He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu. Isaías 42:1
En los capítulos 40 a 48 del
libro de Isaías, Dios le habla a Israel acerca de su idolatría. Se trataba de
un problema prevalente en medio de ellos. La idolatría gobernó el corazón del
pueblo y caracterizó sus caminos a lo largo de toda su historia, ya sea en
Egipto, en el desierto o en la tierra prometida, tal como testificó
solemnemente Esteban ante los líderes de Israel (véase Hch. 7). Su
infidelidad y alejamiento del Dios vivo, manifestados en su servicio a los
ídolos o los falsos dioses, contrastó grandemente con el verdadero Siervo de
Dios. Israel había sustituido a Dios en sus corazones, alejándose del Señor
para servir a una multitud de ídolos.
Cuando el Señor Jesús vino, él
ocupó el lugar de Israel como Siervo, y cumplió los planes de Dios con respecto
a su pueblo. Sirviendo a Dios con un amor genuino, Jesús vino como el verdadero
Israel: “Mi siervo eres, oh Israel, porque en ti me gloriaré” (Is. 49:3).
El pueblo terrenal de Dios, Israel, fue sacado de Egipto como una
vid (véase Sal. 80:8) para que diera fruto para Dios, pero fracasó
completamente (véase Is. 5:1–2). Entonces vino el Mesías, ocupando el
lugar de Israel, para ser el verdadero Siervo y la Vid verdadera (Jn.
15:1–5).

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