lunes, 1 de junio de 2015

El amor para con todos los santos

“Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos” (Efesios 1:15)

“Vuestra fe”
En esta epístola, pues, tenemos estas dos oraciones. Al introducir aquí la primera, el apóstol dice: “Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos” (Efesios 1:15). Puesto que nuestro amor sugeriría el pensamiento de algo de parte del hombre que nos daría importancia a nosotros, el apóstol —aunque iba a hablar del amor hacia los santos— introduce su tema por la “fe”, por cuanto eso nos remite a Su amor por nosotros más bien que a nuestro amor por Él.
       
Un amor irrestricto
 “Por esta causa” —dice el apóstol—  “habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús”, y luego da la consecuencia de esto: “y de vuestro amor para con todos los santos”. Ésta es una palabra muy importante para juzgar respecto de nuestro amor. Todos tenemos la tendencia a formar un círculo selecto aun entre los hijos de Dios; a tener nuestros hermanos preferidos, a aquellos que más nos agradan, cuyos pensamientos, sentimientos y costumbres son más o menos los mismos que los nuestros, o, al menos, que no representan una prueba demasiado grande para nosotros. Pero no es ése el amor hacia los santos. Hay en ello un amor más a nosotros mismos que a ellos. A la carne le gusta lo que nos resulta agradable, lo que no nos causa dolor, la gratificación, si cabe, de las amabilidades naturales. Todo eso se encuentra fácilmente allí donde no existe un auténtico ejercicio de la nueva naturaleza, ningún poder eficaz del Espíritu de Dios operando en nuestros corazones. Siempre debemos probar nuestras almas, y preguntarnos dónde estamos a este respecto. ¿Es el Señor Jesús el motivo predominante y el objeto principal de nuestros corazones? Nuestros pensamientos y sentimientos respecto de todos los santos, ¿los formamos con Cristo y por Cristo?

Diversidad del amor y juicio del mal
Admito plenamente que el amor hacia los santos no puede ni debe revestir la misma forma hacia todos. Es menester que se ejerza en la energía y la inteligencia del Espíritu, de manera variada según la naturaleza del llamado hecho al amor. Si, por una parte, uno debe amar incluso a una persona que está bajo disciplina, por otra parte sería un muy grave error suponer que nuestro amor debe manifestarse de la misma manera que si tal persona no estuviera bajo disciplina. Uno no deja de amarlo: en realidad, uno nunca está en la posición y el espíritu correctos para ejercer la disciplina con el Señor en ausencia de amor, sin que tenga lugar un justo aborrecimiento del pecado, y puede que indignación, pero con una verdadera caridad hacia la persona. Si no estamos en este estado de corazón, es mejor esperar, contando con Dios, hasta el momento en que podamos ocuparnos del caso en un espíritu de gracia divina. Es necesario, naturalmente, actuar con justicia, pero incluso cuando uno se ocupa de su propio hijo, no debería castigarlo bajo el efecto de la pasión. Todo lo que no es más que el resultado de un impulso súbito, no es un sentimiento que glorifica a Dios respecto del mal. Ésta es la razón por la que, en los casos de disciplina, debe haber juicio de sí mismo, y también una gran paciencia, a menos que el asunto fuese tan flagrante que cualquier vacilación al respecto sería una culpable debilidad, o una falta de decisión y de celo por Dios. Pues algunos pecados son, en efecto, tan ofensivos contra Dios y los hombres, que, si se tuviera profunda conciencia de Su santidad y de la obediencia que le es debida, se vería la necesidad imperiosa de actuar al respecto con una energía solemne, y, por decirlo así, inmediatamente. Dios quiere que el campo de actividad del pecado, sea el lugar del juicio de este pecado, según Su voluntad.
Supongamos que se haya hecho algo en la asamblea públicamente, se introduce una falsa doctrina en medio del pueblo de Dios; si hay poder de Dios, y si hay un corazón por Sus derechos, habrá de ser un deber respecto a Su Majestad tratar el caso sin demora. Esto queda bastante claro según la Palabra de Dios: en caso de hipocresía positiva y mentira contra Dios, hallamos la prontitud de acción del Espíritu Santo, por medio del apóstol, en la misma presencia de la Iglesia, para juzgar inmediatamente el fraude que se intentaba respecto a Aquel que tiene allí Su morada (Hechos 5). Niego que haya habido falta de amor en este asunto: era más bien lo que debía necesariamente acompañar la acción del amor divino, por el poder del Espíritu Santo, en la asamblea, o al menos por medio de Pedro, como instrumento especial de Su poder en medio ella. Era, sin duda, un juicio severo, pero era el fruto de un deseo profundo del bien de los santos de Dios, y de un sentimiento de horror ante el pensamiento de que tal pecado pudiera encontrar algún apoyo y refugio entre ellos, así como también de que el Espíritu Santo pudiera ser deshonorado de manera tan vil, y entristecido, junto con la Iglesia entera, si se toleraba este pecado.
Pero en los casos ordinarios, este mismo amor espera, y deja tiempo para reconocer la falta y arrepentirse. En nueve de cada diez casos, se cometen faltas cuando se actúa precipitadamente, porque somos propensos a ser celosos de nuestra propia reputación. ¡Oh, qué poco hacemos realidad el hecho de que hemos sido muertos y crucificados con Cristo! Experimentamos el escándalo, o lo que afecta los pensamientos del público: pero no está allí el poder del Espíritu Santo, sino sólo el egoísmo que opera en nuestros corazones. No nos gusta perder nuestra reputación, ni participar del dolor y la vergüenza de Cristo en aquellos que llevan Su nombre. Seguramente que no es cuestión de tratar ligeramente lo que está mal: esa actitud jamás es conveniente, tanto en lo que toca a asuntos graves como a asuntos menores. Nunca debiéramos justificar tan siquiera el menor de los males, ni en nosotros, ni en los demás, sino que debemos acostumbrar nuestras almas a tener el hábito de juzgar lo que deshonra el nombre del Señor, aun si se tratase tan sólo de una palabra dicha con precipitación. Si comenzamos a no tener cuidado con respecto a pequeñas faltas, nada nos preservará de graves pecados, excepto la pura misericordia de Dios. Si el amor hacia todos los santos obrase en nuestros corazones, habría menos precipitación.
A veces interpretamos erróneamente las cosas, e intentamos, en la medida de lo posible, presentar un cuadro muy oscuro, mientras que el mal es sólo aparente. Cuidémonos de juzgar según la primera impresión, cuando la realidad puede revelarse de una manera totalmente distinta: ello no es un juicio justo. Debemos procurar juzgar las cosas con una mejor medida, y a la luz de Dios. En estos asuntos serios, tenemos el deber de estar seguros de las cosas, y no actuar sobre la base de simples sospechas. Todo juicio, si es según Dios, debe resultar de lo que es conocido y cierto, no de conjeturas, las cuales son demasiado a menudo el efecto de una infundada pretensión de tener una espiritualidad superior. La importancia de eso la vemos constantemente; si nuestras almas fuesen más simples a este respecto, se cometerían menos faltas.
Cuando el corazón es sincero, Cristo tiene el primer lugar; y luego, “todos los santos” vienen a ser el objeto de nuestro amor. Si dos personas están en falta, siendo una de ellas un favorito de primer orden, mientras que con la otra no simpatizamos sino poco, huelga decir que esta última está en gran peligro de ser eliminada. El objeto de mi aversión se verá envuelto de una nube que oscurecerá la verdad, sin importar cuán evidente sea ésta para el más desapasionado. Al contrario, el favorito encontrará de quien contrapesar las pruebas de su culpabilidad en la reticencia de sus amigos a decir cualquier cosa desfavorable a su respecto. En tales circunstancias, estos sentimientos, por una y otra parte, están en completo desacuerdo con el pensamiento de Dios. Tanto el favoritismo como los prejuicios son condenados claramente por la preciosa Palabra de Dios. “La sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía” (Santiago 3:17).

Detalles sobre la manifestación del amor hacia todos los santos
Hay un deber de amor “para con todos los santos” porque son santos. Se manda a amarlos, porque Dios los ha separado y los ha introducido en una relación eterna con él, y tal es el único verdadero amor cristiano hacia los santos. La gran dificultad que siempre enfrentamos consiste en hacer que todos nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestros actos dimanen de esa base. Que no se me vaya a mal interpretar. No quiero decir que esté mal tener amigos. Nuestro Señor los tenía. Amaba a Juan como no amaba a los demás; pero bajo otro aspecto, amaba a todos por igual; eran Sus santos y, por eso, eran incomparablemente preciosos a Sus ojos. Podía apreciar la fidelidad de algunos de Sus siervos; podía tener que animar, reprobar o corregir a todos los que le rodeaban. Es necesario dejar lugar para todas estas cosas. La gran base del amor para con todos los santos permanece en pie. Pero está claro que no estamos obligados a revelar nuestros asuntos de carácter personal a todos los santos únicamente por el hecho de ser santos. Los santos, por ejemplo, no son siempre los hombres más sabios. Y si bien no debemos dejar de reconocer su posición de santos, no estamos obligados a exponer nuestras dificultades a todos, ni tampoco a ir a buscar consejo en lo que puede requerir de madurez de juicio espiritual, ante aquellos que pueden no ser de ninguna ayuda en el asunto. El amor debe estar siempre presente.

Filipenses 2:3
Esto introduce el valor del principio divino: “estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo” (Filipenses 2:3). Sostengo que esto es cierto de todos los santos. Puede tratarse de uno que tenga poca idea de las cosas, pero que, sin embargo, tiene a Cristo ante su alma. Quizá sea muy ignorante y muy tonto; quizá demasiado precipitado en su espíritu, caracterizado por fuertes prejuicios, pobre en simpatía, sin valor como consejero; pero si es, de manera evidente, un alma que se aferra a Cristo, y que lo valora por sobre todas las cosas, ¿no debo acaso considerarlo superior a mí mismo? ¿Es que no veo en él aquello que reprende mi alma, aquello que me renueva y me edifica, mucho más que si fuese simplemente el amigo más fiel y el consejero más sabio? En el menor de los santos de Dios, está a la vez lo que alegra y lo que humilla nuestro corazón. No debo estimar a una persona por las cualidades que no posee: Dios no nos hace ver, ni puede hacernos ver, lo imaginario. Al contrario, qué bueno es acordarse cuán preciosos son todos los santos como tales. Mostradme los más débiles y los más difíciles de soportar de todos ellos; a pesar de ello, se puede y se debe cultivar un respeto real y verdadero hacia ellos, como hijos de Dios. Lo importante no es sólo que Dios es por ellos, sino lo que es de Cristo en ellos; esto basta para recomendarlos, por encima de cualquier otra consideración, a aquel que valora la comunión con el Padre y con el Hijo.
Cuando pensamos en nosotros mismos, ¿no debiéramos, al contrario, examinar cuántas cosas hay en nosotros que no son según Cristo? ¡Que podamos experimentar siempre aquello en que faltamos y entristecemos al Espíritu de Dios! Eso tendría por efecto rebajar, e incluso echar por tierra, la propia estima que tenemos de nosotros mismos. ¿Podríamos tener un concepto tan elevado de nosotros mismos si percibiésemos, como debiéramos, nuestros excesivos y, desgraciadamente, tan frecuentes fracasos, en presencia de la rica y perfecta gracia de Dios para con nuestras almas? En cuanto a los demás, si tuviéramos ante nosotros, no sus defectos, sino el amor de Cristo por ellos, Su vida en ellos, y la gloria que les está reservada, ¿cuál sería el efecto? “El amor para con todos los santos”. Cristo discernido en los santos, he aquí el poder del amor que Él querría ver expandirse hacia ellos. Puede haber ciertas circunstancias en las cuales tuvimos confianza que Dios manifestaría a determinada persona como uno de Sus santos, persona por la cual hemos orado y cuyo bien procuramos de todas las formas posibles, y, sin embargo, he aquí que llega un momento y circunstancias en las que sería un pecado asociarse a ella como cristiano. Hablo de un caso en el cual la persona, por alguna mancha de carne o de espíritu, trajo deshonra sobre el nombre del Señor. Pero aunque debamos, por algún tiempo, abstenernos de toda expresión de relaciones de amor, sin embargo, el amor encuentra siempre algún medio de mostrarse, aunque a veces sólo pueda hacerlo en la presencia de Dios, fuera de los ojos de los hombres. Entonces, en cuanto a la manera de mostrar el amor, debemos buscar en la Palabra de Dios. Pero el principio general no puede ponerse en duda, a saber: que Dios quiere poner a todos los santos en nuestro corazón. Él los lleva a todos en Su propio corazón, y quiere que nosotros cultivemos esta anchura de afecto por la familia.

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