viernes, 9 de enero de 2026

La visita más estupenda de los siglos

 

Nos visitó desde lo alto la aurora, Lucas 1.78

A partir de la tarde de aquel funesto día cuando tuvo lugar la caída de nuestros primeros padres en el Edén, durante la cual su Creador les visitó para tratar el asunto de su pecado, y a lo largo de los siglos hasta el fin del Antiguo Testamento, hubo visitas de Dios a los hombres.


Por ejemplo, en los días de Noé Dios miró desde los cielos. Viendo la corrupción y la violencia que había en la tierra, anunció a su siervo su propósito de enviar el diluvio en juicio sobre todo lo creado. Posteriormente, encontramos la visita que hizo a Abraham, cuando le dijo en relación con Sodoma y Gomorra: “Descenderé ahora, y veré ...” Indagando sobre la terrible condición moral de esas ciudades, envió fuego y azufre y así destruyó totalmente a los impíos.

Leemos también que Dios apareció a su siervo Moisés, diciendo: “He descendido para librarlos [a su pueblo Israel] de mano de los egipcios ...”, ocasión en la cual efectuó juicio para los egipcios y redención para Israel. Y hubo así sucesivamente otras visitas en las dispensaciones pasadas, pero su mención no cabe aquí. Basta decir que fueron visitas breves.

En cambio, la que se señala en Lucas 1, versículos 67 al 79, fue una visita que duró casi treinta y cuatro años; fue la encarnación del eterno Hijo de Dios, la visita trascendental de toda la historia humana. Por su magnitud, sobrepuja a todo pensar humano, ya que, “indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne”. Es que aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros. Vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

De esta manera, el Creador y Sustentador del universo se identificó con nosotros como hombre pobre que sufría hambre, sed, cansancio y soledad. Hacía obras compasivas y hablaba palabras de gracia. El, siendo la luz, difundió luz en medio de las tinieblas.

Además, su visita fue muy diferente a las efectuadas por Dios para juicio sobre los antediluvianos y sodomitas, porque “no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”, Juan 3.17. Para lograr este objetivo sublime, fue preciso que sufriera los oprobios y tormentos, la ira de Dios y la muerte de la cruz con todos sus horrores indecibles. Consumada así la obra de la redención, Él fue sepultado, resucitó y ascendió al cielo donde está a la diestra del Padre.

¿Qué es lo que nos ha dejado El, finalizada ya su visita? Leemos que nos ha dejado:

Ø  su paz; Juan 14.27, 20.19

Ø  su palabra; Juan 17.8,14

Ø  su ejemplo, para que sigamos sus pisadas; 1 Pedro 2.21

Ø  la esperanza bienaventurada de su pronta venida; Juan 14.3

Ø  la fragancia de su nombre; Cantar 1.3

Ø  la promesa de su presencia con nosotros “todos los días” Mateo 28.20

Nosotros también nos encontramos en este mundo sólo “de visita”. Nuestra ciudadanía está en los cielos, Filipenses 3.20. Llegará un día en que saldremos de aquí para reunirnos con él, y por lo tanto conviene que pensemos en qué dejaremos atrás. Algunas posibilidades son:

Ø  el testimonio: ¿será bueno o malo?

Ø  obras: ¿será una abundancia de buenas obras, como Dorcas, u obras malas como las de Caín?

Ø  cuentas: ¿todo bien arreglado, no debiendo nada a nadie, o cuentas sin cancelar?

Ø  hijos: ¿serán convertidos y en la asamblea, o inconversos y en el mundo?

Ø  almas: ¿habremos ganado almas para Cristo, o habremos malgastado el tiempo?

Ø  un lugar: al abandonar para siempre nuestro asiento en el culto, ¿se notará nuestra ausencia, como en 1 Samuel 20.18, o no haremos falta?

Volviendo al tema, si el rey de gloria volviera a visitar esta tierra un día no muy lejano, sería para trasladar al lugar celestial a los creyentes, llevándolos al lugar que Él ha preparado. Cuando vino antes, nadie le preparó lugar; Él vivió como peregrino, y conocemos la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, por amor a nosotros, siendo rico, Él se hizo pobre. ¿Qué de esta vez? Nuestro lenguaje debe ser:

¿Y qué podré yo darte a ti

a cambio de tan grande don?

Es todo pobre, todo ruin;

toma, ¡oh Señor! mi corazón.

Santiago Saword

No hay comentarios:

Publicar un comentario