Dios o incertidumbre de pensamiento? No trataremos esto, pero hacemos un llamado de atención a aquellos que en nuestros días, llenos de gracia como él, de buenas cualidades personales, han toma­do lugar fuera del sendero donde el Espíritu Santo despliega su ener­gía conforme a la dispensación actual. Hasta podríamos decir que un gran número de personas forman esta clase. Individualmente ellos cumplen con actitudes de valor y devoción, pero el medio en donde viven se vuelve en confusión para ellos como lo fue para Jonatán. Es­tán ligados a un mundo sobre el cual caerá el juicio repentinamente; se encuentran en medio de una "corte" y de un campo que pronto caerá bajo la espada de incircuncisos. "No lo anunciéis en Gat, ni deis las nuevas en las plazas de Ascalón" (2 S. 1:20). Jonatán es la ilustración de un hecho que desde entonces y hasta hoy, se ha re­producido sin interrupción y de una manera más y más llamativa.
            Pero la presencia de Jonatán no puede hacer que la corte de Saúl o el campo sean otro de lo que son. La impresión de Lot en Sodoma es la de un "Lot impuro" y no la de una Sodoma sancionada, purificada, por la presencia de Lot. Todo esto está en armonía con Hageo 2:12 y 13, "si alguno llevare carne santificada en la falda de su ropa y con el vuelo de ella tocare pan, o vianda, o vino, o aceite, o cualquiera otra comida, ¿será santificada? Y los sacerdotes respondieron y dije­ron: no. Si un inmundo a causa de cuerpo muerto tocare alguna cosa de estas, ¿será inmunda? Y los sacerdotes dijeron: inmunda será".
            Hay sin embargo, algunas cosas que difieren y el alma ejercitada de­lante de Dios debe saber discernirlas. Hay vestiduras "inmundas" que no son al mismo tiempo vestiduras mezcladas, "vestidos con mezcla de hilos" es decir, "ropa con lana y lino juntamente". Nuestro deber es el de guardar nuestros vestidos exentos de la más leve mancha. Sin esto, es imposible una vida íntima de comunión con el Señor. Y sin embargo, un vestido manchado no es un vestido con mezcla de hilos. Tampoco debemos confundir con una tela donde se encuentran por ahí o por allá algunos hijos extraños, con el que es en principio posi­tivamente "ropa de lana y de lino juntamente". Las Escrituras, siem­pre tan ricas y perfectas nos presentan caracteres formados que han sido llamados muy bien "principios mezclados"; y otros que se dejan alcanzar por la mancha de esos principios sin estar enteramente for­mados por ellos mismos. La vida entera de Lot era una vida de prin­cipios mezclados; era un hombre incierto de pensamientos, "incons­tante en sus caminos" (Stg. 1:8). No osaríamos pronunciarnos para con Jonatán de una manera tan positiva; sin embargo, del principio al fin, su vida, como la de Lot, fue manchada con el contacto del mal, o por lo menos cada vez que la tentación se presentó.
            Lot, aunque asociado al llamamiento de Abraham, era un hombre terrenal. Jonatán, aunque fue testigo de los sufrimientos y ultrajes por los que pasó David, sirvió hasta el fin a los intereses de su oposi­tor. Es así como desde el principio al fin, sus vidas son caracterizadas por relatos que no podían concordar ni con los caminos de Dios ni con la presencia de la gloria. Las vestiduras de cada uno de ellos eran tejidas con hilos de diversas clases, de lana y de lino juntamente. En contraste con todo esto, detengámonos un momento para mirar a Jacob, y veremos que pertenece a una generación distinta. Era un hombre hábil y prevenido, lleno de temores, de planes y de cálculos terrenales que oscurecieron singularmente varias páginas de su his­toria. La construcción de una casa en Sucot, la compra de un pedazo de tierra en Siquem, son cosas que no pueden convenir a un peregri­no con vida de tienda, como hijo de Abraham, a lo que estaba llama­do. Sin embargo, Jacob no puede ser visto como Lot; su vida no fue formada por Sucot o Siquem, aunque lo encontremos allí y que estu­vo por eso fuera de lugar, de hecho él era realmente extranjero con Dios en la tierra, y en los últimos días de su peregrinaje en Egipto, aunque en medio de diversas circunstancias capaces de alcanzar a su carácter de extranjero y peregrino, da pruebas seguras y preciosas de un estado de alma restaurado y prosperado.
            Los días de Acab, rey de las diez tribus de Israel, son también fecun­dos en ejemplos de este tipo. Nos encontramos entonces con un Elías, un Miqueas, un Josafat, un Abdías, sin hablar de los siete mil que no habían doblado su rodilla ante la imagen de Baal, y todo esto en un tiempo de los más sombríos de la historia de Israel; en un tiempo de abandono del camino de Dios; en los días de Jezabel y de sus abomi­naciones.
            Y por lo tanto hay diferencias para hacer entre todos ellos ante la expresión: "ropa de lana y de lino" o de "vestidos con mezcla de hilos". Se puede afirmar sin equívocos que no hay lugar a engañarse en cuanto al tejido de la ropa que llevaban Elías o Miqueas, el cinturón de cuero del uno, las ligaduras del otro, nos dicen quiénes fueron esos hombres y nos hablan muy claro de una completa separación.
            No podemos decir nada particularmente de los siete mil. Dios los da a conocer como un residuo según la elección de la gracia, guardados en un día malo, de doblar las rodillas ante la imagen de Baal. Pero Abdías no fue Elías, y debemos distinguirlo también de Josafat; tal es la variedad moral que ofrecen esos días a nuestra atención.
            Josafat, rey de Judá, de la casa y descendencia de David, fue un hombre separado, pero que le encontramos a veces, y muy a menudo, en asociaciones corruptas. Pertenecía a la raza de Jacob aunque se le encuentra en desgracia más seguido que a él. La vanidad le traicionó muchas veces, como la política mundana traicionó al patriarca. Josa­fat hizo alianza con Acab. En el día de la batalla se vistió con la ropa real, vestidos, triste y vergonzosamente, con "mezcla de hilos" y que le hicieron casi costar la vida, como esos mismos vestidos le hicieron correr ese peligro a Lot en Sodoma. En esta circunstancia, Josafat faltó deplorablemente a la santidad y a la separación que convenía a la casa de David. A pesar de todo esto, no osaríamos colocar a Josafat en compañía de Lot. Su vida no fue de principios mezclados; su ves­tido no era con un propósito deliberado "tejido de lana y de lino juntamente", aunque tristemente en desacuerdo con el testimonio que convenía a un hijo de David, a un rey de Jerusalén. Muchas acciones loables y útiles se cumplieron por sus manos; había afecto en su corazón; y en fin, el Dios de su padre le reconoció. Pero, al igual que Jacob, y en una medida mayor y más triste, Josafat fue traicionado por relaciones que hicieron de su testimonio algo mez­clado e imperfecto. No fue simplemente la naturaleza tomando a ve­ces ventajas; esto, lástima, se ve en muchos; por ejemplo en Abraham y David. El carácter de Josafat no era tampoco el de un vestido manchado con una suciedad muy aparente, sino un vestido en el que el tejido no es muy claro si su composición era de una sola clase de hilo o si era el vestido condenado como tejido de lana y de lino jun­tamente. Los diversos hilos se muestran en él por partes, no total­mente.
            En cuanto al vestido de Abdías, imposible engañarse. Una mirada es suficiente para discernir desde la cabeza hasta los pies, los diversos materiales. Su vida era de este tejido; no se trata sólo de faltas o caí­das en su vida, sino que su vida entera muestra a un hombre de principios mezclados. Era piadoso, pero sus caminos no estaban en armonía con la energía del Espíritu en esos días. Tuvo consideración con la aflicción de los profetas, es verdad, puesto que los escondió de la persecución en cuevas y les alimentaba allí, pero continuó siendo el consejero, el compañero y el ministro del rey Acab, en un reino donde era practicada la iniquidad. "Lana y lino" componían entera­mente las vestiduras que llevaba diariamente. ¡Qué diferencia con el cinturón de cuero de Elías! Y esta diferencia resalta de una manera muy evidente y expresiva cuando estos dos hombres se ponen en contacto. Abdías se esfuerza por conciliarse con el espíritu de Elías. Le recuerda lo que hizo por los profetas de Jehová en tiempos de sus aflicciones y agrega que teme a Dios; mas Elías se dirige a él con len­titud y frialdad. Terrible entre dos creyentes, algo frecuentemente experimentado, pero generalmente más sentido que reconocido (1 R. 18). No podía haber comunión de espíritu entre Abraham y Lot después que éste escogió lo que agradaba a sus ojos y a su cora­zón, y que continuó en esta ciudad hasta llegar a ser un habitante de Sodoma. Es verdad que la historia no nos dice esto, pero ella no re­porta tampoco ninguna entrevista, ninguna confidencia entre estos dos hombres después de su separación, y lo podemos comprender fácilmente.
            Cosas semejantes suceden hoy también entre nosotros. Los que son como Abraham y los que son como Lot, hoy en día, no tienen encuentros, o si se encuentran no hay comunión entre ellos. No se gozan juntos en los afectos de Cristo. Abraham libró a Lot de la mano del rey Quedor-laomer, pero eso no fue una reunión de dos santos; no podían unirse. Y si los hijos de Dios no pueden encontrarse en ese carácter de comunión, es mejor quedar separados. Ya lo están en espíritu. Elías y Abdías nos ofrecen un cuadro más reciente aún. El hombre del cinturón de cuero, el extranjero para Dios en los días de Acab, no podía encontrarse a menudo en compañía del goberna­dor de la casa de Acab. Sin embargo, se encuentran en un día malo, en un día que puede recordarnos el valle de los pozos de asfalto, la cautividad de Lot. Acab había dividido el país con Abdías su siervo, para encontrar agua en tiempos de sequía; mientras que Jehová, el Dios de Elías, había extendido la espada de su siervo sobre el país, para que no hubiese lluvia ni rocío. Es en este momento, en el de la perplejidad de Abdías y de la misión de Elías, que tiene lugar ese encuentro.
            Esta circunstancia no es sin importancia y sin significado; tiene para nosotros enseñanzas muy útiles.

1 comentario:

  1. Muchas gracias por su comentario, muy útil, muy claro, Dios bendiga a sus hijos en estos tiempos difíciles, Cristo viene pronto

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