Se dice que hay dos clases de deudas: Las pecuniarias y las moroles. Las primeras se pueden llegar a pagar; las otras, es imposible. Muchas veces escuchamos decir: "Le estoy eternamente agradecido". Puede ser verdad o no; lo cierto es que lo que no se puede pagar con ningún oro del mundo, es la “deuda de gratitud”.
Y ¿cómo es que se
llega a contraer una "deuda de gratitud"? Un hombre fue sacado del
agua cuando se estaba ahogando y, al recuperarse, preguntó quién lo había
salvado. Al enterarse de quién lo había hecho, se dirigió a dicha persona con
estas palabras: "Tengo una deuda muy grande con Ud. No vale todo mi dinero
para pagar lo que ha hecho conmigo; le estoy inmensamente agradecido".
El apóstol Pablo
empieza el cap. 8 de Romanos con estas palabras: "Ahora, pues, ninguna
condenación hay para los que están en Cristo Jesús" y prosigue con una
serie de verdades maravillosas que hablan de un estado de triunfo del creyente;
llega al clímax en el v. 12, cuando en una sublime reflexión nos dice:
"Así
Hay un hecho
significativo la vida de Abraham. Este había rescatado a Lot cuando iba camino
del cautiverio y, al volver, dos personajes le salieron al encuentro: uno, Melquisedec,
quién le bendijo, diciendo: "Bendito sea Abraham, del Dios alto, poseedor
de los cielos y de la tierra" (Gén. 14:19) y en el v. 20 dice que "le
dio Abram los diezmos de todo" Acto seguido aparece el segundo personaje:
El rey de Sodoma (símbolo del mundo), diciendo: "Dame las personas, y toma
para ti bienes” (v. 21). Tentador, ¿no cierto? Pero Abraham, que salió de Ur de
los Caldeos con la promesa de Dios "serás bendición” (Gén. 12:2), no lo
acepta por razón muy simple: "Porque no digas: Yo enriquecí a Abraham
(Gén. 14:23). En otras palabras, no quería ser "deudor", aunque en
cierto modo lo merecía, por su sacrificio con riesgo de su vida. Pero él no
quería comprometerse y, además, porque pensó, tal vez, que se podría decir
que "todo lo que tenía se lo debía al rey Sodoma". ¡Qué actitud tan
hermosa la de Abraham! Actitud digna de un siervo que como él conocía los
propósitos de Dios. Despreció lo terrenal y fue recompensado en lo espiritual,
porque después Dios le dice: "Mira ahora a los cielos y cuenta las
estrellas, si las puedes contar …, así será tu descendencia" (Gén. 15:5).
Abraham era "deudor" a Dios porque Él lo bendijo grandemente; así lo
sintió Abraham y en el momento supremo de su vida, ante el pedido de Dios,
estuvo dispuesto a sacrificar a su único hijo. ¿Somos nosotros agradecidos a Dios?
¿Nos sentimos "deudores"? Dios ha hecho con nosotros algo
maravilloso: cambió nuestras vidas por medio del sacrificio de su Hijo y somos
llamados a ofrecer nuestros "cuerpos en sacrificio vivo" (Rom. 12:1).
Sin embargo, muchas veces nos olvidamos de este imperativo y estamos dando al
mundo nuestro tiempo, nuestra juventud, desechando las oportunidades que el
Señor nos brinda para trabajar en su Viña. Pero sólo hemos de hacer algo
cuando realmente nos sintamos "deudores".
En una oportunidad, el
Señor pasaba cerca de Samaría. Diez hombres le salieron a su encuentro. Estaban
en la misma condición, en el mismo estado: ¡Leprosos! El Señor sanó a los diez,
pero solo UNO se sintió "deudor" y, en una actitud que deja ver su
corazón agradecido, se postró a sus pies. La pregunta del Señor sigue siendo de
actualidad: "¿Y LOS NUEVE DONDE ESTAN?" (Luc. 7: 17). Sí, ¿dónde
están? Tal vez, en cierto modo, muchas veces nos parecemos a "los
nueve": prosiguie
No experimentamos esa
"deuda con el Señor" que NO SE PUEDE PAGAR. Sin embargo, hay una
manera de canalizar ese anhelo. En Col. 3:15, leemos: "Y LA PAZ DE DIOS
GOBIERNE EN VUESTROS CORAZONES... Y SED AGRADECIDOS".
Rubén Rojas, Sana Doctrina 1970-103
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