viernes, 9 de enero de 2026

DEUDORES SOMOS… (ROMANOS 8:12)

 Se dice que hay dos clases de deudas: Las pecuniarias y las moroles. Las primeras se pueden llegar a pagar; las otras, es imposible. Muchas veces escuchamos decir: "Le estoy eternamente agradecido". Puede ser verdad o no; lo cierto es que lo que no se puede pagar con ningún oro del mundo, es la “deuda de gratitud”.

Y ¿cómo es que se llega a contraer una "deuda de gratitud"? Un hombre fue sacado del agua cuando se estaba ahogando y, al recuperarse, preguntó quién lo había salvado. Al enterarse de quién lo había hecho, se dirigió a dicha persona con estas palabras: "Tengo una deuda muy grande con Ud. No vale todo mi dinero para pagar lo que ha hecho conmigo; le estoy inmensamente agradecido".

El apóstol Pablo empieza el cap. 8 de Romanos con estas palabras: "Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús" y prosigue con una serie de verdades maravillosas que hablan de un estado de triunfo del creyente; llega al clímax en el v. 12, cuando en una sublime reflexión nos dice: "Así que, hermanos, deudores somos", y enseguida nos advierte: "NO A LA CARNE". Es bueno recordar, una vez más, que el mundo y carne nunca nos dieron ni nos darán nada, a no ser tristeza y amargura. Pero estamos en mundo y, a sabiendas o sin querer, contraemos "deudas" o nos vemos comprometidos. El enemigo es muy astuto y va tejiendo en derredor nuestro los "hilos invisibles" que a veces se transforman en cadenas que nos impiden llevar una vida digna del Señor.

Hay un hecho significativo la vida de Abraham. Este había rescatado a Lot cuando iba camino del cautiverio y, al volver, dos personajes le salieron al encuentro: uno, Melquisedec, quién le bendijo, diciendo: "Bendito sea Abraham, del Dios alto, poseedor de los cielos y de la tierra" (Gén. 14:19) y en el v. 20 dice que "le dio Abram los diezmos de todo" Acto seguido aparece el segundo personaje: El rey de Sodoma (símbolo del mundo), diciendo: "Dame las personas, y toma para ti bienes” (v. 21). Tentador, ¿no cierto? Pero Abraham, que salió de Ur de los Caldeos con la promesa de Dios "serás bendición” (Gén. 12:2), no lo acepta por razón muy simple: "Porque no digas: Yo enriquecí a Abraham (Gén. 14:23). En otras palabras, no quería ser "deudor", aunque en cierto modo lo merecía, por su sacrificio con riesgo de su vida. Pero él no quería comprometerse y, además, porque pensó, tal vez, que se podría decir que "todo lo que tenía se lo debía al rey Sodoma". ¡Qué actitud tan hermosa la de Abraham! Actitud digna de un siervo que como él conocía los propósitos de Dios. Despreció lo terrenal y fue recompensado en lo espiritual, porque después Dios le dice: "Mira ahora a los cielos y cuenta las estrellas, si las puedes contar …, así será tu descendencia" (Gén. 15:5). Abraham era "deudor" a Dios porque Él lo bendijo grandemente; así lo sintió Abraham y en el momento supremo de su vida, ante el pedido de Dios, estuvo dispuesto a sacrificar a su único hijo. ¿Somos nosotros agradecidos a Dios? ¿Nos sentimos "deudores"? Dios ha hecho con nosotros algo maravilloso: cambió nuestras vidas por medio del sacrificio de su Hijo y somos llamados a ofrecer nuestros "cuerpos en sacrificio vivo" (Rom. 12:1). Sin embargo, muchas veces nos olvidamos de este imperativo y estamos dando al mundo nuestro tiempo, nuestra juventud, desechando las oportunidades que el Señor nos brinda para trabajar en su Viña. Pero sólo hemos de hacer algo cuando realmente nos sintamos "deudores".

En una oportunidad, el Señor pasaba cerca de Samaría. Diez hombres le salieron a su encuentro. Estaban en la misma condición, en el mismo estado: ¡Leprosos! El Señor sanó a los diez, pero solo UNO se sintió "deudor" y, en una actitud que deja ver su corazón agradecido, se postró a sus pies. La pregunta del Señor sigue siendo de actualidad: "¿Y LOS NUEVE DONDE ESTAN?" (Luc. 7: 17). Sí, ¿dónde están? Tal vez, en cierto modo, muchas veces nos parecemos a "los nueve": prosiguie ron camino del templo, de los sacerdotes, para cumplir con un formulismo y nada más, dejando a sus espaldas al que les dio la sanidad. Nosotros también solemos cumplir: vamos a las reuniones, pero no sentimos lo que este samaritano agradecido.

No experimentamos esa "deuda con el Señor" que NO SE PUEDE PAGAR. Sin embargo, hay una manera de canalizar ese anhelo. En Col. 3:15, leemos: "Y LA PAZ DE DIOS GOBIERNE EN VUESTROS CORAZONES... Y SED AGRADECIDOS".

Ojalá haya siempre en nosotros este sentir y no nos olvidemos que "Deudores somos", pero "NO a la carne ...

Rubén Rojas, Sana Doctrina 1970-103


No hay comentarios:

Publicar un comentario